LA MUERTE DE MALAQUÍAS

--Thriller—

 

   El inspector Carlos Sardo había adoptado, sin proponérselo, la costumbre de levantarse temprano, cuando apenas estaba amaneciendo. Quizá él mismo no podía afirmar si lo hacía con agrado o no, era como si al hacerse cargo de su hijo Carlos, tras la muerte de su esposa, algo en su fuero interno lo impulsaba a despertarse al despuntar el día.

    De la cama se dirigía a la ventana, corría las cortinas y con las primeras luces del día, escudriñando el cielo, trataba de predecir el tiempo. Pero bastaba que se detuviera unos segundos, con la mirada perdida en el infinito, para recordar a su padre Emiliano. Era su padre quien cumplía ese ritual matutino de escuela de cadetes, cuando entraba en el dormitorio, abría las cortinas, con la mirada paneaba el cielo y luego, a la voz de “arriba muchachos”, que quería sonar festiva, como si cada día fuera el inicio de una nueva vida, lo despertaba a él y a su hermano Nicolás.

    Mientras vivió con sus padres, ese y muchos otros detalles le pasaban inadvertidos, aunque a veces, en la adolescencia, protestaba por cualquier intento de disciplina que se le imponía pues por instinto lo consideraba que era contra natura. Pero ahora, que vivía lejos de la familia, en la capital, con su hijo Carlos de ocho años, cuando se detenía frente a la ventana con la mirada perdida en el cielo infinito, una leve sonrisa se perfilaba en sus labios y el recuerdo de su padre la venía a la mente. Así, sonriendo, se dirigía hacia la cama donde dormía plácidamente Carlos y con voz festiva de “arriba mi campeón”, repetía esa diana matutina y con ella sentía la presencia de su padre en su propia voz.

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    Una mañana, a mediados de diciembre, luego del ritual matutino, durante el desayuno comunicó a su hijo y a doña Carmen que tenía una gran noticia que darles:

    --¡El domingo a primera hora nos vamos a Veracruz! —exclamó, mientras sostenía el tenedor en alto, con un pedazo de huevo revuelto, como bastón de mando.

    Carlos hijo levantó los brazos y sonrió con los ojos, pues tenía la boca llena, con un bocado de huevo. Doña Carmen se santiguó, levantó la mirada al cielo y murmuró: “Ay señor, que Dios lo bendiga, ya quiero ver a mi hija y a mis nietos”.

    Desde que Carlos y Carola habían regresado de París, doña Carmen, una veracruzana de gran corazón, rechoncha, de edad indefinida, con algunas canas que lucía entre el pelo negro restirado, que terminaba en un chongo en la nuca, había sido una imagen viva y presente de esa tierra que tanto añoraban.

    Ahora, en diciembre de 2021, Carlos, que recién había resuelto el homicidio de Roberto Moro, tomaba sus primeras vacaciones tras cinco años de intenso trabajo.

    En el 2016, cuando contaba con treinta años, su tío Francisco, magistrado, un día lo citó en su despacho en Xalapa, y le dijo: “Sobrino, tú tienes una vocación innata para ser investigador. Me dice el fiscal Remigio Aguirre que nadie te gana en encontrar los malditos alacranes delincuentes hasta debajo de las piedras. Es cierto que la experiencia es la madre de la ciencia, y con la pura experiencia llegarás lejos. Pero creo que es conveniente ayudarla con un poco de aprendizaje. A tu vocación hay que darle un empujoncito con un curso. Mira, me llegó este folleto, es un curso de criminología que dicta nada menos que el conocido general Philippe Rondot, en París. Te quiero proponer para que lo tomes. ¿Te parece? Pasar unos tres meses en París les haría bien a ti y a Carola”. Y así el tío despertó en Carlos la comezón de salir, de conocer mundo, de enriquecer su capacidad de investigar delitos que hasta ese momento era producto de una predisposición que ni siquiera él sabía de donde le venía.

    El jefe de la Delegación de la Fiscalía Estatal en Veracruz, Remigio Aguirre, con quien Carlos trabajaba como inspector asistente desde poco antes de haber obtenido el título de abogado en derecho penal y haber tomado un curso en la Academia de Investigaciones de la mismo Fiscalía, accedió de muy buena gana en que éste tomara ese curso, en que enriqueciera su capacidad de investigador, con la esperanza de que, a su regreso, la Fiscalía a su cargo contaría con un elemento valioso en su equipo y personalmente lo haría lucirse y lo impulsaría hacia cargos gubernamentales con mayor manejo de recursos financieros, fuente de la riqueza personal de todos los políticos. Así que cuando Carlos le comentó la propuesta de su tío, de la cual,  después de todo, el fiscal ya estaba enterado por el mismo magistrado, le dijo: “Claro, adelante, no faltaba más. Pero ya sabes, Carlos, me debes una, no lo olvides”.

    Carlos había contraído matrimonio a los veintisiete años con Carola Velarde, a quien conoció en los pasillos de la Universidad Veracruzana. Carola, al recibirse de médico, comenzó a trabajar como investigadora en el Instituto de Enfermedades Tropicales. Cuando el tío de Carlos propuso tomar ese curso en París, él y Carola sopesaron los pros y los contras de dejar sus trabajos actuales y, sobre todo, cómo afectaría a su hijo Carlos si lo dejarían con sus familiares por tres meses, puesto que no consideraban oportuno llevarlo con ellos, siendo un crío de apenas de cuatro años. Dejarlo representaba para ambos más que un problema, un dilema afectivo. Como problema estaba resuelto, porque cuando se comentó en las familias la posibilidad de tomar el curso, comenzaron los jaloneos entre los Sardo y los Velarde para hacerse cargo del consentido crío; tías y primas se disputaban el tenerlo con ellas. Las perspectivas de salir al extranjero, conocer mundo, cursar una especialización, en el caso de Carlos, y probablemente asistir como oyente en la Sorbona, en alguna materia de medicina, en el caso de Carola, les atraía sobre manera.

    Pero antes de tomar una decisión definitiva, Carlos quiso consultar a su abuelo Giácomo, a quien consideraba un hombre sabio por su ecuanimidad y ponderación. Un día, por la tarde, lo fue a visitar al restaurante Da Giácomo, en la calle Playa las Gaviotas, sabiendo que allí lo encontraría, luego de la comida, disfrutando de algún bajativo junto con la abuela Rebeca. En efecto, en una mesa, siempre reservada para la familia, se  encontraba Giácomo, Rebeca y Fernando Navarra, un amigo íntimo de la familia, de origen español, quien había llegado a Veracruz un año después que Giácomo, a los veinte años. Éste no perdía ocasión, para referirse a su amigo, que era un honor para él gozar de su amistad; admiraba su cultura, su facilidad de palabra, su amor por la lectura, que para Giácomo, a sus noventa y un años, era sólo un pasatiempo y, en ocasiones, un buen remedio para los insomnios. También Carlos lo admiraba. Había sido una valiosa guía cuando estudiaba en la universidad y se enfrentaba a decisiones difíciles de tomar, sus consejos siempre habían sido acertados, así como sucedía con muchos jóvenes universitarios, y en el medio cultural se estimaba que había dado un verdadero impulso a la cultura en Veracruz, con sus charlas, conferencias y por haber traído al Estado una sucursal del Instituto de Cultura Hispánica, cuya sede se encontraba en Madrid. Además, era el abuelo de su mejor amigo, Andrés, de su misma edad.   

    Cuando Carlos se acomodó en un asiento en la mesa familiar, en el restaurante, con una copa de Strega en mano, expuso el caso del curso en París, del dilema que para él y su esposa significaba dejar al hijo por unos tres meses, y pidió, con reverencia, la opinión al abuelo, como si por ser italiano y por un ancestral legado en los genes debería  ser tratado como  el padrino de la familia. Giácomo, dirigiéndose a su amigo Fernando, le cedió el privilegio de orientar a su nieto: “Y tú, Fernando –preguntó--, ¿qué consejo le darías a mi nieto?”. Fernando dijo, dirigiéndose a Carlos: “No es ningún dilema lo que planteas, hijo. La vida está hecha como los eslabones de una gran cadena, de oportunidades. Si no las aprovechas, no sólo tendrás una vida monótona, sino que el arrepentimiento te lanzará por un tobogán y sufrirás las consecuencias de no haber vivido y aprovechado lo que el destino te puso frente a tus ojos. No eres ciego, ¿verdad? Pues adelante. Tu hijo, el día de mañana, estará orgulloso de las decisiones que tomas ahora, como tú lo estarás cuando él, a su debido tiempo, tomará las suyas, a pesar tuyo. Algunas oportunidades llegan por sí solas, o te las proporciona alguien, otras tienes que buscarlas tú. Eso sí, elige bien, porque hay coyunturas que se presentan como buenas oportunidades y son trampas, por eso tu criterio, la madurez que tengas para sopesar y juzgar lo que se te presenta, es fundamental”.

    Y así, con el apoyo de la familia y los buenos consejos de don Fernando, Carlos y Carola partieron de Veracruz rumbo a París, sin sospechar que, como sucedía con los jóvenes de provincia que se abrían camino en otras latitudes más prometedoras, en busca de oportunidades, no volverían a vivir nunca más en el terruño que los vio nacer.

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    Al regresar de París, a Carlos le sorprendió que la Fiscalía General de la República le ofreciera un cargo de inspector, en la capital, como si supieran de él y lo estuvieran esperando. Aceptó de inmediato lo que le ofrecían, pues en Veracruz, no le cabía la menor duda, tendría que pasar años subordinado al fiscal Remigio Aguirre, a su sombra, abriéndole camino hacia puestos políticos que ambicionaba. Por su parte, Carola se incorporó al equipo de médicos de uno de los hospitales más importantes del Seguro Social. El pequeño Carlos, que durante la estadía de sus padres en París estuvo al cuidado de sus tíos Nicolás y Valentina, se reunió con ellos y doña Carmen, se encargó de traerlo desde Veracruz.

    Comenzaba para la joven pareja una nueva vida en la Ciudad de México, con grandes ilusiones y no menores perspectivas. Todo marchaba a las mil maravillas hasta que al final del maldito año de 2020 la muerte de Carola, por contagio del Covid-19, dio un golpe brutal a su felicidad, poniendo a prueba la fortaleza anímica de Carlos. Carola casi todo ese año estuvo a cargo de la unidad de los pacientes contagiados, hasta que ella también fue víctima del virus. Carlos supo sortear con firmeza el inesperado percance, el que le dio una madurez anticipada, asumiendo un papel más protector hacia su hijo Carlos, que recién había cumplido ocho años, con el ejemplo y los recuerdos del padre Emiliano, los que en parte se manifestaban en los rituales matutinos.

