CUENTOS
DE MISTERIO
 


El Usurpador de Identidad 

        

 

--¡Ríete ahora, maldito camaleón! –dijo con un  tono sarcástico y con ira desenfrenada aquel rufián bien trajeado, luego de asestar un golpe sorpresivo, certero y fulminante en el cuello de Olaf, degollándolo con una alabarda que descolgó del escudo adosado en una de las paredes del estudio. En seguida se alejó del lugar, indiferente, con paso lento salió del estudio, dio un portazo y se perdió en la noche de aquel trágico viernes.

     Yo estaba ahí, sentado en el sofá, y quedé petrificado al ver como Olaf se desangraba, mostrando una mueca en sus labios que parecía ser una sonrisa de incredulidad, o de despedida, mientras clavaba sus ojos oscuros en los míos y me tendía el brazo con la mano abierta como intentando aferrarse a la vida que se le iba a borbotones con cada latido del corazón. Aún hoy, luego de siete años de ese crimen, siento un escalofrío que me recorre el cuerpo al recordar esa escena.

     En esta mansión antigua que se encuentra al fondo, donde termina la calle sin salida de Emerson, que fue la residencia de la familia Schmalfuss, se cometió el asesinato.

     El enrejado que cruza la calle de acera a acera, marca el inicio de la propiedad y recuerdo que una vez fue de un impactante negro mate con puntas de lanza doradas que lo remataban en la parte superior. Ahora, en cambio, es de un color rata, grisáceo, con manchas de óxido en los barrotes, mostrando el deterioro producido por el paso del tiempo.

     El amplio jardín que separa el enrejado de la casa, está abandonado: hay hierba crecida por todas partes que  cubre casi todo el camino de baldosas que conduce a la puerta principal de la casa; hay cardos, ortigas y varias enredaderas, una balsamina por allá, unas buganvillas por acá, muy crecidas, invasoras, con las hojas y flores secas.

     La fachada de la residencia también es ahora deplorable, pues es evidente el deslavado producido por las lluvias y la decoloración a cargo del sol, y está descascarada en algunas partes. Y que decir de la canaleta de zinc que corre a lo largo del techo de dos aguas, con roturas en diversas partes y un pedazo de ella que cuelga en uno de sus extremos.

     Las amplias ventanas, protegidas por delgados barrotes de hierro forjado que hacen juego con el diseño de la reja, dan una sensación de  misterio y encierro a este decrépito inmueble, una vez orgullo de la familia Schmalfuss.

     Hoy, séptimo aniversario  de ese hecho de sangre, he querido ver de  nuevo esta vieja casa, desde aquí, desde la verja, porque esas paredes encierran muchos recuerdos y una tragedia, la cual, eso he creído siempre, yo bien podría haber evitado. Quiero recuperar algunos de esos recuerdos, ver si logro ensamblarlos como un rompecabezas, narrarlos, quizás movido por el afecto que durante un tiempo sentí por Olaf, último descendiente de la familia Schmalfuss; por esa amistad inocente que nos unió cuando la vida se nos hacía fácil; por esa obsesión que él tenía de que se narrara su existencia.

 

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 A Olaf lo conocí cuando ambos éramos adolescentes. Cuando yo recién había cumplido trece años mi familia se mudó a una casa en la calle Emerson, a una cuadra de la residencia de los Schmalfuss, así que éramos en cierta forma vecinos. Además, frecuentamos la misma escuela donde terminamos la enseñanza media y el bachillerato, y luego nos inscribimos en la misma Universidad, donde, un poco contra la voluntad de nuestros padres, Olaf cursó la carrera de Filosofía y Letras y yo la de Historia. Recuerdo que Olaf, desde que ingresó a la Universidad, me aseguraba que llegaría a ser un  escritor famoso, era su obsesión,  y siempre llevaba consigo un cuaderno  en el que hacía constantemente anotaciones que nunca mostraba a nadie. Cuando alguien le preguntaba sobre el contenido de ese misterioso cuaderno respondía: “Es mi memoria en letras, porque mi vida debe ser  escrita”.

     A decir verdad, yo he convivido más con la familia Schmalfuss que con la mía propia.

     Mis padres fueron, como suele decirse, gente de mundo. Sus intereses estaban orientados al bienestar material y a figurar en sociedad. Mi madre, una mujer muy activa y de negocios, se desempeñó durante veinticinco años como gerente de uno de esos hoteles elegantes de Polanco y, al jubilarse, no supo darle otro derrotero a su vida que continuar en ese mismo hotel con el cargo honorífico de asesora en relaciones públicas. Ese hotel fue la prolongación de su casa, quizás el sustituto de la misma, y la realización de sus mezquinas aspiraciones y de sus grandes pero frustradas ambiciones. Mi padre fue oncólogo, de grandes vuelos y reputación entre la gente acomodada de Polanco y de no menores ingresos. Viajaban continuamente, eran grandes aficionados a los cruceros de lujo y no perdían la ocasión de asistir a los estrenos de otoño en los mejores teatros de Nueva York. Esa afición la compartían con personajes de la alta sociedad que a su vez representaban para mis padres peldaños para trepar en ella y abrirse nuevos espacios y horizontes en ese mundo frívolo y cerrado, una verdadera casta que se considera, aún hoy, a sí misma una raza especial. Desde luego frecuentaban gimnasios y SPA de moda y exclusivos con el mismo propósito con que realizaban sus viajes, y periódicamente renovaban sus guardarropas.

     Yo fui hijo único y de niño permanecí al cuidado de la servidumbre. Después, con los años y la facultad de discernir, me consideré afortunado de recibir poca influencia de ellos y de no haber sido incorporado a su mundo.

     Mis padres nunca tuvieron simpatía por los Schmalfuss. Bastaron unas breves visitas a la casa de éstos y al negocio de antigüedades que poseían, para formarse un concepto no muy bueno de esa familia:

     --Hijo --me dijo un día mi padre--, ten cuidado con esa gente. Ese señor no es de fiar, es un gran marrullero --se refería a don Samuel--, y su esposa es una mujer superficial, sin clase, corriente.

     Sin embargo, para mí en esos años valía más la amistad de Olaf y el afecto y la familiaridad con la que me acogían sus padres que esos juicios morales que no comprendía. En efecto, don Samuel y su esposa Sarah desde un principio me recibieron en su casa como un miembro más de la familia y veían con mucho agrado mi amistad con Olaf, su único vástago.

     Con Olaf transcurría tardes enteras, y durante muchos años, en la tienda de antigüedades de don Samuel. Teníamos por costumbre, al salir de la escuela, ir a casa de Olaf donde almorzábamos con sus padres, y por la tarde nos dirigíamos con don Samuel a la tienda y ahí permanecíamos hasta la hora de cerrar el negocio.

     Doña Sarah, apenas terminado el almuerzo, invariablemente, todos los días, se esmeraba en preparar bocadillos y supervisar la sala, que la había convertido en un salón de juego. En una esquina había un esplendido y bien surtido bar; cuatro mesas de juego recubiertas con paño verde colocadas en el centro, pero separadas entre ellas; sendos carritos con ruedas que suponíamos circulaban incesantemente de la cocina a la sala y del bar a las mesas de juego para deleite del paladar de las incansables y fanáticas jugadoras de bridge que se reunían cada tarde en ese lugar. Las botellas al parecer se vaciaban con rapidez, de vodka y ginebra sobre todo, pues aparecían al día siguiente apiladas en los botes de basura en el patio trasero de la casa, a la salida de la cocina.

