E L E N A S I E M P R E E L E N A
Elena, al parecer, había al fin encontrado la fórmula que permitía detener la angustia producida por el paso del tiempo y el ultraje ocasionado por la vejez. Vivía sus años de madurez plena; la aurora de la así llamada edad en plenitud. Seguía siendo una mujer hermosa, con ojos color avellana, piel aún tersa, color trigo maduro, boca de labios delgados color carmesí. El pelo rubio, ya con algunas canas entreveradas, recogido en la nuca con un broche de carey, le caía abundante sobre los hombros, con un toque áureo que resaltaba su rostro.
Con los años, las facciones llamativas de la belleza juvenil y de mujer adulta no habían desaparecido, sino que podría decirse que habían madurado y eran de un misterioso atractivo. Ahora transmitían ya no voluptuosidad, sino una paz espiritual a través de la mirada apacible; de la sonrisa que llama a la confianza; de la serenidad que se alcanza con la sabiduría, cuando se dejan atrás las pasiones de la vida, y se avanza hacia esa fortaleza espiritual que se encuentra más allá del bien y del mal. La fórmula era el reencuentro con el amor, volvía a brotar de lo más profundo de su ser el deseo de vivir. El paso del tiempo era así un mero accidente secundario.
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Ese 15 de abril del 2007, rodeada de sus hijos, nueras y nietos que le cantaban “cumpleaños feliz” y le insistían con “pide un deseo, pide un deseo”, Elena, de un soplo breve y decidido, apagó las dos velas, una en forma de siete y otra en forma de cero, colocadas sobre un gran pastel recubierto con betún de chocolate. En ese momento tuvo la repentina ocurrencia de escribir sus memorias. “Si no las escribo ahora, pronto será demasiado tarde”, se dijo, mientras miraba como hipnotizada, ausente, esas velas, ese número. Absorta en sus pensamientos, oía a lo lejos aplausos y gritos de “bravo, bravo”.
Mónica, una de sus nietas, de dieciséis años, con quien llevaba una relación de camaradería, así como con sus otras dos nietas, más que con los nietos varones, como si entre ellas no existiera el abismo que impone más de medio siglo de diferencias de edades, se le acercó antes que nadie y la trajo de vuelta a este mundo al susurrarle al oído:
--Elena, felicidades, yo pedí un deseo para ti. ¿Tu que pediste?
--Pues no sé muy bien, hija, creo que escribir mis memorias, creo que ése es mi deseo. ¿Qué otra cosa se puede pedir a esta edad?
--Pero abuela, ése no es un deseo que se pide en un cumpleaños, y menos en uno tan importante como éste. Yo pedí que encuentres un amor, alguien que se enamore de ti y tú de él.
--¡Hija, pero qué dices!... Pero aquí, entre nosotras, te diré que no está mal. Gracias, aunque ésa sí que es una misión imposible--, y rieron, dándose un apretado abrazo.
Poco antes de apagar esas dos inocentes llamitas que tan descaradamente exponían su edad, tenía al pequeño Claudio, de apenas dos años, sentado en su regazo y al acariciarle el pelo, al mirarle sus tiernos y grandes ojos, al escuchar su voz cantarina que le preguntaba algo incomprensible, recordó a Agustín, su marido, quien había fallecido en el 2005, el mismo año en que nació ese retoño de la familia Sarmiento. “¡Ay!, suspiró apretando al pecho esa criatura, al crecer poco sabrás de mí y seguramente nada de tu abuelo. ¡Qué triste es darse cuenta que pronto seremos olvidados! El olvido es más poderoso que el recuerdo, se impone si no dejamos una señal, algo que nos mantenga vivos en los corazones de quienes nos han querido y queremos”.
Luego, mirando a su alrededor, vio a sus hijos ahí reunidos: a Marcos, como siempre haciendo grupo aparte con su mujer Valeria, empresario codicioso que a su manera había renegado de su abuelo y de sus padres; Adrián, que toda su vida buscó un lugar en el corazón de Agustín, pero que nunca encontró, y creció como un ser errante en la vida, arrastrando en su desventura a su compañera Marcia; a Rodrigo, jugueteando con Fabiola y sus hijas, el hijo que tenía la virtud de transformar sus anhelos en realidades; y vio a sus queridos nietos adolescentes. Detuvo la mirada en Pablo y Alfonso, los gemelos, los nietos mayores ya de veintidós años, y pensó: “Ahora mismo estos muchachos, ya unos hombres, no recuerdan mucho de sus abuelos. Lo que sabían de nosotros estoy segura que ha comenzado a desdibujarse en su memoria. Recordar es cuando se le graba a uno, en algún lugar del alma, de la memoria, la vida que se comparte, las convivencias, los momentos de alegrías y tristezas que se pasan juntos. Y con ellos ya no ha habido nada de eso. Por una parte poco nos hemos frecuentado en los últimos años, por sus actividades en la Universidad, por sus compromisos con las novias y amigos, por su obsesión por el golf, y por otra parte su madre y la familia de ésta me están desplazando de sus corazones. En realidad, si ellos saben cada vez menos de sus abuelos, yo misma casi no los reconozco. ¡Dios, cómo han cambiado! Se han alejado cada vez más de mí. Dentro de poco van a ser unos verdaderos extraños”.
