| R E T R A T O D E F A M I L I A |
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| 1.- Nacimiento | 2.- Rafael Nieto y Esther del Castillo | 3.-Raffaele Tótoro y Maria Luisa Nieto | 4.- Familia Tótoro Nieto | 5.- Padre-Maestro |
| 6.- Relaccion con tías y primos | 7.- Viaje sin retorno | 8.- Maestro de italiano | 9.- Sin rumbo fijo | 10.- El retorno |
| 11.- | 12.- | 13.- | 14.- | 15.- |

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1. Nacimiento
Ante todo debo decir que estoy profundamente agradecido con mis padres por haberme traído a este mundo, a este maravilloso planeta, sin mediar solicitud formal ni petición de parte mía. Y también estoy agradecido, por haber recibido un beneficio colateral, con Filomena, quien venciendo alguna inescrutable fuerza celestial que pretendía segar mi existencia en la misma “aduana de llegada”, posiblemente por considerarme fruto del pecado, logro salvarme y gracias a ella sobreviví.
Me agrada pensar, imaginar que soy fruto de un apasionado acto de amor entre un italiano y una mexicana. Pienso, bueno, imagino que una tarde calurosa de mediados de julio de 1936, interrumpiendo la infaltable siesta, con la ventana del dormitorio abierta que permitía la entrada de una ligera brisa procedente del Adriático, en un arrebato amoroso mis padres dieron inicio al proyecto de su tercer hijo.
Me agradaría que hubiese sido así, sin embargo, luego de transcurrir muchos años, al conocer el concepto negativo que mi madre tenia del sexo y el erotismo (que es el tronco de un árbol cuyas raíces es la sexualidad y cuyos frutos es el amor, gracias Octavio Paz por la metáfora) era tema de confesionario, creo que esa tarde de mediados de julio no hubo un acto de arrebato amoroso, sino de amor monacal. Creo que mi madre cedió a las caricias e insinuaciones eróticas de mi padre con resignación, como lo hubiera hecho una monja de las Clarisas Descalzas.
No sé cuantas veces mi madre habrá escuchado, como después yo mismo, en mi adolescencia, escuche decir al cura del pueblo en sus sermones, apuntando a los feligreses con el dedo índice de la mano derecha: “Y tengan ustedes presente que el matrimonio es una institución consagrada por la iglesia no para desahogar las pasiones humanas, las pasiones y los placeres de la carne, sino debe concebirse como un vehículo para procrear, para que cada madre tenga los hijos que el Todopoderoso le conceda”
¿Habrá mi madre cerrado los ojos acto seguido del acoplamiento sintiéndose culpable y se habrá persignado?
Seguramente habia recibido una fuerte influencia de parte del cura del pueblo, máxima autoridad moral, y de las monjas, “controladoras”, encargadas de las “auditorias” espirituales y morales aplicadas a las mujeres de Archi.
Si era fervorosamente religiosa y confundida para distinguir esa línea que separa el placer natural del amor, de la sexualidad reproductiva, quizás ella misma se adjudico la realización de un acto de lujuria, un pecado grave, y por la ley de causa-efecto, al nacer su tercer hijo, yo, ¡zas! Recibió religiosamente de acuerdo a su propia creencia el castigo divino. ¡Con la religión ofuscando el alma siempre se está jugando con el fuego divino! Por eso, desde el mismo 15 de abril de 1937 mi madre se vio afectada por una atroz neuralgia, el dolor de cabeza la tenia postrada en cama, no soportaba la luz del día y cualquier ruido era para ella como un estallido para sus tímpanos. El recién nacido estaba al borde del precipicio, su madre no solo no soportaba tenerlo cerca, sino que habia perdido toda posibilidad de alimentarlo. No tenía leche.
Pero los caminos de la naturaleza son providenciales. La mucama de la familia Tótoro, Filomena, una mujer de 28 años, fornida, de tez y cabellera dorada, campesina, cantarina y cariñosa, habia tenido a su hijo Piero a principios de abril. Vivía en casa. Tenía los pechos rebosantes, generosos, y de ellos nos alimentamos Piero y yo, con nuestras manitas de querubines aferrados a ellos y recibiendo esa leche tibia, el mana de Filomena.
Seguramente fue así…
Esto ocurría en un pequeño pueblo llamado Archi, en Abruzzo, Italia. Ahí habían nacido mis hermanos mayores, Maddalena, en 1929, y Vincenzo (Enzo) en 1931.
Cabe mencionar que mi padre era medico con fuerte vocación para la poesía y la paleontología. Poco antes de mi nacimiento, habia terminado una obra, un poema épico de tres partes, Dauno, Giano y Naia. Dauno es descendiente directo de Saturno, que corresponde al dios griego Cronos, quien al ser expulsado por Júpiter del Olimpo, se estableció en esa parte de la península itálica. Hoy aun se llama Tierra Daunia a esa región de Puglie. Fascinado con la vida mitológica de ese personaje, quiso que el nombre perdurara en su hijo.
Archi era y es un pueblo de no más de cuatro mil habitantes, rural, se perfila desde lejos como una cresta en la cima de una elevada colina.
Fue residencia de la familia Tótoro desde tiempos lejanos. Hay registro catastral (para efectos fiscales) que Magnifico Mercurio Tótoro con Beatrice Tótoro adquirieron en 1701, 17 “tomoli” de terreno agrícola. Esta familia procede de Treviso, cerca de Venecia, fastidiada por las amenazas continuas de invasión de los austriacos, emigro a Italia central y su antigüedad en ese pueblo lo demuestra el hecho de que el ingreso al mismo es a través de un arco que lleva el nombre de “Porta Tótoro” y que aun existe. Arriba, a la izquierda y a la derecha de ese arco se encontraba la enorme casa de gruesas paredes de la familia que se instalo ahí cuando ese pueblo surgía y que después fuera el hogar de mi familia.
La ubicación de Archi, encaramado en esa colina, le proporciona grandes ventajas y una que otra desventaja. Ante todo, un panorama espectacular, así como la brisa fresca en verano (a veces superada por el “sirocco”, viento cálido, agobiante, que produce pesadez), agua milagrosa, procedente de las montañas contiguas, comunidad cerrada con fuerte apego a sus costumbres, y como desventaja, un viento gélido y nieve en abundancia en invierno, que se sufría en aquellos tiempos de mi nacimiento por carecer las casas de condiciones adecuadas. Solo se disponía de chimeneas, y las familias se reunían debajo de las grandes bóvedas de tiro a cenar y hasta la hora de dormir. Esas eran las horas de los cuentos, del juego de cartas, de las reuniones familiares. Además, Archi es un pueblo aislado, de difícil comunicación con el resto del mundo.
Desde “la fontana”, que con sus ocho surtidores abastecía de agua de manantial al pueblo, la que se acarreaba en vasijas de cobre que las mujeres cargaban en la cabeza, se contempla el valle del rio Sangro que se pierde en el horizonte, hasta terminar en la franja azul del mar Adriático. Desde el lado opuesto se contempla una cadena de montañas entre las que sobresale la majestuosa Maiella, abajo el rio Sangro que corre en un lecho de piedras blancas y lisas hacia el mar. Cruzando Archi se entra en una zona boscosa, y a unos cuantos kilómetros se llega a una colina de nombre Pallano, que conserva muros prehistóricos, de enormes dimensiones.
Los habitantes de Archi son orgullosos de su pueblo y tienen una canción que se ha convertido como en un himno de todo habitante canta y recuerda aunque haya emigrado. En una parte dice: “Todo es hermoso en este querido pueblo; el bosque te enamora, tiene una fuente que es una maravilla; el mar que brilla en la lejanía… Archi es como el amor, te hace reír y llorar; pero dentro del corazón, te hace así cantar…”
Mis padres se casaron en Cerritos, San Luis Potosí, en 1927. Pero ¿Cómo llego una mexicana , la hija mayor de Rafael Nieto y Esther del Castillo, a sus 21 años, a un pueblo lejano como Archi y precisamente en esos años difíciles en que nacieron sus hijos, cuando debía soportar las inclemencias del clima invernal, la falta de vida cultural (ella era pianista), la ausencia de platillos y antojitos mexicanos; luego los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el sufrimiento por la muerte prematura de su hija Maddalena, herida por una esquirla letal a fines de la guerra, a sus 14 años de edad, cuando ya escribía poesía, anagramas y cuentos en un cuaderno de tapas negras ?.
Eso si lo explica la fuerza y las locuras del amor.
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2.- RETRATO DE FAMILIA
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A mi abuelo materno, Rafael Nieto Compean (1883-1926), evidentemente no lo conocí, murió once años antes de que yo naciera. A mi abuela materna, Esther del Casillo (1885-1977), si, ella me acogió en su casa, la casa familiar de Mérida 20, en la colonia Roma, cuando yo llegue a México en 1953, a los 16 años, y ella acababa de cumplir 68.
Mi abuelo fue un personaje extraordinario, muy respetado en el mundo político y diplomático de México.
A los 16 años, cuando llegue a esa casa de Mérida 20, comencé a saber de Rafael Nieto, a conocer su pensamiento y sus actividades, y a medida en que me compenetraba en su vida, por una parte sentía como si lo hubiera conocido siempre, y por la otra, fue creciendo en mi una profunda admiración por este personaje, y desde entonces me he sentido orgulloso de ser un descendiente suyo.
¿Cuántas veces, aun ahora, he contemplado con profundo respeto su fotografía, y quedo impresionado por su mirada aguda, penetrante, de halcón, y a la vez amigable y afable?
Rafael Nieto nació el 24 de octubre de 1883 en Cerritos, San Luis Potosí. Fue un autodidacta, dedicado desde niño y durante su adolescencia, con voluntad férrea a la lectura y al aprendizaje de idiomas. Al mismo tiempo, en esa etapa de su vida ayudaba a su familia a las actividades comerciales. En 1908, a la edad de 25 años, escribió una zarzuela: El Joyero, que se presento en el teatro del pueblo.
El primer despertar de su vocación política comienza al ser designado Síndico Municipal y luego Regidor del Ayuntamiento. Pero es hasta 1911, a los 28 años, cuando se proyecta de lleno a la vida política. En ese año abraza la lucha revolucionaria iniciada por Francisco I Madero con el Plan de San Luis.
El 30 de julio de 1912 es electo diputado federal y participa activamente en la XXVI Legislatura, una de las más históricas del país. Se adhiere al bloque renovador al lado de Luis Cabrera. La Cámara, de la que forma parte Rafael Nieto es disuelta por Victoriano Huerta en 1914. Sin embargo, en ese mismo año, Don Venustiano Carranza, como primer jefe de las fuerzas constitucionalistas, traslada su gobierno al puerto de Veracruz, y nombra como Oficial Mayor de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público a Rafael Nieto, y al año siguiente es nombrado Subsecretario de esa dependencia de la cual el Secretario era Luis Cabrera.
