LA FONDA PÁTZCUARO

 

 

 

 

 

 Dauno Tótoro Nieto

D.R. por Dauno Tótoro Nieto

2016

 

1

     La Fonda Pátzcuaro ocupa la planta baja de una antigua residencia señorial de dos niveles que se encuentra en la Plaza Madrid, justo frente a la Fuente de La Cibeles. Esa residencia fue construida a principios del siglo XX y en la actualidad pertenece a los descendientes de don Feliciano Bustamante.

     Don Feliciano Bustamante fue un próspero comerciante de telas en la época de don Porfirio Díaz, de gusto refinado, elegante, amante del buen vivir, del arte y de las mujeres rubias, su debilidad desde la juventud. Se le veía recorrer su amplio negocio, “Telas Bustamante”, en la calle  Colegio de Niñas, en el centro de la ciudad, como si fuera el más exigente de los clientes. Cada cierto tiempo examinaba detenidamente su mercancía: la seda, el organdí, el tafetán, la muselina, la batista de fino lino, el terciopelo, el brocado con finos hilados entretejidos de oro y plata, los encajes de bolillo traídos directamente de Holanda, mercancía que se encontraba expuesta sobre los mostradores de caoba y en las vitrinas, y pedía a sus empleados que le mostraran los rollos guardados en los anaqueles, que contenían el tweed, un tejido de lana inglesa para trajes de tarde  o deportivos, el casimir, fabricado con lana merina, suave al tacto, la popelina, para camisas, la gabardina, para los trajes de verano, y observaba cada tejido como el relojero examina la precisa maquinaria de un reloj. Todo debía estar impecable, jamás tocado por alguna perversa polilla.

     Hay que mencionar que los mayores ingresos del negocio provenían de las ventas al por mayor a los sastres de la capital y de provincia de las preciadas telas del Consorcio Español de Tejedores de Saladell, de la comarca catalana del Vallés Occidental, del que don Feliciano poseía la representación exclusiva en México.

     A la una de la tarde, don Feliciano dejaba el negocio y se dirigía a su casa para el almuerzo. Con paso lento cruzaba la calle y se detenía en la cercana iglesia de San Felipe Neri, donde permanecía unos minutos en profunda meditación, depositaba una moneda de plata en la urna de las limosnas y daba gracias al Gran Arquitecto del Universo por los favores recibidos. Consideraba, de buena fe, que, aunque fuera masón, un saludo de respeto en una iglesia católica al Gran Arquitecto del Universo no sería mal visto, pero eso sí, no podía tolerar ningún tipo de trato con algún sacerdote.

     Don Feliciano había sido bautizado, sin embargo, por haber crecido en el seno de una familia liberal, fue un católico en apariencias, y, a una cierta edad, por así convenir a sus intereses, y con apoyo de algunos de sus principales clientes, ingresó a la Logia Género Humano. Podría decirse que, después de todo, era un masón de conveniencia. Esa dualidad no le preocupaba, pues a lo largo de los años había aprendido que todos, quien más, quien menos, en el mundo de los negocios y de la política, son lo que las circunstancias imponen o aconsejan ser para su propio beneficio.

     Luego de esa parada, que de todas maneras le daba un sosiego a su conciencia, caminaba dos cuadras sobre la calle de la Profesa y llegaba a su domicilio, una casa antigua, amplia y acogedora. Ahí lo esperaba su esposa Irene, joven y hermosa mujer de pelo rubio que don Feliciano había conocido en uno de sus viajes por Jalisco, quien se esmeraba en atender a su marido con sus platillos predilectos y a complacerle en todos sus deseos. Una mujer dócil, cariñosa y hogareña. Después de una breve siesta, don Feliciano regresaba a su negocio con la conciencia y el cuerpo plenamente satisfechos.

     Feliciano, un hombre maduro y muy bien parecido, había viajado por  primera vez a Guadalajara a los treinta y cinco años, cuando estaba consolidando su negocio. El propósito del viaje era encontrar y contratar a un representante suyo para la distribución y venta de las telas del Consorcio Español de Tejedores de Saladell en esa zona del país. Ahí conoció a Salvador Rey, un modesto comerciante de origen español de telares y tejidos, con quien estableció un convenio de mutuo beneficio. Salvador Rey, para cerrar el trato amigablemente, invitó a Feliciano a cenar a su casa y ahí éste conoció a  las gemelas Irene y Matilde, hermosas hijas de Salvador y Adela, de unos veinticinco años, mujeres rubias, delgadas, ojos verdes esmeralda, de trato amable y sumamente parecidas.

     Feliciano había cortejado a muchas mujeres en la capital, pero ninguna había satisfecho su exigente gusto y, sobre todo, pensaba que antes debía consolidar su negocio, echar unas bases sólidas, y luego pensar en relaciones serias y definitivas. Pero cuando conoció a las hermanas Rey, en un instante, como una iluminación que se sobrepuso a los razonamientos y cálculos monetarios, consideró que había llegado el momento de sentar cabeza y casarse.

     Después de la cena, mientras Salvador, su mujer y Feliciano tomaban café en la sala, éste alabó la amabilidad y gracia de las hijas y preguntó por qué esas hermosas criaturas no se habían casado aún.

    Salvador se lamentó de su modesta situación económica y confesó que estaba haciendo un esfuerzo para reunir una dote atractiva que permitiera que las hijas pudieran elegir un buen partido.

     Feliciano, sin pensarlo dos veces, como llevado por un arrebato del corazón, dijo que él se sentiría muy favorecido si lo aceptaban como un candidato para solicitar la mano de una de sus hermosas hijas, sin que mediara dote alguna.

     Salvador y Adela no ocultaron, al principio, su asombro ante tan inesperada solicitud, pero poco después, viendo que la petición de Feliciano era seria y él se mostraba como todo un caballero, una persona madura, educada y de trato cortés, accedieron.

    Feliciano dejó la casa de la familia Rey muy emocionado, diciendo que volvería al día siguiente con la intención de hablar con las dos hermanas y ver cuál de ellas lo aceptaría como marido. Esa noche, en el cuarto del hotel, más que pensar cuál de las dos hermanas lo elegiría, Feliciano tomó conciencia de que estaba por dar un paso decisivo en su vida, analizó los pros y los contras, y al fin se convenció de que había llegado el momento adecuado y justo para contraer matrimonio.

     Feliciano, al día siguiente, conversó con las gemelas a la hora del té, las que habían sido advertidas del motivo de la visita de aquél. Feliciano, a veces confundiendo la una con la otra, por el parecido que mostraban, al fin notó que era Irene la más abierta e interesada en la vida del pretendiente, en quienes habían sido sus padres, en cuáles eran sus gustos, sus hábitos  y en todo lo demás, mientras Feliciano le preguntaba sobre sus lecturas, si le gustaba la música, el teatro, cocinar, y otras cosas. Feliciano se sentía feliz luego de ese encuentro y sobre todo cuando Irene aceptó casarse con él. Y la boda se formalizó de inmediato, la que se llevó a cabo, por lo civil, porque ni Feliciano ni Salvador eran muy devotos, ni mucho menos, dos meses después de ese encuentro, e Irene se trasladó a la ciudad de México, a su nuevo hogar, en la calle de la Profesa.

     En esa casa de la Profesa, en 1897, cuando Feliciano contaba treinta y siete años y su mujer recién había cumplido veintisiete, nació Leopoldo, el hijo tan esperado que casi le cuesta la vida a la hermosa Irene, durante un parto complicado. Por eso de tener otros hijos no se volvió a hablar y, por lo mismo, las relaciones sexuales se espaciaron y el coito se interrumpía en el momento más sublime, el del orgasmo.

     El pequeño Leopoldo fue el centro de atención de Feliciano, quien dejó grabadas las imágenes de su descendiente, a medida que crecía, con su cámara alemana Zeiss, recién adquirida, la que usaba para perpetuar los momentos felices de su vida.

     Meses antes del nacimiento de Leopoldo, Matilde,  con la buena intención de ayudar a su hermana en el cuidado del crío, llegó de Guadalajara. En realidad, Matilde tenía la esperanza de encontrar un buen partido en la capital y casarse. Pero no logró que su sueño se realizara y quedó soltera toda su vida, convirtiéndose en un miembro más de la familia. Las dos hermanas se hacían compañía tejiendo,  bordando y comentando las cosas cotidianas.

     Por la tarde, don Feliciano se hacía servir el té, en su despacho, a las cinco en punto, en un fino juego de vajilla traído de Baviera, y lo disfrutaba acompañándolo con finas galletas y pastelitos de La Fenicia, pastelería que se encontraba en la calle de Plateros, a pocos pasos del negocio.

     El domingo, don Feliciano acompañaba a su esposa y a su cuñada a la iglesia de San Francisco, para que las mujeres asistieran a misa de doce. Don Feliciano, mientras tanto, se instalaba en una mesa apartada, en la Casa de los Azulejos, para disfrutar un café, un buen puro y ordenar sus muchos pensamientos que le daban vuelta en la cabeza. Cuando no eran los relacionados con la marcha del negocio, eran algunos más profundos.

     Trataba de encontrar una solución a lo que él llamaba “el principio de la estabilidad y perpetuidad del bienestar y la felicidad”. Una teoría que tenía en mente y que se esforzaba para darle una solución convincente. Es cierto, se decía, que todo cambia, evoluciona, pero ¿cómo hacer para mantener, como persona y como empresario, el paso a ese cambio externo, en los gustos, en las amistades, en las máquinas que todo lo hacen más fácil, en los jaloneos del poder y las intrigas de Palacio, que inexorablemente se dan, y de esa forma preservar el equilibrio perpetuo y no verse marginado o superado por los acontecimientos?

     Consideraba que si se aferraba al pasado, en su manera de pensar y en la forma en que llevaba el negocio, podría verse desplazado por esa evolución y cambio social y económico que los llamados Científicos, encabezados por José Yves Limantuor, Secretario de Hacienda, propugnaban. Eran personas de ideas avanzadas, agrupadas en la Unión Liberal, que afirmaban que sus argumentos se apoyaban en la teoría positivista de Augusto Comte.

     Veía con admiración, y en su fuero interno también con cierta angustia, dada su ignorancia que honestamente reconocía, que el pensamiento de estos hombres se sustentaba en las ideas progresistas que traían de Europa, y don Feliciano se esforzaba para estar a la altura de sus semejantes, y le invadía una gran desesperación porque su preparación académica era muy deficiente, apenas había terminado el bachillerato, y el mero sentido común no le daba para estar a la altura de esos hombres eruditos que conducían las riendas del país.

     Don Feliciano llegó a convencerse de que triunfar en la vida es como escalar una montaña, por eso para tener como guía “el principio de la estabilidad y la perpetuidad del bienestar y la felicidad”, era necesario observar con rigor, estrictamente, las reglas de los expertos alpinistas: en primer lugar, hay que avanzar siempre y cuando estás seguro de poder retroceder; y, en segundo lugar, hay que mover un miembro, un brazo, una pierna, siempre y cuando los otros tres miembros se encuentren firmemente sujetos en asideros seguros.  Era necesario tener la inteligencia, o la astucia, para traducir estas reglas a la vida cotidiana y a los negocios. Como punto central, pensaba, se debía excluir cualquier improvisación y, además, consolidar lo que se hubiese logrado antes de dar el siguiente paso.

     Después de misa, los tres hacían un recorrido por la Alameda, a paso lento, y don Feliciano mostraba una sonrisa de hombre satisfecho cuando saludaba a algún conocido, con una ligera inclinación de cabeza y llevándose la mano derecha, con guante de gamuza, a la ala del sombrero de jipijapa. Daba rienda suelta a sus deseos de hacer perdurar esos momentos de felicidad, tomando fotos con su cámara Zeiss, pidiendo a su mujer y a su cuñada que posaran al lado de una de las fuentes de la Alameda, o sentadas en una de las bancas que se encontraban a lo largo de los andadores, o pidiendo a Matilde que lo inmortalizara, junto con su hermosa mujer, con esa mágica cámara.

     En uno de esos paseos, durante los cuales conversaban de sus asuntos cotidianos, de la pretensión de tal o cual conocido o conocida que, aunque vistiera a la moda, no dejaba de mostrar cierta vulgaridad al caminar o mal gusto en el vestir, don Feliciano comentó que en esa ciudad se veía de todo. Dijo que no lejos del negocio, en la calle Plateros, había visto que se estaba por inaugurar un teatro, “pero es un teatro en el que no hay actores. ¡Pueden ustedes imaginar eso! Es una sala que lleva el nombre de Cinematógrafo Lumière, y según me informaron pasan imágenes, las proyectan en una gran pantalla, y son imágenes con cierta secuencia, una tras otra… ¡Vaya uno a saber si a eso se le puede llamar teatro!”, remataba con cierta mueca burlona, ante el asombro de su esposa y de su cuñada.

     El día jueves don Feliciano permanecía en el negocio hasta tarde. Al filo de las nueve cambiaba su traje por uno más formal. Con sobrero de bombín, bastón con puño de marfil, chaleco de satén y leontina de oro, fular estampado, chaqué de fino terciopelo negro, pantalones a rayas y zapatos de charol con polainas, se dirigía a la calle Coliseo número nueve, una elegante casa de tolerancia. Ahí se entretenía en una confortable habitación, con paredes encortinadas, conversando con alguna de las mujeres que elegía en la sala y concluía la íntima reunión con un masaje oriental que remataba con una pausada copulación que disfrutaba como si fuera la última cosa que haría en su vida.

     Dedicaba esas horas de placer con total entrega, sin restricciones ni interrupciones, y recordaba sus años de soltería, cuando en esa misma casa de la calle Coliseo, que frecuentaba asiduamente, se sentía como un sultán en su harén.

     Al concluir, bajaba al privado, reservado para los clientes importantes, y tomaba una o dos copas de oporto reconfortante en compañía de sus conocidos y amigos, algunos de ellos, como Emeterio de la Garza, Antonio Asúnsolo, Guillermo Andrade, miembros de la Logia Género Humano, como él, y miembros de la Unión Liberal, del grupo de los Científicos, quienes tenían una gran influencia en la vida económica y política del país, debido a sus propuestas en cosas del gobierno, su cercanía al Presidente, y a sus  considerables riquezas, y esas relaciones ayudaban mucho a la expansión y consolidación del negocio de don Feliciano.

     El primer lunes de cada mes, don Feliciano asistía a la Logia. Al entrar en la sala de recepción, acariciaba con devoción el busto exquisito de Marian Masónica que desde su pedestal parecía dar la bienvenida los asistentes. Fue en una de esas reuniones que los ahí presentes aplaudieron la decisión del presidente Porfirio Díaz de haber invitado al arquitecto Adamo Boari para que, en abril de 1904, iniciara la construcción de lo que sería el palacio de Bellas Artes, construcción concluida muchos años después, en 1934, por el arquitecto Federico Mariscal.

     En la Gran Dieta Simbólica, en la que se administraba tanto los grados simbólicos como los filosóficos de la masonería, Porfirio Díaz fue proclamado Gran Maestro. El presidente Díaz había logrado la unificación de la masonería mexicana, una gran hazaña, aunque tiempo después esa Gran Dieta Simbólica se disolviera.

     Cuando Feliciano regresaba a casa tarde, seguido encontraba a Irene y Matilde durmiendo juntas, en la amplia cama matrimonial. Verlas juntas, contemplarlas dormir plácidamente, le llenaba de gozo, las confundía, Feliciano reconocía cuál de las dos era Irene por el suave aroma del perfume que en cada aniversario de boda le regalaba, y con gran ternura daba un beso en la frente a cada una, les acariciaba las mejillas, a Matilde agradecido por la compañía que le hacía a su mujer, y luego se deslizaba en el espacio del lecho que encontraba desocupado. Esto de que Matilde compartiera la cama matrimonial con la hermana gemela luego se convirtió en una costumbre sin mayores malicias o promiscuidades. También cuando llega a buena hora, Feliciano, luego de la cena, se encerraba en su despacho para revisar cuentas y la marcha del negocio y al retirarse a dormir, ahí estaban las hermanas, haciéndose compañía aún en el sueño. Matilde se retiraba a su habitación discretamente cundo percibía que Feliciano, con caricias y palabras apenas murmuradas al oído de Irene, iniciaba un preludio amoroso que concluiría en una copulación.

 

 

 

2

     En 1905, a sus cuarenta y cinco años de edad, con una posición económica holgada, don Feliciano mandó construir una espléndida residencia en los suburbios de la ciudad, sobre una calzada de terracería que desde entonces se llama Oaxaca.

     Don Feliciano pidió a su arquitecto que observara la casa de Antonio Rivas Mercado, en la tercera calle de Héroes 45, para tener una idea de lo que quería, pues él admiraba a ese arquitecto mexicano a quien el mismo presidente Díaz le encomendó, en 1902, la construcción de la Columna de la Independencia, que se elevaría en el cuarto círculo del Paseo de la Reforma, para tenerla lista en 1910,  año en que se conmemoraría, con gran parafernalia, el centenario de ese histórico acontecimiento.

     Y la casa se construyó siguiendo, en lo posible, el modelo de la casa de Antonio Rivas Mercado. Quedó muy satisfecho don Feliciano, tanto que mostraba a sus amigos, clientes, y hasta a sus empleados, las fotografías que tomaba de la casa en sus diversos ángulos. La fachada de cantera, con grandes ventanales. El techo, con tejas rojas españolas. Los dormitorios tenían, al poniente, una espectacular vista al Castillo de Chapultepec, y, al levante, daban a un amplio jardín, que con el transcurrir de los años se convertiría en la Plaza Madrid.

     La entrada daba a un vestíbulo, donde se iniciaba una espléndida y amplia escalera que conducía al segundo nivel, con una hermosa barandilla y pasamanos de caoba. A la extrema derecha se encontraba la alcoba de don Feliciano e Irene, con un amplio baño y con tina de peltre esmaltada de blanco, con patas que asemejaban garras de león. Luego el dormitorio de Leopoldo y después tres dormitorios para visitas, uno de los cuales era de Matilde, que poco o nunca ocupaba para dormir. Todos con acceso a baños compartidos, con tina, que para esa época era un lujo. Sin embargo, para no romper abruptamente con la costumbre, cada recámara disponía también de aguamanil y jarra con agua, en un elegante soporte, y espejo de pared.

     A la derecha, el vestíbulo daba a una amplia sala con tapetes persas, con sofás y sillones elegantemente tapizados, cuadros, dos pequeñas estatuas en bronce, una del dios Mercurio y otra de la diosa Venus, sobre esbeltos pedestales, en un rincón un gran jarrón chino, con delicados dibujos azules sobre un fondo blanco, candil, y al fondo una puerta que conducía al despacho de don Feliciano. A la izquierda del vestíbulo se ingresaba al soberbio y enorme comedor, con mesa para doce personas, sillas forradas de gobelino, finas vitrinas con cristalería y vajillas, candil de múltiples luces, y al fondo, en la pared que da al poniente, la puerta de la amplia cocina. A un costado del comedor, se construyó un agradable y acogedor privado, destinado a la sala de costura de Irene y su hermana, en la que transcurrirían horas y horas tejiendo y viendo pasar la vida.

    Don Feliciano deseaba que su familia viviera alejada del ajetreo de la ciudad y del caótico bullicio político que ya en ese año crecía sin cesar y no se sabía a ciencia cierta que deparaba el futuro, luego de tantos años de orden, paz y progreso bajo el autoritario gobierno del general Porfirio Díaz.

     En esa mansión vivió don Feliciano sus últimos y más felices días, salpicados de sus más angustiosos recuerdos, hasta 1950, cuando falleció a los noventa años de edad.

     Leopoldo Bustamante pasó en esa residencia una infancia y adolescencia placentera y despreocupada, al cuidado y sobreprotección de su madre y de su tía, aunque ya alcanzada una edad de entendimiento, escuchaba con aprehensión y creciente angustia las catastróficas y espeluznantes noticias que su padre día a día narraba al regreso de la ciudad.

     Porfirio Díaz, luego de treinta y un años en el poder, se había visto obligado a renunciar a la presidencia de la República el 25 de mayo de 1911 y se había embarcado rumbo a Francia.

     “Porfirio Díaz” solía decir don Feliciano, “tenía buenas intenciones. Tomó las riendas del país para aplicar con firmeza la Constitución de 1857 y el Plan de Tuxtepec. Si no hubiera actuado con firmeza, habría seguido el caos en el que se vivía. Es cierto que no tenía muchas cualidades de aristócrata, pero fue un gran gobernante, honrado y de mando autoritario que nadie lo superaba. Es un hombre honorable, por eso lo hemos admirado, aunque en verdad carece de buenas maneras, de buenos modales. Como presidente, no sabía vestir ni hablar y escupía en las alfombras. El hombre no tiene educación porque surgió del ejército, es un militar, pero ha sido sincero y ha cumplido lo que ha prometido. Fue un pacificador, aunque con los indios yaquis y mayos se le pasó la mano…”.

     En sus últimos años de vida, don Feliciano no se cansaba de repetir, con una expresión de profunda tristeza, que luego de ese largo periodo de estabilidad, de tranquilidad política con el general Díaz, no se imaginaba qué sería de su amado país en el futuro. Los acontecimientos que se precipitaban, inesperados, imprevisibles,  lo confundían y desesperaban, pues ponían de cabeza sus elucubraciones sobre “el principio de la estabilidad y perpetuidad del bienestar y la felicidad”. No le daban tregua ni tiempo para mantenerse a la par de ellos, para asimilarlos.

     Decía: “Estoy convencido que somos,  como individuos y como Nación, el fruto, el producto de nuestro pasado. ¿Pero cómo hemos llegado a ser lo que ahora somos? ¡No logro entender si como sociedad hemos retrocedido o si el progreso significa pasar por este caos y esta despiadada violencia! He sido testigo del asesinato de Francisco I. Madero y Pino Suarez, un hecho brutal que muestra de lo que es capaz la ambición y la traición; la usurpación del poder por parte de Victoriano Huerta; un estado de guerra en pleno centro de la ciudad; el gobierno del déspota Plutarco Elías Calles; el asesinato de Venustiano Carranza ordenado por Álvaro Obregón; y del propio Álvaro Obregón; los asesinatos de Emiliano Zapata y de Pancho Villa, y de Francisco Serrano, jefe del  Estado Mayor de Obregón, y éste lo mandó matar; el asesinato de Belisario Domínguez y Serapio Rendón; la presidencia efímera de Adolfo de la Huerta, en 1920; la prepotencia del presidente Plutarco Elías Calles; la sublevación de los cristeros, agrupados en la Liga Nacional de Defensa Religiosa al mando de ese desalmado monseñor Miguel de la Mora y Mora, que se oponían a la Constitución de 1917 y a nosotros, los masones, que nos tachaban de diabólicos; el gobierno de Emilio Portes Gil, de Pascual Ortiz Rubio, de Abelardo L. Rodríguez, gobiernos pasajeros, de conveniencia, sin dejar huella; el de Lázaro Cárdenas, de Manuel Ávila Camacho y ahora de Miguel Alemán, algunos de ellos corruptos como no se había visto nunca antes. No me van a creer, pero sin contar a Porfirio Díaz, he visto pasar por Palacio Nacional, en estos últimos años, a doce presidentes, muchos de ellos sin escrúpulos, corruptos, enriquecidos con el erario público, otros manejados como títeres y el único que creo ha superado al general Díaz fue Lázaro Cárdenas, ese general debería haber durado en el poder y haber impuesto un gobierno duradero y autoritario, la única forma de gobernar este país, saqueado por caciques territoriales y caciques políticos. El general Cárdenas ha sido el único que se entregó de lleno al bien de la Nación. Me pregunto: ¿Cómo escribirán en el futuro la historia de estos años; cómo serán los valores morales de nuestros descendientes; cómo serán los ciudadanos de este país; y la sociedad, en su conjunto, de aquí a cincuenta o cien años? ¿Será una sociedad con nuevos y renovados valores morales y cívicos, o vivirán nuestros compatriotas en un mundo de corrupción, de luchas por el poder, sin dignidad? ”.

     Y así seguía lamentándose don Feliciano, insistiendo en que se estaban perdiendo los valores morales y cívicos y que se requería un gobierno autoritario, pero honrado.

    Leopoldo se sentía cada vez más impactado por las noticias nefastas que escuchaba de boca de su padre en plena adolescencia y esa visión de la perversión que sufría la sociedad lo acompañó por el resto de su vida, y como agua contaminada que desemboca en un manantial, trasmitió esa apreciación de la vida a sus hijos. Doña Irene, su madre, también se sentía acongojada por esas noticias, pero ella buscaba refugio, para su atormentada alma, junto con su hermana Matilde, en la iglesia, rogando gracia y protección a la Virgen de Fátima.