    Y ahora, exactamente a un año del fallecimiento de Carola, viajaba al puerto de Veracruz, con su hijo y con doña Carmen, para disfrutar de unas merecidas vacaciones, y con la alegría de volver a ver al abuelo Giácomo, con sus noventa y un años de edad, a sus padres Emiliano y Lola, a su hermano Nicolás y su esposa Valentina, a su tío Francisco, el magistrado, y su esposa Rosa, a sus primas Josefa y Nadia, conocidas abogadas que manejaban un respetable buffet de abogados, esa gran familia de la cual el patriarca Giácomo estaba tan orgulloso de haber fundado allá por el año 1955, con su compañera de todo una vida, Rebeca, quien había muerto en 2017. Con todos ellos disfrutaría las fiestas navideña y de fin de año. Y también con sus amigos Andrés Navarra y con Eduardo Morales, quien había ocupado su puesto en la Fiscalía al partir él rumbo a Paris.

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    Rebeca era la hija del dueño de la fonda donde Giácomo comió, mientras el barco Américo Vespucio, del cual él era segundo timonel, estaba atracado en el puerto de Veracruz. Giácomo se había aventurado sin rumbo fijo por la ciudad para descubrir sus secretos e intimidades. Recorría esa ciudad fascinado por el aroma de café, las palmeras, la sonrisa de la gente morena que encontraba a su paso o que le indicaba el camino a seguir en ese puerto resplandeciente, bajo un sol abrazador. Más tarde, a la hora del almuerzo, Rebeca lo observó que sonreía complacido en un rincón de la fonda cuando Giácomo tomaba un agua de coco, y luego, al verlo padecer, soplándose la boca con las manos a modo de abanicos, roja la cara, por los efectos del chilpachole de jaiba con chile de chilpaya, con fuerte sabor a acuyo, que había ordenado señalando el platillo con el dedo en el menú, Rebeca acudió en su ayuda con un vaso de agua de tamarindo con hielo y un helado de vainilla. Se acercó a Giacomo con una mirada compasiva y una sonrisa pícara, y le dijo, con ternura porteña: “No pasa nada marinero, ya se acostumbrará poco a poco”, y en ese momento, al mirar a Rebeca a los ojos, Giácomo supo que sus sueños de timonel habían llegado a buen puerto.   

    Se conocieron, o más bien, como repetiría Rebeca toda la vida, se reconocieron porque ellos, no le cabía la menor duda, habían ya vivido una vida juntos, en una época remota, y el destino, con todo su misterio, irremediablemente certero, los reunía ese día en la fonda. Y desde entonces los unió una fuerza magnética que por sesenta años no disminuyó, hasta que Rebeca falleció a los ochenta y cinco años porque el corazón le pidió una tregua, hasta que el destino los volviera a reunir una vez más.

    Y fue Rebeca quien tuvo la brillante idea, cuando Giácomo decidió dejar el barco y echar raíces en Veracruz, junto a la mujer que le arrebató el corazón, de que en el local adyacente a la fonda se sembrara la semilla del futuro de la pareja al abrir Pizza Giácomo.

    No fue fácil al principio que la pizza fuera aceptada en una ciudad rebosante de aromas y platillos de variados sabores fuertes, con una tradición arraigada de su propia gastronomía. Los primeros años fueron de penurias, de apoyarse mutuamente,  para no cejar, de recurrir a cualquier estratagema posible, como contratar a un trio jarocho para que por una parte amenizara a los pocos clientes que acudían a probar la pizza, y por otra para mostrar que esa comida, inventada en otro puerto lejano, no estaba reñida con esta tierra y sus sabores. Y así poco a poco fue abriéndose paso en el paladar de los jovenzuelos del barrio y luego por lo que se atrevían a saborear esa gran tortilla de masa blanca con sabrosos aderezos locales que Rebeca añadía a los ingredientes napolitanos.

    Rebeca era una persona de sonrisa fácil y de sangre liviana, audaz, que solucionaba los problemas antes de que se presentaran, mientras que a otros les hacían perder las esperanzas. Por eso Giácomo estaba convencido, como timonel que intentó ser, que Rebeca era, además de una esposa diligente, la brújula que conduciría a la familia hacia la prosperidad.

    En efecto, cinco años después, Rebeca fue quien convenció a Giácomo que era tiempo de cambiar de giro y volar alto. En la calle Playa las Gaviotas compraron un viejo local, pero de estructura sólida, entre terrenos baldíos, pero que nadie habría dado un peso por él. Sólo Rebeca, con su certera capacidad y visión de ir construyendo el futuro de la familia, lo consideró el lugar predestinado, no por las paredes descascaradas o por las goteras, sino porque tenía una vista esplendida a la Laguna de Lagartos. Con sus propias manos, ella y Giácomo lo remodelaron, e inauguraron ahí el restaurante Da Giácomo, con mesas de manteles rojo oriente, luces tenues e indirectas, una gran cava a la vista de los comensales, música suave, sillas cómodas, una atención esmerada,  y unos platillos que combinaban sabores traídos del mar y del trigo dorado, que harían, desde entonces, las delicias de los paladares de los veracruzanos más exigentes. Así debía ser, porque cuando se inauguró, Rebeca se acercó a Giácomo y le dijo, despacito, al oído: “Giácomo, éste, más que un restaurante, debe ser un templo porque no queremos clientes sino feligreses. Si no lo logramos, que sea esa tumba en la que sacrificaron sus vidas Romeo y Julieta”. A Giácomo se le atragantó un camarón que estaba disfrutando, lanzó a Rebeca una mirada desconsolada y cruzó los dedos medio e índice  de las dos manos.

    Y no pasaría mucho tiempo para que adquirieran los terrenos baldíos aledaños, que servirían uno para construir la casa de la familia y otro sería un gran estacionamiento, para comodidad de quienes los visitaran. Esa era la casa en la cual ahora vivía el patriarca de la familia con su hijo Emiliano y Lola, el nieto Nicolás y Valentina, a cargo de los cuales estaba el restaurante, y era la casa en la que festejarían el reencuentro con Carlos padre e hijo. El otro hijo de Giácomo y Rebeca, Francisco, el magistrado, había emprendido otro camino, impartiendo justicia, aunque con su mujer Rosa y sus hijas, distinguidas abogadas, frecuentaba seguido el acogedor restaurante, refugio de la gran familia para las tertulias y las sobremesas.

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   Entre abrazos y risas, y uno que otro pellizco en las mejías de los recién llegados, para cerciorarse de que no era un sueño, fue el reencuentro de Carlos y su hijo con la familia. No podían dar crédito a sus ojos al ver el cambio que mostraba el pequeño Carlos. De un niño de cuatro años, cuando partió con doña Carmen a la capital en 2016, que no rehusaba caricias y apapachos de la abuela y tías, ahora, a los nueve años de edad, al umbral de la adolescencia, se sonrojaba y bajaba la vista cuando recibía caricias melosas o besos sonoros.

    Desde pequeño la familia Sardo, a instancias del patriarca Giácomo, había evitado que a ese vástago se le llamara Carlitos. Decía que ese diminutivo era ofensivo, empequeñecía su personalidad, lo humillaba, y más aún si así lo llegarían a llamar toda su vida. Habría sido un estigma difícil de desprenderse. No sólo era una medida sabia, opinaba el abuelo Emiliano, haciéndose eco de la voz de su padre Giácomo, sino que había que evitar que el pasatiempo del nieto fueran los videojuegos o el teléfono celular. En particular consideraba este aparato un gran invento, pues lograba acercar a los seres queridos,  cuando se encontraban lejos los unos de los otros, pero, a su vez, era un instrumento diabólico, porque había comprobado que lograba alejar a los seres cercanos cuando se reunían y cada uno se ensimismaba en la luminosidad de su pantalla, como si fuera un pozo en el que brillara engañosa riqueza.

    Emiliano no toleraba que en el restaurante Da Giácomo, que ahora manejaba junto con su hijo Nicolás, los comensales usaran el celular para pasar el tiempo, como instrumento de distracción en espera de los platillos elegidos. Eso era, argumentaba, la causa del distanciamiento de padres e hijos. Una vez que éstos eran atrapados por la magia de ese aparato, con el que se establecía una dependencia perniciosa, perdían el respeto hacia sus progenitores.

    Después de los efusivos abrazos de bienvenida, Lola, de hermosos ojos y cautivadora sonrisa, y dientes blancos como la nieve que resaltaban en el rostro de piel aceitunada, los exhortó a pasar al comedor: la comida estaba servida.

    Giácomo se sentó en la cabecera de la mesa. De frente amplia, con el pelo blanco que como corona de emperador romano le rodeaba la cabeza de una sien a otra, ojos negros, de mirada, un día severa, que el tiempo había vuelto apacible, aún mostraba cierta fortaleza física y lucidez mental que a sus noventa y un años de edad la naturaleza le concedía y él ayudaba con su ejercicios matutinos y buena pero sana alimentación.    

    Se pasaban de mano en mano los platillos de arroz a la tumbada, con camarón, jaibas y pulpo, las pellizcadas, el pescado a la veracruzana, y se alababa la buena mano de la cocinera, pero Carlos argumentaba: “A cada quien lo suyo, por sus méritos son alabados, porque  hay que reconocer que la sazón de doña Carmen no se queda atrás…”.

     Después de la comida, con una taza de café humeante en la mano, Giácomo, quien no había dejado de observar a su bisnieto, pidió a Carlos que, con el pequeño Carlos, lo acompañara a la sala, necesitaba un momento a solas, quería ver en los ojos de sus descendientes su propia existencia prolongada y renovada.

    --Carlos –dijo Giácomo, mirando a los ojos del bisnieto--, me habría sentido inmensamente feliz si hubiera conocido a mi padre, Giuseppe. Mi madre me contaba, cuando yo tuve uso de razón, que Giuseppe se unió a un grupo de partigiani en el norte de Italia, en el año de 1930, justo el año en que yo nací. En esos años aciagos para Italia, Mussolini, un dictador sin escrúpulos y desalmado, trataba de someter al país a sus absurdos sueños de grandeza, formar un imperio, y enviaba a jóvenes a África, para conquistar territorios…

    --Abuelo, ¿qué es partigiani? --lo interrumpió Carlos que seguía atentamente las palabras del bisabuelo.

    --Eran guerrilleros –explicó Giácomo--, personas con ideales de justicia, que no se sometían, como borregos enajenados, a la dictadura fascista, o en busca de un beneficio personal. Pero lo importante que quiero decirte es que tu tatarabuelo Giuseppe luchó y murió por sus ideales. Murió fusilado por los esbirros de Mussolini en 1933. Recuerda lo que te estoy diciendo porque forma parte de tu conciencia, forma parte de tu memoria y de tu futuro. Hijo, existir no es vivir, es vegetar. Por eso tu existencia no tiene sentido si no la entretejes con la existencia de tus semejantes, hasta formar una madeja. Esa es, después de todo, la vida. Recuerda, pavimenta el camino que vas a recorrer en tu vida con ideales de justicia para la sociedad, y siempre debes ser leal a esos ideales, como tu tatarabuelo Giuseppe, porque si los abandonas, los habrás traicionado, y significa que serás una persona sin honor; elige a tus amigos, no dejes que te elijan (…y las palabras del bisabuelo llegaban confusas al oído del pequeño Carlos, que no dejaba de ver sus manos enjutas, marcadas por los estragos de la vejez, que se movían de un lado a otro…); siempre trata al prójimo como quieres que te traten a ti (…y Carlos pasaba la vista en esos ojos cansados del bisabuelo rebosantes de cariño…); que nada de lo que acurra a tus semejantes te sea ajeno (…Carlos sentía, sin entender cabalmente esas palabras, que, de alguna manera, un día las recordaría, porque por esos extraños misterios de la memoria, a pesar de la edad y de la voluntad, algunas cosas las retiene mientras que otras las descarta en el cesto del olvido…). 