En 1917 se reúne en la ciudad de Querétaro, el Congreso Constituyente para elaborar la Carta Magna de la Nación. Rafael nieto presenta a la Cámara de Diputados, para ponerla a la consideración de la Asamblea Legislativa, el proyecto del Art. 28 Constitucional referente a la creación de un solo banco emisor. Más adelante propuso al Ejecutivo la creación de las cajas rurales cooperativas. Rafael Nieto se destaco en el cargo que le fue asignado, porque uno de los principales problemas del gobierno de Venustiano Carranza, era el financiero, se debía liquidar a los antiguos bancos privados de emisión de moneda, eliminar los billetes constitucionalistas, debía adoptarse el patrón oro y obtener financiamiento externo.
En 1919 Rafael Nieto es invitado a una coalición de partidos progresistas de su Estado natal a aceptar la candidatura para Gobernador de San Luis Potosí, para el periodo 1919-1923. Las elecciones se realizaron el 4 de julio de 1919. Después de superar un conflicto con el Gobierno saliente y su subordinado, que mediante un fraude electoral pretendía ser el vencedor de las elecciones, Rafael Nieto fue designado Gobernador electo y gobernó el Estado de San Luis Potosí hasta 1923.
- La Ley Agraria, la ley que permite la asociación de trabajadores y formación de sindicatos.
- La Ley Orgánica del Ministerio Público y la separación de este del Poder Judicial.
- La Ley de Tribunales de Justicia y promulgo el famoso decreto mediante el cual se establece la Autonomía de la Universidad de San Luis Potosí.
En 1923, el general Álvaro Obregón, considerando el conocimiento que tenia de idiomas, su preparación y experiencia en el campo financiero, además de su capacidad intelectual, nombra a Rafael Nieto Ministro Plenipotenciario en Suecia. En 1925 el general Plutarco Elías Calles solicita a Rafael Nieto que se traslade a Roma, como jefe de la Legación Mexicana en Italia, y le encomienda negociar con ese país un tratado de amistad, comercio y navegación, al mismo tiempo le pide realizar un minucioso estudio sobre el fascismo, que en esos años tomaba auge en Italia.
Encontrándose en Roma, en el verano de 1925, comienza a resentir añejas molestias en la garganta y bronquios, y visita a un otorrinolaringólogo de nombre Raffaele Tótoro, quien tiene buen renombre como especialista, a pesar de contar con apenas 28 años de edad. Se hace acompañar a la consulta, que después se repiten, por su hija mayor, María Luisa, de 19 años, pianista, internada en un instituto en Bélgica; que se encontraba en Roma visitando a su padre. Ese encuentro, y otros más, marcarían las vidas de la joven mexicana y el doctor italiano.
Rafael Nieto escribe ensayos, artículos para diversas revistas extranjeras, y para el periódico Universal de México, varios libros, entre los cuales destaca: Más allá de la Patria, que dedica a su esposa.
R a f a e l N i e t o
“La patria y más allá”
Fondo de Cultura Económica, 1998 - 395 páginas
En términos de finanzas, hace mucho que la patria dejó de existir, observaba en 1919 Rafael Nieto, frase cuya actualidad es insoslayable. Nacido en Cerritos, San Luis Potosí (1883-1926), fue diputado por la XXVI legislatura; encargado del Despacho de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (1914-1919) y gobernador de San Luis Potosí (1920-1923). Su obra nos dejó un legado al alertarnos sobre un proceso de globalización económica que no exime de la bancarrota a país alguno, ni capitalista ni socialista, ni rico ni miserable.
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Y 70 años después de su muerte, un nieto de este gran hombre, Fernando Silva Nieto, es electo Gobernador de San Luis Potosí, siguiendo los pasos del abuelo, y Tita Valencia Nieto, escribe una estupenda memoria en honor a su abuelo: Rafael Nieto: La Patria y mas Allá.
(Se puede consultar: Biografía de Rafael Nieto, de José Alfredo Villegas G. publicada por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; Rafael Nieto, El Marco Histórico, su Pensamiento Político y Económico y Social, De Raúl Martínez Franco, Universidad Autónoma de San Luis Potosí).
En 1953, cuando comencé a conocer su vida, a admirarla, a sorprenderme por su carácter y temperamento, todas sus hijas estaban casadas, y el mayor, Rafael, ocupaba un alto puesto en la Secretaria de Relaciones Exteriores. En ese año de 1953 mi abuela tenía 47 nietos. A Maddalena apenas la conoció en un viaje de visita que hizo mi familia en 1939. A sus hijas, yernos y 46 nietos los recibía en su casa en cualquier ocasión propicia. Mi hermano Enzo vivía con ella desde 1949, se entendían a las mil maravillas. Enzo era muy culto, amante de la música y juntos iban a conciertos y obras de teatro.
Mi abuela era menuda, muy activa, de hermosa y abundante cabellera rubia, de tez rosada, de ojos verde claro, mirada directa, transparente y firme, era ordenada, muy autoritaria, más comprensiva que cariñosa, En su casa era una reina en su castillo.
(1) Realizo cuadros excepcionales y grabo en medallones o camafeos los rostros de sus diez hijas.
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RETRATO DE FAMILIA
3. Raffaele Tótoro y María Luisa Nieto
Mi padre nació en Archi, Abruzzo, Italia, en 1897 y murió en México, a los 59 años de edad, en 1956, de nostalgia, enfermedad del alma que no se registra en las actas de defunción. Murió entre mis brazos, en la casa de Mérida 20. Poco antes de expirar, mientras mi madre buscaba medicamentos y preparaba algo en la cocina, mi padre me pidió que tomara lápiz y papel y me dijo: “Te voy a dictar mi epitafio, escribe esto: Ex matrice ipsa Maiellae saxum peregrinantibus per orbem cordibus devotum, Dauno, por favor que lo pongan en la lapida de mi tumba…” fueron sus últimas palabras. Así concluía la vida de un hombre que de habia entregado en cuerpo y alma, treinta años antes, a la mujer que le habia despertado, esa locura que es el amor, que tiene su propia razón de ser, pasando por alto advertencias familiares, viviendo una aventura en un país desconocido, enfrentando gastos y rechazos.
Raffaele Tótoro se graduó como médico cirujano en la Universidad de Nápoles en 1921, y se especializo en otorrinolaringología en la Universidad de Viena, Austria, en 1923. En 1924 ya estaba instalado en su consultorio en Roma y rápidamente se hizo de una cierta reputación. Tenía un hermano, Angiolino, que con su mujer Laura y sus hijos Pina, Menina, Franco y Gabriela, también vivían en Roma. Los padres de ambos, Don Vincenzo Tótoro y Doña Giuseppina Paglieri, vivían en Archi en una casa con una vista esplendida, la primera al ingresar al pueblo.
Vincenzo y Giuseppina estaban orgullosos de sus hijos y felices de recibirlos cada verano para que disfrutaran el aire puro, el agua milagrosa de Archi, las opíparas comidas, los paseos matutinos por los bosques aledaños que a veces se convertían en partidas de cacería con los conocidos del pueblo.
A mediados de 1924 el general Plutarco Elías Calles, Secretario de Gobernación y presidente electo de México, llego a Europa y Rafael Nieto lo recibió en Londres y luego lo acompaño a Paris, Ginebra y Berlín. El presidente electo quería personalmente conocer la situación política europea y las nuevas tendencias en cuanto a alianzas entre países. Calles apreciaba a Rafael Nieto. Ya como presidente lo nombro Ministro Plenipotenciario y Jefe de la Legación mexicana en Italia, y además con representación en Suiza, Polonia y Hungría. Cuando Rafael Nieto se traslado a Roma, la familia se encontraba en Bélgica, María Luisa, Esther, Consuelo, Guadalupe, Margarita y Celia asistían a una escuela en Bruselas, el Instituto Michaut, Rafael hijo estudiaba finanzas publicas en Alemania, y las otras cuatro hijas estudiaban en Inglaterra.
Rafael Nieto llego a Roma el 5 de enero de 1925. Un día, en el verano de ese año, se presento acompañado de su hija mayor, María Luisa, de 19 años de edad, en el consultorio de Raffaele Tótoro. Mi padre estaba por cumplir 28 años. María Luisa se encontraba de vacaciones en Roma.
Raffaele Tótoro quedo sorprendido por la visita de ese paciente de aspecto imponente, la mirada penetrante, nada menos que el embajador de ese lejano y misterioso país llamado México. Venía con una afección en la garganta y molestias en los bronquios. Raffaele Tótoro, junto con la sorpresa que le produjo la visita de este personaje, quedo deslumbrado ante la hermosura, recato, mirada esquiva, de esa joven mexicana. Mirada como ausente, un fleco que pretendía, sin lograrlo, la gracia de ese atractivo rostro.
Raffaele Tótoro noto que el representante diplomático de México padecía obstrucción bronquial y ante todo le recomendó que dejara el cigarro, pues el paciente confeso que fumaba desde muy joven dos o más cajetillas al día para apaciguar los nervios y las ansias…Luego el doctor se ofreció para hacer nuevas consultas medicas en la misma residencia de la Legación mexicana en vía Lazzaro Spallamzani 16, no lejos del consultorio. El señor Nieto de 37 años, mostraba una impresión que quedo grabada en la mente del doctor Tótoro. No escapo al estetoscopio de Raffaele Tótoro una grave anomalía en los pulmones del paciente.
Como agradecimiento a las visitas a domicilio y a las atenciones del doctor, en dos o tres ocasiones fue invitado a tomar té en la residencia diplomática. En esas ocasiones María Luisa acompañaba al invitado quien, definitivamente, quedo subyugado y enamorado de esa joven mexicana. Entonces Raffaele se ofreció como guía de turista, de cicerón, para que María Luisa pudiera conocer la ciudad y sus miles de encantos.
Y así, mientras duro ese verano la llevo a Pincio, a Villa Borghese, al Coliseo, a Piazza di Spagna, a la Fontana di Trevi, a los Foros Imperiales, al Vaticano, de vez en cuando comían en alguna trattoria de Trastevere y se refrescaban con el agua cristalina de las innumerables fuentes romanas. Don Vincenzo y doña Giuseppina, padres de Raffaele, ese verano quedaron muy intrigados porque su hijo no habia ido a Archi de vacaciones como de costumbre.
Esther del Castillo no se oponía a las citas de su hija con ese doctor italiano, pero estaba atenta y seguido enviaba a alguna de las hermanas para que hiciera de chaperón.
En el otoño, María Luisa regreso a Bélgica con sus hermanas y Raffaele comenzó a escribirle largas cartas de amor: le preguntaba que hacía, como iban las clases de piano, de francés, de literatura, él le contaba de su vida y de los tristes días que pasaba por la lejanía y la ausencia de ella.
Rafael Nieto viajo a México por asuntos de trabajo y regreso a Roma en enero de 1926, cuando la ciudad se veía azotada por uno de sus peores inviernos. Cuando Raffaele Tótoro lo visito para saludarlo y averiguar cómo seguía de salud, lo encontró muy desmejorado. Según su opinión, aunque no era su especialidad, consideraba que padecía de graves problemas pulmonares. En efecto, poco después Rafael Nieto fue trasladado a un sanatorio en Suiza donde falleció el 11 de abril de 1926, a la edad de 42 años.
