Dauno Tótoro Nieto
VITALE
La falacia de las religiones
A Flavia.
Gracias por tu apoyo
“…la religión se ha convertido en una iniciativa empresarial del libre mercado”.
Richard Dawkins, El espejismo de Dios
--¿Qué libertad nos otorga la muerte? –preguntó Erilin
--La que tenías antes de nacer –dijo Nigel-Issin
Francisco Rivas, La conjetura del Quincunx
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--¡Dios no existe! –decía una y otra vez, en voz alta, con una expresión severa en el rostro, aquel hombre arrodillado frente a la iglesia Santa María dell’Olmo, en el atrio, con los brazos extendidos a los lados, en forma de cruz, sosteniendo una pequeña campana en la mano izquierda y un cayado en la derecha. Tenía la cabellera hirsuta, entrecana, la barba crecida y estaba desnudo de la cintura para arriba.
Carla se le acercó curiosa, se paró frente a él y lo miró detenidamente; él le sostuvo la mirada y le sonrió. Carla bajó la vista y vio escrito en el pecho del hombre, como si fuera un tatuaje: “Dios no existe”. Se quedó mirando fijamente ese mensaje, un poco desconcertada. En ese momento, María, madre de Carla, que charlaba con unas amigas en la entrada de la iglesia, la vio y acudió presurosa por ella, la tomó de un brazo y la alejó de ese hombre, a quien lanzó una mirada de repulsión.
--Hija, por favor, no te acerques a ese individuo –le dijo amonestándola–, es la blasfemia personificada, es un réprobo…
Carla se alejó del lugar de mala gana, casi arrastrada por su madre, mientras no dejaba de mirar a ese hombre, con el rabillo del ojo.
De pronto, con un movimiento brusco del brazo, Carla se zafó de la mano de su madre y regresó frente a ese hombre. Lo miró fascinada, tomó una margarita que llevaba en el pelo y se la extendió. Él la tomó con la mano que sostenía la pequeña campana, sin desviar la mirada, entrecerró los ojos, sonrió, e inclinó ligeramente la cabeza, como gesto de agradecimiento.
***
Cuando Carla, en su lecho de muerte, en el otoño de 1952, me contó esta anécdota que tuvo lugar en el verano de 1950, durante las vacaciones en su pueblo natal, en un principio yo me imaginé a ese personaje como un exaltado apóstata. La representación de él en mi imaginación era como un grabado digno de Francisco de Goya. Estaba muy equivocado.
No soy creyente, ni mucho menos. El relato de Carla, su admiración por Vitale, saber por ella misma que Vitale le había inspirado su tesis profesional (yo fui su profesor en el último año de la carrera y su tutor de tesis), me han impactado profundamente. Es por ello que, después de la muerte de Carla, decidí reunir las notas sueltas que ella conservaba entre sus cuadernos, quizá con la intención de llevar un diario, ponerlas en orden y publicarlas, como se presentan aquí. Seguramente esta habría sido su voluntad.
Pero, además, dar a conocer esas notas de Carla es un reconocimiento a ese personaje que fue Vitale, quien, tras una vida azarosa, tuvo la valentía de cuestionarse los principios religiosos, le doctrina católica, que fue su formación como seminarista, para liberarse de dogmas y falsas creencias y encontrar la libertad de su conciencia, la madurez como ser humano, y de ahí una fe inquebrantable en el futuro de la humanidad, libre de opresiones. Creo que es un ejemplo a seguir el de Vitale: superar el temor que nos invade al intentar romper esas barreras que nos imponen las creencias que inculcan las religiones y crear conciencia entre sus semejantes, ser un activista y difundir su pensamiento.
-2-
A mediodía, a la hora del almuerzo, María comentó en la mesa, a su padre y a su marido, que había visto a ese réprobo, como lo llamaba don Giacomo, el cura, frente a la iglesia, quien tenía el descaro de plantarse allí, justo el domingo, a la hora de la misa, blasfemando, y que tuvo que alejar de él a Carla, “bueno --dijo con un tono de voz como quejándose--, intenté alejarla sin lograrlo, porque Carla hace lo que quiere, no me obedece”. Concluyó diciendo que era una vergüenza que las autoridades permitieran que ese individuo se plantara en el atrio de la iglesia, circulara por el pueblo descamisado, con un anuncio, negando a Dios, escrito en el pecho; “lo vi con mis propios ojos”, afirmaba María, recalcando cada palabra, llevándose el dedo índice de la mano derecha a sus ojos; blasfemando, “lo oí con mis propios oídos”, insistía, señalando sus oídos.
--Es Vitale –dijo don Giorgio, padre de María, con voz pausada–. No es un réprobo, hija, es un ateo, tiene sus ideas. No olvides que es tu primo. Merece un poco de comprensión y tolerancia de tu parte, como buena cristiana que eres. Es de la familia, después de todo. Y recuerda que, aunque yo no comparto su exhibicionismo, pues jamás andaría por allí, en este pueblo, predicando lo que pienso, estoy de acuerdo con muchas cosas que comenta, según he oído por allí. En el Partido muchos somos ateos y lo que dice Vitale tiene su lógica, su fundamento.
--¿Es tu primo, mamá? –preguntó Carla intrigada. Y agregó–: Invítalo a tomar un café, me gustaría conocerlo.
--¡Carla, por favor! --la reprendió María, lanzándole una mirada severa, con el ceño fruncido--. Es un réprobo, y además tú no tienes nada que ver con esa persona. Es tío tuyo lejano y sería preferible que no lo fuera. Tú, Alberto, di algo –dijo, dirigiéndose a su marido, con un tono de reproche–. ¡No te quedes callado! Es también tu hija, no me dejes sólo a mí la tarea de reprenderla y guiarla por el buen camino de la religión. ¿No ves que se nos va de las manos?
--María, ¿crees que Carla todavía es una niña? ¡Tiene dieciocho años, sabe lo que dice y lo que hace! Oye Carla --agregó Alberto, dirigiéndose a su hija--, debes saber que Vitale es hermano de Matilde, la prima mía que murió el año pasado. Vitale fue seminarista en Pescara y luego misionero, creo que en África. Perdí la pista de Vitale desde antes de la guerra, y de pronto, hace un año, apareció en el pueblo. Vive como un ermitaño en una cabaña, en esa colina que se ve desde la estación Sangritana. Yo creo que ha sufrido un fuerte desengaño, un trauma, una desilusión con la religión, qué sé yo, y no sólo se ha vuelto ateo, sino que se declara enemigo de moros y cristianos y activista, creo que así se llama a sí mismo, como lo comentan en la cantina. A algunas personas del pueblo no les gusta su actitud, tú sabes, al cura, al banquero, a esos jóvenes neofascistas que andan por ahí y a sus padres. Dicen que sería conveniente correrlo o deshacerse de él. Pero, como comentó el abuelo, lo que dice Vitale tiene su fundamento, aunque sea el resultado de una amarga experiencia.
María, con los brazos en jarra, miraba con expresión de enojo a su marido, apretando los labios, entrecerrando los ojos, a punto de estallar.
--Me parece extraño que yo no haya visto antes al tío Vitale, ni haya sabido nada de él –dijo Carla, pensativa, mientras ayudaba a su madre a recoger los platos del almuerzo.
Sin escuchar las palabras de Carla, sumida en sus propias preocupaciones de madre, María a su vez dijo:
--Hay algo en ti que no me agrada, hija. Veo que desde algún tiempo no aceptas mis consejos ni me obedeces. Siento que te alejas de mí, que te pierdo…
-3-
Desde ese domingo, el deseo de visitar al tío Vitale fue acentuándose en Carla y no pasó mucho tiempo para que, una asoleada mañana, sin que nadie se enterara, se encaminara por la vereda que, serpenteando, sube por Monte Olivo. Poco antes de la cima, resguardada del sol, bajo un frondoso roble, encontró una pequeña cabaña hecha de piedra y troncos, bien cuidada, con una vista maravillosa al valle. Vitale estaba tendiendo ropa en un cordel y al ver a Carla salió a su encuentro y con una reverencia la saludó.
--Bienvenida, Carla.
--Buenos días, tío –dijo a su vez Carla, extendiendo la mano y esbozando una leve sonrisa–. Tenía muchas ganas de conocerlo.
--El domingo, cuando me obsequiaste la flor, frente a la iglesia, sabía que nos volveríamos a ver –dijo Vitale.
Vitale la tomó de la mano y la condujo hacia la cabaña. Se instalaron en el pórtico, frente a la entrada, desde donde se podía apreciar el valle, el pueblo y a lo lejos la franja azul del Adriático. Carla tuvo la impresión, al mirar detenidamente a Vitale, que éste era uno de esos profetas o santos que había visto de niña en estampas que su madre guardaba en el misal. El cabello hirsuto formaba una aureola alrededor de su cabeza; la barba crecida, entrecana, le daba un aire de patriarca; la nariz, algo aguileña, denotaba una fuerte personalidad; y los ojos, sobre todo los ojos, negros como tizones de carbón, bajo abundantes cejas, causaban un cierto temor, transmitían una mirada feroz, penetrante, como de halcón. Era un hombre que parecía tener un siglo de historia a sus espaldas. Ese día, en pleno verano, con un calor sofocante, Vitale vestía de blanco, una amplia camisa y pantalones de lino.
Sentados en el pórtico, con un gran frutero repleto de cerezas y duraznos sobre la mesa, fue Carla la primera en romper el silencio:
--Yo soy la hija de Alberto y María, nieta de Giogio, quiero decir de Giorgio, le digo Giogio por cariño…
--Lo sé, lo sé, Carla, sé quién eres y aprecio mucho que hayas decidido venir a visitarme. Eso habla muy bien de ti. Pero dímelo tú, ¿por qué has venido hasta Monte Olivo? ¿Te gusta este lugar? ¿Vienes de paseo?
--Bueno, sí, me gusta mucho este lugar y a veces hemos venido de paseo mis padres y los amigos, es una costumbre hacer meriendas en el campo en la Pascua…
--Ah, en Pashah –la interrumpió Vitale--, la más solemne fiesta de los hebreos, para celebrar la salida de Egipto.
--No, qué dice tío –dijo Carla con una sonrisa a flor de labios--, aquí se celebra la resurrección de Jesús.
--Ah, sí, también, lo sabía. Hay cosas que en las religiones se hacen coincidir. Pero hoy no es Pascua –dijo Vitale.
--Lo sé. Hoy he venido para verte, para conocerte --dijo Carla, comenzando a tutearlo por la confianza que le inspiraba Vitale--. Después de aquel domingo, cuando te vi en el atrio de la iglesia, he tenido muchas ganas de conocerte.
--Y ¿por qué quieres conocerme? --preguntó Vitale, mirando en forma inquisitiva a Carla.
--No sé, sentí algo aquí, en el corazón –y Carla se llevó una mano al pecho--, una voz que me decía que debía conocerte.
--Esa voz creo que la sentiste aquí –y Vitale se llevó a su vez el índice de la mano derecha a la sien--, y no en el corazón. Fue curiosidad, deseos de saber.
--Puede ser, tienes razón --dijo Carla.
--Cuando yo tenía doce años, sentí una voz que salía de aquí –Vitale se llevó una mano al pecho--, creo que me decía que mi camino era ser religioso y fui seminarista y luego misionero. Pero al recorrer el mundo, al ver el sufrimiento de nuestros semejantes, al darme cuenta de que en nombre de cada religión, y de intereses materiales solapados y defendidos por las religiones, se cometen atrocidades, entonces sentí una voz aquí –Vitale se llevó de nuevo el índice de la mano derecha a la sien–, que me decía “Vitale, debes conocer, debes razonar, debes aprender qué hay más allá de tu estrecho camino que te has impuesto, del horizonte limitado que te aprisiona, de tu religión”. Y seguí lo que esa voz me decía, como tú seguiste ese deseo, esa voz que ahora te condujo aquí. ¿Cuántos años tienes, Carla?
--Tengo dieciocho años, los acabo de cumplir, en abril –respondió solicita Carla.
--Naciste en 1932, unos años antes de que estallara la guerra. Yo nací en 1900, con el siglo. Durante estos años, Carla, que son los años de mi vida y, porque no, también los años de tu vida, ha habido un gran progreso material en el mundo, ha habido muchos descubrimientos y muchos inventos, el aeroplano, el automóvil, la radiodifusión, la penicilina, el telégrafo, la aspirina, los misterios del átomo, y tantos otros, hemos presenciado la emancipación de la humanidad, y sin embargo lo que más en común ha tenido el ser humano es la desdicha, el sufrimiento. Creo que el sufrimiento ha identificado a cada ser humano con sus semejantes, en esta mitad del siglo. El sufrimiento ocasionado por guerras despiadadas, brutales, atroces. Decía Buda que a todos los seres humanos nos identifica el sufrimiento, porque somos seres no acabados, imperfectos, pero yo me refiero al dolor, al sufrimiento, que nosotros mismos, los seres humanos, nos ocasionamos.
Vitale calló y pensativo, como recordando, dejó que su mirada recorriera el valle que se extendía frente a él, cruzado por el río Sangro, que desemboca en el Adriático. Luego, dirigiéndose a Carla dijo:
--Pero tú eras pequeña cuando este pueblo vivió el flagelo de la guerra.
--Sí, tenía ocho o nueve años cuando todo eso comenzó. Vivimos los horrores de la guerra mi madre y yo, porque el abuelo Giogio y mi padre se habían unido a la Resistencia. Pero mis recuerdos más tristes son de los acontecimientos que tuvieron lugar casi al final de ese conflicto, cuando tenía trece años. Recuerdo que nosotras pasamos varios meses en el sótano de la casa de una familia amiga, esto fue cuando los aliados avanzaban hacia el norte y los nazis no cedían la plaza militar, tenían apostados cañones y tanques por todas partes en este pueblo. En ese sótano había muchas familias. Nos alumbrábamos con velas que apenas nos permitían distinguirnos los unos de los otros. Temblábamos de miedo, día y noche, cuando oíamos las bombas que caían y los cañones que disparaban. Se estremecía todo a nuestro alrededor. En una ocasión, sin que nadie lo notara, Maddalena, muy amiga mía, y yo, junto con Modesto y otros amigos más o menos de nuestra misma edad, salimos del refugio porque íbamos a robar latas en los camiones militares estacionados en el camino, cerca del pueblo, que trasportaban víveres a las tropas. En ese sótano pasábamos hambre, había días en que no teníamos nada para comer, absolutamente nada. Mi amiga encontró en el camino una cajita de lata que llevaba impreso “dulces de orozuz”, era una mina personal de las que los nazis esparcían por el pueblo en venganza porque Italia se había retirado del Eje. Nos consideraban sus enemigos. La cajita de “dulces de orozuz”, cuando Maddalena trató de abrirla, explotó. Ella quedó muy herida en una mano y en la pierna. Pocos días después murió, en mis brazos, porque yo nunca me separé de ella. La quería como a una hermana. Fue la experiencia más dolorosa de mi vida.
Después de un largo silencio, Carla, con unas lágrimas que humedecían sus ojos, preguntó:
--Vitale, ¿por qué tienes escrito en el pecho “Dios no existe”?
Vitale volvió también él de su ensimismamiento, con calma se desabotonó la camisa y mostró un pecho terso, sin escritura alguna.
--No hay nada escrito en mi pecho, Carla.
--Pues es extraño, creo haber visto eso escrito en tu pecho y mi madre también lo vio –dijo Carla.
--¿Estás segura de haber visto lo que dices? Quizá fue sólo tu imaginación –dijo Vitale, tocando con el índice de la mano derecha la punta de la nariz de Carla–. A veces vemos lo que imaginamos y no la realidad. Puede ser ilusorio aquello que, porque se ve, debe ser verdad, dicen en China. Y peor todavía, a veces nos empecinamos en escuchar sólo lo que queremos escuchar, en creer sólo lo que queremos creer, y nos encasillamos, reduciendo nuestro infinito potencial de conocimiento a una apretada paca de algodón, por decir algo.
--Me confundes, Vitale. Escuché que repetías “Dios no existe” y creo haber visto eso escrito. No sé, pero hasta mi abuelo Giogio dice que tú eres un ateo exhibicionista. Giogio dice que hay cosas en las que está de acuerdo contigo, él también es ateo, en el Partido hay muchos, pero no le parece que tú vayas predicando tus ideas por el pueblo.
--No soy exhibicionista –repuso Vitale muy serio–. Un par de veces he estado frente a la iglesia y reconozco que ese es un acto de provocación, pero es como una catarsis para las mojigatas que como autómatas asisten a la iglesia. Por eso llevo también una pequeña campana en la mano. La gente piensa que las campanas son un instrumento religioso, que se usan para llamar a misa y durante ella, pero las primeras campanas fueron usadas para espantar a los malos espíritus, a los fantasmas y a las brujas. Por eso la llevo. Pero he decidido no volver a provocar a esa gente. Tu abuelo y tu padre, Carla, como muchos ateos, son “comecuras”, como vulgarmente se dice, consideran a los curas enemigos políticos, los acusan de ser aliados de los fascistas. Son ateos pasivos y tolerantes, mientras yo soy un ateo de convicción y trascendencia. Yo lo que creo y divulgo, entre los campesinos que de vez en cuando visito y quienes quieran escucharme, es que el Ser supremo, como símbolo de las religiones, católica, ortodoxa, cristiana protestante, islámica, hebrea, cualquiera que sea, es una invención, no existe. Yo quiero convencer a quien me escuche; transmitir algo que le haga pensar, por eso no soy enemigo de los curas, ni de los rabinos, pastores, ulemas, y de cuantos representantes hay de tantas religiones. Yo, en verdad, soy partidario del conocimiento y enemigo de la ignorancia, de la sumisión.
--Ya entiendo –dijo Carla, tomando una actitud muy seria. Luego agregó--. Pero si eres ateo, es lógico que no creas en el más allá, como mi padre y el abuelo, y entonces, como se pregunta mi madre, que siempre discute con ellos, ¿qué sentido tiene la vida, si no hay una vida después de la muerte? ¿Qué sucede con el alma? Este verano he leído Los hermanos Karamázov, de Dostoievski. Este autor piensa, por lo que leí, que sin una religión, sin la creencia en el juicio final, en la inmortalidad del alma, no existiría el bien, el amor al prójimo, digamos una moral. Recuerdo que Iván Karamázov dice que no hay ninguna ley natural que obliga a las personas a amar a sus semejantes, a la humanidad. Dice que si el amor reina en la Tierra se debe a la creencia de la inmortalidad del alma. Si se destruye en el hombre la fe en su inmortalidad, no sólo desaparecería en él la capacidad para el amor, sino también la fuerza vital necesaria para seguir viviendo en este mundo. Dice este personaje de esa novela que el egoísmo, incluso cuando alcanza un grado de perversidad, entonces sería reconocido como la condición humana. Eso me impresionó.
-- Dostoievski fue un gran escritor, pero una persona muy atormentada –dijo Vitale--. Fue un ferviente cristiano ortodoxo, un crítico del socialismo de su tiempo, del siglo XIX. En otra obra suya, Crimen y Castigo, por ejemplo, se derrumba por sí sola esa afirmación de Iván Karamázov. En esta otra novela, siendo todos sus personajes religiosos, creyentes del más allá y de la inmortalidad del alma, Rodión Raskólnikov, un estudiante pobre, comete un asesinato brutal, mata a la usurera Aliona Ivánovna y a su hermana Lizavieta, en el fondo con el propósito de purificar la sociedad de una persona nefasta como era esa usurera. Entonces no podemos hablar de que la religión impone una moral determinada, el amor al prójimo, a la humanidad. La obra plantea ese dualismo que ha sido el tema de muchos autores, esa doctrina metafísica según la cual la materia y el espíritu, lo físico y lo psíquico, son dos substancias esencialmente independientes y distintas, y con ello se pretende hacer creer que el alma y el cuerpo existen separadas el uno del otro y así se da cabida al alma, como una entidad que existe por sí misma. Yo estoy convencido de que si la moral se basa en el miedo al castigo, entonces eso no es moral ni ética. Además, por lo que se refiere a la moral, al amor al prójimo y a la humanidad, y su existencia gracias a la religión, basta recordar a los papas Inocencio VIII, Alejandro VI, y muchos otros.
--Por otra parte –continuó diciendo Vitale--, en cuando a tu inquietud sobre el más allá, te diré que con el propósito de salvar esa supuesta alma, que las religiones dicen que poseemos, por darle vida en el más allá, por salvar lo menos, perdemos el todo, extraviamos el sentido de pertenencia a la humanidad. Nosotros somos parte de esa totalidad, aún como partes infinitesimales de esa totalidad, contenemos, cada uno de nosotros, las características del todo. Si evolucionamos, si progresamos, como células de ese organismo global al que pertenecemos, evoluciona y progresa esa totalidad, es decir la humanidad y la humanidad, a la que nos debemos, es de este mundo, no del más allá. El suponer que como individuos tenemos una vida después de la muerte es un consuelo falso, una falacia, y la mayor de las manifestaciones de individualismo, de egocentrismo. Pretendemos seguir siendo nosotros, en el más allá, como individuos, aunque deformados, como almas sin sexo ni sentimientos, o rodeados de 72 vírgenes, como creen los musulmanes, de las que se puede disfrutar a voluntad, como si fueran objetos sexuales. El sentido real, verdadero, de nuestra vida está en este mundo, Carla, y no después de la muerte, en un supuesto más allá. En fin, la idea de una vida en el más allá, o de la rencarnación, alimenta aquello que el pensamiento anhela, que deseamos vehementemente, y nada más.
--A pesar de que desde niña, desde que comencé a tener uso de razón, me inculcaron la idea de un paraíso, de un purgatorio y de un infierno, ahora, a mi edad, tengo mis dudas al respecto –dijo Carla--. No me convence que luego de una vida llena de emociones, sentimientos, pasiones, desafíos, algunos lleguen a un paraíso en el que permanecen en un estado vegetal, inerte, pasivo, en un estado en que es imposible amar, sufrir, ser feliz, decidir el camino a seguir, mientras otros, aunque hijos de un ser todopoderoso, bondadoso, sean condenados a un castigo atroz eterno, donde se sufre, donde no hay posibilidad de redimirse. Te confieso que considero eso una injusticia inaceptable.
--Ahora me explico –dijo Vitale, con una amplia sonrisa--, porque has querido conocerme. Al oírme decir lo que decía, frente a la iglesia, has querido saber el sentido de esas palabras. Eres inquieta y tienes dudas y las dudas son las puertas del conocimiento, de la superación. Ten en cuenta que las religiones tienen su origen precisamente para dar una respuesta a la muerte, pero la respuesta que dan es falsa, aunque para muchos es atractiva, es como un refugio, una ilusión, un consuelo falso. Pero para superar esas creencias que te han inculcado en la infancia, necesitas ser rebelde, desafiar, cuestionar tu estado de conocimiento, ser inconforme, indagar.
--Sí, eso es lo que me estimula y emociona. Veo a mi madre en un estado de conformismo, de estancamiento mental, al que nunca quisiera llegar. Y es imposible plantearle estas dudas. En lugar de llegar a un diálogo, viene la imposición de sus creencias y la intolerancia.
--Me gustaría saber cómo reaccionaste ante la muerte de tu amiga Maddalena –inquirió Vitale.
--Yo tenía trece años, Maddalena quince. Era para mí una hermana, como te dije. Era inteligente, inquieta, leía mucho y escribía poesía. Todo le interesaba. Maddalena estaba enamorada de Modesto, un muchacho de quince años muy tímido y muy hermoso. Yo era la confidente de Maddalena. Me contaba, con una expresión que nunca he olvidado, le brillaban los ojos de la emoción, se le iluminaba la cara por la felicidad, que le invadía una ternura profunda, que sentía un estremecimiento en todo el cuerpo, cuando veía a Modesto pasar frente a la puerta de su casa o cuando íbamos por un helado al bar y nos encontrábamos con él. Modesto era muy serio; al ver a Maddalena trataba de esconderse, se alejaba cabizbajo. Cuando nos vimos obligados, muchos del pueblo, a refugiarnos en el sótano de la casa de Maddalena, ella se sintió dichosa, tenía a Modesto bajo su propio techo, al alcance de su mirada, aunque Modesto, cuando ella lo miraba fijamente, enrojecía y bajaba la mirada. Entre tanta desgracia y sufrimiento de los ahí reunidos, Maddalena rebozaba de felicidad, de alegría que me trasmitía. Una noche me pidió que llevara a Modesto una hoja de papel en el que había escrito un poema. Lo leí y recuerdo que comenzaba así:
¿Dónde te ocultas… pero dónde?
En la oscuridad nos extraviamos,
Nos buscamos, nos percibimos.
Tu huella es una luciérnaga,
De latidos encendidos,
Voces de suave aleteo,
Son mis ansias, espíritus palpitantes.
Sólo por un suspiro separados,
Que encontrarte ruega.
--Cuando murió –continuó Carla--, sentí que una parte de mí se iba con ella. Quedé profundamente dolorida, tanto que me era imposible llorar. En esos días fue que me asaltaron las primeras dudas sobre la existencia de un Ser todopoderoso y de bondad infinita, sobre el sentido de otra vida después de la muerte. No podía imaginar a Maddalena, a sus quince años, en un estado etéreo, privada de sus inquietudes que la caracterizaban, sin enamoramiento, sin sus poesías y escritos por los que tantas personas en este pueblo la admiraban. Escuchaba a las plañideras y a unas monjas que imploraban a Dios para que la tuviera en su seno, que perdonara sus pecados. Todo ese espectáculo me enfurecía, lo rechazaba. Me sentí rebelde.
Vitale dejó que Carla se tranquilizara y luego la invitó a subir a la cima de Monte Olivo, para contemplar desde ahí la magnificencia del valle y, del otro lado, hacia Occidente, las majestuosas montañas de los Apeninos.
--Acompáñame --dijo Vitale--. Arriba te sentirás más relajada. Yo voy cada día a meditar, en presencia de ese maravilloso paisaje.
Al dejar el pórtico y rodear la cabaña, se toparon con un pequeño asno de grandes ojos tristes y pelaje color castaño, que comía alfalfa plácidamente.
--Vitale, que hermoso burrito tienes --dijo Carla.
--Ah, sí, es Solitario, mi compañero. Con él voy al pueblo, a casa de campesinos, traigo agua y víveres. Es una herencia de mi hermana Matilde. Solitario, unos ahorros que tuvo, gracias a la venta del taller de herrería de mi padre, y una pequeña casa en el pueblo, de la que percibo una renta modesta, ha sido la herencia de mi querida hermana y si no hubiese sido por ella no habría regresado a este pueblo donde hay tanta gente retrógrada e intolerante. Yo siento que no soy bienvenido, que aquí mi presencia causa enojo, ira. Pero yo estoy por encima de las pasiones mezquinas de esas personas.
***
A pesar de que en las elecciones municipales, que se llevaron a cabo poco después de concluir la guerra, ganó el candidato a alcalde del Partido Socialista, en ese pueblo de casi quince mil habitantes seguía arraigada la mentalidad fascista, nacionalista, racista, megalómana. Se añoraba la colonia en África, se suspiraba por el imperio que en sus delirios de grandeza prometió Mussolini. “El Duce no ha muerto”, decían los jóvenes del Opus Dei, entre ellos Ottavio, hijo del dueño del almacén de víveres, mientras se reagrupaban en el Movimento Sociale Italiano (MSI), un partido neofascista. Los prominentes del pueblo, como siempre, seguían siendo el cura, el dueño del almacén de víveres, el doctor, a su vez dueño de la farmacia, y un importante terrateniente, representante de la “Banca del Popolo”.
***
En la cima de Monte Olivo, con la vista de las montañas, que se elevaban majestuosas ante ellos, Vitale comentó que su hermana Matilde, antes de morir, le había hablado de la familia; por ella se enteró que Carla estudiaba en la Universidad Leonardo da Vinci, en Pescara, que era una joven hermosa y con muchos pretendientes.
--Bueno, estoy dedicada a los estudios. Estoy en tercer año en Filosofía y Letras. ¿Pretendientes? Sí, no faltan. El más insistente es Ottavio, aquí, en el pueblo. Está obsesionado conmigo, me corteja sin cesar. Pero tengo mis dudas. En primer lugar no estoy enamorada de él y en segundo lugar es hijo de un comerciante que fue un dirigente fascista. Giogio dice que es del Opus Dei y sus más cercanos amigos también, de lo que se jactan. Así es que sólo cultivo mi pasión por mi carrera. Algún día seré profesora o, lo que me atrae más, escritora.
Vitale observó detenidamente a Carla y le dijo:
--¿A pesar de lo que dices tienes dudas acerca de ese pretendiente? La belleza y la inocencia son cualidades efímeras y vulnerables, Carla, que atraen a gusanos y alacranes ponzoñosos.
Después de un breve silencio, Carla dijo que debía regresar a casa, pero que deseaba volver a ver a Vitale. Se despidieron y mientras Carla tomaba el sendero de regreso al pueblo, Vitale le dijo:
--Carla, quiero que sepas que ese domingo tenía escrito en el pecho lo que viste. Nunca dudes de lo que ves, pero siempre hay que comprobar si es real.
-4-
Carla volvió a Monte Olivo el 4 de agosto. Tenía una gran curiosidad por saber pormenores de la vida de Vitale. De nuevo sentados en el pórtico de la cabaña, éste le comentó que había vivido, como misionero, en el Congo, en Manchuria y en Japón, durante los años más álgidos de la guerra, los más atroces y dolorosos, para ese país.
Cinco años después de ingresar en el seminario, en 1915, el padre de Vitale murió en la Gran Guerra. Si bien no era religioso, no se opuso a la decisión de su hijo de ser un misionero. Lo apoyó incondicionalmente, sólo le pidió que siempre tuviera una mente abierta y que recordara que quien se empecina en ser dueño de la verdad cae en el sectarismo y en la intolerancia. “Si te encasillas en una idea, si crees que la verdad te pertenece, te estás negando tu universo”, le decía. “La razón, y no la creencia en los dogmas, se encuentra en la cima de todas las facultades del ser humano”, le repetía una y otra vez.
El padre de Vitale se llamaba Saverio, era el herrero del pueblo. Era un hombre bonachón, barba cerrada, mirada amigable, manos grandes y callosas. Vestía siempre una camiseta de lana de oveja, de mangas largas, tosca, que le tejía su mujer. Amplios pantalones, sostenidos por viejos tirantes, y zapatos con suelas gruesas, remachadas con clavos de cabeza ancha.
De niño, Vitale solía acompañar, después de la escuela, a su padre en el taller de herrería, y le fascinaba ver como de un pedazo de metal candente, que el padre extraía de entre las brasas de la fragua, con martillo y tenazas, lo convertía, sobre el yunque, en una perfecta herradura. Para Vitale su padre era un artista a quien admiraba mucho por sus habilidades, pero también por sus palabras y consejos.
Mientras Saverio martillaba, narraba a Vitale, y a veces a Matilde, quien se les unía, viajes fantásticos y aventuras intrépidas. Los niños lo escuchaban atentamente, y transportados por la imaginación, recorrían espacios siderales, tierras desconocidas, profundidades marinas, y miraban a Saverio, con ojos de plato, cuando éste levantaba martillo y tenazas por encima de su cabeza para darle énfasis a alguna situación de peligro, a algún pasaje escabroso de sus narraciones.
En una ocasión, Matilde preguntó a Vitale: “Pero ¿cómo hace papá en conocer la Patagonia, Nueva Zelanda, Australia, los mares del sur, si nunca ha salido de este pueblo?”. Vitale le respondió, levantando los hombros: “Pues, no sé. Parece que conoció esos parajes junto con Roberto y María Grant, en el yate Duncan”
A los niños les encantaba, y se morían de risa, cuando el padre les hablaba de la extraordinaria inteligencia de los castores, de la evolución del hombre, o hacía gestos, imitando a un gorila, golpeándose el pecho, diciendo: “Soy Saverio, soy Saverio…”; o cuando, gritando como salvaje, tapándose y destapándose la boca, saltando en un solo pie, bailando alrededor del yunque, entre un aullido y otro decía: “ Soy Kawana, vivo feliz en la selva sin Dios, vivo feliz en la selva sin Dios…”.
Saverio fue autodidacta. Desde niño fue ayudante de su padre en la herrería, y aprendió el oficio mientras operaba el fuelle para darle aire a la fragua. El deseo vehemente de aprender lo llevaba a repasar, por las noches, los cuadernos de su hermana, los que ésta traía de la escuela. Una vez que dominó los fundamentos y la ciencia del abecedario y de las palabras puestas unas junto a otras, el resto fue el resultado de su tenaz y constante esfuerzo, hasta convertirse en un apasionado lector.
Sin embargo, Saverio nunca se imaginó el mundo que descubriría con la lectura. En un inicio sólo pretendía descifrar los carteles pegados en los muros de las calles del pueblo, los títulos llamativos de una que otra revista que caía en sus manos, cuando acompañaba a su padre a la barbaría. Pero cuando su hermana comenzó a llevar a casa los libros que le prestaba una amiga, Saverio, paso a paso, libro a libro, entró en otra dimensión.
Leyó con avidez las obras de Julio Verne. Sus preferidas fueron Los hijos del capitán Grant, Veinte mil leguas de viaje submarino y De la Tierra a la luna. Pero cuando descubrió a Emilio Salgari, su alma no tuvo paz. Quería viajar a Turín para conocerlo personalmente. Quería escuchar de sus propios labios cómo había conocido a Sandokán, al corsario negro, qué había sido de ellos y de Cabiria.
El barbero le dijo un día, siendo un adolescente, que todo eso que leía era irreal, era pura ficción. Saverio no podía dar crédito a lo que oía. En otra ocasión, les confesó a sus hijos, que siendo un poco mayor, en la cantina, le dijeron que madurara, que esas lecturas eran para niños. “Por eso, desde entonces a mis amigos no me he atrevido a contarles lo que leo, además porque hay lecturas que son peligrosas. Sólo a ustedes se las narro”, les aseguró.
En una ocasión, durante el periodo de campaña electoral, llegó al pueblo un orador de un partido, de espesa barba y cabellera larga hasta los hombros, a quien le decían “el Anarquista”. Saverio fue requerido para reparar una ballesta de la suspensión del coche en el que viajaba este personaje. Como éste no tenía dinero con que pagar el servicio, le regaló un libro, El origen de las especies, de Charles Darwin. Al entregarle el libro, “el Anarquista” le dijo: “Este inglés ha demostrado que en esta vida sobrevive quien tiene capacidad para adaptarse a los cambios de la naturaleza y que el ser humano no fue creado por Dios. Venimos del mar, somos parientes de los primates, y somos producto de la evolución. Este es un asunto peligroso, camarada Saverio, tenga cuidado con quien lo comenta. Este libro es un tesoro”.
Por eso, entre sus aventuras fantásticas que narraba a sus hijos, de vez en cuando intercalaba pasajes de ese libro, expresados a su modo, y solía concluir, diciendo: “Bueno, esto es harina de otro costal”.
