¿QUÉ LES DIREMOS?
Santiago de Chile, Septiembre 28, 1973
Amor de mi vida, anoche, buscando algunos documentos que necesito y, además, para ordenar un poco esta casa, encontré muy bien escondida en el cuarto de servicio, una libreta tuya, junto con unos libros que una vez me mostraste de Regis Debray, Marighella y otros, dedicados a ti, con dedicatorias muy lindas, de puño y letra de sus autores.
Acabo de leer algunas páginas de esa libreta y he sentido una profunda emoción. Tengo todavía lágrimas en los ojos. No sabía que llevabas una especie de diario, o mejor dicho de apuntes, sobre tus actividades políticas y sobre los aspectos teóricos que más te preocupan. Yo continuaré de hoy en adelante estas notas hasta que tú regreses, para que entonces sepas qué ha sucedido y qué he hecho yo en tú ausencia, en estos tiempos difíciles.
Al leer tus notas en voz alta en la cama, antes de dormir, siento con más fuerza tu presencia en esta casa. En el silencio de la noche parece que fueras tú quien lee, como si fuera tú voz la que dice y pronuncia cada palabra, cada sílaba.
Cada objeto de esta casa, cada rincón, tiene algo de ti. Las paredes, los muebles, la cama, la almohada, todo conserva tu olor peculiar. A veces despierto por la noche sobresaltada, porque siento tu respiración en mi cuello, tu cuerpo junto al mío, pero no estás.
Te amo y cada día que pasa me doy cuenta cuán grande ha sido y es nuestro amor y cuánta falta me haces.
Septiembre 29
Hoy, una vez más, fui a la Vicaría. Esta vez me quiso acompañar tu mamá. Apenas ahora se repuso del golpe que significó para ella saber que te habían detenido. Estuvo llorando, inconsolablemente, todos estos días. Al verla en ese estado y al consolarla, me he consolado yo también y he tomado fuerzas de su debilidad y sufrimiento. Me citaron para acompañar, por cuarta vez, al abogado que lleva nuestros casos, el mío junto con muchos otros como el mío, ante Ministerio de la Defensa. La Comisión Militar de Detenidos exige más datos, o los mismos, yo ya no sé: otra vez he tenido que especificar por escrito, las circunstancias en que se produjo tu detención; de nuevo he tenido que dar los nombres y apellidos de los tres testigos que presenciaron tú secuestro; otra vez he tenido que aclarar los datos sobre tú filiación partidista, sobre tus actividades docentes, sobre tus amistades, y otra vez han querido que ratifique tus señas particulares: estatura, color de ojos, de pelo, y así sucesivamente. Ha sido, en estos últimos doce días, un citatorio tras otro, un interrogatorio tras otro, entrevistas con militares arrogantes y déspotas que en forma insolente piden datos y más datos, y da la impresión, mejor dicho estoy segura, que ni siquiera te prestan atención. Un verdadero martirio. Pero ya descubrí por qué actúan de esa forma. Y por eso no me doblegarán. Resistiré. No me cansarán con artimañas y burocratismo absurdo. ¡Si creen que con eso voy a desistir de buscarte, de denunciar tu desaparición, están muy equivocados!
En la Vicaría han abierto ya miles de expedientes con los antecedentes de personas secuestradas y desaparecidas. Cómo me choca esta última palabra. Me causa escalofríos. Figúrate que el Vicario, el Cardenal Silva, “ha amenazado” al Ministro de la Defensa con hacer del dominio público todos los casos, el contenido de todos los expedientes, si en el plazo de tres meses el gobierno no los aclara satisfactoriamente. ¡Ya me imagino como estarán temblando de miedo en el Ministerio de la Defensa y el mismo sátrapa de Pinochet! ¡Qué ingenuo es a veces el Cardenal!
Octubre 3
Ayer, junto con tu mamá, nos hemos incorporado al grupo de madres y esposas de detenidos-desaparecidos. Te confieso que compartir con ellas, con esas valientes mujeres que no le temen a nada, las penas y los sufrimientos comunes, me ha hecho bien. Poco a poco la angustia que me atormentaba en mi soledad, que me oprimía cada mañana que despertaba en la cama vacía o cada noche que me acostaba sin tenerte a mi lado, se ha ido atenuando. No es que me resigne, no, sino que al aceptar que soy compañera, esposa, de un desaparecido me ubica más en mi realidad y al unirme a ellas aumenta mi fuerza y mi voluntad de luchar. ¡Te juro que hace días odiaba ser considerada de esa manera, o pensar en ti como un desaparecido! Creía, pobre de mí, que mientras no me calificaran de esa manera, tú no estarías desaparecido y que en cualquier momento, por arte de magia, podrías abrir la puerta de casa y darme la agradable sorpresa de tú regreso.