     Sin que Feliciano se opusiera, las hermanas, además de haber logrado que Leopoldo fuera bautizado, lo llevaban consigo a misa desde muy temprana edad y así lo indujeron de lleno en la religión, convirtiéndolo en un creyente que se debatía entre los dogmas, la razón revelada, de origen divino, los rezos a los santos, el “mea culpa” con golpes de pecho, y los sermones que de vez en cuando su padre le hacía sobre los principios de la masonería: la razón científica; la escuadra, símbolo de rectitud; el martillo, símbolo de trabajo; el compás, símbolo del límite que se debe mantener con las demás personas; el Gran Arquitecto del Universo, de mente preclara y matemática, y los ritos. “Hijo --le repetía una y otra vez, mirándolo fijamente a los ojos, como intimándolo--, puedes ir a misa, eso no importa, pero nunca permitas que te lleven a confesar; los sacerdotes son indignos de considerarse representantes de una divinidad y  por lo tanto de dar una absolución”.

     Leopoldo transcurrió de esta manera una infancia y una adolescencia en apariencia tranquila y pasiva, con serias  contradicciones que le rondaban por la cabeza. Quizá por eso no se sentía atraído por las cosas que interesaban a sus compañeros de escuela ni por los estudios. En el subconsciente quizá tenía una confusión en cuando a creencias religiosa y masónica, que le metieron en la cabeza desde su más tierna edad, quizá temía que su mundo de un momento a otro se acabaría, como resultado de las nefastas noticias que, desde que tenía uso de razón, había escuchado en boca de su padre sobre la decadencia, la degradación, de la sociedad en que vivía.

     Repitió un par de años el primer curso del bachillerato y no avanzaba en la Escuela Bancaria y Comercial a la que, sin siquiera pedirle su opinión, lo inscribió don Feliciano. Llegó hasta el primer año y de ahí no pasaba. Entonces le pidió a su padre que prefería aprender de la propia experiencia, trabajando a su lado. Pero Leopoldo nunca tuvo una inquietud como la había tenido don Feliciano, por ejemplo sobre “el principio de la estabilidad y perpetuidad del bienestar y la felicidad”, y cuando oía hablar de ella, u otra cosa, que no fueran ingresos y egresos y pedidos de nueva mercancía, su mirada se perdía en el vacío.   

     Leopoldo Bustamante desde los veinte años comenzó a colaborar con su padre en el negocio familiar y se hizo cargo por completo del mismo en 1940, cuando había cumplido cuarenta y tres años y el padre ochenta.

     Leopoldo, a diferencia de su padre, iba al negocio en traje de calle, no se hacía servir el té en el despacho, porque no le gustaba esa infusión, no se esmeraba en revisar los productos que se exponían en los anaqueles, y trataba a los empleados en forma amigable, como si fuera uno de ello. No regresaba a su casa a almorzar porque prefería comer en una fonda a espaldas de  la Catedral, junto con algunos de los trabajadores del negocio.

     Poco después de hacerse cargo de “Telas Bustamante”, se enamoró perdidamente de una empleada, de nombre Rebeca, supervisora del personal, una mujer taciturna, fornida, de mirada directa, de facciones un poco toscas, dominante, y muy católica. Contra la voluntad de su padre, quien en su fuero interno consideraba que su hijo era débil de carácter, que se dejaba manipular y seducir, cosa que achacaba a la influencia de la madre y de la tía, se casó con ella. Don Feliciano aceptó al fin y al cabo ese matrimonio porque sabía que Rebeca estaba embarazada de tres meses, y la llevó a vivir a la mansión de la calzada Oaxaca.

     En un principio Rebeca vivía confinada en su propia recámara, suya y de Leopoldo; luego, cuando seis meses después dio a luz unos gemelos, don Feliciano, Irene y Matilde la aceptaron, la saludaban con deferencia, pero siempre con ciertas reservas, como si fuera una intrusa, convencidos de que ocupaba un lugar en esa mansión gracias a sus habilidades de seducción. Rebeca, con su fuerte carácter, se sentía marginada y humillada, pero nada podía hacer, excepto acumular rencor y más rencor, en perjuicio de su propia salud.

     Los gemelos, por sugerencia “indiscutible” de don Feliciano, se llamaron Benito y Porfirio, en honor de los próceres de la Nación, y, con la tolerancia del abuelo, fueron bautizados. Don Feliciano rebozaba de felicidad, les tomaba fotos en cada ocasión: si les salía un diente, si sonreían, si decían papá (él insistía en que decían tata, pero no papá), si le daban un supuesto beso a Irene o a Matilde. Veía con orgullo,  en estos gemelos, cómo se aseguraba su descendencia, perduraba el apellido Bustamante, y, con ella, la pertenencia del patrimonio familiar, que con tenacidad y astucia había logrado acumular año tras año, quedaría en buenas manos.

     Estos gemelos fueron la alegría de Irene por poco tiempo. A los setenta y cinco años, justo el día en que se festejaba el quinto aniversario de Porfirio y Benito en el gran comedor, Irene se retiró al dormitorio quejándose de un leve dolor de cabeza, de cansancio y de calambres en los brazos. Cuando Feliciano y Matilde a su vez subieron al dormitorio al concluir el festejo, Irene, tendida en la cama, vestida como estaba, con las manos sobre el pecho y los dedos entrelazados, con su pelo rubio, una que otra cana entreverada, con un esbozo de sonrisa en los labios, yacía muerta.

     Matilde continuó ocupando un lugar en la gran cama matrimonial, a veces consolando a Feliciano cuando, en  medio de la noche lo oía sollozar, o sintiendo el abrazo cálido de él cuando era ella la que lloraba a mares por la pérdida de su querida hermana. Pero fue más profundo y despiadado el dolor en el corazón de Matilde, la que siguió a su hermana gemela sólo dos años después. Así se esfumaba para don Feliciano el amor de las hermanas Rey que tuvo el privilegio de compartir, cada cual a su manera, desde ese día, cincuenta años atrás, en que en Guadalajara decidió sentar cabeza y formar una familia.

     Porfirio y Benito fueron el apoyo espiritual de don Feliciano durante sus últimos diez años de vida. Acongojado por los acontecimientos que tenían lugar en la capital, y en todo el país, como consecuencia de la expropiación petrolera, de la Reforma Agraria, de la guerra cristera, entre otras cosas, que sembraban la discordia a lo largo y ancho del territorio, se retiró en su mansión, encerrándose en ella, para reducir su mundo al cuidado de sus nietos, a quienes mimó, consintió, y se empecinó en ser su propio maestro, en educar e impartirles los primeros conocimientos de enseñanza básica por su propia cuenta, y los principios sagrados que regían las buenas costumbres familiares, sin dejarlos ir a escuela alguna, queriéndolos proteger de la degradación social que veía avanzar en esa sociedad que había vivido, amado y añoraba.

     Sin embargo, don Feliciano nunca había conocido, y por lo tanto no podía amar y añorar, ese otro mundo que, bajo la mano férrea de Porfirio Díaz y de los hacendados, había llegado al límite de la tolerancia y de la explotación, y luchaba por conquistar un lugar digno en el país que sostenía y alimentaba con su trabajo.

     Don Feliciano impartió a sus nietos algunas materias a su buen juicio y criterio, aunque en el fondo la verdad era que no deseaba pasar en la soledad esos últimos años que le quedaban de vida, con los brazos cruzados, lo que habría significado un martirio, habría sido funesto para él, luego de una vida activa, dedicada al comercio, a entretejer relaciones con la flor y nata de la sociedad de la capital, y a acumular una fortuna no despreciable.

     Sin embargo, a la muerte de don Feliciano, Porfirio y Benito, de diez años, niños altos, muy hermosos, de pelo castaño, de tez clara y ojos verdemar, por no haber seguido una preparación escolar formal, por carecer de un certificado oficial, no podían ser inscritos en ninguna escuela privada, por lo tanto, por iniciativa de Rebeca, que había asumido, como madre y dueña de casa, el papel que al fin y al cabo le correspondía, fueron internados en un seminario de religiosos, ubicado no lejos de la residencia.

     Leopoldo se opuso en un principio a esa propuesta. Decía: “Consigamos un profesor particular, que sigan sus estudios en casa y cuando cumplan la edad adecuada que presenten el examen de admisión en una escuela privada para iniciar la enseñanza secundaria o media”. Pero Rebeca insistía en su propuesta, no quería que los hijos estuvieran todo el día en casa, encerrados, sin tener la posibilidad de relacionarse, y dudaba que un profesor cualquiera pudiera prepararlos adecuadamente en todas las materias de la enseñanza básica o primaria.

    Al fin se impuso Rebeca, con sus buenas razones y su fuerte carácter, y los niños fueron internados en el seminario, en el que permanecieron poco más de seis meses, hasta que una tarde, sorpresivamente, aparecieron en la mansión de Oaxaca, con los ojos enrojecidos, el ceño fruncido, y, aun ante los severos reclamos de la madre, nunca dieron una explicación del motivo real de la huida, porque el abandono del seminario fue precisamente una escapatoria. Se mantenían mudos, reservados, sobre todo Porfirio, se veía a leguas que algo había cambiado en ellos, guardaban algún secreto en lo más profundo de su ser, que nadie logró que sacaran a luz.

     Y permanecieron en esa casa por el resto de sus vidas, con el consentimiento de su padre y la resignación y las protestas airadas de la madre, como si entre esas paredes se sintieran protegidos de los males de este mundo.

     Leopoldo Bustamante se esmeró en mantener el negocio como lo había hecho su padre, pero el buen gusto y la alta calidad de las mercancías no eran suficientes para competir con las nuevas empresas, más agresivas en precios,  ofertas y promociones, y más diversificadas en productos, para un público más amplio y de diversos niveles de ingresos, que se instalaban en la capital, la que crecía en forma acelerada, en cuanto a habitantes y expansión urbana.

     “Telas Bustamante” fue lentamente decayendo, hasta que en 1960 Leopoldo tomó la decisión de vender el negocio a un consorcio francés.

     Se vino a sumar a este descalabro, así lo consideraba Leopoldo, por haberse visto desplazado del mercado en un campo que dominó la familia durante décadas, la muerte prematura de Rebeca, quien fue víctima de un cáncer de colon, y falleció pocos meses después de la venta del negocio. Durante los últimos meses de vida padeció terribles dolores, como si le estuvieran introduciendo un fierro candente en las entrañas; casi no se alimentaba y era un suplicio ir al baño, debido a las evacuaciones sanguinolentas que las miraba de reojo con horror. Pensaba, en algún momento de sosiego, como si ella estuviera recibiendo un designio divino, por la expiación de todos los pecados de  la humanidad.

     Leopoldo, a sus sesenta y tres años, y a pesar del esmerado cuidado que le proporcionaba la asistente de enfermería, la señorita Elvira, contratada cuando se supo del mal que aquejaba a Rebeca, una muchacha hermosa, de  diez y ocho años, de muy buen porte, fue incapaz de rehacer su vida, cayó en una severa depresión que lentamente lo llevó al abandono de sí mismo y a la muerte, en 1970, dejando a sus hijos gemelos, de treinta años de edad, sin oficio ni beneficio.

     Bueno, les quedaba el beneficio de ser los herederos de una casa señorial, de sesenta y cinco años de antigüedad, ubicada en una zona de la capital que con el tiempo aumentaba en atractivos y plusvalía, y de un capital en una cuenta bancaria, el que, por su liquidez, estaba expuesto a los caprichos de cada presidente en turno, es decir, a los vendavales de las devaluaciones y de la inflación que arrasaban con el valor de la moneda.

 

 

 

 

3

 

     Rebeca era una mujer muy reservada; tenía una personalidad ambivalente y mal carácter. Su reacción, ante cualquier situación, era una incógnita. Nunca se sabía lo que estaba pensando, ni su estado de ánimo: si estaba contenta, si estaba enojada, si mañana le agradaría lo que ayer le había arrancado una sonrisa, o bien, por el contrario, montaría en furia. Leopoldo soportaba estoicamente esos cambios y exabruptos de su mujer, porque en cierta forma, en su fuero interno, se consideraba que era un portador de mala suerte: en casa le iba mal, no era en absoluto feliz; el negocio decaía, no lograba, por más que se empeñaba, en mantenerlo para que compitiera con sus semejantes, y veía con tristeza como perdía esa presencia que tuvo cuando  su padre lo dirigía.

     No tenía amigos, ni había logrado ingresar, un poco por desidia y sobre todo por no contar con las influencias y las recomendaciones necesarias, a la Logia a la que había pertenecido su padre. Iba a  la iglesia como por inercia, sin convicción, y no lograba articular una oración completa, sin devoción rezaba como autómata y saltaba del Padre Nuestro al Credo, y terminaba alabando al Gran Arquitecto del Universo; miraba a los santos, y le daba la impresión que con sus miradas melifluas, que consideraba falsas,  se estuvieran burlando de él. Estaba convencido de que todo lo que le rodeaba, todo lo que amaba, tarde o temprano iba a sufrir algún percance. Se sentía incapaz de enfrentar el futuro, familiar y de negocios, con decisión y entereza.

     Por eso ni siquiera se atrevía a reclamar ante la frigidez de Rebeca. Cuando tímidamente se le acercaba en la cama, de noche, con la necesidad de un desahogo sexual, de una imperiosa descarga de semen acumulado, sin pensar siquiera en un placer mutuo tras un arrebato amoroso, Rebeca le decía: “Si sigues con eso, toma tu cojín y vete a dormir al sofá”. Leopoldo se daba la vuelta en la cama, le daba la espalda, y se quedaba con los ojos abiertos, resignado, con la mirada perdida en la oscuridad de la alcoba.

     Cuando los gemelos, una tarde, huyendo del seminario se presentaron en la mansión sin dar explicaciones, Rebeca, con voz de mando militar, le dijo a su marido: “¿Y ahora qué vas a hacer con esos mocosos?”. Leopoldo, encogiéndose los hombros, resignado, le respondió: “Ya veremos, mujer, no todo en la vida sale como uno quiere”. Pero estaba contento de tenerlos en casa, y no se cansaba de tomarles fotografías con la cámara Zeiss, para celebrar el regreso de los hijos al seno familiar.

     Al día siguiente del regreso de Porfirio y Benito a la mansión, Rebeca fue a ver al padre Efraín, el prior del seminario, a quien le había confiado a sus hijos, y quien se había comprometido en ser el tutor de ellos. Quería saber qué había sucedido, por qué los niños habían abandonado el seminario en forma tan precipitada e inesperada.

     El padre Efraín le dijo que en un principio todo iba muy bien, Porfirio y Benito se veían contentos y platicadores con los seminaristas. Pero había notado que en las últimas semanas Porfirio se mostraba reservado, estaba inapetente, a veces ni se presentaba en el refectorio a  la hora de la comida. Había hablado con él sin lograr sacarle ni una sola palabra. Pensó que era algo relacionado con el proceso de adaptación y que pronto se le pasaría. Dijo: “Por otra parte, he notado que Benito es un niño que calificaría de “gregario”, sigue servilmente las iniciativas de su hermano y Porfirio muestra signos de autoritarismo y se complace de esa dependencia que Benito muestra hacia él. Esto nos complica la educación de estos niños, señora”.  

     --Lo que sucede, en realidad –concluyó el padre Efraín--, es que estos niños sufren el síndrome de la “añoranza del nido”, consecuencia de encontrarse en un ambiente extraño al de su casa, donde han nacido, crecido y vivido su infancia bajo la protección excesiva de sus padres o de su abuelo.

     Sin que Rebeca pudiera argumentar nada, el padre Efraín le entregó las maletas de los niños con sus ropas y cosas de aseo personal y la despidió con una fingida sonrisa en los labios, sin dejar de pestañar, y dándole unas palmaditas en el hombro, como si le estuviera expresándole un pésame.

     Rebeca se decía a sí misma, mientras regresaba a casa: “Nada más esto me faltaba. Me caso con un hombre, digamos que de buena posición, para asegurarme un futuro y me resulta bueno para nada, luego ese viejo egoísta que descaradamente duerme con dos mujeres, sin que nadie diga nada, ni se escandalice, se apodera de mis hijos, para no morirse de soledad, y me mete en este problema… ¡Pero ya basta, yo me lavo las manos!”.

     Rebeca no volvió a preocuparse de Benito y Porfirio, los veía como si fueran hijos ajenos. Cuando los niños, ya adolescentes, regresaban a casa para almorzar, luego de dar una vuelta por el barrio o de jugar en la fuente, frente a la casa, o ir más lejos, explorando la ciudad, Rebeca se desesperaba. Le clavaba una mirada de desprecio a su marido y con enfado le gritaba a voz en cuello: “¡Llévate a esos muchachos a que aprendan un oficio, que hagan algo! ¡Estas criando unos zánganos!”.

     Rebeca comía con la mirada clavada en el plato, todo le caía mal, prácticamente tragaba, sin masticar, las papillas y los alimentos blandos que Elvira, contratada para cuidarla, le preparaba; seguido se quejaba de dolor de estómago y no dejaba de maldecir cuando por lo menos dos veces a la semana tenía diarrea que trataba de controlar con cuanto medicamento le recomendaban sus pocas amigas.

     Leopoldo pensaba, cuando Rebeca se encontraba en la antesala de la muerte, que esos dolores atroces, que  desgarraban el cuerpo por dentro a su mujer, eran un castigo divino, no de naturaleza terrenal, y quizá por eso, habiendo sido ella muy católica, no pidió los últimos sacramentos, ni pidió perdón a nadie, ni se arrepintió de nada. Murió enojada, más que eso, enfurecida, como había vivido, con los seres de este mundo y sobre todo con los del más allá, con los santos a los que durante años elevó sus plegarias, y con el Creador, por igual. Benito y Porfirio, de veinte años, apenas resintieron la muerte de la madre. En realidad, estaban agradecidos con la vida porque al fin su madre descansaría de sus arrebatos de ira y de esos terribles dolores.

     Dos meses después de la muerte de Rebeca, una noche, al terminar la merienda, cuando los gemelos habían ido al cine, Leopoldo, con un vaso de brandy Don Pedro entre las manos, y la botella enfrente, le confiaba a Elvira los percances y descalabros de su vida,  se lamentaba amargamente de su mala suerte, de la frigidez de su mujer y de su carácter de hiena hambrienta. Pero, entre lamentos y suspiros, recordaba, con lágrimas de nostalgia en los ojos, y otro brandy en la mano, los cuidados que había recibido de su madre y de su tía, los momentos felices de su niñez, y la admiración que siempre había tenido por su padre. “Ah, qué gran hombre”, decía. “Un triunfador, siempre conseguía lo que se proponía, seguro de sí mismo, y amante de la vida. Por eso se mereció tener, al mismo tiempo, dos grandes amores en su vida, sin envidias, sin celos ni discordias. Como que ha sido el que más amor ha recibido y ha dado”. 

     Así pasaron las horas, un trago tras otro,  abriendo su corazón a la joven que lo escuchaba atentamente, con una tierna sonrisa en los labios carnosos, haciéndole ojitos, sobándole despacio y con ternura el lomo de la mano, diciéndole hermosas palabras de consuelo. Luego, Leopoldo, un tanto mareado, le dijo a Elvira: “¡Uf! Estoy un poco desubicado. Se me mueve el piso. Ja, ja, ayúdame por favor a llegar con vida a mi recámara…”. Ella, solícita, lo ayudó a subir a su dormitorio, lo ayudó a quitarse los zapatos, los calcetines, a desvestirse y a acostarse, como su madre lo había traído al mundo.

     Poco después, en la oscuridad de la alcoba, Leopoldo sintió el cuerpo cálido de Elvira junto al suyo, una mano que le acariciaba el pecho y la entrepierna, unos labios que se le pegaban a los suyos, una sensación, un placer, como desde hacía años, quizá nunca, había sentido. Recapacitó por un momento y dijo: “Pero Elvira, tú puedes ser mi hija…”. Ella le contestó, murmurándole al oído: “Mi amor, puedo ser tu hija, tu madre, tu tía, tu otra mujer… Todo lo que tú quieras. Te voy a dar un poco de felicidad que esa bruja te negó”.

    Desde entonces, Leopoldo vivió entre la euforia que le proporcionaba el amor joven de Elvira y el resquemor que le refregaban en la conciencia sus sesenta y tres años; con el transcurso del tiempo, disminuía esa euforia y aumentaba el resquemor; vivía entre la felicidad, que consideraba inmerecida, que le daba esa mujer, y la sensación de que estaba abusando de una muchacha de la edad de sus hijos.   Haciendo un esfuerzo, trataba de convencerse de que podría manejar la situación, dentro de sí mismo, en su propia conciencia, y aún frente a sus hijos; se decía que el amor no conoce fronteras ni edades; pero no lograba salir de ese ofuscamiento que ya era natural en su mente, esa depresión que lo llevaba, como los rápidos de un río embravecido, al abandono de sí mismo, a vivir una vida sin sentido, sin futuro, y poco a poco a la muerte.

     Leopoldo murió bajo los cuidados de Elvira, en un cuarto oscuro, para evitar las jaquecas que le provocaba la luz, con paños de agua fría en la frente, rechazando cualquier alimento. Su muerte fue una simple prolongación de la ausencia de vida que desde años atrás experimentaba.

     Las preocupaciones de Leopoldo sobre cómo recibirían sus hijos la relación con Elvira eran en vano. Porfirio y Benito nunca vieron a Leopoldo como a un padre, a pesar del empeño que éste ponía en demostrarles afecto. Nunca los gemelos recibieron de Leopoldo la guía, la orientación, el ejemplo, el amor, que se transmite y comparte en los momentos significativos, cruciales, de la vida y sí, en cambio, percibieron la sumisión a la que el padre se sometía a la madre y la indiferencia de aquel frente a la vida misma.

     Por eso los gemelos vieron con indiferencia esa relación del padre con Elvira y, peor aún, la vergüenza simulada de Leopoldo acentuó el abismo que los separaba y anuló la poca comunicación que apenas existía entre ellos hasta entonces.

     Elvira, después de la muerte de Leopoldo, a sus treinta años, se hizo cargo de la casa como ya venía haciéndolo. La íntima relación con Leopoldo le había dado desde tiempo ese derecho y estaba dispuesta a que nadie se lo quitara.

     Así pasaron los años. Los gemelos, cuando aún eran adolescentes, salían a dar la vuelta por el barrio y luego por la ciudad; leían y releían los cuadernos que llenaron con su puño y letra en las clases del abuelo, que luego guardaron como un recuerdo que debía perdurar en el tiempo en su despacho, que permanecía cerrado, como lugar sagrado; y leían los libros que Leopoldo de vez en cuando les llevaba y después los que ellos mismos compraban. Antes de que su padre muriera, con el dinero que él les daba, compraban libros, discos, iban al cine y tomaban algún curso, sin mayor pretensión, sólo por el placer de crecer y vivir lo que la vida les ofrecía.    

 

 

 

4

 

     En realidad, Leopoldo desde un principio no deseaba que sus hijos fueran comerciantes, que algún día se hicieran cargo del negocio. Su experiencia no había sido de su agrado, por eso desde que eran adolescentes, cuando ya se podían desplazar por la ciudad en forma independiente, y como no fue posible inscribiros en una escuela privada, ni de secundaria ni de bachillerato,  por no estar al corriente en las materias de estudios de los respectivos programas escolares, les daba dinero para que tomaran algún curso donde les pareciera, dejándoles la libertad de elegir lo que quisieran, y les recomendaba que una o dos veces a la semana fueran al cine, lo que había oído definir como “el séptimo arte”, y lo consideraba como la última maravilla de su tiempo. 

     Benito y Porfirio, después de la muerte de su padre, vivieron con el capital que él les dejó, el que disminuía a ojos vistas, pero tuvieron un suspiro cuando, por consejo de su banquero, en 1976, a fines de la presidencia de Luis Echeverría, en 1982, al término de la presidencia de López Portillo, y en 1988, al concluir la presidencia de Miguel de la Madrid, tuvieron el buen ojo de cambiar su capital a dólares, obteniendo una ganancia económica enorme debido a las devaluaciones de tres y cuatro dígitos de la moneda, características de la Administración de esos presidentes. Esa beneficiosa medida les permitió sobrellevar su ritmo de vida por muchos años más, aunada a la venta de una que otra obra de arte, como las estatuas de dios Mercurio y de la diosa Venus, herencia del abuelo.