    --Mi papá me ha hablado mucho de ti –interrumpió Carlos al bisabuelo, quien se esforzaba por encontrar los mejores consejos, fruto de su experiencia, para su bisnieto--. Yo sé que llegaste a Veracruz cuando eras muy joven, eras timonel de un barco. Me ha contado que un día viste unos ángeles que bajaban volando de un mástil altísimo, que son los voladores de Papantla. Eso me hizo mucha gracia, abuelo-- dijo Carlos sonriendo--. Cuando sea grande yo también quiero ser un marinero…

    Y entre recuerdos, consejos, y proyectos que rondaban en la cabeza del pequeño Carlos, se iban entretejiendo las vidas de los Sardo, para que no se interrumpieran, para que como una estafeta pasaran de mano en mano, en una continuidad ininterrumpida.

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    Al día siguiente, por la mañana, Andrés, quien se había enterado de la llegada de Carlos, lo llamó para invitarlo a una charla del abuelo Fernando en el Instituto de Cultura Hispánica, con motivo de la clausura de las actividades del año en curso. Carlos le agradeció la invitación, y pidió a su entrañable amigo que antes lo acompañara a la Delegación de la Fiscalía del Estado, pues quería saludar a su antiguo jefe, el fiscal Remigio Aguirre, y a Eduardo Morales, quien ocupaba el cargo de asistente investigador que Carlos había dejado al viajar a París. Con Eduardo tanto Carlos como Andrés mantenían una buena relación de amistad desde hacía mucho tiempo.

    El fiscal recibió a Carlos, después de una larga espera, con cierta frialdad. No olvidaba que al pedir autorización para tomar el curso en París, la había concedido con la esperanza de que a su regreso se incorporara a su equipo para que, con  su vocación fortalecida con el aprendizaje recibido, le abriera camino en busca de un mejor cargo en el aparato gubernamental del Estado. En su fuero interno se había sentido traicionado. Pero cuando escuchó de boca de Carlos su buen desempeño en la Fiscalía General de la República, sus conexiones, sus buenas perspectivas, pensó que algún día podría aprovechar, en beneficio propio, a su antiguo subalterno y entonces, sin traspasar el umbral de la admiración, fue más accesible y condescendiente. El encuentro terminó con un fuerte abrazo y con el recordatorio del fiscal: “No olvide, Carlos, que usted me debe una”, sin atreverse a tutearlo.

    Después, los tres amigos  fueron a almorzar al Café La Parroquia. Disfrutando del típico café negro cargado, con las  enchiladas de nata, el pambazo xalapeño, el vuelve a la vida, comentaron el impresionante cambio urbanístico que se observaba en Veracruz. Una ciudad que se veía invadida por centros comerciales y por deslumbrantes construcciones en la Plaza Cristal, Costa de Oro, Jardines Mocambo, Playas las Américas, y negocios de franquicias con nombres extranjeros, todo eso con financiamiento de origen sospechoso o dudoso o, por lo menos, sin una clara  correlación entre las ingentes inversiones, que ese desarrollo urbano implicaba, y el incremento de la productividad de la economía o del ahorro. Eduardo comentaba que, en ese aspecto, las autoridades se hacía de la vista gorda porque el gobierno del Estado, con sede en Xalapa, y los Municipios de Veracruz y de Boca del Río, o recibía ciertas prebendas, para otorgar autorizaciones de construcción o se beneficiaban con mayores ingresos por concepto de impuestos.

    --Tu tío Guillermo –dijo Carlos, dirigiéndose a Andrés--, con su empresa constructora seguramente ha prosperado con todo esto.

    --Creo que no es fácil sobresalir en ese ambiente –comentó Andrés--. Si no cuentas con conexiones entre los inversionistas, que a veces no muestran la cara, son escurridizos, o con la capacidad para aceitar la maquinaria burocrática, para que te lleguen las obras públicas, por mejores presupuestos que uno presenta quedas marginado. Sé, por lo que he escuchado en casa, que a mi tío Guillermo no le va muy bien, tiene serios problemas financieros, su matrimonio está al borde del colapso, y mis primos, a pesar de que trabajan, para mantener su tren de vida lujosa recurren a su padre a quien tienen al borde de la desesperación.

    --¡Pues qué lástima! Y tú, Andrés, por lo que sé has viajado mucho últimamente. Te he llamado y me dicen que andas en Europa o en Estados Unidos –dijo Eduardo.

    --Por asuntos de mi abuelo Fernando –comentó Andrés--. Desde hace unos cuatro años, luego de que mi abuelo quedara viudo, mi padre y yo vivimos con él, en su casa, y mi abuelo se apoya mucho en mí. He viajado a Nueva Orleans, a Barcelona, a Nueva York, hago lo que tengo que hacer, de acuerdo a lo que me pide el abuelo, y no pierdo oportunidad para hacer turismo y conocer mundo.

    --¡Vaya! Espero que los asuntos de tu abuelo don Fernando sean lícitos, porque de otra manera estarás en la mira de nuestro buen amigo Eduardo --bromeó Carlos. 

    --Más que lícitos –dijo Andrés--, interesantes y sorprendentes. Hace algunos meses viajé a Nueva Orleans sólo para adquirir para mi abuelo un pequeño libro, se trata de la Canción de Hildebrando. Es una composición épica alemana, escrita en el monasterio de Fauda, una mezcla de bávaro y sajón. Un documento único, muy valioso. También le he traído, de Nueva York, otro libro, la Fábula de Orfeo, de Angiolo Poliziano y de Barcelona nada menos que una edición del 1820 de Don Juan, de Tirso de Molina, que era el pseudónimo del fraile Gabriel Téllez. Lo leí mientras venía de regreso, y es fascinante como Tirso de Molina personifica la inmoralidad y el libertinaje de la España de los Habsburgo. Como ven, no sólo son asuntos lícitos, sino muy instructivos para mí. Son obras de colección, la pasión de mi abuelo Fernando.      

    --¿Esos son libros que llaman incunables? –preguntó Eduardo.

    --Creo que hay varias definiciones de libro incunable, pero la más aceptada es que los incunables son los libros publicados en el siglo xv, es decir de 1450, más o menos, los primeros que salieron de la imprenta de Gutenberg, hasta final de ese siglo, y tienen varias características: el papel, letras, inicio, y no sé cuántas más. Pero mi abuelo elige las obras que quiere adquirir, con los datos que le envían ciertos vendedores de obras antiguas, desde panfletos, manuscritos, y sobre todo libros impresos en el siglo antepasado o antes, que son muy valiosos. Hace unos meses fui a Nueva York para recoger, en una pequeña librería del Bronx, oculta en el traspatio de otra, Los amores de Bastián y Bastiana, de Charles-Simon Favart, edición del 1753, que por instrucciones de mi abuelo yo adquirí por internet. Un libro maravilloso – explicó Andrés.

    --Pero si no son incunables, ¿esos libros se venden libremente o se venden de contrabando? —quiso saber Carlos.

    --Pero más que incunables o de traficantes contrabandistas, yo diría que esos libros son invaluables para quienes los colecciona con pasión desbordada –aclaró Andrés, y agregó --: Los vendedores se aprovechan de esto y envuelven cada obra antigua en un halo de misterio, como si fueran las joyas que María Antonieta hubiera podido vender antes de ser decapitada o las sandalias del judío errante. 

    Carlos y Eduardo se lanzaban miradas de asombro y observaban a Andrés con cierta  recóndita envidia por esa excepcional experiencia a la que su abuelo, don Fernando, lo hacía partícipe.

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    En la tarde, Andrés y Carlos fueron al Instituto de Cultura Hispánica. Se había congregado un buen número de personas en la sala de conferencias. Cuando llegó don Fernando, Carlos y Andrés se acercaron a saludarlo. Don Fernando dio un abrazo a Carlos y le agradeció haber ido a su charla, con esa sincera humildad de los que alcanzan un estado de espíritu que se eleva más allá de las cosas mundanas y frívolas de la vida, y le preguntó sobre el curso en París. Carlos brevemente le comentó que había sido de gran beneficio para su carrera y a propósito de su buen consejo, había aprovechado bien esa oportunidad que se le presentó. Don Fernando le dijo que estaba orgulloso de él, pues no dejaba de seguir su trayectoria en la Fiscalía General de la República cuando se reunía con don Giácomo.

   Don Fernando, delgado, alto, con pelo y barba abundante, color acero, perfectamente recortados por manos profesionales, de cara delgada, ojos azules, subió al estado y comenzó a hablar. Su charla era sobre don Quijote y sus antecedentes. Comenzó por decir que entre la publicación de la primera y  la segunda parte del Quijote, entre 1605 y 1615, respectivamente, apareció en España una falsa edición, como continuación de la primera. Dicha obra, comentaba don Fernando, nada vulgar y más bien rica en ingenio, tiene un tono completamente distinto al tono cervantino: es realista, picaresco y, sobre todo, racionalista. En la verdadera segunda parte, el mismo don Quijote lamenta que se haya publicado esa pretendida continuación, se rebela contra la interpretación que de él ofrece su ocasional y desconocido autor, y reafirma su propia naturaleza cervantina de absoluto y puro idealismo.

    Don Fernando luego continuó mencionando que una extensa producción literaria, anterior al año 1600, había ofrecido a Cervantes los estímulos necesarios para crear su inmortal obra, y habló de:

    Morgante, que apareció en 1483, poema de Luigi Pulci, en la que con espíritu renacentista se reviven los tiempos caballerescos. Esta obra, explicó don Fernando, narra las traiciones y engaños urdidos por el malvado Gano contra Rinaldo y Orlando. Morgante, a quien llaman Gano, es un buen gigante, no demasiado inteligente, pero entregado en cuerpo y alma a su dueño Orlando, a quien sigue en las aventuras contra los paganos sarracenos.

    Orlando enamorado, que apareció en 1506, poema de Matteo María Boiardo, de argumento caballeresco, que narra las aventuras y hazañas de los héroes cristianos que, bajo la guía de Carlo Magno, lucharon contra los paganos.  

    Orlando furioso, que apareció en 1516, poema de Ludovico Ariosto, que narra los amores de Orlando hacia la hermosa Angélica, los devaneos amorosos de ésta, las locuras del héroe al enterarse que la bella reina está enamorada de Modoro.

    Fernando Navarra  tenía una memoria formidable, un don de gente, una capacidad de transmitir al público, en forma sencilla, comprensible, temas literarios complicados. Quizá, pensaba Carlos que lo escuchaba cautivado por las palabras que en su mente se transformaban en imágenes caballerescas, esa capacidad, que la consideraba una virtud, se logra cuando se ha compenetrado en el mundo de la literatura hasta hacerlo parte de sí mismo. En ese momento Carlos veía a don Fernando como el don Quijote de quien hablaba, buscando aventuras entre vericuetos arcaicos, para descubrir el pensamiento y la creación literaria que el ser humano había dejado en sus escritos, ahí donde, para otros, no había más que el olvido sepultado por el tiempo.