Pero me he convencido que es necesario aceptar la realidad para poder luchar en contra, no de fantasmas, sino de hechos, de caras, de uniformes, de todo esto que ha denigrado nuestro país, y además para mantener viva la esperanza de encontrarte. Ahora, todas juntas, tenemos más fuerza para presionar a los militares, para que nuestra causa, nuestra voz, nuestras denuncias sean escuchadas, hasta que encontremos a nuestros padres, esposos o esposas, hijos o hijas y compañeros, y, además, para retomar las banderas caídas el 11 de septiembre y continuar con la lucha por una sociedad justa, por la dignidad de nuestro pueblo. El sufrimiento, cuando se comparte, tiene otro sentido, ya no es personal, lacerante, angustiante, cuando se comparte, fortalece nuestro espíritu y nuestra lucha se vuelve común, hasta que las injusticias de todos y cada uno de nosotros sean superadas.
Además, si vieras ahora a tú madre. Una mujer deshecha hace unos días, desesperada y al borde de la desesperación, cómo organiza a sus compañeras, cómo se enfrenta a los militares, cómo los desafía. La veo y quedo sorprendida.
Octubre 6
Todo es terrible en estos días aciagos. Es cierto lo que leí el otro día en tú libreta: “Quien desencadena un proceso revolucionario sin tener una mínima certeza de triunfo, basada en una organización revolucionaria disciplinada, y en objetivos definidos y alcanzables, comete una gran irresponsabilidad: la de desencadenar la brutalidad de la reacción, del fascismo, que aplastará a las cuadros más valiosos de las fuerzas progresistas”. Y después agregas: “Pero, pensar en esa forma ¿no frena la lucha revolucionaria?”. Todo esto sí que es muy complicado.
La venganza y la persecución más infame se han desatado. Cuesta imaginar la maldad tan grande que alberga el corazón de los hombres resentidos y cuyos bolsillos se han visto afectados por las medidas tomadas por el gobierno de Salvador Allende. Cuesta imaginar lo que es capaz de hacer la burguesía con tal de defender y asegurar sus privilegios y su jerarquía social y económica. Hay denuncias y persecuciones, ha habido fusilamientos; hay 67 mil detenidos en el Estadio Chile, en el Estadio Nacional, en la Colonia Dignidad, ese reducto de nazis, en el barco Lebu, en Valparaíso; por lo menos muchos de ellos están identificados, ubicados. Es una remota posibilidad de hacer algo por liberarlos, es algo, a diferencia de tú caso, y muchos como el tuyo, que los niegan en todas partes.
Quiero dejar aquí anotado, para que no se nos olvide, que el día 23 de septiembre, hace trece días, murió Pablo Neruda. Con tu mamá fuimos a su entierro, aunque la Vicaría nos lo prohibió, a todas las personas a quienes lleva algún caso o asunto ante el Ministerio de la Defensa. Pero yo pensé en ti, recordé esos versos de Neruda que te gustan y me recitabas, ¿recuerdas?, y pensé que tu no te habrías opuesto a que fuera.
Nos unimos al cortejo en la Avenida México, rumbo al Cementerio Central. Miles de personas avanzaban taciturnas, cabizbajas, adoloridas. Reinaba el más profundo silencio, y en todos se notaba esa humildad y devoción que se siente cuando un compañero como Neruda se nos va, pero además se percibía valentía en cada uno de los asistentes, porque abundaban los soplones con su corte de cabello a lo militar, los agentes de la Dirección de Inteligencia que descaradamente nos tomaban fotografías. No nos importó; frente a la muerte del gran poeta y compañero, creo que todos los ahí presentes estábamos dispuestos a dar la cara y la vida.
Ya en la puerta del Cementerio, los soldados, armados hasta los diente, detuvieron el cortejo. Hubo unos alegatos porque sólo permitían la entrada del féretro, de Matilde Urrutia y de cinco personas más. Entonces de las gargantas de los miles y miles de compañeros ahí reunidos comenzó a surgir un murmullo que fue creciendo, creciendo, hasta que todos, como una sola voz, emocionados, con lágrimas en los ojos, con dolor en los corazones, con los puños en alto, desafiantes, entonamos la Internacional y el aire se llenó con “Arriba los pueblos del mundo…”.
Yo estaba en verdad muy emocionada, tomé entre mis manos la figura de salamandra de oro con ojos de rubí que llevo colgada del cuello desde aquella noche en que me la regalaste, ¿recuerdas?, cuando al colocármela me susurraste al oído:
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos;
Te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava,
Y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Cuerpo de miel, de musgo, de leche tibia y firme.
