J A Q U E M A T E
Eran cerca de las doce de una tibia y agradable noche de mediados de abril del 2007, cuando Roger Midas, también conocido como Romi,llegó a su lujosa residencia del Pedregal, estacionó su impecable y poderosa Navigator frente a la entrada del garaje y se dirigió hacia la puerta principal con paso lento. Venía cansado, el cuello de la camisa desabrochado, el nudo de la corbata flojo y a medio pecho, pero contento, con una sonrisa en los labios que no podía contener y que denotaba una gran satisfacción.
Entró en el lujoso despacho, se quitó el saco y la corbata que arrojó sobre uno de los sillones de cuero, abrió el portafolios que traía con él, sacó una carpeta negra que colocó sobre el escritorio, la abrió en la última página del documento que contenía y la deslizó hacia el extremo opuesto al sillón ejecutivo en el que se dejó caer. Tomó el auricular del intercomunicador interno, aplastó un botón y tras unos segundos dijo con voz recia, autoritaria: “Vieja, baja al despacho, te tengo una sorpresa…”
Paola, una mujer de tez blanca y pelo rubio que le cías sobre los hombros, muy atractiva a pesar de acercarse a los cincuenta años y no llevar ni una pizca de maquillaje, llegó en bata y pantuflas de medio tacón, con cara de sueño:
--Te estaba esperando, pero me dormí –dijo ahogando un bostezo--, ¿cómo te fue?
--Mira, aquí está la Escritura, con la firma de Abraham, la mía, la de los testigos y la del Notario. ¡Al fin lo logré!-- dijo Roger señalando con el índice de la mano derecha el documento que había puesto precisamente en el borde del escritorio para que su mujer lo viera.
Paola observaba distraídamente el documento mientras Roger se dirigía al mueble que fungía de bar, servía whisky en dos vasos old fashion de cristal cortado.
--Soy socio con plenas facultades ejecutivas –exclamó y tomó de un solo trago todo el whisky que se había servido, y agregó--, por arriba de Abraham. Le dupliqué el capital social de la firma. Oye vieja, pero el asunto no ha terminado. Tienes que seguir viéndolo. Llámalo este fin de semana, a ver que te propone. Si hay algo, si te invita a salir, dile que no hay problema, dile que yo voy a San Antonio, a Miami, por ejemplo, o lo que sea, por tres o cuatro días.
--Oye, pero ¿aceptó todo, todo? –preguntó Paola como recapacitando.
--Todo, vieja, todo. Mira, con esto tengo amarrada la construcción de los dos hoteles y del mega mall, el financiamiento total de la obra y la promoción y venta de los locales comerciales y del tiempo compartido de los hoteles--. Te lo tienes embrujado. Hiciste un buen trabajo --continuó Roger--. Creo que es tu especialidad convencerlo--, y soltó una carcajada a medias, forzada, burlona.
--No fastidies, Romi –repuso ella con un tono de voz molesto--. Pero yo quisiera hablar contigo de otra cosa, de algo importante, muy serio, de nosotros, por eso te estaba esperando…
--No hay nada de que hablar, no hay vuelta que darle, hay que seguir con el plan, es absolutamente necesario que lo veas. No tiene que sospechar nada
–replicó Roger autoritario--, muéstrate cariñosa con él como lo has hecho hasta ahora, si quieres hasta le puedes decir que lo amas, te autorizo a que le ablandes el corazón. A ver vieja, tómate eso que te sirvo otro.
Paola rechazó el whisky que ya le habían servido, se levantó y mientras se dirigía hacia la puerta oyó que Roger la preguntaba, como para no dejar pasar lo que de pronto le vino en mente: “¿Dónde está Zita?” “No ha llegado, respondió Paola, anda con sus amigas, como siempre”.
*****
La relación de Paola con Abraham, amigo de siempre y ahora socio de Roger, había comenzado a principios de ese año de 2007 en forma un tanto ambigua y torcida, inducida deliberadamente por el mismo Roger, por en realidad se dio por atracción mutua, por sentimientos recíprocos. Roger lo planeó todo con precisión matemática, como si fuera una de sus operaciones financieras. Roger conocía a Abraham desde hacía casi treinta años, cuando éste y su padre, propietarios de la empresa Oljovich Arquitectos, una de las más importantes firmas de arquitectos de México, contrataron a la empresa Constructora de Infraestructura y Desarrollo Vial, propiedad de Carlos Midas, para hacer unas excavaciones y cimentación de un conjunto habitacional. Aunque no era propiamente el tipo de trabajo que hacía la Constructora de Carlos Midas, éste llevó a cabo el trabajo pensando que a futuro podría ser útil tener un contacto con una importante firma de arquitectos como ésa. La Constructora de Carlos Midas entonces estaba de lleno dedicada a la manutención, reparación y construcción de carreteras y puentes federales, a lo largo y ancho del país, obteniendo ganancias fabulosas gracias a los jugosos contratos que el señor Midas lograba conseguir en el Gobierno con procedimientos no muy honestos, pero que era la forma común y corriente, en esos tiempos, por todos conocida, de enriquecimiento de políticos y empresarios.
Cuando Roger y su hermano menor Xavier recibieron en partes iguales la herencia de la próspera empresa constructora y la casa del Pedregal, Roger, que era contador público y conocía el teje y maneje de la empresa, pues trabajaba en ella desde que era estudiante en la Universidad, compró sin dificultades la parte de su hermano, de todo, de la empresa y de la casa. Xavier era abogado y trabajaba en un despacho particular y Roger, como una donación extra que compensaba el buen negocio que había hecho, quitándose a su hermano del camino, le montó su propio despacho. Xavier era una persona bohemia, le gustaba la buena vida y siempre había mostrado poco interés por la Constructora y con trabajos logró recibirse. Ni siquiera estaba enterado de los fondos que ésta tenía en los bancos ni del valor en libros y mucho menos del complejo y turbio mecanismo mediante el cual se conseguían los contratos millonarios. Aceptó sin chistar lo que le ofreció su hermano y más aún, quedó fascinado al verse de pronto con una cantidad considerable de dinero a su disposición en el banco y además con la esperanza de que su hermano le pasaría todos los asuntos legales relacionados con la empresa Constructora. Pero en realidad Roger estaba aplicando la primera regla de sus principios o código empresarial: nada de negocios con familiares.
Roger, de una ambición desmedida, asumiendo de lleno su rol de director general de la empresa, a los veintiocho años, no dudó en cortar por lo sano con Verónica, su compañera con quien había convivido por tres años y había sido secretaria de su padre. Había disfrutado con ella los placeres del amor, sobre todo del sexo, pero ahora sentía que le había ofrecido todo lo que podía ofrecerle como mujer y que no podía contar con ella para llevar a cabo los proyectos que comenzaban a surgir en su mente. Fuera de la cama no le era útil y no deseaba simple y sencillamente una mujer para adornar su residencia del Pedregal o que se sintiera dueña y señora de esa casa sin contribuir en una forma u otra a realizar sus ambiciones. Por eso se convenció a sí mismo que Verónica se estaba convirtiendo en una oportunista y no le fue difícil encontrar un buen pretexto para deshacerse de ella. Como segunda regla, nada de mezclar los placeres y sentimientos con los negocios.
Por otra parte se sintió con la capacidad suficiente para mantener y ampliar las relaciones con los jerarcas del Gobierno, para conservar y aumentar los contratos de obras públicas, y por ello consideró oportuno expandir la empresa. Con esa convicción, comenzó a adquirir maquinaria y equipo nuevos, con tecnología de punta incorporada, y a buscar financiamiento barato. A través de sus contactos supo de la Financiera y Fondos de Inversión del Norte, ubicada en Monterrey. Visitó esta financiera y se presentó con una carpeta repleta de los antecedentes y proyectos de la Constructora a su director general, Francisco Sada, quien procedía de una familia muy honorable y de gran prestigio y tradición en la sociedad del Estado de Nuevo León. Gracias a estos antecedentes y a sus propias cualidades de honestidad y conocedor del negocio, el señor Sada manejaba una buena cantidad de dinero de inversionistas particulares y de empresas pequeñas y medianas, a quienes, además de asegurarles el mantenimiento de sus recursos, les ofrecía atractivos rendimientos, pues no tenía gastos de operación considerables, como los bancos comerciales.
Francisco Sada quedó muy bien impresionado de este joven ejecutivo, de este empresario que en una sociedad en expansión, globalizada, que comenzaba a abrirse hacia los mercados internacionales, reunía todas las condiciones para hacer frente a sus competidores. Roger le mostró los contratos que tenía vigentes, los estados financieros de la empresa y le pidió que le financiara la adquisición de los nuevos equipos. Puntualmente, cuando el señor Sada se lo requiriera, pagaría las amortizaciones de capital y los intereses estipulados, que resultaban ser mucho más atractivos que los intereses bancarios que mientras vivía el padre de Roger tuvo que pagar la empresa. Los equipos y los activos de la empresa, después de todo, servirían de garantía más que suficiente para los créditos que la Financiera le concedería.