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    Fernando Navarra llegó a Veracruz en 1956, a los veinte años, para reunirse con sus padres, dueños de la empresa importadora Navarra e Hijos, Ultramarinos y Licores, que luego heredó al regresar a España sus padres, en forma intempestiva, sin dar explicación alguna.

    Fernando emprendió el viaje de España a Veracruz de mala gana, y muchas veces había comentado a su amigo Giácomo, en sus largas sobremesas en las que los recuerdos fluían a caudales, que lo que mal comienza mal termina. “Amigo mío, le comentaba, cuando yo llegué a Veracruz, a este puerto, recorrí las  mismas calles que tú recorriste, me asomé  a una y otra fonda sin el ánimo de entrar, olí los mismos olores penetrantes que tú oliste, y que tú llamas aromas, y te confieso que me sentía tan desubicado que lo único que deseaba era subirme a un barco y regresar a mi tierra. Creo que la diferencia fue que tú encontraste una mujer que te cautivó, el amor lo puede todo, mientras yo a un padre que me sometió a su autoritarismo”.

     Su padre, Jacinto, un comerciante en la pequeña ciudad de Huáscar, en el sur de España, era un hombre cerril, de quijada cuadrada, mirada dura, espesas cejas que parecían viseras, patillas hasta los lóbulos de las orejas, labios delgados, muy ambicioso, que llevaba en la sangre el amor por el dinero. Un día recibió la oferta de un primo suyo, que había emigrado a Veracruz por los años treinta, de la venta de una próspera empresa de ultramarinos y licores, asegurándole que lograba obtener un rendimiento anual que en España ni en sueños obtendría.  Jacinto no lo pensó dos veces. Vendió su pequeño negocio, se comprometió en comprar lo que el primo le ofrecía, y emprendió el viaje rumbo a las tierras lejanas y prometedoras, como si fuera la rencarnación de sus antepasados, los feroces conquistadores que partieron en busca de riquezas fáciles. Pero era el año de 1950 y no había indígenas que someter a la voluntad y capricho del nuevo conquistador, salvo pagando un alto precio si esa fuera la intención.

    Con el mismo autoritarismo de esos desalmados antepasados, impartió órdenes: su hermana Severina, soltera vitalicia de propia voluntad, se haría cargo de Fernando, de quince años, hasta que allá, en ultramar, las cosas se dieran como se lo había prometido el primo; su sumisa esposa  estaría a cargo de las cosas del hogar y de la cocina, a quien le daba igual cocinar en Huáscar que en tierras extrañas, con tal de que se consiguiera lo que necesitaba para preparar la tortilla de papa, el gazpacho, el chicharro, las migas, el cocido, las hojuelas, y lograra aplacar el hambre feroz de su marido, quien, con una especie de mugido, sin pronunciar palabra, y con el ceño fruncido, desaprobaba algún platillo, o bien con la mirada fija en el plato, moviendo la cabeza de arriba abajo, lo aprobaba. 

    Cuando cinco años después Jacinto ordenó a su hermana Severina que le enviara a su hijo, Fernando no quería dejar su tierra natal, su querida Huáscar, ni los paseos con su tía por la Sierra de Segura, ni los viajecitos de fin de semana o de vacaciones a Murcia a Granada o a Córdoba, donde visitaban librerías, conventos, museos, vestigios esplendidos que los árabes había dejado para la posteridad y asistían a obras de teatro. Severina despertó en su sobrino el amor por la lectura, por los clásicos, y le enseñó que leer no era suficiente, era necesario compenetrarse en la literatura y penetrar en la mente de los autores.

    Fernando no quería seguir la tradición de comerciante de su padre, o quizá fuera también de su abuelo, que nunca conoció, porque lo habían fusilado los fascistas de Franco y él nunca se enteró, porque nadie le habló de su abuelo, sólo Severina, con cierta reserva, porque temía las amenazas de los franquistas que detentaban el poder con mano dura. No quería ser  comerciante por más que su padre, de niño, le repetía cada día, apuntándole la cara con el dedo índice, como pistola amenazadora: “Lo único que da prosperidad y seguridad, es el comercio, junto con el ahorro, siempre hay que ahorrar, tienes que ahorrar…”, aun cuando él no disponía de un duro en sus bolsillos y ni tenía idea del valor del dinero.

    Con ese carácter autoritario del padre y la sumisión de su madre, por una parte, y con el amor y las enseñanzas de la tía Severina y la distancia, por otra, durante los cinco años de separación se creó un abismo infranqueable entre Fernando y sus progenitores. Cuando se reunió con ellos, fue como reunirse con unos extraños.

    Le comentaba un día a su amigo Giácomo, con cierto dejo de amargura: “Y sólo fueron cinco años de separación, en verdad no tanto, pero para un adolescente, que pasa de los quince a los veinte años, es un cambio brutal. Pero más que eso, mi padre me consideró, cuando era un niño, una boca más que alimentar; una ayuda necesaria y gratuita cuando me mandó llamar para que me reuniera con él; y luego un heredero, para que manos ajenas no se apoderaran de sus bienes. Siempre fui un objeto útil, para cubrir sus necesidades, más que un hijo”.

    Y con el mismo autoritarismo con que impartió órdenes cuando dejó Huáscar, Jacinto comprometió en matrimonio a Fernando con Soledad, hija de un español emigrado, y poco después dispuso la celebración del matrimonio, con una ceremonia frugal. Fernando accedió pasivamente a ese enlace porque aún no superaba el estado de nostalgia y depresión que el alejamiento de su tierra le trastornaban su voluntad. Y cuando Jacinto, años después, sin dar explicación alguna, ordenó a su mujer hacer maletas y partieron de Veracruz, precipitadamente, Fernando se encontró al frente de la empresa. Como ya tenía dos hijos, Guillermo y José, de diez y ocho y diez y siete años, respectivamente, se propuso, por puro sentido de responsabilidad, llevar adelante el negocio.       

    A lo largo de cuarenta años, con el apoyo decidido de Soledad, al frente de esa empresa, logró acumular una considerable fortuna, observando estrictamente los mandamientos del comercio, que por inercia aprendió de su padre, y heredó junto con las llaves del negocio: no fiar; no amararse con un proveedor; no excederse en los precios, sino buscar mayores ganancias con mayores volúmenes de venta; y que el inventario semestral de productos en bodega no exceda el 20% de las ventas de los últimos seis meses. Si se excede, revisar la estrategia de venta.

    Pero Fernando siempre siguió cultivando un amor apasionado, sin fronteras, por los libros, el que lo llevó, con el tiempo, a ser un coleccionista empedernido de obras antiguas.

    Leía tanto los clásicos españoles como los rusos, franceses, alemanes, y lograba memorizar párrafos enteros de sus libros predilectos. Cuando los catálogos de las grandes librerías ya no tenían nada que ofrecerle, tuvo la idea de comprar obras que no se vendía a la luz del día, pero que se ofrecían en exclusividad por misteriosas librerías que se mantenían en el anonimato, para así dar un velo de misterio a las obras que ofrecían. Fue entonces cuando don Fernando abandonó el comercio y se dedicó de lleno a la colección de obras literarias antiguas.

    Cuando Soledad, por motivos de salud, comenzó a perder interés por el negocio, entonces su hijo José empezó a hacerse cargo de él, mientras su otro hijo, Guillermo, tomó el camino de los grandes riegos, la construcción inmobiliaria, para participar en la transformación de Veracruz, que se expandía a pasos agigantados, sin que se tuviera muy claro de cuales manantiales surgía tanto dinero que a ella se destinaban.

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    Al día siguiente de asistir a la charla de don Fernando, Carlos, con su hijo, fue a Xalapa a visitar a su tío Francisco y a sus primas, Josefa y Nadia. Xalapa era para Carlos la ciudad ideal para vivir. Llena de verdor, un centro histórico que invitaba a la meditación, callejones con rumores antiguos de amores y tragedias, el paseo de los lagos, ciudad rodeada de colinas con bosques y campos verdes, y mucho más. Con los tíos y primas, conversaron de París, más que el curso, se explayaron sobre los atractivos de esa ciudad. Luego, como tema obligado, comentaron los problemas que el desarrollo urbano llevaba oculto en el municipio de Veracruz y Boca del Río, pero que nadie se atrevía a meter mano en lo orígenes de las inversiones que se realizaban, porque sería remover un nido de alacranes, desatar una guerra fratricida que en otros Estados de la República era atroz, con innumerables muertos y desaparecidos.

    Durante los días siguientes, Carlos disfrutó de las reuniones familiares, de la cena de Navidad, de los paseos por el malecón y las calles bulliciosas de la ciudad, de convivir con sus amigos, y de los cafés.

    La noche del 31 de diciembre, la reunión para despedir al año que se iba y recibir al nuevo, fue en el restaurante de la familia Sardo, con asistencia de toda la familia, de don Fernando, su hijo José y Andrés, y se compartieron los buenos deseos. Don Fernando se veía alegre, efusivo con la familia de su amigo de toda una vida, feliz de compartir su casa con su hijo y Andrés, a quien estimaba mucho. No renunciaba, no digamos a los excelentes platillos en el restaurante de su amigo, sino sabía que una buena comida terminaba con unos bajativos durante la larga sobremesa y interminables pláticas.

    Y el domingo dos de enero, Carlos, con su hijo y doña Carmen emprendió el regreso a la capital.

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    El cuatro de enero Carlos se encontraba en su despacho revisando unos documentos relacionados con el presupuesto anual que le había sido asignado a su área. De pronto, desde la puerta de entrada, la voz de su amigo Ernesto Gálvez, del Servicio Médico Forense, lo sobresaltó:

    --Mi buen Charlie, ¿nos tomamos el primer café exprés del año de tu máquina milagrosa?

    Un gran abrazo renovó para ese año la amistad de los amigos. Cada uno, después, mientras saboreaban el café, comentaba los pormenores de las fiestas de fin de año. Charlie, emocionado, hablaba de las reuniones familiares, el rencuentro con sus amigos, la charla de don Fernando, la cena de fin de año cuando…

    De pronto interrumpió la plática la vibración del celular de Carlos: entraba una llamada. Tomó el móvil y al ver que era Andrés, lo saludó.

    --¡Carlos, ha sucedido una desgracia! –. Respondió al saludo Andrés--. Creo que debes enterarte. Ha muerto mi abuelo Fernando. ¡Fue  asesinado!—exclamó Andrés, con un nudo en la garganta.

    Carlos recibió un golpe emocional que lo dejó aturdido. Se demoró en reponerse, en tratar de racionalizar lo que acababa de escuchar y decirle a Andrés:

    --¡No puedo creer lo que me estás diciendo, Andrés! Pero vamos por partes, ¿cómo ha muerto don Fernando y por qué me dices que fue asesinado? –preguntó Carlos, al mismo tiempo que le hacía una seña a su amigo Ernesto para que escuchara, y puso el alta voz.