¡Ah, los vasos del pecho! ¡Ah, los ojos de ausencia!
¡Ah, las rosas del pubis! ¡Ah, tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
¡Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
La fatiga sigue, y el dolo infinito.
Entonces lloré, lloré a mares, desconsoladamente; lloré por Pablo Neruda y por sus versos que ahora son nuestros, lloré por tu ausencia, lloré por los días de felicidad que viví a tu lado, lloré porque quiero tenerte cerca de mi, lloré porque amo la vida y sufro, lloré porque todo lo que es hermoso y nos da felicidad, amor mío, me parece tan efímero. Y fue tu madre la que ahora me dijo: “Ánimo, hija, mientras estemos vivas y unidas siempre habrá una esperanza de triunfar”.
Octubre 9
Ahora, en la soledad de la casa, hay recuerdos y recuerdos que vienen a mi cabeza y cobran vida. Recuerdo el día en que nos conocimos en el Parque Bernardo O’Higgins. Era una fresca mañana de primavera, hace poco más de tres años. Te acercaste a mí con un helado, con un barquillo en cada mano, y me sorprendiste preguntándome a quemarropa: “¿Prefieres helado de frutilla o de zarzamora?…”, y yo, que estaba pajareando, pensando no sé en qué, te contesté automáticamente: “De zarzamoras…”, y desconcertada y sorprendida me encontré con un barquillo en la mano y contigo sentado a mi lado. ¿Qué había en tus ojos que, en tu voz, que me atrajo desde el mismo instante en que te vi? ¿Por qué sentí tanta confianza desde el primer momento en que cruzamos las primeras miradas, las primeras palabras? ¿Por qué me sentí atraída por una fuerza misteriosa de la que me habría sido imposible sustraerme? ¡No lo sé! Fue algo extraño. Como si nos hubiésemos conocido desde siempre. Ahora pienso que quizás para las personas que comparten una convicción, que tienen una afinidad espiritual, basta una señal, unas palabras, una mirada, para saber que nunca han sido extraños los unos a los otros. Si el tiempo retrocediera y estuviera en mi elegir, repetiría exactamente lo mismo: te aceptaría de nuevo el barquillo de zarzamoras y si no tuvieras la chispa, la iniciativa de ofrecérmelo, te lo pediría a gritos, y si supiera de antemano que luego de tres años y meses te arrancarían de mi lado, habría participado más y más junto a ti en tus actividades políticas, te habría amado más intensamente y también habría compartido más tus fantasías amorosas a las que a veces me resistía por algún tonto prejuicio.
También recuerdo que poco después de conocernos y de estar saliendo, me convenciste de que viviéramos juntos: “Ambos somos chilenos –me dijiste--, ambos somos sociólogos, ambos militamos en la Unidad Popular, ambos queremos lo mismo de la vida, es natural entonces que unamos nuestras fueras de da y de noche para triunfar…”.
Pocas semanas después acudimos a votar y al darse a conocer la victoria de Salvador Allende, nos reunimos con los compañeros en la sede de la UP, en la Alameda Central. Las campanas de la cercana iglesia de San Francisco repiquetearon, las sirenas de las fábricas ulularon, las bocinas de los coches chillaron y vibraron las avenidas invadidas por los trabajadores, los estudiantes, las amas de casa, los profesores que marchaban con los brazos entrelazados, eufóricos, hacia la Plaza de Armas, festejando la victoria de la esperanza, entre gritos de: “Salvador, Salvador, el pueblo unido jamás será vencido”, o “el que no salta es momio, el que no salta es momio…”, mientras en el cielo azul violeta de ese atardecer primaveral estallaban con mil colores los petardos de los fuegos artificiales. Luego, agotados, regresamos a casa caminando, tomados de la mano, a lo largo de la Costera Andrés Bello, que flanquea el río Mapocho. Caminamos un buen rato en silencio, absortos en nuestros pensamientos, quizás en el fondo incrédulos de la victoria.
“Es increíble –dijiste de pronto rompiendo el silencio--, o somos un país muy avanzado, muy civilizado, o aquí hay serias contradicciones teóricas, pues como explicar que el mismo sistema burgués permita que una coalición de partidos de izquierda llegue al gobierno, por un camino democrático. Esto realmente es increíble. ¿Ves cómo nosotros mismos quedamos sorprendidos con este resultado, a pesar de que venimos luchando por este objetivo desde hace mucho tiempo? Lo logramos y nos causa trabajo creer que efectivamente lo alcanzamos. La realidad a veces rebasa la imaginación, rompe esquemas y teorías”.