     Sin embargo, en 2013 se vieron obligados a reducir su espacio vital y a poner en renta la espaciosa planta baja de esa noble casa familiar, el comedor, con el propósito de mantener un modesto tren de vida.

     La señorita Elvira se opuso a esa idea, se sentía dueña de casa, y cuando los gemelos tomaban decisiones pasando por encima de ella, sin consultarla, sentía que le hervía la sangre, que se le retorcían las tripas, y con un gran esfuerzo se resignaba, acumulando en su corazón un resentimiento, un rencor, que le envenenaba la existencia. Sólo con dos o tres brandy Don Pedro, bien servidos (que en un principio, cuando era joven, le quemaban la garganta, pero poco a poco fue sintiendo tanto el estimulante y placentero sabor penetrante de la uva destilada, como la liviandad de espíritu, que le permitía enfrentar y soportar la más cruda y dolorosa realidad), lograba apaciguar su impetuoso y dominante carácter.

     Ya llevaba con ellos 55 años, pero los mejores de su vida, desde los diez y ocho, cuando entró al servicio de la familia, hasta los treinta años, mientras vivió Leopoldo, se había sentido la dueña y señora de esa mansión. Por haber remplazado a la malhumorada y enfermiza difunta en el control de la casa, y muy pronto en el lecho conyugal, sentía que, por derecho natural, le correspondía esa autoridad.

     Sin embargo, tras la muerte de Leopoldo, se hizo en efecto cargo de la casa, pero en forma subordinada, y por lo tanto degradada. Tenía una sirvienta que hacía el aseo, tendía las camas, lavaba y planchaba la ropa y se iba a las tres de la tarde, no toleraba tenerla todo el día en casa; ella recibía de los gemelos una cantidad de dinero cada quincena, ordenaba por teléfono a un supermercado cercano los alimentos, cocinaba, pero con el tiempo, la relación con los gemelos se volvió, por decir lo menos, perversa  y conflictiva: hacía todo lo que ellos le pedían, cosas que jamás había imaginado, siempre con la idea de que, con esa disposición de acatar lo que se le ordenaba, con paciencia y resignación, los dominaría, como dominó a su padre, pero eso nunca sucedió, al contrario, en cierta forma sentía que la despreciaban.  

     Al poner en renta la plante baja de la mansión, la señorita Elvira se hizo cargo de los antiguos muebles del comedor, eso sí, no permitió que los gemelos los remataran, como era su intención. Las vitrinas, con la cristalería y porcelanas, la mesa de caoba, para doce personas, las sillas forradas con fino gobelino, el candil, todo terminó arrumbado en una de las recámaras de visita.

     Durante los últimos decenios, los gemelos fueron testigos de cómo la ciudad se fue convulsionando desde un punto de vista urbanístico. Esa antigua mansión sobrevive hoy con dignidad al paso del tiempo y al avance implacable de la urbanización. Nuevas construcciones en el lado poniente de la casa impiden ahora la vista al Castillo de Chapultepec, desde los ventanales de los dormitorios; el enorme jardín, al frente de la casa,  expropiado por las autoridades de la capital muchos años antes, se convirtió en la Plaza Madrid y en el centro sobresale la Fuente de La Cibeles; en los alrededores de la mansión se han construido modernos edificios y centros comerciales que han cambiado la fisonomía de esa parte de la Colonia Roma, como ha sucedido en toda la ciudad de México, en su conjunto.    

     Posiblemente debido a la excelente ubicación del local, en el cruce de las calles de Oaxaca y Durango, a una cuadra, siguiendo la calle Oro, de Avenida Insurgentes, y a las características del mismo, a los pocos días de haberse anunciado que se ponía en renta, ya había varios interesados en él. Porfirio y Benito entrevistaron a cada uno de ellos y al fin se decidieron por Salvador Toscano, un joven chef, de unos treinta y cuatro años, que venía de Morelia, Michoacán, con la intención de abrir un restaurante en la capital.

     Salvador ofreció a los gemelos que, si lo aceptaban como arrendatario, les proporcionaría cada día la comida gratis, acondicionando, para tal efecto, el pequeño privado, adyacente al gran comedor, precisamente el lugar que había sido, durante años, la sala de costura de la abuela y la tía abuela. Esta propuesta les entusiasmó, porque ya estaban hasta la coronilla de los insípidos platillos que la ahorradora señorita Elvira, que no tenía en absoluto vocación de cocinera, les preparaba desde hacía siglos. A sus setenta y tres años, estarían felices de cambiar la sopa de fideos o de estrellitas, el arroz blanco, a veces apelotonado, las albóndigas o el muslo de pollo en caldillo, la gelatina de fresa y el agua de limón, por esos platillos regionales e internacionales, preparados por las manos expertas de un chef laureado, y una copa de vino.

     Salvador contrató a un arquitecto para que remodelara el local, dándole un elegante estilo colonial con motivos tarascos y murales que reproducían los pescadores del lago Pátzcuaro. Se mandó tapiar el acceso del recibidor de la residencia al comedor y de uno de los ventanales de éste, que daba a la Plaza Madrid, se hizo la entrada al restaurante. En el fondo del comedor, del lado poniente, se remodeló la amplia cocina, con hornillas, mesas con cubierta de aluminio, ganchos que colgaban del  techo para los cucharones, coladores, ollas y sartenes y lo que se necesitara, un potente extractor de aire y todo lo requerido para el trabajo de los cocineros.

     Cuando se vio la necesidad de acondicionar una cocina y un comedor para la mansión, que había quedada privada de ellos, la señorita Elvira dijo, con mucha autoridad: “Pues lo más lógico es que se destine a esos fines lo que fue el despacho de don Feliciano, al fondo de la sala. Al fin, ese lugar permanece cerrado desde hace tanto tiempo que sólo Dios sabe cuántas alimañas hay por ahí”.

     Los gemelos se opusieron terminantemente; de ninguna manera se tocaría ese lugar en el que habían pasado los mejores años de la infancia bajo la tutela del abuelo, donde aprendieron a leer, a escribir, y recibieron la primera enseñanza de sus vidas. Decidieron que cocina y comedor, aunque reducidos en espacio, se construyeran en la planta de arriba, en uno de los cuartos destinado a las visitas, nunca usado, el que quedaba a la extrema izquierda.

    Y el arquitecto, aprovechando tuberías y espacio, construyó una cocina y un pequeño comedor en ese lugar, mientras la señorita Elvira se encerraba en el baño, haciendo una tremenda rabieta, gritando que esa mansión (soñaba en que un día la heredaría) quedaba como un adefesio. Pero el arquitecto aconsejó a los gemelos que se diera mantenimiento a todos los espacios interiores de esa mansión que llevaba más de un siglo de existencia. Y así se procedió a reforzar las escaleras, a cambiar los escalones, a reparar y modernizar los baños, cambiar los marcos de las ventanas, dejando el interior de esa casa rejuvenecida.

     Desde el día de la inauguración del restaurante, que lleva el nombre Fonda Pátzcuaro, uno de los más asiduos clientes fue Carlos Moreno, un profesor de la materia Historia y Sociedad, en la Universidad Iberoamericana, y articulista en una revista de circulación nacional, de unos cuarenta y tres años, alto, de complexión robusta, mirada penetrante, bien parecido, que había quedado viudo dos años antes. Un golpe muy duro para Carlos, del que lentamente se reponía.

    Carlos vivía a dos cuadras de la Plaza Madrid y después de probar, el día de la inauguración, los platillos de la Fonda Pátzcuaro, decidió almorzar cada día en ella, de esta manera se ahorraría el tiempo que dedicaba a cocinar, actividad que, después de todo, le fascinaba y realizaba como un ritual religioso, para aprovecharlo en revisar los artículos de tipo político que publicaba en una revista semanal. Quien se lamentó de esta decisión, fue la empleada doméstica que hacía el aseo en el departamento de Carlos, pues era ella la que solía llevarse a su casa buena parte de los platillos que Carlos preparaba, pero que no terminaba, y consideraba imperdonable tirar a la basura. Cocinar para una sola persona, se decía Carlos, es como no cocinar, pero tampoco quería caer en el vicio de consumir comida chatarra, como pizzas, comida china en cajitas de cartón, hamburguesas, etc.

     El día de la inauguración del restaurante, al terminar de comer, Carlos se acercó a Salvador Toscano para felicitarlo por la excelencia de los platillos y el buen servicio, y de inmediato se estableció entre ellos un lazo de simpatía, de buena “química”, como suele decirse. Después, en los días subsiguientes, Carlos no dejaba de invitar a Salvador para que lo acompañara con un café, al terminar de almorzar.

     No pasó mucho tiempo para que Carlos Moreno notara que en el privado adyacente al comedor, cada día almorzaba un par de respetables señores, ya entrados en años, ambos con bigote bien recortado, pelo blanco, elegantes en el vestir y muy parecidos. La curiosidad llevó a Carlos a indagar con Salvador quienes eran esos asiduos y distinguidos comensales. Salvador le explicó que eran los hermanos Bustamante, dueños del local y de la mansión donde éste se encontraba, gente amistosa, y entonces tuvo la iniciativa de proponerle a Carlos que, si lo deseaba, se los podría presentar. Carlos aceptó de inmediato  y así fue como conoció a Porfirio y Benito.

     Los gemelos, con tal de romper la monotonía de los almuerzos solitarios, no sólo se mostraron amables al conocer a Carlos, sino que le propusieron, puesto que era un cliente cotidiano del restaurante, que se les uniera, que compartiera la mesa con ellos.

      --La presencia de un joven profesor y periodista como usted nos hará más grato este momento en que en silencio nos alimentamos –dijo Benito--. Con los años que llevamos de vivir juntos, creo que Porfirio y yo nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos.

     --Por mi parte, les agradezco que me acepten en su mesa –dijo Carlos--, así haré un saludable paréntesis en mis cavilaciones sobre qué voy a escribir, pues durante la comida, con cada bocado pienso en un tema, en un párrafo, agrego o quito algo a lo que ya he escrito, pensamientos que arrastro desde que salgo de casa, y eso no es muy saludable. Pero, Salvador, lo que yo consumo corre por mi cuenta –concluyó Carlos.

     Así comenzó esa relación amistosa a la que se incorporó Salvador, quien al final de la comida se aparecía en el privado con cuatro copas, diciendo: “Aquí viene el bajativo para mis estimados comensales, cortesía de la casa”. Y saboreando el bajativo, se prolongaba la sobremesa que permitía que los cuatro hablaran de las cosas que a cada quien le rondaban por la cabeza.

     Dos o tres días después de iniciada esta convivencia, se presentó de pronto en el privado la señorita Elvira, quien, colocándose entre Benito y Porfirio, poniéndoles una mano a cada quien en el hombro e inclinándose levemente, les preguntó:

     --¿Se les ofrece algo? ¿No es hora de que suban?

     Benito y Porfirio, sin mostrar la mínima sorpresa  por la presencia de la señorita Elvira, y sin siquiera dirigirle la mirada, le respondieron que no necesitaban nada, que podía retirarse.

     Sin embargo, Carlos y Salvador quedaron intrigados por esa visita inesperada, y más les sorprendió ver como la “intrusa”, bien vestida, muy elegante, peinada con el pelo restirado y una larga trenza, de buen parecer, a pesar de su edad algo avanzada, echaba una mirada escrutadora, con el ceño fruncido, por encima de los hombros de Benito y Porfirio, observando los platillos que tenían enfrente, y a quienes ahí se encontraban.

     Al dejar Elvira el privado, Carlos no pudo hacer a menos de preguntar:

     --¿Quién es? ¿Es el ama de llaves?

     --Es la señorita Elvira, es eso y algo más… --respondió Benito, con una sonrisa que más bien parecía una mueca, mientras Porfirio permanecía serio, mirándose las manos que descansaban sobre la mesa.

     Pero las visitas de la señorita Elvira comenzaron a repetirse en el momento menos esperado, por lo menos una o dos veces a la semana, lo que producía suspicacia y una gran curiosidad en Carlos y Salvador.

 

 

 

5

 

     Durante las comidas de ese año de 2013, con una relajante música de fondo, a veces música clásica, a veces boleros o canciones mexicanas, se hablaba a menudo del nuevo gobierno, el que había iniciado su gestión unos seis meses antes, en diciembre del año anterior.

     --Este presidente es muy joven e inmaduro. Para gobernar este país se necesita mucho colmillo, mucho carácter, tener decisión, fuerza, y creo que a este jovenzuelo le queda grande el puesto –decía Porfirio, con tono autoritario en la voz, como si pronunciara una sentencia definitiva.

      --Pues yo en un principio pensaba igual –comentó Carlos--, pero su iniciativa de presentar el Pacto por México y recibir el apoyo de los principales partidos políticos, aún de aquellos de oposición declarada y permanente, habla bien de él como dirigente. Ha tenido iniciativas, hay que reconocerlo. No es fácil en este país conseguir un consenso de ese tipo, aquí, donde cada partido busca su propio beneficio, aun a costa del progreso del país. Es un gran logro que apoyen unas propuestas como la Reforma Educativa, le Reforma Energética, la Reforma de Telecomunicaciones, y otros proyectos más. Lamentablemente, los partidos políticos son nidos de víboras.

     --Pero el apoyo que otorgaron a ese Pacto es por una conveniencia momentánea de esos partidos –agregó Benito--. No se haga ilusiones, Carlos, esos partidos, más temprano que tarde, volverán a jalar por su propio lado, a llevar el agua a su propio molino, criticándose unos a otros, despreciando lo que se ha hecho, aunque sea bueno para el país, todo en desmedro del progreso y en beneficio propio. Yo soy partidario de un gobierno autoritario, que ponga orden, con mano dura, a todas esas lacras de la sociedad. Yo no creo, como dicen algunos, que vamos hacia una mayor cultura cívica, que debemos aprender a compartir y luchar unidos por un concepto de nación con justicia social, que algún día viviremos en democracia. Esas son patrañas. Creo que una libertad, con las obvias limitantes que imponen las leyes actuales, favorece más a los poderosos que a los ciudadanos y no conduce a la democracia. Los poderosos aprovechan la libertad para incrementar su poderío, les viene como una bendición, se les facilita la posibilidad de hacer grandes negocios y enriquecerse más y más. Los desposeídos o quedan en la misma situación o se hunden más en la miseria. Esa es la realidad del sistema, no me vengan con el cuento de que la libertad, sin límites para los poderosos, es el camino hacia una sociedad democrática. Es el camino hacia la plutocracia. ¡Como sociedad, vamos para abajo! –y con la mano derecha y el pulgar extendido hacia abajo, hizo la señal de derrota o de condena.

     --Estoy de acuerdo con usted. Pero si comprendo bien, ¿estaría a favor de una dictadura? –preguntó Carlos, mirando fijamente a Benito.

     --Eso, yo tengo mis razones y una teoría al respecto…

     --Pues, el único político que yo veo que tiene ambiciones de esa naturaleza –dijo Carlos--, que no se mordería la lengua para establecer un gobierno autoritario y populista, debido a su ambición de poder, a su carácter de cacique político, sería el dueño de Morena. Este político ha sido capaz de escindir la izquierda de este país con tal de dominar y controlar parte de ella, de dar paso a su personalidad histriónica, en lugar de, como buen líder, luchar por la unificación de las fuerzas de izquierda, progresistas, con un programa de justicia social.

     --Por favor, Carlos –se apresuró a replicar Benito--, que Dios no lo permita. No soy tan ingenuo. Mi propuesta es completamente distinta y algún día se la diré.

     --Dígame Carlos, como ciudadano de este país, ¿le parece normal que con un ingreso per cápita que representa la tercera parte del ingreso per cápita de ciertos países desarrollados, tengamos un gasto en campañas electorales dos o tres veces superior a lo que gastan esos países, también medido per cápita? -–preguntó Porfirio, dándole un buen sorbo a su vaso de Duque de Alba--. Yo considero absurda la cantidad de dinero que se destina a los partidos políticos, muchos de éstos son negocios familiares, como el Partido del Trabajo, Encuentro Social, Morena, Nueva Alianza, Partido Humanista, y es vergonzoso el sueldo que reciben los funcionarios públicos de alto nivel, como los diputados, senadores y qué decir de los magistrados de la Suprema Corte. ¡Todo esto con los impuestos que nosotros pagamos! Nos damos golpes de pecho por la pobreza que nos rodea. En los cafés, en los restaurantes, disfrutando una buena comida, nos lamentamos de que hay cuarenta millones de connacionales que viven en la miseria y permitimos estos excesos. ¡Es el colmo de la hipocresía!

     --Estoy también de acuerdo con usted –dijo Carlos--. Somos cómplices dóciles del mal que aqueja a la sociedad. Permitimos, por ejemplo, que los dirigentes sindicales manejen a discreción, sin rendir cuentas a nadie, millones y millones de pesos, contribuciones de los afiliados. Hace poco escribí un artículo proponiendo que se promulgue una ley por la que sea obligatorio realizar auditorías a los partidos políticos, a los sindicatos, al Instituto Nacional Electoral, que se regularicen los sueldos y prestaciones. Pero mientras no se tenga voluntad política de eliminar esos males, no se hará nada, porque esos grupos e instituciones están en la punta de la pirámide y son los que ejercen el poder. 

 

 

***

     Los gemelos, a veces Porfirio a veces Benito, levantando una mano pedían a los ahí presentes que se callaran, y decía, uno u otro:

     --Escuchen, ese es Sibelius, qué gran compositor, una aportación invaluable de Finlandia a la humanidad.

    --¡Ah! Qué maravilla, esa sinfonía de Mahler, “El Titan”, es maravillosa.

    Sin embargo, era Porfirio quien conocía a todos los compositores y sus obras al dedillo. En cambio Benito se confundía y seguido se equivocaba en reconocer, por ejemplo, obras tan conocidas como la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonin Dvoràk, o Carmina Burana, de Carl Orff. Y Porfirio lo corregía, a veces haciéndolo quedar en ridículo frente a los demás. Cuando Benito mencionaba alguna obra o algún autor, seguido dirigía una mirada a su hermano, y le preguntaba: “Creo que es correcto, ¿o no?”. Sin embargo, nadie sabía, a ciencia cierta, si esta actitud de Benito era real o procedía de esa manera para hacer resaltar la superioridad de su hermano y que lo admiraran. Porque a través de los años había aprendido que para Porfirio ser admirado era algo existencial para alimentar su ego y mantener un equilibrio emocional.

     Carlos y Salvador se sorprendían por esa sensibilidad y conocimiento de obras y compositores de los gemelos, sobre todo de Porfirio, los que expresaban sus preferencias musicales sin alarde, sin presumir, sino con modestia y un verdadero deleite en los ojos.

     Porfirio una tarde le dijo a Salvador que lo felicitaba por haber elegido música clásica de fondo, aunque le sugería que quitara esa música popular, que desentonaba con la otra, y que nunca se le ocurriera poner mariachis o corridos. Decía: “la música clásica es arte, influye en nuestro  subconsciente, nos hace humanos”.

    Carlos le rebatía diciendo que los mariachis y los corridos no deberían menospreciarse, son, después de todo, la expresión de una cultura y hay interpretaciones y piezas de gran valor, escuchadas por una gran parte de la población. Por su parte, decía, él era aficionado al jazz, al blues, y mientras los gemelos lo miraban entornando los ojos y arrugando la nariz, mencionaba que era otra forma de expresión cultural de gran profundidad, con grandes músicos y cantantes, como Louis Armstrong, Albert King, Ella Fitzgerald, Nina Simone, Duke Ellington, Miles Davis.

     --Pero, diga lo que diga, no se puede comparar esa música con un Chopin o un Beethoven –dijo Porfirio, con una sonrisa de malicia en los labios.

     --Claro que no se puede ni se debe comparar –replicó Carlos--. Se puede comparar a los clásicos entre ellos, a Chopin con Debussy, pero nunca con Diana Krall; o bien una sinfonía de Beethoven con otra de Stravinski; a la música popular se puede comparar en sus diversas modalidades; a Stephane Grappelli con Eric Clapton; al Sugar Blues con el Ragtime. Pero, en fin, de gustos, como dicen, no hay nada escrito –concluía Carlos.

 

 

 

6

 

     En una de esas ocasiones, luego de un breve silencio que se produjo durante una larga sobremesa, Porfirio dijo:

     --Usted, Salvador, ¿sabe que lleva el nombre de un ilustre mexicano, un cineasta, pionero del cine en este país?

     --Lo sé, lo sé –respondió Salvador--. Salvador Toscano, a quien usted se refiere, fue mi bisabuelo. Según me contaba mi padre, al enterarse que en París se había inventado lo que se llamó cinematógrafo, en 1897, a sus 25 años, viajó a Francia para adquirir un proyector y un tomador de vistas. Al regresar a México inauguró una sala de cine que llamó Cinematógrafo Lumière, en el centro de la ciudad. Mi bisabuelo luego prefirió  llevar ese nuevo entretenimiento al interior del país y recorrió muchas ciudades. Durante un tiempo se quedó en Morelia, Michoacán, donde conoció y se enamoró de mi bisabuela, una hermosa joven con rasgos purépechas. Filmó cortometrajes de la isla de Janitzio, del Lago de Pátzcuaro y sus pescadores, de la Laguna de Cuitzeo, de los Tarascos y sus artesanías en Zinapécuaro. Con mi bisabuela tuvo un hijo, creo que nació en 1920, a quien reconoció y dio su apellido, ese fue mi abuelo, de nombre Alfonso. Mi abuelo fue un hombre que heredó el espíritu inquieto de su padre. Recorrió el mundo, amante de la pintura, de la música y del cine, pero siempre ligado a su tierra natal. El amor por el cine lo llevó a Hollywood, donde conoció y fue asistente de John Huston. Admiró mucho a ese director. En Guadalajara abrió una sala de exhibición y entre los papeles que mi padre conservaba de él, yo recuerdo haber encontrado programas en los que se anunciaba la proyección de La Reina africana, Vidas rebeldes y me contaron que acompañó al señor Huston a Puerto Vallarta, donde se filmó La noche de la iguana. Tuvo oportunidad de tratar a Richard Burton, Liz Taylor, Deborah Kerr, Ava Garden, entre otros. Mi bisabuela nunca se casó, se dedicó a su hijo. Sabía que Salvador Toscano estaba casado y que tenía una hija. Respetó siempre la vida privada de la persona que amaba y amó toda su vida.

     --Luego nació mi padre, Lorenzo, en 1950 –continuó Salvador--. Y después nací yo, en 1980, y, para honrar la memoria de mi bisabuelo, me pusieron de nombre Salvador. Soy la cuarta generación, y me siento orgulloso de llevar el nombre de mi bisabuelo, pero también me siento orgulloso de mi abuelo, a quien admiro mucho, y de mi padre, a quien me unen fuertes lazos, somos personas muy unidas, incluyendo a mi hermana. Porque deben saber que tengo una hermana, María de la Soledad, unos dos años mayor que yo, que vive en Morelia, chef como yo, especializada en alta repostería. Vive con su hijo Alberto. Mi padre, que va a cumplir 63 años dentro de poco, ha sido siempre un gran apoyo para nosotros. Esa es, en pocas palabras, la historia del nombre que me honro en llevar –concluyó Salvador, dando un sorbo a su copa de Frangelico.

     --Muy interesante, Salvador –agregó a su vez Benito--. Es un placer conocer a un descendiente de tan ilustre personaje, sobre todo para nosotros que somos grandes aficionados al cine.

     --Nuestro padre, cuando Porfirio y yo éramos unos adolescentes  --agregó Benito--, nos daba dinero para tomar algunos cursos, o quizá para librarse de nosotros, para no tenernos entre los pies en casa, prefería estar solo, padecer su soledad y su decepción de la vida, encerrado en su recámara, luego de vender el negocio de telas y de la muerte de nuestra madre. Prefería el cuidado esmerado de la señorita Elvira, que nuestra presencia. A veces es preferible crecer con la ausencia del padre que vivir con un padre esquivo, que entierra sus sentimientos y que sólo trasmite sus problemas a los hijos. Tenemos el mérito de ser autodidactas. Nunca fuimos a un colegio formal. El abuelo Feliciano fue nuestro maestro hasta que cumplimos diez años. Bueno, maestro es un decir, nos enseñaba lo que se le ocurría, pero nos dio las bases, el interés por aprender. Luego todo corrió por nuestra cuenta. Pero en fin, lo que quería decir es que nuestro padre nos alentaba a ir al cine, de ahí nuestro amor por el cine, y yo creo que es  arte, más que entretenimiento.