    --Anoche, cuando mi padre y yo regresamos a casa, un poco después de las nueve, es que estamos haciendo el inventario semestral del negocio, encontramos a mi abuelo reclinado en su escritorio. Nos acercamos a él y comprobamos que estaba muerto. Los dos nos quedamos mirándonos, el uno al otro, sin saber qué hacer, como si una avalancha se nos hubiera venido encima. Poco después llamamos a la policía. Mi padre explicó lo que ocurría, y llegaron unos agentes del ministerio público y de la Fiscalía. Entonces yo llamé a Eduardo, quien vino de inmediato y de nuevo le expliqué como encontramos a mi abuelo.   

    --¿Y qué dijo Eduardo? –preguntó Carlos.

    --Ante todo nos pidió que nos tranquilizáramos. Preguntó si habíamos movido el cuerpo del abuelo, le dijimos que no. En verdad estando Eduardo cerca nos serenamos, por lo menos yo. Poco después llegaron unas personas de la División de Inteligencia. Mientras los de Inteligencia revisaban a mi abuelo, a quien le tomaron unas fotografías, en la posición que te dije, y luego revisaban toda la casa, cuarto por cuarto, los baños, la sala, el comedor, en fin toda la casa, Eduardo nos tomó una declaración, quiso saber la hora en qué llegamos, si habíamos notado que se había forzado la cerradura de la puerta de entrada, y varias cosas más – explicó Andrés.

    --¿Y el fiscal Remigio Aguirre se presentó? –preguntó Carlos.

    --El fiscal Aguirre está de vacaciones, en Las Vegas. Eduardo se comunicó anoche con él, por teléfono, y regresa mañana.

    --¿Andrés, tú y tu padre dónde están en este momento? –preguntó Carlos, con el ceño fruncido, tratando de imaginar la escena que intentaba describirle su amigo.

    --¡Esa es otra desgracia, Carlos! –dijo Andrés, con la voz entrecortada--. Yo estoy en casa, pero a mi padre, cerca de las cinco de la mañana, se lo han llevado detenido. Es sospechoso de haber asesinado al abuelo.

    De nuevo Carlos enmudeció.

    --Pero, ¿Eduardo dio la orden de que se lo llevaran detenido?—volvió a preguntar Carlos.

    --Sí, así es. Luego Eduardo me explicó que mi abuelo había muerto a causa de un golpe que recibió en la nuca, con un objeto metálico. Me dijo que en el cuarto de mi padre encontraron un pequeño trofeo de bronce, es un trofeo que mi padre recibió cuando estudiaba en la universidad, era del equipo de basquetbol. Es un pequeño pedestal, de unos diez centímetros, de ese pedestal salen dos brazos que sostienen una pelota de basquetbol, del tamaño de un puño. Resulta que los de Inteligencia encontraron en ese trofeo residuos de sangre, a pesar de estar limpio. Se lo mostraron a mi padre; le preguntaron si le pertenecía; él dijo que sí. El trofeo estaba limpio, nosotros no notamos nada sospechoso en él, y, evidentemente, tiene huellas digitales de mi padre.

    --Pero antes me dijiste que tu padre y tú estaban en el negocio, haciendo el inventario, hasta las nueve, a esa hora regresaron a casa, ¿no es así? —preguntó Carlos.

    --Así es, le comentamos eso a Eduardo. Resulta que salimos a comer algo cerca de las siete de la tarde. Yo regresé al negocio y mi padre se quedó en la cafetería terminando su café, regresó al negocio cerca de las ocho, más o menos. Eduardo  me dijo que la evidencia con la que se cometió el homicidio apuntaba hacia mi padre, y por eso lo detenían en calidad de sospechoso. Que se iba a abrir una carpeta de averiguación previa y se recibirían los alegatos que quisiéramos, y que consiguiera un abogado, esas fueron sus palabras.

    --Mira, Andrés, tú mantén la calma. Voy a comunicarme con Eduardo y lo que vaya averiguando te lo estaré comunicando—dijo Carlos, y cortó la comunicación.

    Carlos y Ernesto se miraron en silencio, absortos. Ernesto, luego de un momento, dijo:

    --Don Fernando Navarra, justo ese personaje de quien me estabas hablando.

    Carlos tomó el celular y marcó un número, y de nuevo puso el alta voz:

    --Hola Carlos –se oyó la voz de Eduardo--, estaba a punto de llamarte, pero qué bueno que fuiste tú en llamarme, para evitar susceptibilidades por parte de mi jefe--. Y agregó, con voz neutra--: Ya estarás enterado de todo. ¡Una verdadera desgracia para la familia de Andrés el asunto de don Fernando!

     --Sí, en verdad –dijo Charlie, con el mismo tono --. Eduardo, quiero pedirte un gran favor, entre colegas. Mándame las fotos que tomó la División de Inteligencia. Mira, es un favor que queda entre tú y yo, nadie se va a enterar, y cualquier cosa que pueda yo opinar al respecto, ante todo te lo haré saber a ti.

    --Carlos, lo que me pides es muy delicado—dijo Eduardo. Se produjo un profundo silencio, que fue más elocuente que cien palabras. Eduardo agregó--: Mira, por la gran admiración y cariño que sentías por don Fernando te haré ese favor, pero lo hago también a sabiendas de que este homicidio está, en principio, resulto; hay evidencias determinantes. Pero sí te agradezco que este favor quede entre nosotros, como colegas, y cualquier duda que te surja, me la comentes a mí, y sólo a mí.

     Carlos cortó la comunicación, se dijo con voz apenas perceptible, “no puede ser, no puede ser José, no puede ser”, y quedó contemplando el teléfono. Con la mirada perdida en ese aparato, le vinieron a la mente los encuentros, como si fueran momentos fugaces, que tuvo con don Fernando mientras vivió en Veracruz y, sobre todo, los recientes, en el Instituto de Cultura Hispánica y en la cena de fin de año, y quiso retener esos recuerdos por temor de que se le confundieran en la memoria.

    Minutos después, Ernesto lo sacó de su estado hipnótico; le dijo:

    --Charlie, quizá estás pensando en llamar a tu padre Emiliano o a tu abuelo don Giácomo, quienes seguramente están muy afligidos.

     --No, más tarde o mañana. Sin duda estarán muy alterados, muy tristes. Sabes, Ernesto –continuó Charlie--, en mi oficio, si no nos cuidamos, llegamos a convertirnos en máquinas procesadoras de información para generar evidencias y culpables, en desmedro de nuestro espíritu humano. Esto que le ha sucedido a don Fernando me tiene anonadado. Quiero racionalizarlo pero hay algo dentro de mí que se opone a la razón fría, calculadora, me impone dar rienda suelta a un sentimiento de enojo, de rabia. En mi oficio no cabe que uno se desahogue, pero yo quiero rebelarme, quiero gritar: “Por qué a don Fernando, por qué a un hombre tan ilustre, tan valioso, tan amigable, por qué asesinar a un hombre de ochenta y seis años, cuando quizá ya le quedan pocos por disfrutar su locura de un don Quijote de nuestro tiempo, de escarbar en los recovecos antiguos de la literatura y presentarla a nosotros, ignorantes, para que podamos asomarnos a las maravillas de sus raíces, a lo asombroso de sus riquezas”.

    Ernesto miraba las alteraciones de los músculos de la cara de su amigo, su expresión de tristeza, y aumentaba su admiración hacia él al presenciar esa manifestación de sentimientos, que, en otras ocasiones, se había mantenido oculta como la cara de la luna que nunca se ve, pero está ahí. Pero a caballo entre la manifestación de esos sentimientos y la realidad que tarde o temprano su amigo, como investigador, debía enfrentar, si se lo proponía, Ernesto repitió en voz baja:

    --¿Por qué asesinar a un hombre de ochenta y seis años?, esa pregunta, Charlie, tan elemental en tu oficio, es la punta de la madeja. Sólo agrega: ¿a quién beneficia ese homicidio? y, a diferencia del buen fin, que tu amigo cree tener en la mano, te harán pensar en un buen inicio, respetando la amistad que se tienen tú y Eduardo. 

    El sonido agudo del celular de Charlie de pronto interrumpió estos razonamientos y emociones. Charlie lo  abrió y una serie de fotografías aparecieron en la pequeña pantalla. Inmediatamente conectó el celular a la computadora, Ernesto se colocó a sus espaldas, y los dos comenzaron a examinar la escena del crimen.

    Una fotografía mostraba a don Fernando con la mitad del cuerpo recostada en el escritorio; un acercamiento, mostraba la nuca de don Fernando, con el pelo plateado y apenas ensangrentado; otra, la cerradura de la puerta de entrada sin rupturas; otra, el trofeo de baloncesto; otra, un texto en el que se leía: “Este objeto, un trofeo de bronce, muestra, al haberle sido aplicado luminol, y por la reacción de quimioluminiscencia, residuos de sangre, que se presume son de la víctima. Se procede a su examen del ADN con el del señor José Navarra, dueño del trofeo, hijo del occiso, y de Andrés Navarra, nieto del mismo, quienes cohabitan la casa del hoy difunto. Muestra huellas dactilares, que se compararán con las del dueño del trofeo, el señor José Navarra, hijo del occiso, y con las del nieto del mismo, señor Andrés Navarra. Es el objeto que fue utilizado por el homicida, quien asestó un golpe fatal en la nuca del occiso. La muerte del señor Fernando Navarra, de ochenta y seis años, ocurrió el lunes 3 de enero del presente año, entre las 18:00 y las 20:30 horas. El señor Fernando Navarra se encontraba solo en su domicilio. Según señaló el señor José Navarra, el chofer de don Fernando, Rufino Godínez, su hermana, Josefina Godínez, y Cristina, hija de ésta, ambas empleadas domésticas, estaban ausentes, de vacaciones de fin de año, hasta el siete de enero. El mencionado señor José y su hijo, la tarde del lunes, se encontraban en el negocio familiar realizando un inventario. Sin embargo, el señor José y su hijo, salieron a merendar a una cafetería alrededor de la 19:00 horas. El hijo regresó al negocio a las 19:30 y el padre se demoró en la cafetería hasta las 20:00 horas. Declaración del señor José Navarra y confirmada por su hijo”.

    De pronto, Charlie y en Ernesto exclamaron, al unísono:

    --¡La primera fotografía, veámosla de nuevo!…

    La fotografía mostraba a don Fernando con la mitad del cuerpo reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada en el antebrazo, como si estuviera reposando o durmiendo, y debajo del antebrazo se observaba un libro, o un manuscrito. Charlie y Ernesto se miraron sorprendidos, como si los guiara un mismo pensamiento.

    --¡Esto es muy extraño!—exclamó Charlie--. Si a don Fernando lo golpearon sorpresivamente, en la nuca, con ese objeto, mientras leía algo, golpe que lo privó de la vida, no es lógico que terminara con la cabeza reposando en el antebrazo, sobre el escritorio, como descansando. Un fuerte golpe recibido de sorpresa en la nuca, debería arrojar a la mitad del cuerpo sobre el escritorio, con los brazos colgando al lado del mismo. ¿No crees, Ernesto?

    --O con los brazos extendidos sobre el escritorio –comentó el doctor Gálvez.