“Sí –te decía yo--, aunque tú mismo has insistido, pero hasta la terquedad, que sólo mediante la lucha armada es posible implantar el socialismo. El pueblo que conquista el poder con las armas, que destruye el sistema obsoleto y construye el socialismo es invencible, y ése es el único camino. Y ahora ¿qué me dices, cabeza de alcornoque? ¿Por qué no te zambulles en el Mapocho para que se te refresquen las ideas y las teorías?”.
Y así continuamos hablando, bromeando, todo el camino de regreso a casa, felices por nosotros mismos y por el triunfo de nuestro movimiento, de nuestros ideales.
Esa noche abrimos una botella de vino, encendimos la chimenea y velas a montones. Te pedí que ante que nada, antes de cenar, me dieras un masaje en la espalda. Todo el santo día habíamos estado de pié, caminando, y yo necesitaba urgentemente extender y revigorizar mis músculos tensos. Me recosté desnuda, boca abajo, en la alfombra de lana, frene a la chimenea y tu, con cálidas manos, comenzaste a frotar mi cuello, los músculos de los hombros y de la espalda. En seguida me invadió un sopor relajante, estaba como en el limbo. Con la ayuda del vino tinto, el calor de la chimenea, las emociones del día, el masaje, me sentía flotar; tus manos continuaban recorriendo mi cuerpo cuando de pronto sentí que te incorporabas y tú también quedabas desnudo, sentí tú cuerpo junto al mío y en ese momento preferí dejarme llevar hasta donde tú oficio de masajista y de amante quisiera llevarte. Y fue esa noche cuando me regalaste la figura de salamandra con ojos de rubí, y me recitaste los versos de Neruda al colocármela en el cuello.
Octubre 15
Sigo recordando y recordando cosas de nuestra vida en la soledad de esta casa. Como si hubiese sido ayer, ahora me viene a la mente el discurso de Salvador Allende cuando tomó posesión como presidente:
“Sólo en un país como el nuestro, políticamente avanzado y maduro, con instituciones profundamente arraigadas, con una tradición democrática ejemplar, es posible el triunfo de la Unidad Popular y será posible la construcción del socialismo respetando la Constitución. Sólo en un país como el nuestro, será posible dar, sin derramar sangre, la dignidad que merece el trabajador del campo y de la ciudad, dar un techo a cada familia, dar un vaso de leche a cada niño, dignificar el trabajo del obrero y del campesino, y que cada chileno se sienta orgulloso de haber nacido en este largo y angosto país. Todos juntos, compatriotas, construiremos un país en que prevalecerá la justicia social…”, y se veía emocionado, mientras tu, serio, fumabas un cigarrillo tas otro.
Vivíamos un momento maravilloso, histórico. ¿Cómo, dime cómo querías que ante esas palabras, con la victoria en la mano, podríamos haber imaginado que tres años después, sólo tres años después, la metralla, en esas mismas avenidas que recorrimos eufóricos, segaría la vida de miles y miles de nuestros compañeros y compatriotas? ¿Dime, por Dios, te lo ruego, en qué nos equivocamos tanto? El día que tengamos hijos ¿qué les diremos? ¿O no les diremos nada, como si nada hubiera pasado, porque no sabremos como explicarles el por qué de estas cosas? ¡Eso sería vergonzoso, como si borráramos de nuestra propia memoria todo esto que está sucediendo! Sí, yo creo, para ser sincera conmigo misma, que llegamos al gobierno y no supimos o no fuimos capaces de crear las bases para construir una nueva sociedad dentro de una democracia que nos dio esa posibilidad, caímos o nos arrastraron a la ilegalidad, a la trasgresión de esa Constitución gracias a la cual llegamos a existir como gobierno, nos empantanamos en nuestras excesivas ambiciones y en nuestra ceguera política. Ahora las calles se han teñido de sangre, los estadios están repletos de presos, hay casas de “gente bien”, adinerada, que han sido facilitadas para que los esbirros de la Dirección de Inteligencia detengan, interroguen y torturen a obreros, campesinos, profesores, estudiantes, pobladores. Allende, que pronunció esas maravillosas palabras en octubre de 1970, sólo tres años después, este 11 de septiembre, desde ese mismo Palacio de la Moneda, mientras los aviones bombardeaban el edificio, dijo con un nudo en la garganta:
“Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile, viva el pueblo, viva los trabajadores! Estas son mis últimas palabras, teniendo en mente que el sacrificio no será en vano”.
Todavía ahora me retumban en los oídos esas palabras. Un nudo me cierra la garganta. Aún no se secaban las lágrimas de mis ojos, cuando me avisaron que te habían secuestrado a pocas cuadras de la casa. En horas se derrumbó nuestra victoria, nuestro futuro, nuestro país de justicia; en un instante se despedazó nuestra vida. Pero resistiré y saldré adelante, y saldremos adelante juntos.