El señor Sada estudió los documentos que le presentó el señor Roger Midas y después de unos días le comunicó que aceptaba que hicieran negocios juntos, sin embargo también le sugirió que no descartara la alternativa del “leasing”, para no endeudarse demasiado. Una mañana, era el 14 de febrero, se reunieron en el despacho del señor Sada y firmaron un contrato mediante el cual la Constructora y la Financiera establecían un vínculo de mutuo beneficio. Como buen norteño, siguiendo la tradición hospitalaria de la familia, para celebrar el convenio el señor Sada invitó a cenar a Roger Midasa a su casa, no quería que se reunieran en un ambiente impersonal de un restaurante, sino quería que el pacto estuviera cobijado por la calidez familiar.
--Pase, pase, señor Midas –le dijo Francisco Sada al recibirlo en su cas esa tarde--, ya lo estaba esperando. Tomémonos una copa mientras baja mi mujer…
Pocos minutos después se reunieron con ellos Matilde, esposa de don Francisco, una mujer de aspecto elegante, distinguido, joven, y su hija Paola, que desde su aparición dejó sin aliento a Roger. Durante la cena Roger no dejó de mirar a Paola, y de pronto dijo, dirigiéndose directamente a la joven: “Con todo el respeto que usted se merece, pero tengo que decirle que es la mujer más hermosa de Monterrey. Lo felicito don Francisco y a usted señora, por favor, hasta parece hermana de su hija”
--Bueno, fíjese usted –explicó Matilde—que la tuve a los diez y nueve años, tenía dos años menos de los que tiene Paola ahora.
--Pues sacando cuentas, señorita Paola –dijo Roger --, con sus veintiún años debe usted tener un sinnúmero de pretendientes.
--Pues fíjese que no –intervino Matilde--, ella es muy de su casa, tiene un novio por ahí, se llama Damián, usted sabe, más bien un amigo de adolescencia, que conoce hace mucho, ¿verdad hija?
De pronto Roger dijo, sin dejar que Paola pronunciara una palabra: “Pues hagamos un brindis por este día tan especial. Por la firma del contrato --y dirigió una mirada complaciente a don Francisco--, por esta hermosa y tan agradable familia y por ser el día de San Valentín y haber tenido la dicha de que justo hoy he conocido a una muchacha que me ha quitado el aliento. ¡Salud!”
Esa noche, en el hotel, Roger no logró dormir. La imagen de Paola rondaba su mente como una obsesión; su mirada inocente, su belleza extraordinaria lo tenían alucinado. Al día siguiente, antes de regresar a la Ciudad de México, mandó un gran ramo de rosas rojas a Paola y envió también una breve nota a don Francisco, y a doña Matilde, agradeciéndoles la hospitalidad y, con esa audacia que lo caracterizaba, con una audacia disfrazada de franqueza que lo caracterizaba, les mencionaba que había quedado impactado por la belleza y simpatía de su hija y que si él y su señora esposa no tenían inconveniente, deseaba volver a verla en un futuro cercano.
Desde ese día los ramos de flores con notas insinuantes, haciendo cursis referencias a las diosas del Olimpo y a las bondades de la madre Naturaleza, siguieron llegando al domicilio de los Sada. Roger, en forma meticulosa y calculadora pavimentaba el camino para alcanzar dos objetivos. Por una parte, y sin duda era lo que más le interesaba, deseaba consolidar la relación con don Francisco Sada y asegurarse a futuro el flujo de recursos provenientes de la Financiera, y por otra parte, Paola había en efecto despertado en él una fuerte atracción y deseaba hacerla suya, más para satisfacer un deseo y consolidar sus aspiraciones que por un sentimiento surgido de las profundidades de su alma. Roger estaba más cerca de las maquinaciones viscerales que del amorel amor. Podría decirse que tras la apariencia de cordero enamorado se ocultaba un lobo feroz y hambriento.
*****
A fines de ese mes de febrero se presentó de nuevo en el domicilio de los Sada. Preguntó directamente por Paola, quien se sintió sorprendida por esa visita no anunciada, pero viendo la reacción de sus padres, en seguida cayó en la cuenta que había un contubernio familiar. Roger, con voz melosa, arrastrada, y mirada directa, le dijo: “Paola, he venido desde el Distrito Federal con el único propósito de invitarte a cenar. Espero que aceptes. Me gustaría conocerte más, que tu me conozcas, que platiquemos a solas”. Paola inventó cualquier excusa tratando de rehusar la invitación, y después comentó, como última defensa: “Es que no sé, si salgo con usted Damián se va a sentir mal…”. Roger le comentó, fingiendo una falsa inocencia: “No veo porqué, no hay nada de malo que cenes conmigo, yo te respeto mucho y te repito mi único propósito es que nos conozcamos un poco más. ¿No están de acuerdo conmigo don Francisco, doña Matilde?”, dirigiéndose a ellos, quienes estaban presentes y escuchaban todo con cierta sonrisa de complicidad en los labios. Francisco le hizo ver a Paola que Roger había hecho ese viaje sólo por ella, que sería de mala educación, una falta de reciprocidad, rechazar esa invitación. Y Paola aceptó.
Cenaron en El Candil, el mejor restaurante de Monterrey. Roger se explayó hablando de sus negocios, de los viajes que hacía, de que se sentía solo en esa casa del Pedregal, y la describió con lujo de detalles, de las amistades que frecuentaba, de que había tenido una novia de nombre Verónica, con quien vivó tres años, pero con quien había terminado hace tiempo porque era muy frívola, que buscaba formar una familia, y luego, como pretendiendo que se midiera por el mismo rasero de su vida, como mirando desde las alturas de su existencia mundana a esa niña de provincia, preguntó a Paola: “Ahora cuéntame tu, háblame de tu vida, de ese amigo o novio que tienes desde hace muchos años, qué hace, cuáles son los planes que tienen”, sin ocultar una sonrisa de superioridad, pero esforzándose al máximo para conservar un gesto inocuo, una mirada de guanaco que pretendía expresar su modestia y su comprensión, siendo en realidad un anzuelo para su conquista. Mientras Paola hablaba con su sencillez natural, contándole sus vivencias y le confesaba que había tenido relaciones con Damián, por quien sentía un gran afecto, Roger pensaba: “Es preciosa, es una masa intacta de arcilla, como para amoldarla a mi vida”, y daba por hecho que lograría su propósito.
En las semanas siguientes Roger continuó enviando ramos de flores y notas que rebosaban de palabras y expresiones afectuosas, de falsos halagos, llamándola por teléfono para desearle las buenas noches o para preguntarle cualquier cosa cotidiana, asediándola con su cortejo, cerrando lentamente las tenazas como si siguiera una estrategia militar. Un día la llamó para hacer una cita formal para ir a cenar de nuevo, diciéndole que necesitaba hablar con ella porque le tenía una sorpresa. Paola aceptó y de de nuevo El Candil fue el lugar elegido por Roger. Durante la cena, en la que pidió champagne, sin preámbulo alguno, a sabiendas que dominaba la situación, le obsequió un anillo de compromiso. Roger quedó un tanto decepcionado porque Paola no tuvo la reacción que él esperaba, no tuvo el efecto de quedar deslumbrada, de que las lagrimas emanaran a borbotones mirándolo fascinada como a un ídolo. Entonces Roger arremetió con su plan B, siempre tenía un plan complementario, de reserva, y con elocuencia desmedida, gesticulando, le pidió que fuera su esposa. Le prometió que tendría una vida muy holgada, que sería dueña y señora de la casa del Pedregal, con todas las comodidades que quisiera y dos mucamas a su servicio, que conocería gente de sociedad, que viajarían por el mundo, que la capital ofrecía una infinidad de atracciones. Y Paola quedó observándolo, ofreciéndole una sonrisa de agradecimiento, pero estaba aturdida y deslumbrada..
Pocos días después, con el decidido apoyo y cierta presión de los padres, Paola aceptó. La boda se realizó ocho meses después, el 30 de noviembre de 1980, en Monterrey. Paola contaba con 21 años y una inocencia provincial y Roger con 30 años y un colmillo de sable similar al de aquellos tigres que un día poblaron este planeta. La luna de miel la pasaron en Hawai, tres días de ajetreo, de recorridos turísticos, de elogios de Roger sobre la opulencia de los hoteles y el buen vivir de los norteamericanos. Todo, sentía Paola, corría muy de prisa, no había algo que ambos pudieran compartir, disfrutar. Veía que Roger lo quería abarcar todo, poseerlo todo, mientras ella deseaba un rincón, un momento de intimidad y de amor. Menos mal que llevaban consigo su querido Diario en el que escribía y leía y releía párrafos de sus años de soltera y los recuerdos le llenaban esa oquedad que sentía en el pecho. Después de ese viaje que no dejó huellas en ninguno de los dos, se trasladaron a la residencia del Pedregal. En los dos o tres años siguientes, Paola, para paliar la nostalgia de su ambiente familiar y asimilar la nueva vida agitada de esposa de empresario, visitó a sus padres con cierta frecuencia, y en una ocasión se encontró con Damián, con quien salió a tomar un café, para recordar viejos sueños, pero a quien encontró como si se hubiera estancado en el tiempo.
Dos años después del matrimonio nació Emilio, que transformó la existencia de Paola convirtiéndola en una mujer feliz y realizada. Y dos años después nació Zita, que vino a colmar aún más la plenitud existencial de Paola. Emilio desde pequeño se mostró reservado, tranquilo, mientras que Zita era vivaracha, y físicamente la imagen de la madre.