     En la tienda de antigüedades Olaf y yo nos instalábamos en un viejo escritorio tipo secreter, con cortina corrediza, y ahí hacíamos  nuestros deberes escolares. Recibíamos a algún ocasional cliente que era atendido de inmediato por don Samuel, acompañábamos a algún curioso que entraba sólo para hacer un recorrido por la tienda y observar los variados objetos que ahí se exponían o charlábamos de nuestras aventuras amorosas de adolescentes, mientras don Samuel, con un ayudante húngaro de edad indefinida, pasaba horas y horas en el taller, ubicado en la trastienda.

     A veces nosotros también entrábamos en el taller a fisgonear y observábamos con mucho interés, pero sin juzgar ni comprender a ciencia cierta lo que ahí se hacía, como los listones bastos de madera se transformaban en marcos con doble lomo y canaleta central o con cornisa cóncava y bordes sobresalientes o  garigoleados, luego venían recubiertos con hoja de oro mate y después, con ciertos procedimientos que aplicaban don Samuel y su ayudante, ese color oro perdía su aspecto llamativo y se convertía en un tono sentado y suave, como una pátina, que penetraba en los socavados de las hojas de flor de lis, en los recovecos, cornisas y molduras, y que yo suponía que sólo el transcurso del tiempo era capaz de conferir.

     A menudo veía a don Samuel ensimismado, encorvado, concentrado tras una enorme lupa rectangular, que emitía una fuerte luz por la parte anterior y que colgaba de un soporte móvil, el cual estaba  fijo en el otro extremo en una amplia mesa inclinada, tipo restirador de arquitecto. En esa posición lo veía que retocaba pacientemente algunos cuadros o  figuras u objetos de bronce, con finísimos pinceles, o con un pequeño taladro o berbiquí en el que estaban montadas delgadas brocas de punta redonda que giraban o vibraban o con cotoncillos de badana y borra remojados en sustancias conservadas en frascos de porcelana que recordaban los de las viejas boticas de pueblo.

     La tienda era un lugar singular, repleto de las más variadas figuras y objetos de porcelana, de cristal macizo, de bronce, de mármol y alabastro, de muebles muy antiguos, cuadros, biombos, gobelinos, lámparas de latón de mesa o de techo de múltiples luces, había un reclinatorio antiguo, digno de un cardenal, con cojinete de terciopelo rojo del que colgaban bordados con hilo de oro que adornaba el apoyabrazos, así como había íconos griegos y rusos. Ahí vi un finísimo reloj  de mesa estilo Napoleón, y reproducciones en mármol o alabastro de la Venus de Milo, del David de Verrocchio, del Discóbolo de Mirón, del Pensador de Auguste Rodin.

 

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En esas tardes en el negocio de antigüedades supe que don Samuel había aprendido de su padre y de un artesano húngaro, las complicadas técnicas de envejecimiento artificial del bronce, madera, latón y óleos, así como, no menos importante, el arte de vender, de convencer a quienquiera que se asomara en el negocio, o a algún  cliente, para adquirir esos objetos no comunes, algunos exclusivos y únicos.

     --De inmediato –nos explicaba don Samuel--, con ojo escrutador y mente sicológica, uno tiene que clasificar al posible cliente y proceder de acuerdo con su interés o vocación. Miren muchachos, no lo olviden, hay cuatro tipos de compradores, además del simple curioso que entra para echar una mirada, al que tampoco hay que descartar de antemano. Está el cliente pretencioso, bien trajeado, –continuaba explicando don Samuel--, que desea vanagloriarse ante familiares y amistades demostrando que avanza en el status social al poseer obras de arte. Es el más fácil de atrapar porque este individuo está poseído por la vanidad y por lo general es zopenco, ignorante. Está el genuino amante del arte, a veces mal vestido, el que aprecia y se deleita con cada obra que adquiere, que disfruta la posesión y la contemplación, y por lo general es un romántico y es fácil de convencer, pero hay que respetarlo, hay que ser honesto con él. Está el que procede a adquirir obras de arte para atesorarlas, vestido a la última moda y con relojes y anillos ostentosos, compro obras como si fueran una inversión con altos rendimientos a futuro para incrementar su patrimonio, estos clientes son avaros, quisquillosos, mezquinos, regatean  y son de cuidado. Y en fin está el revendedor o traficante, que viste como el tendero de la esquina, que se hace pasar por amante del arte, es sagaz, astuto y  pretende beneficiarse de todo y de todos. Pero a todos hay que convencerlos –concluía don Samuel--, que se llevan a su casa un pedazo del arte universal, un pedazo de historia, así se sienten  importantes, les satisface el ego y la vanidad.

     Y en efecto don Samuel era un maestro en estos menesteres. Un día ofreció a una señora enjoyada y muy distinguida, una pintura, recién manipulada en el taller,  y con expresiones de admiración, como si estuviese actuando en un escenario de teatro, recalcaba que esa era una obra original. Le decía: “Nada menos, señora mía, que uno de los primeros trabajos de Santiago Carbonell, descendiente directo del famoso Alonso Carbonell, arquitecto que construyó el Palacio del Buen Retiro en Madrid”, pretendiendo con esto elevar al cuadrado el talento artístico de ese pintor. Otro día, recuerdo muy bien, a un señor ya bastante viejo que quería hacer un regalo y que parecía que por primera vez compraba un cuadro, tardó cinco minutos en convencerlo y venderle una pintura antiquísima, adquirida por don Samuel en la décima parte del precio en que la estaba vendiendo, porque la tela estaba en tales condiciones, y con un marco podrido, que yo la habría tirado a la basura. Pero salió del taller estupendamente restaurada. Sólo entonces me di cuenta de que se trataba de una dama, una cortesana, según me explicó don Samuel, de la corte de Felipe V, primer rey de España de la Casa Borbón.

     Bueno, es necesario mencionar que don Samuel sabía en verdad su oficio. Con otro caballero muy entendido en pintura, conversó un buen rato acerca de la vida y obra de Wilfredo Lam, pintor contemporáneo cubano. Yo estaba de verdad sorprendido. Y al fin el caballero se llevó La Jaula, hermoso cuadro pintado por este artista en 1940. A este caballero además le obsequió una copia en tinta china de trazos finos y precisos que representaba a Paul Eluard, hecho por Picasso. Sin embargo tanto Olaf como yo nos sorprendimos y quedamos muy preocupados cuando logró vender con refinada verborrea, usando precisamente un discurso diferente dependiendo del tipo de cliente, una obra haciéndola pasar como original de Amedeo Modigliani, era La Joven de los Pendientes, y nos constaba que el mismo don Samuel la había encargado a un copista.

     --Oye papá --recuerdo que le comentó Olaf--, ¿no crees que esa venta puede traerte problemas…?

     --Mira hijo –le contestó don Samuel con la mayor naturalidad--, basta saber que el original de ese cuadro forma parte de una colección privada para quedarte tranquilo. Este cliente por más galerías y museos que visite nunca se va a topar con el original. Y si llegara a leer en algún catálogo que ese cuadro forma parte de una colección privada, se va a sentir orgulloso creyendo que es el suyo. Sólo hay que cruzar los dedos para que en ningún catálogo se mencione el nombre del dueño de la colección.

     Cabe advertir que para cada objeto que en esa tienda se encontraba, bueno, casi todos pues no era el caso de algunos muebles o lámparas, don Samuel tenía a la mano y a la vista de todos, el historial (nosotros le decíamos el pedigree) de la obra en cuestión y del autor y muchos objetos tenían marcados en el reverso o en la base sellos que testificaban su autenticidad. 