Un año después de morir el padre en la guerra, falleció su madre.
--Durante algún tiempo, mi madre, siempre vestida de negro, con el tejido se consoló de la tristeza y la soledad, hasta que la vencieron. Ella creía que mi padre nos envenenaba el alma con sus narraciones y representaciones –comentó Vitale.
Matilde, su hermana, que nunca llegó a contraer matrimonio, fue desde entonces su única familia. Ella viajaba cada mes del pueblo a Pescara para visitar al hermano y llevarle cerezas, higos, duraznos, según la temporada, pasta hecha en casa, queso de cabra y otras viandas.
***
Vitale confesó a Carla que durante muchos años su vida en el seminario fue monótona, pero intelectualmente activa. Su deseo de ser enviado a algún país, para cumplir con su vocación de misionero, por un motivo u otro se aplazaba. Dedicó el tiempo a la lectura de diversos autores y filósofos, como “Diálogos de Hylas y Filón”, del obispo inglés Berkeley, uno de los más importantes exponentes del idealismo, y a estudiar los escritos de Santo Tomás de Aquino, que llegó a conocer a fondo, y por ello despertó la admiración de sus superiores. Le permitieron viajar a Roccasecca, cerca de Nápoles, donde nació el pensador cristiano, y también a Fossanuova, donde murió en 1274, a la edad de 49 años. Envuelve la leyenda la muerte de Tomás de Aquino. Se dice que fue envenenado, mientras estaba en viaje para asistir al Concilio de Lyon, por orden de Carlos de Anjou, rey de Nápoles. ¿Los motivos? Quizá envidias o ciertas intrigas palaciegas, en las que los religiosos eran activos participantes, disputándose los favores de reyes y cortesanas y de cotos de poder.
Vitale comentó que gracias a su inquietud intelectual, se las arregló para visitar una biblioteca pública y leer algunos autores no permitidos en el seminario, como Voltaire, Nietzsche, Rousseau, Diderot. Estas lecturas, en particular, fueron determinantes en las decisiones que tomó en su vida.
-5-
--Al cumplir treinta años –dijo Vitale--, la Orden de los Benedictinos me envió al Congo. Estuve siete años en una aldea, Kangeme, a orillas del río Kwango, a cincuenta kilómetros de Leopoldville, en una congregación francesa. El Congo había sido un feudo personal del rey Leopoldo II de Bélgica. Bajo su dominio absoluto murieron cerca de seis millones de congoleños, debido a que vivían en las condiciones más infrahumanas que te puedes imaginar, siendo objetos de explotación extrema y de represión. En 1908, Leopoldo II cedió al gobierno Belga su feudo, pero antes y después de ello, la explotación de los recursos naturales y de la población no tuvo límites. A los nativos se les trataba como animales y el personal belga afirmaba que esas personas no tenían alma y vivía en esas condiciones porque espiaba sus pecados. Y nosotros teníamos la misión de convertir a esa pobre gente al cristianismo para mantenerlos sumisos, que pusieran la otra mejilla cuando fueran golpeados en una, o convencerlos de que “el fin último del ser humano, la beatitud perfecta, se alcanza sólo en la vida futura, en el más allá”, como decía Santo Tomás de Aquino; que tenían que resignarse a las condiciones actuales de vida.
--Decía Santo Tomás –continuaba hablando Vitale--, que “la Gracia Divina no anula la Naturaleza, sino que la perfecciona”. Yo me he preguntado: ¿esas máximas son producto de la ignorancia que se tiene de la vida real o bien son formuladas para engañar, pretenden confundir las conciencias de los individuos con el fin de servir a intereses superiores, de los explotadores? Comencé a cuestionarme muchas cosas, Carla, pero entonces era más fuerte mi fe, mi creencia, y seguí siendo misionero.
***
Vitale y sus correligionarios se levantaban antes del alba, tras una noche en que era imposible dormir por el calor sofocante. Al levantarse oraban en la pequeña capilla que ellos mismos habían construido, paredes de caña y barro mezclado con paja, y techo de ramas de palmeras. Después de dar gracias a Dios y humildemente pedir perdón por los pecados cometidos de vanidad y soberbia, y de renovar los votos de humildad, se dirigían al dispensario, adyacente a la capilla, construido con los mismos materiales que ésta, y atendían a los pacientes que yacían en esteras.
El ambiente era deprimente: mujeres enfermas, niños con abultados vientres que desde temprano estaban pegados a los fláccidos senos de las madres, y hombres flagelados o mutilados con las manos cercenadas a la altura de las muñecas que no podían acudir a las plantaciones de caucho o a las minas.
Los misioneros comenzaban sus actividades revisando los cuerpos sudorosos y llevándose a los muertos. Luego seguían con trabajos de limpieza y desinfección de personas y esteras con bálsamo de benjuí que ellos mismos preparaban con cortezas del árbol de Malaca, para eliminar el olor a muerto y la peste que emanaba de los vivos.
Las moscas revoloteaban como enjambres de abejas, se posaban en las heces, que se acumulaban en la letrina al aire libre, sólo tapadas con hojas de palmera, que había en las afueras del dispensario, en las comisuras de los labios y de los párpados, en las cabezas y en las heridas de las decenas y decenas de pacientes que ahí yacían hacinados. La letrina se cubría cada dos semanas y se abría otra, un surco de diez metros de largo y dos palmos de profundidad.
Durante la noche el calor era sofocante, pero a las diez, cuando los misioneros llevaban un refrigerio a los pacientes, comenzaba a ser insoportable, agobiante.
A partir de las doce, los misioneros recorrían las aldeas cercanas y llevaban a cabo su labor de catequizar a mujeres, ancianos y niños, pues los hombres trabajaban recolectando caucho o en las minas, extrayendo metales preciosos y diamantes. Los hacendados y los capataces, negreros desalmados, trataban a los trabajadores a punta de látigo. Cuando se presentaba un acto de indisciplina o un intento de huida, se castigaba al culpable cortándole la mano derecha y se le enviaba a los misioneros para que, en caso de llegar con vida, recibiera la atención necesaria.
Los misioneros reunían a los aldeanos debajo de majestuosos y longevos baobabs y los instruían en los principios de la fe, de la caridad, del perdón, de la esperanza de una vida plena en el más allá, en la sumisión y en adorar a la Santísima Trinidad y les describían las atrocidades que sufrían las almas de aquellos que, al morir en pecado mortal, caían en las profundidades del infierno. Les hablaban en francés, siempre con la duda de si esos mensajes eran entendidos.
***
Una tarde, mientras regresaban al campamento, una muchacha alcanzó a Vitale y a fray Nicola y les suplicó que regresaran a la aldea que acaban de dejar porque su madre tenía fuertes dolores de parto y la matrona no se encontraba. Los misioneros, siempre dispuestos a cumplir con asistir a quien los necesitara, acudieron presurosos.
En una choza, una hermosa mujer, recostada en una estera, que sujetaba una pañoleta entre sus dientes, con ojos desorbitados, miró a los recién llegados, implorando ayuda. La joven que los interceptó en el camino, se apuró en extraer, del caldero sobre una llama, unos paños que se encontraban en agua hirviendo.
--Nicola, ayuda a esa mujer, arrodíllate frente a ella y mira si se ha roto la fuente –exhortó Vitale a su compañero.
--Pero –repuso tímidamente Nicola--, necesito que alguien le rasure el pubis.
--No, hermano Nicola, es un parto. Creo que no hay nada que rasurar.
--No me atrevo –agregó Nicola, con voz temblorosa--. Nunca he asistido a un parto y menos he visto en mi vida las intimidades de una mujer.
Después de la indecisión y la confusión, Vitale tomó el control de la situación y ordenó a Nicola que preparara una palangana con agua tibia y tuviera listos los paños limpios.
Vitale se arrodilló frente a la parturienta que ya mantenía las piernas separadas, pujaba con fuerza, y bufaba como locomotora. Poco después, Vitale vio que, de las entrañas de ella, aparecía una cabeza, la tomó con delicadeza, luego introdujo los dedos en la vagina y ayudó a que saliera la criatura. Con un cordel amarró en dos partes el cordón umbilical y lo cortó en el centro. Tomó al recién nacido de los pies y le dio dos palmadas en los glúteos, suficiente para que éste emitiera unos alaridos ensordecedores.
Nicola contemplaba las maniobras de Vitale petrificado, mientras la muchacha se encargaba de recibir al niño con los paños en las manos, lavarlo y atenderlo.
--No sabía que tenías habilidades de comadrón –dijo Nicola al emprender el camino de regreso al campamento.
--Es la primera vez que asisto un parto y ha sido una emoción indescriptible –dijo Vitale--. Recibir a ese niño de las entrañas de su madre, ayudarlo a que su organismo iniciara ese proceso inefable de la vida, me ha conmovido. Te aseguro, Nicola, que esta experiencia ha sido más satisfactoria de los sermones que hasta hoy he dado a estos pobres aldeanos.
Además de catequizar, los misioneros buscaban entre los aldeanos a quienes presentaran algún síntoma de la enfermedad del sueño, muy extendida en esas regiones, que era producida por un parásito inoculado por la mosca tse-tsé. En caso de percibir que alguna persona no lograra concentrarse, que pasara de la tristeza, estado habitual, a la angustia o al enojo, que tuviera somnolencia, la llevaban al dispensario.
--Ese era el Congo --explicaba Vitale a Carla--, en manos de los colonizadores, y los misioneros teníamos la tarea de paliar sus sufrimientos y de convertir a sus habitantes a una religión que los mantendría más resignados de lo que estaban. Desde joven sabía que existían colonias, tenía una idea vaga de ellas, pero en el Congo me di cuenta que los países europeos despedazaron y se repartieron África, y como bestias feroces y hambrientas, fueron tras una presa indefensa y apetitosa--.
-6-
A los treinta y siete años Vitale fue trasferido, junto con otros tres misioneros italianos, a Manchuria, en el norte de China, región que bajo el dominio japonés se llamaba Manchukuo. Se sintió aliviado de dejar África, pero profundamente afligido y frustrado porque su primera misión no sólo estaba lejos de haber concluido, sino que le había dejado un sabor amargo, le había socavado su fe, aunque todavía no se atrevía a aceptar este descalabro espiritual. En el Congo siempre le invadió una profunda vergüenza de ser lo que era, blanco europeo, frente a la violencia, la injusticia, la explotación, que ejercían personas semejantes a él; decepcionado porque sus esfuerzos como misionero y sus oraciones caían al vacío. Vitale se decía que si debía imaginarse ese supuesto infierno del que hablaba en sus sermones, bastaba con vivir en el Congo para tener una visión precisa de él.
--Pero estaba equivocado –dijo Vitale--. ¡El infierno aún estaba por venir!
***
En Manchukuo, Vitale llegó a la pequeña ciudad de Hunchun, distrito de Harbin, cerca de la frontera con Siberia. Esa era una de las regiones en las que la población milenaria, de origen chino, era brutalmente sometida por parte de Japón, país que ocupaba ese territorio de China desde 1931.
Las instrucciones recibidas eran que los misioneros recuperaran la capilla y la pequeña casa adyacente, donde se encontraban los dormitorios, abandonadas luego de que, nueve años antes, los misioneros y los sacerdotes italianos fueran expulsados de China. Debían, a la brevedad, reiniciar las actividades de catequización, ahora con el beneplácito del gobierno japonés, ahora aliado del gobierno italiano.
La pequeña capilla se encontraba en condiciones deplorables, medio destruida. Con un frío que penetraba hasta los huesos, los tres misioneros, y un sacerdote que se les unió poco después, el padre Mario, del grupo que había sido expulsado, el único que hablaba chino, buscaban piedras en las laderas de una colina para reparar las paredes de la capilla. Las transportaban en canastos colgados de los extremos de un grueso bambú, como un yugo, que llevaban cruzado en sus hombros, con gran sacrificio.
El viento del norte, que procedía de Siberia, les congelaba y ajaba la piel de la cara. Las manos, cubiertas con pedazos de tela, a modo de guantes, apenas respondían al preparar la argamasa, la que se endurecía al congelarse el agua. Afortunadamente, de un monasterio budista cercano recibieron ayuda de dos monjes chinos, que conocían al padre Mario, y fue un enorme alivio la ayuda que les ofrecieron. Ambos hablaban italiano, aprendido con los misioneros anteriores, con quienes habían tenido contacto años atrás. Gracias a ellos, comentaba Vitale, él y dos más de los misioneros, lograron sobrevivir a las calamidades y a la inclemencia del clima.
Los monjes les llevaban algún platillo de comida, por lo general sopa manchow, picante, poco consistente, con pocos fideos y cebollas, a cambio de dos o tres buenas porciones de polenta que preparaba el padre Mario, su especialidad, y les enseñaban a curar la piel ajada de la cara o los dolorosos sabañones, con manteca de yak, que además les servía, introduciendo un pabilo en ella, para iluminarse en las gélidas noches.
Vitale, envuelto en una manta, a la tenue luz de la vela, fue entonces cuando comenzó a leer aquel libro que el orador anarquista en una ocasión regaló a su padre y él conservaba como un tesoro.
Uno de los monjes chinos, con quien Vitale entabló amistad, le develó los fundamentos del budismo, que Vitale retuvo con enorme interés y que le permitieron someter a una revisión, y a una profunda crítica, su propia religión.
Además, este monje le comentó que en la vecina ciudad de Pingfang, a unos cuantos kilómetros de distancia, se había establecido el “Batallón 731”, una nefasta unidad especializada del ejército japonés, al mando del general Yasuji Okamura, y allí, el doctor Shiro Ishii, sometía a la población local a experimentos con el propósito de perfeccionar armas para una guerra biológica y química contra China. Se diseccionaban cuerpos, se inducían enfermedades como la peste bubónica, cólera y carbunco, y se cometían otras atrocidades. La consigna de ese Batallón era “matar todo, quemar todo, saquear todo”. Japón se preparaba para una guerra de exterminio y de “purificación”, para repoblar la región con su gente.
Vitale se sentía acongojado por esas revelaciones, profundamente dolorido por esa brutalidad. Se decía que el peor mal que puede hacer el ser humano es causar sufrimiento a sus semejantes. Las actividades paliativas de los misioneros poco o nada podían aliviar el dolor de esa gente pisoteada por la bota militar.
Vitale admiraba como ese pueblo milenario soportaba, estoicamente, la represión y se aferraban a sus tradiciones y creencias. Los chinos, a quienes los misioneros se acercaban para catequizar, eran muy reacios a creer en ciertos principios básicos que se les planteaban. El evangelio se veía incoherente, sin fuerza de convencimiento, frente a las tradiciones chinas, frente a los postulados de Confucio y Lao-Tse, relacionados con el culto a la naturaleza y a los antepasados. No aceptaban la Santísima Trinidad, no podían comprender el desdoblamiento en tres entes de un Ser supremo; menos todavía la concepción de María por obra del Espíritu Santo y el alumbramiento de su hijo siendo virgen; les llamaba la atención, en cambio, el momento en que, en la misa, suena la campanilla y el sacerdote pronuncia las palabras por medio de las cuales el cuerpo y la sangre de Cristo se transubstancian en la hostia y en el vino. Rechazaban la autoridad del Papa y del Vaticano y que hubiera intermediarios, en las personas del Papa, cardenales, obispos y sacerdotes, entre la divinidad y los hombres.
Sus creencias, basadas en las enseñanzas de Buda, de Confucio y Lao-Tse, no sólo estaban muy arraigadas, sino que las consideraban más cercanas a su propia forma de ver la vida, e su idiosincrasia, a su moral, que los preceptos, los dogmas, las revelaciones, la doctrina, que los misioneros cristianos predicaban con el propósito de convertirlos. No aceptaban esa dualidad del bien y el mal, entremezclados íntimamente en el individuo desde el pecado original, pues según la tradición confuciana el ser humano está naturalmente inclinado hacia la rectitud y la bondad, son virtudes innatas. Para Confucio lo que distingue al hombre del animal es su sentido de la moralidad, que supera el deseo individual.
La experiencia que vivía Vitale lo atormentaba y cada vez más se convencía de que la religión lo encasillaba, lo hacía vivir en el engaño, le impedía apreciar objetivamente la realidad. Además, coincidiendo con sus amigos budistas y con los chinos, consideraba que en verdad era una inaceptable pretensión que sus correligionarios sacerdotes, obispos, cardenales se consideraran --no él, pobre misionero, obrero de la evangelización--, los intermediarios entre Dios, el Supremo, y los humanos. Le parecía el colmo de la vanidad y de la megalomanía.
A lo largo de ocho años de permanencia en Manchukuo, el apego a sus creencias se fue debilitando. Gracias a que tenía siempre vivas, en su memoria, las palabras de su padre y, sobre todo, a la revelación del budismo, que tuvo tras largas conversaciones con el monje budista, fue capaz de adentrarse en el conocimiento de la esencia de las religiones, de todas ellas, y por consiguiente en la finalidad y propósito que cumplen.
Pero fue la lectura del libro de Darwin, durante las largas y frías noches, que sacudió su mente y resquebrajó su creencia en el origen del hombre y en la creación de todas las cosas por la gracia divina de un Ser superior.
En una ocasión le comentó al padre Mario, hombre mayor, todas estas dudas y, más aún, que como consecuencia de ello también ponía en entre dicho la existencia de Dios. Padre Mario le dijo, con fe disminuida y resignado: “Deja eso a los filósofos, hijo, no está al alcance de nuestro entendimiento dudar de la existencia del Ser supremo. Fe y obediencia son tu obligación y tu camino”. Pero esa respuesta no le satisfacía, sentía que la religión limitaba su libertad de pensamiento, su facultada de razonamiento, convirtiéndolo en un robot.
-7-
En febrero de 1945, Vitale, dos misioneros, menos el padre Mario y otro misionero, quienes murieron de neumonía dos años antes, y unos monjes budistas japoneses que se encontraban en Pingfang, fueron evacuados de Manchukuo, debido a los reveses que sufría Japón en la guerra, tanto en el Pacífico como en esa región de China. Se esperaba que de un momento a otro la Unión Soviética invadiera Manchuria. Los misioneros encontraron refugio en Japón, en la ciudad de Sasebo, que asoma a una hermosa y apacible bahía. Una vez más, Vitale se sentía decepcionado por su truncada labor, aunque lo asediaban las dudas sobre su actividad misionera y el sentido de la religión que profesaba.
Asignaron a Vitale y a los misioneros italianos una hanareya, especie de extensión de la casa de los monjes de un santuario sintoísta en las afueras de la ciudad. Al comenzar la primavera de 1945, Vitale sentía una inmensa felicidad por la armonía de la naturaleza que lo rodeaba. Vivía el momento más feliz de su vida. En ese lugar se manifestaba la magia, la belleza de Oriente, la delicadeza de la vegetación, de la naturaleza, aunque perduraba en él el amargo recuerdo de la brutalidad del ser humano, del que había sido testigo durante los años recientes.
Contemplaba al viejo monje Mizoguchi en su estado de éxtasis, de contemplación, a veces leyendo el libro sagrado Kayiki, a veces transcribiendo pasajes, con pincel y pintura kakemono, en telas preparadas enrollables; lo veía caminar como deslizándose, casi levitando, con una mirada apacible, de tiempo inmemorial. Ese monje era él mismo y a la vez todos los monjes; en su ser individual reunía el todo de su creencia, de su mundo.
Y ahí, cuando todavía no asimilaba la magia de Oriente, llegó la noticia por la radio, en voz del mismo Emperador, a quien los japoneses nunca habían oído: “Una nueva y crudelísima bomba ha estallado sobre Hiroshima”, anunció lacónicamente.
En los días siguientes, en Sasebo y en los alrededores, en pleno verano, reinaba un silencio sepulcral, envolvente; la luz deslumbrante del sol parecía hendir las piedras; todo cambió, de la placidez y armonía en temor y angustia. Flotaba en el aire un presentimiento de muerte. Y el día 9 de agosto, en la vecina ciudad de Nagasaki, al otro lado de la apacible bahía, estalló otra “crudelísima bomba”.
Desde Sasebo, Vitale vio una columna de humo que se elevaba sobre la ciudad y que remataba, en su parte superior, en una espléndida, hermosa, forma de hongo. Belleza y muerte se conjugaban.
Al día siguiente, en una lancha, Vitale, sus colegas italianos, los monjes Mizoguchi y Koyama, cruzaron la bahía y se encontraron con Nagasaki arrasada, destruida, con olor a carne quemada, con centenares y centenares de muertos, huesos, cráneos y cuerpos calcinados, esparcidos entre los escombros, postes de luz arrancados de raíz, fierros retorcidos. Una llovizna de agua sucia caía dando un toque tétrico a ese paisaje de muerte.
Frente a ese espectáculo, Vitale pensó que ésa era, y no otra, en verdad, la imagen del supuesto infierno que el hombre podía recrear, a la perfección, en la Tierra.
Vitale pensó en la vida y en la muerte y se dijo que ésta no es otra cosa que la transición de aquella a la Historia, al recuerdo o a la nada. La vida no es sólo ella misma, sino también su contrario, en sí misma contiene la muerte. Matar y morir es fácil, pensaba, lo difícil es vivir conforme a nuestra propia naturaleza, como seres conscientes de nuestra pertenencia a la Humanidad.
Vitale colaboró durante meses en atender a los lesionados en un hospital de la Cruz Roja, cuyo edificio milagrosamente conservaba parte de su estructura. Dormía en un pasillo, en un tatami, una estera. No hablaba muy bien japonés, pero entre esos desdichados, las palabras sobraban, el sufrimiento era compartido. La atención a los pacientes se daba en el más profundo silencio, sobre todo cuando se asistía a la agonía de centenares de moribundos. Ese hospital y la ciudad entera eran un gembaku, un lugar de sufrimiento.
Una mujer, a quien atendía un médico herido, con un brazo en cabestrillo, decía que había perdido a tres hijos en la guerra y ella, con quemaduras de tercer grado, estaba orgullosa porque el sacrificio había sido por el Emperador y por la patria. Obcecada por un patriotismo que le fue inculcado desde niña, nunca imaginó que el sacrificio había sido en beneficio de un Estado totalitario, de un Emperador todopoderoso, y de grupos empresariales.
En los días siguientes, esa parte del hospital, que había resistido al pika, a la explosión, comenzó a llenarse de heridos que eran traídos en volandas, en carretillas o en camillas improvisadas. Se les colocaban en donde hubiera un lugar libre, en los corredores, en el jardín, menos en el patio trasero, cubierto en parte por escombros de la mitad del edificio que se derrumbó. La parte libre se decidió que fuera destinada a la cremación de los cadáveres en putrefacción, que eran fuente de infección.
Los heridos que ingresaban días después de la explosión eran sobre todo debido a quemaduras en la cara y en el cuerpo. Al encontrarse a cierta distancia del pika, sus ropas eran presa de las llamas produciendo quemaduras graves. La muerte a consecuencia de las quemaduras era espantosa: lenta y dolorosa.
Los instrumentos quirúrgicos y el material de curación eran muy escasos, lo que se había podido rescatar de entre los escombros.
Debido a que los baños y los servicios higiénicos habían quedado inutilizados, en las afueras del hospital se construyeron varios retretes y los misioneros y monjes allá llevaban a los pacientes para que evacuaran. Ahí fue que notaron que muchos de ellos arrojaban haces sanguinolentas. La radiación de la bomba comenzaba a tener efectos en las partes interiores de los cuerpos y las defunciones de las semanas posteriores aumentaron por este motivo, en forma considerable, si bien las heridas externas aparentemente mejoraban.
***
--Los monjes –dijo Vitale--, preparaban rollos de arroz cocido rellenos de ciruelas ácidas, hinomura bento, y nos los ofrecían con una reverencia, con una sonrisa y una mirada de humildad, como disculpándose por esa calamidad que compartíamos. Le agradecíamos la atención haciendo nosotros también una reverencia de cintura y diciendo oishii, delicioso. Pero no todos sentían esa misma humildad. Muchos de los pacientes olvidaron su dolor y tuvieron expresiones de júbilo cuando corrió el rumor de que Japón había utilizado un arma similar a la que destruyó Nagasaki, para destruir varias ciudades de Estados Unidos. Decían: “Finalmente Japón está tomando represalias”. Y expresaron su rechazo cuando días después el Emperador anunció la rendición incondicional. Deseaban seguir luchando hasta morir con honor, pero al fin la aceptaron, la decisión del Emperador era incuestionable.
--Carla –dijo Vitale, pensativo--, ante la brutalidad de la guerra me puse a pensar que el ser humano, como individuo, es por naturaleza bueno, respetuoso de su especie. Me convencí, entonces, de que si se cometen tales atrocidades, como aquellas de las que fui testigo en el Congo, en Manchuria, en Nagasaki, persiguiendo el aniquilamiento de nuestros semejantes, no es debido a un instinto o sentimiento asesino del hombre, sino que esas atrocidades son propiciadas por las grandes corporaciones empresariales que buscan dominar territorios y naciones, respaldadas por los Estados que ellas mismas sostienen, o de políticos exaltados, dictadores, que logran hacerse del poder absoluto en un país determinado. Llegué a convencerme de que unas y otros, corporaciones empresariales y Estados, actúan solapados por las religiones, por esas instituciones religiosas que comparten los intereses con ellos. Así fueron los conflictos de la Edad Media, de las Cruzadas, y de las guerras de este siglo. Se enarbola el nacionalismo, se alienta el odio, se envenenan las conciencias de los pueblos y se les prepara para que se enfrenten en acciones bélicas, las más deleznables del ser humano.
-8-
--El Congo, Manchuria y Nagasaki --continuó narrando Vitale--, me enseñaron mucho más que las enseñanzas del seminario, que las lecturas de teología y de los escritos de Tomás de Aquino. Me convirtieron en un ser humano, terrenal y universal. En esos días recapacité y fue cuando me convencí de que ingresé al seminario, a los once o doce años, no tanto por vocación, a esa edad se carece de ella, sino presionado por mi madre, para expiar el pecado paterno, para compensar, con mi entrega a Dios, las ideas que mi padre me transmitía y que mi madre, debido a esa doctrina cristiana que le habían inculcado desde niña, consideraba sacrílegas. Pensaba que consagrándome a la religión, redimiría a mi padre.
***
En esos meses aciagos que Vitale transcurrió en Japón, tomó la decisión de renunciar a sus creencias religiosas, a sus actividades de misionero. Tenía pesadillas recurrentes, se veía que caminaba por los pasillos del hospital y el piso eran cráneos y cabezas, con ojos desorbitados, pero era como arena movediza, no podía avanzar, se sumergía lentamente, llegaba a tener esos cráneos y cabezas a la altura de su cara, yacía ahí, aplastado por esos restos humanos, implorando ayuda.
Vitale regresó a Pescara a fines de 1948, meses antes de la muerte de su hermana a quien visitó y consoló en su agonía. A su regreso, en Pescara, dijo Vitale a Carla, fue entrevistarse con fray Anselmo, gran predicador de la Orden de los Benedictinos y rector del seminario, a quien le expuso su decisión de renunciar. El fraile, muy sorprendido, le pidió que le expusiera los motivos de su renuncia después de casi cuarenta años de servicio.
Vitale hizo una detallada exposición de lo que había vivido en los países en los que fue misionero, había percibido una ausencia de Dios o, si estaba presente, no podía entender que permitiera la explotación inhumana de los nativos en el Congo, las actividades criminales del Dr. Shiro Ishii en Pingfang contra la población china, y las atrocidades causadas por la guerra, el sufrimiento de decenas de miles de civiles, ancianos, mujeres, niños, a casusa de una mortífera y maléfica bomba.
--Los caminos del señor son inescrutables, hermano Vitale –dijo fray Anselmo--. El sufrimiento de muchos, para Dios, es similar al de uno solo de sus hijos, pero es más impactante. En las peores catástrofes está presente Dios, aunque Él no sea el causante de ellas, y no hay redención sin sufrimiento y, tras grandes sufrimientos, hay mayor acercamiento a Dios. Comprendo tu pesar y descubro una noble sensibilidad de tu alma. Lo que has vivido pone a prueba tu fe y sin duda saldrá fortalecida. Tienes una crisis emocional que superarás con la oración, hijo, con un retiro espiritual –concluyó fray Anselmo, mostrando una sonrisa benévola.
--Sin embargo –dijo Vitale, mirando fijamente a su interlocutor y mesándose el hirsuto cabello--, hay algo más, reverendo. Quiero ser sincero con usted. He hecho lecturas que han producido una severa crisis en mí, han hecho que dude de los fundamentos mismos de nuestra religión…
--¿Qué lecturas, hijo?—, lo interrumpió fray Anselmo.
--Pues sobre todo El origen de las especies, de Darwin…
--¡Ah, ese libro!—exclamó fray Anselmo, con una sonrisa a flor de labios--. Hijo, por favor, yo he leído a ese señor. Ese libro está lleno de fantasías, de suposiciones, de hipótesis, te digo que lo he leído y aquí estoy, con mi fe intacta. No tiene nada que pueda socavar la tuya…
--Usted lo leyó sin duda con prejuicio –lo interrumpió Vitale, con voz firme--. Lo leyó refutando de antemano su contenido. Yo lo he leído con un criterio diferente, con una mente abierta. He razonado, he comparado, y sus argumentos me han convencido más que mis creencias. Yo acepto, como dice el señor Darwin, que “no existe ninguna prueba de que el hombre primitivo haya estado dotado de la creencia en la existencia de un Dios omnipotente. Por el contrario, hay demostraciones convincentes suministradas por antropólogos que han vivido mucho tiempo con los salvajes, de que han existido, y existen aún, numerosas razas que no tienen ninguna idea de la Divinidad”.
--Pero hermano, nada de lo que me dice es nuevo para la Iglesia – dijo fray Anselmo adoptando un tono de autoridad, mirando distraídamente a su alrededor--. Mucho se ha discutido sobre ese asunto y esos salvajes de los que usted habla carecen de alma, de ese espíritu que los convierte en hijos de Dios. Precisamente esa es su tarea, como misionero…
--Reverendo, los chinos, los hindúes, no son salvajes, ni los nativos del Congo –rebatió Vitale--. Además, permítame que le diga que “no hay duda alguna de que el hombre es una ramificación del tronco de los simios catirrino, del Antiguo Mundo”, además los vertebrados, a saber los mamíferos, entre los que se encuentra el hombre, las aves, los reptiles, los anfibios y los peces descienden de un mismo prototipo ya que todos tienen entre sí gran número de caracteres comunes, todos derivan de algún animal pisciforme…
--¡Basta! –se impuso con voz estridente fray Anselmo --. Creo que usted ha caído en un pozo, está confundido por esas lecturas que le han sembrado dudas en el alma y le han perturbado la mente. Comienza a confundir el bien y el mal, lo terrenal con lo espiritual…
--Reverendo, no es esa la forma de razonar –dijo con voz tranquila Vitale--. Ese maniqueísmo de las religiones, aferrarse a ese pensamiento de esa secta religiosa del siglo III fundada por Manes, la existencia de dos principios eternos y absolutos, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el paraíso y el infierno, no conduce a nada y está lejos de un juicio objetivo. He visto, reverendo, he observado, he pensado, he razonado, y quiero decirle algo más, que me induce a renunciar y que, en verdad, no pensaba comentar con usted. Creo que existe una gran confabulación mundial, cuyos actores son las grandes corporaciones empresariales, los Estados y las religiones, cualquiera que éstas sean, con el propósito de mantener al pueblo sojuzgado y generando riqueza en beneficio de esos conspiradores. En la guerra he aprendido que no hay buenos y malos, nosotros y el enemigo, hay sólo poderosos contra poderosos disputándose áreas de influencia y de poder, territorios, naciones, y poderosos que, con la complicidad de los Estados y de las religiones, envían al pueblo, a los soldados, a sacrificar sus vidas en aras de los intereses de aquellos.
--Fray Anselmo –comentó Vitale a Carla--, de pronto extendió una mano con la palma abierta frente a mi cara para que me detuviera, me miró entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño, y luego soltó una sonora carcajada, mientras se sobaba el enorme vientre. Luego, con una risa sardónica, me dijo textualmente: “No me voy a sentir ofendido por la afrenta que acabo de escuchar. Hijo, ten en cuenta que yo, como representante de la Iglesia Católica, Apostólica Romana, no tengo nexos ni con las grandes empresas ni con Estado alguno. Somos siervos de Dios y no de poderes terrenales. Voy a tomar tus palabras como las de una persona extremadamente angustiada, extraviada, enferma, por las dolorosas experiencias vividas. Te doy un tiempo prudente para reponerte y luego vuelve para hablar conmigo, una vez recuperado el sano juicio”.
Mientras Vitale mencionaba que en Japón había podido comprobar que las grandes empresas armamentistas, las acereras, las vinculadas con las fuerzas armadas en cuanto a suministros, habían salido incólumes, se reponían a ojos vistas, y ya se aprestaban, luego de dos o tres años de concluido el conflicto, para establecer vínculos con las empresas del país vencedor o, cambiando de giro, para disputarse el mercado del propio país o de países vecinos, fray Anselmo se retiraba, dejaba a Vitale con la palabra en la boca, mirándolo de reojo, serio, y haciendo la señal de la cruz en el aire con tres dedos de la mano derecha. Vitale concluía diciendo, en voz alta, “reverendo, uno de los efectos perniciosos de la religión, cualquiera que ésta sea, es que enseña que estar satisfecho con la ignorancia es una virtud”.
***
Esas fueron las primeras conversaciones que Vitale y Carla tuvieron en ese verano de 1950. En otoño, Carla regresó a Pescara para continuar con sus estudios, quedando muy impactada por esas experiencias de Vitale en el Congo, Manchuria y en Japón.
-9-
Durante el verano del año siguiente, Carla de nuevo visitó a Vitale varias veces. Adjuntas a sus notas hay otras escritas de puño y letra por Vitale, unas y otras se entremezclan. En las notas de Vitale se hace una amplia exposición de sus ideas sobre la materia que luego sería el tema de la tesis profesional de Carla.
***
--Vitale, tu relato sobre lo que has vivido en el Congo, en Manchuria y en Japón me han impresionado mucho –dijo Carla cuando se volvieron a encontrar--. Durante estos meses, en la Universidad, he pensado mucho en ti, comprendo y comparto la conclusión a la que has llegado en cuanto a las religiones y también acerca de esa teoría de la conspiración mundial, es genial, y te confieso que no es fácil de creer. Fue en verdad una audacia de tu parte haberla comentado precisamente a fray Anselmo. Si hubiera sido yo, a él sería a la última persona a la que comentaría una idea mía como esa.