Raffaele Tótoro, al enterarse de este lamentable, aunque en cierta forma no sorpresivo desenlace, se sintió desesperado, angustiado, corría el riesgo de perder el contacto con María Luisa. Supo que toda la familia Nieto acompaño los restos del jefe de familia a México y afortunadamente obtuvo la nueva dirección de María Luisa, con quien poco después logro restablecer la comunicación epistolar.
Raffaele un día recibió una carta que muchos años después mostro al menor de sus hijos y que guardaba en un viejo cartapacio entre sus numerosas poesías.. Decía: “Caro Raffaele, yo también me he encariñado mucho con usted. Me habría encantado regresar a Roma, volver a recorrer juntos esos lugares maravillosos, llenos de historia y a la vez románticos, hacer esos paseos por los jardines y plazas de Roma, descansar a la sombra de los altos pinos, refrescarnos en esas fuentes de agua cristalina que se encuentran en los lugares menos esperados. Pero la muerte repentina de mi padre ha sumido en la tristeza a toda la familia y ha cambiado la vida de cada uno de nosotros. Creo que nuestros encuentros y paseos quedaran como un inolvidable recuerdo y alimentaran mis sueños. Como hija mayor me corresponde ahora estar al lado de mi madre. Con cariño, María Luisa”.
Esa carta fue para Raffaele Tótoro un detonador, el descubrimiento de su razón de ser, la catapulta que lo impulso a emprender un camino nunca antes concebido. En un momento de arrebato, se deshizo del consultorio, retiro los pocos ahorros que poseía y pasando por alto las advertencias de sus padres y de su hermano, viajo a Nápoles y se embarco rumbo a México, en un largo viaje que cambiaría su vida. Eran finales de 1926.
Durante el viaje, me conto en una ocasión mi padre, mientras contemplaba el horizonte, con esa quietud y tiempo de sobra para reflexionar, mil pensamientos encontrados revoloteaban en su cabeza. De pronto, al recordar las advertencias de sus padres y su hermano, se sentía aturdido, casi arrepentido, le invadía la corrosiva duda, sin embargo la imagen de María Luisa, el recuerdo de los paseos, ese algo inexplicable que lo atraía a ella, lo reanimaba y prevalecía la fuerza de seguir adelante. También le creaba incertidumbre el escaso conocimiento que tenia de México. Habia leído en los diarios de la cruenta revolución, de los asesinatos de presidentes, de personajes como Pancho Villa y Emiliano Zapata que parecían saltar de historias fantásticas.
Al fin llego a la ciudad de México y se instalo en un céntrico hotel. Sorpresivamente se presento en la casa de la familia Nieto y se encontró con María Luisa. Ella quedo estupefacta, la invadió un asombro y felicidad desbordante. Pero Esther, su madre, no oculto su desconcierto y ese primer reencuentro duro poco. María Luisa fue enviada a casa de familiares a San Luis Potosí. Entonces Raffaele viajo a esa ciudad y logro establecer una relación amigable con la familia tanto Nieto como del Castillo a quien causo de inmediato una muy buena impresión.
Esther insistía en que su hija no debía casarse con un extranjero, pero sus argumentos no tenían mucho peso frente a las referencias de que se trataba de un doctor culto, conocía el latín y hablaba alemán, conocía de música, era un hombre maduro, etc.… y poco después cedió.
El matrimonio se efectuó en la hacienda La Joya, cerca de Cerritos, a mediados de 1927, María Luisa contaba con 21 años de edad y Raffaele 30. Al día siguiente de la boda, los recién casados partieron rumbo a Veracruz, se embarcaron, y al inicio del otoño llegaron a Archi. La casa de la familia Tótoro, en ese apartado pueblo, era la única alternativa para que la pareja iniciara su nueva vida.
Posiblemente María Luisa quedo desilusionada; ella esperaba que se instalarían en Roma, que cada vez que fuera posible recorrerían las calles y plazas de esa maravillosa ciudad que la habia dejado deslumbrada. Llegar a un pueblo de montaña, rustico, con los primeros fríos de la temporada era quizá lo que menos se esperaba.
Continúa…
RETRATO DE FAMILIA
4. La familia Tótoro–Nieto
Raffaele Tótoro habia gastado su exiguo capital en la persecución de la mujer que le habia arrebatado el corazón. Al regreso a Italia no tenía otra alternativa que comenzar desde cero, como medico de pueblo.
Regreso a la casa de sus padres, en Archi, malgastado pero no derrotado.
A pesar de que la relación entre Raffaele y María Luisa se mantenía solida, el amor los unía con fuerza; a pesar de que de inmediato ella se gano el afecto de don Vincenzo y doña Giuseppina, quienes sin pensarlo dos veces mandaron traer desde lejos un piano para la nuera; los primeros años para la “messicana”, como comenzaron a llamarla los habitantes del pueblo, fueron de gran sufrimiento.
El amor de Raffaele no era suficiente; el afecto y atenciones de los suegros no era suficiente; la vida bucólica, el aire puro, el agua milagrosa de los manantiales, el panorama espectacular, la magnificencia de la naturaleza no eran suficientes; el piano era como un paliativo, pero no era suficiente: María Luisa solia encerrarse en la recamara para sufrir en silencio la nostalgia, esa enfermedad que se sufre en la intimidad, en solitario. Echaba de menos a sus bulliciosas hermanas y la cercanía de la madre, con todo y su diciplina que lindaba con el autoritarismo; le faltaban cosas que no podía confesar a nadie porque nadie le habría comprendido. Echaba de menos las tortillas, los frijoles refritos o charros, los magueyes, el mole, las salsas picantes, los chiles rellenos o en nogada, las papayas, los mangos, los aguacates, las chirimoyas, el chocolate batido con los panes dulces, los tamales, las enchiladas y todo eso, aunque en su casa a veces se servían para las recepciones oficiales y los amigos snob, platillos refinados de alta cocina, pero en su corazón eran los platillos típicos, los antojitos, los que añoraba a morir.
En 1929 nacio Maddalena, y en 1931 Vincenzo (Enzo). A mediados de 1931 llego a la casa Filomena, mujer campesina de 22 años, para atender a María Luisa y a sus hijos. Por la mañana Filomena abria de par en par las ventanas de las recamaras, de la sala, de la cocina y cantaba, llenando la casa de luz y alegría.
Mientras tanto mi padre, además de ejercer su profesión, habia descubierto una vocación que lo lleno de entusiasmo y lo arraigo aun más en esas tierras de antiguas historias: la paleontología, es decir, el estudio de seres humanos cuyos restos o vestigios se encuentran fosiles. Seguido se perdía entre las montañas, con un par de campesinos para realizar las excavaciones, y hacia descubrimientos con resultados sorprendentes. Descubrió en Pallano la existencia de restos ciclopes y de habitantes de cinco o seis mil años antes de nuestra era, lo que le reporto reconocimientos de un museo de Roma al que le enviaba sus hallazgos.
El nacimiento de los hijos jugó un papel importante para que María Luisa comenzara a adaptarse a ese pueblo. Fue como sembrar y generar raíces en ese lugar. El piano también tuvo un efecto importante cuando un violinista de Archi, el señor Lucio, jubilado, primer violín de la sinfónica de Roma, comenzó a frecuentar la casa e interpretaban a dúo mazurcas, polcas, trozos de conciertos, sonatas. El desafio de superarse y el encuentro con un gran conocedor en ese arte de la música le abrió espacios de gran satisfacción. Por las tardes, cuando algunos lugareños hacían sus paseos, se detenían en los alrededores de la casa Tótoro para escuchar esa música que estremecía los corazones, que parecía proceder de manos angelicales, y la “messicana” se fue ganando la simpatía y el respeto de esa gente de pueblo, ruda, cerrada, de piel curtida, reacia a lo que no fuera parte de sus costumbres y tradiciones, que se fueron sorprendiendo ante su propia sensibilidad despertada por esa joven venida de quien sabe dónde. Y Filomena descubria esas virtudes en María Luisa que se fue convirtiendo en un ser mistico, bendecido por la divinidad. Fue solicitada por los señores del pueblo, y no digamos el cura y las monjas que invadían la casa envolviendo el alma de María Luisa como una telaraña, juntando las manos en signo de plegaria y elevando la mirada al cielo, al escuchar esas piezas, como diciendo: “este es un angel enviado del cielo por el Señor para traer paz entre estos ignorantes de Archi”.
La familia del cura, muy acomodada y de gran influencia, para no perder status social mando también traer un piano para que las sobrinas del cura fueran un poco más instruidas. Evidentemente la maestra de esas señoritas fue María Luisa, quien desde entonces, hasta el final de su vida fue maestra de piano. Las monjas de ese pueblo formaban parte de una congregación que tenia conventos en casi todo el mundo, y uno de ellos nada menos que se encontraba en Tralpan, en la ciudad de Mexico, por eso la “messicana” se convirtió en un medio de enlace importante para escribir cartas en español a las hermanas de allende el mar.
Asi pasaron los años hasta que en 1937 María Luisa tuvo su tercer hijo, Dauno.
En 1939 la familia Tótoro-Nieto hizo un viaje breve a Mexico a fin de que María Luisa se reencontrara con sus hermanas y su madre.
El reencuentro fue emocionante, pero no el que ella soñaba. Todas sus hermanas, excepto Elena, estaban ya casadas y con hijos. Esther estaba casada con el doctor Roberto Sanchez y tenía una niña avispada, agraciada, llamada Sarelena, de cinco años, quien pretendió adoptar a Dauno como su muñeco y lo oculto, cuando la familia Tótoro-Nieto partia de regreso a Italia, creando una cierta confusión entre los ahí presentes ese día. Consuelo se habia casado con Genaro Estrada y tenía una linda hija, Paloma, de seis años. Victoria, casada con Salvador Alvarez, tenía a Salvador (Chava), de la edad de mi hermano Enzo, y a Roberto (Beto), de cinco años. Guadalupe, casada, casada con Mario Valencia, tenía a Tita, de dos años y a Mario (Gene) de apenas un año. Margarita, casada con Enrique Guirette, por lo tanto era ya conocida como Margot, tenía a Enrique de un año. Esperanza, casada con Tomas Martinez, tenía a Esther (Chita), de cinco años y a Eduardo, que estaba por cumplir tres años. Alicia, casada con Eduardo Aguilar, tenía a Eduardo de un año. Celia, casada con Rafael Silva, tenía a Magdalena de casi tres años.