     Recuerdo que en una pared estaba colgado un cuadro, del pintor Georges Rouault,  que representaba un horrible desnudo, una mujer de cuerpo feo que nos miraba con ojos severos, lo teníamos enfrente del secreter, y por eso le insistíamos a don Samuel, medio en broma medio en serio, que lo vendiera lo antes posible, a cualquier precio, porque era a veces motivo de nuestras pesadillas. En cambio a poca distancia de ese adefesio estaba La Anunciación de Rossetti y a lado La Blusa Negra del francés Cornelius van Dongen, que eran mis favoritos. Pero don Samuel me decía que era más probable que vendiera a un precio razonable estos dos, porque formaban parte de colecciones privadas. El otro, en cambio, era más valioso.

     En realidad a esa edad de la adolescencia inocente, y posiblemente por ver que todos esos procedimientos de venta eran cosas de todos los días, era después de todo el modus operandi de ese negocio, yo  consideraba a don Samuel un hombre astuto, hábil, culto, a veces genial; era para mi un artista transformador. Sólo después de muchos años me convencí  de que era en realidad un “artista” falsificador y un marrullero, coincidiendo con la opinión de mi padre, y más aún, recordando ciertas transacciones que hacía, a veces medio a escondidas, me dolía reconocer que era un hombre deshonesto, y me dolía porque en ese tiempo sentía mucho afecto por él. Y además, con él aprendí mucho de arte y de historia. Estoy seguro que en esa tienda,  gracias a don Samuel y a esos folletos que llamábamos pedigree que leía y releía porque los encontraba fascinantes, se fue formando mi vocación por la Historia.

     Por ejemplo, cuando don Samuel estaba de humor y no tan atareado en el taller, nos llamaba y nos mostraba con orgullo algunas de sus posesiones preferidas y nos hablaba de ellas. Una vez nos mostró una esplendida reproducción en bronce, de unos setenta centímetros de altura, del Rapto de Prosérpina, de Bernini, y nos relataba, como un verdadero catedrático, cómo había sido realizada esa obra y a solicitud de quien, la técnica empleada por el autor en la fundición, el período al que pertenecía, y nos contaba con detalles sorprendentes para nosotros la importancia de esa diosa de la agricultura entre los romanos, que era considerada  reina de los infiernos, que había sido mujer de Plutón, hija de Júpiter y Ceres, y en fin la importancia de su correspondiente Perséfone, entre los griegos. En otra ocasión nos mostró la Coronación de Semiramis, obra de Guido Reni, y ahí aprendimos la historia de esa legendaria mujer, fundadora del Imperio de Asiria, quien mandó construir Babilonia y los famosos jardines colgantes en esa ciudad.     

     En una vitrina don Samuel guardaba celosamente un par de lanzas antiguas, dos alabardas sujetas a un escudo que en la parte superior ostentaba un grabado en bajo relieve que representaba una corona encima de una atalaya o torre de castillo medieval. Cada alabarda tenía en la parte superior una moharra, una larga punta de lanza, y debajo de ésta, una cuchilla transversal que por un lado era una flor de lis y por el otro una media luna afilada. Estas fueron durante mucho tiempo mis piezas predilectas y yo soñaba con tenerlas algún un día, sin nunca sospechar lo que con ellas iba a suceder. Me fascinaban porque sentía una atracción especial, casi un enamoramiento,  por el personaje que las había poseído originalmente. Se trataba, según me contó don Samuel, de unas piezas auténticas que habían pertenecido a  Ana de Mendoza y la Cerda, princesa de Eboli, de quien yo averigüé luego vida y milagros. Qué mujer fascinante, hermosa aún con su parche de pirata en el ojo derecho, que lo usaba no por haberlo perdido, sino por ser bizca, ¡qué sublime coquetería!, pensaba yo, qué mujer de temperamento, hasta se peleó con Teresa de Jesús, fundadora de las Carmelitas Descalzas. Esa mujer se casó a los doce años y tuvo diez hijos de su marido Ruy Gómez de Silva, a quien siempre le fu fiel, y quedó viuda a los treinta y tres años. Luego Felipe II El Prudente la desterró de El Escorial por tener relaciones con su secretario y por las intrigas palaciegas. Yo todos los días pasaba frente a esa vitrina y contemplaba esas alabardas, recordando cada vez a esa mujer fascinante.

    Sin embargo un día, lo que no olvidé jamás desde entonces, entró al negocio una persona un poco estrafalaria, con chamarra, con barba, con anteojos con espejuelos redondos, relativamente joven. Yo lo acompañé en un  breve recorrido por la tienda. Cuando pasó frente a la vitrina de las alabardas, se quedó parado un buen rato observándolas y luego ojeó el folleto explicativo que estaba ahí mismo y  me preguntó, sin quitarle la vista a la vitrina: “¿Seguro que son auténticas?”. “¡Claro!”, le respondí casi ofendido. Me comentó que era profesor universitario, del área del Doctorado de Patrimonios Culturales de la “Universitat Internacional de Catalunya” en Barcelona, estaba en su año sabático  y llevaba a cabo una investigación sobre Chichén Itzá y la vida de los mayas. Pero había hecho otra, tiempo atrás, sobre el Vaticano. Me comentó que en el Vaticano había cerca de cien soldados que formaban la Guardia Suiza, de los cuales setenta eran alabarderos y  esas piezas se le hacían muy parecidas a las que esos soldados llevaban. “Sabes, me comentó, uno de los principales problemas que enfrenta el Vaticano es el robo de objetos que ahí se encuentran, para venderlos en el mercado negro, así es que no sería nada raro que esas piezas provengan de allá. Vaya uno a saber. Pero te diré, estas que veo aquí están bien, quizás muy bien conservadas o muy bien envejecidas…”. Y entonces me invadió la duda, se me hizo un  nudo en el estómago y sentí un profundo rencor contra don Samuel.

     Hablo de todo esto como si estuviera contando mi propia vida, pero es que ese ambiente en que nos formamos Olaf y yo en nuestra adolescencia y juventud, influyó mucho en  nuestras personalidades, en  nuestra apreciación de la vida, en lo que luego pretenderíamos hacer de nosotros mismos.

     La verdad es que yo nunca supe con certeza que pensaba Olaf de su padre, si lo admiraba o si en silencio llegó a  juzgarlo y a despreciarlo. Nunca manifestó una señal que pudiera definir algún sentimiento hacia su progenitor. En realidad tampoco hacia su madre. Era una persona reservada y en ese tiempo yo creía que ese mundo, esas vivencias y experiencias nos afectaban de igual manera a los dos.

     Bueno, por eso creo que en esta parte de mi historia está también la suya, aunque, como es bien sabido, cada historia tiene dos versiones.

 

 

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Al inscribirnos en la Universidad, las visitas a la tienda de don Samuel se fueron espaciando cada vez más, hasta que, sin darnos cuenta, dejamos definitivamente de ir.

     Nuestra actividad ahora se concentraba en los estudios, pasábamos horas y horas encerrados en la biblioteca, y en cortejar a las simpáticas y vivarachas primas Laura y Sofía Barragán, condiscípulas de Olaf en la  carrera de Filosofía y Letras.