--Te aseguro, Carla, que luego de haber comentado esa idea, o esa teoría, a fray Anselmo –dijo Vitale--, quedé más convencido de la misma. Fray Anselmo, con su respuesta, me hizo ver que él no comprendió lo que quise decir. En primer lugar no quise decir que las religiones son un instrumento de las empresas o de los Estados para sojuzgar al pueblo, no, y tampoco se trata de que entre las grandes corporaciones empresariales, los Estados y los representantes de las religiones haya un pacto firmado, explícito. No. Las religiones forman parte de un sistema compuesto por ellas y sus pares, las corporaciones empresariales y los Estados. Esas entidades operan con un tácito acuerdo, defendiendo intereses comunes, aunque en ciertos periodos se enfrenten, estén en pugna, porque van remplazándose, pero están siempre allí, beneficiándose los unos y los otros, en perjuicio de la población que utilizan como instrumento.
--Creo que queda entendido –continuó Vitale--, hoy día ya no es un secreto, que hay una simbiosis entre las grandes corporaciones empresariales y los Estados. Pero no se acepta que las religiones juegan un papel primordial en mantener las conciencias de los individuos en una actitud servil, benévola, en favor de unos y de otros, y que son aliadas, en comunión de intereses, con ellos. No sé si te es familiar God save the Queen, In God we trust; existen hoy día, con todos los avances y modernización que hemos tenido, estados teocráticos, en los que el poder supremo está sometido a las religiones, como en muchos Estados islámicos y el judío. La humanidad vive la amenaza constante de conflictos sanguinarios, de odio entre naciones, debido a la existencia de esos Estados teocráticos. Hay monarcas que creen ser designados por voluntad de Dios, y el pueblo lo cree. Hay investigaciones, análisis, estudios que examinan en lo más profundo esas turbias relaciones, entre religiones y poderes, ambos disputándose áreas de influencia política, económica y social, relaciones entre reyes y jerarquía eclesiástica, todos ellos poderes fácticos; investigaciones y estudios complejos, de los que no voy a hablarte porque sería un recuento interminable. El propósito de nuestros encuentros, después de todo, es sencillamente ventilar nuestras dudas personales, discutirlas, comentarlas, encontrar una luz al final de nuestras charlas.
--Pero –continuó Vitale--, a pesar de todo lo que se ha analizado a lo largo de la historia sobre las religiones, su esencia y sus propósitos, a pesar de esos escritos filosóficos sobre la existencia o inexistencia de Dios, las religiones y la idea de un Ser superior, creador del Universo, siguen vigentes, arraigadas en la conciencia de los pueblos, gracias a esa amenaza que proclaman del castigo eterno por parte de un Ser superior, vigilante, controlador, irascible. Me he preguntado por qué a muchas personas les embarga un gran temor cuando se les plantea abandonar la religión, ese instrumento de sumisión, de mantener subyugada la conciencia. Hay un temor en las personas de sentirse desamparadas sin un Dios, un Jehová, un Alá, porque les inculcan las creencias religiosas desde la infancia. Sin embargo, quien logra desprenderse de ellas, da un paso trascendental en su vida, logra liberarse de la tutela, de la servidumbre del espíritu, es un paso hacia la propia emancipación, surge en el individuo un sentido de fraternidad hacia el prójimo, de pertenencia a la naturaleza, de la que se es origen y destino. ¡En cierta forma, los creyentes son rehenes de las religiones! Por eso insisto en que esas tres entidades forman un solo cuerpo, vivo, que se va renovando, regenerando, modernizando, a lo largo del tiempo, para realizar ese contubernio, esa alianza vituperable, mundial de la que he hablado.
--Sí, así lo he comprendido –dijo Carla--. Pero dime, ¿cómo llegaste a concebir esa teoría?
--Dando un gran paso o mejor dicho un salto cualitativo –dijo Vitale--. Abandoné esa forma de ver la vida basada en la metafísica, en la religión, sin duda siguiendo los consejos de mi padre y las lecturas que hice de esos autores prohibidos en el seminario. Comprendí, gracias también a la experiencia que he vivido y con la ayuda del budismo, como te comenté, que no hay nada absoluto y definitivo, todopoderoso, sobrenatural, de bondad infinita, omnisciente, omnipotente, omnipresente, intangible; comprendí que la fe y los dogmas te hacen vivir a ciegas, mientras que el entendimiento, la razón y la duda son partes esenciales de la vida. He cambiado la fe ciega en los dogmas por la ciencia. No es que haya cambiado la religión por la ciencia. Ésta no es una religión, en ella no hay dogmas, verdades absolutas, al contrario, la ciencia está llena de interrogantes, de dudas, de avances y retrocesos, para luego avanzar un poco o mucho más. Ni me he hecho un científico, sólo digo que creo en la ciencia. En fin, he tenido el valor de vivir conforme a mi convicción.
--Mira qué coincidencia, yo llevo metafísica en la Universidad, es una materia importante en Filosofía y Letras. Hemos estudiado mucho el pensamiento de ese obispo inglés, Berkeley, que has mencionado –dijo Carla exaltada.
--No es ninguna coincidencia, Carla. Pero estoy seguro que no llevan dialéctica. Con tantos y tantos años de la era fascista, que apenas logramos superar, se le ha negado al individuo la herramienta del conocimiento, se le ha mantenido en la ignorancia. Ves, también las así llamadas máximas casas de estudio, y también los liceos y las escuelas elementales, pueden considerarse centros de enseñanza de las religiones, pues desde la infancia en ellos se van moldeando las conciencias de los individuos para que abracen, sin obstáculos, las creencias, las doctrinas, la fe, los dogmas, que los han mantenido por siglos en un estado mental se sumisión. En muchos países aún vivimos en ese estado mental oscurantista de la Edad Media.
--Pero entonces –aseveró Carla--, esos descubrimientos y esos inventos que mencionaste, la emancipación de la humanidad, no habrían sido posible...
--Algunos individuos logran superar esa sumisión mental en la que los mantienen las religiones –la interrumpió Vitale--, mientras que otros no, quedan mentalmente dependientes de ellas. No conciben la vida sin la existencia de un Dios todopoderoso, ni la muerte sin un más allá. Sin embargo, el ser humano, como unidad de un todo, de la humanidad, por su propia naturaleza tiende a conocer, a investigar, al progreso, a realizar inventos, a descubrir cosas que benefician, dado el sistema en que vivimos, en primer lugar, y sobre todo, a esas entidades conspiradoras de las que he hablado, y en forma marginal, por derivación, a los individuos, como unidades, como células de la sociedad. Lo más noble de muchos científicos, aunque sean religiosos, es que piensan, que viven, inventan, descubren, para los demás, mientras que las grandes corporaciones empresariales, con esos descubrimientos e inventos en sus manos, y los Estados con ellas, piensan que lo más útil es que los demás vivan, trabajen y mueran para ellos.
--Sin embargo –continuó Vitale--, es la ciencia, el conocimiento de nuestro origen como seres humanos, del Universo que habitamos, de nuestra pertenencia a la humanidad, lo que permitirá la emancipación de nuestra conciencia. Esto, la emancipación de nuestra conciencia social, es más profundo y trascendental que los inventos y descubrimientos materiales. A Dios nunca se le conoce, jamás se le domina y siempre se le teme. A la naturaleza se le conoce y para gobernarla, en beneficio propio, hay que amarla y respetarla. Algún día dejaremos de ser hombres espirituales, de origen divino, para ser hombres naturales, terrenales, entonces miraremos hacia atrás y diremos que las religiones fueron un mal necesario durante la existencia de la humanidad, aunque en algunos aspectos con ciertos beneficios para determinada sociedad o nación, en alguna época de su evolución.
--Tengo otra duda acerca de esto mismo –dijo Carla--. ¿Cómo es que las religiones han tenido tanta importancia en la cultura y en el arte de muchos pueblos? Grandes pintores, escultores, músicos, tienen obras religiosas. El Réquiem de Mozart, de Brahms, tú conoces la Capilla Sixtina, la Piedad de Miguel Ángel, la Última Cena de Leonardo da Vinci. ¿No crees que nuestra civilización le debe mucho a la religión? Aún el islam, creo que ha sido importante en la cultura y en la arquitectura de los pueblos musulmanes.
--Muy importante, en efecto –dijo Vitale--. La influencia musulmana, yo diría de la cultura de los pueblos árabes, sin esa connotación religiosa del islam, desde fines del siglo VII ha dominado por mucho tiempo el mundo de las ciencias, de las técnicas y de la política en los países del Mediterráneo. El cristianismo fue revolucionario en su tiempo, frente a la dominación de Roma y al paganismo. La cultura, como resultado del cultivo de las facultades intelectuales del hombre, del arte, del conocimiento del ser humano, y sus manifestaciones esplendidas, que son patrimonio de la humanidad, es la esencia misma de la civilización. La cultura trasciende a las religiones. Decía Goethe: “El hombre que tiene arte y cultura no necesita religión. La cultura es nuestra prótesis de inmortalidad”.
--Nada puede detener al ser humano para avanzar en ese sentido –siguió comentando Vitale--. Pero en esta mitad de siglo no sé si debemos sentirnos orgullosos de esta civilización. Hay autores muy críticos al respecto. Recuerdo que Nietzsche, en uno de sus libros, dice: “En medio de cuanta falsedad vive el hombre”. Durante estos años, tu tiempo y mi tiempo, Carla, ha habido dos devastadoras guerras; perdura la inhumana explotación en las colonias africanas; en las que se independizan, con el ejemplo de los colonizadores, se imponen las tribus más poderosas sobre las más débiles; en algunos países, hasta hace no mucho aún existía la esclavitud; en los países musulmanes las mujeres son tratadas como objetos, su condición de seres humanos es envilecida; la sociedad, en todas partes, se caracteriza por la explotación del hombre y aún de mujeres y niños.
--Hace dos años, en 1948 –continuó Vitale--, se creó el Estado de Israel, y mientras los judíos cantaban su himno, el hatikva, o canto de la esperanza, desplazaban con alarde de fuerza a los palestinos de sus hogares, reclamando la tierra que les fue prometida por un cruel Jehová, personaje que no existe. Reclamaron esas tierras en virtud de un caduco derecho histórico y de una falsa promesa religiosa. A toda acción corresponde una reacción. Los árabes consideran que esto es un atropello que debe vengarse con sangre. Veremos que judíos y musulmanes se radicalizarán y se enfrentarán en una lucha sangrienta. Nuestra civilización seguramente será testigo de un sangriento conflicto en el futuro.
--Hace treinta y tres años, en 1917 –continuó hablando Vitale--, en Rusia tuvo lugar una revolución socialista que puso fin al dominio de esa casta de aristócratas, de esa nobleza, que mantenía al pueblo, a los campesinos, en condiciones de servidumbre. Yo me pregunto si será posible abolir la religión ortodoxa en ese país por decreto, lo que desde el punto de vista de la dialéctica sería un cambio mecánico, no de evolución natural, por eso me atrevo a pensar que esa religión, tan arraigada, logrará sobrevivir.
--Y también me pregunto –dijo Vitale--, ¿qué será de esta civilización en los próximos decenios, al inicio del próximo siglo? ¿Habrá progresado el ser humano en el aspecto de asumir su papel como parte esencial de la humanidad, al mismo tiempo que se habrá progresado en la tecnología, en la ciencia, en los aspectos materiales? Es cierto, como dices, que ha habido manifestaciones artísticas esplendidas, en la pintura, la escultura, la música sacra. Creo que esto es producto de un profundo misticismo que inculca la religión, sobre todo en la época en que la iglesia católica era poderosa, terrenal y espiritualmente, en la Edad Media y en el Renacimiento, y en la época en que el islam echaba raíces y se consolidaba. El misticismo, que provoca esa unión inefable entre la vocación creativa del hombre y esa idea de un Ser supremo, por medio del amor y del temor, del éxtasis y de las revelaciones, ha inspirado a numerosos artistas. Leí una vez, en el famoso libro de Darwin que conservaba mi padre: “El sentimiento de la devoción religiosa es muy complejo: se compone de amor, de una sumisión completa a un superior misterioso y elevado, de un gran sentimiento de dependencia, de miedo, de reverencia, de gratitud, de esperanza para el porvenir, y quizás también de otros sentimientos”.
--Las creaciones artísticas –agregó Vitale--, que han sido producidas bajo la influencia de las religiones forman parte, muchas de ellas en verdad invaluables, maravillosas, de la cultura de la humanidad, y dejan de ser puramente religiosas. Pero por otra parte, las catedrales y las mezquitas suntuosas, las pomposas celebraciones, los rituales, la liturgia, denotan ambición, competencia, poder. ¿Dónde queda la humildad que predica la religión?
--Yo repito –insistió Vitale--, que los Estados, las corporaciones empresariales y las religiones forman una férrea alianza en beneficio propio y en perjuicio de la población, de los civiles. Por encima de esa alianza gobierna Dios, Jehová, Alá. Los integrantes de esa, digamos, Santa Alianza, desencadenan guerras, conflictos, cuando hay desplazamientos dentro de ella, cuando se usurpan áreas de control, cuando se busca supremacía, cuando nuevas corporaciones desplazan a las debilitadas, cuando nuevos Estados arrebatan o pretenden arrebatar el poder a otros que han venido a menos, cuando una religión pretende imponerse a otra. Todo es un devenir, un movimiento que da vida, continuidad, modernidad a esa Santa Alianza. La existencia de ésta responde a un nivel determinado de desarrollo de nuestra conciencia social, en cuanto somos y nos debemos a la evolución. ¿Puedes imaginar una civilización en la que el hombre sea dueño de sí mismo, tenga una conciencia social que permita superar y abolir esa Santa Alianza que hoy por hoy lo sojuzga? Yo sí. ¿Tú, Carla, tienes argumentos para rebatir lo que te expongo?
--No, en realidad no tengo argumentos para rebatirte, pero lo que dices me deja pensando. ¿Crees que eso sucederá algún día? ¿Te puedes imaginar a judíos y musulmanes sin su religión, sin esa política de Estado? ¿A los cristianos sin su Dios? –preguntó Carla excitada, con mucha curiosidad.
--No me cabe la menor duda, eso sucederá algún día –respondió Vitale, con voz firme--. Las religiones, como eventos históricos, como cualquier otro evento histórico, tienen un inicio y un fin, y encierran en sí mismas una contradicción, su propia negación, al negar el conocimiento de nuestra existencia real, natural, de nuestra relación indisoluble, existencial, con la naturaleza. Como te decía, para las religiones somos seres de origen divino, poseedores de un alma eterna. En una sociedad sin religiones, sin dioses, no existirá un reino espiritual fuera del hombre o trascendente a él. En una sociedad sin religiones, sin dioses, el amor, la justicia, la razón, las relaciones humanas existirán como una realidad únicamente porque el hombre ha podido desenvolver esos atributos en sí mismo a través de su evolución y sólo en esa medida y en tal concepción, la vida no tendrá otro sentido más que el hombre le dé. El hombre natural, vinculado a la naturaleza, superará esa etapa histórica en la que nos hemos visto como sujetos y objetos de poderes sobrenaturales inexistentes. Los Estados judío y muchos musulmanes, son Estados teocráticos, y para mí, luego de la experiencia que hemos vivido durante los últimos años, en Italia y en Alemania, los Estados totalitarios, a su modo, son Estados fascistas, que privan de la libertad al individuo, de su libre albedrío, su atributo social más importante, esencial. Pero como Estados totalitarios, no impiden que en ellos se dé un gran desarrollo de las ciencias y de las artes, por ese misticismo que mencionaba o por un exaltado patriotismo, que llega al fanatismo, que, como las religiones, es enajenante.
--Las religiones –continuó Vitale--, como categorías históricas, entonces, habrán cumplido el papel que asumieron desde sus orígenes, cuando el hombre, en su ignorancia, buscaba una explicación a su existencia, a sus orígenes, a su destino, después de la muerte, lo que no lograba explicarse con la razón y el conocimiento, y serán superadas. Cuando esto suceda, en un futuro para nosotros quizá lejano, pero históricamente cercano, gracias al vínculo entre todos los fenómenos históricos, es evidente que también cambiarán radicalmente esas otras entidades de la Santa Alianza de la que he hablado, es decir los Estados y las mismas corporaciones empresariales. Ante un cambio cualitativo de la percepción de nuestra existencia, de nuestro origen y fin, como seres sociales tendremos una profunda transformación, y con ello influiremos en un cambio radical en la esencia y finalidad de las grandes corporaciones empresariales, o, por decirlo de otro modo, del mismísimo concepto de propiedad, y de la esencia de los Estados vinculados a ellas. Mientras no asumimos y vivamos conforme a nuestra verdadera naturaleza, que somos seres cuyo origen y destino es este mundo, seguiremos siendo salvajes, manipulados para luchar unos contra otros con el propósito de imponer creencias y satisfacer intereses de unos poderosos en detrimento de los de otros muchos. Después de todo, Carla, estas tres entidades, las religiones, las corporaciones empresariales y lo Estados, han evolucionado. Han cambiado, a lo largo de los últimos siglos, pero inercia, y en el futuro cambiarán por voluntad e intervención del hombre. Creo que no hay que perder la fe en la capacidad sin límite del ser humano para definir su propio destino.
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--Las religiones –dijo Vitale a Carla un día--, ese conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, esos sentimientos de veneración hacia ella, esas normas y prácticas rituales para darle culto, no son otra cosa que la máscara tras la cual se ocultan intereses materiales de grupos económicos y políticos poderosos. Son la piel de oveja que oculta a las hienas.
Vitale comentó que consideraba negativa la actitud conformista de muchas personas que nunca se cuestionan el sentido de las religiones, y lo que sus representantes les inculcan; que nunca se plantean dudas, alternativas, a esos preceptos que desde temprana edad van moldeando sus conciencias.
Para no encasillarse en una creencia, no limitar el propio universo, es necesario por lo menos conocer otras alternativas. Es conveniente empezar por hacer una breve revisión comparativa de las religiones, para entender su significado, el objetivo real que persiguen, sin pretensiones de tipo sociológicas, filosóficas, morales. “Conocemos poco de nuestra propia religión y menos de otras. Eludimos examinar, revisar, replantearnos aspectos trascendentales de nuestra vida, y nos dejamos conducir como borregos, sin sospechar las consecuencias nefastas que eso tiene para nosotros mismos, como individuos, y para la sociedad”, decía Vitale.
--Estoy totalmente de acuerdo –dijo Carla--. Por lo menos hay que someter a un juicio, a una crítica personal, lo que constituye la esencia y veracidad de nuestras creencias religiosas. Me he cansado de sugerirle esto a mi madre, pero ella se empecina en no querer dialogar conmigo, tiene un gran temor a tocar estos temas, a razonar, y con esa actitud nos alejamos la una de la otra. Le he hecho ver que desde los primeros párrafos de la Biblia hay inconsistencias difíciles de creer. En el Génesis, por ejemplo, se menciona que Jehová creó antes la luz y separó la luz de las tinieblas, y sólo en el tercer o cuarto día creó “las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día y la lumbrera menor para que señorease en la noche”. ¿Cómo se puede creer que creó la luz como algo independiente del sol?
--Y ten en cuenta –dijo Vitale—que después del séptimo día creó a Adán y Eva, de raza blanca, no negros ni asiáticos, sino como seres humanos desarrollados, como tú y yo, capaces de discernir entre el bien y el mal, luego de haber comido el fruto del árbol de la ciencia, sin considerar que para nadie es un misterio que hubo seres humanos primitivos, nómadas, que vivían en cuevas, como tribus, y eran cazadores y éstos fueron desarrollándose a lo largo de un proceso evolutivo de cientos de miles de años. Estas son cosas elementales que cualquier estudiante conoce. Muy claro tu razonamiento –agregó Vitale--. Lo peor es que con base en ese libro considerado sagrado, lleno de violencia, autoritarismo, intolerancia, se sustenta la moral, la base que determina las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, que durante siglos ha servido de marco de referencia a la conducta social e individual. Pero sin pretender impartir cátedra, déjame hacer un breve resumen de lo que son las religiones.
--Como dice el abuelo Giogio –dijo Carla--, si quieres ser tomado en serio, debes ser coherente.
Después, Vitale comenzó su exposición.
***
El judaísmo, cuya base es la Biblia, que se redactó a lo largo de ocho o nueve siglos, con la participación de muchos profetas y predicadores, y en particular la Torá y el Talmud, es una religión y a la vez una política de Estado que tiene la finalidad de mantener y perpetuar la identidad y unidad de un pueblo, por ello el Estado judío es un Estado teocrático. La fe ciega en la existencia de ese cruel Jehová, hecho a imagen y semejanza de esos hombres que lo idearon, lo convierte en sectario e intolerante.
La creencia de ser el pueblo elegido, además de ser un acto de máxima soberbia, convierte el mundo en el que vive el pueblo judío en una entidad compacta, dura, intolerante, impenetrable, aislada.
A pesar de que judíos, cristianos y musulmanes tienen raíces comunes, pues los judíos se consideran descendientes de Abraham, a través de su hijo Isaac, fruto de la relación de aquel con Sara, hijo que tuvo a los cien años; los cristianos, de Adán y Eva; los musulmanes, de Abraham, a través de su hijo Ismael, considerado padre de todos los árabes, fruto de la relación de aquel con su esclava egipcia Agar, hijo que tuvo a los ochenta y seis años; unos y otros, supuestamente hermanos, pero por sus creencias, por sus religiones, han sido acérrimos enemigos a lo largo de la historia y se han hecho guerras tras guerras.
Lo que se conoce del cristianismo, cuya base es el Nuevo Testamento, recopilación de textos realizada a lo largo de más de un siglo, pretende contener el pensamiento de Cristo, pero hay que reconocer que en buena medida es judaísmo, pues el Antiguo Testamento también forma parte de esta religión, y además, con el catolicismo, que es la pretensión de la Iglesia de formar una comunidad universal, y las múltiples revisiones que ha tenido el Nuevo Testamento, llega a ser, al fin y al cabo, una religión ajustada al pensamiento, a la conveniencia, a los intereses del Vaticano, lejos del pensamiento de Cristo. La Iglesia Católica Apostólica Romana ha desvirtuado los principios cristianos originales, y sirve a los intereses de un Estado teocrático por excelencia, que se proclama guía espiritual, moral, de Occidente. Un pequeño Estado económicamente poderoso, creado el 11 de febrero de 1929, cuando Mussolini y el Cardenal Gasparri, en beneficio mutuo, firmaron el Tratado de Letrán, gracias al cual el Vaticano se convirtió en un Estado soberano, y el gobierno fascista reconoció el catolicismo como religión oficial y eximió del pago de impuestos a las órdenes y congregaciones religiosas.
Por haber desvirtuado los principios católicos originales, se debe que surgiera el protestantismo de Martín Lutero, quien criticaba la simonía del Vaticano. Lutero se propuso reformar esas desviaciones. Era un religioso agustino, y en 1517 se opuso a los predicadores de la Bula de las Indulgencias, a esos predicadores que recorrían Europa vendiendo indulgencia como boletos o pases para facilitar la entrada al paraíso, y en 1520 fue excomulgado por el papa León X. En una ocasión, este papa no tuvo escrúpulos para comentar: “Qué útil nos ha sido este mito de Cristo”.
Martín Lutero aseveró: “La razón es el mayor enemigo de la fe; nunca viene en ayuda de las cosas espirituales, sino que lucha contra la palabra divina, tratando con desdén todo lo que emana de Dios. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón”.
Y asimismo, el teólogo francés Jean Calvino propagó, por esas mismas fechas, la Reforma en Francia y Suiza. Calvino decía que el hombre es malo por su propia naturaleza y por naturaleza culpable de sus pecados. Por lo tanto, es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, por sus propios medios. Sólo Dios podrá salvarlo.
Las críticas severas contra la Iglesia, contra el Vaticano, se venían haciendo desde tiempo atrás en la misma Italia, pero los papas no las escuchaban, al contrario, reaccionaban con toda su autoridad y despotismo contra ellas y contra quienes las formulaban, preocupados en conservar y expandir su poder terrenal y sus riquezas.
Hay que recordar que Girolamo Savonarola, un religioso dominico, predicó contra el lujo, el lucro y la corrupción de la Iglesia católica y la depravación de los poderosos, que, como los Borgia y los Médicis, controlaban tanto el poder político como el poder religioso desde el mismo Vaticano.
Sus ataques contra el papa Inocencio VIII eran despiadados, lo acusaba de “ser el más vergonzoso de toda la historia, con el mayor número de pecados, y ser la reencarnación del mismo diablo”. El corpulento Inocencio VIII, fue nombrado papa en 1484 gracias a la influencia del cardenal Rodrigo Borgia en el Sagrado Colegio Cardenalicio. Ese papa, al final de su papado, sufrió un grave padecimiento debido a su obesidad, por lo que le practicaron una trasfusión de sangre por la boca. La sangre fue extraída a tres adolescentes, los que fallecieron en el proceso de la operación, así como el papa, a la edad de 59 años.
Ese papa prohibió la lectura de las famosas proposiciones de Giovanni Pico della Mirandola, que las consideró heréticas y fueron incluidas en el Index. En ella se formularon algunos ideales que compartían los eruditos del Renacimiento: el derecho inalienable a la discrepancia; el respeto por las diversidades culturales y religiosas; y el derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida, a partir de las diferencias.
Inocencio VIII, luego de una negociación para definir el monto de la dote, casó a su hijo con la hija adolescente, de 14 años, de Lorenzo de Médicis, el Magnífico. Gracias a este matrimonio, el hijo de Lorenzo de Médicis, el Magnífico, Giovanni, fue electo papa en 1513, como León X, durante cuyo pontificado se produjo el cisma de Lutero.
A la muerte de Inocencio VIII, en 1492, le sucedió Rodrigo Borgia, como Alejandro VI. Los ataques de Savonarola, contra este nuevo papa, no se dejaron esperar. Lo acusaba de pecador e incestuoso, a él, a su hija Lucrecia y a su hijo César, acusaciones que le valieron la prisión. El papa, para acallarlo, le ofreció un puesto de cardenal, lo que el religioso dominico no sólo no aceptó, sino que cuestionó la autoridad del papa. Fue acusado de rebeldía, excomulgado y condenado a muerte. Fue estrangulado, en 1498, junto con dos de sus seguidores, en el “garrote vil”, a los 46 años de edad, y su cuerpo y el de sus seguidores, fueron quemados en público y las cenizas arrojadas en el río Arno, en Florencia, para escarmiento de sus simpatizantes.
Lucrecia Borgia recuerda en su diario que su padre, Rodrigo Borgia, en calidad de cardenal vicecanciller, recibió en su palacio a la hija de Lorenzo de Médicis y a su séquito, como novia del hijo de Inocencio VIII. Desempeñó esa misión con fastuosidad, deseando dar a conocer su poderío. El palacio del cardenal estaba repleto de tapices preciosos, las credenzas cargadas de piezas de orfebrería y platos de oro, los pasillos y salas con cuadros valiosos y estatuas. El cardenal vicecanciller tenía más oro y riquezas que cualquier otro prelado, excepto el cardenal de Etouteville. El castillo de Borgia se encontraba entre el puente de San Angelo y el Campo dei Fiori. Este cardenal obtenía inmensas ganancias de sus funciones eclesiásticas, de varias abadías que poseía en Italia y en España, y de tres obispados, el de Valencia, el de Portus y el de Cartagena. El cargo de vicecanciller, por sí solo, le reportaba ocho mil florines de oro al año. Cabe recordar que el papa Alejandro VI murió envenenado en 1503, se especula que por su sucesor, Pio III, quien duró en el papado sólo un mes.
Pero, antes de su muerte, Alejandro VI, astuto y ambicioso, inició las negociaciones con Isabel la Católica sobre los tributos que le corresponderían al Vaticano como parte de los ingresos que la Corona española recibiría de las Indias Occidentales, descubiertas once años antes por el navegante Cristóbal Colón, negociaciones iniciadas aún antes de que se llevaran a cabo las conquistas y el sometimiento de los pueblos indígenas por parte de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia, Diego de Almagro, y que las concluyó León X con Carlos I, hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Aragón, conocida como Juana la Loca.
Savonarola fue un católico carismático y en cierta forma fanático. Para contraponerse al desenfreno y al poder de los papas, apoyaba la invasión francesa a Italia, con Carlos VIII, a quien veía como el nuevo Ciro, el rey persa que por el año 525 conquistó la decadente Babilonia. Se le compara con Martin Lutero, en su denuncia de la corrupción de la Iglesia. Su obra fue incluida en el Index, de los libros prohibidos por el Vaticano. En una ocasión escribió: “Es alto el precio de las intrigas y de las negociaciones para que un cardenal llegue al trono de San Pedro. El Espíritu Santo inspira el cónclave y lo lleva a su término a través de los meandros de la mediocridad y la ambición humana”.
El islam también es una religión y una política de Estado y por ello también un Estado islámico es un Estado teocrático. El Corán es la base de esa religión, y los musulmanes creen que las revelaciones previas al Corán, como el Pentateuco, los Salmos y los Evangelios de los Apóstoles, han sido corrompidas y alteradas y el Corán las remplaza a todas por haber sido dictado a Mahoma por el ángel Gabriel. Mahoma, a quien se considera el último de los profetas que ha enviado Alá, en el siglo VII, tomó ciertos aspectos del judaísmo y del cristianismo y creó esa religión, en el sentido literal de la palabra creó esa religión, como un instrumento para darle unidad e identidad a las numerosas tribus árabes beligerantes, y en el fondo también en beneficio de los intereses de los poderosos.
En la Caaba, el santuario del islam en La Meca, está la “piedra de Alá” (Hadchat el Assuad). Esa piedra, creen los musulmanes, fue entregada por Alá a Abraham a través del arcángel Gabriel. Cualquiera que bese la piedra de la Caaba, podrá presentarse sin temor ante Alá, el Todopoderoso. Y esa piedra no es más que un meteorito.
Mahoma, el profeta, que no es quien profetiza, sino es el que habla en nombre de Alá, el que se autonombra el portavoz, el enviado, tenía veinte años cuando contrajo matrimonio con Jadiya, mucho mayor que él, y con ese matrimonio ascendió en la escala social y económica. Administró y acrecentó el patrimonio de su esposa. Además, después de la muerte de su esposa, Mahoma se casó con una niña de nueve años, Aisha, y tuvo concubinas árabes, judías, cristianas.
Algunos creen que Mahoma, un epiléptico, fue un alucinado y un impostor. Pero no, Mahoma y el islam representan con mayor claridad el papel que cumple una religión para someter la conciencia del individuo en beneficio de intereses de los poderosos. Musulmán, muslim, significa someterse, conformidad con algo, el que se somete a la voluntad de Alá.
Mahoma se propuso eliminar el politeísmo de los comerciantes árabes de La Meca, él mismo tenía un negocio de caravanero y mercantil. La animadversión de los vecinos de La Meca motivó que marchara a Yatrib, la futura Medina, esa fue la “hégira”. Allí, con la ayuda de los poderosos, se hizo fuerte y Mahoma luchó contra sus adversarios, para someter o aniquilar a quienes no creían en sus palabras, en su mensaje, ese fue el inicio de la guerra santa, yihad.
La yihad es considerada por los exegetas el sexto pilar del islam, es un mandato divino. Los otros cinco pilares son: Shahada, el credo musulmán; Salat, la oración ritual de cada día; Zakat, el impuesto solidario; Ramadán, el mes de ayuno; Hach, la peregrinación a La Meca.
El Corán, la supuesta revelación divina, cuyo contenido está reunido en 114 suras, se dice que fue transmitido a Mahoma por el arcángel Gabriel. Está escrito que este arcángel le arrojó a los pies, la noche del 26 del mes de Ramadán del año 612, una tela de seda con un texto escrito con letras de oro que decía: “Anuncia en el nombre de tu Señor, que te ha creado, que ha creado al hombre de un coágulo de sangre. Anuncia que tu Señor es el más Dadivoso, el que ha enseñado a escribir con el cálamo, ha enseñado al hombre lo que el hombre no sabía”. Y luego Mahoma escuchó una voz que le decía: “Tú eres el enviado de Alá y yo soy Gabriel, su arcángel”.
El Corán mezcla la narrativa, la exhortación y la prescripción legal, y su contenido fue revelado o recopilado a lo largo de veintitrés años. Por su poesía, por su belleza y por su perfección literaria es considerado por los musulmanes una evidencia de su origen divino.
El Corán contiene mensajes judíos, de la Torá, y cristianos, de los Evangelios. Una consideración importante es que para los musulmanes la Trinidad cristiana es un anatema, es inaceptable la adoración de tres deidades. El Corán obliga a reconocer el principio de autoridad, de reconocimiento a un califa o imán. Pero el fanatismo de una religión podría llevar a la destrucción de todos los libros y publicaciones, porque sólo se podría leer, memorizar, repetir, lo que está escrito en el Libro sagrado, considerado mensaje divino.
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--En fin –dijo Vitale--, esta es la otra religión dominante y con fuertes pretensiones de extenderse y de imponerse aún con la violencia. Todo esto me recuerda el lema del fascismo de Mussolini: “¡Cree, obedece, lucha!”. Como se puede ver, es un ejemplo indiscutible de cómo se crea una religión y con qué fin.
--Además de la Biblia y del Corán --continuó Vitale--, no hay que olvidar los Veda, que, algo similar a la Tora, son cuatro libros o compilaciones (shamitas) que describen la historia, las costumbres, la doctrina, las disputas culturales del pueblo indio. Pero de ahí surgió el Brahmanismo, una religión practicada en la India.
Esta religión es un sistema social y político que sucedió al Vedismo. Tiene muchos dioses, entre ellos, Brahma, el creador; Visnú, el que preserva; y Shiva, el destructor; ellos constituyen la trinidad india o Trimurti. Así como en el cristianismo, en la unidad del Altísimo hay tres personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, siendo distintas una de la otra. De este modo en palabras del Credo Atanasio, “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios y, sin embargo, no hay tres dioses sino uno solo”.
De Brahma nacieron cuatro castas: brahmanes, chatrias, vaicias y sudras. Fuera de estas castas están los impuros y los parias, individuos que están excluidos de la sociedad, pero sobre quienes recae, con su trabajo, el sustento de los poderosos. Un ejemplo claro del papel que juegan las religiones, y a pesar que se denuncia ese rol que juegan, perduran, se aceptan.
--Yo creo –concluyó Vitale--, que cualquier persona civilizada encuentra la Biblia, el Corán y cualquier texto religioso, considerados como de origen divino, abominable, que excita aversión, porque en forma subrepticia, engañosa, defienden intereses materiales, engañan a los pueblos.
--Pero –preguntó Carla, luego de escuchar con atención la exposición de Vitale--, a pesar de ese papel que juegan las religiones, que en verdad me ha convencido, quiero saber ¿cómo llegaste a esa conclusión, cómo lograste demostrarte, a ti mismo, que esa divinidad superior no existe?
--Creer en una divinidad superior, omnipresente, de bondad infinita, creadora del Universo, del ser humano, de los animales, de todo lo que existe, otorgarle ese atributo que consiste en el conocimiento de todas las cosas reales y posibles, es un acto de fe ciega, es creer en lo que las religiones proponen a través de sus representantes, es creer en los dogmas que no resisten la más mínima prueba. Hay ficciones, creaciones de la imaginación religiosamente reveladas y verdades científicamente comprobadas. No es necesario comprobar la inexistencia de esa divinidad, ni la ciencia se propone eso.