     --Sí, con ese dinero comprábamos discos, muchos discos de música clásica en la Casa Margolín, y libros; tomábamos clases de inglés, de francés, de italiano, y dos o tres veces a la semana  íbamos al cine, al Balmori, al Teresa, al cine Roble, al Latino, al Prado, al Metropolitan, al Lido, que luego se llamó Bella Época, al Ritz, al Palacio Chino, al cine Insurgentes o al Chapultepec, a pocos pasos de nuestra casa. Cines que han desaparecido y ahora tenemos cines comerciales, pretenciosos, cuyo único objetivo no es la calidad de las películas que proyectan, el arte en sí, sino los ingresos de taquilla. El arte, en muchos aspectos, se ha perdido o se ha desvirtuado en nuestros tiempos --agregó Porfirio, dando un profundo suspiro.

    --Sí, pero ¿qué es el arte? Yo pienso, así, en pocas palabras, que es la creación humana que refleja la realidad o la imaginación del artista en su tiempo, con un contenido estético, que resalta la belleza, y evoca sentimientos en el espectador. Por eso creo que ese concepto, el arte, desde mi punto de vista muy personal, evoluciona, al paso que evoluciona la sociedad y sus gustos, sus percepciones. El arte es intrínseco al ser humano. ¿No le parece, don Porfirio? –preguntó Carlos.

     --Para mí el arte es lo que a mí me emociona, lo que nos hace más humanos, es decir los clásicos en todos los campos del arte: la música, la literatura, la escultura… En la actualidad hay pocas obras que se pueden admirar, que se pueden calificar de arte, y muchas que deprimen, a cualquier cosa ahora llaman arte –dijo Porfirio con un tono de voz y una expresión en los ojos que no admitían discusión.

       Ante la respuesta categórica de Porfirio, Carlos trató de cambiar de tema. 

     --Y tu padre Lorenzo, ¿a qué se dedica? –preguntó Carlos, dirigiéndose a Salvador.

     --Mi padre y mi madre viven en Morelia, ciudad que los vio nacer y que aman. Mi padre tiene 62 años, fue siempre muy activo. Desde muy joven trabajó en un restaurante. Luego, a una cierta edad, abrió el suyo propio que llamó Fonda Pátzcuaro, muy elegante, a espaldas del Palacio Municipal, en Morelia, a dos cuadras de la Estación de Policía, y mi hermana y yo, luego de terminar el bachillerato, comenzamos a trabajar con él. Hemos tenido siempre  una excelente relación con él. Nos repetía que no quería que creciéramos sin la presencia y sin la cercanía de un padre, como le sucedió a él, pues el abuelo Alfonso se la pasaba viajando o bien ocupado en sus actividades. Nos estimuló para que estudiáramos algo y tanto Soledad como yo decidimos estudiar en el Centro Culinario de Morelia.

     --Pero desde hace unos años –continuó Salvador, luego de un breve silencio--, comenzamos a ser víctimas de la extorsión, cosa muy común en Michoacán. La Familia Michoacana, por una parte, y los Caballeros Templarios, por otra, dos de los cárteles que operan en esa entidad, unos tipos muy mal encarados, nos exigían dinero a cambio de dar protección al restaurante. Un negocio cercano a nuestro restaurante se negó a pagar y destruyeron ese local con granadas fragmentarias, matando al dueño, a su mujer y a varios clientes. ¡Increíble que esto sucediera a dos cuadras de  la Estación de Policía! Por eso decidimos traspasar el local y yo pensé buscar una oportunidad en la capital, con la idea de traer a mi familia algún día. Yo soy casado y tengo un hijo, Mauricio, de siete años. Mi esposa se llama Josefa y es matemática, una mujer muy inteligente, que admiro mucho, y lo antes posible la traeré a vivir aquí, conmigo, a ella y a mi hijo. Es profesora en una escuela privada, en bachillerato, y junto con una amiga tiene un instituto de nivelación y recuperación de materias para estudiantes que no han pasado exámenes de matemáticas en sus escuelas. Espero que nuestra separación sea momentánea. Todo esto es lo que acarrea la inseguridad que ocasiona la delincuencia organizada. Mi hermana ha preferido quedarse en Morelia, con su hijo, y se dedica a la repostería, trabaja en casa, y abastece de sus productos a cafeterías, pastelerías y hasta restaurantes. Mi padre ahora asesora a unos restaurantes de hoteles, en cosas de cocina y abastecimiento de productos, y le va bien.

     --El asunto de la extorsión es lamentable –dijo Carlos--. Desde años se conocen esos hechos de los cárteles, si no son los que tú mencionas, es el del Golfo, el de Guerrero Nueva Generación, el de Sinaloa, y varios más, y los grupos de secuestradores que proliferan en todo el país. Pero creo que todos somos culpables de que se multipliquen y de que seamos víctimas de la delincuencia organizada, y los principales responsables de esa situación, desde mi punto de vista, cosa que casi nadie  menciona, son los consumidores, los que demandan drogas, ahí está el origen de la demanda que aumenta a ojos vistas y, consecuentemente, eso da fuerza, poder, a los productores y traficantes de todo tipo de drogas. Y por lo que se refiere a los secuestradores y extorsionadores, gran culpa recae en la impunidad, en la procuración e impartición de justicia. Hay una debilidad, y sin duda mucha corrupción, en el ministerio público y en el poder judicial. Y creo que hasta este momento el gobierno no tiene una estrategia para hacer frente a esa lacra de la sociedad. Además, como somos vecinos del país más demandante de drogas, la cosa  se complica. En ese país del norte la drogadicción se está convirtiendo en una epidemia. Ya es asunto de salud pública. La situación es preocupante –concluyó Carlos.

     --Por eso yo me referí a la conveniencia o necesidad de tener una entidad o una instancia autoritaria, no militar, sino civil, mucho menos con ese político que usted mencionó, Carlos. Un consejo de hombres eminentes, ilustres, con plenos poderes en materia legislativa, judicial y aún sobre las fuerzas armadas, para un propósito específico, además de esas lacras del crimen organizado, también contra la corrupción, y sin rendir cuentas a nadie –intervino Benito.   

     --Pero un gobierno autoritario, que sería lo mismo que una dictadura, no resolvería este problema,  como no lo resolvió esa pretensión de declarar la guerra al crimen organizado, que se puso en práctica en la Administración anterior –dijo Salvador.

     --Sí, de acuerdo, pero eso de tantas y tantas muertes es una falacia, no el resultado de una así llamada guerra contra el crimen organizado –intervino Carlos--. Se sacó el ejército a la calle y la lucha fue contra un enemigo público invisible. Como se hablaba de “guerra declarada”, los miles y miles de muertos y desaparecidos se atribuyeron a posible actos bélicos, pero eso era falso, hoy no hay “guerra declarada”, y el número de  muertos y desaparecidos, anualmente, es de la misma magnitud. Gran parte de esas víctimas son resultado de luchas intestinas del crimen organizado, ajustes de cuentas o confrontaciones entre mafias por dominar determinado territorio para el tráfico de drogas o cultivo de enervantes.

     --Pero en cuanto al autoritarismo, que yo lo comparo con una dictadura –agregó Carlos-, déjenme recordar la experiencia que en todo el mundo se ha tenido. Antes de que usted me dé su versión, don Benito, permítanme recordarles algunos casos. Creo que todos los dictadores se han hecho del poder mediante un golpe de estado. Esta puede ser la característica de todos ellos. Sin embargo, algunos, los menos, lo han hecho para eliminar un gobierno corrupto o explotador, como es el caso de Lenin a quien siguió Stalin, Mao Tse-tung, Kim il Sung, Fidel Castro, para establecer la dictadura del proletariado que ha fracasado, como sabemos. Otros para imponer su ideología, como Mussolini, Hitler; o para eliminar un gobierno progresista, democráticamente electo, como Francisco Franco, en manos de quien murió mi abuelo, fusilado, y Augusto Pinochet. Otros, aprovechando la debilidad institucional de su país, como Rafael Leónidas Trujillo, Duvalier, “Papá Doc”, Anastasio Somoza, Nicolae Ceausescu, en Rumania. Otros imponiendo por la fuerza los intereses de su tribu o clan sobre el resto de la población, como Bokassa, “Dada”, Hussein, al-Gaddafi. Y para que hablar de Kim Jung-un, el actual y cruel dictador de Corea de  Norte. En todos los casos las dictaduras han sido violentas y han sido la causa de miles y miles de ejecuciones, de muertes, de exilio, como el de mi familia.

     --En el caso de México --prosiguió Carlos, con una expresión de tristeza en los ojos, y luego de dar un  sorbo a su vaso de carajillo, con una buena porción de licor 43--, Porfirio Díaz, mediante artimañas políticas, duró casi 30 años en el poder, reeligiéndose. Este dictador se preocupó por el progreso económico del país, favoreció a los terratenientes y empresarios y mantuvo al pueblo, sobre todo al campesinado, en un estado de servidumbre, casi como en la Edad Media, dependiendo sus vidas de las famosas tiendas de raya. Después tuvieron la intención de perpetuarse en el poder Álvaro Obregón, autor intelectual de decenas y decenas de asesinatos, eliminaba a quien pretendía competir con él para la residencia, y, según mi apreciación, también Carlos Salinas de Gortari, posible autor intelectual del asesinato de quien no aceptara sus planes, como al presidente de su propio partido y luego al candidato a la presidencia, a quien él mismo había designado. Afortunadamente, ambos no lograron su propósito, porque habría significado una guerra civil.   

     --Muy interesante su exposición –intervino Porfirio--. Pero hay también dictaduras disfrazadas de democracia, porque les diré que ni en los tiempos de Porfirio Díaz, con la represión de los mineros de Cananea en 1906, o de los obreros textiles de Rio Blanco en 1907, por ejemplo, se vio una matanza como la de Tlatelolco del 68, y que los culpables quedaran impunes y el partido político en el poder siguiera detentándolo. Eso puede suceder solamente en un Estado dictatorial. Nosotros teníamos veinte ocho años y participamos en algunas marchas, pero lo que sucedió ese 2 de octubre, no lo olvidaremos jamás.

 

 

***

     No siempre las personas muestran una reacción inmediata a algo que han escuchado, o presenciado, y que en menor o mayor grado les ha impactado. Así sucedió tras la extensa exposición de Carlos y el comentario de Porfirio. El silencio flotaba en el aire en ese privado, como si nada aparentemente quedara grabado en las conciencias de los ahí presentes.

     En realidad, cuando hay algo que impresiona, que causa una emoción, a menudo pasa un tiempo para digerirla, para traducir las palabras escuchadas, o los hechos presenciados, en una percepción definida que se alojará en alguna parte del cerebro, percepción que puede ser diferente en cada mente, de acuerdo a la formación y experiencia que cada cual haya tenido en su vida, y a la consecuente reacción.

     Por eso fue que hasta días después, Benito, recordando lo que había escuchado de boca de Carlos, le preguntó:

     --¿Así es que su abuelo fue republicano y lo mandó fusilar Franco?

     --Sí, murió cumpliendo su deber --dijo Carlos--. Mi abuelo era miembro del Frente Popular, tuvo un papel destacado durante la Segunda República, en España, y un puesto importante en la Municipalidad de Barcelona. En 1939, a fines de enero, cuando la ciudad cayó en manos de Franco, se encontraba desempeñando sus funciones. Lo detuvieron, a mi abuelo y a siete funcionarios más de la Municipalidad, a quienes fusilaron. Mi abuela, con dos niños y embarazada, logró pasar a Francia y en Marsella se embarcó para México, donde nació mi padre, un año después. Mi padre, a quien me unían fuertes lazos, éramos como grandes amigos, murió hace no mucho, en el 2010, a los setenta años, de enfisema pulmonar.

     --Mi padre Álvaro --narró Carlos--, fue, durante su juventud y a pesar de ser mexicano, nació en estas tierras, un incansable luchador por restaurar la democracia en España. Pero también un soñador. Cuando era muy joven sufrió una gran decepción, murió su sueño, lo que lo tuvo por algún tiempo desilusionado de la vida, porque no encontró eco entre sus paisanos, pues consideraba a los españoles exiliados como sus paisanos,  a sus descabellados planes de derrocar a Franco.

    --¿Quería vengarse por haber sido su padre fusilado por ese dictador?--preguntó Benito.

    --No, no era sed de venganza,  sino de justicia: arrebatarle al usurpador lo que el pueblo había limpia y merecidamente conquistado –dijo Carlos.

     Álvaro nació en la Ciudad de México en 1940. Cuando a sus diez y nueve años, en 1959, tuvo lugar la Revolución Cubana, él logró que una revista, dirigida por españoles, lo enviara junto con un grupo de periodistas a la isla para hacer un amplio reportaje. Álvaro quedó profundamente impresionado por lo que vio en ese mes que estuvo recorriendo la isla y entrevistando a los revolucionarios, y de regreso a México comenzó a elaborar un plan para organizar una guerra de guerrillas en España, con el propósito de derrocar a Franco, quien, para entonces, ya llevaba unos veinte años en el poder.

     Organizar y llevar a cabo una guerrilla en España se convirtió en una obsesión para  mi padre, decía Carlos. Se puso en contacto con el gobierno de la República Española en el exilio, con todos los españoles exiliados en México que conocía, a todos mostraba sus cartas geográficas, rutas de invasión y lugares montañosos para iniciar, y de ahí propagar, la lucha armada.

     Había llegado a sus manos el libro de William Pomeroy, Guerrillas y Contraguerrillas, y sustentaba sus planes con ideas y teorías tomadas de ese autor. Pero todos eran escépticos, nadie lo tomaba en serio; algunos admiraban la fuerza de voluntad y decisión de Álvaro, pero no faltaba quien se burlara de él a sus espaldas, diciendo que España no era Cuba, ni Franco era Batista. Vino definitivamente a sepultar los planes de Álvaro la aparición y acciones de la organización independentista armada Euskadi Ta Askatasuna, la ETA, de origen vasco, y cuyo método de lucha era el terrorismo, la matanza indiscriminada, que era repudiada por la gran mayoría del pueblo y era opuesta a la estrategia de la guerra de guerrillas.

    --Fue fuerte la decepción que sufrió –dijo Carlos--: criticaba mucho a sus supuestos paisanos por ser muy pasivos, por interesarse poco por su país, pero luego se recuperó, se dedicó a escribir artículos de fondo, análisis políticos, y fue uno de los fundadores del Liceo Español. Yo lo admiré mucho y fue un gran amigo para mí. En realidad él me alentó a que me doctorara con la tesis Historia y Sociedad. Recuerdo que me decía que a pesar de todos los avances materiales que ha logrado esta civilización, como individuos somos aún seres socialmente primitivos, nos falta asimilar el sentido de la vida, comportarnos como seres comunitarios, superar ese individualismo que tan arraigado está en nosotros por ese afán de comprar, consumir, limitar nuestro mundo a nuestra familia y a nuestras posesiones personales. Todavía no asimilamos que cada uno de nosotros se debe a los demás, a sus semejantes. La influencia del padre en  la vida futura de uno es fundamental --concluyó Carlos.

 

 

 

7

 

     Meses después, el sábado 24 de marzo, cuando Salvador daba indicaciones en la cocina sobre la preparación de los platillos del día, recibió una llamada de su hermana.

   ---Salvador, ha sucedido algo terrible –le dijo Soledad, con voz entrecortada, acongojada--, han secuestrado a Alberto.

   --¿Cómo es posible, Soledad? ¿Cuándo sucedió?

    --Hoy en la madrugada —le contestó Soledad--. Estoy deshecha y furiosa. Hace unas horas fui con papá al Ministerio Público a presentar una denuncia y nos trataron como si fuera el robo de una bicicleta. Te necesito, Salvador, no sé qué hacer si los secuestradores llaman pidiendo rescate, no sé a quién acudir…

     --Voy inmediatamente para Morelia, Soledad. En unas horas me reúno contigo y con papá. Avísale a Josefa que estaré en Morelia.

      Salvador manejaba preocupado mientras cruzaba la Ciudad de México, con el tráfico endemoniado a esa hora del día, dando palmadas en el volante. Recordó que dos años antes de que el restaurante se traspasara, Alberto se había alejado de él y de Lorenzo. Las pocas veces que lo veía le decía que trabajaba en un bar, como él siempre había querido hacerlo, luego Salvador se enteró que era una discoteca. Cuando se lo encontraba, le decía que tuviera cuidado porque era menor de edad, tenía diez y siete años, y aunque aparentaba más años de los que tenía, podía meterse en problemas. Pero Alberto le decía que no se preocupara, sabía manejar la situación, que le iba muy bien y que un día le daría una sorpresa a la familia. Decía: “Tío,  pronto voy a abrir mi propio bar, ya verás”.

     Salvador le preguntaba, un poco en broma, si en la discoteca los clientes eran muy refinados y pedían Manhattan, Negroni, Martini seco, Gin Swizzle, o se iban sobre las cervezas, el tequila, el ron, que en algunos lugares era hasta adulterado. Le decía Alberto: “No te creas, tío, va gente de dinero, piden whisky y ginebra de marca, del bueno, vodka Stolichnaya y pocos piden cocteles”.

     Mientras al fin tomaba la autopista rumbo al norte, se preguntaba Salvador: “¿Quién podría secuestrar a Alberto, sabiendo que la familia no tiene dinero? ¿Sería un secuestro de esos llamados expres, con los que los secuestradores se conforman con poco dinero, con unos cuantos pesos?”. El asunto le parecía raro, tenía un mal presentimiento.

     Luego llamó por el celular a Josefa, quien ya estaba enterada del secuestro de Alberto. Salvador le pidió que lo esperara en el departamento de Soledad y que llevara con ella a Mauricio.

 

 

***

      --¡Fue el York, fue el York quien se lo llevó!...—le repetía Bety, la novia de Alberto, por teléfono, entre gritos histéricos y sollozos, ese 24 de marzo, a las cuatro de la madrugada, a María de la Soledad.

     María de la Soledad Toscano nunca se había sentido tan angustiada y desamparada como esa madrugada, cuando se enteró de que unos hombres armados se habían llevado a su hijo, y a dos amigos de éste, a la salida de una discoteca.

     En realidad, la primera vez que experimentó algo similar, además de sentirse humillada, fue diez años antes, cuando Rogelio, su compañero y padre de Alberto, la abandonó sin previo aviso, luego de nueve años de vivir juntos, dejándole un escueto mensaje: “En esta ciudad me muero, me siento enclaustrado, esta no es la vida que he soñado y anhelado. Me voy en busca de fortuna en otras tierras, de nuevos horizontes…”. Ella tenía veinticuatro años y Alberto ocho.

     Desde entonces, desde hacía diez años, María de la Soledad se había hecho cargo de su hijo. Menos mal que tenía una profesión y un trabajo. Había tomado un curso de chef y alta repostería, junto con su hermano, en el Centro Culinario de Morelia, y trabajaba, antes en el restaurante de su padre y luego por su cuenta, en su propia casa, surtiendo pedidos a pastelerías, cafeterías y restaurantes.

      Soledad no dejaba de repetirse que aunque vivamos años y años con una persona, no llegamos a conocerla del todo. De pronto, algo escondido en el subconsciente aflora, se impone, y cambia nuestra personalidad, lo que hemos fingiendo ser. “A veces pienso que todos vivimos una doble vida, aparentamos ser lo que queremos que los otros vean; nadie es quien dice ser. Por dentro, en el fondo de nosotros, tenemos una personalidad oculta, que reprimimos y de pronto, en algunas personas, aflora, otras la reprimen toda la vida.  Somos seres imprevisibles”.

     Y con este pensamiento desconfiaba de cualquier hombre que la pretendía, que le propusiera una relación seria, vivir juntos; no le interesaba, aunque amigos no le faltaban. Le había costado mucho superar ese golpe, esa traición, que venía de un hombre del que se había enamorado perdidamente en sus primeros años de adultez. Pero a su vez, fue un golpe que templó su carácter, la hizo más fuerte, un baño de agua fría que, como al metal incandescente, convierte en acero.

     Cuando comentaba este asunto con su gran amiga Carmen, su paño de lágrimas, ésta le decía: “¿Pero cuál será el verdadero Rogelio, el que vivió contigo por nueve años, en el que confiabas como compañero y padre de tu hijo, o el que se fugó, sin tener el valor de darte la cara? Quizá el primero fingía y el segundo tomó esa decisión de abandonarte, como si le saliera lo valiente, como si quisiera desafiar al mundo, como si fuera el verdadero Rogelio, pero abandonando a una familia y evadiendo sus responsabilidades. Tú eres fuerte, Soledad, si te lo propones podrás rehacer tu vida, pero el abandono del padre será algo que afectará toda su vida a Alberto, nunca lo podrá superar. Le torció la vida. Decía un escritor que ser y parecer se confunden en las personas. Cada uno de nosotros es un mundo impenetrable y desconocido”.

    Ella argumentaba que se había unido a Rogelio cuando los dos eran muy inmaduros, apenas tenían diez y siete años y recién habían terminado el bachillerato. Pero su padre, no tanto para disuadirla, sino porque así veía la realidad de las cosas, le decía que Rogelio era una persona misteriosa, introvertida, insegura, sin criterio ni opinión, con quien le era imposible intercambiar ideas o tener una conversación, y que no le sorprendería que de pronto mostrara lo que escondía en su conciencia.

     Su padre nunca se opuso a que se fuera a vivir con Rogelio, y siempre se mostró dispuesto a ayudarla  emocionalmente, cuando veía a su hoja abatida.

     Soledad ordenó a Bety, con voz firme, que se trasladara inmediatamente a su casa, quería hablar con ella, que le explicara qué había sucedido. Poco después Bety, en compañía de una amiga, ambas en estado exaltado, temblando, llegaron a casa de Soledad. Bajo un intenso interrogatorio de Soledad refirieron que al salir de la discoteca, donde trabajaba Alberto como ayudante de barman, una Suburban negra se acercó al grupo, Alberto, dos amigos y sus respectivas novias, bajaron del vehículo cuatro hombres armados y encapuchados, se llevaron a Alberto y a sus amigos, amenazando con metralletas a las muchachas que iban con ellos.

     Antes de que la Suburban partiera, uno de los encapuchados lanzó un par de granadas al interior de la discoteca, las que explotaron y seguramente mataron, balbuceaba Bety, a varias personas que todavía estaban dentro.

     --¡Fue el York, yo sé que fue el York!-- remató Bety.

     --¿Quién es el York  y porque crees tú que secuestraron a Alberto y a sus amigos?--, preguntó Soledad con los ojos desorbitados y tomando las manos de Bety entre las suyas, para que se calmara.

     Bety dijo: --El York es Serafino, el gran amigo de Alberto, sólo sus amigos íntimos lo conocen como el York, es el hijo de doña Yolanda. Usted los conoce, Soledad. Lo reconocí por la mirada que me echó y por los anteojos que traía bajo el pasamontaña, esos muy de moda, de armazón rojo. Serafino es un enlace de unos narcotraficantes y usaba a Alberto y a sus amigos para la venta al menudeo de cocaína en la discoteca. Pero Alberto se quejaba de que la comisión que les daba Serafino era muy baja, y seguido les quedaba a deber. Entonces el dueño de la discoteca les ofreció que trabajaran para él y les daría el doble de comisión. Alberto y sus amigos aceptaron, pero esa cocaína provenía de otro cártel, diferente del cártel para el que trabaja Serafino. Yo creo –continuó Bety—, que cuando los jefes de Serafino se enteraron de esto, consideraron que Alberto los había traicionado, por eso mandaron por ellos y ordenaron que destruyeran el antro.

    Soledad miraba fijamente a Bety. No se quería perder una sola palabra de lo que decía. Luego, sentada como estaba en el sofá de la sala, apoyó los codos sobre las rodillas, dobló los brazos y ocultó la cara entre sus manos. Como un chorro de plomo candente sentía que el dolor le penetraba en las entrañas.

     --¡Qué vergüenza que mi hijo sea un despachador de drogas, que arrastre a otros al vicio y a perder su dignidad! ¡Cuántas veces, pero cuántas veces –murmuró--, le pedí a Alberto que buscara otro trabajo!… Pero no me hace caso. Es más poderosa la influencia que recibe fuera de casa que el ejemplo que yo le he dado toda mi vida. Es testarudo como su padre. Tiene el mismo carácter, el mismo modo de ser, de ver la vida, que su padre, no se empeña en nada serio, siempre buscando la solución fácil a sus inquietudes y ambiciones. ¿Y se droga?--. Preguntó de pronto Soledad, con voz temblorosa.