     Olaf se había convertido en un hombre muy atractivo para las mujeres. Era alto, de tez aceitunada, nariz recta y abundante melena color castaño que, con raya en medio, le caía en forma ondulada por ambos lados de la cabeza. Si bien era muy solicitado por las mujeres, mostró siempre una timidez que reflejaba su temor de relacionarse con la gente. Desde un principio, sin embargo, él simpatizó mucho con Laura: “Somos almas gemelas, creadas el uno para el otro”, repetían a pesar de nuestras burlas y tomaduras de pelo, pero formaron una pareja con lazos duraderos y muy profundos.

     Yo me gradué en la licenciatura de Historia, luego hice la maestría y en seguida me incorporé a la Universidad como asistente de profesor y luego como profesor de tiempo completo. Me casé con Sofía, quien comenzó a trabajar, aun antes de titularse, en una importante casa editora. Tuvimos dos hermosos hijos, gemelos, Rodrigo y Ramiro. Nos instalamos en un departamento recién remodelado, en un séptimo piso, luminoso, acogedor, ubicado en la esquina de Newton y Galileo, a pocas cuadras de la calle de Emerson.

     Don Samuel falleció cuando Olaf  iniciaba el cuarto año de la carrera. Si Olaf era poco comunicativo cuando pasábamos tardes enteras en la tienda de antigüedades y en la biblioteca, después de la muerte de su padre se volvió más y más encerrado en si mismo. Tampoco era, que digamos, una persona cariñosa, ni con los propios padres, y posiblemente en ese entonces la excepción era Laura, a quien de veras adoraba a su manera. Sin embargo, con el pretexto de que la madre estaba sola, demostrando un amor filial repentino, de pronto abandonó los estudios y se recluyó en su casa. Las únicas salidas que hacía era para ver a Laura, ambos profundamente enamorados, y Sofía y yo nos reuníamos con ellos de vez en cuando para tomar un café, ir al cine, a alguna librería o simplemente charlar.

 

 

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Tras la negativa de Olaf de hacerse cargo del negocio de antigüedades que había sido de la familia por tres generaciones, y su determinación de encerrarse en casa para dedicarse tiempo completo a escribir, doña Sarah decidió cerrar la tienda y trasladar todos los objetos a la mansión de la calle de Emerson. Doña Sarah, a causa de la muerte del marido, cayó en una grave depresión, pero su salud empeoró notable y rápidamente por una cirrosis hepática y una úlcera que se le manifestaron como consecuencia del exceso de alcohol ingerido durante las prolongadas tardeadas de bridge que organizó por casi veinte años. No quería saber de doctores ni de medicinas. Salía al jardín, sacudía la balsamina, recogía las semillas que ella misma trituraba pacientemente y se hacía infusiones que tomaba día y noche: “Mi única esperanza, decía, es que esta bendita vulneraria me sane las llagas de los intestinos”.

     Olaf no tuvo que insistir mucho para que Laura, perdidamente enamorada, dejara también ella los estudios y se casara con él. Sofía, que ya me había manifestado sus reservas y temores en cuanto a la personalidad retraída de Olaf, a quien a veces había que sacarle las palabras con tirabuzón, le rogaba, le suplicaba a su prima, que lo pensara bien, que estaba tomando una decisión ofuscada por el enamoramiento, que luego podría arrepentirse, pero no hubo caso. Para no abandonar a doña Sarah que aún sufría las tristezas de la viudez y cada vez más los dolores de sus terribles achaques, Olaf y Laura se instalaron en la casa de la calle de Emerson de la que no salieron más.  Un año después del matrimonio, falleció doña Sarah. Olaf y Laura, por motivos que no logré nunca entender, quedaron por voluntad propia atrapados en esa casona familiar, convertida en su interior en un laberinto de cosas viejas, pero sin recuerdos para nadie, con escaleras de peldaños de mármol desgastados y contrahuella de madera fina, que hacía juego con el imponente barandal de caoba roja.

     Poco a poco Olaf y Laura se hicieron muy retraídos, a tal punto que nos dejamos de ver por mucho tiempo, por muchos años. Sabíamos de ellos por las llamadas telefónicas que Sofía hacia a su prima. Por ella supimos, con respuestas muy lacónicas,  que tenían ciertos problemas: “Pero prima, le decía Laura para tranquilizarla, no te preocupes, no son mayor cosa, el asunto se resolverá cuando yo pueda tener hijos, y mira, el amor, que es para nosotros lo más importante, sigue intacto, y te juro, cada vez más fuerte. Y Olaf, no sé, siento por él tanta ternura, como si necesitara mi protección…”.

 

 

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Mi vida con Sofía se fue consolidando a lo largo de esos años que no frecuentamos a Olaf y Laura: íbamos a conciertos, éramos voraces lectores, yo en particular de autores latinoamericanos, nos interesaba el cine, veíamos crecer a nuestros hijos a quienes yo mantenía alejados de las perniciosas influencias de mis padres y nos esforzábamos, con muy buenos resultados, a encauzarlos por otros derroteros que no fuera el mundo frívolo de la juventud de ese barrio de gente adinerada, de esos jóvenes que caían en la vagancia, la superficialidad y sobre todo en el alcohol y las drogas. Nos ingeniamos para crear por Internet un club de lectores para adolescentes y uno de ciencias naturales, con excelentes resultados, ofreciendo gratuitamente a quien se interesara, un programa que mandé elaborar por técnicos de la Universidad. A pesar de ser apenas unos adolescentes, Rodrigo y Ramiro nos retroalimentaban y a medida que pasaban los años nos ayudaban a que no perdiéramos el interés por aquellas cosas que interesaban a los jóvenes y de esta manera acortábamos, en la medida de lo posible, la distancia entre generaciones.

     Creo que durante ese largo tiempo de alejamiento nos encontramos con Laura sólo en un par de ocasiones. Una, cuando falleció su padre, Alfonso Barragán, también tío de Sofía. Al funeral no asistió Olaf. Laura estaba irreconocible: distante, nerviosa, había perdido aquella lozanía que la caracterizaba en sus años universitarios. Apenas nos contestó cuando le preguntamos por Olaf. Mucho después, por insistencia de Sofía, Laura nos hizo una breve visita al departamento y nos comentó que había influido mucho en ella y  en Olaf el hecho de que no habían podido tener hijos, lo que se recriminaban mutuamente. Laura estaba amargada por las insinuaciones, ironías y a veces acusaciones directas e hirientes de Olaf en cuanto a su incapacidad de procrear, de cumplir plenamente el rol de mujer, lo que, sumado a la reclusión en esa casa tan ajena a ella misma, la había convertido en una mujer huraña y triste, pero lo más grave, incapaz de reaccionar.

     Yo me encontraba en un conflicto, pues si bien tenía deseos de continuar la amistad con Olaf, me sentía rechazado, sin poderme explicar el motivo.

     Un día Sofía me comentó que había llegado a la casa editora una petición de Olaf para que se publicara una novela suya y que el comité editorial la había rechazado el manuscrito. Era la primera noticia que después de mucho tiempo teníamos de Olaf y en verdad la negativa de la casa editora nos entristeció. Fue entonces cuando en lugar de una llamada telefónica para saber de ellos, decidimos romper la barrera de hielo y visitarlos sin previo aviso. Nos presentamos una tarde en la casa de la calle de Emerson y quedamos sorprendidos por la transformación que se había producido en Olaf. Si bien conservaba el porte distinguido y sus atractivas facciones, tenía una mirada apagada, como si las penas y tristezas se le hubieran acumulado en el alma. Era, pensé yo, la imagen de un prisionero, víctima de su prolongado y voluntario encierro. Y la casa, como me lo imaginaba, había sido convertida, por lo poco que pude apreciar en ese breve tiempo que estuvimos en el comedor tomando un café, en una bodega de antigüedades.