--Después de todo –continuó Vitale--, la misma teología es incapaz de comprobar la existencia de un Ser supremo, absoluto. La teología, a pesar de los numerosos pensadores muy reconocidos que la han formulado en el tiempo, sólo hace especulaciones metafísicas, ontológicas, el Ser supremo debe aceptarse como tal, no está sujeto a demostración por medio de evidencias, es un acto de autoridad, de fe. Todo lo que dice un texto religioso es un axioma, como si fuera una proposición tan evidente que no necesita demostración. De la formulación de una idea no se puede deducir, necesariamente, la existencia de una realidad; de la idea de un Dios, no se puede deducir la existencia de ese Ser supremo. Decía Diderot que es fundamental para la vida no confundir la cicuta con el perejil, mientras que no lo es saber si Dios existe o no. Para ti, Carla, poseedora de una mente capaz de investigar, de dudar, de cuestionar, ¿cuál es tu elección? Decía Confucio que ver y pensar lo correcto, lo que se logra comprobar, y no vivir de acuerdo a tu convicción, es falta de valor. Te confieso que algunos aspectos del budismo que he conocido, gracias a mis colegas en Manchuria, me ayudaron a abrir los ojos, la mente.
--No es que me haya convertido al budismo –comentó Vitale--, sino que esa creencia, o cuasi filosofía como la considero, me impulsó a dudar, a ver a mi religión con ojos críticos, a dar el salto. El budismo tiene como base principal el no-ser, porque siempre se está-siendo, esto significa que existe un flujo permanente de devenir, lo cual se opone a esa idea de lo Absoluto, de lo eterno e inmutable. El mismo Universo es infinito pero mutable, en expansión cuando no en contracción.
--Quiero que sepas –agregó Vitale--, que el budismo se basa en tres principios: Anicca: nada dura, nada es permanente, el ser es devenir, todo se mueve, es fluir; Dukka: todas las cosas “sufren” porque son incompletas, son imperfectas; Anatta: no existe el alma, como la entienden las religiones, no es una entidad espiritual, un ser en sí, sino que es un compuesto variable y no permanente de agregados, skhandas, que no se pueden subdividir, son las sensaciones, las percepciones, los impulsos, los actos de conciencia.
Una cosa es importante en el budismo: ¿cómo nos liberamos del sufrimiento, porque todo es dolor, sarvam dukkham, que es producto de la imperfección, para alcanzar la perfección, el nirvana? Mediante la meditación, que es diferente a la oración que los religiosos recitan mecánicamente, como autómatas, sin siquiera comprender el significado de lo que dicen.
Hay diversos budismos, pero muchos de ellos son pura espiritualidad, para ellos la materia es una irrealidad, y ese es un punto de coincidencia con el obispo Berkeley, con el idealismo de occidente. Un día Vitale comentó a un monje budista que se consideraba ateo, el monje se aferró a su creencia de la reencarnación, no quiso oír más sus argumentos. Cuando se llega a considerar a Buda como el Beato, el Perfecto, el Sublime, se llega al terreno de la religión.
--Sin embargo –continuó Vitale--, considero que el budismo es más original que las otras religiones que conocemos. Pero algunos budistas reconocen la existencia del alma y, por su propia conveniencia, la existencia de un Dios, y es que cuando se institucionaliza una creencia, cuando se busca el proselitismo, se cae en contradicciones y se pervierte un principio para adecuarlo a ciertos intereses. Es interesante que algunos budistas, y el sintoísmo en Japón, que se basa en el culto de la naturaleza y de los antepasados, consideran que los problemas que otras religiones se plantean, sobre la existencia de Dios, del alma, del más allá, son irrelevantes y confunden las conciencias de los individuos.
-11-
Mientras Carla mantenía silencio, Vitale le explicó los aspectos básicos de la dialéctica, en un lenguaje sencillo, comprensible, conceptos adquiridos a través de su propia experiencia y de sus lecturas, sin pose de catedrático. Le expuso que la dialéctica es la comprensión del movimiento y desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. La dialéctica es un método de pensar, de razonar, de analizar, le dijo. La contradicción es una ley importante de la dialéctica; la evolución es el resultado de la lucha permanente de fuerzas antagónicas.
--Sin embargo –dijo Vitale, levantado el índice de la mano derecha, para subrayar el ejemplo--, si aplastamos a una oruga impedimos que se trasforme, gracias a la metamorfosis, en mariposa; su cambio no es dialéctico, sino mecánico, porque no es natural. Impedimos que se cumpla una etapa natural de su evolución. Nuestra existencia en este planeta Tierra no es eterna, Carla, ha tenido un inicio y tendrá necesariamente un término. Éste podrá ser natural, es decir dialéctico. Supongamos una nueva era glacial, una mayor o menor inclinación del eje de rotación de la Tierra, un acercamiento de la Luna. O bien producido por nosotros mismos, capaces de autodestruirnos con esas “crudelísimas bombas”, o como seres rapaces, hasta la destrucción del planeta, lo cual sería un fin mecánico.
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Y Vitale mostró y entregó a Carla unas notas que había escrito para ella sobre las leyes de la Dialéctica:
1) El cambio. Nada permanece donde está, nada sigue siendo lo que es, porque todo es movimiento, no en el sentido de traslado, sino de cambio y de evolución. No hay nada absoluto, definitivo, permanente, sagrado, sólo existe el proceso ininterrumpido del devenir y de lo transitorio;
2) La acción recíproca. Es decir, el encadenamiento de los procesos, todo influye sobre todo. La naturaleza, la sociedad, deben verse como un encadenamiento de procesos y el motor para realizar este encadenamiento de procesos es el auto dinamismo;
3) La contradicción. Todos los eventos se transforman en su contrario. La vida se transforma en la muerte. Cada evento contiene a la vez su propia esencia, sus propias características, y su contrario. Hay una fuerza centrífuga y otra centrípeta, expansión y compresión. En cada entidad, en su interior, coexisten fuerzas opuestas que luchan hacia la afirmación y hacia la negación. Las cosas cambian porque precisamente encierran en sí mismas la contradicción; y
4) El progreso por saltos o trasformación de cantidad en calidad. Cuando un evento cambia de naturaleza, se tiene un cambio cualitativo, la cantidad se trasforma en calidad, el agua en vapor, crisálida en mariposa, feto en niño o niña. Luego de pequeños y continuos cambios, o evolución, se presentan cambios bruscos.
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--La metafísica, en cambio --explicó Vitale--, es un sistema de pensamiento opuesto a ese método y se base en tres reglas, que emanan de la lógica que la sustenta: a) El principio de identidad. Una cosa es idéntica a sí misma y no cambia. Esto es ontología, la teoría del ser en cuanto ser; aceptar la existencia de una idea, de un enunciado, de un Ser supremo, por sí mismo; b) El principio de no contradicción. Una cosa no puede ser, al mismo tiempo, ella misma y su contrario; c) El principio del tercero excluido. Entre dos posibilidades contradictorias no hay lugar para una tercera posibilidad.
--Pero –concluyó Vitale--, tú conoces esta materia mejor que yo, estoy seguro que eres una excelente alumna. Adoptar la dialéctica como método, permite analizar y comprender, en forma objetiva, los fenómenos de la naturaleza, de la sociedad y del ser humano, en su particularidad. De otra manera, esos fenómenos, envueltos en el misterio, se atribuyen a la voluntad de un Ser supremo. La dialéctica, como método de análisis, permite que seamos conscientes, que reconozcamos, que nuestro conocimiento de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea, es hoy día ínfimo en comparación de lo que desconocemos. Entre más avanza el conocimiento, más comprendemos lo que nos falta por conocer. En cambio, si nos sometemos a la adoración de un Ser supremo, todopoderoso, todo es conocido, todo está resuelto, como por ejemplo nuestro origen y destino, el origen del Universo, y cualquier fenómeno que podamos imaginar. El ser humano es reacio a vivir rodeado de misterios, eso le produce angustia, temores, sobre todo si lo desconocido atañe a sus interrogantes trascendentales. Por eso busca consuelo inmediato y sucumbe a la adoración de un Jehová, de un Dios, de un Alá, que da respuesta a todas sus dudas y preguntas.
La importancia de la dialéctica es que conduce hacia el método inductivo de análisis, que consiste en partir de la observación de los hechos, de la realidad, de las evidencias, y de ahí formular los enunciados y las teorías. Va de lo particular a lo general. Este es un método científico. Por el contrario, la metafísica y la escolástica, llevan a la deducción, es decir a partir de argumentos basados en la autoridad de un anunciado general, de las Santas Escrituras, por ejemplo, se deducen aspectos particulares.
--Yo me asombro –decía Vitale--, cuando leo la vida y los descubrimientos de Nicolás Copérnico, René Descartes, Galileo Galilei, Giordano Bruno, Johannes Kepler, Isaac Newton, Leibniz, Humboldt, Darwin, Pasteur, Fleming, Albert Einstein, Pierre y Marie Curie, y tantos otros científicos. Conocer el método de análisis que estos científicos utilizaron en sus investigaciones, y la determinación para defender sus descubrimientos, aún a costa de sus vidas, es un acicate para comprender que el conocimiento, la ciencia, no sigue el camino de un enunciado de autoridad, de las Escrituras, del Corán, de un mandato divino.
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Por ejemplo Copérnico, el gran astrónomo polaco, quien formuló la teoría heliocéntrica del sistema solar, que en forma rudimentaria ya era concebida por Aristarco de Samos en el s. II a.C. Su teoría es el punto inicial de la astronomía moderna. Copérnico era además matemático, físico, clérigo católico romano. Su obra, Sobre las revoluciones de los astros celestes, se publicó en 1543, el año de su muerte, por Andreas Osiander, y de inmediato fue incluido en el Index, de los libros prohibidos por el Vaticano. Copérnico temía publicar su obra en vida porque representaba una ruptura para la ideología religiosa medioeval: la sustitución de un cosmos cerrado y jerarquizado, con el hombre como centro, por un Universo homogéneo e indeterminado, situado alrededor del Sol.
Decía Copérnico que el centro del Universo se encontraba en el Sol. Escribió sobre Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno (aún no se conocían Urano y Neptuno). Las estrellas distantes, afirmó, no orbitan alrededor del Sol. Especificó que la Tierra tiene tres movimientos: rotación diaria, revolución anual, e inclinación anual de su eje.
La obra de Copérnico fue revolucionaria, no sólo en sus escritos, sino porque puso en marcha caminos que rompieron las barreras del pensamiento que hasta entonces se encontraba enclaustrado. Con su obra, la naturaleza va perdiendo el carácter teológico, religioso, divino, con el hombre como creación divina, y éste deja de ser el centro del Universo.
A partir de Copérnico se desencadena la idea de que el hombre está gobernado por la razón, que es la facultad del ser humano que permite que tome parte en el ordenamiento del Universo.
Este astrónomo tuvo en contra la religión, el cristianismo de la época, que hacía suyos los presupuestos aristotélicos. Y es que Aristóteles escribió sobre teoría política, ética, metafísica, lógica, meteorología, física, biología, astronomía, y todo ello integrado coherentemente, lo que hacía muy difícil atacar una parte sin atacar el conjunto, el todo. Ese es el motivo de su permanencia, como visión del mundo, a lo largo de dos mil años. Ese sistema aristotélico fue “cristianizado” y asumido por la iglesia católica a través de la obra de santo Tomás de Aquino, y por ello la resistencia de la Iglesia a que fuera superado. Fue el cerco que mantenía enclaustrada a la astronomía, la ciencia y la cultura a través de siglos.
El caso de Giordano Bruno es dramático. Nació cerca de Nápoles, en 1548, cinco años después de la muerte de Copérnico. Se ordenó sacerdote, de la Orden de los Dominicos. Fue astrónomo, filósofo, matemático y poeta. Estudió la teología de santo Tomás de Aquino, sin embargo, gracias a sus observaciones y estudios, llegó a afirmar que el espacio y el Universo eran infinitos y que los astros estaban en continuo movimiento.
Fue un profundo crítico de la Iglesia, tanto es así que el acusador Roberto Belarmino, del Santo Oficio, reunió 130 artículos de acusación en su contra: tener opiniones contra la fe católica; hablar mal contra ella; criticar la Trinidad y la divinidad de Cristo, a quien Bruno calificó de mago; dudar de la encarnación y de la virginidad de María; hablar mal de la transubstanciación y de la misa.
Giordano Bruno hizo suyos los planteamientos de Copérnico, más aún, supera el modelo copernicano al afirmar que el Sol es una estrella. Todo ello le valió, además de sus planteamientos teológicos, ser combatido por la Iglesia. Fue excomulgado, sus libros quemados en la plaza pública, y encarcelado en 1593 en el Palacio del Santo Oficio, en el Vaticano, por los cargos de blasfemia, herejía e inmoralidad, donde permaneció encerrado por siete años. Fue quemado vivo en la plaza Campo dei Fiori, en Roma, en 1600, a los 52 años, siendo papa Clemente VIII. Su vil ejecución disuadió por un tiempo el avance científico en las naciones católicas. Decía Voltaire: “Nunca la naturaleza humana queda tan envilecida como cuando la ignorancia y la superstición se ve dotada de poder”.
Galileo Galilei tenía 36 años cuando Giordano Bruno fue ejecutado en la hoguera. Galilei no sólo había leído la obra de Copérnico sino que, a esa edad, ya era reconocido como un eminente astrónomo, filósofo, ingeniero, matemático y físico, y era vigilado de cerca por el prelado Roberto Belarmino, del Santo Oficio.
Galilei está relacionado con la revolución científica de su época. Enunció las leyes de la gravedad de los cuerpos y el principio de inercia, inventó la balanza hidrostática, el termómetro y construyó su primer telescopio, con el cual descubrió, en 1609 cuatro satélites de Saturno, Ganímedes, Europa, Calixto e Ío. La obra de Galilei representa una ruptura de las teorías de la física de Aristóteles.
Cuando fue llamado por el Santo Oficio para que se retractara de su teoría del Universo, y de que la Tierra gira alrededor del Sol, el prelado Belarmino lo encaró diciendo que esa teoría era una herejía, contradecía las Santas Escrituras, para lo cual se basó en el libro de Josué, de la Biblia, que afirma: “Josué dijo: Sol detente en Gabaón; y tú, Luna en el valle de Ajalón. Y el Sol se detuvo y la Luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. ¿No está escrito esto en el libro de Jaser? Y el Sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse casi un día entero. Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de Josué, porque Jehová peleaba por Israel”. Galilei se retractó, pero continuó sus investigaciones.
Galilei fue condenado en 1633 a prisión perpetua. Tras haber abjurado de sus ideas, el Papa conmutó la prisión por arresto domiciliario de por vida. Albert Einstein lo llamó el padre de la ciencia moderna.
Isaac Newton nació en 1642, el mismo año en que falleció Galilei, a la edad de 77 años. Newton fue un físico, filósofo, teólogo, matemático inglés, autor de Principia, una obra de enorme importancia para la ciencia, en la que describe las leyes de la gravitación universal y establece las bases de la mecánica clásica. Comparte con Gottfried Leibniz el desarrollo del cálculo integral y diferencial. Fue el primero en demostrar que las leyes naturales que gobiernan el movimiento de la Tierra y las que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes son las mismas.
Han sido de enorme trascendencia las leyes de la dinámica que Newton estableció, las que también rompen con los postulados de física de Aristóteles. En 1687 defendió el derecho de la Universidad de Cambridge en mantener su estatus, contra el intento del rey Jacobo II, que pretendía transformarla en una institución católica. Estudió y estableció teorías científicas de enorme importancia en cuanto a la luz, óptica, hidrostática, hidrodinámica, y construyó telescopios de gran poder.
Newton era religioso, arrianista. El arrianismo era una doctrina teológica fundada por Arrio, presbítero de Alejandría, que sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo. Esta doctrina era combatida por los trinitarios, a quienes Newton acusaba de haber violado las Sagradas Escrituras.
Y así sobrevivió la ciencia a la persecución y represión religiosa en esa época hasta imponerse a ella, debido a su propia esencia, como producto de la razón, de la capacidad del ser humano de investigar, de conocerse a sí mismo, su origen y destino, y el entorno natural en el que existe.
Es asombroso que tan solo 142 años después de la muerte de Isaac Newton, acaecida en 1727, el químico ruso Dmitri Mendeléyev publicara, en 1869, su obra Principios de la química, en la que desarrolla la teoría del patrón subyacente en los elementos químicos y los ordenara en la conocida tabla periódica. Sobre la base del análisis espectral establecido por Robert Bunsen y Gustav Kirchoff, este científico ruso se ocupó de estudiar los problemas químico-físicos relacionados con el espectro de emisión de los elementos.
Pierre Curie y Marie Sklodowska Curie merecen un reconocimiento especial por su dedicación total a la ciencia. Estudiaron la fuente de la radioactividad en la pecblenda, óxido natural de uranio, y obtuvieron el radio y el polonio. Contribuyeron a sentar los fundamentos de la radiología, con enormes perspectivas para la medicina.
Durante mucho tiempo se creía que el átomo era indivisible. Pero a fines del siglo XIX y principios del XX se descubrió que está formado por protones, neutrones y electrones.
Los protones y neutrones constituyen el núcleo del átomo, y los electrones giran en órbita alrededor del núcleo y determinan las propiedades químicas. El diámetro de un átomo es una diezmillonésima de milímetro. El espacio interior del átomo es comparativamente mayor que el sistema solar astronómico. La inmensa mayoría de su masa se concentra en el núcleo, que sólo ocupa una diezmilésima parte de su volumen total. Si el Sol, por ejemplo, fuera del tamaño de un durazno, Plutón, el planeta más lejano, se hallaría a 188 metros de distancia de él. Pero si el núcleo del átomo fuera de ese mismo tamaño, como un durazno, sus electrones exteriores se hallarían a 1070 metros del núcleo.
La composición del átomo fue descubierta por J.J. Thomson en 1897 y en 1914 por Robert Millikan, así como Henri Becquerel descubrió la radioactividad natural en 1895, y once años después fue utilizada para calcular la edad de la Tierra. Después se descubrió la fusión atómica que constituye el fundamento de la formación del Sol y de todas las estrellas del Universo.
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La escolástica, hermana de la metafísica, es un movimiento teológico y filosófico que pretende confirmar la revelación religiosa del cristianismo, pretende conciliar la fe y la razón, que supone subordinación de la razón a la fe. Afirma que la filosofía es sierva de la teología; postula que todo pensamiento debe someterse a un principio de autoridad y la enseñanza debe limitarse a los textos de las Sagradas Escrituras. El máximo representante de la teología, y en general de la escolástica, fue santo Tomás de Aquino, con su Summa Theologica que, decía Vitale, había estudiado a fondo en sus años en el seminario.
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Todo esto sirvió de punto de partida para que Carla escribiera su tesis Dialettica versus Metafisica, suscitando, por una parte, la reprobación y el enfado de las autoridades de la Universidad, que le negaron el título de licenciatura, y por la otra, la admiración de varios académicos laicos, prevaleciendo, a fin de cuentas, esas mentalidades retrógradas que predominan todavía en la Universidad Leonardo da Vinci, que no hacen honor al nombre del ilustre sabio.
Yo, como tutor de tesis, me embebí de esos conceptos que hice míos, lo que más tarde me valió la expulsión de la Universidad, controlada por jesuitas. Contribuyó a esto el hecho de que distribuyera entre mis colegas un ensayo que había escrito sobre el pensamiento de Antonio Gramsci, gran pensador, quien había muerto en la cárcel en 1937, detenido por el régimen fascista.
Cuando en su lecho de muerte, en el otoño de 1952, le comenté esto a Carla, me sonrió y me dijo:
--¡Cómo me gustaría saber si me habrán expulsado a mí también, post mortem! Vitale debe sentirse satisfecho si se entera de esto. Esta vez sí cumplió su misión. La semilla que sembró da frutos. Algún día búscalo y le comentas esto.
-12-
La última vez que Carla visitó a Vitale, a fines de agosto de 1951, tuvo un enfrentamiento con Ottavio. Carla regresaba al pueblo y Ottavio la esperaba al final de la vereda, agazapado detrás de un muro. Estaba con sus inseparables amigos, Piero y Caetano. Ottavio, al ver acercarse a Carla, la interceptó, la tomó de un brazo, la sacudió con fuerza, mientras le gritaba exaltado:
--¡¿No te da vergüenza visitar a ese infiel renegado, a ese anticristo?!
Carla se zafó de las garras de Ottavio, ofendida, lo empujó con enojo, mientras le decía, con voz severa, señalándolo con el dedo índice de la mano derecha, que no la tocara y que nunca más se atreviera a dirigirle la palabra. Ottavio, al retroceder, tropezó y cayó al suelo de espaldas, miró a Carla con expresión de cólera en sus ojos, humillado frente a sus amigos por haber sido derribado por una mujer, y le gritó que esa afrenta la pagaría con sangre. Carla corrió a su casa y lloró amargamente, consolada por sus padres.
María, que apenas en ese momento se enteró de las visitas de Carla a Monte Olivo, no le dio importancia a la agresión de Ottavio, en cambio no dejaba de santiguarse y de emprenderla contra su marido, culpándolo de todas las desgracias imaginables. Repetía, “con qué cara voy a presentarme ante el cura, e imagínate lo que van a pensar mis amigas”, mientras con las manos unidas, con los dedos entrelazados, se oprimía el pecho y elevaba al cielo una mirada de mártir sacrificada.
Don Giorgio y Alberto estaban enterados de esas visitas gracias al chismorreo que entretenía a los parroquianos de la cantina, pero lo que se comentaba ahí era cosa de hombres y por un acuerdo tácito no se compartía jamás en casa, con las mujeres. Les complacía, después de todo, que Carla visitara a Vitale, pues, se decían, era saludable mantener los lazos familiares.
Alberto trató de tranquilizar a Carla y le prometió que buscaría a ese insolente y cobarde y lo pondría en su lugar. Cosa que nunca hizo.
***
Cuando Carla regresó a Pescara en septiembre de 1951, para reanudar las clases, comenzó a sentir serias molestias; en cosa de meses perdió peso y se sintió desganada.
Fue un golpe severo cuando luego de una consulta, el doctor le indicó que tenía un tumor en el seno derecho y era necesario realizar una biopsia. El resultado fue positivo, tenía un tumor maligno. Carla se desmoronó, cayó en una fuerte depresión que anímica y físicamente agravó su estado.
Durante diciembre de 1951 y enero de 1952 estuvo sometida a un agobiante tratamiento de quimioterapia que la mantenía postrada en cama. A principios de febrero parecía que el tratamiento daba buenos resultados y asistió a la Universidad para concluir y presentar su tesis. En mayo volvió a padecer dolores y fue internada en el hospital.
Alberto y María la visitaban con frecuencia, pero eludían cualquier comentario sobre los últimos acontecimientos que habían tenido lugar en el pueblo, relacionados con Vitale, si bien Carla preguntaba insistentemente por él.
En julio, le detectaron otro tumor canceroso y el inicio de metástasis; el mal se reproducía en otros órganos a pesar del severo tratamiento al que era sometida. Comenzó a sentir dolores intensos que apenas la morfina le atenuaba.
***
Fue a fines de septiembre que María tuvo la iniciativa, sin consultar a Carla, de llevar al hospital al sacerdote del pueblo para que confortara a su hija y le diera la extremaunción. Los acompañaba también Alberto, quien llegó con cara de resignado.
--Mira hija –dijo María al entrar en la habitación que ocupaba Carla --, le pedí a don Giacomo que viniera a verte para que hables con él, para que te confieses. Creo que te hará bien recuperar la paz espiritual, reencontrarte con Dios.
Carla, entrecerrando los ojos y haciendo un esfuerzo para hablar, mirando fijamente a su madre, dijo con voz pausada:
--Mamá, cómo es posible que no hayas comprendido nada de lo que tantas veces te he mencionado. Te he comentado mis dudas sobre la religión, he querido hablar contigo, pero eres obstinada, testaruda. Pero te comprendo y no te culpo de nada. Te quiero, madre, pero habría sido maravilloso compartir contigo mis inquietudes.
Luego, dirigiéndose al cura, le dijo:
--Don Giacomo, ya que está usted aquí, aprovecho para leerle unas notas que acabo de escribir, son mis pensamientos que he tenido durante estos últimos días. Me interesa conocer su opinión al respecto: “Si nos ponemos a pensar –comenzó a leer Carla--, resulta que Jehová, de los judíos, Dios, de los cristianos y Alá, de los musulmanes, son diversos nombres de un mismo Ser supremo, se supone que sea el creador del Universo, de la Tierra, de los seres humanos y de todo lo que existe. Pero ese Ser supremo es sectario, además de cruel y autoritario, porque, de acuerdo con las Escrituras, sólo el pueblo judío es el elegido por él y a quien concede la tierra prometida y a quien ayuda en las guerras contra sus enemigos. Ningún otro pueblo recibe la misericordia y las dádivas de ese Ser supremo. Además, se deduce de la Biblia y del Corán que toda la humanidad es judía, de origen judío, pues se supone que todos los seres humanos son descendientes de Abraham, de Adán y Eva, de Isaac, de Ismael, todos ellos personajes bíblicos judíos.
“Así las cosas, yo me pregunto, cómo es que civilizaciones como la egipcia, la griega, la romana, la fenicia, la persa, la china, la hindú, la maya, la inca, por ejemplo, han florecido sin la presencia de Jehová, de Dios, de Alá y sin tener ascendencia judía. Por qué aún hoy hay una gran parte de la humanidad que no sabe de la existencia de un Ser supremo y vive sin la necesidad de venerarlo. Por qué ese Ser supremo permite, si es todopoderoso, que se le conozca por medio de la evangelización y no por sus propios medios, los que se supone son ilimitados, es decir que se le conozca desde que el ser humano tiene uso de razón, o desde que nazca, pues se supone que todos somos hijos suyos.
“Sinceramente –continuó leyendo Carla--, no creo que nuestro origen, como seres humanos, y el origen del Universo, sea el que se menciona en el Génesis del Viejo Testamento, que la Tierra y la humanidad tengan unos cuatro mil años de antigüedad, que en realidad es la época en que comenzaba a florecer Egipto. Yo creo que nuestro origen, el origen de la humanidad, es anterior a lo que ahí se menciona y se produjo en forma distinta, seguramente como revelan los astrónomos, como revela Darwin en su tesis de la evolución por selección natural, quienes se basan en investigaciones y evidencias”.
--¿Usted qué opina don Giacomo? –preguntó Carla, levantando los ojos de sus notas e interrogando al cura.
Luego, ante el mutismo y expresión de incredulidad del cura, Carla siguió leyendo: “Ha habido un progreso vertiginoso de la ciencia. Luego de dos mil años de dominio del pensamiento de Aristóteles, del cristianismo, y de más de mil años del islam, desde Copérnico y Galilei a nuestros días, han trascurrido sólo unos 400 años para que la ciencia nos diera a conocer el origen de las especies, del Universo, de la estructura del átomo y de tantas otras cosas. La ciencia avanza en una progresión geométrica. Nosotros, como seres humanos, somos producto actual, y en proceso de continuo cambio, de nuestros propios antecedentes históricos, no nos liberamos de ellos, son los que determinan y hacen lo que somos.
“Vitale me mencionó en una ocasión que existe una tácita alianza entre los Estados, las corporaciones empresariales y las religiones, cuyo propósito es mantener al pueblo sojuzgado y al servicio de los dirigentes de esas instituciones. Estas entidades, como organismos económicos, políticos y sociales, también son objeto de la evolución. El cambio es notorio en los Estados y en las corporaciones empresariales, pues unos y otros no son los mismos de aquellos que dominaban en el Renacimiento, ni siquiera de aquellos de inicio de este siglo. Los Estados y las corporaciones empresariales se adaptan a las circunstancias cambiantes y aún promueven, ellos mismos, el cambio y la modernización. La religiones, como el judaísmo, el cristianismo y no digamos el islam, al contrario, con sus creencias, dogmas y supersticiones, se oponen a la evolución, son reacias a adaptarse a nuevas y cambiantes circunstancias, no resisten el cambio al que el progreso las somete porque verían socavadas y destruidas las bases que las sustentan. Entre más evolucionamos, más evidente es la contradicción que encierran las religiones. Éstas vuelven la naturaleza humana en contra de sí misma. Por eso he llegado a la conclusión de que las religiones algún día desaparecerán.
“El Antiguo Testamento seguramente será, en el futuro, una referencia histórica para los hebreos, de sus supuestos orígenes y antepasados, aunque creo que continuará definiendo su moral social e individual de ese pueblo, quizá no el Antiguo Testamento como tal, pero sí la Torá, o Pentateuco, que contiene lo esencial de la ley mosaica, y el Talmud, que recoge las discusiones rabínicas sobre las leyes judías, tradiciones, costumbres e historias. Pero el Nuevo Testamento y el Corán es posible que desaparezcan como sustento de religiones, dado su inconsistencia y falta de autenticidad, pues nadie creerá las versiones de los apóstoles sobre la vida y milagros de Cristo, y mucho menos las revelaciones del arcángel Gabriel a Mahoma. Serán documentos históricos, reliquias, todo esto cuando se rompan las barreras del fanatismo, cuando se abran las compuertas para que el conocimiento fluya con todo su potencial. Esto sucederá a la par que el ser humano adquiera conciencia de su naturaleza, construya una nueva sociedad sobre bases sólidas, renovadas.
“La intolerancia es enemiga de la convivencia y de la paz. La ciencia se impone al oscurantismo, a la ignorancia, a través de las evidencias, del conocimiento, mientras las religiones se han impuesto o mandando a la hoguera a quienes han discrepado de ellas, considerándolos herejes, o silenciándolos por la intimidación o por el castigo eterno en el infierno”.
Después de estas palabras leídas por Carla, se dirigió al cura y le dijo:
--Usted, don Giacomo, a quien conozco desde pequeña, ojalá algún día logre comprender que es un instrumento de un sistema que pretende mantenernos en el oscurantismo. Con sus sermones, confesiones, penitencias, con su moral, con sus amenazas de una condena en el infierno, no sabe cuánto daño causa a quienes como mi madre, como Ottavio, Piero, y sus amigos, siguen a ciegas sus enseñanzas. Nunca olvidaré esas palabras que un día me dijo Vitale: “Nada puede estar más en sintonía con la dignidad del hombre que un humanidad que se construye a sí misma, al ritmo que destruye a dioses, religiones, dogmas, creencias, supersticiones, todo aquello que nos separa y confronta”.
--¿Díganme, han sabido algo de Vitale? –preguntó Carla, luego de un breve silencio, dirigiéndose a los presentes.
El cura, quien miraba fijamente a Carla durante la lectura de sus notas, bajó la vista y sonrojó. Lo mismo hizo María y Alberto.
Luego de una breve pausa, Carla dirigiéndose a su padre dijo:
--Papá, no entiendo esa pasividad tuya y del abuelo Giogio. Se quedan con los brazos cruzados mientras sacerdotes y misioneros, rabinos y ulemas, pastores de sectas religiosas absurdas que se van multiplicando por el mundo, continúan atrapando conciencias de niños, desde la más temprana edad, para mantenerlas en un estado de sumisión, en cautiverio. Tener un ideal, una convicción, no es cosa personal que se conserva en el cajón de los recuerdos o en una vitrina como si fuera un trofeo, papá. No puedes quedar satisfecho, pasivo, porque tú, personalmente, has superado ese lastre que es la religión. Tu deber es luchar, hablar, convencer a tus semejantes que la libertad de cada uno de nosotros y de todos, como sociedad, es superar ese estado primitivo, retrógrado, reaccionario, en el que las creencias religiosas mantienen a la gente.
***
En octubre de 1952 falleció Carla, confesando al abuelo y a sus padres que sus últimos pensamientos eran para Vitale.
-13-
Sin que Carla llegara a saberlo antes de morir, pues sus padres le ocultaban ciertas noticias para no agravar su estado, el 25 de diciembre de 1951, cuatro meses después de la agresión que ella fue objeto por parte de Ottavio, unos campesinos que se dirigían a la iglesia de Santa María dell’Olmo, vieron deambular, en las cercanías del pueblo, a Solitario, solo, sin arneses.
Uno de ellos, colocando su cinturón alrededor del cuello del asno, lo condujo hasta Monte Olivo, donde encontró a Vitale, con una cuerda al cuello, colgando de una viga en el interior de la cabaña.
Los carabineros encontraron una nota que decía: “Soy un pecador. Dios misericordioso, ten piedad de mí”.
Había dos botellas de grappa vacías en el suelo y el cuerpo de Vitale estaba empapado de aguardiente.
Don Giorgio y Alberto, y otros habitantes del pueblo, acudieron al lugar en cuanto corrió la noticia del hallazgo. Observaron que en la sien derecha y en la frente de Vitale había unas heridas. No cabía la menor duda de que habían sido producidas por golpes contundentes. Sin embargo, la muerte de Vitale se consideró, por parte de la autoridad, como un suicidio, a pesar de las protestas de don Giorgio y de Alberto, a pesar de la querella interpuesta por el alcalde, quienes reclamaban justicia.
Solicitaban que se investigaran a los autores intelectuales, a aquellos que deseaban e incitaban a que Vitale, el anticristo, desapareciera del pueblo, y a los autores materiales, los que podían ser fácilmente identificados, aunque quizá se carecía de pruebas. La autoridad, y sobre todo el juez, estaban en contubernio con los prominentes del pueblo, y en particular con el señor cura y el propietario del almacén de víveres.
Nota: El relato sobre Nagasaki tiene conceptos tomados del libro “Diario de Hiroshima”, de Michihiko Hachiya. La situación en ambas ciudades debe haber sido similar, sin embargo poco se ha difundido la que se vivió en Nagasaki.
TEXTO PARA LA CUARTA DE FORROS
Esta es la historia de un misionero italiano, Vitale, quien vive, durante la primera mitad del siglo XX, la brutalidad de la explotación colonial en el Congo; las atrocidades de la represión militar japonesa en Manchuria; y es testigo del indescriptible sufrimiento de los sobrevivientes de Nagasaki, luego de la explosión de la bomba atómica el 9 de agosto de 1945.
Como resultado de esta experiencia, no sólo renuncia a su misión, sino que, siguiendo un razonamiento dialéctico, define el papel histórico de la religión, de todas ellas, y llega a la conclusión que son entidades que forman parte de una confabulación, de una Santa Alianza, junto con los Estados y las corporaciones empresariales, cuyo propósito es mantener sojuzgado al pueblo. Y de ahí llega a la convicción de la inexistencia de Dios. Las religiones, asegura este ex misionero, como categorías históricas, desaparecerán en el futuro. Tiene fe en la capacidad del ser humano para definir, asumiendo una nueva conciencia social, su propio destino y una nueva sociedad.