Octubre 23
Comienzan a ser los días más largos y las noches más cortas. El aire de primavera se vuelve más ligero y perfumado. Las noches son frescas, ya no frías. En el parque cerca de casa han puesto enramadas donde se reúne el vecindario a tomar vinito, a reencontrarse y a reconocerse. Ayer fui con Carmen y Cristina a tomar vino caliente y café.
Una señora muy humilde, con la guitarra en el regazo, tocaba sonadas y cuecas. Cantó una cueca que me llamó la atención y anoté la letra en una servilleta de papel para transcribirla para ti en esta libreta. Dice así:
Mi vida, dos corazones unidos
Mi vida, puestos en una balanza
Mi vida, el uno pide justicia
Mi vida, el otro pide venganza
Dos corazones traigo para quererte
Uno traigo de vida, otro de muerte
Otro de muerte, sí, corazoncito mío
En mi pecho los tengo, mi vida.
Mientras escuchaba la cueca, Cristina y Carmen hablaban y hablaban de situaciones y casos horrendos: a los personajes más importantes del gobierno de Allende, los han recluido en un centro de detención en la isla Dawson, allá en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes; se sabe de fusilamientos en minas de sal para que no sea posible reconocer los cadáveres o en los cuarteles militares y los cuerpos los tiran al mar o por las hondonadas de la Cordillera desde helicópteros para que no sea posible encontrarlos: los esbirros de Pinochet realizan torturas atroces, usando electricidad o ratas, en mujeres y adolescentes, para que delaten a sus familiares. Ésta se ha convertido en nuestra conversación habitual, porque es la vida que estamos viviendo todos los días en nuestro Chile que ayer estaba lleno de promesas de una vida justa y prometedora. Pero de pronto me sentí mal y discutí con ellas porque creo que por salud mental es necesario, por algunos momentos, cambiar de tema, no desconocer estos hechos, claro está, pero tratar de no atormentarnos hablando sólo de ellos, hay que ser positivos, buscar formas eficientes de lucha, debemos ver a futuro, no detenernos y hundirnos en las brutalidades del día, no autodestruirnos psicológicamente. Carmen me dijo con sarcasmo:
--Muy bien, entonces tu quieres que hablemos de postres y ensaladas.
Regresé a casa muy molesta, desconcertada y triste. No me di a entender con mis amigas. Me acosté y me puse a leer tus notas. Apenas ahora comprendo, luego de esta enorme atrocidad que estamos padeciendo, cuánta razón tenías en tus planteamientos. Todos, ahora, nos enteramos de lo que está sucediendo en este país que tanto queremos, pero lo importante es comprender por qué fue posible que sucediera lo que está sucediendo, eso es lo que quiero entender y creo que todos necesitamos entender eso: ¿Por qué? Mencionas que sólo las revoluciones “de abajo hacia arriba” es posible, aunque nada puede garantizarlo, que tengan permanencia. Escribes: “Una revolución social para triunfar necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para asumir el papel conductor de la revolución. Y en Chile carecemos de ambas condiciones. Sólo la revolución conducida por un pueblo más organizado y disciplinado que armado, que en la lucha adquiere conciencia de sí mismo y se consolida como clase, puede considerarse una revolución auténtica, digamos como en un principio en la URSS, en Vietnam, en China, en Cuba. Y aún en esos países la revolución podría fracasar por no partir de la base de disponer de fuerzas productivas altamente desarrolladas y por la necesidad o la circunstancia histórica de recurrir a la dictadura de una elite constituida y autodefinida como partido del proletariado, y a la restricción, sino es que eliminación, de las libertades individuales, porque la contradicción es precisamente esa, se requiere de una dictadura para crear un nuevo sistema, sin embargo sin libertad no hay desarrollo político, social, económico. La dictadura, en cualquiera de sus formas y en cualquier sistema sociopolítico, tiende invariablemente a generar deformaciones que van en detrimento de los objetivos últimos y fundamentales del sistema de que se trate y del proceso revolucionario empeñado en implantar un nuevo sistema. En Chile –escribes--, vivimos la revolución de las empanadas y el vino tinto, e idealizamos al obrero, y creemos que sólo y exclusivamente por ser obrero es un agente revolucionario, aunque carezca de conciencia de clase y de disciplina revolucionaria y de preparación para la conducción del proceso revolucionario. Los pequeños burgueses revolucionarios sufrimos el síndrome del redentor: frente al obrero agachamos la cabeza, nos sentimos culpables de su explotación, sufrimiento y miseria, nos golpeamos el pecho y repetimos mea culpa, mea culpa, y nos lanzamos a redimirlo, inconcientes de que a la postre, en nuestra aventura, los perjudicamos mas que beneficiarlos, porque serán ellos, si hay un fracaso, los que resentirán el rigor de la represión y la violencia reaccionaria”.