*****
En los años sucesivos la empresa constructora bajo la dirección de Roger prosperó notablemente. Roger lograba renovar con gran habilidad, emulando al padre, los contratos del Gobierno; la nueva maquinaria demostraba ser eficiente y redituable; pero también las deudas con la financiera de Francisco Sada fueron aumentando en forma considerable. Sin embargo, puntualmente Roger cumplía con los compromisos de pagar los intereses de acuerdo a las peticiones que le hacía Francisco o a los plazos estipulados, aunque con cierta frecuencia pedía una reestructuración de la deuda y un aplazamiento para el pago del capital. Roger continuó haciendo determinados trabajos también para Abraham, pero en forma marginal, porque Abraham lo mantenía a distancia, conociendo la ambición, la voracidad desmedida de su amigo.
En 1990 sorpresivamente falleció Francisco Sada de un infarto. Fue un golpe muy fuerte para Paola y para sus hijos, de apenas ocho y seis años, que sentían un amor profundo por su abuelo, quien los consentía y les daba el afecto que seguramente notaba que les negaba el propio padre. Se deshacía por ellos, cuando lo visitaban en Monterrey o cuando él y Matilde venían al Distrito Federal. Asistieron al funeral en Monterrey muy compungidos. Apareció también Damián, quien expresó su pésame a Paola con un fuerte abrazo y con lágrimas en los ojos. Por la noche, después de cenar, luego que los niños y Matilde se retiraran, Roger y Paola quedaron solos, en el silencioso comedor, cada cual con las miradas perdidas en el vacío, ella con su tristeza y él con sus propios pensamientos. De pronto, como si fuera un pensamiento que lo asaltara en ese momento, Roger le dijo a Paola: “Oye, ¿sabes en lo que me he fijado?. Creo que Emilio se parece mucho a este hombre, ¿cómo se llama, el que fue tu novio, el que estuvo hoy en el funeral…?”. “Dices a Damián”, le aclaró Paola. “Sí, a ése, y mira, sacando cuentas tu viniste varias veces a Monterrey poco después de que nos casáramos. ¿No será Emilio hijo de ese noviecito que tuviste? Ahora me doy cuenta que se le parece mucho”. Paola le lanzó una mirada inquisitiva, pensando que no había comprendido lo que en ese momento Roger le estaba diciendo, luego sin decir palabra, moviendo la cabeza de un lado para otro, con una expresión de desprecio, ofendida, dejó el comedor y se fue a dormir. No tenía ánimos de escuchar sandeces. El asunto no se comentó por algún tiempo, pero la acusación, la falta de confianza que le demostraba Roger, quedaron grabadas para siempre en la memoria de Paola.
Al morir don Francisco Sada la Financiera quedó como herencia a Paola. Roger se hizo cargo de ella de inmediato, nombrándose director general. Se realizó una asamblea con los inversionistas para aclarar cualquier duda que pudieran tener, cualquier inquietud, y el hecho de que quedaba en manos de la misma familia, con gran experiencia empresarial, los tranquilizó. Más aún, poco después Roger les envió una circular informándoles que se abría una financiera hermana en la capital, en la Ciudad de México, la Financiera Inmobiliaria, que ampliaba y fortalecía las actividades y la solidez de la empresa dejada por Francisco Sada. Roger nombró como director general de esta nueva financiera a la propia Paola, sólo de nombre.
Las financieras ahora de su propiedad despertó y estimuló aún más las ambiciones de Roger. De pronto se vio frente a un horizonte ilimitado. La constructora lo constreñía a los contratos del Gobierno y a la realización de obras concretas y sujetas a supervisión, controles de calidad y otras medidas similares, pero las financieras lo proyectaban hacia el mundo que ahora se había abierto con los mercados sin límites y descubría las enormes posibilidades que ofrecían las operaciones cibernéticas. “Las finanzas son intangibles y sin fronteras, es el mundo de los negocios del mañana”, decía. Se acercó a Abraham para ofrecerle financiamiento atractivo para las obras que realizaba el despacho que dirigía ahora que su padre se había retirado, pero Abraham usaba sólo una parte de los recursos que le ofrecía Roger, argumentando que tenía un sistema bien establecido basado en la preventa de lo que construía y que no le atraía mucho endeudarse con bancos u otras fuentes de financiamiento.
Roger, inspirado y muy motivado con esta nueva actividad, se lanzó en busca de socios y nuevos horizontes. Viajó con frecuencia a Hong Kong y a Miami y logró asociarse con Wing Hang Financial Co. y con Import-Export Financial Co. Con la asesoría de estas corporaciones abrió una filial, la Offshore Fund Co. en Bermudas. Seguido reunía en su despacho de la casa del Pedregal a los ejecutivos bajo sus órdenes y les explicaba cómo debían coordinar las operaciones de estas empresas y las ventajas de la Offshore Fund Co., que no tenía control de cambios ni de flujo de capital por encontrarse en uno de esos “paraísos financieros”, y si se generaban ganancias en el exterior de las Bermudas, había que transferirlas de inmediato al Offshore Fund Co. porque allá no se pagaban impuestos y por otra parte los fondos, que se manejaban con total privacidad, quedaban protegidos de demandas judiciales promovidas por otras empresas fuera del ese territorio por incumplimiento de contratos u otros motivos legales. Y cerrando de nuevo las tenazas, como un estratega militar, Roger abrió tres empresas promotoras de bienes raíces, una en la Ciudad de México, una en San Antonio y otra en Miami, que operaban como mancuernas y pantallas de las financieras.
En el año 2000, con el cambio de partido en el Gobierno Federal, de pronto comenzaron a desvanecerse los contratos de obras públicas asignados al márgen de las licitaciones oficiales. Roger no lo podía creer. Trataba de acercarse a los nuevos funcionarios que ocupaban los cargos claves para la asignación de contratos, pero no lograba establecer ningún contacto y las puertas se le iban cerrando una a una, debido a los antecedentes turbios de los procedimientos que seguía la Constructora y que eran por todos conocidos. La empresa de inmediato resintió esta situación, había fuertes deudas, la maquinaria moderna estaba parada, los ingresos caían en picada. Roger recordó el consejo de su suegro. “Debería haber recurrido más al ‘leasing’ que a la compra de estos equipos”, pensaba trastornado. Le preocupaba que las empresas financieras dispusieran de abundantes recursos, cuya procedencia sólo él sabía, pero era absolutamente necesario tener una actividad en el campo de la economía real, productiva, para canalizar esos recursos y justificar las reservas de aquéllas como si fueran ganancias. Hacía esfuerzos desesperados para financiar las actividades de Abraham, quien a cuenta gotas le concedía alguna oportunidad. Lo invitaba repetidamente a su casa, lo colmaba de atenciones e invitaba a Abraham y su esposa Sarah a los cruceros por los países Bálticos o por Alaska, que Abraham amablemente rechazaba. Durante algún tiempo se sintió en la cuerda floja. Llegaban recursos pero su canalización se dificultaba.
En ese año de inicio de siglo y milenio, Roger, como buen supersticioso, vivía angustiado por los escabrosos presagios sobre las fallas que reportarían las computadoras por el doble cero del año y por consiguiente por el desastre que todo aquello podría significar para sus empresas. Los hijos eran ya unos adolescentes. Emilio había cumplido 18 años, era muy maduro, muy serio, muy preocupado por el medio ambiente, con escasa o nula comunicación, ni afectiva ni de trabajo, con su padre, quien de vez en cuanto, a pesar de los rabietas de Paola, sequía insistiendo que dudaba que fuera su hijo. Zita se había convertido en una atractiva adolescente de 16 años, pero más que adolescente saltó a ser mujer prematura. Era la imagen de la madre, pero sumamente inquieta y rebelde, debido a las atenciones ilimitadas que le dispensaba el padre. Todo se lo concedía y llegaba a contradecir abiertamente a Paola cuando ésta pretendía reclamarle sus llegadas tardes y llamarle la atención sobre las amistades, lo que tomaba y fumaba y los lugares que frecuenta. Y así pasaron los años.
*****
Roger insistió mucho para que la fiesta para despedir el 2006 fuera en la residencia del Pedregal y no en restaurantes lujosos donde habitualmente pasaban esa fecha. En cierta forma tenía en mente agasajar a sus socios y presionar a Abraham para que aceptara cada vez mayores recursos de sus financieras.
Abraham quedó impresionado cuando Roger le fue presentando uno a uno los ejecutivos que trabajaban para él en las financieras y en las promotoras de bienes raíces y los socios de las financieras asociadas de Miami, tres corpulentos norteamericanos, y de Hong Kong, cuatro chinos, los cuatro altos, ceremoniosos y muy bien vestidos. Estos siete invitados especiales llegaron juntos, se conocía muy bien entre ellos, sin lugar a dudas, trajeron botellas y en un principio se mostraron muy reservados. Sin embargo, pronto, acosados por las insistentes preguntas que les formulaban los ejecutivos al servicio de Roger, que se veía que también los conocían, comenzaron a hablar de las transferencia de capitales hacia mercados emergentes, de la habilidad de Roger para promover la venta y aún la compra de propiedades en Estados Unidos y en México, de las enormes ventajas que ofrecían los “offshore funds” que compartían con Roger, y al calor de los whiskys y del champán soltaron la lengua y descaradamente se referían a los subterfugios y novedosos mecanismos, aprovechando la tecnología de punta, a los que debían recurrir para desplazar, como intermediarios, capitales de terceras personas de un país a otro, de una Bolsa de Valores a otra, de un banco a otro. Se congratulaban por el hecho de haber adquirido una experiencia tal que era imposible que las autoridades fiscales descubrieran “bajo cuál taza estaba la bolita”, y soltaban estruendosas carcajadas, por la ingeniosa analogía.