Dauno Tótoro Nieto
VITALE
La falacia de las religiones
A Flavia.
Gracias por tu apoyo
“…la religión se ha convertido en una iniciativa empresarial del libre mercado”.
Richard Dawkins, El espejismo de Dios
--¿Qué libertad nos otorga la muerte? –preguntó Erilin
--La que tenías antes de nacer –dijo Nigel-Issin
Francisco Rivas, La conjetura del Quincunx
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--¡Dios no existe! –decía una y otra vez, en voz alta, con una expresión severa en el rostro, aquel hombre arrodillado frente a la iglesia Santa María dell’Olmo, en el atrio, con los brazos extendidos a los lados, en forma de cruz, sosteniendo una pequeña campana en la mano izquierda y un cayado en la derecha. Tenía la cabellera hirsuta, entrecana, la barba crecida y estaba desnudo de la cintura para arriba.
Carla se le acercó curiosa, se paró frente a él y lo miró detenidamente; él le sostuvo la mirada y le sonrió. Carla bajó la vista y vio escrito en el pecho del hombre, como si fuera un tatuaje: “Dios no existe”. Se quedó mirando fijamente ese mensaje, un poco desconcertada. En ese momento, María, madre de Carla, que charlaba con unas amigas en la entrada de la iglesia, la vio y acudió presurosa por ella, la tomó de un brazo y la alejó de ese hombre, a quien lanzó una mirada de repulsión.
--Hija, por favor, no te acerques a ese individuo –le dijo amonestándola–, es la blasfemia personificada, es un réprobo…
Carla se alejó del lugar de mala gana, casi arrastrada por su madre, mientras no dejaba de mirar a ese hombre, con el rabillo del ojo.
De pronto, con un movimiento brusco del brazo, Carla se zafó de la mano de su madre y regresó frente a ese hombre. Lo miró fascinada, tomó una margarita que llevaba en el pelo y se la extendió. Él la tomó con la mano que sostenía la pequeña campana, sin desviar la mirada, entrecerró los ojos, sonrió, e inclinó ligeramente la cabeza, como gesto de agradecimiento.
***
Cuando Carla, en su lecho de muerte, en el otoño de 1952, me contó esta anécdota que tuvo lugar en el verano de 1950, durante las vacaciones en su pueblo natal, en un principio yo me imaginé a ese personaje como un exaltado apóstata. La representación de él en mi imaginación era como un grabado digno de Francisco de Goya. Estaba muy equivocado.
No soy creyente, ni mucho menos. El relato de Carla, su admiración por Vitale, saber por ella misma que Vitale le había inspirado su tesis profesional (yo fui su profesor en el último año de la carrera y su tutor de tesis), me han impactado profundamente. Es por ello que, después de la muerte de Carla, decidí reunir las notas sueltas que ella conservaba entre sus cuadernos, quizá con la intención de llevar un diario, ponerlas en orden y publicarlas, como se presentan aquí. Seguramente esta habría sido su voluntad.
Pero, además, dar a conocer esas notas de Carla es un reconocimiento a ese personaje que fue Vitale, quien, tras una vida azarosa, tuvo la valentía de cuestionarse los principios religiosos, le doctrina católica, que fue su formación como seminarista, para liberarse de dogmas y falsas creencias y encontrar la libertad de su conciencia, la madurez como ser humano, y de ahí una fe inquebrantable en el futuro de la humanidad, libre de opresiones. Creo que es un ejemplo a seguir el de Vitale: superar el temor que nos invade al intentar romper esas barreras que nos imponen las creencias que inculcan las religiones y crear conciencia entre sus semejantes, ser un activista y difundir su pensamiento.
-2-
A mediodía, a la hora del almuerzo, María comentó en la mesa, a su padre y a su marido, que había visto a ese réprobo, como lo llamaba don Giacomo, el cura, frente a la iglesia, quien tenía el descaro de plantarse allí, justo el domingo, a la hora de la misa, blasfemando, y que tuvo que alejar de él a Carla, “bueno --dijo con un tono de voz como quejándose--, intenté alejarla sin lograrlo, porque Carla hace lo que quiere, no me obedece”. Concluyó diciendo que era una vergüenza que las autoridades permitieran que ese individuo se plantara en el atrio de la iglesia, circulara por el pueblo descamisado, con un anuncio, negando a Dios, escrito en el pecho; “lo vi con mis propios ojos”, afirmaba María, recalcando cada palabra, llevándose el dedo índice de la mano derecha a sus ojos; blasfemando, “lo oí con mis propios oídos”, insistía, señalando sus oídos.
--Es Vitale –dijo don Giorgio, padre de María, con voz pausada–. No es un réprobo, hija, es un ateo, tiene sus ideas. No olvides que es tu primo. Merece un poco de comprensión y tolerancia de tu parte, como buena cristiana que eres. Es de la familia, después de todo. Y recuerda que, aunque yo no comparto su exhibicionismo, pues jamás andaría por allí, en este pueblo, predicando lo que pienso, estoy de acuerdo con muchas cosas que comenta, según he oído por allí. En el Partido muchos somos ateos y lo que dice Vitale tiene su lógica, su fundamento.
--¿Es tu primo, mamá? –preguntó Carla intrigada. Y agregó–: Invítalo a tomar un café, me gustaría conocerlo.
--¡Carla, por favor! --la reprendió María, lanzándole una mirada severa, con el ceño fruncido--. Es un réprobo, y además tú no tienes nada que ver con esa persona. Es tío tuyo lejano y sería preferible que no lo fuera. Tú, Alberto, di algo –dijo, dirigiéndose a su marido, con un tono de reproche–. ¡No te quedes callado! Es también tu hija, no me dejes sólo a mí la tarea de reprenderla y guiarla por el buen camino de la religión. ¿No ves que se nos va de las manos?
--María, ¿crees que Carla todavía es una niña? ¡Tiene dieciocho años, sabe lo que dice y lo que hace! Oye Carla --agregó Alberto, dirigiéndose a su hija--, debes saber que Vitale es hermano de Matilde, la prima mía que murió el año pasado. Vitale fue seminarista en Pescara y luego misionero, creo que en África. Perdí la pista de Vitale desde antes de la guerra, y de pronto, hace un año, apareció en el pueblo. Vive como un ermitaño en una cabaña, en esa colina que se ve desde la estación Sangritana. Yo creo que ha sufrido un fuerte desengaño, un trauma, una desilusión con la religión, qué sé yo, y no sólo se ha vuelto ateo, sino que se declara enemigo de moros y cristianos y activista, creo que así se llama a sí mismo, como lo comentan en la cantina. A algunas personas del pueblo no les gusta su actitud, tú sabes, al cura, al banquero, a esos jóvenes neofascistas que andan por ahí y a sus padres. Dicen que sería conveniente correrlo o deshacerse de él. Pero, como comentó el abuelo, lo que dice Vitale tiene su fundamento, aunque sea el resultado de una amarga experiencia.
María, con los brazos en jarra, miraba con expresión de enojo a su marido, apretando los labios, entrecerrando los ojos, a punto de estallar.
--Me parece extraño que yo no haya visto antes al tío Vitale, ni haya sabido nada de él –dijo Carla, pensativa, mientras ayudaba a su madre a recoger los platos del almuerzo.
Sin escuchar las palabras de Carla, sumida en sus propias preocupaciones de madre, María a su vez dijo:
--Hay algo en ti que no me agrada, hija. Veo que desde algún tiempo no aceptas mis consejos ni me obedeces. Siento que te alejas de mí, que te pierdo…
-3-
Desde ese domingo, el deseo de visitar al tío Vitale fue acentuándose en Carla y no pasó mucho tiempo para que, una asoleada mañana, sin que nadie se enterara, se encaminara por la vereda que, serpenteando, sube por Monte Olivo. Poco antes de la cima, resguardada del sol, bajo un frondoso roble, encontró una pequeña cabaña hecha de piedra y troncos, bien cuidada, con una vista maravillosa al valle. Vitale estaba tendiendo ropa en un cordel y al ver a Carla salió a su encuentro y con una reverencia la saludó.
--Bienvenida, Carla.
--Buenos días, tío –dijo a su vez Carla, extendiendo la mano y esbozando una leve sonrisa–. Tenía muchas ganas de conocerlo.
--El domingo, cuando me obsequiaste la flor, frente a la iglesia, sabía que nos volveríamos a ver –dijo Vitale.
Vitale la tomó de la mano y la condujo hacia la cabaña. Se instalaron en el pórtico, frente a la entrada, desde donde se podía apreciar el valle, el pueblo y a lo lejos la franja azul del Adriático. Carla tuvo la impresión, al mirar detenidamente a Vitale, que éste era uno de esos profetas o santos que había visto de niña en estampas que su madre guardaba en el misal. El cabello hirsuto formaba una aureola alrededor de su cabeza; la barba crecida, entrecana, le daba un aire de patriarca; la nariz, algo aguileña, denotaba una fuerte personalidad; y los ojos, sobre todo los ojos, negros como tizones de carbón, bajo abundantes cejas, causaban un cierto temor, transmitían una mirada feroz, penetrante, como de halcón. Era un hombre que parecía tener un siglo de historia a sus espaldas. Ese día, en pleno verano, con un calor sofocante, Vitale vestía de blanco, una amplia camisa y pantalones de lino.
Sentados en el pórtico, con un gran frutero repleto de cerezas y duraznos sobre la mesa, fue Carla la primera en romper el silencio:
--Yo soy la hija de Alberto y María, nieta de Giogio, quiero decir de Giorgio, le digo Giogio por cariño…
--Lo sé, lo sé, Carla, sé quién eres y aprecio mucho que hayas decidido venir a visitarme. Eso habla muy bien de ti. Pero dímelo tú, ¿por qué has venido hasta Monte Olivo? ¿Te gusta este lugar? ¿Vienes de paseo?
--Bueno, sí, me gusta mucho este lugar y a veces hemos venido de paseo mis padres y los amigos, es una costumbre hacer meriendas en el campo en la Pascua…
--Ah, en Pashah –la interrumpió Vitale--, la más solemne fiesta de los hebreos, para celebrar la salida de Egipto.
--No, qué dice tío –dijo Carla con una sonrisa a flor de labios--, aquí se celebra la resurrección de Jesús.
--Ah, sí, también, lo sabía. Hay cosas que en las religiones se hacen coincidir. Pero hoy no es Pascua –dijo Vitale.
--Lo sé. Hoy he venido para verte, para conocerte --dijo Carla, comenzando a tutearlo por la confianza que le inspiraba Vitale--. Después de aquel domingo, cuando te vi en el atrio de la iglesia, he tenido muchas ganas de conocerte.
--Y ¿por qué quieres conocerme? --preguntó Vitale, mirando en forma inquisitiva a Carla.
--No sé, sentí algo aquí, en el corazón –y Carla se llevó una mano al pecho--, una voz que me decía que debía conocerte.
--Esa voz creo que la sentiste aquí –y Vitale se llevó a su vez el índice de la mano derecha a la sien--, y no en el corazón. Fue curiosidad, deseos de saber.
--Puede ser, tienes razón --dijo Carla.
--Cuando yo tenía doce años, sentí una voz que salía de aquí –Vitale se llevó una mano al pecho--, creo que me decía que mi camino era ser religioso y fui seminarista y luego misionero. Pero al recorrer el mundo, al ver el sufrimiento de nuestros semejantes, al darme cuenta de que en nombre de cada religión, y de intereses materiales solapados y defendidos por las religiones, se cometen atrocidades, entonces sentí una voz aquí –Vitale se llevó de nuevo el índice de la mano derecha a la sien–, que me decía “Vitale, debes conocer, debes razonar, debes aprender qué hay más allá de tu estrecho camino que te has impuesto, del horizonte limitado que te aprisiona, de tu religión”. Y seguí lo que esa voz me decía, como tú seguiste ese deseo, esa voz que ahora te condujo aquí. ¿Cuántos años tienes, Carla?
--Tengo dieciocho años, los acabo de cumplir, en abril –respondió solicita Carla.
--Naciste en 1932, unos años antes de que estallara la guerra. Yo nací en 1900, con el siglo. Durante estos años, Carla, que son los años de mi vida y, porque no, también los años de tu vida, ha habido un gran progreso material en el mundo, ha habido muchos descubrimientos y muchos inventos, el aeroplano, el automóvil, la radiodifusión, la penicilina, el telégrafo, la aspirina, los misterios del átomo, y tantos otros, hemos presenciado la emancipación de la humanidad, y sin embargo lo que más en común ha tenido el ser humano es la desdicha, el sufrimiento. Creo que el sufrimiento ha identificado a cada ser humano con sus semejantes, en esta mitad del siglo. El sufrimiento ocasionado por guerras despiadadas, brutales, atroces. Decía Buda que a todos los seres humanos nos identifica el sufrimiento, porque somos seres no acabados, imperfectos, pero yo me refiero al dolor, al sufrimiento, que nosotros mismos, los seres humanos, nos ocasionamos.
Vitale calló y pensativo, como recordando, dejó que su mirada recorriera el valle que se extendía frente a él, cruzado por el río Sangro, que desemboca en el Adriático. Luego, dirigiéndose a Carla dijo:
--Pero tú eras pequeña cuando este pueblo vivió el flagelo de la guerra.
--Sí, tenía ocho o nueve años cuando todo eso comenzó. Vivimos los horrores de la guerra mi madre y yo, porque el abuelo Giogio y mi padre se habían unido a la Resistencia. Pero mis recuerdos más tristes son de los acontecimientos que tuvieron lugar casi al final de ese conflicto, cuando tenía trece años. Recuerdo que nosotras pasamos varios meses en el sótano de la casa de una familia amiga, esto fue cuando los aliados avanzaban hacia el norte y los nazis no cedían la plaza militar, tenían apostados cañones y tanques por todas partes en este pueblo. En ese sótano había muchas familias. Nos alumbrábamos con velas que apenas nos permitían distinguirnos los unos de los otros. Temblábamos de miedo, día y noche, cuando oíamos las bombas que caían y los cañones que disparaban. Se estremecía todo a nuestro alrededor. En una ocasión, sin que nadie lo notara, Maddalena, muy amiga mía, y yo, junto con Modesto y otros amigos más o menos de nuestra misma edad, salimos del refugio porque íbamos a robar latas en los camiones militares estacionados en el camino, cerca del pueblo, que trasportaban víveres a las tropas. En ese sótano pasábamos hambre, había días en que no teníamos nada para comer, absolutamente nada. Mi amiga encontró en el camino una cajita de lata que llevaba impreso “dulces de orozuz”, era una mina personal de las que los nazis esparcían por el pueblo en venganza porque Italia se había retirado del Eje. Nos consideraban sus enemigos. La cajita de “dulces de orozuz”, cuando Maddalena trató de abrirla, explotó. Ella quedó muy herida en una mano y en la pierna. Pocos días después murió, en mis brazos, porque yo nunca me separé de ella. La quería como a una hermana. Fue la experiencia más dolorosa de mi vida.
Después de un largo silencio, Carla, con unas lágrimas que humedecían sus ojos, preguntó:
--Vitale, ¿por qué tienes escrito en el pecho “Dios no existe”?
Vitale volvió también él de su ensimismamiento, con calma se desabotonó la camisa y mostró un pecho terso, sin escritura alguna.
--No hay nada escrito en mi pecho, Carla.
--Pues es extraño, creo haber visto eso escrito en tu pecho y mi madre también lo vio –dijo Carla.
--¿Estás segura de haber visto lo que dices? Quizá fue sólo tu imaginación –dijo Vitale, tocando con el índice de la mano derecha la punta de la nariz de Carla–. A veces vemos lo que imaginamos y no la realidad. Puede ser ilusorio aquello que, porque se ve, debe ser verdad, dicen en China. Y peor todavía, a veces nos empecinamos en escuchar sólo lo que queremos escuchar, en creer sólo lo que queremos creer, y nos encasillamos, reduciendo nuestro infinito potencial de conocimiento a una apretada paca de algodón, por decir algo.
--Me confundes, Vitale. Escuché que repetías “Dios no existe” y creo haber visto eso escrito. No sé, pero hasta mi abuelo Giogio dice que tú eres un ateo exhibicionista. Giogio dice que hay cosas en las que está de acuerdo contigo, él también es ateo, en el Partido hay muchos, pero no le parece que tú vayas predicando tus ideas por el pueblo.
--No soy exhibicionista –repuso Vitale muy serio–. Un par de veces he estado frente a la iglesia y reconozco que ese es un acto de provocación, pero es como una catarsis para las mojigatas que como autómatas asisten a la iglesia. Por eso llevo también una pequeña campana en la mano. La gente piensa que las campanas son un instrumento religioso, que se usan para llamar a misa y durante ella, pero las primeras campanas fueron usadas para espantar a los malos espíritus, a los fantasmas y a las brujas. Por eso la llevo. Pero he decidido no volver a provocar a esa gente. Tu abuelo y tu padre, Carla, como muchos ateos, son “comecuras”, como vulgarmente se dice, consideran a los curas enemigos políticos, los acusan de ser aliados de los fascistas. Son ateos pasivos y tolerantes, mientras yo soy un ateo de convicción y trascendencia. Yo lo que creo y divulgo, entre los campesinos que de vez en cuando visito y quienes quieran escucharme, es que el Ser supremo, como símbolo de las religiones, católica, ortodoxa, cristiana protestante, islámica, hebrea, cualquiera que sea, es una invención, no existe. Yo quiero convencer a quien me escuche; transmitir algo que le haga pensar, por eso no soy enemigo de los curas, ni de los rabinos, pastores, ulemas, y de cuantos representantes hay de tantas religiones. Yo, en verdad, soy partidario del conocimiento y enemigo de la ignorancia, de la sumisión.
--Ya entiendo –dijo Carla, tomando una actitud muy seria. Luego agregó--. Pero si eres ateo, es lógico que no creas en el más allá, como mi padre y el abuelo, y entonces, como se pregunta mi madre, que siempre discute con ellos, ¿qué sentido tiene la vida, si no hay una vida después de la muerte? ¿Qué sucede con el alma? Este verano he leído Los hermanos Karamázov, de Dostoievski. Este autor piensa, por lo que leí, que sin una religión, sin la creencia en el juicio final, en la inmortalidad del alma, no existiría el bien, el amor al prójimo, digamos una moral. Recuerdo que Iván Karamázov dice que no hay ninguna ley natural que obliga a las personas a amar a sus semejantes, a la humanidad. Dice que si el amor reina en la Tierra se debe a la creencia de la inmortalidad del alma. Si se destruye en el hombre la fe en su inmortalidad, no sólo desaparecería en él la capacidad para el amor, sino también la fuerza vital necesaria para seguir viviendo en este mundo. Dice este personaje de esa novela que el egoísmo, incluso cuando alcanza un grado de perversidad, entonces sería reconocido como la condición humana. Eso me impresionó.
-- Dostoievski fue un gran escritor, pero una persona muy atormentada –dijo Vitale--. Fue un ferviente cristiano ortodoxo, un crítico del socialismo de su tiempo, del siglo XIX. En otra obra suya, Crimen y Castigo, por ejemplo, se derrumba por sí sola esa afirmación de Iván Karamázov. En esta otra novela, siendo todos sus personajes religiosos, creyentes del más allá y de la inmortalidad del alma, Rodión Raskólnikov, un estudiante pobre, comete un asesinato brutal, mata a la usurera Aliona Ivánovna y a su hermana Lizavieta, en el fondo con el propósito de purificar la sociedad de una persona nefasta como era esa usurera. Entonces no podemos hablar de que la religión impone una moral determinada, el amor al prójimo, a la humanidad. La obra plantea ese dualismo que ha sido el tema de muchos autores, esa doctrina metafísica según la cual la materia y el espíritu, lo físico y lo psíquico, son dos substancias esencialmente independientes y distintas, y con ello se pretende hacer creer que el alma y el cuerpo existen separadas el uno del otro y así se da cabida al alma, como una entidad que existe por sí misma. Yo estoy convencido de que si la moral se basa en el miedo al castigo, entonces eso no es moral ni ética. Además, por lo que se refiere a la moral, al amor al prójimo y a la humanidad, y su existencia gracias a la religión, basta recordar a los papas Inocencio VIII, Alejandro VI, y muchos otros.
--Por otra parte –continuó diciendo Vitale--, en cuando a tu inquietud sobre el más allá, te diré que con el propósito de salvar esa supuesta alma, que las religiones dicen que poseemos, por darle vida en el más allá, por salvar lo menos, perdemos el todo, extraviamos el sentido de pertenencia a la humanidad. Nosotros somos parte de esa totalidad, aún como partes infinitesimales de esa totalidad, contenemos, cada uno de nosotros, las características del todo. Si evolucionamos, si progresamos, como células de ese organismo global al que pertenecemos, evoluciona y progresa esa totalidad, es decir la humanidad y la humanidad, a la que nos debemos, es de este mundo, no del más allá. El suponer que como individuos tenemos una vida después de la muerte es un consuelo falso, una falacia, y la mayor de las manifestaciones de individualismo, de egocentrismo. Pretendemos seguir siendo nosotros, en el más allá, como individuos, aunque deformados, como almas sin sexo ni sentimientos, o rodeados de 72 vírgenes, como creen los musulmanes, de las que se puede disfrutar a voluntad, como si fueran objetos sexuales. El sentido real, verdadero, de nuestra vida está en este mundo, Carla, y no después de la muerte, en un supuesto más allá. En fin, la idea de una vida en el más allá, o de la rencarnación, alimenta aquello que el pensamiento anhela, que deseamos vehementemente, y nada más.
--A pesar de que desde niña, desde que comencé a tener uso de razón, me inculcaron la idea de un paraíso, de un purgatorio y de un infierno, ahora, a mi edad, tengo mis dudas al respecto –dijo Carla--. No me convence que luego de una vida llena de emociones, sentimientos, pasiones, desafíos, algunos lleguen a un paraíso en el que permanecen en un estado vegetal, inerte, pasivo, en un estado en que es imposible amar, sufrir, ser feliz, decidir el camino a seguir, mientras otros, aunque hijos de un ser todopoderoso, bondadoso, sean condenados a un castigo atroz eterno, donde se sufre, donde no hay posibilidad de redimirse. Te confieso que considero eso una injusticia inaceptable.
--Ahora me explico –dijo Vitale, con una amplia sonrisa--, porque has querido conocerme. Al oírme decir lo que decía, frente a la iglesia, has querido saber el sentido de esas palabras. Eres inquieta y tienes dudas y las dudas son las puertas del conocimiento, de la superación. Ten en cuenta que las religiones tienen su origen precisamente para dar una respuesta a la muerte, pero la respuesta que dan es falsa, aunque para muchos es atractiva, es como un refugio, una ilusión, un consuelo falso. Pero para superar esas creencias que te han inculcado en la infancia, necesitas ser rebelde, desafiar, cuestionar tu estado de conocimiento, ser inconforme, indagar.
--Sí, eso es lo que me estimula y emociona. Veo a mi madre en un estado de conformismo, de estancamiento mental, al que nunca quisiera llegar. Y es imposible plantearle estas dudas. En lugar de llegar a un diálogo, viene la imposición de sus creencias y la intolerancia.
--Me gustaría saber cómo reaccionaste ante la muerte de tu amiga Maddalena –inquirió Vitale.
--Yo tenía trece años, Maddalena quince. Era para mí una hermana, como te dije. Era inteligente, inquieta, leía mucho y escribía poesía. Todo le interesaba. Maddalena estaba enamorada de Modesto, un muchacho de quince años muy tímido y muy hermoso. Yo era la confidente de Maddalena. Me contaba, con una expresión que nunca he olvidado, le brillaban los ojos de la emoción, se le iluminaba la cara por la felicidad, que le invadía una ternura profunda, que sentía un estremecimiento en todo el cuerpo, cuando veía a Modesto pasar frente a la puerta de su casa o cuando íbamos por un helado al bar y nos encontrábamos con él. Modesto era muy serio; al ver a Maddalena trataba de esconderse, se alejaba cabizbajo. Cuando nos vimos obligados, muchos del pueblo, a refugiarnos en el sótano de la casa de Maddalena, ella se sintió dichosa, tenía a Modesto bajo su propio techo, al alcance de su mirada, aunque Modesto, cuando ella lo miraba fijamente, enrojecía y bajaba la mirada. Entre tanta desgracia y sufrimiento de los ahí reunidos, Maddalena rebozaba de felicidad, de alegría que me trasmitía. Una noche me pidió que llevara a Modesto una hoja de papel en el que había escrito un poema. Lo leí y recuerdo que comenzaba así:
¿Dónde te ocultas… pero dónde?
En la oscuridad nos extraviamos,
Nos buscamos, nos percibimos.
Tu huella es una luciérnaga,
De latidos encendidos,
Voces de suave aleteo,
Son mis ansias, espíritus palpitantes.
Sólo por un suspiro separados,
Que encontrarte ruega.
--Cuando murió –continuó Carla--, sentí que una parte de mí se iba con ella. Quedé profundamente dolorida, tanto que me era imposible llorar. En esos días fue que me asaltaron las primeras dudas sobre la existencia de un Ser todopoderoso y de bondad infinita, sobre el sentido de otra vida después de la muerte. No podía imaginar a Maddalena, a sus quince años, en un estado etéreo, privada de sus inquietudes que la caracterizaban, sin enamoramiento, sin sus poesías y escritos por los que tantas personas en este pueblo la admiraban. Escuchaba a las plañideras y a unas monjas que imploraban a Dios para que la tuviera en su seno, que perdonara sus pecados. Todo ese espectáculo me enfurecía, lo rechazaba. Me sentí rebelde.
Vitale dejó que Carla se tranquilizara y luego la invitó a subir a la cima de Monte Olivo, para contemplar desde ahí la magnificencia del valle y, del otro lado, hacia Occidente, las majestuosas montañas de los Apeninos.
--Acompáñame --dijo Vitale--. Arriba te sentirás más relajada. Yo voy cada día a meditar, en presencia de ese maravilloso paisaje.
Al dejar el pórtico y rodear la cabaña, se toparon con un pequeño asno de grandes ojos tristes y pelaje color castaño, que comía alfalfa plácidamente.
--Vitale, que hermoso burrito tienes --dijo Carla.
--Ah, sí, es Solitario, mi compañero. Con él voy al pueblo, a casa de campesinos, traigo agua y víveres. Es una herencia de mi hermana Matilde. Solitario, unos ahorros que tuvo, gracias a la venta del taller de herrería de mi padre, y una pequeña casa en el pueblo, de la que percibo una renta modesta, ha sido la herencia de mi querida hermana y si no hubiese sido por ella no habría regresado a este pueblo donde hay tanta gente retrógrada e intolerante. Yo siento que no soy bienvenido, que aquí mi presencia causa enojo, ira. Pero yo estoy por encima de las pasiones mezquinas de esas personas.
***
A pesar de que en las elecciones municipales, que se llevaron a cabo poco después de concluir la guerra, ganó el candidato a alcalde del Partido Socialista, en ese pueblo de casi quince mil habitantes seguía arraigada la mentalidad fascista, nacionalista, racista, megalómana. Se añoraba la colonia en África, se suspiraba por el imperio que en sus delirios de grandeza prometió Mussolini. “El Duce no ha muerto”, decían los jóvenes del Opus Dei, entre ellos Ottavio, hijo del dueño del almacén de víveres, mientras se reagrupaban en el Movimento Sociale Italiano (MSI), un partido neofascista. Los prominentes del pueblo, como siempre, seguían siendo el cura, el dueño del almacén de víveres, el doctor, a su vez dueño de la farmacia, y un importante terrateniente, representante de la “Banca del Popolo”.
***
En la cima de Monte Olivo, con la vista de las montañas, que se elevaban majestuosas ante ellos, Vitale comentó que su hermana Matilde, antes de morir, le había hablado de la familia; por ella se enteró que Carla estudiaba en la Universidad Leonardo da Vinci, en Pescara, que era una joven hermosa y con muchos pretendientes.
--Bueno, estoy dedicada a los estudios. Estoy en tercer año en Filosofía y Letras. ¿Pretendientes? Sí, no faltan. El más insistente es Ottavio, aquí, en el pueblo. Está obsesionado conmigo, me corteja sin cesar. Pero tengo mis dudas. En primer lugar no estoy enamorada de él y en segundo lugar es hijo de un comerciante que fue un dirigente fascista. Giogio dice que es del Opus Dei y sus más cercanos amigos también, de lo que se jactan. Así es que sólo cultivo mi pasión por mi carrera. Algún día seré profesora o, lo que me atrae más, escritora.
Vitale observó detenidamente a Carla y le dijo:
--¿A pesar de lo que dices tienes dudas acerca de ese pretendiente? La belleza y la inocencia son cualidades efímeras y vulnerables, Carla, que atraen a gusanos y alacranes ponzoñosos.
Después de un breve silencio, Carla dijo que debía regresar a casa, pero que deseaba volver a ver a Vitale. Se despidieron y mientras Carla tomaba el sendero de regreso al pueblo, Vitale le dijo:
--Carla, quiero que sepas que ese domingo tenía escrito en el pecho lo que viste. Nunca dudes de lo que ves, pero siempre hay que comprobar si es real.
-4-
Carla volvió a Monte Olivo el 4 de agosto. Tenía una gran curiosidad por saber pormenores de la vida de Vitale. De nuevo sentados en el pórtico de la cabaña, éste le comentó que había vivido, como misionero, en el Congo, en Manchuria y en Japón, durante los años más álgidos de la guerra, los más atroces y dolorosos, para ese país.
Cinco años después de ingresar en el seminario, en 1915, el padre de Vitale murió en la Gran Guerra. Si bien no era religioso, no se opuso a la decisión de su hijo de ser un misionero. Lo apoyó incondicionalmente, sólo le pidió que siempre tuviera una mente abierta y que recordara que quien se empecina en ser dueño de la verdad cae en el sectarismo y en la intolerancia. “Si te encasillas en una idea, si crees que la verdad te pertenece, te estás negando tu universo”, le decía. “La razón, y no la creencia en los dogmas, se encuentra en la cima de todas las facultades del ser humano”, le repetía una y otra vez.
El padre de Vitale se llamaba Saverio, era el herrero del pueblo. Era un hombre bonachón, barba cerrada, mirada amigable, manos grandes y callosas. Vestía siempre una camiseta de lana de oveja, de mangas largas, tosca, que le tejía su mujer. Amplios pantalones, sostenidos por viejos tirantes, y zapatos con suelas gruesas, remachadas con clavos de cabeza ancha.
De niño, Vitale solía acompañar, después de la escuela, a su padre en el taller de herrería, y le fascinaba ver como de un pedazo de metal candente, que el padre extraía de entre las brasas de la fragua, con martillo y tenazas, lo convertía, sobre el yunque, en una perfecta herradura. Para Vitale su padre era un artista a quien admiraba mucho por sus habilidades, pero también por sus palabras y consejos.
Mientras Saverio martillaba, narraba a Vitale, y a veces a Matilde, quien se les unía, viajes fantásticos y aventuras intrépidas. Los niños lo escuchaban atentamente, y transportados por la imaginación, recorrían espacios siderales, tierras desconocidas, profundidades marinas, y miraban a Saverio, con ojos de plato, cuando éste levantaba martillo y tenazas por encima de su cabeza para darle énfasis a alguna situación de peligro, a algún pasaje escabroso de sus narraciones.
En una ocasión, Matilde preguntó a Vitale: “Pero ¿cómo hace papá en conocer la Patagonia, Nueva Zelanda, Australia, los mares del sur, si nunca ha salido de este pueblo?”. Vitale le respondió, levantando los hombros: “Pues, no sé. Parece que conoció esos parajes junto con Roberto y María Grant, en el yate Duncan”
A los niños les encantaba, y se morían de risa, cuando el padre les hablaba de la extraordinaria inteligencia de los castores, de la evolución del hombre, o hacía gestos, imitando a un gorila, golpeándose el pecho, diciendo: “Soy Saverio, soy Saverio…”; o cuando, gritando como salvaje, tapándose y destapándose la boca, saltando en un solo pie, bailando alrededor del yunque, entre un aullido y otro decía: “ Soy Kawana, vivo feliz en la selva sin Dios, vivo feliz en la selva sin Dios…”.
Saverio fue autodidacta. Desde niño fue ayudante de su padre en la herrería, y aprendió el oficio mientras operaba el fuelle para darle aire a la fragua. El deseo vehemente de aprender lo llevaba a repasar, por las noches, los cuadernos de su hermana, los que ésta traía de la escuela. Una vez que dominó los fundamentos y la ciencia del abecedario y de las palabras puestas unas junto a otras, el resto fue el resultado de su tenaz y constante esfuerzo, hasta convertirse en un apasionado lector.
Sin embargo, Saverio nunca se imaginó el mundo que descubriría con la lectura. En un inicio sólo pretendía descifrar los carteles pegados en los muros de las calles del pueblo, los títulos llamativos de una que otra revista que caía en sus manos, cuando acompañaba a su padre a la barbaría. Pero cuando su hermana comenzó a llevar a casa los libros que le prestaba una amiga, Saverio, paso a paso, libro a libro, entró en otra dimensión.
Leyó con avidez las obras de Julio Verne. Sus preferidas fueron Los hijos del capitán Grant, Veinte mil leguas de viaje submarino y De la Tierra a la luna. Pero cuando descubrió a Emilio Salgari, su alma no tuvo paz. Quería viajar a Turín para conocerlo personalmente. Quería escuchar de sus propios labios cómo había conocido a Sandokán, al corsario negro, qué había sido de ellos y de Cabiria.
El barbero le dijo un día, siendo un adolescente, que todo eso que leía era irreal, era pura ficción. Saverio no podía dar crédito a lo que oía. En otra ocasión, les confesó a sus hijos, que siendo un poco mayor, en la cantina, le dijeron que madurara, que esas lecturas eran para niños. “Por eso, desde entonces a mis amigos no me he atrevido a contarles lo que leo, además porque hay lecturas que son peligrosas. Sólo a ustedes se las narro”, les aseguró.
En una ocasión, durante el periodo de campaña electoral, llegó al pueblo un orador de un partido, de espesa barba y cabellera larga hasta los hombros, a quien le decían “el Anarquista”. Saverio fue requerido para reparar una ballesta de la suspensión del coche en el que viajaba este personaje. Como éste no tenía dinero con que pagar el servicio, le regaló un libro, El origen de las especies, de Charles Darwin. Al entregarle el libro, “el Anarquista” le dijo: “Este inglés ha demostrado que en esta vida sobrevive quien tiene capacidad para adaptarse a los cambios de la naturaleza y que el ser humano no fue creado por Dios. Venimos del mar, somos parientes de los primates, y somos producto de la evolución. Este es un asunto peligroso, camarada Saverio, tenga cuidado con quien lo comenta. Este libro es un tesoro”.
Por eso, entre sus aventuras fantásticas que narraba a sus hijos, de vez en cuando intercalaba pasajes de ese libro, expresados a su modo, y solía concluir, diciendo: “Bueno, esto es harina de otro costal”.