Te confieso que entre más sigo leyendo más me confundo, pero más comprendo lo que podría haber detrás de todo esto que está sucediendo. Agregas que ni en Polonia, ni en Checoslovaquia, ni en Albania, ni en Estonia, etc. es posible hablar, con honestidad y objetividad que impone el materialismo histórico, de un verdadero sistema socialista. Y si eso fuera poco, continuas escribiendo que ni siquiera en la Unión Soviética es posible hablar de un auténtico socialismo, porque la hegemonía y el control de Rusia sobre otras naciones, desvirtúa y degrada los principios fundamentales de este sistema, y aún dentro de la propia Rusia, donde la dictadura del burocratismo ha reemplazado a la del proletariado, un día constituido por auténticos soviets populares, donde el sistema por lo tanto se aleja rápida e irremediablemente del socialismo democrático. Pero entonces, me pregunto yo, ¿qué nos queda, cuál es el camino a seguir, luego de esta espantosa experiencia que estamos viviendo en este país y de todas tus especulaciones teóricas?
Octubre 30
Las últimas líneas que escribí en esta libreta me dejaron verdaderamente desconcertada y me han hecho meditar mucho. Mira, mi madre desde que yo tendría unos seis años, me contaba un cuento como para frenar mis ímpetus, y creo que viene ahora al caso recordarla. Me decía: “Hija, todas las cosas en su lugar y a su debido tiempo, disfruta la vida de acuerdo con tu edad y no comas ansias”. Y me contaba el cuento de la oruga que contemplaba a una mariposa que revoloteaba a su alrededor, haciendo lindas y delicadas piruetas. La oruga adherida a la corteza de un árbol, contemplaba con envidia y desesperación a la mariposa, de alas amarillas, azules y blancas. Veía como se posaba en los pétalos de las flores, se elevaba y descendía con ligereza, movía sus antenas e iba y venía con gracia y donaire. Y entonces le preguntó a la mariposa: “¿Dime, de dónde vienes, quién te ha hecho tan hermosa y elegante, quién ha puesto esos hermosos colores en tus alas, cómo puedo llegar a ser como tú?” Y la mariposa le contestó: “Yo vengo de donde vienes tú y un día fui como tú”. Y la oruga insistía, porque no lo podía creer y porque era muy impaciente, y quería que la mariposa le dijera qué debía hacer para ser ya, sin pérdida de tiempo, como ella. La mariposa le explicaba que no debía hacer nada, que debía tener paciencia y crecer, vivir su etapa, madurar, y que un día sería como ella, quizás cuando ella ya no estuviera para verla. Pero la oruga no le hacía caso, le decía que ahora ya la había conocido y no resistía más, tenía a toda costa ser como ella lo antes posible. “No puedes ser como yo si aún te falta ser lo que debes ser –le decía la mariposa--. Yo te aseguro que antes debes ser una crisálida, y veo que tu no conoces tu propio futuro, como es natural, pero yo conozco mi pasado, que es tu presente, y mi presente, que es tu futuro, por eso sé que te falta aún por recorrer tu camino, y al mismo tiempo debes disfrutar tu momento actual, tu condición de oruga”. Pero la oruga empecinada se quejaba de que apenas se podía mover, que debía arrastrarse y le repugnaba ser así, y desesperada dijo: “Quiero de una vez volar por los aires y nadie me va a detener”, y así diciendo se frotó con violencia contra la corteza del árbol, se sacudió, rompió su envoltura y cayó moribunda entre la hierba, pero antes de morir percibió una pequeñas alas color azul, blanco y amarillas que comenzaban a brotar de su cuerpo.
Noviembre 10
Este fin de semana ha hecho mucho calor. Con Carmen y Cristina decidimos ir a la playa y fuimos, ¿dónde crees?, a Horcón. Pasé horas y horas sentada en la arena, contemplando cada rincón de esa antigua y tranquila caleta de pescadores. Ahí, al parecer, el tiempo se ha detenido y ese lugar y esos pescadores de caras curtidas parecen inmunes al sufrimiento que nosotros padecemos. Ahí no llega el odio y la venganza. El mar impone el ritmo de vida y hace a esos hombres contemplativos, como ajenos a las cosas terrenales. De pronto pregunté a mis amigas: “Ustedes se han podido explicar por qué está sucediendo todo esto en Chile, quiero saber el por qué?”. Se encogieron de hombros y me dijeron, en forma desganada: “Pues ¿no te has dado cuenta?, esto es obra de la CIA, la ITT, los momios y los militares, todos coludidos, todos muy reaccionarios”, pero es una ligereza pretender explicar lo que está pasando con ese tipo de respuestas.