    --Ernesto –dijo Charlie--, creo que es mi deber ir a Veracruz y colaborar con la Fiscalía, si así lo permite el señor Aguirre. Me gustaría, si no tienes inconveniente, que me acompañaras.

    --Encantado, Charlie, estoy dispuesto a acompañarte y ayudarte en lo que sea—dijo Ernesto.

    Durante el resto del día ambos se ocuparon de dejar sus asuntos de oficina al cuidado de sus subalternos, y Carlos los asuntos de casa, con especial encarecimiento a doña Carmen, el cuidado de Carlos hijo.

    Al día siguiente, miércoles, a temprana hora, emprendieron el viaje rumbo al puerto. En el camino Carlos comentó a Ernesto que consideraba importante evitar que la prensa y los noticieros de la televisión, que sin duda seguían el curso de  la investigación, se enteraran de su presencia porque especularían que la Fiscalía General de la República estaría enviando a su personal para apoyar a la Fiscalía del Estado, y eso crearía un serio conflicto institucional. Carlos, por su parte, expuso a su jefe que iría a Veracruz para estar presente en el funeral de don Fernando, acompañar a sus familiares, así como a su padre y abuelo en tan triste momento. Por eso, al llegar, decidió no avisar a nadie de los conocidos de su presencia, mantener la mayor discreción, y se instalaron en el hotel Emporio, en el malecón.  

    De inmediato Carlos, acompañado de Ernesto, se dirigió a las oficinas de  la Fiscalía. Pidió a su amigo que lo esperara fuera del edificio, mientras él visitaba al fiscal,  y lo llamaría para reunirse con él, si resultaba el plan que tenía en mente.

          En la oficina de Remigio Aguirre pidió ver al fiscal. Luego de una hora de antesala, el fiscal lo recibió con una expresión de sorpresa.

    --Adelante, Carlos, le hacía ya en la capital--dijo el fiscal al recibirlo, con voz cortante, y agregó--: Le doy unos minutos porque recién he llagado del extranjero y con este asunto de la muerte del señor Fernando Navarra estoy muy ocupado.

    --Señor Aguirre –dijo Carlos--, vengo a solicitarle de la manera más encarecida que me permita participar, bajo sus órdenes y vigilancia, en la investigación de la muerte del señor Navarra, gran amigo de mi familia y a quien yo admiraba mucho.

    --Pues creo que no hay nada que investigar—dijo el fiscal con una sonrisa de satisfacción en los labios--. El caso está prácticamente resuelto. Hoy nos entregaron los resultados del ADN y la comparación de las huellas dactilares y todas las evidencias apuntan en que el sospechoso, el señor José Navarra, es el autor del homicidio, y está detenido. Tenemos el objeto con el que se cometió el homicidio y no queda nada más.

   --¡Ah, lo felicito señor Aguirre, no tenía idea del avance de la investigación! –Exclamó Carlos, y agregó--: Señor fiscal, disculpe si deseo conocer algunos detalles, son gajes del oficio. ¿Con qué objeto se le privó de la vida al señor Navarra, con un martillo o  sartén?...

    --No, no –aclaró el fiscal--, con un pequeño trofeo de bronce propiedad de su hijo José.

    --Pero ¿esas evidencias son suficientes? –preguntó Carlos.

    --Claro, son contundentes, para que el juez declare culpable al señor José Navarra y dicte la sentencia correspondiente--, afirmó categóricamente el fiscal.

    --Pero, ¿no sería conveniente darle más solidez a los planteamientos de la Fiscalía? Disculpe, señor Aguirre, pero si un buen abogado que contrate el señor Navarra impugna el uso del objeto homicida, como evidencia, argumentando que cualquiera podría haberlo usado para cometer el crimen, protegiéndose con guantes, y que no existe un móvil convincente, puesto que el señor José Navarra no pretendía ninguna herencia o beneficio con la muerte de su padre, ya que estaba ya usufructuando de los bienes de éste, casa y negocio, entonces si el señor Navarra se declara inocente, la Fiscalía podría quedar mal parada frente al juez con esos argumentos de la defensa. ¿No le parece?

    --Vamos a ver, Carlos, de acuerdo, pero recuerde que esta no es su jurisdicción, usted está como observador, sin autorización por parte de esta Fiscalía para realizar investigación por encima o al margen de la que se realiza. ¿Le queda claro?

    --Totalmente, señor Aguirre, cualquier propuesta o comentario que yo haga, será usted el único en conocerlos.

    El fiscal se acercó a su escritorio, tomó el teléfono, marcó un número y ordenó:

    --Eduardo, te voy a mandar a Carlos Sardo, tú ya lo conoces, a ver en qué te puede ayudar con esta investigación sobre la muerte del señor Navarra. Que te ayude en lo que tú consideres pertinente y me informas de cualquier novedad. Ninguna palabra a la prensa o a los medios. ¿Me entiendes, verdad?

    Al salir de la oficina del fiscal, Carlos se comunicó por medio del celular con Ernesto, le pidió que subiera al segundo piso, lo esperaría frente a los elevadores. Luego, ambos se dirigieron a la oficina de Eduardo. Éste recibió a Carlos con un abrazo y, mientras le daba palmaditas en la espalda, le dijo:

    --No creas que me sorprende tu presencia, a decir verdad te estaba esperando.

    --No pude evitar venir—dijo Carlos--, pero te confieso, como le dije a tu jefe, que yo sólo sé que no sé nada, como dijo Sócrates. 

    Carlos presentó a Ernesto a su colega y al mismo tiempo le dijo:

    --Mira Eduardo, para empezar quisiera que el doctor Gálvez revisara el expediente de la autopsia que se le practicó al señor Fernando Navarra.

    --No hubo autopsia—dijo Eduardo--. Con la evidencia del golpe en la nuca, causa de la muerte, y el objeto que se utilizó para asesinar al señor Navarra, se consideró que no era necesario ese trámite. Además, Guillermo Navarra, hijo del occiso, pidió que se le dispensara de ese procedimiento a su padre.

    --Pero para efectos de dar solidez a la acusación de la Fiscalía es necesario, además el juez podría preguntar, por principio, el resultado de la autopsia—dijo Carlos. Y preguntó--: ¿Tú tienes autoridad para pedir que se proceda a la autopsia?

    --Sí, claro—contestó Eduardo--. El cadáver aún se encuentra en la morgue. Llamo por teléfono para que lo preparen y vamos para allá.

    Cuando llegaron a la morgue el cadáver de Fernando Navarra ya se encontraba en la sala del servicio médico forense, sobre la mesa de disección, cubierto con una sábana gris, iluminado por una lámpara de quirófano. Ernesto, como si ese fuera su ámbito de trabajo, abrió un ropero, se colocó una bata, un gorro, un cubreboca y unos guantes, luego descubrió el cadáver. Carlos miró, sin querer ver, a cierta distancia, el cadáver de Fernando Navarra, luego cerró los párpados con fuerza, como para formar un dique que detuviera el caudal de lágrimas que le invadían los ojos. Ernesto,  con los instrumentos en mano se dispuso de inmediato a realizar la autopsia. Carlos y Eduardo discretamente se situaron en un rincón, sentados en unas sillas metálicas.

     Poco después Eduardo dijo que prefería retirarse, consideraba que no era necesaria su presencia en el lugar, como excusa porque no soportaba ese silencio de ultratumba, porque quería evitar imaginar, aun no queriendo, las maniobras que hacía el doctor Gálvez en las entrañas del difunto, porque quería evitar ese olor peculiar que llegaba de la mesa lateral de la de disección, en efecto se percibía como Ernesto removía con esmero algunos trozos de intestino y los colocaba en unas pequeñas charolas en esa mesa lateral, y les colocaba líquidos que tomaba de unas pequeñas ánforas. Y Carlos se quedó solo, sin quitar la mirada en la figura de Ernesto que procedía con esmero en ese procedimiento que algunos consideraban vejatorio para la víctima pero era fundamental para la investigación.

     Después de un tiempo que para Carlos fue eterno, Ernesto cubrió el cadáver con la sábana gris, se le acercó, mientras se quitaba los guantes, y le dijo:

    --Charlie, ya está, el cadáver está listo para que se lo lleven de nuevo a la morgue, pero tenemos una evidencia que elimina la que tiene la Fiscalía. Don Fernando fue envenenado. Voy a llevar algunas muestras al laboratorio para el análisis, para determinar la toxina que ingirió, y que me den unos reactivos y el espectrómetro, y vuelvo enseguida.

    Carlos se encontraba todavía impactado por la presencia del cadáver de don Fernando, por eso no se inmutó cuando Ernesto le dio la sorprendente noticia del envenenamiento. Luego  se aproximó al cadáver, descubrió la cabeza de don Fernando y la cara de éste quedó a la vista. Carlos contempló el rostro devastado por la muerte: miró la nariz afilada, los ojos hundidos, las sienes cóncavas, las orejas blancas y contraídas, la piel del rostro rígida, tensa, seca, el color de las mejillas amarillento y con sombras oscuras… Era precisamente la imagen de la muerte que se había grabado en su memoria en una ocasión al leer esa descripción. Carlos dio unos pasos, se acarició el mentón, regresó sobre ellos, se esforzó por recordar donde había leído esa descripción que le había impactado y se había grabado en la memoria… y entonces recordó: esa imagen que se le había grabado fue al leer El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Entonces tomó la mano derecha de don Fernando, examinó sus dedos índice y medio y notó unas leves manchas violáceas. En ese momento entró Ernesto y antes de que éste dijera algo, Carlos le pidió:

    --Ernesto, por favor, examina la lengua de don Fernando.

    Ernesto volvió a ponerse los guantes, abrió con cuidado la boca de don Fernando y los dos pudieron ver una lengua negruzca. Entonces Carlos dijo:

    --Ernesto, ahora ya sabemos cómo ingirió el veneno don Fernando. Más que ingerirlo, fue envenenado como lo fue Malaquías, cuando hojeaba el segundo libro de la Poética de Aristóteles, como lo describe Umberto Eco en su libro El nombre de la rosa. Fue hojeando un libro. ¿Qué arrojó el análisis que hiciste? –preguntó.       

    --Don Fernando murió a causa de ingerir la batracotoxina, un alcaloide liposoluble, puede untarse como mantequilla, produce paro cardíaco al paralizar la transmisión de impulsos nerviosos. El equivalente a dos granos de sal de esa toxina es suficiente para matar a un hombre o mujer de 75 kilogramos. El golpe que don Fernando recibió en la nuca—agregó Ernesto--, lo recibió cuando ya estaba muerto.

    --¿Qué hay en el corazón de alguien que se atreve a matar a un muerto?—se preguntó Carlos a sí mismo, pero en alta voz.

    --Pues te diré, Charlie, que el golpe que recibió don Fernando en la nuca fue leve, de ninguna manera lo habría matado, ni siquiera fracturó el cráneo. Recibió el golpe en la nuca posiblemente una hora o menos después de haber fallecido a causa de la toxina—concluyó Ernesto.