La familia que María Luisa esperaba encontrar, las hermanas bulliciosas con quienes podría pasar tardes y tardes contándose sus experiencias, novedades y secretos, ya no existía. Sus expectativas eran ya recuerdos. Sintio de pronto que con Raffaele y sus hijos se habia alejado de ese ambiente que recordaba, del seno familiar que el tiempo habia borrado, y cada quien ahora recorría ya sus propios caminos. Doce años habían cancelado lo que una vez una vez le produjo una profunda nostalgia. Se sentía en cierta forma que ya no pertenecía a ese lugar, se fue convenciendo que Archi era su refugio, donde, al fin y al cabo, pertenecía y estaba echando raíces. Eso le develo esa visita a Mexico. Y ese sentimiento duraría hasta que los trágicos acontecimientos por venir cambiarian su percepción de la vida.
En efecto, al regresar a Archi, los inicios de la Segunda Guerra Mundial estaba en el aire, los aviones alemanes habían invadido Polonia y bombardeaban Varsovia, Mussolini arengaba las masas preparando la invasión de Abisinia y Europa enloquecía.
La guerra en Archi causo muerte y sufrimiento como en todo el país y en Europa. Giuseppina Paglieri habia fallecido años atrás y don Vincenzo murió en 1941. Ahora la casona familiar y unas cuantas hectáreas de tierra pertenecían a Raffaele. Angiolino habia recibido su parte de la herencia y seguía viviendo en Roma con su familia.
Debido a la posición geográfica de Archi y la ubicación de la casa Tótoro, el pueblo fue ocupado de inmediato por un comando o batallón especial alemán y la casa convertida en cuartel general. La familia Tótoro-Nieto relegada a un rincón de la misma. En la hermosa fuente y en una terraza de la casa Tótoro se instalaron cañones de largo alcance que dominaban todo el valle Sangro, baterías antiaéreas y en las afueras de la Porta Tótoro varios tanques Tigre.
Poco después, cuando los aliados comenzaron a avanzar paso a paso por la península, desde Sicilia hacia el norte, e Italia se retiro del Eje, la situación en el pueblo se volvió extremadamente grave. De pronto de aliados, teníamos a los enemigos en casa, Comenzaron la caceria y arresto de hombres jóvenes quienes se escondían en las montañas cercanas. Este batallón especial tenía la misión de detener el avance de los aliados por esa parte de los Apeninos y desde Archi el control de la zona era muy eficiente. La lucha arreciaba y era peligroso salir, circular por el pueblo. Como la casa Tótoro contaba con un amplio sótano donde habia un trapiche para moler aceituna y extraer aceite, y una chimenea enorme para elaborar jabon casero, entonces se acondiciono ese lugar como refugio y en él, apretujadas, se encerraron por varios meses a más de veinte familias del pueblo. Ahí convivieron como una gran familia, se abrazaban cuando se escuchaban las detonaciones de los potentes cañones o los motores de los aviones que se acercaban en formación de ataque para bombardear y en respuesta el tableteo de las baterías antiaéreas. Cada vez que habia un poco de calma, sobre todo en las noches, las mujeres más jóvenes, arriesgando la vida en horas del toque de queda, salian del refugio en busca de alimentos, o en el campo o sustrayendo comida de los camiones estacionados en la carretera que transportaban vituallas para las tropas.
Una tarde, dos oficiales alemanes se presentaron en el refugio y conversaron casi en secreto con mis padres. Luego Raffaele reunió a los jefes de familia y les comunico que esa noche los alemanes realizarían una operación militar que no quisieron revelar en detalle por ser clasificada. Pero esos oficiales le dijeron que en ese lugar, en ese refugio, los ahí presentes corrían peligro y sugerían que se refugiaran por esa noche en la iglesia. Luego de algunas discusiones, algunos comentaban que los muros de la casa eran muy resistentes, otros que no querían dejar sus hornillos, cobijas y utensilios, otros que era conveniente tomar precauciones; se decidió que las familias se trasladaran a la iglesia. Y uno a uno fuimos saliendo del refugio, viejos, mujeres, niños, envueltos en sabanas, en frazadas, era como una procesión de fantasmas que se escurría en la noche pues estaba prohibida la iluminación, aun de cerillos y velas. En cuanto llegamos a la iglesia nos sorprendió que en buena parte ya estaba ocupada por otros habitantes de Archi. Nos acurrucamos lo mejor posible debajo de uno de los altares y esperamos los acontecimientos de esa operación militar secreta. Pasada la media noche se escucharon explosiones lejanas, luego las detonaciones se fueron escuchando mas y mas cerca, hasta que dos de ellas hicieron estremecer los muros de la iglesia, rompiendo en mil pedazos los cristales de los nichos de los santos, y acto seguido se escucharon que las detonaciones se alejaban. Estábamos sorprendidos, sin explicarnos que sucedía.
Al amanecer entro en la iglesia un conocido de mi padre que vivía en una casa que colindaba con esta y comento que los alemanes se habían retirado pero habían minado todos los puentes de la carretera para impedir que los aliados avanzaran, y luego dijo: “Don Raffaele, venga a mi casa, venga a ver lo que ha sucedido con la suya…”. Nos llevaron a la terraza de esa casa y desde ahí se podía contemplar la casa Tótoro.
Quedamos anonadados, mi padre casi sufre un desmayo. La pared que daba al valle, estaba derrumbada, ya no existía, se podía ver sabanas que ondulaban como banderas blancas, se podía ver el interior de lo que habia sido el consultorio, el interior de la cocina, de la sala con los muebles colgando en vilo de los pisos que quedaban… Todo era escombros.
Al acudir de inmediato a esas ruinas, nos percatamos que lo que habia sido el refugio estaba enterrado, con todos los escombros de la casa que lo cubrían. Ahí habríamos quedado todos sepultados. Comenzamos a recuperar lo recuperable: unas ollas, un poco de ropa de vestir y de cama, un abreboca y el estetoscopio, y en silencio, con los amigos que ayudaban, comenzamos a reunir los restos de lo que habia sido orgullo de esa familia. La Porta Tótoro quedo intacta y a su derecha también dos recamaras y debajo de ellas una especie de bodega donde se guardaban leguminosas, frutas, granos, mazorcas, para el invierno. La familia se instalo en esos cuartos y se acondiciono la bodega como cocina y comedor.
Poco después de esa desgracia, mi hermana, junto con unos amigos, al recorrer los alrededores del pueblo, fue alcanzada en la pierna por una esquirla de una mina “personal”, una especie de juguete, que exploto al pisarla uno de los muchachos, tras unos meses, habiendo sido afectado un hueso de la pierna, falleció.
Al concluir la guerra, las dos terceras partes de la casa estaban en ruinas y la familia vivía confinada en esas dos habitaciones y en esa bodega acondicionada como cocina, comedor. Filomena regreso al campo con su hijo. Las canciones matutinas cesaron. En forma increíble la vida volvió a tomar su curso, las huellas de la destrucción de la casa, los horrores de la guerra, se fueron poco a poco borrando. Pero la herida que nunca sano fue la dejada en el corazón de María Luisa y de Raffaele por la muerte prematura de Maddalena, adolescente precoz que era por muchos admirada por su facilidad de escribir poesías, cuentos y por su cultura.
En 1947 no le fue muy difícil a María Luisa convencer a Raffaele de que hicieran un intento de emigrar a Mexico. Ahí los acogería la numerosa familia. Mi padre accedió de buena o mala gana, no se sabía, el, en su fuero interno, tampoco lo sabía porque la guerra y la muerte de su hija le habían marchitado el deseo de vivir.
Ya en Mexico, Esther del Castillo nos facilito una casa en la calle de Sonora 68, donde nos instalamos. Ahí tuve la oportunidad de convivir con algunos de mis primos, como Chita, Eduardo y Tere, hijos de la tía Esperanza y Tomas Martinez. Luego con María Elena, de cinco años de edad; Antonio (Tonchi), de cuatro años; Lucia (Chia), de tres años; y el recién nacido Juan, hijos de la tía Elena y Antonio García Noriega. A pesar de contar con solo diez años, de inmediato sentí una gran simpatía por la tía Elena y el tío Antonio, hombre afable, siempre de buen humor, con una sonrisa a flor de labios, elegante con su corbata de mariposa, alto, buen mozo, de mirada alegre. Y la tía Elena, cariñosa, de ojos negros, atractiva, que tendría 7 hijos en 12 años.
Tiempo después, al volver a encontrarme con ellos, ya mayor, esa primera simpatía se convertiría en cariño, en un verdadero afecto, pues los tíos siempre mostraron un corazón abierto, una actitud comprensiva y con ellos era como sentirse en casa, en el hogar. La tía Elena después, o desde siempre, tuvo una gran vocación por la pintura, y de su inspiración salieron obras en verdad maravillosas.
Los dos años que transcurrimos en Mexico fueron muy dolorosos para Raffaele. No lograba adaptarse porque no lo intentaba. Se volvió reservado y poco comunicativo con las cuñadas y sus maridos. Con quien congeniaba de maravilla era con José Moreno Villa, segundo marido de la tía Consuelo, quien habia quedado viuda de Genaro Estrada.
José Moreno Villa era una persona excepcional, un poeta, pintor, escritor, un completo artista. Nacio en Málaga en 1887, formaba parte de la generación 98, y estuvo muy vinculado con Federico García Lorca, Rafael Alberti, Cernuda, Aleixandre y otros artistas de generaciones posteriores. Mi padre lo visitaba en su casa y años después me conto: “Sabes Dauno, una vez que visite a Moreno Villa y le contaba mi alocada historia, ese arrebato de vender el consultorio e ir a Mexico en pos de María Luisa, nos moríamos de risa porque a el por poco le sucede algo similar, afortunadamente lo salvo la obstinación, la intransigencia de los padres de su enamorada, unos judíos ricos, millonarios, de Wall Street, y su tremenda timidez”.
Resulta que en 1927, a los 40 años, Moreno Villa se enamoro perdidamente de una norteamericana de nombre Jacinta y fue tras ella a Nueva York dispuesto a dejar todo lo que poseía en España. Me decía Moreno Villa, continuamente narrándome mi padre, <¿Qué habría sido con esa muchacha rubia, joven, hermosa, curvilínea, deportista, moderna, sensual, un ser divino, pero totalmente opuesto a mí, que soy fumador, viejo de nacimiento, pensativo, soñador, sedentario, tímido, sin habilidades para las cosas más simples de la vida? ¿Por qué el amor juega con nosotros, los enamorados y románticos, Raffaele, por que es tan despiadado a veces?. La quise tanto que escribí un libro de poesía para ella, se titula: Jacinta la Pelirroja…>. Cuando los padres de Jacinta le cerraron la puerta de casa en las narices, Moreno Villa no lo pensó dos veces, tomo el barco y regreso a España. Luego, debido a que ocupo un puesto importante durante la República española, tuvo que dejar España, sino habría corrido la misma suerte de Federico García Lorca, muy amigo suyo.