¡Cuántos recuerdos nos unen, a ti y a mí, a ese lugar! El verano pasado estuvimos ahí, solitos, ¿recuerdas? En esa caleta, una noche, con la luna llena nos metimos en el agua fría e hicimos el amor. Recuerdo que yo pensé que el mar, las olas, se llevarían el fruto fecundo de nuestro amor hacía otras latitudes donde, como en el origen de los tiempos, nuestra vida se recrearía y perduraría por siempre. Eso recordé ahora en Horcón.
Hoy en la noche, al regresar a casa, sentí más que nunca la necesidad de tu presencia, de tus besos, de tus caricias, de tu cuerpo…
Mañana estoy citada de nuevo en la Vicaría y ya avisé a tú mamá para que vaya conmigo. Hemos ido casi todos los días, a veces sólo para hacer acto de presencia y presionar. En el Ministerio de la Defensa niegan que estés detenido, dicen que no estás registrado en ningún centro de detención, que seguramente has decidido exiliarte o lanzarte a la clandestinidad, y eso es muy peligroso, porque con ello pretenden hacerte desaparecer de un momento a otro sin dejar rastro alguno. Algo han aprendido estos de aquí de los campos de concentración de los nazis.
Diciembre 15
Anoche leí en la libreta algo que me gustó mucho. Esas líneas reflejan muy bien tu carecer, tu forma de ver la vida y de vivirla y todas las características tuyas que admiro y me atraen. Entre otras cosas dices que con el transcurso de los años tendemos a reducir nuestro abanico de expectativas e intereses y nos concentramos más y más en los asuntos personales o familiares; pasamos de un horizonte cuyos límites son el mundo, la sociedad y nuestra imaginación, al mundo de nuestros ahorros, de nuestros placeres personales y nuestros achaques; que este cambio de actitud a veces va acompañado de una tendencia a la angustia y a la neurosis; tendemos a convivir con problemas reales e imaginarios y a sobredimensionarlos, sin siquiera desea resolverlos; y todo ello nos hace perder la visión maravillosa de la vida. Perdemos el sentido del humor, la capacidad de asombro, la risa espontánea, la naturalidad para expresar nuestras emociones e ideas, y nos vamos preocupando por la muerte, nos volvemos graves, serios y fatalistas. Dices que es necesario condimentar nuestras vidas con un poco de hedonismo y evitar que se formen “callos en los sentimientos”; que nuestros cinco sentidos están hechos para que a veces seamos sibaritas, aunque no debamos transformar el placer en el objetivo de nuestra vida, pero sí es evidente que perdemos la noción de su existencia y si algún día se nos presenta la oportunidad del gozo y del placer, nos aterramos debido a nuestros prejuicios y nos encerramos como ostras, porque sentimos que caemos en pecado. Dices también que el arte, como la pintura, la música y la poesía, son después de todo caminos que conducen al hedonismo sublime, no sólo los sentidos conducen al placer, sino también la virtud y la capacidad creativa del hombre y su relación con la naturaleza. Agregas que no comprendes a quienes proponen esa aberración de supeditar el arte a un fin político, de pretender que el arte lleve un mensaje político. Y yo estoy de acuerdo contigo.
Diciembre 21
Toda la noche pensé en tus comentarios sobre el disfrute del placer. Es cierto, hay placeres como una rica comida en la que se disfruta la combinación del ajo, la cebolla, el perejil y la nuez moscada, con unos granitos de pimienta.
Cuánta razón tienes en ver así las cosas de la vida, porque a muchos se nos escapan y nunca las apreciamos, es como vivir un poco en la sombra, vivir a medias. Creo que estimulada por la lectura de tus notas, hoy domingo me dediqué por completo a disfrutar de la vida. Me levanté tarde, como a veces hacemos tú y yo, abrí la ventana de par en par e hice un poco de ejercicio, llenando mis pulmones de aire fresco y perfumado de primavera. Me bañé y me arreglé, si bien tenía la intención de no salir de casa, es que darle un toque a la vanidad no está de más. A medio día se me ocurrió preparar, ¿adivina qué?, sí, tu platillo favorito: ostras luna de miel, y una sopa de champiñones, que a mi me gusta y a ti no, en realidad no te gusta ninguna sopa, eres como Mafalda. Para pasar este día disfrutando de la comida, invité a tu mamá que no se dejó repetir dos veces la invitación. Ella llegó con un buen vino y postre.