     Al día siguiente Sofía llamó a Laura y logró convencerla de que se vieran. Luego, me contó Sofía, que habían conversado abiertamente, como si el tiempo no hubiera pasado, y que le regaló un libro, El Jardinero, de Tagore, pidiéndole que lo leyera detenidamente, ahí se iba a dar cuenta del verdadero significado del amor, de la entrega mutua y del equilibrio afectivo en lugar de la sumisión,  y que tomara ella misma la iniciativa, no de dejar a Olaf, pues Laura insistía que a pesar de todo lo quería mucho, pero por lo menos de romper ese pernicioso confinamiento. Consideraba esa relación como destructiva, negativa. “Es como el amor de dos pájaros enjaulados, cada quien en su propia jaula”, le dijo.

     Días después, poniendo yo también algo de mi parte para restablecer la relación con ellos,  me presenté en la casa de Olaf y sin más le pedí que saliéramos, que fuéramos a tomar un café para charlar un poco. Me sorprendió que de muy buena gana aceptara, más aún le agradó mi iniciativa como si esperara esa visita. Me comentó que en esos años había trabajado mucho, tenía varios cuentos escritos y dos novelas, una concluida y a punto de ser publicada (quizás, pensé yo para mis adentros, sería la que había sido rechazada), y otra muy extensa que estaba por terminar. Además, me dijo, tenía en mente un proyecto que lo mantenía muy ocupado desde mucho tiempo atrás y que algún día me hablaría de él. Al despedirnos me pidió que le interesaba muchísimo  que yo conociera su trabajo, que en aras de esa amistad que por tantos años nos había unido, aceptara visitarlo frecuentemente para que me leyera sus escritos, le dedicara parte de mi valioso tiempo. “Vaya, pensé yo, o esa amistad de antaño sigue viva y la quiere renovar o me quiere usar como simple oyente”. Pero sea cual fuera la intención de Olaf, acepté muy contento, pues yo sí estaba muy interesado en continuar esa relación que cuando se da desde la adolescencia no se olvida jamás.

     Y así fue como comencé a visitar a Olaf cada martes y viernes, al concluir mis clases vespertinas en la Universidad. Reanudábamos en cierta forma, cuando estábamos avanzando en nuestros años de madurez, esa amistad interrumpida inexplicablemente y la que yo presentía nunca más sería como antes. Por sugerencia de Sofía, yo pedí a Olaf que a cambio él y Laura nos visitaran los domingos en  nuestro departamento para almorzar juntos. Teníamos la esperanza de salvarlos de ese aislamiento y Sofía se proponía firmemente rescatar a su prima, cuya autoestima, aseguraba ella, estaba por los suelos.

 

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Cada martes y viernes Olaf me esperaba en el estudio, que una vez fue el salón de juego de doña Sarah, apoltronado en el sillón desvencijado que heredó de su padre. Yo me dejaba caer en el sofá, frente a él, me quitaba los zapatos, acomodaba los pies en los mullidos cojines y así recostado, retomábamos nuestra conversación suspendida días antes o bien, lo que era más frecuente, me convertía en el atento oyente de las lecturas que Olaf hacía de los avances de sus escritos, de sus siempre inconclusos y nunca publicados cuentos y novelas. Al anochecer Laura con aspecto arisco, nos traía una bandeja con la merienda, por lo general un recalentado de la comida del mediodía, una nueva tanda de cervezas y luego de dirigirme una sonrisa complaciente, se retiraba silenciosa a su recámara, donde transcurría su solitaria vida.

    Ese estudio, una vez salón de juego, era un lugar amplio pero poco acogedor. Había poco espacio para circular, se sentía un ambiente aplastante, asfixiante. Las paredes estaban cubiertas casi en su totalidad con cuadros de diferentes tamaños, de diversas escuelas y épocas, algunos con enormes marcos labrados, dorados, otros con marcos sencillos, en fin apenas daban cabida a un librero entre las dos ventanas enrejadas, en el que en forma desordenada se apilaban revistas y numerosos libros. Sólo en la repisa superior estaban ordenadamente dispuestos varios volúmenes encuadernados en piel, con lomos y bordes desgastados. En el resto de la habitación había numerosas mesas bajas, largas y angostas colocadas a lo largo de las paredes y unos esquineros, sobre los cuales se encontraban objetos antiguos de todo tipo, los que en un tiempo se exponían en la tienda de antigüedades. En efecto ahí estaban el Discóbolo y la Venus de Milo, entre otras cosas, que tantos recuerdos me traían. Al  lado del librero, pegado a la pared, se encontraba el escritorio de Olaf, siempre cubierto de papeles, de hojas manuscritas, un cenicero rebosante de colillas de cigarros y una moderna laptop que desentonaba con el decorado general. Detrás del escritorio, el sillón de Olaf y en frente el sofá, ya también de segunda generación. Muy a la vista, a la entrada del estudio, adosado a la pared, sin la vitrina, resaltaba el famoso escudo con las dos alabardas que habían pertenecido a mi bien amada  princesa de Eboli, o quizás a la Guardia Suiza del Vaticano, vaya uno a saber.

     En verdad, el resto de la casa era una prolongación del ambiente del estudio. En las paredes más cuadros antiguos y contemporáneos, muchos  gobelinos empolvados, lámparas de bronce y floreros de cristal macizo o de porcelana, más figuras de mármol o alabastro, biombos antiguos de tres o cuatro bastidores colocados en forma caprichosa que formaban extraños laberintos.

     Y ahí, en ese estudio escuchaba la lectura de algún capítulo o avance de los escritos de Olaf o bien una disertación sobre la obra de André Gide, su autor preferido, de quien resaltaba “sus cualidades de pensador, su estilo preciso y erudito, hombre de mente profunda que proclamaba la liberación del ser humano de todo tipo de prejuicios morales”.

 

 

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El rostro de Laura se iluminaba con una amplia sonrisa y con los ojos avispados, cuando los domingos ella y Olaf venían a  nuestro departamento. Laura y Sofía se esmeraban en preparar comida sofisticada y diferente cada domingo. Juntas se veían felices al desplegar el potencial asombroso que tenían para preparar  platillos chinos o irlandeses, mexicanos o italianos, tailandeses o argentinos, sin mencionar los platillos japoneses que eran la especialidad de Sofía. ¡Ay, Sofía, mi querida Sofía!, pero nunca llegamos a cambiar “las pasiones de la cama por los elogios de la cocina”, como alguien dijo en cierta ocasión. Manteníamos la combinación equilibrada de esos dos pilares de la felicidad, además de algunos otros, claro está.

     En verdad cada domingo era un banquete, un deleite para el paladar, un tributo al hedonismo y yo me complacía al ver como Laura disfrutaba cada instante que pasaba en la cocina, cada vez que circulaba por el departamento observando cada cosa, cada detalle y a menudo, ante algo que llamaba su atención, exclamaba:

     --Sofía, ¿qué es esto tan hermoso, dónde lo conseguiste? ¿Qué hiciste con lo que había aquí la semana pasada?

     A lo que Sofía contestaba:

     --Ya sabes querida prima cuál es mi filosofía, renovarse o morir. Lo que tienes en casa úsalo, ámalo o bien si ya no te sirve, regálalo…

     Después de los esplendidos almuerzos, Laura y Sofía salían a caminar, a estirar las piernas alrededor del parque Urbina que se encuentra a pocas cuadras de distancia del departamento, mientras Olaf y yo nos acomodábamos en el balcón, encendíamos sendos habanos y disfrutábamos el coñac. Muy seguido Rodrigo y Ramiro nos acompañaban en estas reuniones que comenzaban a tener un sabor familiar.