Abraham estaba sorprendido y Sarah, muy obesa, quien desde hacía tiempo había desarrollado una fuerte afición por el alcohol, teniendo siempre en la mano derecha un vaso bien servido, lo levantaba como deseando brindar con todos y cada uno de los presentes que pasara a su lado, y se reía, cubriéndose la boca con la otra mano, sin entender nada de lo que ahí se ventilaba. Abraham miraba una y otra vez a Paola y le hacía gestos de sorpresa, levantando las cejas. Luego se fue a sentar a su lado y le dijo:
--Dime Paola, ¿sabías que vendría toda esta gente extraña?
--Para nada –le contestó--, son las sorpresas que le gustan a Roger. Sin embargo yo ya los había visto varias veces porque han venido a la casa, tu sabes, reuniones de trabajo con mi marido.
Emilio, ya todo un hombre de 24 años, disfrutaba la fiesta con Tatiana, su novia, con quien tenía planeado casarse ese mismo año al terminar ambos la práctica profesional en la Estación de Investigaciones Oceanográficas de la Universidad en el Golfo de Baja California. Poco después de las doce desaparecieron sigilosamente. La nota jovial la ponía Zita, con su grupo de amigas y amigos, con aretes y colgajos por todas partes, pantalones deshilachados y cintura a la ingle, que salían al jardín en tropel para carburarse con sus sustancias de colores, y regresaban a la fiesta más eufóricos y desinhibidos que los mismos chinos y norteamericanos. Paola observaba a su hija con preocupación, afligida, con mucha tristeza, pero ante la presencia de Roger le era prohibido entrometerse en la vida de su hija.
A altas horas de la noche, una vez que los extraños invitados y los ejecutivos al servicio de Roger se hubieran marchado y quedaron los familiares y amigos de siempre, luego de bromear un poco sobre la grandilocuencia de chinos y norteamericanos, cuando lograba el alcohol desinhibirlos, Abraham propuso un brindis para que el 2007 fuera lleno de ventura y felicidad para los amigos ahí reunidos. Comentó que el año que amanecía le pintaba de maravilla, pues al fin había logrado resolver algunos problemas administrativos y legales en cuanto al uso de suelo de algunos terrenos que había adquirido y tenía proyectado comenzar a construir muy pronto dos hoteles en la costa de Jalisco y un mega mall en Santa Fe. La noticia cayó como un balde de agua fría en Roger. Por arte de magia los vapores del alcohol se disiparon, recobró la total serenidad y pidió a Abraham que le permitiera financiar esas obras, disponía de recursos de sobre para construirlas. Le exigió, con un autoritarismo fuera de contexto, la exclusividad, lo cual, aún entre amigos, era la peor condición para realizar un negocio. Sin embargo tener control total en un negocio también figuraba en el código empresarial de Roger. Abraham, sonriente, tranquilo, le comentó que lo haría participar pero que comprendiera que tenía ciertos compromisos con otras empresas constructoras y que su sistema de preventa aún funcionaba muy bien para recaudar fondos sin el pago de intereses. Roger insistió en forma impertinente, sin lograr que Abraham cediera. Al fin, cuando Abraham y Sarah se marcharon y quedaron solos, Paola lo vio sumamente molesto, dando puñetazos en la mesa de la sala, con los ojos enrojecidos y los labios apretados.
Al día siguiente Roger le hizo saber a Paola que darían una cena para el seis de enero; invitaría a su hermano Xavier, a su novia en turno, a los ejecutivos que dependían de él en la Ciudad de México y a Sarah y Abraham. Luego, como sin darle mucha importancia a sus palabras, le comentó: “Oye, vieja, parece que Abraham simpatiza mucho contigo. Anoche no te quitó los ojos de encima”. Este comentario, fuera de lugar, Paola lo pasó por alto, no deseaba en ese momento discutir con Roger, quien seguramente, pensó ella, seguía bajo el efecto de la trasnochada, del alcohol y la decepción por no haber logrado convencer a su amigo.
El día anterior a la cena, Roger llamó a Paola a su despacho, le pidió que se pusiera cómoda, le sirvió un whisky con hielo en un vaso old fashion de cristal cortado y le pidió que lo escuchara con mucha atención. Había llegado el momento de mover las piezas mayores en su perverso tablero de ajedrez. Todo lo tenía previsto meticulosamente, como un estratega militar, y el rey debía ganar a como diera lugar, aun sacrificando a la reina. En su fuero interno estaba convencido de que su plan no podía fallar.
--Paola --comenzó diciendo--, he pensado que tu eres la persona indicada para darle solidez al patrimonio familiar. No podemos dejar que se nos escape la oportunidad de participar en los grandes proyectos que tiene Abraham…
--Pero, ¿yo que puedo hacer?
--Tu lo puedes hacer todo –le dijo Roger--. Mira, tengo un plan que te voy a proponer. Mañana, durante la cena, trata de acercarte a Abraham, de estar un momento a solas con él y le pides que quieres hablar con él, que lo quieres ver; lo citas en alguna parte…
--¡Cómo que lo cite en alguna parte! ¿¡Qué quieres que yo le diga!? o ¿qué me estás insinuando?
--El plan es muy simple Paola-– le dijo Roger con toda calma, dando sorbitos al whisky --, se trata de que salgas con él, que se vean, que tengan una aparente aventura, pues, ana aventura simulada…
--Pero ¡estás loco!—le expectoró Paola-- ¡¿No sabes lo que me estás diciendo!? ¡¿Has perdido el juicio!? ¡¿Cómo crees que me voy a prestar a una cosa semejante!?
--No, vieja, la cosa no es tan grave como tu conciencia te la hace ver. Estos son negocios. Aquí está en juego el futuro de nuestras empresas, su consolidación, su expansión, y eso tú lo sabes muy bien. Es una aventura nada más y tú deberás tener la habilidad de ablandar y convencer a Abraham para que me acepte como socio de Oljovich Arquitectos. Es Todo. Logrado el objetivo se acaba la aventura y todos felices. ¿Acaso no te das cuenta de la importancia de esto, de que soy yo mismo quien te lo está pidiendo? –Y continuó diciendo, seguro de sus palabras y llenando los breves silencios con sorbos de whisky--. Mira, no quiero sacar a colación en este momento lo de la paternidad de Emilio, pero con esto que te estoy pidiendo, ese asunto queda olvidado, nunca más será mencionado, te lo juro. ¿No te das cuenta que yo sería el más afectado, pues yo sería el engañado? Pero paso todo esto por alto porque es un asunto vital para nuestras empresas, para todos nosotros…
Paola, ya sin fuerza para reaccionar dejaba que Roger hablara y hablara y al mismo tiempo con cada frase, con cada argumento, sentía que un abismo se abría más y más entre los dos. Hasta ese momento recapacitó y se preguntó: “¿Cómo he podido vivir con esta máquina de hacer dinero, sin sentimientos, sin principios, cómo he podido pasar 27 años de mi vida a lado de este robot?” Su ensimismamiento, su silencio, fueron como la señal esperada para que Roger pensara que había logrado convencerla y quedara satisfecho.
Por la noche del día siguiente la cena trascurría normalmente, pero bastó que Paola, con una expresión de profundo desconsuelo en los ojos, esbozara una sonrisa a Abraham y que al pasar a lado suyo rumbo a la cocina por otro par de botellas de vino, le posara por algunos segundos la mano en el hombro, para que éste la siguiera.
--¿Qué sucede, Paola?--le preguntó--. ¿Estás bien? Te veo afligida. ¿Estás preocupada por Zita, pasa algo con Roger?
--No--contestó ella cabizbaja--, no es nada, estoy bien, gracias, Abraham.
--No lo creo –repuso Abraham. – Oye, ¿te puedo llamar mañana?, me gustaría hablar contigo, quisiera que nos viéramos en alguna parte. Yo tengo algunas cosas que me gustaría comentar contigo, son cosas de familia y no sé con quien hablar…
--Sí, claro –contestó Paola de inmediato, mecánicamente, quedando confundida y muy sorprendida por la propuesta de Abraham, la que en cierta forma debería haber hecho ella.
Después de la cena, al quedar solos, Roger le preguntó a Paola si había seguido “el plan”. “Claro, le dijo Paola, quedamos que mañana él me llama y nos veremos en la semana, no te preocupes”. Y Roger le sonrió complacido, y cerrando los puños con los pulgares erectos dijo: “Perfecto”.