     --Un poquitín –respondió Bety, levantando la mano derecha a la altura de la cara y juntando el índice y el pulgar, con una expresión de inocencia fingida, como si con ese gesto justificara la conducta de Alberto.

    A Soledad le invadió un profundo sentimiento de culpa. Tanto le había rogado Alberto que deseaba ser un barman; ella se opuso en un principio, luego cedió. Al fin, en cualquier momento tenía que elegir lo que consideraba su vocación y, sobre todo, tenía que ser responsable de sus propios actos.

     A veces, después de clases, se presentaba en el restaurante del abuelo y ayudaba a servir lo que los comensales pedían, sólo por lo que se refería a alcohol. Se quejaba con Soledad, con Salvador y con Lorenzo, diciéndoles: “Los clientes que vienen aquí, aunque se ve que tienen dinero, fuera de cerveza, tequila y cubas libres, no saben lo que es un buen trago. Abuelo, pon en la carta que les podemos ofrecer Negroni, Martini, Imperial Fizz, Manhattan, Tom Collins, Blood Mary, Vodka Gipsy, Armagnac, Cointreau, Daiquiri, Mojitos, hay que educarlos, en esta ciudad no saben lo que es bueno…”. Y sacaba el libro  Como preparar cócteles, que leía y releía y repetía de memoria los ingredientes necesarios para cada uno. Insistía en que requería práctica, tenía que adquirirla en un buen bar, y su sueño era trabajar en un importante centro turístico, en un hotel de cinco estrellas, quizá en Cancún o en Miami.

     Salvador llegó al departamento de Soledad por la tarde. Ahí estaban Lorenzo, su mujer, Josefa, Mauricio y Carmen. Mauricio abrazó a su padre y no se separó de él hasta que lo llevaron a cenar. Soledad ya había referido a todos, y a Salvador una vez más, lo que le había dicho Bety sobre la forma en que se llevó a cabo el secuestro de Alberto y sus amigos. Con los detalles de ese hecho, Salvador confirmó su sospecha de que ese no era un secuestro expres, que se buscara un rescate. Era algo mucho más grave. Las granadas lanzadas en la discoteca indicaban para él otra cosa, pero no quiso preocupar a los demás y se guardó para sí esa sospecha. Esperaron impacientes alguna llamada telefónica de los secuestradores, pero sin resultado.

 

 

***

     Al día siguiente, el domingo 25,  la prensa reportó el atentado a la discoteca y se mencionaba en el reportaje que habían fallecido seis personas y que tres más habían sido “levantadas” por un grupo armado. Se sospechaba, concluía la breve nota periodística, que esta era una operación del crimen organizado.

    Ese mismo día, por la tarde, Soledad y Salvador se presentaron en la casa de la señora Yolanda Espinosa y en forma discreta pidieron hablar con Serafino. La dueña de casa, con collar y aretes de zafiros que desentonaban con el delantal que llevaba puesto y unas viejas zapatillas, les dijo, en forma cortante, que su hijo estaba de viaje, pero después, mirándolos con cierta curiosidad, exclamó:

     --¡Pero si eres tú, Soledad, y tú, Salvador, los hijos de Lorenzo! ¡Qué gusto verlos! Y ¿para qué quieren a Serafino? Mi hijo ha estado muy ocupado, pero díganme para qué lo quieren y yo le doy su recado.

      Se retiraron diciéndole a la señora Espinosa que preferían hablar con él directamente y que volverían en otra ocasión a buscarlo.

     Tres días después, no lejos de Morelia, en las cercanías de Irapeo, la policía encontró un coche compacto, que resultó haber sido robado, con tres cadáveres calcinados en su interior. El coche y los cuerpos habían sido rociados con gasolina e incinerados. Los cráneos de los cadáveres mostraban una perforación en la nuca, señal de que las víctimas habían sido asesinadas antes de haber sido incineradas.

     Soledad, acompañada por Lorenzo y por Salvador, junto con otras dos parejas que se suponía eran los padres de las otras víctimas, se presentó en el Servicio Médico Forense con alguna pertenencia de Alberto para que los cuerpos pudieran ser identificados mediante el ADN. El resultado fue positivo.

    Soledad estaba deshecha. Un nudo le cerraba la garganta; sentía una opresión brutal en el corazón.  Lorenzo, su mujer, Salvador, Josefa y Carmen se esforzaban por consolarla. Luego de un par de días, cuando al fin lograron conversar sobre el trágico fin de Alberto, Soledad, aconsejada por su padre y por su hermano, dudó en presentar una denuncia ante el Ministerio Público, puesto que sólo podría mencionar que uno de los autores de ese crimen se sospechaba que era Serafino Vaca Espinosa, pues fuera  del comentario de Bety, en cuanto a los anteojos,  no podía aportar más pruebas. Se habrían burlado de ella, y si tenía que dar el nombre de Bety, como testigo, sin duda ponía en peligro la vida de esa muchacha. El caso se sumó a los miles de otros que esperaban ser investigados.

     Salvador pasó esos días que estuvo en Morelia con su mujer y su hijo. Le dijo a Josefa que el restaurante en la Ciudad de México tenía buenas perspectivas, y que comenzaría a averiguar si habría posibilidad de trabajo para una profesora de matemáticas en alguna escuela privada. Y a los pocos días Salvador regresó a la Ciudad de México

     Soledad, en esos días de dolor, tratando de asimilar lo que había sucedido a su hijo, se preguntaba: “¿Sería capaz Serafino de tanta maldad? ¿De dónde surge ese lado oscuro, perverso, tenebroso en un muchacho que conocí desde pequeño, que jugueteaba con el perro de casa, junto con Alberto y otros amigos, y con una mirada inocente me agradecía cuando se quedaban a cenar en casa?”.

 

 

***

     Un mes y medio después, el 10 de mayo, doña Yolanda recibió de manos de un mensajero, una caja con una envoltura de regalo, con un moño rosa y con una tarjeta que decía, “En este su día, para una madre, de su hijo que tanto la quiere, y de quienes apreciamos el valor y la lealtad de su muchacho”.

     Serafino, quien en ese momento se encontraba en casa para festejar a su madre, junto con su hermano y su esposa, quedó emocionado por ese gesto insólito de sus rudos jefes y, en su fuero interno, muy agradecido con ellos. Su hermano se le acercó, le dio un abrazo y le susurró al oído: “Buen trabajo, cabrón, te dije que estaban contentos contigo”.

     El 11 de mayo, la prensa daba la noticia de que en casa de Yolanda Espinosa, habían fallecido, misteriosamente, la dueña de casa, sus hijos Pedro y Serafino Vaca, y la señora Aurora Fernández, esposa del mayor de sus hijos. La autopsia reveló que el motivo del fallecimiento de estas personas era la presencia de una dosis elevada de escopolamina en el cerebro y en los tejidos blandos, conocida como burundanga, y que esa sustancia se detectó también en los restos del pastel que aún quedaban sobre la mesa del comedor.

     El hecho se reportó como un ajuste de cuentas entre miembros del crimen organizado y la autoría del crimen recayó en el Cártel de Sinaloa. Las autoridades sospechaban que los hijos de la señora Yolanda eran traficantes de droga a las órdenes de ese cártel y que se estaban pasando de listos, quedándose  con dinero que no les correspondía.

     Un periódico, en un amplio reportaje y con la intención de alertar al público, mencionaba que la escopolamina es una droga que borra la memoria, es la “droga zombie”, obtenida de plantas como el boleño blanco, la burladora o borrachera y la mandrágora. Es una sustancia similar a la atropina que se encuentra en la belladona. Es una droga muy tóxica que produce delirio, psicosis, parálisis y en dosis elevadas la muerte.

     El reportaje advertía que en dosis menores hace perder el conocimiento a una persona por varias horas, tiempo suficiente para sufrir cualquier tipo de agresión. Los violadores y los secuestradores la emplean para adormecer a sus víctimas, suministrándola en bebidas, comidas o por vía respiratoria, mediante cigarrillos o pañuelos, y aún con papel impregnado de esa sustancia. En Colombia, por ejemplo, son numerosas las mujeres que son víctimas de este ardid.

     El reportaje trajo a colación el caso de la señora Ángela Álvarez, una mujer de clase media, que meses antes había sido víctima de una agresión sexual, había sido violada en su propio domicilio, sin oponer resistencia. Peor aún, había permitido ella misma que el agresor entrara en su casa.

     “Como los lectores recordarán, decía la nota periodística, un hombre bien vestido le solicitó a la señora Álvarez, al salir de su domicilio, que le ayudara a encontrar una calle que, según le habían dicho, se ubicaba en ese barrio. Para esto le extendió una hoja de papel con un plano de calles trazadas a mano. Ángela tomó el papel, lo observó detenidamente, mientras le decía no conocer esa calle. El hombre suplicó una y otra vez que observara bien el plano, lo que la mujer hizo de buena voluntad.

     “Ángela pronto comenzó a sentirse rara, soñolienta, desubicada, y ese hombre le sugirió que regresara a su casa, y tomándola del brazo la condujo hasta ella. Ángela se dejó llevar dócilmente. Él mismo tomó las llaves de casa del bolso de la mujer, abrió la puerta e ingresó con ella, quien perdía el sentido de la realidad cada vez más.

     “Ya en interior de la casa, el sujeto procedió a violar a Ángela y después sustrajo objetos de valor y la billetera de la dueña de casa.

     “El marido de Ángela no creyó la historia que ella le contó, un tanto deshilvanada, incoherente, pues ella no recordaba los detalles de lo acontecido, y acusándola de adulterio, de engañarlo en su propia casa, la corrió y luego pidió el divorcio.

     “Dos días después de estos hechos, el hermano de Ángela recurrió a un médico amigo y dueño de un laboratorio de análisis clínicos en esta ciudad, para someterla a un estudio y el resultado fue contundente: en la orina había residuos de escopolamina, cosa que no convenció al marido, quien llevó adelante el divorcio”.

 

 

 

***

     La misma mañana en que se publicó en los diarios la muerte de la señora Yolanda y su familia, Carmen, con un periódico en mano, fue a visitar a Soledad para comentar la noticia y en cierta forma prevenirla.

     --Soledad –le dijo--, como tu especialidad es la repostería, ojalá la policía no sospeche de ti y no venga a hacerte preguntas. La policía siempre busca golpear en el eslabón más débil. ¿Tú sabes cómo se consigue la escopolamina?

     Sobre la gran mesa de trabajo que Soledad tenía en la cocina, junto con frascos de especies, manojos de canela, trozos de chocolate amargo, tarros de azúcar moscabado, huevos, harina y otros productos, sobresalían varias tartas de fruta, algunos rellenos de crema, un pastel de tres leches, dos rollos de mango, un gran flan napolitano, varios envases con natilla de chocolate, una charola con mouse y profiteroles. Todo listo para ponerlo en diversas cajas y ser enviado a pastelerías y cafeterías.

     Soledad, lavándose las manos y llevando un gorro blanco de cocinero, le dijo a su amiga:

     --¡Que vengan! Los pondría en su lugar. Cuando hacemos una denuncia o no le hacen caso o se demoran siglos para dar con los criminales, para luego, con un amparo o por un error en la averiguación previa que prepara el Ministerio Público, los jueces los dejan en libertad, o se les escapan de las cárceles. Cuando se trata de ciudadanos inocentes, nuestra policía es extremadamente eficiente, con esa mentalidad que tienen de que eres culpable hasta que no demuestres tu inocencia. Yo, de todas maneras, no tengo idea de qué demonios es esa sustancia que encontraron en los cuerpos de esas personas. Pero cada quien es responsable de las decisiones que toma. Siéntate, Carmen, tomémonos un café con un tiramisú recién hecho.

 

 

 

8

 

     Una mezcla de tristeza, incredulidad y enojo invadía a Salvador cuando el 5 de abril regresó a la Ciudad de México. De tristeza, por la muerte del sobrino, y también por tener que alejarse de su mujer e hijo; de incredulidad, por saber que en ese crimen hubiese participado un amigo de infancia de Alberto; y de enojo, por esa frialdad, indiferencia, que mostraron las autoridades  cuando se procedió a denunciar el asesinato, por esa impunidad tras la cual se escuda y fortalece el crimen organizado.

     En la tertulia, después del almuerzo, sobre todo Carlos le preguntaba a Salvador detalles de lo que había sucedido, mientras que Porfirio y Benito escuchaban en silencio, Porfirio rígido como una estatua y Benito moviendo la cabeza de un lado a otro, con una expresión de gran tristeza en los ojos.

     Carlos hasta propuso a Salvador que estaba dispuesto a trasladarse a Morelia para hacer un reportaje, claro, con el consentimiento de Lorenzo y de Soledad. Podría entrevistar a Soledad, a Bety y a sus amigas, buscaría a la señora Yolanda y a Serafino, y se pondría en contacto con algunos colegas que le podrían dar un panorama más amplio de lo que sucedía en Morelia. Un amplio reportaje, decía, que publicaría en la revista, la que tiene gran influencia en la opinión pública.

     Salvador estaba muy agradecido con Carlos, mientras que Porfirio y Benito, sorprendidos por la buena disposición y osadía de éste, le decían que si los cárteles se enteraban de que estaba haciendo ese reportaje, era probable que no saldría con vida de Morelia. Le recordaban los numerosos periodistas asesinatos en las ciudades del país en las que el crimen organizado tiene mucha presencia.

     Carlos les respondía diciendo que ese era el riesgo que corrían los periodistas, los que no se limitaban a dar la noticia del día, sino a investigar, a denunciar, a desenmascarar esas lacras que socavan la estabilidad de la sociedad.

     Después de su regreso, Salvador llamaba por su celular casi todos los días a Soledad para saber cómo estaba sobrellevando la pérdida de su hijo, y un día le comentó la propuesta de Carlos. Ella escuchó con mucho interés lo que su hermano le decía, se emocionó al saber que un conocido de Salvador tomaba tan a pecho lo que había sucedido a su hijo. Le pidió que le comunicara con Carlos, quería hablar directamente con él para agradecerle su intención.

     Hablaron un buen rato por teléfono. Carlos, luego de expresarle sus condolencias, dijo que no pretendía hacer el papel de detective, sino ventilar lo sucedido, crear conciencia ciudadana, y hasta se podrían dar algunas pistas para obligar a que las autoridades  identificaran a los autores materiales de ese crimen, o por lo menos se haría del conocimiento público. Preguntó a Soledad cuál había sido la reacción de la prensa local. Soledad le dijo que muy pasiva. En Morelia hay periodistas valientes, dijo Soledad, pero hacer reportajes, pretendiendo desenmascarar a asesinos a sueldo, al crimen organizado, a secuestradores, a extorsionistas y a narcotraficantes, implica un riesgo altísimo y un resultado escaso o nulo.

     Soledad le comentaba que en Morelia, como en todo el Estado, y en los Estados vecinos, hay impunidad porque el crimen organizado ha infiltrado a los órganos de gobierno, a la policía, a los partidos políticos, tiene control sobre los jueces y el Ministerio Público. Los extorsionistas cobran cuotas a comerciantes y a agricultores, les obligan a no pagar impuestos al gobierno, les dicen que ellos les proporcionan seguridad con su propia gente o con la misma policía municipal, si los protegidos así lo prefieren.

     --Aquí se necesita una depuración a fondo, total –decía Soledad--. En cuanto al caso de Alberto y sus amigos, la señora Yolanda no permitiría que la entrevistaran y mucho menos su hijo. Sólo quedaría Bety, sus amigas y lo que yo misma le podría contar.

     --Pues, Soledad, para no poner en peligro la vida de nadie –le propuso Carlos--, que le parece si yo le envío unas preguntas por Internet, para que las contesten Bety y sus amigas, y usted viene a la Ciudad de México para entrevistarla personalmente, un poco alejados del peligro, y esto le servirá también para distraerse, para relajarse.

     --Esa podría ser una buena solución. Quizá pronto tenga el gusto de conocerlo por allá.

     Y en efecto, a fines de mayo, luego de conversarlo con sus padres y con su hermano, Soledad llegó a la Ciudad de México, no tanto para ser entrevistada por Carlos, sino para alejarse de ese ambiente de violencia y terror que, dos meses antes, le había arrebatado a su hijo, y para iniciar una nueva vida. De inmediato Soledad se incorporó al equipo que ya daba cierto renombre a la Fonda Pátzcuaro por sus excelentes platillos.

     Ante todo saludó a Carlos, a quien tenía mucho interés de conocer en persona. Luego Salvador la puso al corriente sobre los hermanos Bustamante que día a día almorzaban en el privado, lo que le causó gracia. Desde los primeros días en la Fonda Pátzcuaro, la presencia de Soledad causó revuelo entre los comensales que se reunían en el privado. Carlos sintió una atracción inmediata e incontrolable por esa mujer esbelta, de hermosos ojos, nariz recta, desenvuelta, atracción que, en las miradas de Soledad, sentía correspondida.

     Los gemelos en un principio se mostraron tensos, quizá cohibidos cuando era Soledad la que llevaba los digestivos y se sentaba a la mesa con ellos, seguida por Salvador. Sin embargo, todo cambió cuando, días después, de improviso, se presentó Elvira, quien, lanzando una mirada directa, fulminante a Soledad, preguntó con voz estridente:

     --¿Y esa mujer qué hace aquí?

     Nadie contestó. Se produjo un profundo silencio. Carlos y Salvador se miraban de reojo y esperaban una reacción de alguno de los gemelos. Mientras Soledad miraba sin inmutarse a Elvira, le sostenía la mirada como desafiándola. Nadie reaccionaba. El ambiente estaba tenso; todos inmóviles como estatuas.

     De pronto, para romper el hielo, antes de que alguno de los hermanos Bustamante dijera algo, Salvador preguntó a su hermana:

     --Soledad, ¿este año aceptaste preparar los bocadillos para el Festival de Cine de Morelia? ¿Te llamó Carmen?

     --¡Claro!– contestó Soledad, dirigiéndose a su hermano, haciendo caso omiso de la presencia de Elvira, quien seguía ahí parada--. Con Carmen atendimos el pedido de los organizadores, como siempre. Yo en un principio no quería, me sentía abatida, triste. Pero Carmen  y su marido insistieron. Eso me distrajo. Por eso me demoré un poco más en venir a la Ciudad de México.

     Los hermanos Toscano, ante el asombro de Carlos, y aún de los gemelos, le estaban dando una soberana lección a la impertinente e “intrusa” Elvira: la ignoraban.

     Fue entonces que se levantó Benito de su asiento y, dirigiéndose a Elvira, que estaba furiosa, que sacaba chispas por los ojos, le dijo con voz pausada:

     --Elvira, esta señora se llama María de la Soledad Toscano, es la dueña de este restaurante junto con su hermano. Por favor, te ruego que seas amable con ella. Puedes retirarte, nosotros subiremos más tarde.

     Como si todo hubiese sido normal, haciendo caso omiso de esa situación muy incómoda que se produjo, Porfirio, con su aspecto adusto, las manos con los dedos entrelazados y apoyadas sobre la mesa, se dirigió a Soledad para preguntarle:

     --¿Y qué novedad nos cuenta del Festival de Cine de Morelia? ¿Hubo algo interesante este año?

     --¡Cómo no! –respondió Soledad solícita--. Como siempre se presentaron mucho documentales, los vi casi todos. Recuerdo El cuarto oscuro, de Nuria Ibáñez; El Club Sándwich, no recuerdo ahora de quien; La jaula de oro, una película que me fascinó; El esqueleto de la señora Morales, con Amparo Riveles, si no me equivoco dirigida por Rogelio González; otra que me hizo llorar fue Camille Claudel, de Bruno Dumont, con Juliette Binoche. Camille, en 1915, era la amante del escultor Auguste Rodin. Ella misma fue una gran escultora. La pobre sufrió una crisis nerviosa porque su amante la abandonó; en su crisis nerviosa, en unos arranques incontrolables, comenzó a destruir algunas de sus obras. Al fin fue internada en un asilo o manicomio y se quedó ahí por treinta años, esperando la visita de su hermano Paul, quien la fue a ver sólo siete veces. Sufrió el dolor del abandono, del amante y de la familia, y del desamor.

     Soledad hizo una breve pausa, y Porfirio dijo:

     --Sí, conmovedora esa película. Nosotros vimos la primera versión, de 1988, con Isabelle Adjani. Yo no soportaría el abandono, la traición, y en un manicomio no duraría ni un día –dijo Porfirio con una expresión seria y torciendo la boca y agregó: --¿Hubo algo más?

     --¡Sí, cómo no! Se presentó Gloria, del chileno Sebastián Lelio, y el invitado de honor este año fue Alejandro Jodorowsky, quien presentó La danza de la realidad, creo que se basa en su biografía.

     --Muy interesante –dijo Benito--. Tiene usted una excelente memoria. Porfirio es algo excepcional en ese sentido. Recuerda todos los ganadores del Festival de Cannes, más aún, toda la historia de ese Festival. En este mes se ha celebrado el sesenta y siete aniversario. ¿No es así Porfirio?

     --Sí, del 15 al 26 de mayo. Para mi es el Festival de mayor prestigio, superior al de Venecia, al Oscar, en Hollywood, al Festival de Berlín y a tantos otros que ahora hay. En 1939 se propuso la creación del Festival International du Film, para competir con el de Venecia, que tenía un tinte fascista, por el régimen de Mussolini. La inauguración la tenía que hacer Louis Lumière, pero se canceló debido a la Segunda Guerra Mundial. La primera edición se celebró en 1946 y ¿adivinen qué país y quien obtuvo el Grand Prix? –preguntó Porfirio, siempre serio, mirándose las manos que reposaban sobre la mesa.

      Nadie contestó.

     --Nada menos que México, Emilio “Indio” Fernández, con María Candelaria –continuó Porfirio--. Claro, otras diez películas ganaron el mismo premio, pero fue un honor para México. Recibió ese premio junto con Roma ciudad abierta, de Roberto Rossellini; Días sin huella, de Billy Wilder; Breve encuentro, de David Lean, el gran director que luego haría Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago, Pasaje a la India.

     --Pero el premio que se otorga en ese Festival, ¿no es la Palma de Oro? –preguntó Carlos.

     --Sí, se empieza a otorgar la Palma de Oro, en lugar del Gran Prix, en 1955, y en el 2002 se cambia de nombre a Festival de Cannes.

     --¿Y hay algún otro mexicano que se haya llevado el premio en ese Festival? –preguntó Salvador.

     --Luis Buñuel –dijo Porfirio--. Obtuvo la Palma de Oro, representando a México y España, en 1961, con Viridiana.

     --Para mí el cine es en verdad arte –dijo Carlos--. Yo siento que está emparentado con la pintura y la fotografía, es también arte narrativo y es heredero de la literatura, pero la diferencia es que el cine es narración pictórica, la literatura o la novela, en particular, es narración lingüística.

    --Oiga don Porfirio, ¿y cuáles son las diez mejores películas de toda la historia de ese Festival, según su criterio? –preguntó de nuevo Salvador, como para poner a prueba la memoria de Porfirio.

     --Bueno, estoy de acuerdo con Carlos, pero yo creo que hay películas que son de puro entretenimiento, son para pasar el rato, no dejan nada en el público. Hay películas que son obras de arte por su contenido, dirección, actuación, y esas películas, como cualquier obra de arte, enaltecen al ser humano, y hay otras que nos degradan, ofenden la dignidad de cualquiera que las vea. Por lo que me pregunta, le diré en realidad mis preferidas son más de diez, pero no voy a mencionar los títulos, eso no dice nada –contestó Porfirio con total seguridad, serio, como si dictara cátedra--. Mejor les digo los temas que me agradan, por ejemplo las  adaptaciones de libros que son reconocidos en la literatura. Como Otelo, el moro de Venecia, dirigida por Orson Welles, o El Gatopardo, de Luchino Visconti.  Ésta última es la adaptación de la obra de  Tomasi di Lampedusa y trata como enfrenta una familia de la aristocracia siciliana el cambio de los tiempos, el fin de una época y el inicio de otra. Una recreación del ambiente de la época, de personajes de la familia Salina, una dirección y actuación estupenda. También las que denuncian la brutalidad de las guerras, como Roma ciudad abierta, de Roberto Rossellini, que es una obra maestra del neorrealismo italiano. En los últimos años de la ocupación nazi un cura, Morosini, es torturado brutalmente y muerto por ayudar a la Resistencia. Otra, Cuando pasan las cigüeñas, de Mijail Kalatozov, que muestra la crueldad de los invasores y el sufrimiento del pueblo que es humillado y golpeado, o El pianista, de Román Polanski. No me agradan las que hacen apología de la violencia bélica o de soldados y pelotones invencibles, que los presentan como portadores del bien y la libertad. Otras, de tipo histórico, como La misión, de Roland Joffé. Tiene como fondo el Tratado de Madrid de 1750, mediante el cual España y Portugal se reparten buena parte de América del Sur para poner fin a la disputa de la Colonia del Sacramento y la lucha de las monarquías absolutas europeas y la Iglesia. Y otras de carácter social, como Padre padrone, de los hermanos Taviani. Es el relato autobiográfico de un joven pastor que se libera de la tutela y tiranía de su padre y llega a ser un lingüista y escritor. Pues esos son mis gustos, y claro, hay mucho más pero no quiero aburrirlos. ¡Ah, no me agradan las de ciencia ficción ni las que abusan de los efectos especiales!