     Una tarde Olaf me comentó que había algo que le preocupaba mucho, lo angustiaba. Me dijo:

     --Estoy entrando a la edad de la paranoia del embudo, me asedia el delirio de que la vida se me va de las manos como granos de arena, estoy perdiendo el control sobre ella…

     --Pero espera –lo interrumpí sorprendido--, como es eso si apenas estás en los cuarenta, estás en la plenitud de tu existencia…

     --No, es que no importa la edad –continuó  Olaf--, y no es el temor a la muerte, sino es como precipitarse por un tobogán, en la pendiente de un embudo que conduce, inexorablemente, a una reducción drástica de las posibilidades que la vida ofrece en los años de juventud. Mira –me dijo--, es un hecho, lo que no has logrado definir antes de los cuarenta años, no lo lograrás hacer nunca más. Después de los cuarenta, amigo mío, todo es consolidar, eso sí, no lo  niego, pero sobre la base que definiste y forjaste antes de esos años.

     Me decía que atónito percibía como se le reducían las expectativas, pero sobre todo la capacidad de incursionar en otros campos diferentes a su vocación, quería rebelarse, modificar esa tendencia, pero la imposibilidad de hacerlo le mostraba la pequeñez, limitaciones y fragilidad del ser humano.    Yo lo observaba atentamente, me parecía que se enfrentaba a serios temores existenciales, que hacía un balance de su vida y quedaba insatisfecho.

     ¿Era posible, me quedaba pensando, que yo fuera refractario a ese estado de ánimo, a esas preocupaciones, porque tenía una vida estable, un trabajo que me agradaba mucho, un futuro relativamente seguro y no me preocupaba de mi existencia por carecer de esa sensibilidad que tenía Olaf?

 

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Durante las sesiones de lecturas de los martes y viernes se producían a veces acaloradas discusiones y poco a poco yo comencé a dudar del talento de escritor de Olaf. Sus relatos eran complicados, aunque es cierto que me leía en forma desordenada ora un avance de un cuento ora un largo capítulo de novela, lo que me desorientaba, pero de todas maneras los argumentos y los personajes eran sofisticados, difíciles de comprender; entrelazaba en su narrativa muchos aspectos filosóficos que yo consideraba fuera de contexto. Yo le comentaba que debía jugar más con la fantasía, con la imaginación, porque seguido pasaba de la narración de novela al ensayo filosófico. Creo que estaba demasiado influenciado por autores que eran su paradigma. El insistía que ese era su estilo y que me era difícil comprenderlo porque mi lectura había sido muy limitada y tenía una gran influencia de ciertos autores latinoamericanos muy locales.

    Yo, sin ceder, le rebatía diciéndole que en la novela y en el cuento, esa era mi impresión, la fantasía era una forma de afrontar la realidad y transformarla y para un escritor era el camino a la libertad creativa, genuina, propia.

     --Yo te siento encajonado, rígido –le insistía, mientras Olaf me hacía muecas con la boca y movimientos de brazos cruzados con las manos abiertas frente al pecho como indicándome que parara, que dejara de decir sandeces.

     --No me comprendes, no me prestas atención –continuaba yo a pesar de todos esos gestos--, una obra creada con imaginación no es una obra inferior, como para ser menospreciada, debe ser cimentada con estilo propio y riguroso, con argumento consistente, con definición clara de personajes, trátese de una novela, de un thriller y hasta de ciencia ficción. Lo tuyo Olaf es una mezcla de estilos y géneros—concluía diciéndole, aunque él permanecía inmutable.

     Pero luego me interrumpía, insistía que lo fundamental consistía en el desarrollo del tema pero con profundidad y altura, debía utilizarse un lenguaje refinado y literario, escudriñar en lo más íntimo y profundo del ser humano, de la sociedad, en sus complejidades e interacciones. Y yo me quedaba pensando que quizás ese era el motivo por el que sus obras eran rechazadas, no eran publicadas porque no daba pié con bola, como dirían mis hijos. 

     Fue un viernes por la tarde, luego de ponerme cómodo en el sofá, cuando Olaf me comunicó  desde su sillón destartalado, con una mirada misteriosa, que me tenía una sorpresa.

    --Desde hace mucho tiempo –me dijo--, he estado escribiendo algo que considero será mi obra cumbre--. Luego tomó del escritorio una carpeta y me la mostró agitándola en el aire en su mano derecha. –Aquí está –continuó--, es mi autobiografía, la historia de un hombre que vive atormentado en su soledad, el último eslabón de una familia de misteriosa alcurnia, que sufrió la desdicha del amor apasionado pero inconcluso, que rescata los valores más profundos del ser humano, desdeñando los principios morales establecidos que limitan su libertad, que admira el legado de los grandes pensadores. Mi querido amigo, te pido que escuches atentamente esta lectura –me dijo con tono severo que me sorprendió mucho.

     En verdad quedé asombrado porque nunca se me hubiera ocurrido que Olaf tuviese una vida que contar y menos a sus escasos cuarenta años. Antes de que empezara a leer las primeras líneas, como torbellino pasaron por mi mente los recuerdos de nuestras vidas de adolescente y juventud y sinceramente no encontraba que fueran relevantes como para referirlas. Pero había un periodo en el que poco sabía de la vida de Olaf y menos, debo confesarlo, de sus emociones y sentimientos que podían darle a su existencia una relevancia para mi ignorada.  Pero en fin,  no era la primera vez que mi amigo se emocionaba con un proyecto literario, así es que me resigné pacientemente a ser su oyente.

     Y así comenzó su relato narrando, como una especie de introducción, las aventuras y peripecias del bisabuelo, quien emigró a México y fue el fundador de la nueva estirpe  Schmalfuss en tierras americanas. El bisabuelo, con una gran visión mercantil,  adquirió, a precios bajísimos, varios terrenos en Polanco, por aquel entonces zona apenas en proceso de urbanización. Después, en sus propios terrenos construyó una tienda originalmente destinada a la venta de telas finas importadas de Europa, y a poca distancia de ella, en un lugar tranquilo y apartado, una mansión, y así sentó las bases del bienestar de las futuras generaciones de la familia.

     Después el abuelo y su padre don Samuel, hombres también visionarios en cuestiones de negocios, hicieron pingües ganancias con la subdivisión de esos grandes terrenos y venta de los lotes a precios exorbitantes para la época. Con gran orgullo Olaf relataba la habilidad del abuelo para aprovechar las oportunidades del momento y darle un giro a la tienda de telas importadas. En efecto, aprovechó el momento justo para adquirir todo tipo de objetos de valor, pero sobre todo antigüedades, de los hacendados y de la alta burguesía que huía del país a causa de la Revolución y de esta manera echó las bases a su vocación e ingenio para seleccionar y determinar el valor real y potencial de los objetos antiguos. A su vez, la suerte quiso que conociera un joven y extraordinario artesano húngaro que llegó a México con una mano adelante y otra atrás en busca de fortuna, quien le enseño las técnicas del envejecimiento artificial  de metales, maderas y óleos. El abuelo era, por lo que recordaba Olaf, un personaje meticuloso y “didascálico”, según lo definía en su relato, pues todo lo sabía, todo lo corregía en los demás, todo lo criticaba y todo lo repetía y explicaba varias veces hasta el cansancio, aunque fueran las cosas más obvias, haciendo sentir a sus interlocutores como si fueran deficientes mentales.