Con el apoyo del famoso Quinto Regimiento, Moreno Villa, junto con otros camaradas, logro cruzar la frontera con Francia y en 1937 fue al exilio, rumbo a Estados Unidos. Ya en Estados Unidos, recibió una invitación de Genaro Estrada, entonces Subsecretario de Relaciones Exteriores, para que se trasladara a Mexico, donde no le faltaría nada, y donde habían llegado muchos compatriotas suyos. Genaro Estrada habia conocido tiempo atrás a Moreno Villa y lo admiraba mucho.
Moreno Villa acepto, pero cuando llego a Mexico le invadió una profunda tristeza, una sensación de derrota, de fracaso, miedos y angustias lo asediaban y pensaba que solo se quedaría unos meses.
Poco después Genaro Estrada enfermo y Moreno Villa comenzó a visitarlo asiduamente, en su casa. Pasaban juntos largas horas conversando de literatura, de poesía, de pintura. Genaro Estrada también tenía una fuerte vocación literaria y disfrutaba de charlas con Moreno Villa. Y a fines de septiembre de 1937 murió Genaro Estrada.
Moreno Villa tenía 50 años. Por esas cosas de la vida, al quedarse solo, desamparado, continuo frecuentando la casa de Genaro Estrada y se enamoro de Consuelo, con quien poco después contrajo matrimonio, o posiblemente porque ya estaba enamorado de Consuelo, continuo frecuentando esa casa. También en el amor, a veces, el orden de los factores no altera el producto o el resultado y menos la edad es una barrera, Consuelo tenía 28 años. Y concluye mi padre diciéndome que la gran diferencia con él, es que Moreno Villa era un exiliado y debía resignarse a quedarse en Mexico, no tenía muchas alternativas, yo en cambio tenía una clara opción, la de regresar a Italia, a mis raíces, tenía una casa en ruinas, pero era mi hogar, y la considere la mejor, la elegí porque era vital para mí”. Asi termina el relato de mi padre sobre Moreno Villa y también nuestra estadía en Mexico.
En efecto, luego de discusiones, de fuertes roces familiares, ya que las hermanas de María Luisa se oponían a nuestro regreso a Archi, luego de acerbas críticas contra mi padre por su desidia, por la falta de interés por buscar un trabajo y quedarse, regresamos a Italia a fines de 1949. Sin embargo, mi hermano Enzo tenía 18 años, era un estudiante brillante, estudiaba la carrera de leyes, y para él habría sido un desastre regresar a Archi. Se decidió que se quedara con Esther del Castillo, con la abuela, con quien, después de todo, habia establecido una relación de gran afecto y mutuos intereses en cosa de conciertos, teatro y otras actividades culturales.
Continua...
RETRATO DE FAMILIA
5. Padre-Maestro
Al llegar a Archi, fue una gran alegría para mi reencontrarme con mis amigos, con quienes jugué futbol con pelota de trapo; con quienes jugué a policías y ladrones, escondiéndonos en los nichos vacios de las capillas fúnebres del cementerio; con quienes habia compartido el refugio durante la guerra; con quienes descubrí las primeras manifestaciones de mi sexualidad; comparando, sin vergüenza alguna, tamaños de penes y pelusas de pubis, contemplándonos los unos a los otros, o con orgullo o con sorpresa o con envidia; a quienes conté aventuras ficticias que supuestamente habia vivido en ese lejano y misterioso país que para ellos era Mexico. Amigos de infancia y adolescencia, amistad que perdura para siempre y con quienes aun, luego de más de 60 años, mantengo contacto, claro, con los que sobreviven, y lo mantendré hasta el dia en que ellos o yo cumpliremos el ciclo de vida. Luciano, Luigino, Gennario, muy creyentes, purificados por la extremaunción, partirán rumbo al mas allá, al lado de las almas que rodean al Creador y estarán ahí sin los placeres ni las tristezas de la vida en espera del Juicio Final que jamás llegara o yo, agnóstico, ferviente creyente en la Humanidad, me convertiré en cenizas y quedare por algún tiempo en el recuerdo de los que me han conocido y mi vida tendrá algún significado por lo poco o mucho que habré legado a mis semejantes, a quienes debo mi existencia en este planeta y por ellos tiene mi vida razón de ser.
El primer problema que se presento a nuestro regreso a Archi fue la continuación de mis estudios. Yo tenía 13 años, debería haber comenzado la secundaria. Mi padre se entero, a través de la simpática y hermosa maestra de primaria de Archi (en el pueblo solo habia nivel elemental, primaria) que existía una disposición oficial mediante la cual se permitía que cualquier persona que tuviera 15 años o más, podía presentar los exámenes de secundaria, de todo el ciclo escolar, a titulo de suficiencia. Mi padre me comento que el se ofrecía a prepararme para presentar esos exámenes, tendríamos dos años y poco mas, y así nos evitaríamos los tramites de revalidación de los documentos que traía de Mexico, y además que yo fuera todos los días con la “corriera” o autobús, a una ciudad cercana durante tres años para cumplir los estudios de nivel medio.
Fue una buena solución y un desafio. Mi padre consiguió los programas de estudio y nos pusimos con rigurosa disciplina a cumplir con ellos. Al fin y al cabo, la mayoría de las materias podrían ser impartidas por mi padre (latín, italiano, geografía, historia, etc.), excepto matemáticas, para lo cual se contrato a un maestro que vendría tres veces a la semana a darme clases a domicilio.
Asi comenzó un periodo durante el cual mi padre se convirtió en mi maestro. En esos años se produjo una profunda relación entre ambos, me transmitió el aprecio que tenia por la vida, por la tierra que pisaba, por el aprendizaje, por la cultura. Comprendí que las fuertes críticas que algunas de sus cuñadas y cuñados le hicieron poco antes de partir de Mexico, tildándolo de débil de carácter, de carente de decisión, eran falsas. No era con palabras que él podía convencer a sus acusadores lo que quería y lo que sentía en el alma, en esa parte sensible de nosotros que comienza y termina en la mente.
Para gran satisfacción mía, en 1951 mis padres me compraron una bicicleta de carreras, y después de la hora de estudio, a partir de las cinco de la tarde, todos los días, hacia un recorrido de casi 70 kilómetros: salía de Archi por la parte montañosa, pasaba por un pueblo llamado Tornareccio, me detenía en un manantial en medio del bosque conocido como Narduccio, pasaba por una pequeña ciudad llamada Atessa, bajaba hasta el rio Sangro, y volvía a subir por el camino que me conducía a Archi, el más empinado y mas agotador.
Al sospechar mis padres que estaba tomando muy en serio el convertirme en corredor de bicicleta, pues ya habia participado en un par de competencias, compraron con un doble propósito una Vespa, la gran novedad en ese pueblo en 1952. El doble propósito era que yo dejara de lado la bicicleta, lo que ocurrió rápidamente, pues con la Vespa me sentía un potentado y conquistador, y el segundo era llevar a mi padre tres veces a la semana a diferentes pueblos dispersos en las montañas y rio arriba del Sangro, donde el daba consultas como medico estatal. Esos recorridos, esas visitas a pueblos que parecían estancados en el tiempo, arcaicos, de una belleza extraordinaria, me contagiaron de ese arraigo y pertenencia que Raffaele sentía y no lograba transmitir, quizás era solo a través de la poesía, de los versos que escribía, pero ese lenguaje lo comprenden cabalmente solo quienes tienen un espíritu elevado.
Entre consulta y consulta o a veces caminando por el bosque, entre avellanos y enormes encinos, o por el camino que baja de Archi al Sangro, con el panorama majestuoso de la Maiella en frente, “a la usanza griega”, me decía mi padre, me hablaba e impartía lecciones cubriendo el programa de estudios.
Raffaele, por su parte, retomo con gran entusiasmo su actividad de paleontólogo y cada vez que le era posible, con sus dos ayudantes al lado, se sumía en las grutas o entre las ruinas de Pallano en busca de cualquier indicio de pobladores antiguos.
Mi madre hacia vida social con las señoras del pueblo, aprendía a cocinar platillos del lugar y ayudaba a las monjas en sus actividades religiosas o a escribir cartas y daba clases de piano a las sobrinas del cura. Ella también retomo su actividad de pianista acompañada por el señor Lucio y Chopin volvió a invadir los alrededores de la casa y a deleitar a los paseantes vespertinos. Chopin se habia convertido en el compositor favorito de mi madre.
Cuando en mayo de 1953, ya cumpliendo los 15 años, di los exámenes y aprobé todas las materias, mi padre se sintió eufórico, era un triunfo personal, no cabía de alegría dentro de sí. Sin embargo, pronto se nublo su momento de felicidad. Fue entonces cuando María Luisa, mas practica y quizás mirando al futuro, volvió a la carga y con argumentos sólidos convenció a mi padre para que me enviaran a Mexico. Ahí me reuniría con Enzo, tendría oportunidad de estudiar sin hacer viajes agotadores diarios de Archi a quien sabe dónde, tendría el apoyo de la familia y un futuro que ese pueblo de ninguna manera me podía ofrecer. Mi padre sin argumentos que oponer, cedió.
Se vendió la Vespa y un becerro y a fines del verano de 1953 mis padres me acompañaron a Nápoles y me embarque en el buque Francesco Morosini rumbo a Veracruz. En Nápoles, en el muelle, me despedí de mis padres. Nos abrazamos con lágrimas en los ojos. Era la primera vez, en realidad, que nos separábamos. Hasta los 16 años habia tenido la suerte de vivir en el seno familiar, y más aun, de establecer lazos muy fuertes, profundos, con mi madre y sobre todo con mi padre, mi padre-maestro, mi padre-amigo, que en ese momento me miraba fijamente, queriendo retenerme aunque fuera en su mirada, con el temor anticipado de que ese era el inicio de una batalla que sabía que perdería irremediablemente.
Para mi madre mi partida era una renovada esperanza, un lazo más que la unía a su familia, a Mexico. Ella también se debatía entre dos fuerzas opuestas, sabía que Raffaele pertenecía a ese lugar, a ese pueblo, a esas tierras, pero siendo más pragmática y realista, buscaba un escape, un mejor futuro para la familia en Mexico, aunque sabía que era incierto, indefinido. Para mi padre era una amenaza latente, la espada de Democles sobre su cabeza, presentía que muy pronto se vería obligado por las circunstancias a desandar una vez más el camino recorrido con tanto sacrificio.
Cuando el Morosini se alejaba de Nápoles, las siluetas de mis padres se perdieron en la lejanía, me di cuenta que iniciaba mi propia existencia y emprendía un camino solo, lleno de incertidumbre, como a todos nos sucede, tarde o temprano.
Continúa…
RETRATO DE FAMILIA
19. Nacimiento de Dauno (1963)
Cabe mencionar que Tanaka también se había casado con su compatriota Sushui y después se casaron Gonzalo Martínez y Maribel Tarragó. El disponer de un cuarto para María Inés y yo, chico, donde apenas cabía la cama y un pequeño escritorio, en una de las alas del cuarto piso, no nos deba una posición especial entre los estudiantes de la Universidad, nos sentíamos como entrometidos, fuera de lugar, ocupando un espacio de solteros, donde los pasillos eran centros de pláticas, de gritos y risas, de carreras,mientras que para nosotros era como si la vida nos hubiera cambiado de un día para otro. Necesitábamos privacidad interna y tranquilidad externa.