Un año después de morir el padre en la guerra, falleció su madre.
--Durante algún tiempo, mi madre, siempre vestida de negro, con el tejido se consoló de la tristeza y la soledad, hasta que la vencieron. Ella creía que mi padre nos envenenaba el alma con sus narraciones y representaciones –comentó Vitale.
Matilde, su hermana, que nunca llegó a contraer matrimonio, fue desde entonces su única familia. Ella viajaba cada mes del pueblo a Pescara para visitar al hermano y llevarle cerezas, higos, duraznos, según la temporada, pasta hecha en casa, queso de cabra y otras viandas.
***
Vitale confesó a Carla que durante muchos años su vida en el seminario fue monótona, pero intelectualmente activa. Su deseo de ser enviado a algún país, para cumplir con su vocación de misionero, por un motivo u otro se aplazaba. Dedicó el tiempo a la lectura de diversos autores y filósofos, como “Diálogos de Hylas y Filón”, del obispo inglés Berkeley, uno de los más importantes exponentes del idealismo, y a estudiar los escritos de Santo Tomás de Aquino, que llegó a conocer a fondo, y por ello despertó la admiración de sus superiores. Le permitieron viajar a Roccasecca, cerca de Nápoles, donde nació el pensador cristiano, y también a Fossanuova, donde murió en 1274, a la edad de 49 años. Envuelve la leyenda la muerte de Tomás de Aquino. Se dice que fue envenenado, mientras estaba en viaje para asistir al Concilio de Lyon, por orden de Carlos de Anjou, rey de Nápoles. ¿Los motivos? Quizá envidias o ciertas intrigas palaciegas, en las que los religiosos eran activos participantes, disputándose los favores de reyes y cortesanas y de cotos de poder.
Vitale comentó que gracias a su inquietud intelectual, se las arregló para visitar una biblioteca pública y leer algunos autores no permitidos en el seminario, como Voltaire, Nietzsche, Rousseau, Diderot. Estas lecturas, en particular, fueron determinantes en las decisiones que tomó en su vida.
-5-
--Al cumplir treinta años –dijo Vitale--, la Orden de los Benedictinos me envió al Congo. Estuve siete años en una aldea, Kangeme, a orillas del río Kwango, a cincuenta kilómetros de Leopoldville, en una congregación francesa. El Congo había sido un feudo personal del rey Leopoldo II de Bélgica. Bajo su dominio absoluto murieron cerca de seis millones de congoleños, debido a que vivían en las condiciones más infrahumanas que te puedes imaginar, siendo objetos de explotación extrema y de represión. En 1908, Leopoldo II cedió al gobierno Belga su feudo, pero antes y después de ello, la explotación de los recursos naturales y de la población no tuvo límites. A los nativos se les trataba como animales y el personal belga afirmaba que esas personas no tenían alma y vivía en esas condiciones porque espiaba sus pecados. Y nosotros teníamos la misión de convertir a esa pobre gente al cristianismo para mantenerlos sumisos, que pusieran la otra mejilla cuando fueran golpeados en una, o convencerlos de que “el fin último del ser humano, la beatitud perfecta, se alcanza sólo en la vida futura, en el más allá”, como decía Santo Tomás de Aquino; que tenían que resignarse a las condiciones actuales de vida.
--Decía Santo Tomás –continuaba hablando Vitale--, que “la Gracia Divina no anula la Naturaleza, sino que la perfecciona”. Yo me he preguntado: ¿esas máximas son producto de la ignorancia que se tiene de la vida real o bien son formuladas para engañar, pretenden confundir las conciencias de los individuos con el fin de servir a intereses superiores, de los explotadores? Comencé a cuestionarme muchas cosas, Carla, pero entonces era más fuerte mi fe, mi creencia, y seguí siendo misionero.
***
Vitale y sus correligionarios se levantaban antes del alba, tras una noche en que era imposible dormir por el calor sofocante. Al levantarse oraban en la pequeña capilla que ellos mismos habían construido, paredes de caña y barro mezclado con paja, y techo de ramas de palmeras. Después de dar gracias a Dios y humildemente pedir perdón por los pecados cometidos de vanidad y soberbia, y de renovar los votos de humildad, se dirigían al dispensario, adyacente a la capilla, construido con los mismos materiales que ésta, y atendían a los pacientes que yacían en esteras.
El ambiente era deprimente: mujeres enfermas, niños con abultados vientres que desde temprano estaban pegados a los fláccidos senos de las madres, y hombres flagelados o mutilados con las manos cercenadas a la altura de las muñecas que no podían acudir a las plantaciones de caucho o a las minas.
Los misioneros comenzaban sus actividades revisando los cuerpos sudorosos y llevándose a los muertos. Luego seguían con trabajos de limpieza y desinfección de personas y esteras con bálsamo de benjuí que ellos mismos preparaban con cortezas del árbol de Malaca, para eliminar el olor a muerto y la peste que emanaba de los vivos.
Las moscas revoloteaban como enjambres de abejas, se posaban en las heces, que se acumulaban en la letrina al aire libre, sólo tapadas con hojas de palmera, que había en las afueras del dispensario, en las comisuras de los labios y de los párpados, en las cabezas y en las heridas de las decenas y decenas de pacientes que ahí yacían hacinados. La letrina se cubría cada dos semanas y se abría otra, un surco de diez metros de largo y dos palmos de profundidad.
Durante la noche el calor era sofocante, pero a las diez, cuando los misioneros llevaban un refrigerio a los pacientes, comenzaba a ser insoportable, agobiante.
A partir de las doce, los misioneros recorrían las aldeas cercanas y llevaban a cabo su labor de catequizar a mujeres, ancianos y niños, pues los hombres trabajaban recolectando caucho o en las minas, extrayendo metales preciosos y diamantes. Los hacendados y los capataces, negreros desalmados, trataban a los trabajadores a punta de látigo. Cuando se presentaba un acto de indisciplina o un intento de huida, se castigaba al culpable cortándole la mano derecha y se le enviaba a los misioneros para que, en caso de llegar con vida, recibiera la atención necesaria.
Los misioneros reunían a los aldeanos debajo de majestuosos y longevos baobabs y los instruían en los principios de la fe, de la caridad, del perdón, de la esperanza de una vida plena en el más allá, en la sumisión y en adorar a la Santísima Trinidad y les describían las atrocidades que sufrían las almas de aquellos que, al morir en pecado mortal, caían en las profundidades del infierno. Les hablaban en francés, siempre con la duda de si esos mensajes eran entendidos.
***
Una tarde, mientras regresaban al campamento, una muchacha alcanzó a Vitale y a fray Nicola y les suplicó que regresaran a la aldea que acaban de dejar porque su madre tenía fuertes dolores de parto y la matrona no se encontraba. Los misioneros, siempre dispuestos a cumplir con asistir a quien los necesitara, acudieron presurosos.
En una choza, una hermosa mujer, recostada en una estera, que sujetaba una pañoleta entre sus dientes, con ojos desorbitados, miró a los recién llegados, implorando ayuda. La joven que los interceptó en el camino, se apuró en extraer, del caldero sobre una llama, unos paños que se encontraban en agua hirviendo.
--Nicola, ayuda a esa mujer, arrodíllate frente a ella y mira si se ha roto la fuente –exhortó Vitale a su compañero.
--Pero –repuso tímidamente Nicola--, necesito que alguien le rasure el pubis.
--No, hermano Nicola, es un parto. Creo que no hay nada que rasurar.
--No me atrevo –agregó Nicola, con voz temblorosa--. Nunca he asistido a un parto y menos he visto en mi vida las intimidades de una mujer.
Después de la indecisión y la confusión, Vitale tomó el control de la situación y ordenó a Nicola que preparara una palangana con agua tibia y tuviera listos los paños limpios.
Vitale se arrodilló frente a la parturienta que ya mantenía las piernas separadas, pujaba con fuerza, y bufaba como locomotora. Poco después, Vitale vio que, de las entrañas de ella, aparecía una cabeza, la tomó con delicadeza, luego introdujo los dedos en la vagina y ayudó a que saliera la criatura. Con un cordel amarró en dos partes el cordón umbilical y lo cortó en el centro. Tomó al recién nacido de los pies y le dio dos palmadas en los glúteos, suficiente para que éste emitiera unos alaridos ensordecedores.
Nicola contemplaba las maniobras de Vitale petrificado, mientras la muchacha se encargaba de recibir al niño con los paños en las manos, lavarlo y atenderlo.
--No sabía que tenías habilidades de comadrón –dijo Nicola al emprender el camino de regreso al campamento.
--Es la primera vez que asisto un parto y ha sido una emoción indescriptible –dijo Vitale--. Recibir a ese niño de las entrañas de su madre, ayudarlo a que su organismo iniciara ese proceso inefable de la vida, me ha conmovido. Te aseguro, Nicola, que esta experiencia ha sido más satisfactoria de los sermones que hasta hoy he dado a estos pobres aldeanos.
Además de catequizar, los misioneros buscaban entre los aldeanos a quienes presentaran algún síntoma de la enfermedad del sueño, muy extendida en esas regiones, que era producida por un parásito inoculado por la mosca tse-tsé. En caso de percibir que alguna persona no lograra concentrarse, que pasara de la tristeza, estado habitual, a la angustia o al enojo, que tuviera somnolencia, la llevaban al dispensario.
--Ese era el Congo --explicaba Vitale a Carla--, en manos de los colonizadores, y los misioneros teníamos la tarea de paliar sus sufrimientos y de convertir a sus habitantes a una religión que los mantendría más resignados de lo que estaban. Desde joven sabía que existían colonias, tenía una idea vaga de ellas, pero en el Congo me di cuenta que los países europeos despedazaron y se repartieron África, y como bestias feroces y hambrientas, fueron tras una presa indefensa y apetitosa--.
-6-
A los treinta y siete años Vitale fue trasferido, junto con otros tres misioneros italianos, a Manchuria, en el norte de China, región que bajo el dominio japonés se llamaba Manchukuo. Se sintió aliviado de dejar África, pero profundamente afligido y frustrado porque su primera misión no sólo estaba lejos de haber concluido, sino que le había dejado un sabor amargo, le había socavado su fe, aunque todavía no se atrevía a aceptar este descalabro espiritual. En el Congo siempre le invadió una profunda vergüenza de ser lo que era, blanco europeo, frente a la violencia, la injusticia, la explotación, que ejercían personas semejantes a él; decepcionado porque sus esfuerzos como misionero y sus oraciones caían al vacío. Vitale se decía que si debía imaginarse ese supuesto infierno del que hablaba en sus sermones, bastaba con vivir en el Congo para tener una visión precisa de él.
--Pero estaba equivocado –dijo Vitale--. ¡El infierno aún estaba por venir!
***
En Manchukuo, Vitale llegó a la pequeña ciudad de Hunchun, distrito de Harbin, cerca de la frontera con Siberia. Esa era una de las regiones en las que la población milenaria, de origen chino, era brutalmente sometida por parte de Japón, país que ocupaba ese territorio de China desde 1931.
Las instrucciones recibidas eran que los misioneros recuperaran la capilla y la pequeña casa adyacente, donde se encontraban los dormitorios, abandonadas luego de que, nueve años antes, los misioneros y los sacerdotes italianos fueran expulsados de China. Debían, a la brevedad, reiniciar las actividades de catequización, ahora con el beneplácito del gobierno japonés, ahora aliado del gobierno italiano.
La pequeña capilla se encontraba en condiciones deplorables, medio destruida. Con un frío que penetraba hasta los huesos, los tres misioneros, y un sacerdote que se les unió poco después, el padre Mario, del grupo que había sido expulsado, el único que hablaba chino, buscaban piedras en las laderas de una colina para reparar las paredes de la capilla. Las transportaban en canastos colgados de los extremos de un grueso bambú, como un yugo, que llevaban cruzado en sus hombros, con gran sacrificio.
El viento del norte, que procedía de Siberia, les congelaba y ajaba la piel de la cara. Las manos, cubiertas con pedazos de tela, a modo de guantes, apenas respondían al preparar la argamasa, la que se endurecía al congelarse el agua. Afortunadamente, de un monasterio budista cercano recibieron ayuda de dos monjes chinos, que conocían al padre Mario, y fue un enorme alivio la ayuda que les ofrecieron. Ambos hablaban italiano, aprendido con los misioneros anteriores, con quienes habían tenido contacto años atrás. Gracias a ellos, comentaba Vitale, él y dos más de los misioneros, lograron sobrevivir a las calamidades y a la inclemencia del clima.
Los monjes les llevaban algún platillo de comida, por lo general sopa manchow, picante, poco consistente, con pocos fideos y cebollas, a cambio de dos o tres buenas porciones de polenta que preparaba el padre Mario, su especialidad, y les enseñaban a curar la piel ajada de la cara o los dolorosos sabañones, con manteca de yak, que además les servía, introduciendo un pabilo en ella, para iluminarse en las gélidas noches.
Vitale, envuelto en una manta, a la tenue luz de la vela, fue entonces cuando comenzó a leer aquel libro que el orador anarquista en una ocasión regaló a su padre y él conservaba como un tesoro.
Uno de los monjes chinos, con quien Vitale entabló amistad, le develó los fundamentos del budismo, que Vitale retuvo con enorme interés y que le permitieron someter a una revisión, y a una profunda crítica, su propia religión.
Además, este monje le comentó que en la vecina ciudad de Pingfang, a unos cuantos kilómetros de distancia, se había establecido el “Batallón 731”, una nefasta unidad especializada del ejército japonés, al mando del general Yasuji Okamura, y allí, el doctor Shiro Ishii, sometía a la población local a experimentos con el propósito de perfeccionar armas para una guerra biológica y química contra China. Se diseccionaban cuerpos, se inducían enfermedades como la peste bubónica, cólera y carbunco, y se cometían otras atrocidades. La consigna de ese Batallón era “matar todo, quemar todo, saquear todo”. Japón se preparaba para una guerra de exterminio y de “purificación”, para repoblar la región con su gente.
Vitale se sentía acongojado por esas revelaciones, profundamente dolorido por esa brutalidad. Se decía que el peor mal que puede hacer el ser humano es causar sufrimiento a sus semejantes. Las actividades paliativas de los misioneros poco o nada podían aliviar el dolor de esa gente pisoteada por la bota militar.
Vitale admiraba como ese pueblo milenario soportaba, estoicamente, la represión y se aferraban a sus tradiciones y creencias. Los chinos, a quienes los misioneros se acercaban para catequizar, eran muy reacios a creer en ciertos principios básicos que se les planteaban. El evangelio se veía incoherente, sin fuerza de convencimiento, frente a las tradiciones chinas, frente a los postulados de Confucio y Lao-Tse, relacionados con el culto a la naturaleza y a los antepasados. No aceptaban la Santísima Trinidad, no podían comprender el desdoblamiento en tres entes de un Ser supremo; menos todavía la concepción de María por obra del Espíritu Santo y el alumbramiento de su hijo siendo virgen; les llamaba la atención, en cambio, el momento en que, en la misa, suena la campanilla y el sacerdote pronuncia las palabras por medio de las cuales el cuerpo y la sangre de Cristo se transubstancian en la hostia y en el vino. Rechazaban la autoridad del Papa y del Vaticano y que hubiera intermediarios, en las personas del Papa, cardenales, obispos y sacerdotes, entre la divinidad y los hombres.
Sus creencias, basadas en las enseñanzas de Buda, de Confucio y Lao-Tse, no sólo estaban muy arraigadas, sino que las consideraban más cercanas a su propia forma de ver la vida, e su idiosincrasia, a su moral, que los preceptos, los dogmas, las revelaciones, la doctrina, que los misioneros cristianos predicaban con el propósito de convertirlos. No aceptaban esa dualidad del bien y el mal, entremezclados íntimamente en el individuo desde el pecado original, pues según la tradición confuciana el ser humano está naturalmente inclinado hacia la rectitud y la bondad, son virtudes innatas. Para Confucio lo que distingue al hombre del animal es su sentido de la moralidad, que supera el deseo individual.
La experiencia que vivía Vitale lo atormentaba y cada vez más se convencía de que la religión lo encasillaba, lo hacía vivir en el engaño, le impedía apreciar objetivamente la realidad. Además, coincidiendo con sus amigos budistas y con los chinos, consideraba que en verdad era una inaceptable pretensión que sus correligionarios sacerdotes, obispos, cardenales se consideraran --no él, pobre misionero, obrero de la evangelización--, los intermediarios entre Dios, el Supremo, y los humanos. Le parecía el colmo de la vanidad y de la megalomanía.
A lo largo de ocho años de permanencia en Manchukuo, el apego a sus creencias se fue debilitando. Gracias a que tenía siempre vivas, en su memoria, las palabras de su padre y, sobre todo, a la revelación del budismo, que tuvo tras largas conversaciones con el monje budista, fue capaz de adentrarse en el conocimiento de la esencia de las religiones, de todas ellas, y por consiguiente en la finalidad y propósito que cumplen.
Pero fue la lectura del libro de Darwin, durante las largas y frías noches, que sacudió su mente y resquebrajó su creencia en el origen del hombre y en la creación de todas las cosas por la gracia divina de un Ser superior.
En una ocasión le comentó al padre Mario, hombre mayor, todas estas dudas y, más aún, que como consecuencia de ello también ponía en entre dicho la existencia de Dios. Padre Mario le dijo, con fe disminuida y resignado: “Deja eso a los filósofos, hijo, no está al alcance de nuestro entendimiento dudar de la existencia del Ser supremo. Fe y obediencia son tu obligación y tu camino”. Pero esa respuesta no le satisfacía, sentía que la religión limitaba su libertad de pensamiento, su facultada de razonamiento, convirtiéndolo en un robot.
-7-
En febrero de 1945, Vitale, dos misioneros, menos el padre Mario y otro misionero, quienes murieron de neumonía dos años antes, y unos monjes budistas japoneses que se encontraban en Pingfang, fueron evacuados de Manchukuo, debido a los reveses que sufría Japón en la guerra, tanto en el Pacífico como en esa región de China. Se esperaba que de un momento a otro la Unión Soviética invadiera Manchuria. Los misioneros encontraron refugio en Japón, en la ciudad de Sasebo, que asoma a una hermosa y apacible bahía. Una vez más, Vitale se sentía decepcionado por su truncada labor, aunque lo asediaban las dudas sobre su actividad misionera y el sentido de la religión que profesaba.
Asignaron a Vitale y a los misioneros italianos una hanareya, especie de extensión de la casa de los monjes de un santuario sintoísta en las afueras de la ciudad. Al comenzar la primavera de 1945, Vitale sentía una inmensa felicidad por la armonía de la naturaleza que lo rodeaba. Vivía el momento más feliz de su vida. En ese lugar se manifestaba la magia, la belleza de Oriente, la delicadeza de la vegetación, de la naturaleza, aunque perduraba en él el amargo recuerdo de la brutalidad del ser humano, del que había sido testigo durante los años recientes.
Contemplaba al viejo monje Mizoguchi en su estado de éxtasis, de contemplación, a veces leyendo el libro sagrado Kayiki, a veces transcribiendo pasajes, con pincel y pintura kakemono, en telas preparadas enrollables; lo veía caminar como deslizándose, casi levitando, con una mirada apacible, de tiempo inmemorial. Ese monje era él mismo y a la vez todos los monjes; en su ser individual reunía el todo de su creencia, de su mundo.
Y ahí, cuando todavía no asimilaba la magia de Oriente, llegó la noticia por la radio, en voz del mismo Emperador, a quien los japoneses nunca habían oído: “Una nueva y crudelísima bomba ha estallado sobre Hiroshima”, anunció lacónicamente.
En los días siguientes, en Sasebo y en los alrededores, en pleno verano, reinaba un silencio sepulcral, envolvente; la luz deslumbrante del sol parecía hendir las piedras; todo cambió, de la placidez y armonía en temor y angustia. Flotaba en el aire un presentimiento de muerte. Y el día 9 de agosto, en la vecina ciudad de Nagasaki, al otro lado de la apacible bahía, estalló otra “crudelísima bomba”.
Desde Sasebo, Vitale vio una columna de humo que se elevaba sobre la ciudad y que remataba, en su parte superior, en una espléndida, hermosa, forma de hongo. Belleza y muerte se conjugaban.
Al día siguiente, en una lancha, Vitale, sus colegas italianos, los monjes Mizoguchi y Koyama, cruzaron la bahía y se encontraron con Nagasaki arrasada, destruida, con olor a carne quemada, con centenares y centenares de muertos, huesos, cráneos y cuerpos calcinados, esparcidos entre los escombros, postes de luz arrancados de raíz, fierros retorcidos. Una llovizna de agua sucia caía dando un toque tétrico a ese paisaje de muerte.
Frente a ese espectáculo, Vitale pensó que ésa era, y no otra, en verdad, la imagen del supuesto infierno que el hombre podía recrear, a la perfección, en la Tierra.
Vitale pensó en la vida y en la muerte y se dijo que ésta no es otra cosa que la transición de aquella a la Historia, al recuerdo o a la nada. La vida no es sólo ella misma, sino también su contrario, en sí misma contiene la muerte. Matar y morir es fácil, pensaba, lo difícil es vivir conforme a nuestra propia naturaleza, como seres conscientes de nuestra pertenencia a la Humanidad.
Vitale colaboró durante meses en atender a los lesionados en un hospital de la Cruz Roja, cuyo edificio milagrosamente conservaba parte de su estructura. Dormía en un pasillo, en un tatami, una estera. No hablaba muy bien japonés, pero entre esos desdichados, las palabras sobraban, el sufrimiento era compartido. La atención a los pacientes se daba en el más profundo silencio, sobre todo cuando se asistía a la agonía de centenares de moribundos. Ese hospital y la ciudad entera eran un gembaku, un lugar de sufrimiento.
Una mujer, a quien atendía un médico herido, con un brazo en cabestrillo, decía que había perdido a tres hijos en la guerra y ella, con quemaduras de tercer grado, estaba orgullosa porque el sacrificio había sido por el Emperador y por la patria. Obcecada por un patriotismo que le fue inculcado desde niña, nunca imaginó que el sacrificio había sido en beneficio de un Estado totalitario, de un Emperador todopoderoso, y de grupos empresariales.
En los días siguientes, esa parte del hospital, que había resistido al pika, a la explosión, comenzó a llenarse de heridos que eran traídos en volandas, en carretillas o en camillas improvisadas. Se les colocaban en donde hubiera un lugar libre, en los corredores, en el jardín, menos en el patio trasero, cubierto en parte por escombros de la mitad del edificio que se derrumbó. La parte libre se decidió que fuera destinada a la cremación de los cadáveres en putrefacción, que eran fuente de infección.
Los heridos que ingresaban días después de la explosión eran sobre todo debido a quemaduras en la cara y en el cuerpo. Al encontrarse a cierta distancia del pika, sus ropas eran presa de las llamas produciendo quemaduras graves. La muerte a consecuencia de las quemaduras era espantosa: lenta y dolorosa.
Los instrumentos quirúrgicos y el material de curación eran muy escasos, lo que se había podido rescatar de entre los escombros.
Debido a que los baños y los servicios higiénicos habían quedado inutilizados, en las afueras del hospital se construyeron varios retretes y los misioneros y monjes allá llevaban a los pacientes para que evacuaran. Ahí fue que notaron que muchos de ellos arrojaban haces sanguinolentas. La radiación de la bomba comenzaba a tener efectos en las partes interiores de los cuerpos y las defunciones de las semanas posteriores aumentaron por este motivo, en forma considerable, si bien las heridas externas aparentemente mejoraban.
***
--Los monjes –dijo Vitale--, preparaban rollos de arroz cocido rellenos de ciruelas ácidas, hinomura bento, y nos los ofrecían con una reverencia, con una sonrisa y una mirada de humildad, como disculpándose por esa calamidad que compartíamos. Le agradecíamos la atención haciendo nosotros también una reverencia de cintura y diciendo oishii, delicioso. Pero no todos sentían esa misma humildad. Muchos de los pacientes olvidaron su dolor y tuvieron expresiones de júbilo cuando corrió el rumor de que Japón había utilizado un arma similar a la que destruyó Nagasaki, para destruir varias ciudades de Estados Unidos. Decían: “Finalmente Japón está tomando represalias”. Y expresaron su rechazo cuando días después el Emperador anunció la rendición incondicional. Deseaban seguir luchando hasta morir con honor, pero al fin la aceptaron, la decisión del Emperador era incuestionable.
--Carla –dijo Vitale, pensativo--, ante la brutalidad de la guerra me puse a pensar que el ser humano, como individuo, es por naturaleza bueno, respetuoso de su especie. Me convencí, entonces, de que si se cometen tales atrocidades, como aquellas de las que fui testigo en el Congo, en Manchuria, en Nagasaki, persiguiendo el aniquilamiento de nuestros semejantes, no es debido a un instinto o sentimiento asesino del hombre, sino que esas atrocidades son propiciadas por las grandes corporaciones empresariales que buscan dominar territorios y naciones, respaldadas por los Estados que ellas mismas sostienen, o de políticos exaltados, dictadores, que logran hacerse del poder absoluto en un país determinado. Llegué a convencerme de que unas y otros, corporaciones empresariales y Estados, actúan solapados por las religiones, por esas instituciones religiosas que comparten los intereses con ellos. Así fueron los conflictos de la Edad Media, de las Cruzadas, y de las guerras de este siglo. Se enarbola el nacionalismo, se alienta el odio, se envenenan las conciencias de los pueblos y se les prepara para que se enfrenten en acciones bélicas, las más deleznables del ser humano.
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--El Congo, Manchuria y Nagasaki --continuó narrando Vitale--, me enseñaron mucho más que las enseñanzas del seminario, que las lecturas de teología y de los escritos de Tomás de Aquino. Me convirtieron en un ser humano, terrenal y universal. En esos días recapacité y fue cuando me convencí de que ingresé al seminario, a los once o doce años, no tanto por vocación, a esa edad se carece de ella, sino presionado por mi madre, para expiar el pecado paterno, para compensar, con mi entrega a Dios, las ideas que mi padre me transmitía y que mi madre, debido a esa doctrina cristiana que le habían inculcado desde niña, consideraba sacrílegas. Pensaba que consagrándome a la religión, redimiría a mi padre.
***
En esos meses aciagos que Vitale transcurrió en Japón, tomó la decisión de renunciar a sus creencias religiosas, a sus actividades de misionero. Tenía pesadillas recurrentes, se veía que caminaba por los pasillos del hospital y el piso eran cráneos y cabezas, con ojos desorbitados, pero era como arena movediza, no podía avanzar, se sumergía lentamente, llegaba a tener esos cráneos y cabezas a la altura de su cara, yacía ahí, aplastado por esos restos humanos, implorando ayuda.
Vitale regresó a Pescara a fines de 1948, meses antes de la muerte de su hermana a quien visitó y consoló en su agonía. A su regreso, en Pescara, dijo Vitale a Carla, fue entrevistarse con fray Anselmo, gran predicador de la Orden de los Benedictinos y rector del seminario, a quien le expuso su decisión de renunciar. El fraile, muy sorprendido, le pidió que le expusiera los motivos de su renuncia después de casi cuarenta años de servicio.
Vitale hizo una detallada exposición de lo que había vivido en los países en los que fue misionero, había percibido una ausencia de Dios o, si estaba presente, no podía entender que permitiera la explotación inhumana de los nativos en el Congo, las actividades criminales del Dr. Shiro Ishii en Pingfang contra la población china, y las atrocidades causadas por la guerra, el sufrimiento de decenas de miles de civiles, ancianos, mujeres, niños, a casusa de una mortífera y maléfica bomba.
--Los caminos del señor son inescrutables, hermano Vitale –dijo fray Anselmo--. El sufrimiento de muchos, para Dios, es similar al de uno solo de sus hijos, pero es más impactante. En las peores catástrofes está presente Dios, aunque Él no sea el causante de ellas, y no hay redención sin sufrimiento y, tras grandes sufrimientos, hay mayor acercamiento a Dios. Comprendo tu pesar y descubro una noble sensibilidad de tu alma. Lo que has vivido pone a prueba tu fe y sin duda saldrá fortalecida. Tienes una crisis emocional que superarás con la oración, hijo, con un retiro espiritual –concluyó fray Anselmo, mostrando una sonrisa benévola.
--Sin embargo –dijo Vitale, mirando fijamente a su interlocutor y mesándose el hirsuto cabello--, hay algo más, reverendo. Quiero ser sincero con usted. He hecho lecturas que han producido una severa crisis en mí, han hecho que dude de los fundamentos mismos de nuestra religión…
--¿Qué lecturas, hijo?—, lo interrumpió fray Anselmo.
--Pues sobre todo El origen de las especies, de Darwin…
--¡Ah, ese libro!—exclamó fray Anselmo, con una sonrisa a flor de labios--. Hijo, por favor, yo he leído a ese señor. Ese libro está lleno de fantasías, de suposiciones, de hipótesis, te digo que lo he leído y aquí estoy, con mi fe intacta. No tiene nada que pueda socavar la tuya…
--Usted lo leyó sin duda con prejuicio –lo interrumpió Vitale, con voz firme--. Lo leyó refutando de antemano su contenido. Yo lo he leído con un criterio diferente, con una mente abierta. He razonado, he comparado, y sus argumentos me han convencido más que mis creencias. Yo acepto, como dice el señor Darwin, que “no existe ninguna prueba de que el hombre primitivo haya estado dotado de la creencia en la existencia de un Dios omnipotente. Por el contrario, hay demostraciones convincentes suministradas por antropólogos que han vivido mucho tiempo con los salvajes, de que han existido, y existen aún, numerosas razas que no tienen ninguna idea de la Divinidad”.
--Pero hermano, nada de lo que me dice es nuevo para la Iglesia – dijo fray Anselmo adoptando un tono de autoridad, mirando distraídamente a su alrededor--. Mucho se ha discutido sobre ese asunto y esos salvajes de los que usted habla carecen de alma, de ese espíritu que los convierte en hijos de Dios. Precisamente esa es su tarea, como misionero…
--Reverendo, los chinos, los hindúes, no son salvajes, ni los nativos del Congo –rebatió Vitale--. Además, permítame que le diga que “no hay duda alguna de que el hombre es una ramificación del tronco de los simios catirrino, del Antiguo Mundo”, además los vertebrados, a saber los mamíferos, entre los que se encuentra el hombre, las aves, los reptiles, los anfibios y los peces descienden de un mismo prototipo ya que todos tienen entre sí gran número de caracteres comunes, todos derivan de algún animal pisciforme…
--¡Basta! –se impuso con voz estridente fray Anselmo --. Creo que usted ha caído en un pozo, está confundido por esas lecturas que le han sembrado dudas en el alma y le han perturbado la mente. Comienza a confundir el bien y el mal, lo terrenal con lo espiritual…
--Reverendo, no es esa la forma de razonar –dijo con voz tranquila Vitale--. Ese maniqueísmo de las religiones, aferrarse a ese pensamiento de esa secta religiosa del siglo III fundada por Manes, la existencia de dos principios eternos y absolutos, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el paraíso y el infierno, no conduce a nada y está lejos de un juicio objetivo. He visto, reverendo, he observado, he pensado, he razonado, y quiero decirle algo más, que me induce a renunciar y que, en verdad, no pensaba comentar con usted. Creo que existe una gran confabulación mundial, cuyos actores son las grandes corporaciones empresariales, los Estados y las religiones, cualquiera que éstas sean, con el propósito de mantener al pueblo sojuzgado y generando riqueza en beneficio de esos conspiradores. En la guerra he aprendido que no hay buenos y malos, nosotros y el enemigo, hay sólo poderosos contra poderosos disputándose áreas de influencia y de poder, territorios, naciones, y poderosos que, con la complicidad de los Estados y de las religiones, envían al pueblo, a los soldados, a sacrificar sus vidas en aras de los intereses de aquellos.
--Fray Anselmo –comentó Vitale a Carla--, de pronto extendió una mano con la palma abierta frente a mi cara para que me detuviera, me miró entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño, y luego soltó una sonora carcajada, mientras se sobaba el enorme vientre. Luego, con una risa sardónica, me dijo textualmente: “No me voy a sentir ofendido por la afrenta que acabo de escuchar. Hijo, ten en cuenta que yo, como representante de la Iglesia Católica, Apostólica Romana, no tengo nexos ni con las grandes empresas ni con Estado alguno. Somos siervos de Dios y no de poderes terrenales. Voy a tomar tus palabras como las de una persona extremadamente angustiada, extraviada, enferma, por las dolorosas experiencias vividas. Te doy un tiempo prudente para reponerte y luego vuelve para hablar conmigo, una vez recuperado el sano juicio”.
Mientras Vitale mencionaba que en Japón había podido comprobar que las grandes empresas armamentistas, las acereras, las vinculadas con las fuerzas armadas en cuanto a suministros, habían salido incólumes, se reponían a ojos vistas, y ya se aprestaban, luego de dos o tres años de concluido el conflicto, para establecer vínculos con las empresas del país vencedor o, cambiando de giro, para disputarse el mercado del propio país o de países vecinos, fray Anselmo se retiraba, dejaba a Vitale con la palabra en la boca, mirándolo de reojo, serio, y haciendo la señal de la cruz en el aire con tres dedos de la mano derecha. Vitale concluía diciendo, en voz alta, “reverendo, uno de los efectos perniciosos de la religión, cualquiera que ésta sea, es que enseña que estar satisfecho con la ignorancia es una virtud”.
***
Esas fueron las primeras conversaciones que Vitale y Carla tuvieron en ese verano de 1950. En otoño, Carla regresó a Pescara para continuar con sus estudios, quedando muy impactada por esas experiencias de Vitale en el Congo, Manchuria y en Japón.
-9-
Durante el verano del año siguiente, Carla de nuevo visitó a Vitale varias veces. Adjuntas a sus notas hay otras escritas de puño y letra por Vitale, unas y otras se entremezclan. En las notas de Vitale se hace una amplia exposición de sus ideas sobre la materia que luego sería el tema de la tesis profesional de Carla.
***
--Vitale, tu relato sobre lo que has vivido en el Congo, en Manchuria y en Japón me han impresionado mucho –dijo Carla cuando se volvieron a encontrar--. Durante estos meses, en la Universidad, he pensado mucho en ti, comprendo y comparto la conclusión a la que has llegado en cuanto a las religiones y también acerca de esa teoría de la conspiración mundial, es genial, y te confieso que no es fácil de creer. Fue en verdad una audacia de tu parte haberla comentado precisamente a fray Anselmo. Si hubiera sido yo, a él sería a la última persona a la que comentaría una idea mía como esa.