*****
Dos días después almorzaron en el restaurante San Ángel Inn. Paola iba muy intrigada a la cita y ya sentados a una mesa, la primera cosa que dijo a quemarropa fue: “Abraham, dime la verdad, ¿por qué me pediste que nos viéramos, cómo se te ocurrió, de dónde salió esa propuesta, esas ganas de verme? ¡por favor, dime la verdad!”, pues la duda de que el mismo Roger le hubiese propuesto el “plan” también a Abraham le corroía las entrañas. Pero Abraham, llevándose una mano al lado izquierdo del pecho le dijo: “De aquí, Paola, de aquí”. Paola vio en sus ojos un atisbo de pasión y desazón como jamás lo había visto en la mirada de Roger y supo que era sincero. Paola se fue tranquilizando a medida que comenzaron a conversar, a medida que comenzó a conocer en verdad al amigo de tantos años. Su felicidad o el ejemplo de pareja “ejemplar” que los amigos creían que formaba con Sarah, le dijo, era una apariencia, pues la relación con su mujer desde hacía tiempo andaba mal, por los suelos, ella había caído en un continuo rechazo de sí misma por ser estéril y tender a la obesidad, luego comenzó a engordar en forma desmedida, problema de hormonas, de tiroides, a tomar, hasta convertirse en un adicta al alcohol y a no querer oír de sexo. Pero Abraham le había sido fiel, había llevado una vida retraída, sumergido en el trabajo. “La distancia entre dos personas es el tiempo, Paola. Pero tu tampoco te vez muy feliz que digamos, sobre todo en los últimos años”. Le dijo Abraham. “Yo quiero conversar contigo porque estas tristezas duelen menos cuando hay alguien de buen corazón y con buena disposición para escucharte, con quien compartirlas”. “Sí, dijo Paola, yo también tengo mis cosas…”, y a medida que comentaba las dudas que traía en la cabeza Roger sobre la paternidad de Emilio, las limitaciones que le imponía para educar a su hija que iba de mal en peor, el distanciamiento afectivo de Roger, interesado sólo en sus negocios, sentía que tenía en frente un alma gemela, probaba un gran alivio en su corazón, reencontraba el valor de la comunicación y de compartir las penas de la vida, dolorosas cuando se conservan en uno mismo pero que se aligeran al externarlas.
En las siguientes semanas se volvieron a ver con cierta frecuencia y cada cual profundizaba en el alma del otro y servía de consuelo a las penas que arrastraban, que les pesaban en el corazón. Cuando Roger pedía a Paola “avances del plan”, ella le decía: “Todo va bien, pero no desesperes, tranquila, no comas ansias…”
Un día Roger le dijo a Paola que iría a visitar sus empresas en Miami y a participar en un taller avanzado de golf, que estaría fuera cuatro o cinco días y le dijo como si fuera una instrucción:
--Oye vieja, te dejo tiempo suficiente para que apures un poco el paso. Se nos viene el tiempo encima y no quiero que Abraham se comprometa y firme contratos con otros. El tiempo es oro, las mujeres como tú esto no lo pueden entender.
Paola recibía el mensaje con paciencia, pero comenzaba a tomar conciencia de que el famoso “plan” tomaba visos inesperados.
Fue entonces cuando Abraham le propuso a Paola, aprovechando la ausencia de Roger, para que lo acompañara a Acapulco, deseaba mostrarle el pequeño yate que había recién adquirido y la invitaba a pescar a mar abierto. La invitación de Abraham le causó a él mismo un conflicto de lealtad, en el cual al fin se impuso la parte más noble y humana. Sabía que estaba invitando a la mujer de su amigo, sin embargo esto le producía un desasosiego, un resquemor, como un prurito a flor de piel, debido a que nadie mejor que él, fuera de Paola, conocía el carácter dominante de Roger, su machismo, sus aventuras e infidelidades. Por otra parte ese acercamiento con Paola le mostró la enorme necesidad que tenía su amiga de afecto, de reencontrar, como él mismo, a esa edad crítica cercana a los cincuenta años, cuando en las condiciones de ambos la soledad aparece como amenazantes nubarrones en el horizonte, una relación afectiva, de mutua comprensión, de afecto compartido, el sustento que diera sentido a esa última etapa de la vida.
“Como sabes, le dijo Abraham, yo desde hace años practico ese deporte en embarcaciones rentadas, la pesca en alta mar es mi pasión, pero ahora que he tomado unos cursos de navegación y tengo experiencia, he querido tener mi propio yate”. Después le describió la paz que se siente en medio del mar, el silencio, la soledad que permite dialogar con uno mismo, meditar sin nada ni nadie a la redonda, hasta donde se pierde la vista.
Paola comenzó a apreciar las cualidades de Abraham, era todo un caballero. Abraham no era de aquellos que buscan aventuras fáciles y sexo al primer encuentro. El viaje a Acapulco fue una revelación para ambos. Volvieron a sentir esa timidez de los primeros encuentros de los adolescentes. La salida a alta mar fue para Paola maravillosa, como si dejara atrás, muy lejos todos esos fastidiosos compromisos sociales que ya la tenían harta, como si las presiones de Roger quedaran olvidadas, como si el mundo fuera sólo esa bóveda celeste, ese silencio y esas aguas misteriosas e infinitas. Ahí fue donde por primera vez hicieron el amor, relación que se fue dando de a poco, con máximo placer, y que quedó grabada en ambos por el resto de sus vidas, que no debía ser mucho. Paola no recordaba que Roger hubiese tenido tantas atenciones hacia ella, no de flores y piropos, sino que le hubiese hecho sentir tan mujer. Ni siquiera, quizás por la falta de experiencia y la ausencia de otros lazos que con la vida unen a las personas, tuvo esa sensación con Damián, tantos y tantos años atrás. Con Roger, pudo darse cuenta Paola ahora, siempre merodeaba un fantasma entre ellos que le arrebataba parte de la entrega de su marido. Con Abraham toda la atención, todos los sentidos, estaban concentrados en ellos mismos, en ese acto que estaban realizando.
Días después, cuando Paola se reunió con Roger y éste le preguntó impaciente sobre el avance del “plan”, no encontró mejor forma de informarle otra hacer un gesto, una mueca, con la boca como de indiferencia, encogerse de hombros, y decir “va bien, va bien ya mero, quizás pasado mañana me da una respuesta, no te desesperes”, y por ningún motivo deseaba que su marido percibiera algún destello de felicidad que ya invadía su ser.
Debido a la constante presión que ejercía su marido sobre ella, días después Paola se atrevió por fin a proponerle a Abraham si podía considerar la posibilidad de aceptar como socio en la firma a Roger: “Mira, le dijo, no es que eso me interesa particularmente, pero Roger está obsesionado con esa idea, creo que hasta se podría enfermar de la cabeza”. Abraham dijo que lo pensaría, su temor era por una parte perder el control de la firma y por otra, en los últimos años había notado un extraño comportamiento en Roger, su ambición se había exacerbado, era como una posesión diabólica, y además los negocios financieros que había emprendido con sus socios chinos y norteamericanos “no huelen muy bien, le dijo, hay algo sucio abajo que Roger y compañía tratan de lavar, ¿me explico querida Paola”. Después la miró fijamente en los ojos y agregó: “Pero sabes una cosa, yo te quiero proponer algo: cásate conmigo. Yo he hablado ya varias veces con Sarah de divorcio, desde mucho antes de que tu y yo comenzáramos a salir, Sarah siempre ha estado de acuerdo en concedérmelo. Ella sólo quiere un departamento de un solo piso, las escaleras la matan y por eso odia la casa donde vivimos, y una pensión que le permita vivir decentemente. No pretende más”. Luego agregó: “Si yo no he promovido el divorcio antes ha sido por mantener las apariencias sociales y por el terror a la soledad. Pero te he encontrado y siento renacer las ganas de vivir, de comenzar una vida contigo. Te amo y sería feliz si te casaras conmigo. ¿Aceptas? ¿Ves alguna posibilidad de divorciarte de Roger?”
Paola calló un buen rato. La aventura, el “plan” propuesto por Roger había dado un giro de ciento ochenta grados. Luego dijo: “Acepto Abraham, te juro que me haces feliz con lo que me propones. Le voy a pedir el divorcio, no creo que se oponga. Los hijos están grandes y yo ya no soy nada para él. No sé como decírtelo, pero me ha convertido en un instrumento para sus negocios y cuando un instrumento ya no es útil, se desecha. Además estoy segura que tiene otra mujer, una amante. Te prometo que se lo pediré”. Sin embargo consideró que mientras el “plan” estuviera en marcha no era oportuno plantearle esto a Roger. Por eso, después del viaje se limitó a decirle: “Todo marcha bien, como tu lo has planeado, ¡no comas ansias, hombre!”.
Al día siguiente Abraham llamó a Roger y le ofreció que fuera socio de la empresa. Roger le agradeció profundamente la oferta y le prometió que la firma de arquitectos tendría un futuro prometedor. La preparación de la Escritura para incorporar a Roger como socio demoraría una semana, le comentó Abraham, a lo cual Roger le proporcionó todos los datos necesarios y requeridos para tal efecto y le comentó que aportaría una cantidad de dinero tal para duplicar el capital social de la empresa. Le rogaba que se hiciera cargo de los trámites notariales pues él tenía que viajar con urgencia a Hong Kong por una semana o diez días.
El día anterior de su viaje a Hong Kong, Roger le sugirió insistentemente a Paola que ya que ella pasaría seguramente muchos días en Acapulco con Abraham, que le propusiera ir a cenar al restaurante El Recuerdo y al Flamingos, dos lugares muy románticos que sin duda les agradaría y posiblemente Abraham ya conocía.