    Carlos, ya cerca de la medianoche, se comunicó con Eduardo para darle la noticia del hallazgo  de la autopsia y le pidió que llamara a Andrés para reunirse con él, al día siguiente, para llevar a cabo un interrogatorio. Le pidió que, fuera del fiscal Aguirre, no se comentara a nadie el resultado de la autopsia y al día siguiente le entregaría el informe oficial preparado por el doctor Gálvez.

    El jueves seis de enero, temprano, Eduardo, Carlos y Ernesto se presentaron en la casa de Andrés. Éste mostraba signos de no haber dormido en las noches anteriores, y no expresó sorpresa alguna ente la presencia de su amigo Carlos. Luego de presentar a Ernesto, Eduardo pidió a Carlos que llevara a cabo el interrogatorio.

    --Andrés, como complemento a las evidencias que ya tiene la Fiscalía, queremos repasar algunos detalles sobre la muerte de don Fernando. Es muy importante reconstruir la escena, es decir como tu padre y tú encontraron a tu abuelo en su estudio.

    Pasaron al estudio. Andrés señaló el escritorio, sobre el cual, en un extremo, se encontraba una pila de libros y documentos, pero el resto del mismo estaba despejado. Carlos mostró la fotografía en la que se mostraba el cuerpo de don Fernando, reclinado sobre el escritorio, descansando la cabeza en el antebrazo derecho, y debajo de éste se percibía un libro.

    --Esto no corresponde a esta fotografía—observó Carlos. Luego agregó--: Falta un libro que se encontraba debajo del antebrazo de don Fernando. ¿Nos podrías decir qué libro es?—preguntó Carlos.

    --Claro --dijo Andrés--. Sí, había un libro y sé cuál es.

    Andrés estaba por tomar los libros que se encontraban uno sobre otro en un extremo del escritorio, cuando Ernesto lo detuvo:

    --Un momento, yo los tomo y tú nos indicas qué libro es el que estaba leyendo don Fernando--, y mientras decía esto se colocó los guantes de látex.

    Pasaron por las manos de Ernesto, mientras tomaba despacio uno a uno los libros, con delicadeza, colocándolos en una pila a lado de la otra, Night Thoughts, de 1786, de Edward Young, La canción de Hildebrando, la Fábula de Orfeo, el Don Juan, Los amores de Bastián y Bastiana, el Poema de los Nibelungos, Cantos populares, de Claude-Charles Faurel, los Poemas saturnales… y Andrés dijo:

    --Ése es el libro que estaba leyendo mi abuelo. Los Poemas saturnales de Paul Verlaine, de 1866. Yo se lo traje a principios del mes pasado. Son composiciones líricas, hablan de París, ciudad tenebrosa y corrompida que alienta el mal en el corazón del hombre. Ése es.

    Ernesto puso el libro en el centro del escritorio, cerrado, como para ser leído, y colocó de nuevo los demás en su sitio. Después él mismo se sentó en el sillón que en la foto ocupaba don Fernando, puso el antebrazo sobre el libro, se reclinó sobre el escritorio y apoyó la frente sobre el antebrazo. Carlos preguntó a Andrés si esa era la posición exacta en que encontraron a don Fernando el lunes por la noche o bien la cabeza estaba ladeada, es decir si en el antebrazo apoyaba la sien. André miró la posición de Ernesto, frunció el ceño como para recordar, y dijo:

    --Ésa era la posición, apoyaba la frente en el antebrazo.

    Ernesto procedió de inmediato a hojear con mucho cuidado los Poemas saturnales de Paul Verlaine, sacó un pequeño frasco de la bolsa del saco, colocó una gota en los dedos índice y medio de la mano derecha, los frotó en el margen de una hoja del libro y apareció un cambio de color en el lugar donde frotó el líquido. Miró a Carlos y dijo:

    --En el margen de estas hojas hay como una delgada película de la toxina que encontramos anoche en la autopsia.

      Eduardo y Andrés se miraron sin comprender lo que decía Ernesto. Éste cerró el libro, lo colocó en una bolsa de plástico y se la entregó  a Carlos. Éste tomó la bolsa y a su vez se la entregó a Eduardo, y le dijo que era la evidencia del envenenamiento de don Fernando, lo que descartaba la que tenía la Fiscalía. Después Carlos dijo que deseaba hacer unas preguntas a Andrés y todos se dirigieron a la sala. Una vez acomodados en el sofá y sillones, Carlos preguntó a Andrés:

    --¿Cuántas personas realizan el inventario en el negocio?

    --Cuatro, mi padre, yo y dos empleados—contestó Andrés.

    --Es necesario comprobar que tú regresaste al negocio a la hora que se indica en la declaración preliminar de tu padre hecha el martes en la madrugada. ¿Cómo se llaman los empleados  y cuál es el teléfono donde los podemos ubicar?

    Eduardo anotó los datos proporcionados por Andrés y se encargó de cumplir con ese requisito, mientras  Carlos preguntó a Andrés:

    --¿Las utilidades que se obtienen en la empresa cómo se distribuyen?

    --Se depositan en un fideicomiso, con un informe del contador, cada tres meses, y se distribuyen en partes iguales entre mi abuelo, mi padre y mi tío Guillermo, aunque éste no realice actividad alguna en la empresa, pero así se procede por disposición de mi abuelo. Mi padre recibe, además, un sueldo mensual como gerente y yo recibo un sueldo, como empleado.

    --¿Qué edad tiene tu tío Guillermo y tu padre?—preguntó Carlos.

    --Mi padre es del 1963, tiene cincuenta y ocho años y mi tío Guillermo es mayor, un año mayor que mi padre—dijo Andrés.

    --¿Cuántas personas tienen llave de esta casa? –preguntó Carlos.

    --Tenemos llave mi padre, yo, mi tío Guillermo y la familia  Godínez, es decir el chofer y las empleadas domésticas.

    --¿El chofer Godínez y sus parientes viven aquí o vienen cada día para cumplir con sus tareas?

    --Ellos son de Chachalacas, un pueblo, en la playa de ese mismo nombre, a unos treinta kilómetros de Veracruz. Pero  viven aquí durante los días laborables. Habitan en un departamento en la parte de atrás de la casa, ahí hay un patio con garaje y sobre el garaje está un amplio departamento que ocupa la familia Godínez— contestó Andrés.

    Calos pidió a Andrés que se quedara en la sala, con Ernesto, mientras él iba a revisar el departamento en el que vivía la familia Godínez. El departamento era amplio, bien iluminado, limpio, con cortinas de tul en las ventanas que daban al patio, disponía de cocina equipada, un comedor, dos recámaras y un baño. Carlos observaba cada detalle del departamento y se detuvo en una de las recámaras. Sobre uno de las mesitas de noche había, a lado de la lámpara, un portarretratos con la fotografía de una mujer de pelo negro, hermosos ojos, que sonría y sostenía en brazos una niña de meses. En el cajón de la mesita de noche encontró un álbum de fotografías. Los forros de plástico estaban muy gastados, opacos, por manos que no dejaron de abrirlos, y por el tiempo. Abrió el álbum y apareció una fotografía de la misma mujer que sostenía a la niña, pero con unos años más, y la niña de pie, a su lado, daba la mano a la mujer. Dio la vuelta a la página y encontró una fotografía de un hombre de alrededor de sesenta años, barba cerrada, mirada de expresión severa, espesas cejas que casi cubrían los ojos, patillas largas hasta la mitad de los mejillas. Carlos tomó las fotografías. En el reverso de la fotografía del hombre aparecía una fecha, junio 1975. En el de la mujer con la niña en brazos, 1977, y en la otra 1979. Carlos tomó las fotografías y las guardó en el bolsillo de su saco.

    De regreso a la sala, Carlos preguntó a Andrés quién era la persona de la fotografía en que aparecía el hombre de gesto duro, de mirada torva, y se la mostró.

    --¡Ah! --dijo Andrés, con sorpresa--, ése es mi bisabuelo, don Jacinto.

    --¿Y que ha sido de él?—preguntó Carlos.

    -- Poco han hablado mi padre y don Fernando de él—dijo Andrés y agregó--: Lo que sé es que fue él quien compró la empresa de ultramarinos, estuvo al frente de ella muchos años y no sé por cuales  motivos  la dejó en manos de don Fernando, cuando tenía como cuarenta años, y regresó a España. Ni mi padre se explica porque la dejó si la empresa marchaba muy bien, él era, por decir, todavía joven. Luego murió en España en el año 2000, creo que a los ochenta y cinco años.  

    Eduardo comentó que había comprobado lo que afirmó Andrés y, en efecto, había regresado al negocio a la hora señalada, tanto él como su padre. Carlos le pidió que de inmediato llamara a Guillermo Navarra para reunirse con él y su familia, si fuera posible esa misma tarde, y le dijera que se trataba de una entrevista, para aclarar algunos detalles relacionados con don Fernando, y no propiamente de un interrogatorio, para evitar suspicacias. En este caso, Carlos pidió a Eduardo que fuera él quien llevara a cabo esa entrevista, pues su presencia podría levantar sospechas y Guillermo se preguntaría qué hacía un inspector de la Fiscalía General de la República en su casa, husmeando en el caso de la muerte de su padre.

    Guillermo en principio se opuso a una entrevista. Argumentó que todo estaba ya aclarado, como le había afirmado la Fiscalía,  y que lo único que su familia deseaba era tranquilidad y que le fuera entregado el cuerpo de su padre para ser velado y cremado. Como Eduardo insistió, diciendo que era un simple formalismo, necesario para completar el expediente de la  investigación, Guillermo al fin accedió. A las cinco de la tarde Eduardo se presentó en casa de éste.

    Esa noche, reunidos en el bar del hotel Emporio, Eduardo comentó el resultado de esa entrevista. Dijo que Guillermo y su esposa Brenda lo recibieron con frialdad. Guillermo, quien aún no cumplía los sesenta años, era un hombre envejecido, macilento, de fuerte quijada, mirada penetrante, cejas tupidas. Brenda, a su vez, se veía una mujer que cuidaba de sí misma, de tez tersa, algo tostada por el sol. Eduardo les dijo que necesitaba saber, para cumplir con el protocolo, dónde habían estado el tres de enero, tanto ellos como sus hijos Manuel y Virginia. Todos tenían coartadas irrefutables, menos Guillermo y su hijo Manuel, dijo Eduardo. Brenda, con su hija Virginia y Alex, el marido de ésta, habían hecho un crucero de nueve días por el Caribe del veintiséis  de diciembre al cinco de enero, es decir habían regresado la noche anterior a la entrevista. Guillermo no fue, aunque estaba previsto que los acompañara, porque el lunes tres de enero, por la mañana, se presentó a una licitación pública para la construcción de una bodega para la Aduana. El otro hijo, Manuel, con Ingrid, su mujer, habían hecho un recorrido por el Golfo en el velero de su propiedad, desde el veintiocho de diciembre al dos de enero. Regresaron a Veracruz por la tarde de ese día para que Manuel acompañara a su padre, el día siguiente, a la licitación pública. Mencionaron, concluyó Eduardo, que se encontraban abatidos por lo que había pasado a don Fernando. Recordaban que el veinticuatro de diciembre habían disfrutado una cena familiar muy agradable. Esperaban que la Fiscalía resolviera pronto el homicidio e hiciera justicia.    