--Te aseguro, Carla, que luego de haber comentado esa idea, o esa teoría, a fray Anselmo –dijo Vitale--, quedé más convencido de la misma. Fray Anselmo, con su respuesta, me hizo ver que él no comprendió lo que quise decir. En primer lugar no quise decir que las religiones son un instrumento de las empresas o de los Estados para sojuzgar al pueblo, no, y tampoco se trata de que entre las grandes corporaciones empresariales, los Estados y los representantes de las religiones haya un pacto firmado, explícito. No. Las religiones forman parte de un sistema compuesto por ellas y sus pares, las corporaciones empresariales y los Estados. Esas entidades operan con un tácito acuerdo, defendiendo intereses comunes, aunque en ciertos periodos se enfrenten, estén en pugna, porque van remplazándose, pero están siempre allí, beneficiándose los unos y los otros, en perjuicio de la población que utilizan como instrumento.
--Creo que queda entendido –continuó Vitale--, hoy día ya no es un secreto, que hay una simbiosis entre las grandes corporaciones empresariales y los Estados. Pero no se acepta que las religiones juegan un papel primordial en mantener las conciencias de los individuos en una actitud servil, benévola, en favor de unos y de otros, y que son aliadas, en comunión de intereses, con ellos. No sé si te es familiar God save the Queen, In God we trust; existen hoy día, con todos los avances y modernización que hemos tenido, estados teocráticos, en los que el poder supremo está sometido a las religiones, como en muchos Estados islámicos y el judío. La humanidad vive la amenaza constante de conflictos sanguinarios, de odio entre naciones, debido a la existencia de esos Estados teocráticos. Hay monarcas que creen ser designados por voluntad de Dios, y el pueblo lo cree. Hay investigaciones, análisis, estudios que examinan en lo más profundo esas turbias relaciones, entre religiones y poderes, ambos disputándose áreas de influencia política, económica y social, relaciones entre reyes y jerarquía eclesiástica, todos ellos poderes fácticos; investigaciones y estudios complejos, de los que no voy a hablarte porque sería un recuento interminable. El propósito de nuestros encuentros, después de todo, es sencillamente ventilar nuestras dudas personales, discutirlas, comentarlas, encontrar una luz al final de nuestras charlas.
--Pero –continuó Vitale--, a pesar de todo lo que se ha analizado a lo largo de la historia sobre las religiones, su esencia y sus propósitos, a pesar de esos escritos filosóficos sobre la existencia o inexistencia de Dios, las religiones y la idea de un Ser superior, creador del Universo, siguen vigentes, arraigadas en la conciencia de los pueblos, gracias a esa amenaza que proclaman del castigo eterno por parte de un Ser superior, vigilante, controlador, irascible. Me he preguntado por qué a muchas personas les embarga un gran temor cuando se les plantea abandonar la religión, ese instrumento de sumisión, de mantener subyugada la conciencia. Hay un temor en las personas de sentirse desamparadas sin un Dios, un Jehová, un Alá, porque les inculcan las creencias religiosas desde la infancia. Sin embargo, quien logra desprenderse de ellas, da un paso trascendental en su vida, logra liberarse de la tutela, de la servidumbre del espíritu, es un paso hacia la propia emancipación, surge en el individuo un sentido de fraternidad hacia el prójimo, de pertenencia a la naturaleza, de la que se es origen y destino. ¡En cierta forma, los creyentes son rehenes de las religiones! Por eso insisto en que esas tres entidades forman un solo cuerpo, vivo, que se va renovando, regenerando, modernizando, a lo largo del tiempo, para realizar ese contubernio, esa alianza vituperable, mundial de la que he hablado.
--Sí, así lo he comprendido –dijo Carla--. Pero dime, ¿cómo llegaste a concebir esa teoría?
--Dando un gran paso o mejor dicho un salto cualitativo –dijo Vitale--. Abandoné esa forma de ver la vida basada en la metafísica, en la religión, sin duda siguiendo los consejos de mi padre y las lecturas que hice de esos autores prohibidos en el seminario. Comprendí, gracias también a la experiencia que he vivido y con la ayuda del budismo, como te comenté, que no hay nada absoluto y definitivo, todopoderoso, sobrenatural, de bondad infinita, omnisciente, omnipotente, omnipresente, intangible; comprendí que la fe y los dogmas te hacen vivir a ciegas, mientras que el entendimiento, la razón y la duda son partes esenciales de la vida. He cambiado la fe ciega en los dogmas por la ciencia. No es que haya cambiado la religión por la ciencia. Ésta no es una religión, en ella no hay dogmas, verdades absolutas, al contrario, la ciencia está llena de interrogantes, de dudas, de avances y retrocesos, para luego avanzar un poco o mucho más. Ni me he hecho un científico, sólo digo que creo en la ciencia. En fin, he tenido el valor de vivir conforme a mi convicción.
--Mira qué coincidencia, yo llevo metafísica en la Universidad, es una materia importante en Filosofía y Letras. Hemos estudiado mucho el pensamiento de ese obispo inglés, Berkeley, que has mencionado –dijo Carla exaltada.
--No es ninguna coincidencia, Carla. Pero estoy seguro que no llevan dialéctica. Con tantos y tantos años de la era fascista, que apenas logramos superar, se le ha negado al individuo la herramienta del conocimiento, se le ha mantenido en la ignorancia. Ves, también las así llamadas máximas casas de estudio, y también los liceos y las escuelas elementales, pueden considerarse centros de enseñanza de las religiones, pues desde la infancia en ellos se van moldeando las conciencias de los individuos para que abracen, sin obstáculos, las creencias, las doctrinas, la fe, los dogmas, que los han mantenido por siglos en un estado mental se sumisión. En muchos países aún vivimos en ese estado mental oscurantista de la Edad Media.
--Pero entonces –aseveró Carla--, esos descubrimientos y esos inventos que mencionaste, la emancipación de la humanidad, no habrían sido posible...
--Algunos individuos logran superar esa sumisión mental en la que los mantienen las religiones –la interrumpió Vitale--, mientras que otros no, quedan mentalmente dependientes de ellas. No conciben la vida sin la existencia de un Dios todopoderoso, ni la muerte sin un más allá. Sin embargo, el ser humano, como unidad de un todo, de la humanidad, por su propia naturaleza tiende a conocer, a investigar, al progreso, a realizar inventos, a descubrir cosas que benefician, dado el sistema en que vivimos, en primer lugar, y sobre todo, a esas entidades conspiradoras de las que he hablado, y en forma marginal, por derivación, a los individuos, como unidades, como células de la sociedad. Lo más noble de muchos científicos, aunque sean religiosos, es que piensan, que viven, inventan, descubren, para los demás, mientras que las grandes corporaciones empresariales, con esos descubrimientos e inventos en sus manos, y los Estados con ellas, piensan que lo más útil es que los demás vivan, trabajen y mueran para ellos.
--Sin embargo –continuó Vitale--, es la ciencia, el conocimiento de nuestro origen como seres humanos, del Universo que habitamos, de nuestra pertenencia a la humanidad, lo que permitirá la emancipación de nuestra conciencia. Esto, la emancipación de nuestra conciencia social, es más profundo y trascendental que los inventos y descubrimientos materiales. A Dios nunca se le conoce, jamás se le domina y siempre se le teme. A la naturaleza se le conoce y para gobernarla, en beneficio propio, hay que amarla y respetarla. Algún día dejaremos de ser hombres espirituales, de origen divino, para ser hombres naturales, terrenales, entonces miraremos hacia atrás y diremos que las religiones fueron un mal necesario durante la existencia de la humanidad, aunque en algunos aspectos con ciertos beneficios para determinada sociedad o nación, en alguna época de su evolución.
--Tengo otra duda acerca de esto mismo –dijo Carla--. ¿Cómo es que las religiones han tenido tanta importancia en la cultura y en el arte de muchos pueblos? Grandes pintores, escultores, músicos, tienen obras religiosas. El Réquiem de Mozart, de Brahms, tú conoces la Capilla Sixtina, la Piedad de Miguel Ángel, la Última Cena de Leonardo da Vinci. ¿No crees que nuestra civilización le debe mucho a la religión? Aún el islam, creo que ha sido importante en la cultura y en la arquitectura de los pueblos musulmanes.
--Muy importante, en efecto –dijo Vitale--. La influencia musulmana, yo diría de la cultura de los pueblos árabes, sin esa connotación religiosa del islam, desde fines del siglo VII ha dominado por mucho tiempo el mundo de las ciencias, de las técnicas y de la política en los países del Mediterráneo. El cristianismo fue revolucionario en su tiempo, frente a la dominación de Roma y al paganismo. La cultura, como resultado del cultivo de las facultades intelectuales del hombre, del arte, del conocimiento del ser humano, y sus manifestaciones esplendidas, que son patrimonio de la humanidad, es la esencia misma de la civilización. La cultura trasciende a las religiones. Decía Goethe: “El hombre que tiene arte y cultura no necesita religión. La cultura es nuestra prótesis de inmortalidad”.
--Nada puede detener al ser humano para avanzar en ese sentido –siguió comentando Vitale--. Pero en esta mitad de siglo no sé si debemos sentirnos orgullosos de esta civilización. Hay autores muy críticos al respecto. Recuerdo que Nietzsche, en uno de sus libros, dice: “En medio de cuanta falsedad vive el hombre”. Durante estos años, tu tiempo y mi tiempo, Carla, ha habido dos devastadoras guerras; perdura la inhumana explotación en las colonias africanas; en las que se independizan, con el ejemplo de los colonizadores, se imponen las tribus más poderosas sobre las más débiles; en algunos países, hasta hace no mucho aún existía la esclavitud; en los países musulmanes las mujeres son tratadas como objetos, su condición de seres humanos es envilecida; la sociedad, en todas partes, se caracteriza por la explotación del hombre y aún de mujeres y niños.
--Hace dos años, en 1948 –continuó Vitale--, se creó el Estado de Israel, y mientras los judíos cantaban su himno, el hatikva, o canto de la esperanza, desplazaban con alarde de fuerza a los palestinos de sus hogares, reclamando la tierra que les fue prometida por un cruel Jehová, personaje que no existe. Reclamaron esas tierras en virtud de un caduco derecho histórico y de una falsa promesa religiosa. A toda acción corresponde una reacción. Los árabes consideran que esto es un atropello que debe vengarse con sangre. Veremos que judíos y musulmanes se radicalizarán y se enfrentarán en una lucha sangrienta. Nuestra civilización seguramente será testigo de un sangriento conflicto en el futuro.
--Hace treinta y tres años, en 1917 –continuó hablando Vitale--, en Rusia tuvo lugar una revolución socialista que puso fin al dominio de esa casta de aristócratas, de esa nobleza, que mantenía al pueblo, a los campesinos, en condiciones de servidumbre. Yo me pregunto si será posible abolir la religión ortodoxa en ese país por decreto, lo que desde el punto de vista de la dialéctica sería un cambio mecánico, no de evolución natural, por eso me atrevo a pensar que esa religión, tan arraigada, logrará sobrevivir.
--Y también me pregunto –dijo Vitale--, ¿qué será de esta civilización en los próximos decenios, al inicio del próximo siglo? ¿Habrá progresado el ser humano en el aspecto de asumir su papel como parte esencial de la humanidad, al mismo tiempo que se habrá progresado en la tecnología, en la ciencia, en los aspectos materiales? Es cierto, como dices, que ha habido manifestaciones artísticas esplendidas, en la pintura, la escultura, la música sacra. Creo que esto es producto de un profundo misticismo que inculca la religión, sobre todo en la época en que la iglesia católica era poderosa, terrenal y espiritualmente, en la Edad Media y en el Renacimiento, y en la época en que el islam echaba raíces y se consolidaba. El misticismo, que provoca esa unión inefable entre la vocación creativa del hombre y esa idea de un Ser supremo, por medio del amor y del temor, del éxtasis y de las revelaciones, ha inspirado a numerosos artistas. Leí una vez, en el famoso libro de Darwin que conservaba mi padre: “El sentimiento de la devoción religiosa es muy complejo: se compone de amor, de una sumisión completa a un superior misterioso y elevado, de un gran sentimiento de dependencia, de miedo, de reverencia, de gratitud, de esperanza para el porvenir, y quizás también de otros sentimientos”.
--Las creaciones artísticas –agregó Vitale--, que han sido producidas bajo la influencia de las religiones forman parte, muchas de ellas en verdad invaluables, maravillosas, de la cultura de la humanidad, y dejan de ser puramente religiosas. Pero por otra parte, las catedrales y las mezquitas suntuosas, las pomposas celebraciones, los rituales, la liturgia, denotan ambición, competencia, poder. ¿Dónde queda la humildad que predica la religión?
--Yo repito –insistió Vitale--, que los Estados, las corporaciones empresariales y las religiones forman una férrea alianza en beneficio propio y en perjuicio de la población, de los civiles. Por encima de esa alianza gobierna Dios, Jehová, Alá. Los integrantes de esa, digamos, Santa Alianza, desencadenan guerras, conflictos, cuando hay desplazamientos dentro de ella, cuando se usurpan áreas de control, cuando se busca supremacía, cuando nuevas corporaciones desplazan a las debilitadas, cuando nuevos Estados arrebatan o pretenden arrebatar el poder a otros que han venido a menos, cuando una religión pretende imponerse a otra. Todo es un devenir, un movimiento que da vida, continuidad, modernidad a esa Santa Alianza. La existencia de ésta responde a un nivel determinado de desarrollo de nuestra conciencia social, en cuanto somos y nos debemos a la evolución. ¿Puedes imaginar una civilización en la que el hombre sea dueño de sí mismo, tenga una conciencia social que permita superar y abolir esa Santa Alianza que hoy por hoy lo sojuzga? Yo sí. ¿Tú, Carla, tienes argumentos para rebatir lo que te expongo?
--No, en realidad no tengo argumentos para rebatirte, pero lo que dices me deja pensando. ¿Crees que eso sucederá algún día? ¿Te puedes imaginar a judíos y musulmanes sin su religión, sin esa política de Estado? ¿A los cristianos sin su Dios? –preguntó Carla excitada, con mucha curiosidad.
--No me cabe la menor duda, eso sucederá algún día –respondió Vitale, con voz firme--. Las religiones, como eventos históricos, como cualquier otro evento histórico, tienen un inicio y un fin, y encierran en sí mismas una contradicción, su propia negación, al negar el conocimiento de nuestra existencia real, natural, de nuestra relación indisoluble, existencial, con la naturaleza. Como te decía, para las religiones somos seres de origen divino, poseedores de un alma eterna. En una sociedad sin religiones, sin dioses, no existirá un reino espiritual fuera del hombre o trascendente a él. En una sociedad sin religiones, sin dioses, el amor, la justicia, la razón, las relaciones humanas existirán como una realidad únicamente porque el hombre ha podido desenvolver esos atributos en sí mismo a través de su evolución y sólo en esa medida y en tal concepción, la vida no tendrá otro sentido más que el hombre le dé. El hombre natural, vinculado a la naturaleza, superará esa etapa histórica en la que nos hemos visto como sujetos y objetos de poderes sobrenaturales inexistentes. Los Estados judío y muchos musulmanes, son Estados teocráticos, y para mí, luego de la experiencia que hemos vivido durante los últimos años, en Italia y en Alemania, los Estados totalitarios, a su modo, son Estados fascistas, que privan de la libertad al individuo, de su libre albedrío, su atributo social más importante, esencial. Pero como Estados totalitarios, no impiden que en ellos se dé un gran desarrollo de las ciencias y de las artes, por ese misticismo que mencionaba o por un exaltado patriotismo, que llega al fanatismo, que, como las religiones, es enajenante.
--Las religiones –continuó Vitale--, como categorías históricas, entonces, habrán cumplido el papel que asumieron desde sus orígenes, cuando el hombre, en su ignorancia, buscaba una explicación a su existencia, a sus orígenes, a su destino, después de la muerte, lo que no lograba explicarse con la razón y el conocimiento, y serán superadas. Cuando esto suceda, en un futuro para nosotros quizá lejano, pero históricamente cercano, gracias al vínculo entre todos los fenómenos históricos, es evidente que también cambiarán radicalmente esas otras entidades de la Santa Alianza de la que he hablado, es decir los Estados y las mismas corporaciones empresariales. Ante un cambio cualitativo de la percepción de nuestra existencia, de nuestro origen y fin, como seres sociales tendremos una profunda transformación, y con ello influiremos en un cambio radical en la esencia y finalidad de las grandes corporaciones empresariales, o, por decirlo de otro modo, del mismísimo concepto de propiedad, y de la esencia de los Estados vinculados a ellas. Mientras no asumimos y vivamos conforme a nuestra verdadera naturaleza, que somos seres cuyo origen y destino es este mundo, seguiremos siendo salvajes, manipulados para luchar unos contra otros con el propósito de imponer creencias y satisfacer intereses de unos poderosos en detrimento de los de otros muchos. Después de todo, Carla, estas tres entidades, las religiones, las corporaciones empresariales y lo Estados, han evolucionado. Han cambiado, a lo largo de los últimos siglos, pero inercia, y en el futuro cambiarán por voluntad e intervención del hombre. Creo que no hay que perder la fe en la capacidad sin límite del ser humano para definir su propio destino.
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--Las religiones –dijo Vitale a Carla un día--, ese conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, esos sentimientos de veneración hacia ella, esas normas y prácticas rituales para darle culto, no son otra cosa que la máscara tras la cual se ocultan intereses materiales de grupos económicos y políticos poderosos. Son la piel de oveja que oculta a las hienas.
Vitale comentó que consideraba negativa la actitud conformista de muchas personas que nunca se cuestionan el sentido de las religiones, y lo que sus representantes les inculcan; que nunca se plantean dudas, alternativas, a esos preceptos que desde temprana edad van moldeando sus conciencias.
Para no encasillarse en una creencia, no limitar el propio universo, es necesario por lo menos conocer otras alternativas. Es conveniente empezar por hacer una breve revisión comparativa de las religiones, para entender su significado, el objetivo real que persiguen, sin pretensiones de tipo sociológicas, filosóficas, morales. “Conocemos poco de nuestra propia religión y menos de otras. Eludimos examinar, revisar, replantearnos aspectos trascendentales de nuestra vida, y nos dejamos conducir como borregos, sin sospechar las consecuencias nefastas que eso tiene para nosotros mismos, como individuos, y para la sociedad”, decía Vitale.
--Estoy totalmente de acuerdo –dijo Carla--. Por lo menos hay que someter a un juicio, a una crítica personal, lo que constituye la esencia y veracidad de nuestras creencias religiosas. Me he cansado de sugerirle esto a mi madre, pero ella se empecina en no querer dialogar conmigo, tiene un gran temor a tocar estos temas, a razonar, y con esa actitud nos alejamos la una de la otra. Le he hecho ver que desde los primeros párrafos de la Biblia hay inconsistencias difíciles de creer. En el Génesis, por ejemplo, se menciona que Jehová creó antes la luz y separó la luz de las tinieblas, y sólo en el tercer o cuarto día creó “las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día y la lumbrera menor para que señorease en la noche”. ¿Cómo se puede creer que creó la luz como algo independiente del sol?
--Y ten en cuenta –dijo Vitale—que después del séptimo día creó a Adán y Eva, de raza blanca, no negros ni asiáticos, sino como seres humanos desarrollados, como tú y yo, capaces de discernir entre el bien y el mal, luego de haber comido el fruto del árbol de la ciencia, sin considerar que para nadie es un misterio que hubo seres humanos primitivos, nómadas, que vivían en cuevas, como tribus, y eran cazadores y éstos fueron desarrollándose a lo largo de un proceso evolutivo de cientos de miles de años. Estas son cosas elementales que cualquier estudiante conoce. Muy claro tu razonamiento –agregó Vitale--. Lo peor es que con base en ese libro considerado sagrado, lleno de violencia, autoritarismo, intolerancia, se sustenta la moral, la base que determina las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, que durante siglos ha servido de marco de referencia a la conducta social e individual. Pero sin pretender impartir cátedra, déjame hacer un breve resumen de lo que son las religiones.
--Como dice el abuelo Giogio –dijo Carla--, si quieres ser tomado en serio, debes ser coherente.
Después, Vitale comenzó su exposición.
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El judaísmo, cuya base es la Biblia, que se redactó a lo largo de ocho o nueve siglos, con la participación de muchos profetas y predicadores, y en particular la Torá y el Talmud, es una religión y a la vez una política de Estado que tiene la finalidad de mantener y perpetuar la identidad y unidad de un pueblo, por ello el Estado judío es un Estado teocrático. La fe ciega en la existencia de ese cruel Jehová, hecho a imagen y semejanza de esos hombres que lo idearon, lo convierte en sectario e intolerante.
La creencia de ser el pueblo elegido, además de ser un acto de máxima soberbia, convierte el mundo en el que vive el pueblo judío en una entidad compacta, dura, intolerante, impenetrable, aislada.
A pesar de que judíos, cristianos y musulmanes tienen raíces comunes, pues los judíos se consideran descendientes de Abraham, a través de su hijo Isaac, fruto de la relación de aquel con Sara, hijo que tuvo a los cien años; los cristianos, de Adán y Eva; los musulmanes, de Abraham, a través de su hijo Ismael, considerado padre de todos los árabes, fruto de la relación de aquel con su esclava egipcia Agar, hijo que tuvo a los ochenta y seis años; unos y otros, supuestamente hermanos, pero por sus creencias, por sus religiones, han sido acérrimos enemigos a lo largo de la historia y se han hecho guerras tras guerras.
Lo que se conoce del cristianismo, cuya base es el Nuevo Testamento, recopilación de textos realizada a lo largo de más de un siglo, pretende contener el pensamiento de Cristo, pero hay que reconocer que en buena medida es judaísmo, pues el Antiguo Testamento también forma parte de esta religión, y además, con el catolicismo, que es la pretensión de la Iglesia de formar una comunidad universal, y las múltiples revisiones que ha tenido el Nuevo Testamento, llega a ser, al fin y al cabo, una religión ajustada al pensamiento, a la conveniencia, a los intereses del Vaticano, lejos del pensamiento de Cristo. La Iglesia Católica Apostólica Romana ha desvirtuado los principios cristianos originales, y sirve a los intereses de un Estado teocrático por excelencia, que se proclama guía espiritual, moral, de Occidente. Un pequeño Estado económicamente poderoso, creado el 11 de febrero de 1929, cuando Mussolini y el Cardenal Gasparri, en beneficio mutuo, firmaron el Tratado de Letrán, gracias al cual el Vaticano se convirtió en un Estado soberano, y el gobierno fascista reconoció el catolicismo como religión oficial y eximió del pago de impuestos a las órdenes y congregaciones religiosas.
Por haber desvirtuado los principios católicos originales, se debe que surgiera el protestantismo de Martín Lutero, quien criticaba la simonía del Vaticano. Lutero se propuso reformar esas desviaciones. Era un religioso agustino, y en 1517 se opuso a los predicadores de la Bula de las Indulgencias, a esos predicadores que recorrían Europa vendiendo indulgencia como boletos o pases para facilitar la entrada al paraíso, y en 1520 fue excomulgado por el papa León X. En una ocasión, este papa no tuvo escrúpulos para comentar: “Qué útil nos ha sido este mito de Cristo”.
Martín Lutero aseveró: “La razón es el mayor enemigo de la fe; nunca viene en ayuda de las cosas espirituales, sino que lucha contra la palabra divina, tratando con desdén todo lo que emana de Dios. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón”.
Y asimismo, el teólogo francés Jean Calvino propagó, por esas mismas fechas, la Reforma en Francia y Suiza. Calvino decía que el hombre es malo por su propia naturaleza y por naturaleza culpable de sus pecados. Por lo tanto, es incapaz de salvarse por su propio esfuerzo, por sus propios medios. Sólo Dios podrá salvarlo.
Las críticas severas contra la Iglesia, contra el Vaticano, se venían haciendo desde tiempo atrás en la misma Italia, pero los papas no las escuchaban, al contrario, reaccionaban con toda su autoridad y despotismo contra ellas y contra quienes las formulaban, preocupados en conservar y expandir su poder terrenal y sus riquezas.
Hay que recordar que Girolamo Savonarola, un religioso dominico, predicó contra el lujo, el lucro y la corrupción de la Iglesia católica y la depravación de los poderosos, que, como los Borgia y los Médicis, controlaban tanto el poder político como el poder religioso desde el mismo Vaticano.
Sus ataques contra el papa Inocencio VIII eran despiadados, lo acusaba de “ser el más vergonzoso de toda la historia, con el mayor número de pecados, y ser la reencarnación del mismo diablo”. El corpulento Inocencio VIII, fue nombrado papa en 1484 gracias a la influencia del cardenal Rodrigo Borgia en el Sagrado Colegio Cardenalicio. Ese papa, al final de su papado, sufrió un grave padecimiento debido a su obesidad, por lo que le practicaron una trasfusión de sangre por la boca. La sangre fue extraída a tres adolescentes, los que fallecieron en el proceso de la operación, así como el papa, a la edad de 59 años.
Ese papa prohibió la lectura de las famosas proposiciones de Giovanni Pico della Mirandola, que las consideró heréticas y fueron incluidas en el Index. En ella se formularon algunos ideales que compartían los eruditos del Renacimiento: el derecho inalienable a la discrepancia; el respeto por las diversidades culturales y religiosas; y el derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida, a partir de las diferencias.
Inocencio VIII, luego de una negociación para definir el monto de la dote, casó a su hijo con la hija adolescente, de 14 años, de Lorenzo de Médicis, el Magnífico. Gracias a este matrimonio, el hijo de Lorenzo de Médicis, el Magnífico, Giovanni, fue electo papa en 1513, como León X, durante cuyo pontificado se produjo el cisma de Lutero.
A la muerte de Inocencio VIII, en 1492, le sucedió Rodrigo Borgia, como Alejandro VI. Los ataques de Savonarola, contra este nuevo papa, no se dejaron esperar. Lo acusaba de pecador e incestuoso, a él, a su hija Lucrecia y a su hijo César, acusaciones que le valieron la prisión. El papa, para acallarlo, le ofreció un puesto de cardenal, lo que el religioso dominico no sólo no aceptó, sino que cuestionó la autoridad del papa. Fue acusado de rebeldía, excomulgado y condenado a muerte. Fue estrangulado, en 1498, junto con dos de sus seguidores, en el “garrote vil”, a los 46 años de edad, y su cuerpo y el de sus seguidores, fueron quemados en público y las cenizas arrojadas en el río Arno, en Florencia, para escarmiento de sus simpatizantes.
Lucrecia Borgia recuerda en su diario que su padre, Rodrigo Borgia, en calidad de cardenal vicecanciller, recibió en su palacio a la hija de Lorenzo de Médicis y a su séquito, como novia del hijo de Inocencio VIII. Desempeñó esa misión con fastuosidad, deseando dar a conocer su poderío. El palacio del cardenal estaba repleto de tapices preciosos, las credenzas cargadas de piezas de orfebrería y platos de oro, los pasillos y salas con cuadros valiosos y estatuas. El cardenal vicecanciller tenía más oro y riquezas que cualquier otro prelado, excepto el cardenal de Etouteville. El castillo de Borgia se encontraba entre el puente de San Angelo y el Campo dei Fiori. Este cardenal obtenía inmensas ganancias de sus funciones eclesiásticas, de varias abadías que poseía en Italia y en España, y de tres obispados, el de Valencia, el de Portus y el de Cartagena. El cargo de vicecanciller, por sí solo, le reportaba ocho mil florines de oro al año. Cabe recordar que el papa Alejandro VI murió envenenado en 1503, se especula que por su sucesor, Pio III, quien duró en el papado sólo un mes.
Pero, antes de su muerte, Alejandro VI, astuto y ambicioso, inició las negociaciones con Isabel la Católica sobre los tributos que le corresponderían al Vaticano como parte de los ingresos que la Corona española recibiría de las Indias Occidentales, descubiertas once años antes por el navegante Cristóbal Colón, negociaciones iniciadas aún antes de que se llevaran a cabo las conquistas y el sometimiento de los pueblos indígenas por parte de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia, Diego de Almagro, y que las concluyó León X con Carlos I, hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Aragón, conocida como Juana la Loca.
Savonarola fue un católico carismático y en cierta forma fanático. Para contraponerse al desenfreno y al poder de los papas, apoyaba la invasión francesa a Italia, con Carlos VIII, a quien veía como el nuevo Ciro, el rey persa que por el año 525 conquistó la decadente Babilonia. Se le compara con Martin Lutero, en su denuncia de la corrupción de la Iglesia. Su obra fue incluida en el Index, de los libros prohibidos por el Vaticano. En una ocasión escribió: “Es alto el precio de las intrigas y de las negociaciones para que un cardenal llegue al trono de San Pedro. El Espíritu Santo inspira el cónclave y lo lleva a su término a través de los meandros de la mediocridad y la ambición humana”.
El islam también es una religión y una política de Estado y por ello también un Estado islámico es un Estado teocrático. El Corán es la base de esa religión, y los musulmanes creen que las revelaciones previas al Corán, como el Pentateuco, los Salmos y los Evangelios de los Apóstoles, han sido corrompidas y alteradas y el Corán las remplaza a todas por haber sido dictado a Mahoma por el ángel Gabriel. Mahoma, a quien se considera el último de los profetas que ha enviado Alá, en el siglo VII, tomó ciertos aspectos del judaísmo y del cristianismo y creó esa religión, en el sentido literal de la palabra creó esa religión, como un instrumento para darle unidad e identidad a las numerosas tribus árabes beligerantes, y en el fondo también en beneficio de los intereses de los poderosos.
En la Caaba, el santuario del islam en La Meca, está la “piedra de Alá” (Hadchat el Assuad). Esa piedra, creen los musulmanes, fue entregada por Alá a Abraham a través del arcángel Gabriel. Cualquiera que bese la piedra de la Caaba, podrá presentarse sin temor ante Alá, el Todopoderoso. Y esa piedra no es más que un meteorito.
Mahoma, el profeta, que no es quien profetiza, sino es el que habla en nombre de Alá, el que se autonombra el portavoz, el enviado, tenía veinte años cuando contrajo matrimonio con Jadiya, mucho mayor que él, y con ese matrimonio ascendió en la escala social y económica. Administró y acrecentó el patrimonio de su esposa. Además, después de la muerte de su esposa, Mahoma se casó con una niña de nueve años, Aisha, y tuvo concubinas árabes, judías, cristianas.
Algunos creen que Mahoma, un epiléptico, fue un alucinado y un impostor. Pero no, Mahoma y el islam representan con mayor claridad el papel que cumple una religión para someter la conciencia del individuo en beneficio de intereses de los poderosos. Musulmán, muslim, significa someterse, conformidad con algo, el que se somete a la voluntad de Alá.
Mahoma se propuso eliminar el politeísmo de los comerciantes árabes de La Meca, él mismo tenía un negocio de caravanero y mercantil. La animadversión de los vecinos de La Meca motivó que marchara a Yatrib, la futura Medina, esa fue la “hégira”. Allí, con la ayuda de los poderosos, se hizo fuerte y Mahoma luchó contra sus adversarios, para someter o aniquilar a quienes no creían en sus palabras, en su mensaje, ese fue el inicio de la guerra santa, yihad.
La yihad es considerada por los exegetas el sexto pilar del islam, es un mandato divino. Los otros cinco pilares son: Shahada, el credo musulmán; Salat, la oración ritual de cada día; Zakat, el impuesto solidario; Ramadán, el mes de ayuno; Hach, la peregrinación a La Meca.
El Corán, la supuesta revelación divina, cuyo contenido está reunido en 114 suras, se dice que fue transmitido a Mahoma por el arcángel Gabriel. Está escrito que este arcángel le arrojó a los pies, la noche del 26 del mes de Ramadán del año 612, una tela de seda con un texto escrito con letras de oro que decía: “Anuncia en el nombre de tu Señor, que te ha creado, que ha creado al hombre de un coágulo de sangre. Anuncia que tu Señor es el más Dadivoso, el que ha enseñado a escribir con el cálamo, ha enseñado al hombre lo que el hombre no sabía”. Y luego Mahoma escuchó una voz que le decía: “Tú eres el enviado de Alá y yo soy Gabriel, su arcángel”.
El Corán mezcla la narrativa, la exhortación y la prescripción legal, y su contenido fue revelado o recopilado a lo largo de veintitrés años. Por su poesía, por su belleza y por su perfección literaria es considerado por los musulmanes una evidencia de su origen divino.
El Corán contiene mensajes judíos, de la Torá, y cristianos, de los Evangelios. Una consideración importante es que para los musulmanes la Trinidad cristiana es un anatema, es inaceptable la adoración de tres deidades. El Corán obliga a reconocer el principio de autoridad, de reconocimiento a un califa o imán. Pero el fanatismo de una religión podría llevar a la destrucción de todos los libros y publicaciones, porque sólo se podría leer, memorizar, repetir, lo que está escrito en el Libro sagrado, considerado mensaje divino.
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--En fin –dijo Vitale--, esta es la otra religión dominante y con fuertes pretensiones de extenderse y de imponerse aún con la violencia. Todo esto me recuerda el lema del fascismo de Mussolini: “¡Cree, obedece, lucha!”. Como se puede ver, es un ejemplo indiscutible de cómo se crea una religión y con qué fin.
--Además de la Biblia y del Corán --continuó Vitale--, no hay que olvidar los Veda, que, algo similar a la Tora, son cuatro libros o compilaciones (shamitas) que describen la historia, las costumbres, la doctrina, las disputas culturales del pueblo indio. Pero de ahí surgió el Brahmanismo, una religión practicada en la India.
Esta religión es un sistema social y político que sucedió al Vedismo. Tiene muchos dioses, entre ellos, Brahma, el creador; Visnú, el que preserva; y Shiva, el destructor; ellos constituyen la trinidad india o Trimurti. Así como en el cristianismo, en la unidad del Altísimo hay tres personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, siendo distintas una de la otra. De este modo en palabras del Credo Atanasio, “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios y, sin embargo, no hay tres dioses sino uno solo”.
De Brahma nacieron cuatro castas: brahmanes, chatrias, vaicias y sudras. Fuera de estas castas están los impuros y los parias, individuos que están excluidos de la sociedad, pero sobre quienes recae, con su trabajo, el sustento de los poderosos. Un ejemplo claro del papel que juegan las religiones, y a pesar que se denuncia ese rol que juegan, perduran, se aceptan.
--Yo creo –concluyó Vitale--, que cualquier persona civilizada encuentra la Biblia, el Corán y cualquier texto religioso, considerados como de origen divino, abominable, que excita aversión, porque en forma subrepticia, engañosa, defienden intereses materiales, engañan a los pueblos.
--Pero –preguntó Carla, luego de escuchar con atención la exposición de Vitale--, a pesar de ese papel que juegan las religiones, que en verdad me ha convencido, quiero saber ¿cómo llegaste a esa conclusión, cómo lograste demostrarte, a ti mismo, que esa divinidad superior no existe?
--Creer en una divinidad superior, omnipresente, de bondad infinita, creadora del Universo, del ser humano, de los animales, de todo lo que existe, otorgarle ese atributo que consiste en el conocimiento de todas las cosas reales y posibles, es un acto de fe ciega, es creer en lo que las religiones proponen a través de sus representantes, es creer en los dogmas que no resisten la más mínima prueba. Hay ficciones, creaciones de la imaginación religiosamente reveladas y verdades científicamente comprobadas. No es necesario comprobar la inexistencia de esa divinidad, ni la ciencia se propone eso.