     Porfirio terminó su exposición y mostró una leve sonrisa, miró a los ahí presentes con una expresión de prima donna, sabiendo que era el centro de atención y sólo le faltaba recibir un aplauso.  

     Soledad, Salvador y Carlos estaban asombrados; luego de cada título de película que mencionaba Porfirio, se miraban, sonreían, asintiendo con la cabeza, pues casi todas eran películas conocidas por ellos.

     --Es increíble esa memoria que tiene, Porfirio –dijo al fin Carlos. Y luego preguntó--: ¿Pero directores como Akira Kurosawa, Andrzej Wajda, Ingmar Bergman o Woody Allen nunca recibieron algún premio o nominación en ese Festival?

     --Sí. Kurosawa recibió la Palma de Oro en 1980, con la película Kagemusha, la sombra del guerrero; la compartió con All that Jazz, de Bob Fosse. Éste es un buen musical, bien hecho, aunque yo no soporto esa clase de música. Wajda la recibió en 1981, con la película El hombre de hierro. Bergman compitió en 1956, con Sonrisas de una noche de verano, pero ese año ganó El mundo silencioso, de Coustoau y Louis de Malle. Luego ganó un premio especial en 1960, con la película El manantial de la doncella, año en que ganó, como he dicho, la película La dolce vita. Además, en 1997 le otorgaron un reconocimiento especial a Bergman. Un grupo de directores que ya habían recibido la Palma de Oro, le otorgaron La Palme des Palmes, por su trayectoria y en ocasión del cincuenta aniversario del Festival. Bergman filmó su última película en 1982, Fanny y Alexander, obtuvo con ella un Oscar y el Globo de Oro. Woody Allen es un gran admirador de Bergman. No en el Festival de Cannes, pero sí en otros Festivales, ha recibido muchos premios y reconocimientos, creo que cuatro Oscar, y no sé cuántos en el Festival de Berlín y en el de Venecia, donde es muy admirado. Sus películas, como Manhattan, muy buena por cierto, Hannah y su hermana, La rosa púrpura del Cairo, Match Point, han sido premiadas, pero es un director que ha recibido muchas críticas, quizá más como actor que como director.

     --A mi esposa y a mí nos gusta mucho El Padrino, con muy buenos actores, como Marlon Brando, creo que ha sido premiada también o por lo menos debería ser premiada –dijo Salvador.

     --Pues Francis Ford Coppola, el director de esa película, se ha llevado la Palma de Oro con La conversación, en 1974 y con Apocalipsis ahora, en 1979. Por El Padrino a Marlon Brando le otorgaron un Oscar, pero lo rechazó. 

    --Hay películas que también nos han gustado, a mi mujer y a mí. Son divertidas –dijo Salvador--. Recuerdo Tacones lejanos, de Pedro Almodovar, Víctor/Victoria, no recuerdo quien es el director, La jaula de las locas, que también se presenta en teatro, Tootsie, de Sidney Pollack.

     De pronto, el ambiente se puso tenso. Con una expresión de molestia en la cara,  Porfirio sacó su reloj de un bolsillo del chaleco, al extremo de la leontina, lo miró un segundo y se paró. Con un tono de voz autoritario dijo: “Esas películas que tratan de desviaciones sexuales son vulgares, son temas que echan por los suelos la dignidad del ser humano”. Y dirigiéndose a Benito, ordenó: “Es hora de irnos”. Benito se paró y ambos se despidieron, con una leve inclinación de la cabeza, y dejaron el privado.

     Soledad, Salvador y Carlos, entusiasmados por la plática que  habían tenido, no le dieron mayor importancia a la reacción de Porfirio, y continuaron hablando de cine. Soledad admiraba a Marlon Brando, recordó Nido de ratas, la gran dirección y escuela de Elia Kazán; Carlos recordó Forrest Gump, con Tom Hanks; hablaron de Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore; de Fellini 8 ½; de Aguirre: la ira de Dios, de Werner Herzog; de El bueno el malo y el feo, de Sergio Leone; de Marcello Mastroianni y Sophia Loren, de Alan Delon, de las películas mexicanas, de Pedro Armendáriz, de María Félix, de Dolores del Río, lanzando exclamaciones alegres, su admiración, por tal o cual actor o actriz, o director o escena que recordaban tras mencionar cada título, mientras anochecía y el restaurante quedaba vacío.  

   

 

 

9

 

     Fue tiempo después cuando de nuevo el ambiente en el privado volvió a ponerse tenso, hasta agresivo. Ya no era por las apariciones repentinas de la señorita Elvira, las que ya todos tomaban a la ligera y era despedida con las mismas palabras de siempre por Porfirio o Benito, sino por motivos que los demás ignoraban, fuera de los hermanos Bustamante.

 

***

     En esos días de julio, se hablaba mucho del secuestro de la hija de un conocido empresario de la capital, dueño de un equipo de futbol y del mejor gimnasio de la Ciudad de México, con sucursales en todas partes. Este empresario tenía una casa en Tepoztlán y un día su hija Elizabeth, de 19 años, hizo una fiesta en ella para celebrar su cumpleaños e invitó a sus mejores amigas y amigos. Al terminar la fiesta, ya tarde, las amistades, un poco mareadas por el alcohol ingerido, se fueron a dormir en las recámaras que Elizabeth les había asignado. Pero ella se quedó hasta más tarde, despidiendo a los camareros y pagando lo que les debía por el servicio prestado.

     En el momento en que quedó sola en la planta baja de la casa, tres personas encapuchadas entraron en ella, la amordazaron y se la llevaron. Fue al día siguiente que las amistades de Elizabeth notaron su ausencia y que no había dormido en su cama. Se informó de esta situación extraña al padre, quien no lograba explicarse donde podía estar su hija.

     Cerca del medio día el padre de Elizabeth recibió en su celular una llamada de los secuestradores: le pedían una buena cantidad de dinero a cambio de la libertad de su hija. Por boca de las amistades de ésta, la prensa sensacionalista y los medios de comunicación se enteraron de este hecho y la noticia corrió por la ciudad como reguero de pólvora, porque el empresario y su familia eran de la alta sociedad y muy conocidos.

     Este empresario no quiso que la policía interviniera, ni presentó una denuncia ante el Ministerio Público, quería, a su entender, proteger la vida de su hija y arreglar el asunto a su manera. Y por su cuenta hizo los arreglos con los secuestradores, depositó el dinero que le pedían donde le indicaron y quedó a la espera de que su hija lo llamara.

     Sin embargo, dos días después de pagar el rescate, fue encontrado el cuerpo de Elizabeth sin vida, en una gran bolsa de plástico, a orillas de la carretera que une Tepoztlán con Cuernavaca. Este lamentable suceso tenía a todos los habitantes de la ciudad embravecidos y conmovidos.

 

 

***

     Carlos había salido ya con Soledad varias veces, los lunes, cuando ella se tomaba un día de descanso. Habían recorrido Coyoacán, el Centro Histórico, Chapultepec, varios museos, y la amistad entre ambos se iba estrechando. En una ocasión, tomando un café en la Condesa, Soledad le comentó a Carlos que tenía la impresión que los gemelos, muy cultos y muy educados, eran algo raro, en particular Porfirio.

     --Tiene ese aspecto de monje, ese semblante como de cera, siempre mustio. Me lo imagino como uno de esos religiosos que por las noches se flagelan con un látigo…

     --Con un cilicio –acotó Carlos, atento a las palabras de Soledad.

     --Con eso o como se llame. Porfirio tiene una mirada torva, nunca te mira a los ojos cuando hablas con él. Esas personas no son lo que aparentan ser. Quien sabe cuántas cosas oculta en el subconsciente.

     Intuición de mujer, pensó Carlos.

 

 

***

     Unos días después, en el privado, luego de almorzar llegó Salvador con la noticia escuchada en la radio de que la policía había detenido a los autores del “crimen de Tepoztlán”. Se supo que el padre de Elizabeth, profundamente abatido, con sed de justicia, comenzó a hacer averiguaciones, contrató dos detectives privados y luego de cierto tiempo se llegó a descubrir que el cuidador de la casa y su esposa idearon el secuestro y lo llevaron a cabo con la ayuda de un primo de ésta. Como Elizabeth logró ver la cara del cuidador, los homicidas confesaron que se vieron obligados a matarla. Todos estaban conmovidos, consternados, por estos hechos brutales.

     Luego de que Salvador diera la noticia, Carlos notó que Soledad palidecía, se le humedecían los ojos, hacía un esfuerzo por no llorar. Carlos le tomó la mano y dijo, frente a todos:

     --Seguramente éste debe ser el hecho más triste y desgarrador en la vida de ese padre y de su familia. Tan doloroso como el que tú viviste con la muerte de Alberto.

     Luego, con el propósito de abrirse, de contar a los presentes algo personal, para intimar, sobre todo con Soledad, dijo:

     --Todos hemos vivido lo que podría ser el momento más triste de nuestras vidas. Hace poco más de dos años yo perdí a mi esposa. Fue cuando estaba dando a luz. La cosa se complicó porque fue un embarazo extrauterino y mi mujer no resistió la operación que le hicieron, y falleció ella y el niño, un niño que no logró sobrevivir. Fue algo doloroso, me dolió en lo más profundo del alma, aunque reconozco que no se compara con el hecho de que alguien, unos asesinos, le quiten a uno la vida de un ser querido.

     Se produjo un largo silencio, interrumpido apenas por la música de fondo y por la lluvia, una tormenta de verano típica de la Ciudad de México. Y con la misma intención que tuvo Carlos al hablar de la muerte de su mujer e hijo, Salvador preguntó a los gemelos:

     --¿Y ustedes, perdón por la pregunta, han tenido un momento triste, digamos el más triste de sus vidas?

     Fue como si un balde de agua fría cayera en la cabeza de los ahí presentes cuando Porfirio, incorporándose de su asiento dijo:

     --Nosotros no compartimos nada de eso, es de mal gusto. Nosotros convivimos con todas nuestras desgracias y nuestros demonios. Son parte de nuestras vidas y de nadie más. ¡Benito, vámonos!

     Y haciendo un gesto con la cabeza a Benito dejaron el privado y el restaurante apresuradamente.

     Afuera llovía a cantaros. Salvador se apresuró en ofrecerles una gran sombrilla, con franjas amarillas y rojas, que se usaba para resguardar a los clientes precisamente en días lluviosos como ese, para que bajaran o subieran a sus vehículos. Pero Porfirio lo rechazó. Aunque serían unos diez o quince metros los que separaban el ingreso del restaurante de la puerta de la mansión, esa lluvia parecía como si fueran cubetas de agua que alguien tirara desde las alturas y no había forma de evitar una buena mojada.

     --¿No fue una pregunta indiscreta u ofensiva?-, dijo Salvador, al regresar al privado, con una expresión en la cara de incredulidad.

    --Depende –dijo Soledad--.Yo siempre he dicho: caras vemos y corazones no sabemos.

     --Se ve que su recuerdo más doloroso, me refiero a Porfirio, porque Benito mostró otra actitud, es un secreto que le pesa o le duele en lo más profundo de su alma –dijo Carlos.

    

 

10

 

     Cuando en 1950 murió Feliciano Bustamante, a los noventa años, los gemelos, con casi diez años de edad, se encontraron de pronto sin  “maestro”.

     Durante los últimos cinco años, don Feliciano, con enorme paciencia y dedicación, les enseñó las primeras letras; a escribir cada palabra con una caligrafía precisa, casi de escribano; a leer de corrido, deslizando el dedo índice debajo de cada frase que leían y a que le contaran, con sus propias palabras, lo que habían leído; les hacía dictados, recalcando el punto y aparte y los acentos agudos y graves, explicándoles la razón de ser de cada cosa; a conjugar algunos verbos; les enseñó la importancia universal de los números y las cuatro operaciones de la aritmética; las bases de la geometría, sin la que no se podría estudiar el espacio y las figuras ni construir las grandes catedrales del mundo; en un gran mapamundi, adosado en una pared de su despacho, les enseñó el lugar y nombre de los continentes, de los países, de las capitales y de los principales ríos del mundo; en forma de amenos cuentos les narró los descubrimientos de Galileo Galilei; los nombres y lugar de los planetas; las aventuras de Cristóbal Colón, de don Quijote de la Mancha y de otros personajes de la Historia de México y de  la Literatura.

     No se cansaba de repetirles que la razón, las evidencias, la observación, la ciencia, siempre prevalecen sobre las creencias dogmáticas; que la religión, cualquiera que fuera, es el refugio de seres humanos que, abrumados por sus temores, buscan un consuelo por los males que les aquejan; una explicación imaginaria a los fenómenos que no logran comprender; y una paz ficticia ante el temor de dejar de existir después de la muerte.

     “Recuerden” decía don Feliciano a sus nietos, “que el hombre se purifica por medio de la razón, del conocimiento, de su propia estima, del trabajo y por amor a sus semejantes y a la naturaleza; pero se corrompe por la ignorancia, la debilidad de carácter, la resignación, la codicia y la corrupción”. Pero esos discurso éticos, con ese trasfondo filosófico, aparentemente no lograban echar raíces en las tiernas mentes de los gemelos, aunque un rescoldo quedaba en algún lugar de esas tiernas conciencias receptivas.

     El viejo Feliciano pretendía enseñarles a sus nietos todo su saber, sin considerar si sus enseñanzas trascendían la capacidad de entendimiento de esos niños, porque sentía que el tiempo se le acababa y no quería dejar cosas pendientes, cosas que formaban parte de su saber y que se perderían al morir, si no las sembraba en otras mentes.

     Cuando los gemelos realizaban un dictado sin faltas; una operación sin errores; acertaban a indicar en el mapamundi dónde se ubicaba el Volga o el Orinoco o el Ganges; cuántos Estados tenía la República mexicana y cuáles eran sus capitales; quien había sido Cuauhtémoc, Morelos, Benito Juárez, Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, les prodigaba  caricias y besos en la frente y les decía que se merecían una foto como premio, por lo que sacaba su magnífica cámara Zeiss y les pedía que se sentaran juntos, o a Porfirio en el escritorio, los enfocaba, apretaba el disparador y les decía que quedaban sus imágenes grabadas para la posteridad. Quien recibía las mayores muestras de reconocimiento, entre besos y caricias y halagos, por la sobresaliente capacidad de retención de lo que don Feliciano explicaba, era Porfirio. Le decía: “Eres un prodigio, hijo, vas a superar a tu abuelo como comerciante. Un día llegarás a ser como esos Científicos y un Gran Maestro de la Logia”.

 

 

***

     Pero desde un punto de vista práctico, tras la muerte del abuelo, los gemelos se enfrentaron a un serio problema. Eran ya mayores para iniciar la enseñanza primaria en un colegio y no podrían inscribirse en una escuela de enseñanza secundaria o media, cuando tuvieran la edad adecuada, porque carecían de un certificado en el que constara que hubieran cursado y aprobado las materias correspondientes a la enseñanza primaria y, además, no tendrían la preparación requerida en todas las materias de ese nivel básico.

     Rebeca, a través de una amiga con la que asistía a misa y a quien le había comentado este problema, supo que en el seminario que se encontraba a un costado de la iglesia del Sagrado Corazón, sobre el Parque España, no muy lejos de la residencia de los Bustamante, aceptaban a niños y jóvenes para la “nivelación de estudios”, es decir precisamente para ponerlos al corriente cuando reprobaban una y otra vez una materia o por algún motivo tenían problemas para ingresar en una escuela formal.

     Rebeca, contra la voluntad de Leopoldo, quien no quería que los curas educaran a sus hijos, deseaba que los niños siguieran estudiando en casa, de inmediato hizo una cita con el padre Efraín, prior del seminario, y el día acordado, ella, Leopoldo (que al fin y al cabo cedió a la propuesta de su mujer), y los gemelos se presentaron para la entrevista.

     Luego de los saludos de rigor y una vez instalados en el elegante despacho del prior, éste les preguntó en qué podía servirles.

     --Mire, mis hijos nunca han asistido a una escuela formal --comenzó a explicar Leopoldo con cierto sentido de culpa, como si se estuviera confesando--. Tienen diez años, son mayores para ingresar a una escuela de primaria y más adelante no podrán ingresar a un colegio de enseñanza secundaria por carecer de papeles. Ese es el problema que venimos a plantearle, para que nos ayude. Nos han dicho que en este seminario aceptan estudiantes externos para “nivelación de estudios”. Sin embargo, quiero asegurarle que mis hijos han estudiado en casa. No crea que han estado de flojos,  perdiendo el tiempo. Es que mi padre, el abuelo de estos niños, tenía sus propias ideas. Creo que a sus ochenta y tantos años se sintió muy predispuesto para la enseñanza. Tomó muy a pecho el papel de maestro.

     --En realidad –lo interrumpió bruscamente Rebeca--, fue muy egoísta de su parte, como sucede con los viejos, que quieren todas las atenciones para ellos, y fue él, con esa actitud, quien nos metió en este problema. Esa es la verdad, padre. Nosotros fuimos muy condescendientes, no quisimos oponernos a su decisión de que los niños estudiaran en casa, porque fue su forma de tenerse ocupado, de otra manera, sin hacer nada, luego de una vida muy activa, habría sido fatal para él. Pero hay que aceptar que en verdad fue muy estricto en cuanto a horarios y cosas que enseñó a los niños. Eso hay que reconocerlo.

     El padre Efraín, de unos treinta y seis años, delgado, de mirada nerviosa, que no dejaba de pestañar, como si fuera un tic nervioso, con traje negro y alzacuello, escuchaba atentamente, mirando o a los niños o a quien hablaba, mientras entre las manos jugueteaba con un lápiz. Luego, dejando el lápiz sobre el escritorio, y  señalando a Porfirio y Benito con las palmas de las manos juntas, en forma de plegaria, moviéndolas arriba y abajo, dijo:

    --Entiendo, entiendo cuál es el problema. Estos niños se merecen toda la ayuda que les podamos dar. En tiempos pasados, en muchas familias de bien, ocurría algo similar, pero sobre todo con las hijas.

     Luego, adoptando una actitud seria, continuó diciendo:

     --Pero no se preocupen, aquí les resolveremos ese problema. Les voy a explicar, con detalle, para que ustedes se queden tranquilos, las actividades que estos angelitos van a llevar a cabo día a día. Ante todo deben saber que contamos con el Programa Escolar de Primaria, y con hermanos muy preparados que les darán clases de cada materia, como matemáticas, español, geografía, historia, ciencias naturales, y tendrán educación física. Por todo esto no se preocupen. Recibirán una preparación académica mejor de la que  podrían haber recibido en cualquier escuela. Ya hemos tenido alumnos a los que hemos preparado en algunas materias y no ha faltado  alguno al que hemos tenido que enderezar por mostrar una conducta rebelde. Hace unos días, a propósito, un alumno que preparamos aquí presentó un examen, en una escuela particular, de bachillerato, y le fue muy bien. Tenemos experiencia en la preparación de jóvenes.

     --Pero lo más importante –agregó con énfasis el padre Efraín, levantando el índice de la mano derecha--, aquí recibirán una educación cristiana y un cuidado esmerado y con afecto, como el que podrían recibir en su propio hogar. Y, para garantizarles todo esto, les prometo que yo mismo seré el tutor de estos hermosos niños, y seguiré de cerca el avance de su preparación.

     --Además --les explicó--, convivirán con los diez  y siete seminaristas que cursan sus estudios en el seminario; tendrán una habitación propia; ustedes podrán recogerlos los viernes por la tarde, para que pasen el fin de semana en casa; y, en fin, al término de la recuperación de los estudios, digamos en un par de años cuanto mucho, les extenderé un certificado para que sean admitidos, sin problema, en un colegio de secundaria de la misma orden a la que pertenece este seminario.

     La acogida del padre Efraín, con ese semblante severo pero de palabra fácil y convincente, discurso pausado, dejó tranquilos a Leopoldo y Rebeca, los que se retiraron convencidos de que dejaban a sus hijos en buenas manos.

      El lunes siguiente a la entrevista, muy temprano por la mañana, Rebeca llevó a los gemelos al seminario, cada quien con un maletín con su ropa y cosas de aseo personal. El mismo padre Efraín los recibió. Rebeca lo saludó con una amplia sonrisa y beso de mano, mientras los gemelos estaban serios, reservados, nerviosos. El padre Efraín los condujo a su habitación, una especie de celda, pero bien acondicionada, acogedora, con dos literas, una mesa que fungía de escritorio, una lámpara, dos sillas y un ropero. El cuarto tenía una ventana que daba  a un gran patio central, rodeado de arcos.

     A las ocho, un ayudante del padre Efraín, que se presentó como el padre Antonio, fue al cuarto y les pidió que lo siguieran. Los condujo al refectorio. Estaban solos en ese amplio comedor. Mientras tomaban un frugal desayuno, un chocolate caliente con una pieza de pan dulce, el padre Antonio, un hombre joven, un poco más joven que el padre Efraín, de traje oscuro y alzacuellos, que gesticulaba mucho al hablar, les dijo que él sería su profesor de matemáticas y de ciencias naturales, les dio las indicaciones en cuanto a horario de materias, comidas, descanso y deporte.

     Los gemelos sonreían, comenzaban a sentirse, recién habían pisado el seminario, en confianza, y en el transcurso de esa primera semana, descubrirían otro mundo, felices de iniciar una nueva etapa de sus vidas, fuera de la casa que los vio nacer y crecer.

     El viernes siguiente, por la tarde, Rebeca fue por ellos, pero no quiso que le comentaran nada, quería que Leopoldo también  escuchara las primeras impresiones de sus hijos, a los que veía alegres, con otro semblante, como nunca los había visto antes. Por eso fue hasta el sábado, a la hora de la comida, entre risas y hablando atropelladamente, que los gemelos contaban a sus padres que desayunaban solos en un lugar enorme y silencioso, llamado refectorio, pero a mediodía y en la noche comían, en ese mismo lugar, con los seminaristas, personas muy simpáticas, muy amistosas, con los que podían hablar. Durante el día casi no los veían. Los que estaban cerca de ellos, en la hora de la comida y de la merienda, les contaron que la vida de los seminaristas era muy dura, con mucha disciplina.

     --Se levantan a las cinco de la mañana y creo que inmediatamente se van a la capilla a rezar, no entendí muy bien, pero todos los días rezan a esa hora –decía Benito.

     --Sí, se van a rezar, luego comen algo muy ligero y se reúnen en un gran salón donde estudian latín, leen la Biblia, los libros de los santos y les dan clases especiales, estudian teología, todo lo que tiene que ver con la religión y con esas cosas divinas –decía Porfirio.

     --Ellos mismos cultivan algunos vegetales, en un huerto que hay detrás de la iglesia –decía Benito.

     --Son muy amigables –repetía Porfirio--. Pero no salen nunca del seminario y los familiares los pueden visitar una vez al mes. Algunos quieren ser misioneros, vivir en otros países.

     --Sí, está bien, pero cuéntenme de ustedes –les pidió Leopoldo--. ¿Qué hicieron esta semana? ¿Cómo se han sentido? ¿Les gusta el seminario?

    --Deja que hablen lo que quieran –intervino Rebeca--. No ves que se mueren de ganas por socializar, por tener amigos, luego de pasar años y años encerrados en esta casa.

     --Pero me interesa saber lo que ellos han hecho durante esta semana –insistió Leopoldo.