     --Ahora Guillermo y su hijo Manuel son los sospechosos—dijo Eduardo--. Mañana estaré ocupado, José quedará en libertad, la Fiscalía va a retirar los cargos y yo lo visitaré en los separos de la Procuraduría para que firme unos documentos.

    --Pero ¿cuál sería el motivo por el cual Guillermo o Manuel cometerían el homicidio? --preguntó Carlos.

    --Creo que si se declarara culpable de asesinato a José, la herencia de don Fernando pasaría íntegra a Guillermo. Lo sacaría de todos los problemas financieros que tiene, y también a su hijo Manuel—concluyó Eduardo.

    Al día siguiente, viernes siete de enero, Carlos y Ernesto se dirigieron a Chachalacas.      

    En el pueblo de Chachalacas preguntaron por la familia Godínez y dieron con una pequeña casa bien construida, de dos plantas, que se destacaba entre las chozas circunstantes. El pueblo, de unos tres mil habitantes, estaba a la orilla de la playa del mismo nombre. Carlos tocó la puerta con los nudillos y abrió una mujer mayor, cara arrugada, mirada apagada, de pelo blanco, con delantal. Carlos preguntó por el señor Godínez y la mujer los dejó pasar, sin pronunciar palabra, un poco cohibida por la presencia de extraños.

Los condujo al piso superior y ahí estaba un hombre acostado en una cama, muy delgado, con pelo y barba blanca, con los ojos hundidos, nariz aguileña, de unos ochenta años, en un cuarto de paredes blancas. En una pared se veía una repisa con flores, una veladora y una pequeña estatua de la virgen de Guadalupe, y en una ventana las viejas cortinas se movían con la brisa marina. El hombre los miró con curiosidad y les preguntó, incorporándose un poco:

    --¿Qué se les ofrece a los señores?

    --Buenos días, pero creo que no es a usted a quien queremos ver, señor –dijo Carlos, como disculpándose--. Buscamos al señor Godínez y a su hermana, que trabajan en casa del señor Fernando Navarra.

    --Ah, sí, ésta es su casa. Son mis hijos, pero hoy se fueron a Veracruz, regresaron a su trabajo. ¿Y qué buscan con mis hijos, los señores?-- quiso saber el anciano.

     --Mire, señor Godínez, somos investigadores de la Fiscalía y queremos hacer unas preguntas a sus hijos –dijo Carlos y mostró su placa--. No sé si usted está enterado, pero el señor Fernando Navarra ha sido asesinado.

    --Sí, lo sé, ya nos enteramos, pero esa muerte ya estaba escrita desde hace mucho tiempo –dijo el anciano con calma, mirando fijamente a Carlos y a Ernesto.

    --¿Qué dice usted, señor Godínez, cómo que ya estaba escrita?—preguntó Carlos con asombro, clavando la mirada en los ojos del anciano.

    --Mire, inspector –dijo el anciano, con calma--, yo soy Fermín Godínez, fui chofer del señor Jacinto Navarra, pasé muchos años sirviéndole, desde que tenía diez y ocho años hasta que ese señor, muy cobarde y asustado, huyó del país en el año de 1980.

    --¿Éste es el señor Jacinto Navarra con quien usted trabajó?—preguntó Carlos, al mismo tiempo que mostraba al anciano la fotografía del hombre con mirada feroz que encontró en el álbum.

    --Ése es el mismo señor Navarra que se cagó de asusto cuando yo le fui a reclamar, con machete en mano, y no fue capaz de enfrentarme y remediar el mal que hizo a mi familia—dijo Fermín.

    --¿Qué mal le hizo a su familia este señor?—preguntó Carlos.       

    --Mire señor, lo recuerdo como si hubiera pasado ayer, porque uno es pobre pero tiene honor, no faltaba más, son cosas que no se pueden olvidar—dijo Fermín muy tranquilamente--. Ese señor violó a mi hijo Rufino cuando tenía doce años, lo violó varias veces, y si no fuera suficiente luego violó a mi hija Josefina, de catorce años, varias veces, sin que yo, muy confiado, me diera cuenta, porque yo trabajaba en el negocio, salía con la pick up porque llevaba mercancía a diferentes partes. Y mi hija Josefina quedó embarazada y luego dio a luz a mi nieta Cristina. Y ese cobarde luego huyó, en lugar de enfrentar el daño que nos hizo. Por eso, por puro cobarde, merecía la muerte—explicó Fermín, sin alterar la voz, emitiendo la sentencia con la calma de un juez.

    --¿Éstas son su hija Josefina y su nieta Cristina?—preguntó Carlos, mostrando las fotografías de la mujer con la niña.

    El anciano asintió con la cabeza, en silencio.

    --Pero, ¿por qué dice usted que la muerte del señor Fernando Navarra estaba escrita, si quien hizo el daño a su familia fue el señor Jacinto? Usted dijo que el señor Jacinto merecía la muerte, ¿no es así?—quiso aclarar Carlos.

    --¿Y dónde íbamos a localizar a ese cobarde que no quiso reparar el daño que nos hizo, sino en la sangre de su hijo?—aseveró serio y con firmeza el anciano, y continuó--: Yo me estoy muriendo, tengo cáncer, me queda un mes de vida, si no es que menos, pero les hice jurar a mis hijos que vengaran el honor mancillado, y uno de los Navarra tenía que pagar por eso, no hay de otra, y si le tocó a don Fernando, ni modo, qué le vamos a hacer. ¿Estaba escrito, es la ley, señor?

    --Pero, le vuelvo a preguntar, ¿por qué don Fernando? Creo que usted trabajó con él cuando el señor Jacinto se fue de Veracruz. No creo que don Fernando haya lastimado a su familia --dijo Carlos.

    --Trabajé con el señor Fernando muchos años como chofer, hasta que mi hijo Rufino tomó mi lugar. El señor Fernando no nos hizo daño, es cierto, pero yo también le pregunto a usted, ¿por qué mi hija Josefina? Yo me hice esa pregunta muchos años. Además, señor, dígame usted, el señor Fernando supo de las fechorías de su padre, yo mismo le dije todo, y no quiso creerme, nunca me hizo caso, no quería saber nada de su padre, como si lo odiara. Es la pera verdad. ¿Y cómo vamos a tolerar que mi nieta Cristina, ahora de cuarenta y cinco años, haya trabajado como criada en la casa de su padre, desde que tuvo uso de razón? –dijo Fermín.

    Carlos y Ernesto, confundidos por lo que escucharon de boca de Fermín Godínez, se despidieron del anciano y regresaron a casa de don Fernando para aclarar algunas cosas directamente con Rufino y Josefina. Andrés no se encontraba. Eduardo lo había llamado para que fuera a la Procuraduría; esa mañana liberarían a su padre José. Pero los Godínez estaban ahí, en casa, Josefina y Cristina atareadas haciendo la limpieza, Rufino tomando un café negro. Carlos y Ernesto se presentaron como investigadores de la Fiscalía. Carlos mostró su placa y les pidió que se reunieran en la sala. Les comunicó que habían visitado al señor Fermín y estaban enterados que ellos habían cometido el homicidio de don Fernando, y quería sólo conocer cómo habían procedido. Fue Josefina, una mujer fornida, de mirada franca, de unos sesenta años, la que con mucha calma explicó:

    --Nuestro padre nos hizo jurar, en su lecho de muerte, que nos haríamos cargo de reparar el honor mancillado por Jacinto  Navarra en la persona de su hijo, don Fernando, para que le doliera donde quiera que ese desgraciado se encuentre. Mi hermano, que es el chofer de don Fernando, se dio cuenta, las veces que lo llevaba en coche de aquí para allá, que cuando leía un libro se humedecía los dedos con la saliva. Entonces él pensó que iba a embarrar un poco de una sustancia venenosa, que conseguimos con unos chamanes, en las páginas de un libro que estaba sobre el escritorio de don Fernando y que vimos que estaba leyendo todos los días. Así lo hizo el treinta y uno de diciembre por la noche, cuando sabía que nadie estaba en la casa. Tres días después, el lunes siguiente, yo me presenté en la casa, por la noche, para cerciorarme de que el señor Navarra hubiera muerto, pues no había noticias de su muerte en la televisión, nadie decía nada. Pero lo vi ahí, sentado en el escritorio, leyendo. Pensé que esa sustancia no había funcionado, y entonces fui por una trofeo que tiene el señor José en su cuarto para hacer yo el trabajo, lo tomé con un pañuelo, y cuando regresé al estudio, vi que don Fernando estaba reclinado sobre el escritorio, pensé que estaría descansando, y entonces le di un golpe en la cabeza con lo que traía en la mano, lo limpié y lo puse de nuevo en su lugar y me fui. Regresé a mi casa, le dije a mi padre, a mi hermano y a Cristina, mi hija, que había cumplido con la promesa. Y eso es todo.

    Carlos y Ernesto de nuevo quedaron asombrados con la sencillez, con la naturalidad, más que frialdad, con que Josefina contó lo sucedido. Ernesto, preguntó, después pasarse las manos por la cara, como para reponerse:

    --¿Y quién retiró el libro del escritorio?

    --¡Ah! Pues el martes en la mañana yo regresé otra vez a la casa –dijo Josefina, con la misma calma--, vi que el señor Andrés andaba muy apurado, llamando por teléfono, estaba muy nervioso, ni se dio cuenta que yo estaba ahí, pero me enteré, por lo que decía, que don Fernando había muerto, además ya no estaba el cuerpo en el escritorio, entonces puse el libro que estaba leyendo don Fernando en su lugar, junto a los demás. Lo debería haber hecho el mismo lunes, pero se me pasó, me dio no sé qué mover el cuerpo que estaba recostado sobre ese libro. Quité el libro de donde estaba por las dudas, no quería que otros fueran a hojear ese libro envenenado y les pasara algo.

    Después de haber escuchado estos argumentos por parte de Fermín Godínez y de su hija Josefina, Carlos llamó a Eduardo y le comunicó que él y Ernesto se retiraban de la investigación. Recordó las palabras del fiscal Remigio Aguirre: “eres un observador, ésta no es tu jurisdicción, no tienes autorización para realizar investigación alguna…”,  y deseó a Eduardo suerte en la búsqueda del autor y del móvil, relacionados con el lamentable homicidio de don Fernando.

    Dejaron el hotel y se presentaron a mediodía de ese viernes, en el restaurante Da Giácomo, donde encontraron a Giácomo, Emiliano y Lola, a su hermano Nicolás y a su mujer Valentina, sentados en la mesa familiar, con los ojos enrojecidos, abatidos. Carlos dijo que había venido con su amigo Ernesto para asistir al funeral de don Fernando. Hubo abrazos, expresiones de dolor por la pérdida de ese entrañable amigo que tantos recuerdos  y sabiduría compartió con la familia Sardo.

    Por la tarde se llevó a cabo el velorio y luego la cremación de ese don Quijote moderno, a los ojos de Carlos, que fue don Fernando, que pagaba con su vida, injustamente, los pecados de su padre.

    El sábado, Carlos y Ernesto regresaron a la capital.