     Estos capítulos estaban ya muy avanzados, yo diría que completos, y escritos en una forma amena. Se veía que Olaf desde hacía tiempo se había dedicado a recopilar información sobre sus antepasados y posiblemente escribió estos pasajes en el tiempo de su juventud, en ese misterioso cuaderno que siempre llevaba consigo.

     Luego entró en el relato de su propia vida. Me llamó mucho la atención que omitía narrar nuestra amistad, las tardes transcurridas en la tienda de antigüedades y aún el romance y matrimonio con Laura. Entraba de lleno en descifrar la compleja relación con su padre y su madre, un vínculo de amor y rechazo, de dudas sobre la autenticidad o falsedad del ser; la ambivalencia del padre entre artista sublime y falsificador astuto, y de la madre, entre abnegación y autodestrucción, escribía: “el sacrificio personal en abandonar los estudios para dedicarme al consuelo del dolor materno, sufriendo la soledad, pero reconfortado por los recuerdos de la casa paterna”; “la desdicha por no tener descendencia, sufriendo los placeres de un amor apasionado pero la frustración de ser inconcluso”; recalcaba su ambición de llegar a ser un gran escritor, de una nueva tendencia, y la incomprensión de las casas editoras. En fin, ahí estaba su vida convertida en tribulaciones y vicisitudes, que exaltada con referencias filosóficas del problema del ser y del  no ser, de la dualidad angustiante y presente en todos los aspectos de la vida.

     En este punto yo lo interrumpí y traté de explicarle que caía en la misma trampa de sus cuentos y novelas, que pasaba de un  género a otro, que iba dejando a un lado las emociones y sentimientos para caer en el ensayo. “Me parece, le decía, que tu biografía pierde interés y confunde al lector, por lo menos a mi me confunde”.

    Entonces, exaltado me dijo que la trascendencia de esa narración estaba precisamente en la teoría que en seguida iba a exponer, la que le daba proyección a su vida, y que lo escuchara con atención, sin interrumpir. Y me expuso una teoría que de verdad me dejó perplejo.

     Cuando terminó me explicó, para apoyar o quizás aclararme su exposición, pensando que yo no la habría comprendido cabalmente, que la literatura latinoamericana debía dar un salto cualitativo para llegar a ser universal. “Estoy convencido, me dijo, de que la literatura latinoamericana actual, salvo contadas excepciones que confirman la regla, y disculpa la burda comparación, es a la literatura europea lo que unas bebidas populares como el tequila, el ron, el pisco, la cachaza son a un vino de buena cepa. Se acabó el tiempo de lo real maravilloso que de maravilloso sólo tiene la fantasía desbordada que linda con lo absurdo, con personajes vulgares que no representan un prototipo literario, con un lenguaje vernáculo, llevado al extremo, con temas sórdidos que se refieren a gente miserable y sin ninguna calidad que no tienen ningún interés para los lectores y sin ninguna calidad artística, esta es literatura de pacotilla. Debemos avanzar en lo que yo llamaría lo real virtuoso, tenemos que pasar de lo meramente regional, local, por más que en algunos contados casos se haya logrado un gran éxito comercial, a una literatura de altura, universal”. Y en seguida hizo referencia a las obras de James Joyce, de Marcel Proust y sobre todo de André Gide, que era su autor predilecto, exposición con la que fundamentaba su extraña, por no decir absurda teoría, desde mi punto de vista.

     Lentamente, sin rebatir nada, en absoluto, porque no era el momento propicio y lo veía demasiado exaltado como para recibir una crítica al respecto. Sin embargo, durante las semanas siguientes nos enfrascamos en largas discusiones. Yo me esforzaba por hacerle comprender que, sin mencionar la validez de esa teoría que parecía que era su gran aportación a su campo profesional,  su biografía carecía de interés para el público en general, que debería tratar de escribir con los “ojos cerrados, con introspección y no con los ojos abiertos y con una etiqueta de filósofo o catedrático en el pecho”, que debía dejarse llevar por sus sentimientos, que en realidad, francamente, había llevado una vida monacal, sin vivencias y experiencias, que la vida real estaba fuera, nosotros la habíamos ignorado en  nuestra existencia de burgueses. Que francamente, en lugar de biografía, convirtiera esa parte, en la que a él mismo se refería, en un ensayo literario, era lo más cuerdo, desde mi punto de vista.

 

 

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Un domingo Laura llegó sola a nuestro departamento. “Olaf llegó en la madrugada, nos dijo, está durmiendo”. Nos llamó la atención, pues era muy inusual en él que saliera de noche. El martes siguiente no lo encontré en su casa para nuestras más que sesiones, ahora discusiones acaloradas acerca de su famosa biografía. El viernes tampoco lo encontré, así que le dije a Laura que me llamara cuando deseaba reanudar nuestros encuentros y que ella de todas maneras no dejara de ir a casa para los almuerzos dominicales. Y así fue, los siguiente tres o cuatro domingos Laura se presentó sola y nos decía que casi todos los días Olaf salía por las tarde, regresando a casa muy tarde, que no le comunicaba donde iba ni que hacía por las noches. Pensamos que era un acto de rebeldía, un capricho de Olaf. Yo les comenté a las primas que habíamos tenido fuertes discusiones con motivo de la lectura de su biografía, pero mantuve mi discreción y no les conté los detalles de lo que Olaf me había leído. Sofía decía que era una reacción típica de personas neuróticas, reservadas, poco comunicativas, a quienes les gustaba llevar una vida aislada, sin compartirla y aprovechó durante esos domingos para conversar con Laura sobre los libros de Tagore, el amor compartido, la autoestima, etc.

     Hasta que un día me llamó Olaf para pedirme que nos viéramos el siguiente viernes, como de costumbre, que tenía cosas importantes que decirme. Ese día lo encontré como siempre en su estudio. Estaba radiante, eufórico. Me dijo que estaba viviendo las experiencias que no había vivido nunca, que se estaba exponiendo a los riesgos de una vida que él desconocía, que estaba recreando un personaje libre, sin ataduras ni prejuicios, por encimas de restricciones morales, como él quería, pero rico en aventuras e interpretaciones eruditas de esas vivencias. Vaya, me dije, está siguiendo mi consejo y no sé digna en darme una pizca de crédito.

     Yo no entendía nada de lo que tan precipitada y confusamente me contaba, pero lo veía sobrexcitado y  él no prestaba atención a mis repetidas preguntas. Me estaba preocupando. Pero al fin se tranquilizó y me explicó que había encontrado la fuente de las más excitantes vivencias, estaba conociendo el mundo real, fascinante, muy ajeno al suyo, y que él lo enriquecía con su talento, creando así el personaje ideal que sería el centro de su biografía. Luego continuó diciéndome que había conocido en un elegante bar de la zona a un tal Ulises, con quien había convenido una relación muy peculiar. Esta persona le comentó, sin tapujos, que era acompañante, escort, de damas de la alta sociedad, que de eso vivía, era su profesión. Me dijo Olaf que en un principio se sorprendió mucho y le preguntó que cómo era posible tal cosa.

     --Pues en que mundo vives compañero –le contestó Ulises--. Mira, si tú te lo propones, con tu aspecto, eres bien parecido, te ves que eres de clase, un poco de entrenamiento, una mano de gato al pelo y al cutis, podríamos ser socios. A veces –continuó Ulises--, tengo varias ofertas y tengo que rechazar algunas, lo que no es muy bueno para el prestigio que uno se va formando con tanto esfuerzo y dedicación, complaciendo a tantas señoras.