     --Pues, después de desayunar solitos, el padre Antonio nos ha llevado a una pequeña aula, con unos diez pupitres. El padre Antonio nos dará clases de matemáticas y de ciencias naturales. El lunes, y casi todos los días, nos ha hecho como una especie de exámenes de todas las materias para ver cómo estamos, si atrasados o no, respecto del Programa. Pero estamos bien, bueno, más o menos. Benito ha cometido muchos errores en matemáticas y en ciencias naturales, de repente confundió unos vegetales con minerales. Pero estamos bien—dijo Porfirio, muy seguro de sí mismo.  

     La semana siguiente el padre Antonio, con los resultados de los exámenes que había hecho a Benito y Porfirio en mano, le comentó al padre Efraín que era conveniente que el primero recibiera clases intensivas, él sugería con el padre Esteban, y, el segundo, clases avanzadas, que él mismo le impartiría. Hay en esos niños, decía el padre Antonio, una gran diferencia en cuanto a capacidad de aprendizaje. Uno podría entorpecer el aprendizaje del otro si debieran tomar clases juntos. Y así se acordó.

     Se envió un mensaje a los padres de los gemelos explicando con toda claridad el motivo por el cual Benito y Porfirio tomarían clases por separado. Esa decisión convenció a Leopoldo y Rebeca, más aún, para ellos fue una muestra de seriedad con que el seminario actuaba en materia de enseñanza.

     Al principio  esa decisión sorprendió a los hermanos, pero poco después, luego de un par de semanas, Benito se sentía que se había liberado de la presión que sentía cuando, junto con Porfirio, tomaba clases con el abuelo. Ahora se sentía más relajado porque la competencia con el hermano siempre lo había angustiado, se sentía inferior y todo esto lo inhibía.

     Benito tomaba clases con el padre Esteban en la sala de los pupitres y Porfirio en otra sala más grande, cuando no la ocupaban los seminaristas, o en el despacho del padre Efraín, y a veces, por la tarde, el padre Antonio se lo llevaba a su propia celda.

     El padre Antonio estaba admirado por la capacidad de retención que mostraba Porfirio. Con el pretexto de exteriorizar ese asombro que le causaba  esa facultad innata de retener y comprender las materias que le enseñaba, el padre Antonio, a cada respuesta correcta que a una pregunta difícil daba Porfirio, lo acariciaba en las mejías, le daba besos en la frente, más adelante los besos fueron más cercanos a la comisura de los labios, mientras le sostenía la cara con las dos manos, lo miraba con gran ternura a los ojos y exclamaba: “¡Pero, muy bien Porfirio, excelente, te mereces un premio!”

     Porfirio, a su vez, en un principio relacionaba esas muestras efusivas de halago, esa premiación, a la forma en que lo felicitaba el abuelo Feliciano y las recibía con beneplácito.

     Sin embargo, poco a poco junto con los besos, las caricias del padre Antonio se extendieron a las partes íntimas del niño, luego, entre exclamaciones y entre una caricia y otra, tomaba la mano del Porfirio y la llevaba a sus propias partes íntimas.

     Durante los primeros meses los niños se mostraban contentos cuando pasaban el fin de semana en casa. Después Porfirio fue cambiando de semblante, se mostraba serio, taciturno. Rebeca y Leopoldo consideraban que Porfirio avanzaba hacia la adolescencia aceleradamente. “Está dejando de ser un niño, mira cómo se está convirtiendo en un hombrecito”, decía Rebeca.

     Pero para quien era notorio el desasosiego que día a día sufría Porfirio, era Benito. Lo veía regresar a  la habitación, de sus clases en la celda del padre Antonio, pálido, muy serio, con los cuadernos apretados fuertemente con ambas manos contra su pecho. Luego Porfirio comenzó, ya avanzada  la noche, a pasarse a la cama de Benito, se le abrazaba, le decía déjame dormir contigo, por favor hermano, déjame dormir contigo, y en sus pesadillas murmuraba: “No, no quiero, déjeme por favor, no, me duele…”, mientras se estremecía y se acurrucaba en posición fetal.

     Una tarde, unos seis meses después del día en que ingresaron por primera vez en ese seminario, aprovechando que los superiores y los seminaristas estaban en la capilla, a la hora del Ángelus, orando en honor de la Encarnación, Porfirio le dijo a Benito que lo siguiera. Los dos se encaminaron hacia el amplio patio, fueron al portón, le quitaron el cerrojo y salieron a la calle. “Nos vamos a casa”, dijo Porfirio, tomando de la mano a Benito, sin darle más explicaciones, aunque Benito sabía lo que sucedía y se estaba liberando de un gran peso, así como le estaba sucediendo a su hermano. Abandonaban el seminario del que se llevaban una experiencia que los marcaría para toda la vida.

     Los dos hermanos, tomados de la mano, recorrieron el trayecto hasta la mansión y se pararon frente a la puerta, dando golpes en ella para que les abrieran. Rebeca les abrió y grande fue su sorpresa al verlos ahí parados, Porfirio adelante y un paso atrás Benito, aún con la mano de su hermano en la suya, con los ojos enrojecidos, y el ceño fruncido.

     --¡Pero, se puede saber qué hacen aquí! –exclamó Rebeca, con los brazos en jarras y con una mirada severa.

     A pesar de preguntarles una y otra vez, con voz autoritaria y semblante amenazante, por qué habían dejado el seminario, no obtuvo respuesta de ninguno de los dos, ni en ese momento ni nunca. Cuando regresó a casa Leopoldo, menos insistente, y con una expresión de complicidad, hizo las mismas preguntas con el mismo resultado. Con nadie compartieron jamás sus desgracias y demonios que sufrieron a la tierna edad de diez años y que Porfirio nunca pudo superar.

 

 

11

 

     Desde hacía tres días caía sobre la Ciudad de México un fuerte aguacero. Amainaba un poco por la mañana pero a las once o doce arreciaba. Los comensales en la Fonda Pátzcuaro eran escasos. Carlos llegaba a las dos, como siempre, con impermeable y paraguas. No dejaba de ir porque no quería que pasara ni un día sin ver y conversar con Soledad. La relación entre ambos se hacía cada vez más estrecha, más íntima.

     Unas semanas antes, al fin había llegado a la Ciudad de México Josefa con Mauricio, lo que llenó de felicidad a Salvador. Tenía a su familia cerca y el negocio iba muy bien; en ese momento no podía pedirle nada más a la vida. Carlos, con los buenos contactos que tenía en el Liceo Español,  había conseguido para Josefa un puesto como profesora de matemática. Carlos se sentía cada vez más vinculado a esa familia Toscano, y cuando se presentaba la ocasión, se ofrecía de cicerón para recorrer y mostrarles los lugares más entretenidos e históricos de la metrópoli.

     Un domingo, invitó a todos a recorrer el Paseo de la Reforma en bicicleta, uno de esos domingos en que ese Paseo y la Avenida Juárez se convierten en espacios de recreación familiar, sin coches, solo peatones, bicicletas, jóvenes en patines, familias con sus niños y mascotas.

     En un descanso, para tomar un café, frente al monumento a Benito Juárez, Carlos le propuso a Soledad que viajaran juntos a New Orleans, ciudad que había visitado un año atrás. La invitaba para recorrer esas calles que a él le fascinaban, ese ambiente bohemio, para escuchar jazz en vivo, ir a Baton Rouge, dar un paseo en el Steamboat Natchez y, lo más importante, en ese viaje quería sorprenderla con una sorpresa, quería proponerle que vivieran juntos, que se mudara a su departamento.

     Soledad aceptó sin titubear la invitación de Carlos de viajar. Se sentía feliz con esa relación. La personalidad de Carlos, un hombre maduro, serio, con una actitud de respeto hacia ella, había disipado esa impresión que durante tanto tiempo había tenido hacia todos aquellos que se le acercaban con la intención de cortejarla. Se sentía enamorada y un fuerte vínculo echaba raíces en su corazón.

     Le había comentado a Carlos su experiencia con Rogelio, como se había sentido humillada por esa actitud del padre de su hijo, esa nota escueta que un día le dejó, sin tener el valor de darle la cara, y todo eso le había creado una serie de dudas sobre la confianza que se podía tener a los hombres. Carlos le comentó que, después de todo, había sido afortunada por haberse separado de una persona con esas características a esa edad, porque si hubiera sido más adelante, se habría arruinado la vida por completo y para siempre. Le hizo ver que ahora le quedaba mucho por vivir. Le dijo que esa actitud de Rogelio es típica de los autómatas y enajenados, los  que simulan ser lo que no son. Eres una persona auténtica si te conoces a ti misma.

     --Has la prueba, Soledad, de mirarte en un espejo detenidamente, clavar tu mirada en tus ojos, que se reflejan en el espejo, y preguntarte ¿quién soy? Y responder, sin temores, una y otra vez, cuáles consideras que son tus atributos, tus valores, qué haces con tu vida, tus defectos. Algunos se temen a sí mismos, temen a esa imagen de sí mismos que tienen en frente, no saben quién es, o no quieren saberlo, porque podrían avergonzarse de ser como son, de haber hecho algo que les pesa en la conciencia. Nos preocupamos poco en la construcción de nuestra propia identidad. 

     Carlos la había estimulado mucho en pensar más allá de sus problemas personales y quehaceres cotidianos, y le hizo percibir el mundo en que vivía en una forma amplia, infinita, en otra dimensión. El primer libro que le dio a leer fue El cerebro de Broca, de Carl Sagan, luego El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, La fisiología gastronómica, de Honoré de Balzac, El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, y así otros que la ponían a pensar, a crecer intelectualmente.

 

 

***

     Pero ese día en que no cesaba de llover, cerca de las tres de la tarde apareció Benito, justo cuando Carlos comenzaba a comer una ensalada Caprese. Era la primera vez en ese año y meses que tenían de reunirse en la Fonda, que uno de los gemelos se presentara solo. Llegó alegre, sacudiéndose las gotas de agua que traía en la gabardina y frotándose las manos.

    --Hoy mi hermano y yo cumplimos años –dijo--. Me iba a quedar en casa con Porfirio, para acompañarlo, porque está muy resfriado, uno de esos catarros de verano que agarró por la mojada de ayer. Pero le dije que descansara, lo está cuidando Elvira, porque esta vez me quiero festejar a lo grande.

     Cuando el mesero le trajo el plato con la ensalada Caprese, le dijo que trajera una botella de Jack Daniel’s, una hielera con mucho hielo, y que llamara a Salvador y a Soledad. Cuando se presentaron los dos, Benito les dijo que quería que festejaran los cuatro su cumpleaños, que delegaran funciones de cocina y servicio y se sentaran a la mesa.

     Salvador, al enterarse del resfrío de Porfirio, le sugirió a Benito que podría enviarle unos platillos a su casa. De ninguna manera, le respondió Benito, está inapetente y que Elvira se ocupe de él. Luego Salvador se ausentó un momento y poco después regresó con una fuente rebosante de carnes frías, quesos de todo tipo, tostadas,  tallos de apio, zanahorias rebanadas y otras verduras.

     --¡Ah! –exclamó de pronto Benito, levantando y torciendo un poco la cabeza, como para escuchar mejor--, esa música de fondo me gusta, Salvador, un poco extraña para mí, pero qué buen ritmo.

     --Es música muy buena. Son unos discos que trajo Carlos –dijo Salvador--. Blues y jazz que se toca en New Orleans.   

    Carlos, Soledad y Salvador se miraban sorprendidos, mientras hacían los primeros brindis. Nunca habían visto a Benito tan alegre, tan desinhibido, y con tanta chispa. Lo veían cómo disfrutaba el jamón serrano, el roquefort, las aceitunas negras. De pronto dijo:

     --No quiero estropear este momento de alegría, pero les quiero confesar que ayer me fui a casa con un sabor amargo de boca, con una gran tristeza. Es el colmo de la maldad que ese matrimonio, de toda la confianza del padre de Elizabeth, matara a esa muchacha. Por todas estas cosas que suceden, como también el asesinato de tu hijo Alberto –dijo, dirigiéndose a Soledad--, yo estoy convencido, como dice Porfirio, de que se están perdiendo los valores morales, que vivimos en una sociedad en decadencia, en retroceso.

     --Pero para ser esta una sociedad en retroceso –replicó Carlos--, debemos partir del hecho de que venimos de una sociedad mejor que la actual; de que los valores morales anteriores, en el pasado, eran superiores a los actuales y yo dudo que sea así. Yo entiendo por valores morales, para que hablemos de lo mismo, esa conducta del individuo que sigue las reglas que gobiernan el buen vivir del hombre en libertad y con pleno respeto a sus semejantes y sobre todo, luchando por una justicia social. Yo no creo en eso que suelen decir que todo tiempo pasado fue mejor.

     --Sí, pero usted debe reconocer –rebatió a su vez Benito, sirviéndose orto poco de whiskey de Tennessee—que antes no se daban los secuestros, las extorsiones, el consumo de droga en forma tan extensa como en la actualidad.

     Carlos levantó la mano como para pedir la palabra, pero Benito, luego de un buen sorbo a su vaso, agregó:

     --Permítame, que no se me vaya la idea. ¿No se ha enterado cómo se han propagado el tráfico de armas; la llamada trata de blancas, que secuestran a jovencitas para prostituirlas; cómo ha aumentado el radicalismo religioso, que no es otra cosa que intolerancia, causa de tantas guerras en todas partes, sobre todo en el Medio Oriente, donde usan a niños y mujeres como escudo humano, cuando van a ser atacados; o las denuncias contra políticos corruptos, que roban del erario público y se dejan sobornar para otorgar un contrato; o esos banqueros y financieros que se enriquecen especulando, como ese señor George Soros o ese estafador Bernard Madoff, quienes deberían estar en el Noveno Circulo del Infierno?

     --Carlos –continuó entusiasmado Benito, apurando su trago de Jack Daniel’s--: ¿cuándo se había visto tanta degradación? ¿Cuándo la sociedad, y no sólo en nuestro país, sino en cualquier otro, se ha visto tan envilecida, degradada y deshonrada como en  la actualidad? ¿Cómo es posible que en los países llamados civilizados la gente viva aterrorizada  por el terrorismo, por esos fanáticos que se inmolan para matar infieles e irse con Alá a un harén con cincuenta doncellas vírgenes? ¿Que un desadaptado social, un lunático, uno que quiere vengarse, irrumpa con un ama en una escuela, en un asilo, en un parque y, sin más ni más, mate a niños, jóvenes, mujeres? No sigo porque usted sabe muy bien a lo que me estoy refiriendo. ¡Y usted me dice que los valores morales de ahora son superiores a los que prevalecían antes! Yo afirmo que todos somos herederos de una sociedad decadente, todos por igual, porque todos somos, en cierta forma y en cierta medida, culpables de lo que sucede en nuestra sociedad. ¡He dicho!–. Y Benito concluyó su discurso dando una palmada en la mesa.

     --Por lo que se refiere a ese asunto del terrorismo y los que se inmolan con chalecos repletos de explosivos –dijo Carlos--, yo creo que más que una confrontación de culturas, como alguien alguna vez señaló, o de religiones, es una lucha por el poder, para el control del poder y de las economías de los países árabes que mantienen buenas relaciones con occidente. Los dirigentes subversivos se apoyan en el Corán, en el mandato de eliminar a los infieles, nada mejor que utilizando a fanáticos religiosos como yihadistas, como carne de cañón, pero el propósito de ellos es el control del poder económico en su propio beneficio, y en este conflicto encuentra su florecimiento el contrabando de armas. La religión es sólo un pretexto para ellos.

     Soledad, que durante el largo discurso de Benito y la observación de Carlos había ido por una botella de calvados y se había servido una copa, porque el whiskey de Tennessee se le hacía muy fuerte, pero había seguido el discurso de aquel, dijo:

  

   --Si me permiten, antes de que esta degradación llegue o vuelva a ser una sociedad misógina, como en el pasado, yo quisiera decir…

     --Adelante, por favor, usted es una estrella que ilumina este mundo que ya va por el Séptimo Círculo del Infierno –dijo Benito, lanzándole un piropo con destellos de alegría en los ojos.

     --Pues donde se está dando una verdadera degradación, a mi entender, es en el planeta, en los mares, en los bosques. Hemos destruido parte de la naturaleza y han desaparecido especies de animales por la intervención del hombre. Ahí sí venimos sufriendo una degradación, con toda esta contaminación, por causa del progreso material. Creo que el progreso y la conservación del medio ambiente, del planeta, van en sentido contrario, y el primero se está imponiendo a la segunda. Pero no sé si en el aspecto social, quiero decir de instituciones, de libertades individuales, del papel de la mujer en la sociedad, se puede hablar de una degradación. Pero creo que con esa palabra usted se refiere a un retroceso de la sociedad, ¿no es así, don Benito?

     --Muy buena observación la de Soledad –dijo Carlos--. Es innegable que progreso material y en cierta forma el progreso social han ido de la mano. Hay que reconocer que el progreso tecnológico y material avanza en forma exponencial, mientras que en el aspecto de nuestras instituciones, y sobre todo en el aspecto de justicia social, vamos rezagados. Tenemos mejores instituciones, en casi todo el mundo, yo diría menos en los países teocráticos, que hace un siglo, y no digamos que poco más atrás. Apenas a mediados del siglo XIX en algunos países se abolió la esclavitud. Al inicio de la Revolución Industrial los obreros, incluyendo mujeres y niños, trabajaban más de doce horas al día, por un salario de hambre. Hasta hace poco, en muchos países la mujer no tenía ni voz ni voto en cosas de política. Avanzamos hacia una democracia…

    --Una grosera simulación de democracia –lo interrumpió Benito.

    --Yo diría –continuó Carlos--, una democracia imperfecta, incipiente. La humanidad ha recorrido un largo camino para llegar hasta lo que es hoy, ha pasado por la esclavitud, la servidumbre en el feudalismo, la explotación masiva en el capitalismo, la explotación selectiva o tecnificada en la globalización, con las empresas multinacionales que se instalan en los países menos avanzados, aprovechando la mano de obra más barata, la explotación de riquezas naturales y humanas de los países en la época de las colonias y no se detiene. Cada uno de estos sistemas  se ha reemplazado uno a otro como resultado del progreso material, más cambio cualitativo, que significa cambio en la forma de producir los bienes y servicios. Un sistema desplaza a otro cuando éste impide el progreso material, y se impone un sistema más eficiente en cuanto a métodos de producción, a generación de riqueza, en beneficio de los nuevos poderosos o dueños de los nuevos medios de producción.

     --¡Eso parece marxismo! –exclamó Benito.

     --Es usted un hombre leído y no se le escapa una. Pero es historia objetiva. Para que sea marxismo habría que agregar  que la lucha de clases es el motor de la historia, la revolución, el medio para suprimir un sistema antiguo por otro nuevo y, en fin,  la instauración de la dictadura del proletariado. Y esto no ha sido la tónica, la ley que ha promovido el cambio, como nos lo han demostrado los acontecimientos, por todos conocidos, en la ex URSS y otros países. Sin embargo –recalcó Carlos con énfasis--, aunque por lo que se refiere a la revolución no hay que descartarla. La francesa, en 1789, a pesar del Imperio que Napoleón instauró al derribar al Directorio el 18 Brumario y proclamarse emperador en 1804, puso a temblar a las monarquías europeas y al fin y al cabo fue el factor que produjo un cambio en el sistema monárquico. Las guerras de independencia en América Latina fueron revoluciones que abolieron el régimen colonial, así como sucedió tiempo después en los países de África. La Guerra de Secesión en Estados Unidos fue una revolución que abolió la esclavitud en parte de ese país, nada menos que en 1865, hace no mucho. Aquí, en México, la Revolución abolió, en 1910, el régimen de servidumbre en el campo. En Rusia y China la revolución abolió regímenes monárquicos y feudales, respectivamente, aunque la dictadura del proletariado fracasó. Hay que reconocer que un cambio de sistema socioeconómico, afectando los intereses de una clase dominante, no se da por la gracia divina. Es el resultado de una lucha, de una revolución, es lo que podemos aprender de la historia.

     --Pero creo que en la actualidad vivimos en una sociedad imperfecta --continuó diciendo Carlos--. Sí, pero se mueve, avanza. Vivimos tiempos de transformación acelerada, y sin duda vamos superando viejos paradigmas, formas de gobernar obsoletas, elitistas, que entorpecen e impiden que este incremento acelerado de la producción, de la riqueza, que se da hoy día, beneficie a la sociedad, a la comunidad, al contrario, propicia una mayor concentración de la riqueza en pocas manos. Hay instituciones que aún perduran pero que causan más daño que beneficio, y me refiero, entre otras, a las religiones, por ejemplo.

     --No me hable de religión –dijo Benito, adoptando una expresión seria, frunciendo el ceño, y levantando la mano derecha---. Yo no tolero a esos individuos hipócritas que se autonombran representantes de Dios, guías espirituales, y camuflados tras esos hábitos religiosos se permiten conductas nefastas que pueden destruir la vida de una persona desde su más tierna edad.

     Todos guardaron un momento de silencio por ese cambio súbito de Benito. Pero Carlos retomó la palabra y dijo:

     --Yo me refería a las religiones como instituciones, digamos el cristianismo, el protestantismo con todas sus sectas, el catolicismo, el judaísmo, el islam, todas con un tronco común y sin embargo han sido y siguen siendo adversarias, a veces acérrimos enemigos. Las religiones, en sí mismas, son nefastas, se aferran a sus creencias obsoletas, con sus dogmas ocultan la realidad de las cosas, se oponen a los avances de la ciencia. Lo más grave, desde mi punto de vista, es que tienen a sus feligreses y adeptos controlados mentalmente, la expresión más nefasta son los fanáticos religiosos, e impiden que el ser humano reconozca su propio origen natural, somos producto de la naturaleza, no de caprichos o de intenciones desconocidas de alguna divinidad. Cuando seamos realmente conscientes de que somos parte de la naturaleza, que en ella tenemos nuestro origen, seremos seres comunitarios.

     --Pero yo tengo una teoría—dijo Benito.

     --Ya sabemos. Un gobierno autoritario, formado por civiles –intervino Salvador.

     --No, es otra –dijo Benito, mirando fijamente a cada uno de los ahí presentes--. Si en una sociedad la mayor parte de sus individuos adoptan, en forma consciente, una conducta que es nociva  para ellos mismos en el aspecto físico y mental, como la drogadicción, el alcoholismo, podríamos incluir el asesinato, porque el que asesina mata su propia conciencia, son individuos en decadencia, y esto se debe, o tiene su origen, en que los valores morales de la sociedad en que viven están en decadencia, porque son valores que no corresponden a seres inteligentes, racionales, que tengan en alto su autoestima. Y esto es lo que sucede hoy día con nuestra sociedad, eso es lo que me preocupa, a pesar de sus palabras convincentes, Carlos.    

     --No cabe duda de que usted pone a pensar a cualquiera –dijo Salvador--. Pero en mi opinión, mientras haya una pequeña parte virtuosa de individuos, con alta autoestima, esa sociedad sin duda se salvará y saldrá del bache en que se encuentra.

     --Aunque quede una sola pareja, la humanidad sobrevive, claro, siempre y cuando sea de sexo distinto, porque si no, ¿cómo? –dijo Soledad, haciendo sonreír a todos, que captaron la ironía de sus palabras, ya que en esos días se hablaba mucho de “matrimonios igualitarios”, entre personas del mismo sexo.

     --Benito, permítame que lo tutee –dijo Carlos--, ya tenemos tiempo de conocernos y entremos en confianza. Con esa forma de apreciar las cosas, como tú mencionaste antes, es como ponerse un catalejo al revés. No somos herederos de una sociedad en decadencia o que retrocede, eso nunca. Yo creo que somos actores de una sociedad en evolución, rebelde, y en proceso de cambio.

    Benito, dejando su vaso en la mesa, quiso interrumpir, pero ahora fue Carlos quien lo detuvo y continuó hablando.