--Después de todo –continuó Vitale--, la misma teología es incapaz de comprobar la existencia de un Ser supremo, absoluto. La teología, a pesar de los numerosos pensadores muy reconocidos que la han formulado en el tiempo, sólo hace especulaciones metafísicas, ontológicas, el Ser supremo debe aceptarse como tal, no está sujeto a demostración por medio de evidencias, es un acto de autoridad, de fe. Todo lo que dice un texto religioso es un axioma, como si fuera una proposición tan evidente que no necesita demostración. De la formulación de una idea no se puede deducir, necesariamente, la existencia de una realidad; de la idea de un Dios, no se puede deducir la existencia de ese Ser supremo. Decía Diderot que es fundamental para la vida no confundir la cicuta con el perejil, mientras que no lo es saber si Dios existe o no. Para ti, Carla, poseedora de una mente capaz de investigar, de dudar, de cuestionar, ¿cuál es tu elección? Decía Confucio que ver y pensar lo correcto, lo que se logra comprobar, y no vivir de acuerdo a tu convicción, es falta de valor. Te confieso que algunos aspectos del budismo que he conocido, gracias a mis colegas en Manchuria, me ayudaron a abrir los ojos, la mente.
--No es que me haya convertido al budismo –comentó Vitale--, sino que esa creencia, o cuasi filosofía como la considero, me impulsó a dudar, a ver a mi religión con ojos críticos, a dar el salto. El budismo tiene como base principal el no-ser, porque siempre se está-siendo, esto significa que existe un flujo permanente de devenir, lo cual se opone a esa idea de lo Absoluto, de lo eterno e inmutable. El mismo Universo es infinito pero mutable, en expansión cuando no en contracción.
--Quiero que sepas –agregó Vitale--, que el budismo se basa en tres principios: Anicca: nada dura, nada es permanente, el ser es devenir, todo se mueve, es fluir; Dukka: todas las cosas “sufren” porque son incompletas, son imperfectas; Anatta: no existe el alma, como la entienden las religiones, no es una entidad espiritual, un ser en sí, sino que es un compuesto variable y no permanente de agregados, skhandas, que no se pueden subdividir, son las sensaciones, las percepciones, los impulsos, los actos de conciencia.
Una cosa es importante en el budismo: ¿cómo nos liberamos del sufrimiento, porque todo es dolor, sarvam dukkham, que es producto de la imperfección, para alcanzar la perfección, el nirvana? Mediante la meditación, que es diferente a la oración que los religiosos recitan mecánicamente, como autómatas, sin siquiera comprender el significado de lo que dicen.
Hay diversos budismos, pero muchos de ellos son pura espiritualidad, para ellos la materia es una irrealidad, y ese es un punto de coincidencia con el obispo Berkeley, con el idealismo de occidente. Un día Vitale comentó a un monje budista que se consideraba ateo, el monje se aferró a su creencia de la reencarnación, no quiso oír más sus argumentos. Cuando se llega a considerar a Buda como el Beato, el Perfecto, el Sublime, se llega al terreno de la religión.
--Sin embargo –continuó Vitale--, considero que el budismo es más original que las otras religiones que conocemos. Pero algunos budistas reconocen la existencia del alma y, por su propia conveniencia, la existencia de un Dios, y es que cuando se institucionaliza una creencia, cuando se busca el proselitismo, se cae en contradicciones y se pervierte un principio para adecuarlo a ciertos intereses. Es interesante que algunos budistas, y el sintoísmo en Japón, que se basa en el culto de la naturaleza y de los antepasados, consideran que los problemas que otras religiones se plantean, sobre la existencia de Dios, del alma, del más allá, son irrelevantes y confunden las conciencias de los individuos.
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Mientras Carla mantenía silencio, Vitale le explicó los aspectos básicos de la dialéctica, en un lenguaje sencillo, comprensible, conceptos adquiridos a través de su propia experiencia y de sus lecturas, sin pose de catedrático. Le expuso que la dialéctica es la comprensión del movimiento y desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. La dialéctica es un método de pensar, de razonar, de analizar, le dijo. La contradicción es una ley importante de la dialéctica; la evolución es el resultado de la lucha permanente de fuerzas antagónicas.
--Sin embargo –dijo Vitale, levantado el índice de la mano derecha, para subrayar el ejemplo--, si aplastamos a una oruga impedimos que se trasforme, gracias a la metamorfosis, en mariposa; su cambio no es dialéctico, sino mecánico, porque no es natural. Impedimos que se cumpla una etapa natural de su evolución. Nuestra existencia en este planeta Tierra no es eterna, Carla, ha tenido un inicio y tendrá necesariamente un término. Éste podrá ser natural, es decir dialéctico. Supongamos una nueva era glacial, una mayor o menor inclinación del eje de rotación de la Tierra, un acercamiento de la Luna. O bien producido por nosotros mismos, capaces de autodestruirnos con esas “crudelísimas bombas”, o como seres rapaces, hasta la destrucción del planeta, lo cual sería un fin mecánico.
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Y Vitale mostró y entregó a Carla unas notas que había escrito para ella sobre las leyes de la Dialéctica:
1) El cambio. Nada permanece donde está, nada sigue siendo lo que es, porque todo es movimiento, no en el sentido de traslado, sino de cambio y de evolución. No hay nada absoluto, definitivo, permanente, sagrado, sólo existe el proceso ininterrumpido del devenir y de lo transitorio;
2) La acción recíproca. Es decir, el encadenamiento de los procesos, todo influye sobre todo. La naturaleza, la sociedad, deben verse como un encadenamiento de procesos y el motor para realizar este encadenamiento de procesos es el auto dinamismo;
3) La contradicción. Todos los eventos se transforman en su contrario. La vida se transforma en la muerte. Cada evento contiene a la vez su propia esencia, sus propias características, y su contrario. Hay una fuerza centrífuga y otra centrípeta, expansión y compresión. En cada entidad, en su interior, coexisten fuerzas opuestas que luchan hacia la afirmación y hacia la negación. Las cosas cambian porque precisamente encierran en sí mismas la contradicción; y
4) El progreso por saltos o trasformación de cantidad en calidad. Cuando un evento cambia de naturaleza, se tiene un cambio cualitativo, la cantidad se trasforma en calidad, el agua en vapor, crisálida en mariposa, feto en niño o niña. Luego de pequeños y continuos cambios, o evolución, se presentan cambios bruscos.
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--La metafísica, en cambio --explicó Vitale--, es un sistema de pensamiento opuesto a ese método y se base en tres reglas, que emanan de la lógica que la sustenta: a) El principio de identidad. Una cosa es idéntica a sí misma y no cambia. Esto es ontología, la teoría del ser en cuanto ser; aceptar la existencia de una idea, de un enunciado, de un Ser supremo, por sí mismo; b) El principio de no contradicción. Una cosa no puede ser, al mismo tiempo, ella misma y su contrario; c) El principio del tercero excluido. Entre dos posibilidades contradictorias no hay lugar para una tercera posibilidad.
--Pero –concluyó Vitale--, tú conoces esta materia mejor que yo, estoy seguro que eres una excelente alumna. Adoptar la dialéctica como método, permite analizar y comprender, en forma objetiva, los fenómenos de la naturaleza, de la sociedad y del ser humano, en su particularidad. De otra manera, esos fenómenos, envueltos en el misterio, se atribuyen a la voluntad de un Ser supremo. La dialéctica, como método de análisis, permite que seamos conscientes, que reconozcamos, que nuestro conocimiento de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea, es hoy día ínfimo en comparación de lo que desconocemos. Entre más avanza el conocimiento, más comprendemos lo que nos falta por conocer. En cambio, si nos sometemos a la adoración de un Ser supremo, todopoderoso, todo es conocido, todo está resuelto, como por ejemplo nuestro origen y destino, el origen del Universo, y cualquier fenómeno que podamos imaginar. El ser humano es reacio a vivir rodeado de misterios, eso le produce angustia, temores, sobre todo si lo desconocido atañe a sus interrogantes trascendentales. Por eso busca consuelo inmediato y sucumbe a la adoración de un Jehová, de un Dios, de un Alá, que da respuesta a todas sus dudas y preguntas.
La importancia de la dialéctica es que conduce hacia el método inductivo de análisis, que consiste en partir de la observación de los hechos, de la realidad, de las evidencias, y de ahí formular los enunciados y las teorías. Va de lo particular a lo general. Este es un método científico. Por el contrario, la metafísica y la escolástica, llevan a la deducción, es decir a partir de argumentos basados en la autoridad de un anunciado general, de las Santas Escrituras, por ejemplo, se deducen aspectos particulares.
--Yo me asombro –decía Vitale--, cuando leo la vida y los descubrimientos de Nicolás Copérnico, René Descartes, Galileo Galilei, Giordano Bruno, Johannes Kepler, Isaac Newton, Leibniz, Humboldt, Darwin, Pasteur, Fleming, Albert Einstein, Pierre y Marie Curie, y tantos otros científicos. Conocer el método de análisis que estos científicos utilizaron en sus investigaciones, y la determinación para defender sus descubrimientos, aún a costa de sus vidas, es un acicate para comprender que el conocimiento, la ciencia, no sigue el camino de un enunciado de autoridad, de las Escrituras, del Corán, de un mandato divino.
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Por ejemplo Copérnico, el gran astrónomo polaco, quien formuló la teoría heliocéntrica del sistema solar, que en forma rudimentaria ya era concebida por Aristarco de Samos en el s. II a.C. Su teoría es el punto inicial de la astronomía moderna. Copérnico era además matemático, físico, clérigo católico romano. Su obra, Sobre las revoluciones de los astros celestes, se publicó en 1543, el año de su muerte, por Andreas Osiander, y de inmediato fue incluido en el Index, de los libros prohibidos por el Vaticano. Copérnico temía publicar su obra en vida porque representaba una ruptura para la ideología religiosa medioeval: la sustitución de un cosmos cerrado y jerarquizado, con el hombre como centro, por un Universo homogéneo e indeterminado, situado alrededor del Sol.
Decía Copérnico que el centro del Universo se encontraba en el Sol. Escribió sobre Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno (aún no se conocían Urano y Neptuno). Las estrellas distantes, afirmó, no orbitan alrededor del Sol. Especificó que la Tierra tiene tres movimientos: rotación diaria, revolución anual, e inclinación anual de su eje.
La obra de Copérnico fue revolucionaria, no sólo en sus escritos, sino porque puso en marcha caminos que rompieron las barreras del pensamiento que hasta entonces se encontraba enclaustrado. Con su obra, la naturaleza va perdiendo el carácter teológico, religioso, divino, con el hombre como creación divina, y éste deja de ser el centro del Universo.
A partir de Copérnico se desencadena la idea de que el hombre está gobernado por la razón, que es la facultad del ser humano que permite que tome parte en el ordenamiento del Universo.
Este astrónomo tuvo en contra la religión, el cristianismo de la época, que hacía suyos los presupuestos aristotélicos. Y es que Aristóteles escribió sobre teoría política, ética, metafísica, lógica, meteorología, física, biología, astronomía, y todo ello integrado coherentemente, lo que hacía muy difícil atacar una parte sin atacar el conjunto, el todo. Ese es el motivo de su permanencia, como visión del mundo, a lo largo de dos mil años. Ese sistema aristotélico fue “cristianizado” y asumido por la iglesia católica a través de la obra de santo Tomás de Aquino, y por ello la resistencia de la Iglesia a que fuera superado. Fue el cerco que mantenía enclaustrada a la astronomía, la ciencia y la cultura a través de siglos.
El caso de Giordano Bruno es dramático. Nació cerca de Nápoles, en 1548, cinco años después de la muerte de Copérnico. Se ordenó sacerdote, de la Orden de los Dominicos. Fue astrónomo, filósofo, matemático y poeta. Estudió la teología de santo Tomás de Aquino, sin embargo, gracias a sus observaciones y estudios, llegó a afirmar que el espacio y el Universo eran infinitos y que los astros estaban en continuo movimiento.
Fue un profundo crítico de la Iglesia, tanto es así que el acusador Roberto Belarmino, del Santo Oficio, reunió 130 artículos de acusación en su contra: tener opiniones contra la fe católica; hablar mal contra ella; criticar la Trinidad y la divinidad de Cristo, a quien Bruno calificó de mago; dudar de la encarnación y de la virginidad de María; hablar mal de la transubstanciación y de la misa.
Giordano Bruno hizo suyos los planteamientos de Copérnico, más aún, supera el modelo copernicano al afirmar que el Sol es una estrella. Todo ello le valió, además de sus planteamientos teológicos, ser combatido por la Iglesia. Fue excomulgado, sus libros quemados en la plaza pública, y encarcelado en 1593 en el Palacio del Santo Oficio, en el Vaticano, por los cargos de blasfemia, herejía e inmoralidad, donde permaneció encerrado por siete años. Fue quemado vivo en la plaza Campo dei Fiori, en Roma, en 1600, a los 52 años, siendo papa Clemente VIII. Su vil ejecución disuadió por un tiempo el avance científico en las naciones católicas. Decía Voltaire: “Nunca la naturaleza humana queda tan envilecida como cuando la ignorancia y la superstición se ve dotada de poder”.
Galileo Galilei tenía 36 años cuando Giordano Bruno fue ejecutado en la hoguera. Galilei no sólo había leído la obra de Copérnico sino que, a esa edad, ya era reconocido como un eminente astrónomo, filósofo, ingeniero, matemático y físico, y era vigilado de cerca por el prelado Roberto Belarmino, del Santo Oficio.
Galilei está relacionado con la revolución científica de su época. Enunció las leyes de la gravedad de los cuerpos y el principio de inercia, inventó la balanza hidrostática, el termómetro y construyó su primer telescopio, con el cual descubrió, en 1609 cuatro satélites de Saturno, Ganímedes, Europa, Calixto e Ío. La obra de Galilei representa una ruptura de las teorías de la física de Aristóteles.
Cuando fue llamado por el Santo Oficio para que se retractara de su teoría del Universo, y de que la Tierra gira alrededor del Sol, el prelado Belarmino lo encaró diciendo que esa teoría era una herejía, contradecía las Santas Escrituras, para lo cual se basó en el libro de Josué, de la Biblia, que afirma: “Josué dijo: Sol detente en Gabaón; y tú, Luna en el valle de Ajalón. Y el Sol se detuvo y la Luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. ¿No está escrito esto en el libro de Jaser? Y el Sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse casi un día entero. Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de Josué, porque Jehová peleaba por Israel”. Galilei se retractó, pero continuó sus investigaciones.
Galilei fue condenado en 1633 a prisión perpetua. Tras haber abjurado de sus ideas, el Papa conmutó la prisión por arresto domiciliario de por vida. Albert Einstein lo llamó el padre de la ciencia moderna.
Isaac Newton nació en 1642, el mismo año en que falleció Galilei, a la edad de 77 años. Newton fue un físico, filósofo, teólogo, matemático inglés, autor de Principia, una obra de enorme importancia para la ciencia, en la que describe las leyes de la gravitación universal y establece las bases de la mecánica clásica. Comparte con Gottfried Leibniz el desarrollo del cálculo integral y diferencial. Fue el primero en demostrar que las leyes naturales que gobiernan el movimiento de la Tierra y las que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes son las mismas.
Han sido de enorme trascendencia las leyes de la dinámica que Newton estableció, las que también rompen con los postulados de física de Aristóteles. En 1687 defendió el derecho de la Universidad de Cambridge en mantener su estatus, contra el intento del rey Jacobo II, que pretendía transformarla en una institución católica. Estudió y estableció teorías científicas de enorme importancia en cuanto a la luz, óptica, hidrostática, hidrodinámica, y construyó telescopios de gran poder.
Newton era religioso, arrianista. El arrianismo era una doctrina teológica fundada por Arrio, presbítero de Alejandría, que sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo. Esta doctrina era combatida por los trinitarios, a quienes Newton acusaba de haber violado las Sagradas Escrituras.
Y así sobrevivió la ciencia a la persecución y represión religiosa en esa época hasta imponerse a ella, debido a su propia esencia, como producto de la razón, de la capacidad del ser humano de investigar, de conocerse a sí mismo, su origen y destino, y el entorno natural en el que existe.
Es asombroso que tan solo 142 años después de la muerte de Isaac Newton, acaecida en 1727, el químico ruso Dmitri Mendeléyev publicara, en 1869, su obra Principios de la química, en la que desarrolla la teoría del patrón subyacente en los elementos químicos y los ordenara en la conocida tabla periódica. Sobre la base del análisis espectral establecido por Robert Bunsen y Gustav Kirchoff, este científico ruso se ocupó de estudiar los problemas químico-físicos relacionados con el espectro de emisión de los elementos.
Pierre Curie y Marie Sklodowska Curie merecen un reconocimiento especial por su dedicación total a la ciencia. Estudiaron la fuente de la radioactividad en la pecblenda, óxido natural de uranio, y obtuvieron el radio y el polonio. Contribuyeron a sentar los fundamentos de la radiología, con enormes perspectivas para la medicina.
Durante mucho tiempo se creía que el átomo era indivisible. Pero a fines del siglo XIX y principios del XX se descubrió que está formado por protones, neutrones y electrones.
Los protones y neutrones constituyen el núcleo del átomo, y los electrones giran en órbita alrededor del núcleo y determinan las propiedades químicas. El diámetro de un átomo es una diezmillonésima de milímetro. El espacio interior del átomo es comparativamente mayor que el sistema solar astronómico. La inmensa mayoría de su masa se concentra en el núcleo, que sólo ocupa una diezmilésima parte de su volumen total. Si el Sol, por ejemplo, fuera del tamaño de un durazno, Plutón, el planeta más lejano, se hallaría a 188 metros de distancia de él. Pero si el núcleo del átomo fuera de ese mismo tamaño, como un durazno, sus electrones exteriores se hallarían a 1070 metros del núcleo.
La composición del átomo fue descubierta por J.J. Thomson en 1897 y en 1914 por Robert Millikan, así como Henri Becquerel descubrió la radioactividad natural en 1895, y once años después fue utilizada para calcular la edad de la Tierra. Después se descubrió la fusión atómica que constituye el fundamento de la formación del Sol y de todas las estrellas del Universo.
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La escolástica, hermana de la metafísica, es un movimiento teológico y filosófico que pretende confirmar la revelación religiosa del cristianismo, pretende conciliar la fe y la razón, que supone subordinación de la razón a la fe. Afirma que la filosofía es sierva de la teología; postula que todo pensamiento debe someterse a un principio de autoridad y la enseñanza debe limitarse a los textos de las Sagradas Escrituras. El máximo representante de la teología, y en general de la escolástica, fue santo Tomás de Aquino, con su Summa Theologica que, decía Vitale, había estudiado a fondo en sus años en el seminario.
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Todo esto sirvió de punto de partida para que Carla escribiera su tesis Dialettica versus Metafisica, suscitando, por una parte, la reprobación y el enfado de las autoridades de la Universidad, que le negaron el título de licenciatura, y por la otra, la admiración de varios académicos laicos, prevaleciendo, a fin de cuentas, esas mentalidades retrógradas que predominan todavía en la Universidad Leonardo da Vinci, que no hacen honor al nombre del ilustre sabio.
Yo, como tutor de tesis, me embebí de esos conceptos que hice míos, lo que más tarde me valió la expulsión de la Universidad, controlada por jesuitas. Contribuyó a esto el hecho de que distribuyera entre mis colegas un ensayo que había escrito sobre el pensamiento de Antonio Gramsci, gran pensador, quien había muerto en la cárcel en 1937, detenido por el régimen fascista.
Cuando en su lecho de muerte, en el otoño de 1952, le comenté esto a Carla, me sonrió y me dijo:
--¡Cómo me gustaría saber si me habrán expulsado a mí también, post mortem! Vitale debe sentirse satisfecho si se entera de esto. Esta vez sí cumplió su misión. La semilla que sembró da frutos. Algún día búscalo y le comentas esto.
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La última vez que Carla visitó a Vitale, a fines de agosto de 1951, tuvo un enfrentamiento con Ottavio. Carla regresaba al pueblo y Ottavio la esperaba al final de la vereda, agazapado detrás de un muro. Estaba con sus inseparables amigos, Piero y Caetano. Ottavio, al ver acercarse a Carla, la interceptó, la tomó de un brazo, la sacudió con fuerza, mientras le gritaba exaltado:
--¡¿No te da vergüenza visitar a ese infiel renegado, a ese anticristo?!
Carla se zafó de las garras de Ottavio, ofendida, lo empujó con enojo, mientras le decía, con voz severa, señalándolo con el dedo índice de la mano derecha, que no la tocara y que nunca más se atreviera a dirigirle la palabra. Ottavio, al retroceder, tropezó y cayó al suelo de espaldas, miró a Carla con expresión de cólera en sus ojos, humillado frente a sus amigos por haber sido derribado por una mujer, y le gritó que esa afrenta la pagaría con sangre. Carla corrió a su casa y lloró amargamente, consolada por sus padres.
María, que apenas en ese momento se enteró de las visitas de Carla a Monte Olivo, no le dio importancia a la agresión de Ottavio, en cambio no dejaba de santiguarse y de emprenderla contra su marido, culpándolo de todas las desgracias imaginables. Repetía, “con qué cara voy a presentarme ante el cura, e imagínate lo que van a pensar mis amigas”, mientras con las manos unidas, con los dedos entrelazados, se oprimía el pecho y elevaba al cielo una mirada de mártir sacrificada.
Don Giorgio y Alberto estaban enterados de esas visitas gracias al chismorreo que entretenía a los parroquianos de la cantina, pero lo que se comentaba ahí era cosa de hombres y por un acuerdo tácito no se compartía jamás en casa, con las mujeres. Les complacía, después de todo, que Carla visitara a Vitale, pues, se decían, era saludable mantener los lazos familiares.
Alberto trató de tranquilizar a Carla y le prometió que buscaría a ese insolente y cobarde y lo pondría en su lugar. Cosa que nunca hizo.
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Cuando Carla regresó a Pescara en septiembre de 1951, para reanudar las clases, comenzó a sentir serias molestias; en cosa de meses perdió peso y se sintió desganada.
Fue un golpe severo cuando luego de una consulta, el doctor le indicó que tenía un tumor en el seno derecho y era necesario realizar una biopsia. El resultado fue positivo, tenía un tumor maligno. Carla se desmoronó, cayó en una fuerte depresión que anímica y físicamente agravó su estado.
Durante diciembre de 1951 y enero de 1952 estuvo sometida a un agobiante tratamiento de quimioterapia que la mantenía postrada en cama. A principios de febrero parecía que el tratamiento daba buenos resultados y asistió a la Universidad para concluir y presentar su tesis. En mayo volvió a padecer dolores y fue internada en el hospital.
Alberto y María la visitaban con frecuencia, pero eludían cualquier comentario sobre los últimos acontecimientos que habían tenido lugar en el pueblo, relacionados con Vitale, si bien Carla preguntaba insistentemente por él.
En julio, le detectaron otro tumor canceroso y el inicio de metástasis; el mal se reproducía en otros órganos a pesar del severo tratamiento al que era sometida. Comenzó a sentir dolores intensos que apenas la morfina le atenuaba.
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Fue a fines de septiembre que María tuvo la iniciativa, sin consultar a Carla, de llevar al hospital al sacerdote del pueblo para que confortara a su hija y le diera la extremaunción. Los acompañaba también Alberto, quien llegó con cara de resignado.
--Mira hija –dijo María al entrar en la habitación que ocupaba Carla --, le pedí a don Giacomo que viniera a verte para que hables con él, para que te confieses. Creo que te hará bien recuperar la paz espiritual, reencontrarte con Dios.
Carla, entrecerrando los ojos y haciendo un esfuerzo para hablar, mirando fijamente a su madre, dijo con voz pausada:
--Mamá, cómo es posible que no hayas comprendido nada de lo que tantas veces te he mencionado. Te he comentado mis dudas sobre la religión, he querido hablar contigo, pero eres obstinada, testaruda. Pero te comprendo y no te culpo de nada. Te quiero, madre, pero habría sido maravilloso compartir contigo mis inquietudes.
Luego, dirigiéndose al cura, le dijo:
--Don Giacomo, ya que está usted aquí, aprovecho para leerle unas notas que acabo de escribir, son mis pensamientos que he tenido durante estos últimos días. Me interesa conocer su opinión al respecto: “Si nos ponemos a pensar –comenzó a leer Carla--, resulta que Jehová, de los judíos, Dios, de los cristianos y Alá, de los musulmanes, son diversos nombres de un mismo Ser supremo, se supone que sea el creador del Universo, de la Tierra, de los seres humanos y de todo lo que existe. Pero ese Ser supremo es sectario, además de cruel y autoritario, porque, de acuerdo con las Escrituras, sólo el pueblo judío es el elegido por él y a quien concede la tierra prometida y a quien ayuda en las guerras contra sus enemigos. Ningún otro pueblo recibe la misericordia y las dádivas de ese Ser supremo. Además, se deduce de la Biblia y del Corán que toda la humanidad es judía, de origen judío, pues se supone que todos los seres humanos son descendientes de Abraham, de Adán y Eva, de Isaac, de Ismael, todos ellos personajes bíblicos judíos.
“Así las cosas, yo me pregunto, cómo es que civilizaciones como la egipcia, la griega, la romana, la fenicia, la persa, la china, la hindú, la maya, la inca, por ejemplo, han florecido sin la presencia de Jehová, de Dios, de Alá y sin tener ascendencia judía. Por qué aún hoy hay una gran parte de la humanidad que no sabe de la existencia de un Ser supremo y vive sin la necesidad de venerarlo. Por qué ese Ser supremo permite, si es todopoderoso, que se le conozca por medio de la evangelización y no por sus propios medios, los que se supone son ilimitados, es decir que se le conozca desde que el ser humano tiene uso de razón, o desde que nazca, pues se supone que todos somos hijos suyos.
“Sinceramente –continuó leyendo Carla--, no creo que nuestro origen, como seres humanos, y el origen del Universo, sea el que se menciona en el Génesis del Viejo Testamento, que la Tierra y la humanidad tengan unos cuatro mil años de antigüedad, que en realidad es la época en que comenzaba a florecer Egipto. Yo creo que nuestro origen, el origen de la humanidad, es anterior a lo que ahí se menciona y se produjo en forma distinta, seguramente como revelan los astrónomos, como revela Darwin en su tesis de la evolución por selección natural, quienes se basan en investigaciones y evidencias”.
--¿Usted qué opina don Giacomo? –preguntó Carla, levantando los ojos de sus notas e interrogando al cura.
Luego, ante el mutismo y expresión de incredulidad del cura, Carla siguió leyendo: “Ha habido un progreso vertiginoso de la ciencia. Luego de dos mil años de dominio del pensamiento de Aristóteles, del cristianismo, y de más de mil años del islam, desde Copérnico y Galilei a nuestros días, han trascurrido sólo unos 400 años para que la ciencia nos diera a conocer el origen de las especies, del Universo, de la estructura del átomo y de tantas otras cosas. La ciencia avanza en una progresión geométrica. Nosotros, como seres humanos, somos producto actual, y en proceso de continuo cambio, de nuestros propios antecedentes históricos, no nos liberamos de ellos, son los que determinan y hacen lo que somos.
“Vitale me mencionó en una ocasión que existe una tácita alianza entre los Estados, las corporaciones empresariales y las religiones, cuyo propósito es mantener al pueblo sojuzgado y al servicio de los dirigentes de esas instituciones. Estas entidades, como organismos económicos, políticos y sociales, también son objeto de la evolución. El cambio es notorio en los Estados y en las corporaciones empresariales, pues unos y otros no son los mismos de aquellos que dominaban en el Renacimiento, ni siquiera de aquellos de inicio de este siglo. Los Estados y las corporaciones empresariales se adaptan a las circunstancias cambiantes y aún promueven, ellos mismos, el cambio y la modernización. La religiones, como el judaísmo, el cristianismo y no digamos el islam, al contrario, con sus creencias, dogmas y supersticiones, se oponen a la evolución, son reacias a adaptarse a nuevas y cambiantes circunstancias, no resisten el cambio al que el progreso las somete porque verían socavadas y destruidas las bases que las sustentan. Entre más evolucionamos, más evidente es la contradicción que encierran las religiones. Éstas vuelven la naturaleza humana en contra de sí misma. Por eso he llegado a la conclusión de que las religiones algún día desaparecerán.
“El Antiguo Testamento seguramente será, en el futuro, una referencia histórica para los hebreos, de sus supuestos orígenes y antepasados, aunque creo que continuará definiendo su moral social e individual de ese pueblo, quizá no el Antiguo Testamento como tal, pero sí la Torá, o Pentateuco, que contiene lo esencial de la ley mosaica, y el Talmud, que recoge las discusiones rabínicas sobre las leyes judías, tradiciones, costumbres e historias. Pero el Nuevo Testamento y el Corán es posible que desaparezcan como sustento de religiones, dado su inconsistencia y falta de autenticidad, pues nadie creerá las versiones de los apóstoles sobre la vida y milagros de Cristo, y mucho menos las revelaciones del arcángel Gabriel a Mahoma. Serán documentos históricos, reliquias, todo esto cuando se rompan las barreras del fanatismo, cuando se abran las compuertas para que el conocimiento fluya con todo su potencial. Esto sucederá a la par que el ser humano adquiera conciencia de su naturaleza, construya una nueva sociedad sobre bases sólidas, renovadas.
“La intolerancia es enemiga de la convivencia y de la paz. La ciencia se impone al oscurantismo, a la ignorancia, a través de las evidencias, del conocimiento, mientras las religiones se han impuesto o mandando a la hoguera a quienes han discrepado de ellas, considerándolos herejes, o silenciándolos por la intimidación o por el castigo eterno en el infierno”.
Después de estas palabras leídas por Carla, se dirigió al cura y le dijo:
--Usted, don Giacomo, a quien conozco desde pequeña, ojalá algún día logre comprender que es un instrumento de un sistema que pretende mantenernos en el oscurantismo. Con sus sermones, confesiones, penitencias, con su moral, con sus amenazas de una condena en el infierno, no sabe cuánto daño causa a quienes como mi madre, como Ottavio, Piero, y sus amigos, siguen a ciegas sus enseñanzas. Nunca olvidaré esas palabras que un día me dijo Vitale: “Nada puede estar más en sintonía con la dignidad del hombre que un humanidad que se construye a sí misma, al ritmo que destruye a dioses, religiones, dogmas, creencias, supersticiones, todo aquello que nos separa y confronta”.
--¿Díganme, han sabido algo de Vitale? –preguntó Carla, luego de un breve silencio, dirigiéndose a los presentes.
El cura, quien miraba fijamente a Carla durante la lectura de sus notas, bajó la vista y sonrojó. Lo mismo hizo María y Alberto.
Luego de una breve pausa, Carla dirigiéndose a su padre dijo:
--Papá, no entiendo esa pasividad tuya y del abuelo Giogio. Se quedan con los brazos cruzados mientras sacerdotes y misioneros, rabinos y ulemas, pastores de sectas religiosas absurdas que se van multiplicando por el mundo, continúan atrapando conciencias de niños, desde la más temprana edad, para mantenerlas en un estado de sumisión, en cautiverio. Tener un ideal, una convicción, no es cosa personal que se conserva en el cajón de los recuerdos o en una vitrina como si fuera un trofeo, papá. No puedes quedar satisfecho, pasivo, porque tú, personalmente, has superado ese lastre que es la religión. Tu deber es luchar, hablar, convencer a tus semejantes que la libertad de cada uno de nosotros y de todos, como sociedad, es superar ese estado primitivo, retrógrado, reaccionario, en el que las creencias religiosas mantienen a la gente.
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En octubre de 1952 falleció Carla, confesando al abuelo y a sus padres que sus últimos pensamientos eran para Vitale.
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Sin que Carla llegara a saberlo antes de morir, pues sus padres le ocultaban ciertas noticias para no agravar su estado, el 25 de diciembre de 1951, cuatro meses después de la agresión que ella fue objeto por parte de Ottavio, unos campesinos que se dirigían a la iglesia de Santa María dell’Olmo, vieron deambular, en las cercanías del pueblo, a Solitario, solo, sin arneses.
Uno de ellos, colocando su cinturón alrededor del cuello del asno, lo condujo hasta Monte Olivo, donde encontró a Vitale, con una cuerda al cuello, colgando de una viga en el interior de la cabaña.
Los carabineros encontraron una nota que decía: “Soy un pecador. Dios misericordioso, ten piedad de mí”.
Había dos botellas de grappa vacías en el suelo y el cuerpo de Vitale estaba empapado de aguardiente.
Don Giorgio y Alberto, y otros habitantes del pueblo, acudieron al lugar en cuanto corrió la noticia del hallazgo. Observaron que en la sien derecha y en la frente de Vitale había unas heridas. No cabía la menor duda de que habían sido producidas por golpes contundentes. Sin embargo, la muerte de Vitale se consideró, por parte de la autoridad, como un suicidio, a pesar de las protestas de don Giorgio y de Alberto, a pesar de la querella interpuesta por el alcalde, quienes reclamaban justicia.
Solicitaban que se investigaran a los autores intelectuales, a aquellos que deseaban e incitaban a que Vitale, el anticristo, desapareciera del pueblo, y a los autores materiales, los que podían ser fácilmente identificados, aunque quizá se carecía de pruebas. La autoridad, y sobre todo el juez, estaban en contubernio con los prominentes del pueblo, y en particular con el señor cura y el propietario del almacén de víveres.
Nota: El relato sobre Nagasaki tiene conceptos tomados del libro “Diario de Hiroshima”, de Michihiko Hachiya. La situación en ambas ciudades debe haber sido similar, sin embargo poco se ha difundido la que se vivió en Nagasaki.
TEXTO PARA LA CUARTA DE FORROS
Esta es la historia de un misionero italiano, Vitale, quien vive, durante la primera mitad del siglo XX, la brutalidad de la explotación colonial en el Congo; las atrocidades de la represión militar japonesa en Manchuria; y es testigo del indescriptible sufrimiento de los sobrevivientes de Nagasaki, luego de la explosión de la bomba atómica el 9 de agosto de 1945.
Como resultado de esta experiencia, no sólo renuncia a su misión, sino que, siguiendo un razonamiento dialéctico, define el papel histórico de la religión, de todas ellas, y llega a la conclusión que son entidades que forman parte de una confabulación, de una Santa Alianza, junto con los Estados y las corporaciones empresariales, cuyo propósito es mantener sojuzgado al pueblo. Y de ahí llega a la convicción de la inexistencia de Dios. Las religiones, asegura este ex misionero, como categorías históricas, desaparecerán en el futuro. Tiene fe en la capacidad del ser humano para definir, asumiendo una nueva conciencia social, su propio destino y una nueva sociedad.