También hizo una llamada al Bufete de Investigaciones Privadas, una firma de detectives, y haciéndose pasar por el abogado de la señora Sarah de Oljovich, se comunicó con el Director y le dijo:
--Mire, soy el abogado Sergio Ramírez, represento a la señora Sarah de Oljovich. Deseo solicitarle los servicios de su Bufete. Es algo sencillo. Se trata de tomar una serie de fotografías, en Acapulco, al arquitecto Abraham Oljovich, marido de mi cliente. Tenemos la certeza de que el señor Oljovich engaña a su mujer y deseamos unas pruebas al respecto. La semana próxima es muy probable que el señor Oljovich vaya al restaurante El Recuerdo y Flamingos de ese puerto acompañado de su amante. Para ubicarlo anote por favor que tiene un yate, se llama Hipocampo, anclado en el Club de Yates. Hoy mismo le mando con un mensajero la fotografía de la mujer con quien el señor Oljavich sale y engaña a mi cliente--. Aceptó sin chistar el monto de los honorarios que le mencionó el Director y pidió el número de la cuenta bancaria para hacer un primer depósito. Solicitaba que las fotos las conservaran en el Bufete hasta recibir nuevas instrucciones y que se mantuviera la mayor discreción.
A su regreso de Hong Kong la Escritura estaba lista y se procedió a su firma el 14 de abril. Al día siguiente Roger se comunicó con la agencia de detectives, la cual ya tenía un juego de veintiséis fotografías a su disposición. Roger les pidió que las guardaran por unos días y procedió a depositar en la cuenta del Bufete el saldo de los honorarios pactados.
*****
Apenas después de la firma de la Escritura, Paola estaba dispuesta a pedir a Roger el divorcio, sin embargo la desconcertó la decisión de éste para que siguiera viendo a Abraham a fin de “evitar cualquier sospecha”. El mismo día de la firma de la Escritura, cuando cansado y eufórico Roger se la mostró por la noche en su despacho de la casa del Pedregal, Paola quiso hablar del asunto, quería hablar del matrimonio que ya desde tiempo atrás era una reliquia, quería hablar de ellos, poner sinceramente las cartas al descubierto sobre la mesa, pero la tozudez de Roger no se lo permitió, la ignoró. Con un tajante “no hay nada de que hablar…” pasó por encima de sus sentimientos e incertidumbres. Recordó que le había dicho: ” Alcanzado el objetivo se termina la aventura”, pero la decisión de Roger después de todo le favorecía, pues podía seguir viendo a Abraham sin problemas con la condescendencia de su marido, y esto a su vez le permitía ir preparando mejor el terreno y sin duda tendría más motivos para exigir la separación.
El 15 de mayo del 2007 festejaron en la casa del Pedregal el cumpleaños 48 de Paola. Estaban presentes los amigos cercanos, Xavier con su compañera, y Zita, que en cuanto pudo se esfumó para reunirse con sus compañeros. Emilio llamó desde la Estación de Investigaciones Oceanográficas de la Universidad en el Golfo de Baja California, para felicitar a su querida madre. Después de la cena, del pastel y la velita simbólica y los abrazos, al marcharse los invitados Paola intentó hablar de nuevo con Roger. Hacía ya un mes que se había incorporado como socio ejecutivo en la firma Oljovich Arquitectos. Ella quería aclarar de una vez por todas las cosas. Su relación con Abraham era maravillosa e intolerable con Roger, quería definir, de una vez por todas, la situación. Divorciarse de Roger era, al fin y al cabo, un formalismo, sin duda una mutua aceptación porque ya no quedaba nada, absolutamente nada que los unieran. Pero Roger, aduciendo que al día siguiente saldría de viaje y debía madrugar, dejó una vez más a Paola sola con sus intenciones y pensamientos. Al día siguiente Paola partió a Acapulco con Abraham.
El sábado 19 de mayo por la noche unos supuestos asaltantes irrumpieron en el yate de Abraham en Acapulco y a sangre fría ejecutaron a la pareja de amantes que yacía tranquilamente en uno de los camarotes del Hipocampo. Simularon un robo, pero era evidente para la policía que acudió al lugar de los hachos que había otro móvil, pues en esos viajes de fin de semana, los visitantes solían llevar consigo objetos de poco valor. Al darse a conocer la noticia en los medios locales y nacionales, el Director del Bufete de Investigaciones Privadas se comunicó con el oficial José Ibarra, Jefe del Departamento de Homicidios de la Policía de Acapulco y le dijo:
--Pepe, te tengo algo que te va a interesar, se refiere a ese doble asesinato en Acapulco, el del arquitecto Oljovich y su amante. Yo te debo varios favores, Pepe, y te quiero dar una mano para que sea tu Departamento el que resuelva este caso. Mira, resulta que tengo en mi poder una serie de fotografías de ese arquitecto con su amante. Las tomó uno de mis hombres a solicitud de la señora Oljovich. Creo, según me dijo su abogado, que las querían como pruebas para promover el divorcio, pero la señora, pues, parece que se adelantó y sospecho que mandó matar a su marido adúltero. Ahora sí, muerto el perro se acabó la rabia, como dicen. Te las mando, Pepe, en algo te pueden ayudar, al fin a mi no me sirven, ya está pagado el trabajo, y a la señora Oljovich mucho menos le van a ser útiles.
La señora Sarah de Oljovich fue acusada formalmente de ser la autora intelectual del brutal asesinato. Había pruebas sólidas que la incriminaban. Un buen abogado tomó su caso y argumentando el estado físico, la salud precaria de la cliente y su adicción al alcohol, se logró que fuera recluida en un hospital para luego decidir su suerte.
Al frente de la firma Oljovich Arquitectos quedó Roger, quien con cinismo se mostraba profundamente consternado por lo sucedido a su esposa y porque no, a su socio. El adulterio, deseaba mostrar, no hacía mella al amor, respeto y consideración hacia las víctimas. .
Sólo dos días después del crimen, de la oficina de la empresa constructora de Roger comunicaron a Emilio, escuetamente, que su madre había fallecido, sin darle ningún detalle de lo acontecido. Emilio de inmediato se trasladó al Distrito Federal y al llegar a la casa del Pedregal, en la que no había nadie en ese momento, se enteró por los periódicos que se encontraban abiertos y dispersos por todas partes, que su madre había sido asesinada mientras se encontraba con su amante, el arquitecto Abraham Oljovich. Leyó que la señora Sarah de Oljovich había sido detenida como sospechosa de ser la autora intelectual del doble asesinato y se esgrimían como pruebas ciertas fotografías tomadas a los adúlteros en los restaurantes El Recuerdo y Flamingos y saliendo abrazados del yate Hipocampo.
Presa de una repentina rabia que lo cegó, entró como energúmeno en la recámara de sus padres y comenzó a destrozar todos los objetos que habían pertenecido a su madre: abrió el armario, sacó los vestidos y los pisoteó, entró en al baño y arrojó contra las paredes todo lo que estaba al alcance de su mano, se acercó al tocador y tiró violentamente contra el suelo perfumes, peines, estuches, luego sacó los cajones y los aventó con violencia contra el espejo, que reflejaba su rostro enardecido, destruyéndolo por completo. Al derrumbarse el espejo del tocador, de detrás de él cayó un cuaderno de pastas duras y de color verde, que llamó su atención. Lo recogió y al abrir el forro, dispuesto a destrozarlo también, leyó: Diario. Se detuvo un momento y le llamó la atención el comienzo del mismo. Entonces se dirigió lentamente a su recámara y comenzó a leer.
15 de mayo 1974
Hoy fue el día más feliz de mi vida. Mis papás me organizaron una fiesta, la más hermosa que una quinceañera puede desear. Vinieron todos mis amigos, bailamos y nos divertimos mucho. Damián me sacó a bailar como cuatro veces. Me dijo que él también cumple quince años este mes. Me invitó a salir. Me gustó mucho todo, estoy feliz y por eso comienzo hoy este Diario.
19 de mayo 1974
Ya he salido dos veces con Damián. Es de San Nicolás de los Garzas y vive aquí en Monterrey con unos tíos, porque va a la Prepa Benito Juárez. Es muy simpático. Yo en realidad apenas me había fijado en él. Se interesa por muchas cosas, le gusta la astronomía y quiere ser astronauta. ¡Está loco! Hoy fue su cumple, soy cuatro días mayor que él. Nos fuimos a tomar unos helados para festejar. Solitos.
3 de junio 1974
Hoy Damián me invitó a dar un paseo a Santa Lucía, fuimos a remar y se me declaró. Le dije que sí. Me abrazó y me dio un beso. Pero no sé, se me hace muy niño. Es alto, grande, pero tiene una boquita chiquita. Me gustan mucho sus ojitos. Por la noche les dije a mis papás que Damián es mi novio. Me dijeron que se ve buen chico, muy sano y es muy simpático.
15 de julio 1974
Con Damián me llevo muy bien. Le interesa conocer el nombre de las estrellas, de las galaxias, de las nebulosas y de las constelaciones. Nos prestamos libros y luego los comentamos.
Emilio siguió leyendo con cierta avidez, deteniéndose en aquellos puntos que llamaban su atención.
26 de diciembre 1975
Llevamos un año y medio de novios. El 24 por la noche Damián se quedó a cenar con nosotros. Me regaló un dálmata de peluche y yo una esclava de plata. El 25 fuimos a San Nicolás, a su casa, donde almorzamos con sus papás. Por la tarde nos quedamos solos y nos besamos y acariciamos mucho. Si no lo detengo, ahí mismo hacemos el amor. Por poquito…
Emilio lee que en los meses siguientes hacen paseos a la Cascada Matacanes, a la Presa la Boca, van al cine y seguido a remar.