     --Ahora déjame hablar a mí, antes de que se me vaya la idea. Hay que ver las cosas con una perspectiva histórica. Aunque sea repetitivo, quiero insistir, como yo les explico a mis alumnos, que las relaciones sociales, la forma de gobierno, las leyes, la elección de gobernantes, etc., nosotros, como individuos, nuestra conducta, y como nos interrelacionamos, en este país y en cualquier otro, con todas las lacras que tú mencionas, y también con todas los  logros alcanzados, que no se pueden desconocer, están determinados por las condiciones materiales de existencia, es decir por la forma de producir los bienes necesarios para la vida, y su distribución o apropiación por parte de los propietarios de los medios de producción, así ha sido, desde la época de la esclavitud, pasando por el feudalismo, el capitalismo y la globalización de nuestros días. En este sistema, en la actualidad, hay progreso material, cuantitativo, de la producción, de la riqueza, acelerado,  y todo se rige por el dinero; el dinero es el símbolo supremo de dominio y poder de nuestro tiempo, ya no, como en otras épocas, los esclavos que puedas tener, ya no la tierra que puedas poseer y los siervos que en ella trabajen, ya no los títulos nobiliarios. La utilidad, la ganancia, la acumulación dinero es la máxima expresión del progreso, aunque se convive con millones y millones de personas en la pobreza. Y hay quienes encuentran la vía de enriquecerse y hacer negocio mediante actividades ilícitas, como el narcotráfico, la trata de blancas, la extorción, actividades deleznables que conllevan el asesinato, pero cuyo objetivo es rasguñar parte del poder haciendo dinero. Pero lo que debemos considerar seriamente es que este sistema genera una sociedad de consumo, la que es la razón de ser y el sustento del aparato productivo. Éste no puede sobrevivir si no se incrementa año con año el consumo de bienes reales y virtuales, de lujo o de lujo intermedio, de moda, atractivos, pero nuevos. Aunque un producto sigue siendo útil, esta sociedad de consumo te induce, o casi te obliga con mensajes directos o subliminales, a desecharlo. Es, en el fondo, una sociedad de desperdicio. Pero la sociedad de consumo, además de sobrexplotar los recursos naturales y desechar productos útiles, es enajenante, nos convierte en autómatas, elimina nuestro libre albedrío, porque el consumismo nos atrapa y nos convierte en objetos de consumo, desde niños nos vemos empujados a consumir, crecemos y nos convertimos en borregos que seguimos dócilmente al rebaño, y algunos, para rebelarse o evadirse, sin éxito, a esa sumisión en la que nos vemos atrapados en esta sociedad, nos drogamos, otros se drogan o se alcoholizan como resultado del roce con la opulencia que les rodea y que quizá nunca pueden alcanzar, otros se drogan porque están exaltados y hacen alarde de su gran riqueza y de su capacidad de consumo, otros, los jóvenes, por ejemplo, se drogan o alcoholizan por imitación, por lo que ven en sus casas, o porque son inducidos a ello, en sus círculos de amistades, en los centros de entretenimiento que frecuentan, unos y otros cometiendo atrocidades, como las que tú has señalado, y todo esto nos lleva a la negación de nuestra autoestima.

     --Yo creo –siguió diciendo Carlos--, que en un momento determinado, la capacidad de consumo de la población se estancará, si el sector de la población con capacidad de consumir productos de lujo o de alto valor agregado, no crece a la velocidad o al ritmo de la producción. Las tecnologías que se utilizan en la producción son altamente ahorradoras de mano de obra y esto afecta la expansión del sector consumidor. Yo he hecho, como ejercicio, una correlación entre estratos de población con ingresos altos, medianos, bajos y de supervivencia,  con estratos de producción de bienes y servicios de lujo, de lujo mediano o de moda, de bienes de calidad intermedia, bienes de necesidad básica y bienes de subsistencia. Si los estratos de ingresos altos y medianos no se incrementan a un ritmo superior a los estratos de la producción de bienes que demandan esos consumidores, el sistema colapsa. No creo que en un futuro cercano la mayor parte de la población mundial, o una gran parte de ella, llegue a ser clase alta y media, con grandes ingresos y gran capacidad de demanda y consumo, es imposible. Si esto no sucede, como yo creo que no sucederá, podría ser el quiebre del sistema en el que vivimos. Pero en una forma u otra, esto tiene que cambiar, no soy adivino para decirte en qué forma y cuándo, pero habrá un cambio, y ese cambio será cualitativo, es decir, porque cambia la naturaleza del sistema. Es como un individuo, soltero como yo, se casa, es padre, y se produce en él un cambio radical y engendra un nuevo ser humano. A lo mejor el ejemplo no es muy bueno, no es muy claro, pero es apropiado para la ocasión, ¿no es cierto Soledad? ¡Ahora sí, he dicho! 

     --A propósito --dijo Soledad, lanzando una mirada tierna y de admiración a Carlos y  dirigiéndose a Benito, ya que el whiskey y el calvados habían roto barreras--, tengo una pregunta que hacerte, algo personal, no sé si…

     --Diga, diga, yo estoy abierto a todo, no crea que me voy a molestar como mi hermano, no soy como él –dijo Benito.

     --Lo veo, Benito. No solamente no eres como tu hermano, sino que ahora eres otro Benito, diferente del que eres cuando está presente tu hermano. Ahora, diría, eres el auténtico Benito. Pero la pregunta que quería hacerte es ¿tú nunca te has casado? –preguntó Soledad.

     --¿Casado yo? No, nunca. Pero no me quejo. No he tenido la necesidad –dijo Benito.

     --No se trata de necesidad, Benito, sino de amor, el sentimiento más completo y profundo que existe, a veces devastador y a veces te colma de una infinita felicidad. Se lo digo yo, Benito, que lo he vivido y lo vivo ahora –dijo Soledad, tomando la mano de Carlos y echándole una mirada de complicidad.

     Se produjo un largo  silencio. Fue en ese momento en que Benito tuvo esa misma sensación que tuvo hacía sesenta años atrás, cuando en el seminario lo separaron de Porfirio para recibir clases. Fue una regresión mental que trajo al momento actual lo vivido en aquel entonces. De pronto se sintió liberado, sin opresión, fue una sensación de libertad de acción y de pensamiento, que comenzó a asimilar en su conciencia.

 

 

 

12

 

     Eran cerca de las ocho de la noche cuando Benito se levantó de su asiento y agradeció a los ahí presentes por la agradable velada que había pasado. Les dijo que se sentía contento, que había expresado con toda libertad lo que pensaba y, aunque en muchas cosas no coincidían, apreciaba mucho que lo hubiesen escuchado. Él, a su vez, se iba con muchas inquietudes  e ideas nuevas.

     Pero antes de dejar el privado, le pidió a Carlos si podía prestarle uno de esos discos que había llevado a la Fonda, que habían servido de música de fondo toda esa velada.  Carlos, sorprendido por ese súbito interés de Benito por un disco de jazz, fue detrás de la barra del bar, donde estaba el equipo de música, y le trajo un disco de cantantes de blues, con Nina Simone, Sarah Vaughan, Morgana King, Ella Fitzgerald y otras.

     Esta vez Benito pidió a Salvador que lo acompañara con el gran paraguas de franjas rojas y amarillas hasta la puerta de su casa. Se sentía eufórico. Luego de dos o tres intentos, logró insertar la llave y abrirla. Se despidió de Salvador con un apretón de manos y una gran sonrisa. Pero al cerrar la puerta detrás de sí, probó una especie de choque emocional, entre lo que acababa de vivir en la velada y ese mundo añejo, opresivo, que se le venía encima, oculto en la penumbra de esa casa. Quedó paralizado con la espalda recargada en la puerta; por un momento tuvo la intención de abrirla y huir, evadirse. Pero superó ese impulso y afloró en su conciencia la voluntad de enfrentar esa situación que lo aplastaba.

     Subió las escaleras despacio, mirando cada escalón que pisaba y meditando. Se quitó la gabardina al terminar de subir el último escalón y la dejó caer en el piso. Aún se sentía un poco mareado como efecto del Jack Daniel’s, pero estaba en sus cabales. Cuando llegó al dormitorio, vio que Elvira, en bata, con el pelo recogido en la nuca, le estaba dando una friega en la espalda a Porfirio, quien yacía desnudo, boca abajo, en la cama, la única cama que había en el dormitorio, y le introducía la mano entre los glúteos.

     --Tu hermano ya merendó –dijo Elvira al ver entrar a Benito--. Le di una infusión de cedrón y ahora con esta friega con alcohol y alcanfor va a dormir como un angelito y adiós resfrío. ¿Tú quieres comer algo? ¿Cómo te trataron allá abajo? –preguntó Elvira, a quien se le trababa un poco la lengua, por efecto de la media botella de Don Pedro que acostumbraba tomarse todas las tardes.

     --Bien, muy bien –dijo Benito, muy serio--. Me quiero dar un buen baño de tina.

     --Ve llenando la tina y metete en ella. Yo termino con tu hermano y voy a atenderte –dijo Elvira.

     Benito se desvistió en el baño, mientras la tina se llenaba, dejó caer la ropa que se quitaba en el suelo, a sus pies. “Se va a enojar la alcohólica de Elvira”, pensó “pero que reviente”.

     Se introdujo en la tina y le invadió una agradable modorra. Estaba por quedarse dormido cuando apareció Elvira, quien refunfuñó al ver la ropa tirada en el suelo. Se arrodilló al lado de la tina, se arremangó las mangas de la bata, tomó una esponja de mar, la enjabonó y comenzó a frotar el cuello, el pecho, la cabeza de Benito, quien permanecía con los ojos cerrados, como ausente. Luego dejó la esponja flotando en el agua e introdujo las manos a lo largo del cuerpo de Benito, hacia sus partes íntimas, mientras decía:

     --Cuando estés listo me meto contigo, si quieres…

     En ese momento Benito reaccionó, abrió los ojos, tomó con brusquedad las manos de Elvira, las sacó del agua y le dijo, lanzándole una mirada fulminante:

     --¡Vieja bruja, nunca más me vuelvas a tocar, esto se acabó, lárgate!

     Elvira se puso de pie de un salto. Miró a Benito con ojos desorbitados, con la boca abierta, e inmediatamente abandonó el baño, a toda prisa, con los puños apretados en el pecho, para cubrirse el seno con la bata, se dirigió a su recámara y se encerró en ella.

     Benito salió lentamente de la tina, se secó con una gran toalla y envuelto en ella se dirigió al dormitorio, donde estaba Porfirio. Se puso el pijama con calma, como si nada hubiera pasado, y se acostó al lado de su hermano. Porfirio, con la espalda apoyada en el respaldo de la cama, parecía que lo estaba esperando. Cuando tuvo a su hermano a su lado, tomó de la mesita de noche un grueso y viejo álbum de fotos y dijo:

     --Benito, entré en el despacho del abuelo, me puse a hurgar en los papeles y libros y mira la que encontré.

     Porfirio abrió el álbum, mientras Benito a su lado miraba sin expresión alguna, con un semblante serio. Porfirio comenzó a indicar con  el dedo una foto, diciéndole: “Mira ésta, es la abuela y la tía Matilde en la Alameda, el abuelo anotó 1903. ¡Los años que han pasado!; esta otra es el abuelo, también en la Alameda, con su elegante sombrero de palma, ¡qué bien se ve!; mira, aquí estamos nosotros, en el despacho del abuelo, no tiene fecha, pero debe haber sido en 1946; mira el traje que llevabas, de marinero; aquí estamos con los cuadernos en la mano, ¿recuerdas los cuadernos?, también los encontré. Oye Benito, pon un disco mientras seguimos viendo fotos, pon los estudios de Erik Satie, con Aldo Ciccolini…”.

    Benito se levantó, fue hacia su gabardina que aún estaba en el suelo, donde terminaba la escalera. Porfirio, mientras le decía: “También encontré unos programas de cine, de esos que nos daban cuando ponían en ellos una reseña de la película. Encontré este de Santa, con Lupita Tovar, ¿recuerdas, un ciego que se enamora de Santa?...”.

     Benito extrajo del bolsillo de la gabardina el disco que le prestó Carlos, se dirigió hacia el equipo de música que se encontraba sobre una consola, adosada en la pared opuesta a la cama, y puso las cantantes de blues. No se imaginaba que estaba encendiendo una mecha que llevaba a un polvorín.

    Apenas comenzó la primera canción, Porfirio dio un respingo, miró con una expresión de incredulidad en los ojos a su hermano y exclamó:

     --¿Qué has puesto? ¿De dónde sacaste eso?

     Benito se acercó con paso lento a los pies de la cama, miró fijamente a Porfirio, y le dijo, con un tono de voz firme:

     --Esto se acabó, Porfirio. Nosotros hemos vivido en una permanente degradación, pretendiendo protegernos de los males que desde chicos nos han afligido, en lugar de hacerles frente y superarlos. ¿Cómo hemos podido tolerar que desde la muerte de nuestro padre, Elvira, quien fue su amante, te mimara y cuidara como si fuera nuestra madre, o la madre que nunca tuvimos, o, peor aún, que te hiciera lo que le pidieras, y que yo, sumisamente, haya permitido que pudiera malamente satisfacer mis necesidades sexuales, como si fuera mi mujer, o la mujer que, por todo esto, nunca he tenido? Me has tenido durmiendo a tu lado noche tras noche, ya no para aplacar tus temores que te corroen por dentro desde que estuvimos en el seminario, sino porque me has usado como muletilla, o como un objeto, como un osito de peluche al que te aferras como niño asustado. Y todo esto que te digo lo hemos considerado normal, digno, para engañar nuestra conciencia. ¡Pero esto se acabó!

     Porfirio, exaltado exclamó:

     --¡Qué te han metido en la cabeza esos infames!...

    Benito levantó las dos manos con las palmas abiertas hacia Porfirio, mientras le decía: calma, calma, sé razonable.

     --¡No te das cuenta –continuó Porfirio, cada vez más enfurecido, mientras se le saltaban los ojos de las órbitas--, que eres un viejo de más de setenta años, que se deja manipular, como siempre ha sido contigo, por tu carácter tan débil!

     Benito, en la misma posición, repetía que se calmara y agregó, con voz pausada:

     --¿Tanto te cuesta aceptar que yo pueda tomar una decisión por mí mismo, que aún a mis setenta y tantos años pueda cambiar, ser yo mismo? Desde los días del seminario has satanizado el sexo y me has tomado como un escudo, para protegerte, y yo he tenido que conformarme con el indecente manoseo de Elvira…

    --¡Benito, te das cuenta que estás destruyendo una familia, nuestra familia! ¡Por Dios, no te reconozco! –gritó Porfirio.

     --No digas tonterías, Porfirio. Apenas intento comenzar a construir mi vida, aunque sea por los pocos años que me quedan, pero los viviré con dignidad.

     Porfirio, en un arranque de ira, bajó de la cama, arrojó el viejo álbum contra la pared destrozándolo, de un manotazo mandó a volar la lámpara que se encontraba sobre la mesita de noche, se lanzó sobre el equipo de música, lo elevó por encima de su cabeza para lanzarlo, con todas sus fuerzas, contra el espejo de cuerpo entero que había al lado del ropero, y dando gritos: ¡estás acabando con mi vida, te pesará en tu conciencia lo que me estás haciendo!, tomó del piso un pedazo de espejo puntiagudo y se lo clavó en el muslo de la  pierna derecha, mientras se dejaba caer al suelo.

    Elvira, con la puerta de su dormitorio entreabierta, contemplaba aterrorizada la escena, con las manos que le cubrían la boca para no gritar, y con lágrimas en los ojos.

     --¡Elvira, llama una ambulancia! –ordenó Benito, viendo que el pantalón del pijama de Porfirio se cubría de sangre, y se puso a buscar, dentro del ropero, el cinturón de su bata para hacer un torniquete en el muslo de Porfirio.

     Poco después una ambulancia llegó a la mansión, subieron al dormitorio dos paramédicos y revisaron a Porfirio. La hemorragia se había detenido, Porfirio yacía inmóvil en el piso, con los brazos extendidos en cruz, los ojos cerrados, como si hubiera pasado a mejor vida. “No es muy grave”, dijeron los paramédicos, “pero necesita curación y varias puntadas”.

     Sin embargo, cuando los paramédicos, luego de extraer el trozo de espejo del muslo y vendar  la herida, trataron de levantarlo para ponerlo en la camilla, Porfirio comenzó a dar manotazos a diestra y siniestra, a zafarse de las manos de los paramédicos y a gritar: “Quiero morir aquí, esta casa ha sido mi cuna y será mi tumba…”.

     Los paramédicos llamaron al chofer y a otro enfermero y entre los cuatro lograron sujetar a Porfirio y llevarlo a la ambulancia. Ya en ella, fue necesario inmovilizarlo en la camilla con brazaletes en los tobillos y en las muñecas, mientras Porfirio lanzaba miradas de fuego a su hermano, quien iba a su lado, camino del hospital.

    Una vez en el nosocomio, Porfirio comenzó de nuevo a dar manotazos y a retorcerse sobre la camilla con ruedas que lo transportaba a la sección de urgencias. Ahí le aplicaron una inyección para anestesiarlo y procedieron a atender la herida. Poco después un doctor de pelo blanco, de edad indefinida, con gruesos anteojos, se acercó a Benito en la sala de espera y le dijo: “Su hermano viene más herido por dentro que por fuera”, y se llevó el índice de la mano derecha a la sien, “lo tenemos dopado porque si no, nos noquea a todos”, agregó.

     Benito pasó todo la noche en la sala de espera; preguntaba por su hermano y le decían que los médicos estaban deliberando. Por fin, en la mañana se presentó con él otro médico, dijo que era siquiatra, y le pidió que lo acompañara a su consultorio porque tenía que hacer un historial clínico del paciente muy minucioso. Le comentó que Porfirio se calmaba unos instantes y luego caía en un estado de exaltación y agresividad, como si estuviera fuera de sí. En esas condiciones, le explicaba el siquiatra, no puede permanecer aquí, representa un peligro para la integridad física de sí mismo y del personal y tampoco podemos darle de alta, en esas condiciones no puede regresar a su domicilio. Benito contestó a todas las preguntas que le hizo el siquiatra y contó los pormenores de la vida que habían llevado, incluyendo lo que había sucedido en el seminario. El siquiatra escuchaba y escribía concentrado en su computadora todo lo que Benito le decía, sin inmutarse, sin que nada de lo que le narraba Benito le llamara la atención, sin que provocara un gesto de sorpresa en el rostro. La actitud del doctor como si tranquilizó un poco a Benito, quien pensó: “Quizá no somos los únicos que hemos llevado una vida tan estrambótica”.

     Benito pasó el día y la noche en la sala de espera; tomaba un café tras otro de la máquina automática para no quedarse dormido, esperando noticias de su hermano. Al fin, en la mañana del día siguiente, el mismo siquiatra que vio la noche anterior le dijo que se había decidido internar a Porfirio en el Hospital Psiquiátrico de Tlalpan y tenerlo bajo observación por lo menos un par de semanas, para ver si reaccionaba, si mejoraba, o su estado permanecía igual.  Benito se sorprendió y exigió una explicación.

     El doctor le dijo que cuando hay un fuerte choque emocional repentino, inesperado, se produce una alteración química en el cerebro que produce una descompensación en el funcionamiento de las neuronas. El sujeto, agregó el doctor, si no logra reestablecer un equilibrio emocional por sí mismo, sufre una crisis que puede llevar a una conducta autodestructiva, como parece ser el caso de su hermano, o por lo menos puede caer en una depresión muy severa. Un caso típico de esto, por ejemplo, es el de una persona que está profundamente enamorada y de pronto es rechazada por la persona que aman con pasión. La afectada siente una opresión en el pecho, se siente aniquilada, ni el sol la calienta. No entiende de razones. Es como caer en un pozo. Las emociones fuertes causan en nosotros serios desequilibrios, nos cambian la vida, concluyó el doctor.

     --Pero, ¿eso es grave, doctor? –preguntó Benito.

     --Por los antecedentes que usted me proporcionó, yo sospecho que su hermano sufre un trastorno de personalidad histriónica, la que se manifiesta por una obsesión de ser admirado, de ser el centro de atención en todas las circunstancias y medios en el que vive o se encuentre. Esa es mi primera impresión, hay que observar al paciente para llegar a un diagnóstico definitivo –dijo el doctor.

     Benito escuchó atentamente la explicación del doctor y tuvo la curiosidad de preguntarle:

     --Pero doctor, ¿podrían darse casos contrarios?

     --Bueno, lo que acabo de explicarle –dijo el siquiatra--, es cuando hay un resultado patológico. En un caso contrario podríamos hablar de una descarga de dopamina, de sentir una sensación de euforia, de sentirse iluminado, de probar una revelación, de un fortalecimiento del carácter, de tener una inspiración…

     --Sí, sí, comprendo lo que me dice –dijo Benito con una amplia sonrisa, acariciándose el mentón.

 

***

     Luego de que Porfirio fue internado, Benito regresó a la mansión y encontró una nota de Elvira. Partía para Veracruz, en busca de su hermano que era funcionario de la aduana portuaria. Le decía: “Voy con mi hermano Luis, a quien ya conocen ustedes, vino a visitarme un par de veces, tengo la esperanza de que me acoja en su casa. Me llevo mis cosas y recuerdos de momentos inolvidables, pero, como sucede con quien se ha entregado en cuerpo y alma para hacer feliz a un hombre, me voy sin haber sido recompensada, fui tratada como bruja, lo que me ha destrozado el corazón. Por favor, Benito, no trates de buscarme, contigo ya no hay lazos que me unen. PD: Si deseas darme una liquidación, o mejor dicho una compensación, por los años que he estado en esta casa atendiéndolos, te dejo mi número de cuenta del banco. Si llamo alguna vez, será sólo para saber cómo está Porfirio y para saludarlo”.

     Al día siguiente, Benito se presentó en la Fonda donde sus amigos lo esperaban preocupados y con curiosidad. Se habían enterado que tres noches antes había llegado una ambulancia a la mansión y se había llevado a alguien, pero fuera de eso no sabían más. Durante el almuerzo Benito les contó que Porfirio había sufrido un colapso nervioso grave y por eso tuvo que llevarlo a un hospital. Les dijo, mientras con una expresión de tristeza miraba a cada uno de ellos:

     --Los doctores me explicaron que las personas que tienen un elevado Coeficiente Intelectual, como es el caso de Porfirio, son propensas a tener problemas de estabilidad emocional, que se manifiesta como neurosis, ansiedad, pánico, fobia, hasta paranoia, o delirio. Los doctores consideraron necesario internar a Porfirio en un hospital psiquiátrico para ver si se recupera o qué sucede. Allá está el pobre Porfirio, ahora internado --concluyó Benito.

     Soledad, tomó la mano de Carlos entre las suyas, y  dijo:

     --No sé, pero yo había notado algo extraño en Porfirio, ya se lo había dicho a Carlos. Qué bueno que tú, Benito, has estado ahí para atenderlo. 

     Benito no consideró prudente, por un simple principio de respeto a su hermano y a sí mismo, mencionar lo sucedido aquella noche. Él era consciente de que sus vidas habían sido anormales y eso era algo que guardaría para sí mismo, y nadie más.

     Durante los tres últimos años de vida de Porfirio, Benito lo visitó cada domingo en el Hospital Psiquiátrico de Tlalpan, algunas veces en compañía de Carlos y Soledad, quienes ya vivían juntos, y otras veces en compañía de Salvador y Josefa, con quienes se sentía afectivamente vinculado y consideraba su familia. O por los efectos de los medicamentos que le suministraban o por ser ese ya su estado natural, debido al desquiciamiento de sus neuronas, Porfirio se mostraba como ausente, a veces sonreía aun cuando no había motivo para ello; a veces asentía con la cabeza y murmuraba: “claro, claro, así debe ser”, fuera de contexto, como si estuviera pensando y dialogando por su cuenta, consigo mismo, ajeno a lo que conversaban las visitas.

 

 

CUARTA DE FORROS

En la Fonda Pátzcuaro, como si fuera el escenario de un teatro, se reúnen en largas sobremesas, que se convierten en tertulias, los gemelos Bustamante, los hermanos Toscano y Carlos Moreno. Estos personajes conversan y discuten temas candentes y de actualidad, relacionados con la política, la decadencia de los valores morales de la sociedad, el arte, la música, el cine y se ventilan las consecuencias que en cada familia acarrea el secuestro y el asesinato de jóvenes en manos de la delincuencia organizada.

     Se enfrentan puntos de vista negativos, derrotistas, que, como en los gemelos Bustamante, son heredados de  antepasados burgueses venidos a menos, con los de personas progresistas que ven el devenir con un enfoque dialectico, optimista y que plantean, por ejemplo, la revolución como factor de cambio de los sistemas socioeconómicos a través de la historia.

      Se expone que la sociedad de consumo, razón de ser y soporte de la economía liberal y la globalización, es la causa de la enajenación de los ciudadanos, situación que los induce al consumo de drogas y alcohol como medio de evasión y, en fin, que el consumismo podría estancarse en el futuro, afectando de esta manera la producción y podría ser el punto de quiebre del sistema socioeconómico actual.