Los últimos meses de 1962 transcurrieron entre una fuerte presión de los estudios, la expectativa de ser padres en un ambiente estudiantil bullicioso y el temor de un inminente conflicto nuclear, de una tercera guerra mundial debido a la famosa crisis de los cohetes soviéticos instalados en Cuba.
Durante esas noche invernales nos reuníamos con los amigos con quienes más nos identificábamos, con quienes más confianza teníamos, y comenzaron a producirse entre nosotros severas críticas y discusiones sobre la URSS. Veíamos que a pesar de las resoluciones adoptadas en el XX Congreso del Partido Comunista en 1956, cuando comenzó el proceso de “desestalinización”, el sistema era incapaz de reformarse por dentro, al fin de cuentas continuaba un régimen dictatorial y de dominación, eso lo demostraba tanto la invasión a Hungría, acaecida precisamente en ese año de 1956, como la ausencia de mecanismos participativos de organizaciones sociales y la prohibición a disentir. Y, en 1962, cuando discutíamos esos asuntos, el mismo Jrushov estaba debilitándose en el poder y venía tomando fuerza Brezhniev, de la vieja guardia, quien luego, a partir de 1964, congeló cualquier intento de reforma orientada hacia una democratización de la URSS.
María Inés tuvo, en general, un embarazo normal. El 1 de abril de 1963 nació Dauno. Yo esperé toda la noche en la recepción del hospital, no estaba permitido subir a los pisos donde estaban los pacientes. Una enfermera me dijo todo salió bien, tiene un hijo varón, venga pasado mañana por su esposa y su hijo. Camino de la Universidad compré una botella de vodka y festejé el gran acontecimiento con mis amigos más cercanos en mi pequeño cuarto. Dos días después estaba en la recepción cuando apareció María Inés y detrás de ella una enfermera que llevaba en brazos a Dauno. La enfermera se me acercó y me dijo: “Aquí tiene a su hijo, tómelo… y muchas felicidades”, Y fue entonces, con Dauno en mis brazos, cuando comprendí el prodigio de la vida, sentí que mi existencia sufría un cambio, esa frágil criatura sería la razón, de ahí en adelante, de mi peregrinar, de mis preocupaciones, de mis alegrías, de mis ser. Bajé con mucho cuidado los escalones del hospital, aún con hielo, y llegamos a la Universidad en taxi.
A los pocos minutos comenzó el desfile de los amigos, quienes querían conocer al recién nacido, le hacían gestos, lo acariciaban, hasta que corrí a todos con el pretexto de evitar contagios. Enseguida llegó la enfermera de turno pretendiendo orientar a María Inés y envolvió a Dauno en una frazada como si fuera un puro. Y en cuanto se fue, lo desenvolví porque lo quería ver libre de ataduras. Cerca del cine Fakel compré una cochecito checo, muy elegante, con muelles, así que al día siguiente sacamos a Dauno a dar un paseo, haciendo yo un buen ejercicio para bajar y subir el cochecito los cuatro pisos, cada vez que salíamos a pasear.
Cuando llegó el momento del primer baño, llamé a Tanaka que con Sushui había tenido un japonesito, para que nos asesorara. Llegó con un delantal y un termómetro. Yo subí desde el comedor dos grandes jarras con agua caliente y luego traje del baño del extremo del pasillo jarras con agua fría. Tanaka comprobaba la temperatura y seguido decía, Dauno trae más agua caliente, el agua está cuatro grados por abajo, y de vuelta los viajes con las jarras. Durante las clases, cuando de repente se escuchaba un llanto, una vez acudía María Inés y otra yo, y nos cruzábamos por las escaleras con Tanaka o Maribel, quien también tenía una hija con Gonzalo.
Al acercarse los exámenes de fin de año, en junio de 1963, María Inés y yo comenzamos a considerar seriamente la posibilidad de irnos a Italia, buscar un trabajo y dejar la Universidad. Después de meditarlo bien, decidimos partir. De pronto el edificio de Kabelnaya se había sobrepoblado, era imposible tener un momento de tranquilidad y las materias de economía, en particular, no llenaban mis expectativas y por otra parte María Inés podría continuar con su carrera en alguna otra universidad. Así es que a principios de junio, luego de un tira y afloja con la Rectoría y con algunos profesares con los que nos habíamos encariñado, conseguimos que la Universidad nos diera dos pasajes en tren a Roma, un pasaje para mi, en avión, con fecha abierta Roma-México, y otro para María Inés, Roma Santiago.Y así, a principios de julio dejamos la URSS a bordo de ese ya conocido vagón con la hoz y martillo en un costado y concluía esa etapa extraordinaria y trascendental de mi vida.
Pasamos el verano en Archi. Mi madre nos acondicionó como recámara lo que había sido el consultorio improvisado de mi padre y salón de clases donde me preparó para los exámenes de enseñanza media. Con un poco de dinero que nos dio mi madre, en septiembre nos trasladamos a Roma y con la ayuda de Pina, rentamos un pequeño departamento en vía Nomentana.
Preparé mi curriculum y lo envié a diversas empresas. Unos amigos de los primos, Pino Fasano, hijo del famoso director de orquestra, y su esposa, se interesaron por tomar clases de ruso y yo retomé mi papel improvisado de maestro de idioma. Cruzaba toda Roma a pie, de ida y vuelta, hasta la casa de los Fasano, que vivían en el otro extremo de la ciudad, para no gastar en locomoción y ese era nuestro exiguo ingreso. El futuro en verdad no se veía muy prometedor, peor siendo yo mexicano, sin embargo nunca pensamos que el haber dejado la Universidad hubiese sido un error.
En una de esas largas caminatas, el 23 de noviembre de 1963, me enteré, al ver un periódico en un quiosco, que el día anterior en Dallas había sido asesinado Kennedy. Esa noticia produjo un gran revuelo, todos tenían su propia opinión y nadie creía que Oswald hubiese actuado en solitario. Sin embargo, un semanario reveló, tiempo después, lo que me llamó mucho la atención, que el padre de Kennedy tenía relaciones con la mafia de Chicago, en particular con el famoso SamGiancana, dueño de hoteles y casinos en Cuba antes de la Revolución, a quien, por esa desmedida ambición que tenía el padre del asesinado, le pidió apoyo para la candidatura de su hijo a la presidencia. Luego Giancana quiso influir sobre Kennedy, una vez que éste había sido electo presidente, pero Kennedy no sólo se rehusó, sino que además lo persiguió judicialmente a través de su hermano Robert. Entonces Giancana, en colaboraciónconTomTrafficante, el principal mafioso de New Orleans, se deshizo de Kennedy y más tarde de Bob. Yo pensé sorprendido: “Caramba, ésta es la manera de hacer política; o cómo se la gastaban los mafiosos; o bien, es laforma de hacer periodismo amarillista de los periodistas italianos; de este lado de la así llamada Cortina de Hierro”.
A mediados de febrero de 1964 nos llamó a la casa un amigo de Inés Moreno, de nombre Santacruz, quien era un alto funcionario de la FAO en Chile y venía a Roma para participar en una conferencia en la sede de ese organismo de las Naciones Unidas. Nos quería ver porque traía algunas cosas que nos enviaba Inés, sobre todo ropa para el pequeño Dauno, y nos pidió que fuéramos a cenar con él.
Nos reunimos en un elegante restaurante y Santacruz habló de la situación política en Chile; comentó que el presidente Jorge Alessandri estaba a punto de romper relaciones diplomáticas con Cuba, acatando una resolución de la OEA, cosa que efectivamente se llevó a cabo el 11 de agosto de 1964; de la efervescencia electoral, de la campaña de Salvador Allende (tanto Santacruz como Inés Moreno y toda la familia de María Inés eran amigos de Allende y de las hijas de éste, de Carmen Paz, de Beatriz, de María Isabel). Allende en ese momento era candidato a la presidencia y su contrincante era Eduardo Frei, quien resultó electo en el mes de noviembre y gobernó hasta fines de 1970. Al final de la tertulia Santacruz me preguntó acerca de los estudios en la Universidad en Moscú y qué tenía en mente hacer.
Le hablé a grandes rasgos del programa de estudios que teníamos, de la visita al Gosplan, que estaba buscando trabajo en Italia, entonces me propuso que trabajara en la FAO, en la oficina regional en Santiago, en forma decidida me dijo que me esperaba en Santiago lo antes posible para que me incorporara a ese organismo. María Inés y yo nos pusimos eufóricos, después de esa cena fuimos directamente a vía Aterno 15, con los primos, a quienes sacamos de las camas para contarles la novedad que para nosotros era el fin de meses y meses de penurias y de indefinición para el futuro. Al día siguiente comenzamos a hacer los preparativos para el viaje y por teléfono le di la noticia a mi madre. Mi madre llegó a Roma dos días despuésy, evidentemente, no estaba contenta, nuestra partida representaba alejarme de ella y “caer en las redes de la nuera”. Hubo una fuerte fricción y enojo con ella, pero no había alternativa, la decisión estaba tomada.
Logramos cambiar el boleto de avión de María Inés, Roma-Santiago, pagando una diferencia por el pequeño Dauno, por uno en el barco Lauro, Nápoles-Valparaíso, con múltiples escalas, de esa manera María Inés podría llevar consigo algunas cosas de casa. Yo disponía de mi pasaje a México, donde tenía que ir necesariamente para refrendar mi cartilla del servicio militar, renovar el pasaporte, y con la idea de que luego de resolver esos trámites me reuniría con ellos en Santiago.
El 7 de febrero Pina y yo llevamos a María Inés y Dauno a Nápoles y nos despedimos entre abrazos y lágrimas de tristeza de Pina, que se había encariñado con Dauno, de apenas 10 meses. María Inés llevaba poco menos de un mes de embarazo de Flavia. Dos días después, mientras cenábamos en la casa de los primos viendo las noticias, apareció en la pantalla de la televisión la imagen de un barco con un enorme boquete en la proa, a la vez que el locutor informaba que el barco Lauro había tenido una colisión con un barco petrolero al cruzar el estrecho de Gibraltar y había sido remolcado al puerto de Cádiz. Nos miramos estupefactos y comenzamos de inmediato a llamar a la línea naviera, al consulado de Italia en Cádiz, a la Embajada de Italia en Madrid, y después de horas y horas al fin nos informaron que todos los pasajeros estaban ilesos y que la compañía naviera pagaría a cada uno un pasaje en avión a su lugar de destino, con el equipaje que llevaran.
Yo partí de Roma el 11 de febrero de 1964, reviviendo la sensación que sentí cuando dejé Italia once años antes, pero además me invadía una profunda tristeza, como sucede en cada despedida, pero en esta ocasión llevaba el corazón lleno de confianza en mí mismo. Me acordé de una frase que una vez había leído del Popol Vuh: “Estos Toltecas eran ciertamente sabios, solían dialogar con su propio corazón”, y yo quise ser un poco sabio y dialogué con él.