18 de septiembre 1976
Fuimos a San Nicolás a pasar allá las fiestas con los papás de Damián. El 15 hubo música en el kiosco, el alcalde dio el Grito de la Independencia, hubo fuegos artificiales y serpentinas. Comimos elotes, buñuelos y muchas cosas más. Como se hizo tarde, la mamá de Damián llamó a la mía para que me diera permiso para quedarme a dormir y me quedé allá. Por la noche Damián fue a mi cuarto e hicimos el amor. Los dos teníamos muchas ganas de hacerlo. El me dijo que se cuidó para que no hubiera problemas, eso del embarazo, qué bueno porque yo ni siquiera me preocupé de nada. Fue un poco doloroso pero me encantó. Damián se preocupó de todo, hasta me puso una toalla debajo. Si se ensucia la sábana con sangre ya me imagino a doña Olga qué escándalo habría hecho.
Emilio lee que en 1978, a los 19 años, Paola se inscribió en el Tecnológico en la carrera de Economía, pero que siente que no está hecha para los estudios, le habría gustado algo más relacionado con Arte. Damián se inscribió en la Universidad Ateneo de Monterrey en la carrera de Pedagogía Físico-Matemática. Paola comenta que han hecho el amor como cuatro veces, pero que la relación entre ellos ya no es la misma, tan fuerte como antes: “mis papas me aconseja, escribe, que frecuente otros amigos, otros muchachos, que no es bueno aferrarse a un novio desde la adolescencia, que uno tiene que conocer otros chicos para poder luego elegir”. Además le aconsejan que recapacite porque a Damián no le ven mucho futuro. Paola les da la razón pero no se atreve a decirle nada a Damián para no herirlo.
14 de febrero 1980
Hoy vino a cenar a la casa un señor que quiere hacer negocios con mi papá. Creo que se llama Roger Midas, que nombre tan raro, tendrá que ver con ese otro Midas, ese rey que convertía en oro todo lo que tocaba. Eso dice la mitología, y no sé. Mis papás me pidieron que hoy no viera a Damián, que me quedara en casa, aunque ya les había dicho que teníamos planes para salir. Pero tanto insistieron que le dije a Damián que nos veríamos otro día. Creo que se enojó mucho, pero no me gusta que sea tan pegajoso. Este señor no me quitó los ojos de encima durante toda la cena. Dijo que soy la mujer más hermosa de Monterrey, bonito piropo, y que a mis 21 años seguro que tengo un montón de pretendientes.
16 de febrero 1980
Ayer recibí un maravilloso ramo de rosas rojas. Me las mandó ese señor Midas que vino a cenar a la casa. Nunca me habían mandado flores. A Damián nunca se le ocurrió, aunque no es de esos que mandan flores. Venía también una tarjeta que decía: “Por el día de la amistad y el amor y para los ojos más hermosos de Monterrey. Romi”. Me sentí halagada. Parece que le dicen Romi. Mejor no le cuento nada a Damián, porque se va a poner celoso.
18 de febrero 1980
No me aguanté y le conté a Damián lo de las flores, quiero ser sincera con él. Me dijo que me cuidara de esa gente adinerada porque logra todo lo que se propone. No lo noté celoso, menos mal. Ese señor Midas, o Romi, como quiere que uno lo llame, se ve maduro, sabe lo que hace, sabe tratar a las mujeres. Dijo que tiene treinta años. No se ve mal. Los hombres maduros tienen algo atractivo, como un imán.
28 de febrero 1980
Hoy vino de nuevo el señor Romi a la casa. Llegó de sorpresa, por lo menos yo no sabía nada, y dijo que vino a Monterrey sólo para invitarme a cenar, nada más para eso. Bueno, acepté, que otra cosa me quedaba. Fuimos a un buen restaurante y Romi me habló de su vida, de sus negocios, que había vivido con una mujer llamada Verónica pero no se había casado con ella, que todo había terminado y que ahora quería formar familia. Yo también le hablé de lo que hago, y le conté que con Damián había hecho el amor, para que no piense que soy una niña inocentona y mojigata. ¡Qué se imagina! Tiene una mirada de halcón, hasta da un poco de miedo. Damián, aunque tenga veintiún años, se ve como un adolescente comparado con Romi.
21 de marzo 1980
Romi me ha seguido mandando flores y me ha llamado por teléfono casi todos los días. Hoy vino de nuevo a Monterrey y fuimos a cenar, otra vez al mismo lugar, me dijo que me tenía una sorpresa. Al final de la cena me dijo: “Qué bonitas manos tienes, ¿me muestras la izquierda por favor?”, y ¡zas! que me ensarta un anillo con un brillante bellísimo. Me dijo: “Paola, por favor, acéptame como tu prometido. Me quiero casar contigo. No me contestes ahora. Piénsalo”. Eso yo ya me lo veía venir. No sé que hacer, pero que emoción tan grande. Este Romi es un potentado, me prometió hasta las perlas de la virgen.
30 de marzo 1980
Bueno, pues acepté casarme con Romi. Ayer se lo conté a Damián. Siento mucho cariño por él, la hemos pasado muy bien en estos seis años. Se puso triste, pero él también ya lo presentía. Le llevé este Diario y le dije que lo guardara como un recuerdo de nuestro amor. Pero me dijo que sufriría mucho cada vez que lo fuera a leer, que mejor lo guardara yo, que lo iba a necesitar más que él para no olvidar estos años que fuimos novios. Y me traje el Diario a la casa.
Emilio sigue leyendo las anotaciones de su madre sobre los preparativos de la boda, su nerviosismo, la emoción que sintió durante la celebración de la misa. La boda fue en Monterrey y asistió mucha gente, ahí conoció a Xavier, a Sarah y Abraham y otros amigos de Sadim. Luego vino el viaje de luna de miel a Hawai, el regreso al Distrito Federal y su instalación en la residencia del Pedregal, que la deslumbró. Todos estos acontecimientos en tan breve tiempo y esa nueva vida la tenían aturdida y la única forma de asimilar todas esta novedades, escribía Paola, era darse unas escapaditas a Monterrey para visitar a sus padres e ir poco a poco alejándose afectivamente de ese ambiente familiar, acogedor, y de esa casa que la vio nacer y crecer. En una ocasión, comenta, se encontró con Damián, con quien fue a tomar café para recordar viejos tiempos.
15 de noviembre 1982
Ayer por la tarde nació mi hijo, se llama Emilio. Es la experiencia más sublime de una mujer, ser madre, traer a un hijo a este mundo. Me siento feliz. Se ve tan frágil, es tan hermoso. Ahora me siento con una gran responsabilidad como madre. Sarah y Abraham serán los padrinos. Me han venido a visitar seguido, son muy buenos amigos. Xavier se siente muy raro como tío, eso dice.
Emilio sigue leyendo sobre las actividades sociales que su madre realiza a petición de su padre. Hay que mantener un ritmo agotador, escribe Paola, cenas y cenas y hacerle buena cara a gente que ni conoce. Son muchos jerarcas del Gobierno a quienes Roger les debe favores y a quienes las hace valiosos regalos.
11 de octubre 1984
Por segunda vez soy madre. Es una bendición tener una parejita. Emilio ya necesitaba una hermanita. Zita nació pesando casi dos kilos. Es preciosa. Desde ahora dicen que es mi retrato. Estoy muy feliz, agradecida a la vida. Lo único que siento es que Romi comparte poco esta felicidad que me colma el alma. Lo veo poco y poco se interesa por los hijos. Mis padres vienen seguido ahora, se mueren por los nietos.
Continúa Paola narrando las actividades sociales que no paran; como van creciendo los hijos; el gran cariño que por ellos sienten los abuelos y el distanciamiento afectivo que va percibiendo en Roger, dedicado de lleno a la empresa constructora.