Mira, puse las ostras en una cacerola con un poquito de agua y las calenté al vapor hasta que se abrieran. Las saqué de la concha, las escurrí y las envolví en delgadas rebanadas de jamón. Pasé luego estos rollitos en huevo batido, previamente aderezado con sal y pimienta, y además los pasé por pan molida. Les puse palillos de dientes para que no se abrieran y los freí en aceite hirviendo, justo para que se dorara el pan. ¡Me comí seis y otros tantos tu mamá!
Pero antes nos servimos la sopita de champiñones, que la hice con vino tinto. Corté los champiñones en cuatro y luego de saltearlos en mantequilla, les agregué sal, pimienta y nuez moscada. Los herví por unos quince minutos en su jugo y con un poco de caldo de pollo, y antes de servir agregué medio vaso de vino.
Pero te quiero decir, mi amor, que el placer de los sentidos, como cualquier otro placer que pueda proporcionar la música, la pintura, la poesía, la naturaleza, etc. no tiene sentido si no se comparte, si no se disfruta con alguien. Con tu mamá fue maravilloso, pero nos faltaste tú.
Diciembre 30
Amor de mi vida, hoy empecé el día con cierta nostalgia, con melancolía, a pesar de la mañana veraniega, del cielo azul y del sol resplandeciente. La Cordillera se ve imponente, creo que es uno de los privilegios que tenemos los santiaguinos: tener a la vista este prodigio de la naturaleza. Salí a caminar y recorrí este barrio apacible, el parque donde te gusta ir a leer. Regresé a casa cerca de las diez y me llamaron de la Vicaría para decirme que un compañero que fue liberado de Tejas Verdes, nada menos de ese campo de concentración nefasto a imagen y semejanza de los campos nazi, estuvo contigo y atestigua que estás ahí, que estás vivo. ¡Al fin te hemos localizado y sabemos de ti! Bueno, fuimos inmediatamente a la Vicaría y nos encontramos con este compañero, se llama Armando, y yo sentí un inmenso dolor en el pecho al verlo, quedé estupefacta: está delgado, pálido, ojeroso y con muletas. Tiene las rodillas destrozadas por los bastonazos que le dieron. Rótulas y meniscos deshechos. Él dice que por estar en esas condiciones y por haberlo tratado un médico civil, lo dejaron libre. Nos comentó, y ya lo dejó por escrito en tu expediente, que estuvo contigo en una mazmorra y que hasta el último día que te vio, hace unos quince días, estabas vivo, que habías soportado las torturas, pero que es importante que hiciéramos las gestiones con su testimonio escrito para que te dejen en libertad.
Estuvimos hablando un buen rato. Lo tuvieron por algunos días en un cuarto de castigo, oscuro, sin ventanas, que tenía sólo un orificio de ventilación y pudo escuchar a través de él las conversaciones de algunos militares que están a cargo de ese centro de detención. Decían, orgullosos, que Pinochet es un héroe, un auténtico militar, de esos que saben que tiene la guerra ganada antes de comenzarla, que pronto será admirado en otros países, que los chilenos lo que necesitan es ser gobernados con mano dura, que eso de un vaso de leche para cada niño y un techo para cada familia es cosa de politiqueros irresponsables y débiles mentales, que Pinochet gobernará hasta sacar a este país del hoyo en que lo hundieron los políticos ineptos y que aunque regresen los civiles al gobierno, luego quizás de veinte o treinta años, seguirán sus pasos, su política económica. Armando dice que eso es lo que esos militares piensan. Yo, quizás un poco inoportuna, le pregunté: “¿Y tú, Armando, qué piensas?”, pero es como si me lo hubiera preguntado a mí misma, y me invadió un gran desasosiego cuando vi que él sólo levantó los hombros, con una mirada entre la resignación y la frustración. Quizás con esa expresión de derrota en la mirada nos miraremos a los ojos nosotros, los compañeros, en el futuro y sólo nos limitaremos a mostrar al mundo la traición del sátrapa de Pinochet, los horrores de ese día 11 de septiembre y el sacrificio de un hombre de todos los tiempos, de Salvador Allende.
Después me reuní con el abogado y él cree que ya ubicado será posible obtener tu libertad. Lucharemos con renovado esfuerzo para sacarte de ese tenebroso lugar, yo curaré tus heridas y te cuidaré. Estás vivo y la vida vuelve a mí. Por el momento, ese es mi único deseo.
D.R. Dauno Tótoro
noviembre 1973
(Si desea imprimir una copia de este cuento por favor infórmelo al autor, gracias)