     Yo, realmente maravillado, seguía sin comprender de que se trataba todo aquello, sobre todo qué tenía que ver con Olaf.

     --Ulises, querido amigo –me aclaró Olaf--, es un tipo elegante, bien parecido, de unos cuarenta años, ha viajado por todo el mundo, conoce París, Londres, Roma, Nueva York, Las Vegas, los mejores hoteles, y todo esto acompañando a señoras que solicitan sus servicios, a señoras casadas, me comprendes, a señoras que buscan emociones y un amante que las satisfaga. A través de estas mujeres, Ulises conoce vida y milagros de industriales, banqueros, políticos y hasta diplomáticos. Es un acompañante de categoría, discreto, me dijo que ese es un requisito fundamental.

     --Y tu ¿qué tienes que ver con eso?—insistía yo--, ¿cuál es tu relación  con ese gigoló?, porque, perdóname, pero ese fulano es como un puto y peligroso.

     --Mira, te voy a explicar—me aclaró Olaf--, yo soy como una araña, he atrapado a Ulises en mi tela y le succiono la esencia de sus vivencias, de su alma, y las recreo en mi biografía como si fueran mías, ¿me comprendes? Ulises me enseña el arte de la seducción, el arte del engaño y la infidelidad de las mujeres, la corrupción en la que viven y practican los maridos engañados, Ulises será mi personaje, un simple modelo, que yo voy a enriquecer con mi talento literario. Ulises soy yo y yo soy Ulises transformado, virtuoso, con mis propias características y mi estilo.

     Yo miraba a Olaf fijamente y no podía creer lo que escuchaba. No pude dejar de recordar a don Samuel detrás de su lupa rectangular, manipulando óleos y bronces con sus pinceles y taladro especial. Olaf, al parecer no había podido sustraerse a ese legado de falsificador de su padre. Peor todavía, Olaf no trataba con objetos sino con un ser humano, estaba, a mi entender, usurpando la identidad de ese gigoló elegante pero al fin y al cabo un gigoló, un vividor. Y ese día me fui con un sabor de boca amargo, triste,  pero sobre todo preocupado por esa personalidad ambivalente de Olaf.

     Días después Olaf me llamó por teléfono y me pidió que fuera de inmediato a su casa para presentarme a Ulises. Ahí lo conocí y me enteré que Ulises había ido ya muchas veces a casa de Olaf y le narraba en forma sistemática a Olaf, quien tomaba notas, sus aventuras, sus vivencias, con detalles, hasta con intimidades de algunos industriales, banqueros y políticos. Ulises en efecto era un tipo bien parecido, bien vestido, pero de mirada torva. Había algo en él que de inmediato me chocó. Con gran desfachatez y cinismo narraba sus aventuras con tal o cual mujer de la alta sociedad, sus viajes, los  honorarios que cobraba, los servicios que ofrecía, etc.

    --Es un vulgar gigoló –le dije a Olaf cuando nos quedamos solos--, hay algo en ese sujeto que no me gusta. ¡Ten cuidado! Y por favor no confundas las cosas, ni un ápice de su miserable vida podría formar parte de tu biografía, si es eso lo que te interesa de él.

     Pero no me hizo caso. Olaf me pidió que siguiera yendo los martes y viernes a las sesiones habituales para que me leyera los avances de esa nueva versión que estaba escribiendo su biografía, con las adaptaciones del personaje, es decir de él mismo. Un día me dijo que Ulises se le estaba poniendo exigente y que comenzaba a solicitarle dinero, a lo cual yo le dije que no cediera. “Olaf, le dije, ¿no será que la araña es ese tipo y tu la víctima que caíste en su tela?”.

     Durante las lecturas, veía, casi sin poderlo creer, como magistralmente se entrelazaba el Olaf que conocí, el Olaf que sufría la soledad y las frustraciones del amor apasionado e inconcluso, con un Olaf refinado que seducía mujeres con conversaciones eruditas; un Olaf amante del arte, con un Olaf que se enriquecía con transacciones financieras ilícitas realizadas con gran profesionalismo que nunca eran descubiertas; el Olaf que sacrificaba su vida en aras de consolar a su madre víctima de tristezas y sufrimientos, con un Olaf que se solazaba en playas tropicales o en yates de lujo en compañía de mujeres de la gran vida; el Olaf que repudiaba a su mujer incapaz de darle descendencia, con un Olaf que se regocijaba con mujeres hermosas, ávidas de sexo.

     Y fue un viernes, ya un poco tarde, que al llegar a casa de Olaf Laura me recibió en la puerta con ojos desorbitados y  apretándose el pecho con una mano para que no se le fuera a salir el corazón: “Llevan horas discutiendo, me dijo, se están gritando, por favor haz algo, cálmalos, ese señor llegó muy tomado…”. Entré en el estudio y mi presencia pasó desapercibida tanto por Olaf como para ese sujeto Ulises. Discutían acaloradamente, llegando hasta los insultos.

     --Lo que eres es un maldito camaleón, te conviertes en un puto cuando te conviene y o en un estúpido intelectual que no sabe nada de nada--, le gritaba amenazante, con voz en cuello, Ulises a Olaf.

     --Como quieras, pero tú  ya no tienes nada que ver con este personaje que ahora me pertenece—, le rebatía Olaf.

     --Pero ese sujeto soy yo y por ese servicio que te he proporcionado, por toda esa información, tienes que pagar—le rebatía el otro--. En esta vida, maldito desgraciado, lo que quieres lo tienes que ganar a pulso, nadie te va a regalar nada, ¿no lo comprendes miserable riquillo, maricón de mierda?

    --Pues estás equivocado, lo que te he leído soy yo—le decía riéndose Olaf--, tu apenas eres una pálida sombra de este personaje, como una materia prima en bruto, un ser mundano y frívolo que no tiene nada que ver conmigo, y no te daré nada de lo que me pides porque yo no soy una de tus queridas.

     De pronto Olaf me miró esbozando una sonrisa nerviosa en sus labios como pidiendo mi consentimiento y apoyo para aplacar a ese gigoló embrutecido por su propia naturaleza y por el alcohol, a ese monstruo que asomaba en los ojos enrojecidos de Ulises, como con ello pretendiendo disminuir o ser indiferente a la gravedad que iba tomando el altercado. Mientras yo contemplaba perplejo esa discusión que iba subiendo de tono, Ulises se encaminó hacia la entrada del estudio, dando la impresión que se iba, lo que provocó una ligera pero perceptible risa en Olaf, como una victoria:

     --¡Ya vete!—le gritó— ¡Déjame en paz! ¡Que te mantengan tus mujeres!

     Pero Ulises llegó a la puerta del estudio, zafó del escudo una alabarda y blandiéndola con destreza,  dejó caer la media luna afilada, con un golpe preciso y sorpresivo, en el cuello de Olaf. Olaf cayó al suelo, tirado ahí, con los ojos desorbitados, con una sonrisa en los labios extendía hacia mi el  brazo derecho con la mano abierta, como queriéndose aferrar a la vida que se la iba con los últimos latidos del corazón.

     Desde ese aciago día yo no me había acercado a esa casa y Laura, luego del funeral y de llorar a quien amó y a quien la enjauló, rehizo su vida y jamás volvió a la mansión de los Schmalfuss.