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20. Nace Flavia (1964)
Cuando llegué a México, prácticamente de sorpresa, fui a ver a la abuela Esther quien me acogió con mucho cariño y me alojó en la pieza de la azotea. Le expliqué que me quedaría en México sólo unos días, porque seguía viaje a Santiago de Chile, donde ya tenía un trabajo esperándome. Se alegró mucho. En esta ocasión no sentí esa sensación de desconsuelo, esa profunda nostalgia, como cuando llegué a México once años antes, la vida había cambiado para mí, tenía nuevas perspectivas y no un vacío. Fue una gran emoción volver a ver a Enzo, a quien fui a visitar de inmediato, a Meche, a Silvia, a Adriana y a Ricardo. Con ellos conversé mucho acerca de mis peripecias y aventuras, de mi matrimonio y le nacimiento de Dauno y la posibilidad de trabajar en Naciones Unidas. Ellos se mostraban incrédulos y sorprendidos, no concebían que en sólo cuatro años me hubiesen sucedido tantas cosas. Silvia tenía casi ocho años, era callada, de mirada melancólica y me impresionó el parecido que tenía con mi hermana Maddalena. Adriana iba a cumplir seis años, el 28 de ese mes de febrero, era rubia, muy alegre y vivaz. Ricardo me seguía por todas partes y escuchaba lo que yo contaba con mucho interés. Siempre fue un muchacho noble y muy afectuoso.
También fue emocionante el recuentro con algunos de mis amigos, sobre todo con Eduardo y Sergio Morales y con Manuel Aguilar Mora, quien quería hablar lo ante posible conmigo. Volví a ver a Leonardo Curzio y a algunos ex alumnos de la Dante Alighieri, que se habían portado muy bien conmigo antes de partir ara la URSS.
Al día siguiente Eduardo Morales me acompañó a realizar los trámites para el resello de la Cartilla en la Secretaría de la Defensa Nacional y después fuimos a su casa, pues la tía Lupe, a quien yo quería mucho, nos esperaba a comer. Por la tarde se presentó Sergio, brillante y exitoso ingeniero, quien se mostró muy interesado en mi experiencia en la URSS porque su jefe, uno de los accionistas de la firma donde trabajaba, era nada menos que Cruishank, Secretario General del Partido Popular Socialista, muy conocido en el medio político de México. En un momento dado, Sergio lo llamó por teléfono y le preguntó si deseaba conocerme, para conversar sobre la URSS, a lo que Cruishank le comentó que yo los acompañara el día siguiente, a él y a Sergio, a ver a David Ibarra, director de la oficina de la CEPAL en México, a quien debían mostrarle el proyecto de la casa que le estaban construyendo y quien seguramente estaría también interesado en saber algo acerca de ese país socialista.
Al día siguiente Sergio pasó por mí y nos reunimos con Cruishank en la CEPAL. David Ibarra nos recibió en su despacho y luego de ver algo relacionado con el proyecto de su casa, comenzamos a conversar sobre la URSS. En verdad me bombardeaban con mil preguntas a las que yo trataba de contestar lo mejor que podía, y en ese aspecto fui sincero el decirles que mis conocimientos sobre algunas particularidades de la URSS eran limitados. Poco después, Cruishank y Sergio se fueron y yo me quedé conversando con David Ibarra, y entonces le hablé de la visita al Gosplan, lo que había estudiado en la Universidad, mis impresiones sobre el koljoz y el sovjoz, David me hacía preguntas y yo trataba de contestarle lo mejor que podía sobre la animadversión de los países satélites, bajo el dominio de Rusia, como Polonia, Checoslovaquia, Hungría, la posibilidad de que cayera Jrushov, y así seguimos por un buen rato.
De pronto David Ibarra me preguntó que pensaba hacer y yo le comenté que había conocido a Santacruz en Roma y me había ofrecido un trabajo en la FAO, en Santiago. Se quedó penando unos segundos y me dijo: “Dauno, quédese aquí, en la CEPAL, aquí nos hace falta…”. Yo le dije que no quería quedar mal con Santacruz, había quedado formalmente de estar en Santiago lo antes posible. Entonces David tomó el teléfono y le pidió a la secretaria que lo comunicara con Santacruz. Cuando éste estuvo en la línea, David le dijo que yo estaba ahí, con él, y que quería contratarme. Bromearon un poco, se despidieron y me dijo: “Ya está, se queda aquí, no hay problema con Santacruz. El próximo lunes lo espero aquí para que comience a trabajar con nosotros”.
Yo salí a la calle casi sin creer lo que estaba pasando. Yo ya conocía la CEPAL de nombre y sabía que era un organismo de gran prestigio en América Latina. Me sentí feliz y me fui a casa de Eduardo Morales para comentarle lo sucedido y festejar ese evento y agradecerle a Sergio ese contacto que me abrió las puertas de esa institución. De ahí mismo hablé con María Inés, le comenté el asunto y le dije que la esperaba México lo antes posible.
Esa noche, Manuel Aguilar Mora, quien era ya un alto dirigente del partido mexicano trotskista, la Liga Obrara Marxista, fue a vernos a la casa de Eduardo y nos enfrascamos en una acalorada discusión, con ataque contra Stalin, la burocracia soviética, la hegemonía soviética, la ejecución de Trotsky y los colaboradores cercanos de Lenin en manos de Stalin, y así sucesivamente hasta que nos amaneció. Manuel era sumamente inteligente y bien preparado. Conocía a dedillo las obras de Isaac Deutscher, como La Revolución Traicionada, La Revolución Permanente, Historia de la Revolución Rusa y no digamos las obras del mismo Trotsky.
El 21 de febrero de 1964, poco antes de cumplir 27 años, me encontré instalado en una oficina, toda para mí, como funcionario de la CEPAL. Estaba adscrito a la División de Desarrollo Industrial, con un contrato a prueba por once meses, y mi jefe inmediato era Abel Jaime Navarro. Unos días después Abel me dijo que la CEPAL estaba reparando una evaluación del Mercado Común Centroamericano y yo participaría en ella. La evaluación consistía en un análisis previo en la misma CEPAL sobre el mecanismo de integración regional durante los últimos cinco años. Luego un trabajo de campo, visitando Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala durante 35 días, y finalmente la elaboración de un informe. El responsable de la evaluación era Álvaro de la Ossa.
Desde que me incorporé a la CEPAL sentí que era absolutamente necesario subsanar ciertas lagunas que tenía en mi preparación profesional y que me ponían en desventaja frente a mis colegas, quienes hablaban de aranceles, de ventajas comparativas, paridad cambiara, etc. Así es que desde un principio me puse a estudiar los documentes elaborados por las CEPAL y textos de Economía, con una estricta disciplina.
Cuando la tía Margot se enteró de que me quedaba en México y que estaba por llegar María Inés con Dauno, me ofreció por un mes un departamento amueblado que rentaba en Prado Norte y mi primo Mauricio, su hijo, me prestó su Peugeot 404 para que fuera a recogerlos al aeropuerto. Yo me sentía feliz, veía que mi nueva vida se había iniciado con un matrimonio, el nacimiento de un hijo y un excelente trabajo. No podía pedir más luego de años y años de penurias e incertidumbres.
En mayo viajé a Centroamérica como estaba previsto adquiriendo una experiencia extraordinaria. Además de los técnicos de la CEPAL, iba con nosotros un experto del gobierno mexicano, Marco Antonio Rodríguez Macedo, quien estaba sorprendido al verme por la noche leyendo los documentos de la CEPAL y sacando apuntes de ellos.
El 17 de octubre de 1964 nació Flavia en una clínica ubicada en la calle de Gelati 20. La tía Margot, Meche, Ricardo y yo estuvimos en la sala de espera y en cuando nos lo permitieron, entramos a ver a María Inés quien ya tenía a una preciosa recién nacida entre los brazos. Fue una emoción enorme para mí. Me pareció ver un aura dorada que la envolvía. Dauno tenía un año seis meses. Era una familia maravillosa la que estábamos formando.
En enero de 1965 me llamó Marco Antonio a la oficina para invitare a comer. Me propuso que me integrara a la recién creada Dirección de Planeación Regional y Sectorial de la Secretaría de la Presidencia. Me dijo que había hablado de mí con el Director y que tenía las puertas abiertas, un puesto, en esa Dirección. Me entreviste con el Director y en efecto me propuso que en cuando terminara el contrato con la CEPAL, en febrero, ingresara a esa Dirección. Y así sucedió. Esa fue una decisión arriesgada, porque David Ibarra, cuando le comuniqué la decisión tomada, me dijo que ya tenía listo el contrato permanente y que trabajar en el Gobierno era un riesgo muy grande. Pero estaba dispuesto a asumir las consecuencias. Esa era una decisión mía. Y desde el primero de marzo me incorporé a esa Secretaría ubicada en el Palacio Nacional.
Continúa…
RETRATO DE FAMILIA
21. Nace Romano (1967)
Los malos presagios no se cumplieron en el sentido de que estudias en Moscú y planificación económica me cerrarían las puertas para cualquier trabajo al regresar a México. Al contrario, para obtener financiamiento externo, México como los países de América Latina, debían tener un programa de desarrollo económico bien definido, con objetivos y evaluaciones periódicas. Por eso fue que me llamaron de la Secretaria de la Presidencia.
A principios de 1967 conocí a Salvador Allende. Vino a México cuando era senador, tenía 58 años. Una persona de gran personalidad, afable, muy culta, sencilla y desde luego un gran político. Tenía una enorme simpatía por México. Fuimos a Taxco y pasamos unos días inolvidables.
María Inés estaba embarazada. En abril decidimos que nuestro tercer hijo naciera en Chile y María Inés, Dauno y Flavia partieron rumbo al sur. El 17 de julio recibí la noticia del nacimiento de Romano que me llenó de júbilo, pero a su vez de cierta tristeza por no presenciar su nacimiento. La familia regresó un mes después.
A principios de 1968 se me presentó la oportunidad de tomar un curso de postgrado en el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES), organismo adjunto a la CEPAL, en Santiago de Chile. Esa fue una experiencia extraordinaria y al fin tuve la posibilidad de conocer a la familia de María Inés y a ese hermoso país. En diciembre regresamos a México y continué con mis actividades en la Secretaría. El país sufría, estaba abierta la llaga dejada por la masacre del 2 de octubre.
Cuando en 1970 concluyó el gobierno de Díaz Ordaz, solicité trabajo en la CEPAL, en Santiago de Chile, y me ofrecieron un contrato gracias a los buenos resultados obtenidos en el curso del ILPES. Así que en diciembre nos trasladamos de nuevo a ese país. Mi madre había llegado a México en 1968, así es que ahora sufría de nuevo por el hecho de que su hijo se alejara de ella una vez más.