13 de febrero1990
El 10 de este mes fue un día muy doloroso: falleció mi papá de un infarto. ¡Cómo es posible, tenía apenas 53 años, se veía tan bien! Los niños con sus ocho y seis años están inconsolables, aunque todavía no entienden muy bien qué es la muerte. Pobrecitos, tanta falta que les hará el abuelo. Fuimos todos a Monterrey, había pura tristeza en las caras de quienes tanto quisieron a mi papá. Mi madre estaba hecha un mar de lágrimas, inconsolable, la pobrecita, siempre unida a mi papá, apoyándolo en todo, toda su vida, una pareja ce las que ya quedan pocas. De inmediato arreglé ciertos asuntos para que ella se quede en esa casa con su hermana, la tía Celia, y constituí un fideicomiso para que reciba una pensión, para que las dos no tengan problemas económicos a futuro. Por ahí apareció también Damián quien me dio un fuerte abrazo con lágrimas en los ojos. Pero hay una cosa que me tiene sumamente enojada, justo en estos días de penas y dolor. El día del funeral, por la noche, a Sadim se le ocurre decirme nada menos que Emilio puede ser hijo de Damián pues se le parece mucho. ¡Qué le pasa a veces por la cabeza! Yo le he sido siempre fiel. ¿Por qué trata de levantar barreras entre nosotros? Dice que Emilio no se le parece, que tiene un carácter raro. En verdad que me siento ofendida. Yo en cambio me quedo callada y sé muy bien que Romi tiene sus aventuras por ahí, pero en este país y en ese ambiente que frecuenta, eso es lo normal. Yo que puedo hacer, con dos hijos, mientras él va y viene al extranjero, y cuando está en México, no lo veo en todo el día…
Emilio lee que su madre escribe como pasan los años, que veía con gran orgullo crecer a sus hijos, sin embargo su gran preocupación era Zita, demasiado consentida por el padre, como si fuera un desaire para Emilio, por quien mostraba poco interés. Más aún, de vez en cuanto continuaba lanzándole dardos venenosos dudando de su paternidad. Zita crecía sin control. Casi le era prohibido llamarle la atención, educarla. Roger estaba cada vez más dedicado a sus negocios, además de la constructora, ahora tenía las financieras y las promotoras de bienes raíces. Viajaba a Hong Kong, Miami, San Antonio y a las Bermudas, luego en una ocasión le pidió que firmara unos documentos como directora de una empresa que ni siquiera sabía bien a bien cómo se llamaba y dónde estaba. Escribía que Roger tenía reuniones misteriosas en su despacho con gente nunca antes vista, chinos y norteamericanos, los que pasaban horas y horas encerrados en ese despacho. Mencionaba que a partir del año 2001 los contratos del Gobierno para la empresa constructora se cancelaron, uno tras otro, y Roger estaba furioso. La Constructora iba mal, o quizás no tan bien como antes, pero las financieras tenían mucho dinero, mucha liquidez, y ella no tenía idea de donde procedía ese dinero. Roger se quejaba de Abraham, decía que era un amigo a medias porque no le permitía financiar todos sus trabajos, y trataba de conquistárselo invitándolo, junto con Sarah, a los cruceros por los países Bálticos y a Alaska que su amigo rechazaba. Repetía que Emilio, a sus diez y ocho años era todo un hombre, serio, preocupado por el medio ambiente, muy diferente del padre y alejado de él, Zita en cambio una verdadera descocada, ya una mujer, se había saltado la adolescencia. Sigue lamentándose de que Roger le es infiel, ahora sabe que tiene una amante en Miami.
2 de enero 2007
A fines de diciembre hicimos en casa una gran fiesta para despedir el año 2006. A Romi se le ocurrió invitar a todos los ejecutivos que trabajan para él y a esos socios chinos y norteamericanos con quienes maneja las financieras. Un gentío tremendo. Todo el servicio de comida y los meseros que contratamos me quitaron la preocupación de atender a toda esa gente yo misma, con mis dos muchachas. Menos mal que estaba Emilio con su novia Tatiana, Zita con sus amigos, Abraham y Sarah, quien está en verdad gordísima, y Xavier con su novia en turno, por lo menos gente conocida. Abraham estaba bien desconcertado con tanta gente rara. Roger siempre hablando de negocios y de dinero, a veces aburre. Abraham con sus cincuenta y nueve años se ve muy bien, con sus canitas en las sienes que le dan un aire distinguido. Lo raro es que él y Sarah nunca se abrazan y nunca los he visto darse un besito. Ya cuando se fueron esos invitados especiales y nos quedamos los amigos de siempre, Abraham propuso un brindis para que el 2007 fuera venturoso para los ahí presentes. Dijo que el año que amanecía le pintaba de maravilla y mencionó que tiene unos proyectos en Jalisco y Santa Fe. A Roger lo llamaron por teléfono, y se fue a encerrar a su despacho. Cuando le pregunté quien había llamado, me dijo que cosas de trabajo, una llamada de Miami. Pero ¿quien podía llamarlo si todos los ejecutivos de allá estaban en la fiesta? Seguramente fue su amante, ni la menor duda, yo como todas las mujeres me huelo las cosas, pero a estas alturas ya no me importa, tendrá sus amantes para sus desahogos pero a nadie podrá amar, porque no conoce qué es el amor.
3 de enero 2007
Romi me dijo que organizara una cena para el seis de enero. ¡Ay, una más! Esta vez tendré que arreglármelas yo sola, con mis muchachas. Pero ya sé donde ordenar comida norteña, no hay problema. Quiere invitar a Abraham, Sarah, a su hermano y su novia y a sus ejecutivos del Distrito Federal. Luego, cosa que me sorprendió mucho, pero es la misma historia de celos, me dijo que había notado que Abraham no me quitó los ojos de encima durante la fiesta de Año Nuevo, que sin duda yo le gustaba mucho. No quise mencionar que yo sé que tiene una amante en Miami, porque ahí sí terminamos peleando.
8 de enero 2007
Es increíble lo que hace Romi. El día anterior a la cena de anteayer me llamó para que fuera a su despacho y me pidió que tuviera una aventura con Abraham, que lo citara para vernos a solas, que lo enamorara, para ablandarlo y convencerlo de aceptar a Romi como socio de su firma de arquitectos y luego dale de nuevo con el asunto de la paternidad de Emilio. ¡Es un sinvergüenza! Acaso no tiene dignidad y cree que me puede utilizar así nada más. ¡Quien cree que soy! ¿Cómo lo he podido aguantar todos estos años? Pero cosa extraña, resulta que durante la cena en un momento que estuvimos solos en la cocina buscando botellas, fue el mismo Abraham quien me propuso que nos viéramos. Pensé que Romi nos estaba tendiendo una trampa, pero hoy almorcé con Abraham y parece que no. Abraham me invitó a salir porque le salió del corazón.
Emilio leía con mucho detenimiento y sorpresa las anotaciones de su madre en el Diario, cargadas de emociones, cuando comentaba el viaje a Acapulco con Abraham, la relación íntima que tuvieron, como renacía en ella la alegría de vivir y las continuas presiones de Roger, y como éste, con su actitud, fue empujando a Paola a los brazos de Abraham. Se detuvo cuando leyó que Abraham había hablado de divorcio con Sarah desde antes de verse con Paola a solas y que Sarah estaba dispuesta a dárselo. En este punto percibió que había cosas que no cuadraban con las noticias de los periódicos y con el móvil del crimen. Pensó: “¿Cómo pudo Sarah desear y ser la autora intelectual de ese asesinato, contratar a unos matones, si ella quería el divorcio, si estaba dispuesta a concederlo?” Esa pregunta lo llevó a leer con mayor detenimiento lo que seguía en el Diario. Por eso le llamó mucho la atención cuando su madre, sorprendida y a la vez furiosa contra su marido, anotaba: “Y tiene el descaro hasta de sugerirme que vaya con Abraham a lugares románticos como El Recuerdo y Flamingos. ¿Es que no tiene dignidad este hombre que juega al alcahuete?” Y no solamente eso, sino la insistencia de que siguiera viendo a Abraham aún después de firmar la Escritura. Entonces Emilio llegó a la conclusión de que detrás de ese atroz crimen estaba su padre, pues al eliminar a Abraham y Sarah ser la “culpable”, le quedaba el camino libre para apropiarse de la empresa de arquitectura aún pasando por encima del cadáver de su mujer que ya no le era útil. Estaba con el alma hecha pedazos, lloró mordiéndose el labio, lo invadió una mezcla de odio y desesperación. Se sintió impotente. Después de un largo rato, escribió una nota: “Querida Zita, esto es algo que debes leer. Yo me voy para siempre de esta casa, no me verán más. ¡Cómo es posible que el verdadero asesino de nuestra madre haya sido nuestro padre! Lee con cuidado este Diario y te darás cuenta de ello. Tú procede de acuerdo con tu conciencia. Adiós hermana. Emilio”.
Cuando esa noche ya tarde regresó a casa Roger, vio la luz encendida en el cuarto de Zita y la fue a saludar. La encontró tendida en su cama, con los ojos vidriosos y un hilo de espuma amarillenta y reseca que le escurría de la boca como consecuencia de una sobredosis de droga y alcohol.
Roger quedó petrificado por el shock, a un paso del cuerpo de su hija, con los ojos desorbitados y la boca abierta. Estaba anonadado. Poco después tomó el papel de la mano de Zita y leyó, entrecerrando los ojos, la nota que Emilio había dejado a su hermana. Se le nubló la vista por la conmoción que le produjeron esas breves líneas. Luego tomó la libreta de tapas verdes que Zita sostenía aferrada en la otra mano, se dejó caer, en un costado de la cama, sentado en el suelo, con un brazo inerme de su hija que le rozaba el hombro, leyó de principio a fin el Diario de Paola, lo leyó, lo volvió a leer y lo volvió a leer.
Al día siguiente las mucamas, a primera hora de la mañana, así lo encontraron, con el Diario en las manos, sentado en el suelo al lado de la cama de su hija, con las piernas retraídas pegadas al pecho, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro, y así lo encontró Xavier, quien acudió con una ambulancia y algunos policías luego de recibir la llamada de las asistentes del hogar.
Xavier se hizo cargo de los funerales de su sobrina y Roger Midas fue internado en una institución psiquiátrica con fuertes trastornos de personalidad, ataques de depresión y delirio de persecución, del que nunca más salió. El imperio inmobiliario y financiera del Roger Midas se derrumbó, hundiéndose entre sus propios cimientos de corrupción, sobornos, lavado de dinero, atropellos, engaños, infidelidades y muerte.