Allende había sido electo Presidente con un estrecho margen sobre Alessandri y Tomic, por lo tanto llegamos a Chile cuando se iniciaba el gobierno de la Unidad Popular. Los años siguientes fueron marcados por los profundos conflictos políticos que luego desembocaron en el cruento golpe de Estado en 1973, con la muerte de Allende y el asesinato de miles y miles de personas y otras tantas desaparecidas. Vivimos cerca todo ese proceso y el periodo que siguió, bajo la dictadura de Pinochet.
El 23 de septiembre murió Pablo Neruda. Cuando me enteré de su muerte recordé aquel día en que estreché su mano y escuché su voz pausada, cálida, un tanto monótona, mientras recitaba sus poesías una vez que nos visitó en la Universidad en Moscú.
Poco después de llegar a Chile me enteré, con mucha tristeza, de la muerte del tío Rafael, en 1972, y poco después, en 1974, de la querida tía Lupe, muy joven, a los 64 años.
El 15 de mayo de 1976 tuvimos la ocurrencia de autoexiliarnos en Canadá, no era otra cosa que tratar de huir del régimen pinochetista. Vimos casi siete meses en Ottawa, en un pequeño pero hermoso departamento cerca de Beechwood Park, un maravilloso parque que albergaba una antigua y misteriosa tumba entre árboles y enredaderas. Poco después de instalarnos en ese departamento, me llamó Meche pidiéndome que recibiera por algún tiempo a Adriana y fue una gran alegría tener a Adriana en casa, quien seguía risueña, siempre de buen humor, como siempre a sus 18 años. Y el 3 de diciembre de ese año regresé con los hijos a Santiago, incorporándome de nuevo a la CEPAL. María Inés regresó unos dos meses después, tenía que concluir un curso en una Universidad.
En 1980 fui trasladado a Trinidad y Tobago, en la oficina regional de la CEPAL, donde se estaba abriendo una sección de desarrollo industrial. No duré mucho ahí, pues en 1981 decidí regresar definitivamente a México y gracias a ciertos contactos logré ser contratado por Nacional Financiera.
Un año después, debido a ciertos conflictos y divergencias que venían dándose desde tiempo atrás, María Inés y yo nos divorciamos, luego de 21 años de matrimonio, y el 29 de noviembre de 1983 ella se trasladó a Chile con los hijos.
Yo tenía 46 años, me encontré solo, pensando en cómo rehacer una vida, y triste, afligido, por la lejanía de los hijos.
Así terminaba un periodo importante de mi vida.
Continúa…
RETRATO DE FAMILIA
22. En busca de estabilidad
A principios de 1984, a la tía Margot le diagnosticaron cáncer. Como todas las hermanas Nieto, Margot tenía un carácter fuerte, una gran fortaleza espiritual, y al enterarse del mal que la aquejaba, mostró una entereza envidiable, si bien en su mirada comenzó a percibirse una cierta tristeza, un principio de nostalgia por la vida creativa y apasionada que se le iba de las manos. A mediados de mayo, ella viajó a San Luis Potosí para que la viera un homeópata que le recomendó su hermana, la tía Celia. Pero todo fue inútil.
Un par de semanas después de su regreso de San Luis Potosí, Margot me llamó por teléfono para invitarme el domingo siguiente a sus habituales tertulias que no dejaba de tener, manteniéndose activa y queriendo convivir con familiares y amigos, sabiendo que no le quedaba mucho tiempo.
Y el domingo 4 de junio de 1984 fui a su casa. Mientras estábamos reunidos Eduardo Martínez, Pablo, Marcela, Enrique, Claudia, mi madre en la gran sala, tocaron a la puerta y yo fui a abrir. Me encontré frente a frente con una mujer más o menos de mi edad, robusta, bien formada, de cabello rojizo y abundante que caía esponjado sobre sus hombros. Era Elena Jiménez Infante. En casa de Margot, Elena se desenvolvía con mucha familiaridad, muy amigable, conversaba con todos como si hubiese conocido a la familia desde tiempo atrás. Llevaba un par de botines rojos un poco más arriba de los tobillos, un traje completo color bordeux, formado por blusa y pantalones abombados que terminaban recogidos en los botines, y un cinturón ancho que hacía juego con el traje. Se me figuró un personaje de “Las Mil y una Noches” o de “Aladino y la Lámpara maravillosa”.
Luego supe por Margot que de regreso de San Luis Potosí, Elena había sido su compañera de asiento y, siendo una enfermera especializada, fue muy comprensiva con Margot al saber el mal que le afectaba y le dio muchos consejos que la reconfortaron. De allí nació una gran amistad entre ellas que duró hasta el día en que Margot murió, el 28 de septiembre de 1985.
En el trascurso de las siguientes semanas, después de ese domingo 4 de junio, yo llamé por teléfono a Elena con quien simpaticé desde que nos conocimos, y la invité a salir. Fuimos al cine, a escuchar a Alfredo Zitarrosa en un café-concierto y me agradó ver que Elena se emocionaba como yo con esas canciones que a mí me fascinaban, como Doña Soledad, Stefanie y Adagio para mi País. Elena también tenía una buena relación con mi madre, quien me decía que era una mujer muy agradable, madura y muy simpática.
Elena era viuda. Pasamos juntos la noche del 15 de Septiembre de ese año, entre gritos, empujones, fuegos artificiales, confeti, lluvia de huevos rellenos de harina, bigotes postizos tipo Emiliano Zapata, en la plaza de Coyoacán. Y así nos veíamos cada fin de semana, comenzando a entretejer nuestra relación y poco después inventando, creando y disfrutando ese maravilloso preámbulo que es el enamoramiento. El Año Nuevo lo recibimos en casa de Enzo y Meche, con Silvia, Adriana y Benito. Fue una reunión en un ambiente acogedor, familiar.
Enzo me preocupaba mucho, fumaba un cigarrillo tras otro, en forma compulsiva. Durante los últimos años había cometido muchos abusos con medicinas, alcohol, somníferos, excesos que habían deteriorado su salud. A sus 53 años daba la impresión de tener diez más. En el fondo tenía una actitud crítica y de rechazo con toda su vida, a veces perdía los estribos, se volvía iracundo y lastimaba a Meche, a Ricardo y a las hijas. Se torturaba y mostraba un resentimiento hacia mi madre y en contra mía también A ella le reprochaba el haber impuesto a mi padre su voluntad y sus “caprichos”, y a mí por ser el consentido de mi madre.
En esa fiesta de fin de año y Año Nuevo yo propuse a Elena que se mudara a mi departamento, que intentáramos rehacer nuestras vidas. Ella lo pensó ese mes que comenzaba y el 30 de enero de 1985 dejó su departamento en Vicente Guía y se mudó al mío, en Actipan, e iniciamos nuestra vida en común. Formalizamos nuestra relación casándonos cuatro años después, el 27 de enero de 1989, casualmente dos días después del matrimonio de Dauno hijo con Angélica, que se realizó en Santiago.
Ya viviendo juntos, cada vez que nos era posible comenzamos a recorrer los más recónditos y hermoso lugares de México: en Oaxaca, permanecimos varios días en la capital del Estado y luego recorrimos Puerto Escondido, antes de que toda esa zona se convirtiera en lo que es hoy. Pasamos una noche en la solitaria bahía de Santa Cruz, bañándonos en un mar tranquilo, a la luz de la luna. Otra vez fuimos a Zihuatanejo; luego a Valle de Bravo; recorrimos Veracruz, subimos las pirámides de Papantla, visitamos El Tajín; fuimos a Guanajuato; a Santa Clara del Cobre; a Paracho; recorrimos la lava petrificada del volcán Paricutín; nos bañamos en las aguas termales de Agua Blanca, en Michoacán; cruzamos el Golfo de Cortés en ferry, desde Mazatlán y recorrimos La Paz, Los Cabos y otros lugares de Baja California; por invitación de Emilio Ocampo, fuimos en avión particular a Cananea y nos alojamos durante una semana en la lujosa casa de huéspedes de esa empresa. Después fuimos a New Orleans, a Miami. En fin, lo que nunca había hecho, lo hacía ahora con Elena, y no sólo conocía México, sino que apreciaba cada uno de estos lugares, sus costumbres, su comida, y me sentía feliz de que sintiera dentro de mí esa sensación de pertenencia al echar raíces en un país tan maravilloso.
Con Elena nos acercamos más a la familia, que antes yo poco trataba. Además de mi madre y la tía Margot, antes de que muriera, visitamos con frecuencia la tía Victoria y la tía Alicia y después la tía Esperanza. Es decir, había una buena disposición como pareja de convivir con la familia y las tías nos recibían con los brazos abiertos. Y así como disfrutamos esas cosas hermosas de la vida, Elena ha estado conmigo en los momentos tristes, cuando los seres queridos se van. Me acompañó, compartió mis sentimientos, cuando murió la tía Margot, cuando murió mi madre, Enzo, Meche, la tía Alicia, el querido primo Tonchi, la tía Victoria, Esperanza. Mi madre vivió 32 años de viudez, una vida solitaria, y murió el 22 de mayo de 1988, a los 82 años. Enzo falleció el 23 de enero de 1996, poco antes de cumplir 63 años. Con su muerte me sentí profundamente adolorido, pensé en tantas cosas que podríamos haber hecho juntos y no hicimos, podríamos habernos dicho y no nos dijimos. La madrugada del día en que se cremó su cuerpo, en la capilla ardiente, estuve a solas con él, contemplando su pálido rostro, en su féretro, y conversando en silencio con mi hermano, reclamándole por qué nos había abandonado, a su familia y a mí mucho antes de morir.
También cuando nos fue posible, años después, con Elena hicimos un viaje inolvidable a París, Venecia, Florencia, Roma y no podía faltar Archi. Conoció y convivió con los primos Tótoro en Roma, Pina, Menina, Gabriella y Franco, y en Archi conoció ese lugar de mis orígenes y los amigos de la infancia y adolescencia. Es necesario mencionar que durante los años de nuestra relación (en el momento de escribir estas notas han sido nada menos que 27), se han presentado discrepancias, fuertes discusiones, entre nosotros dos, sin embargo lo que es necesario resaltar es que con tolerancia y buena disposición, hemos logrado superar los problemas, las desavenencias que se nos han presentado, como para ponernos a prueba como pareja.
Fue maravilloso el viaje que hicimos a Chile, en diciembre de 1992, por motivos muy particulares e importantes en mi vida. Pasamos un mes recorriendo Santiago, Viña del Mar, Valparaíso, fuimos a Puerto Montt, Chiloé, subimos a la Cordillera de los Andes, para visitar el refugio Antillanca, y nos hospedamos en las espectaculares termas de Puyehue.
Pero la importancia de ese viaje es que estuve cerca en el momento del nacimiento de Dauno III, el 24 de diciembre de ese año de 1992. Hace 19 años, en el momento de escribir estas líneas para Retrato de Familia. Y falta aún mucho que narrar.
Con Dauno, el nieto, comenzaba una nueva descendencia.
Continúa…