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Elena a menudo recordaba con mucha tristeza aquel día en que velaban a Agustín en la funeraria. Pablo y Alfonso se presentaron un poco antes de que saliera el cortejo fúnebre. Iban vestidos con pantalón de lino blanco y suéter, y sus novias con pantalón ajustado y chamarra de mezclilla. Ellas con el pantalón debajo del ombligo, mostrando unos discretos e insinuantes tatuajes que asomaban en la ingle.
--Mira nada más-- dijo Elena a Matilde, su amiga, sentada a su lado--, cómo vienen vestidos esos muchachos, seguro que fueron antes a jugar golf, eso para ellos es más importante que el duelo por su abuelo. ¡Y esas niñas! Yo no digo que sean feos esos tatuajes, después de todo se les ve bien a esas muchachitas tan llenas de vitalidad, tan hermosas, tan bien hechas, de piel aterciopelada. A esa edad todo les queda bien, cubra o descubra esos cuerpecitos atractivos, de aparador, pero digo, por respeto al abuelo, aunque esté ahí tieso, creo que en esta ocasión, para darle el último adiós, deberían haber venido con otra indumentaria, ¿no crees?
--Y no es un adiós, es un hasta luego--dijo Matilde severa--, porque hasta el más hermoso, el más pintado y el más rico, más temprano que tarde termina en un ataúd como ese--, señalando con un movimiento de la cabeza y la mirada el ataúd en el que descansaban los restos de Agustín--, o en una plancha del forense, con los tiempos que corren, mujer--. Luego continuó diciendo--: Oye, pero yo te digo que es cosa de los padres. Mira, allá están Marcos y Valeria, con don Eugenio y su esposa, fumando y en gran plática, casi no han hablado contigo, sólo unas palabras de pésame, y ni se han fijado cómo vienen vestidos sus hijos.
Casi interrumpiendo esa conversación, Pablo y Alfonso se acercaron a Elena, con una expresión en los ojos que denotaba molestia, y le dijeron:
--Abuela, el tío Rodrigo nos ha pedido que nos fuéramos a cambiar de ropa. Así es que nos vamos, abuela, y te alcanzamos en un rato más, en el panteón.
Le dieron un beso apurado en la mejilla, diciéndole “lo sentimos mucho”, y las novias se despidieron con un “nuestro pésame, señora”. Desaparecieron y no los volvió a ver hasta el cumpleaños de ambos, dos meses después.
--Tienes razón, Matilde, la culpa no es de ellos-- dijo Elena--, es de su madre y de los padres de ésta, don Eugenio Garza y señora, mírala ahí, con cara de beata y uñas de gata. Seguro que cuando va a hacerse la manicure le liman las uñas con escofina. ¡Qué familia tan mojigata, tan beata, tan estirada y engreída! Para los Garza todo es pose, todo gira alrededor del dinero, de los lujos, del bendito golf, de las apariencias. La gente que no es de su círculo no existe”. Elena sufría porque le habían robado a Marcos, su querido y hermoso hijo, el mayor. Lo había comenzado a perder cuando éste conoció a Valeria en la fábrica de cocinas integrales y línea blanca de Eugenio Garza. En una ocasión Matilde le dijo a Elena:
--Tu hijo se dejó deslumbrar por el brillo del oro. La serpiente insidiosa ha de haber susurrado al oído de Valeria: dale a probar la manzana de la ambición y será tuyo. Ya ves, como dicen, no con quien naces, sino con quien paces.
--Sí-- repuso Elena--, nada más que él ganó el paraíso terrenal, ganó el pan y la riqueza sin demasiado sudor de su frente, pero a cambio extravió el amor de sus padres, de sus hermanos, que es más valioso que una cuenta abultada en el banco.
Ese día en la funeraria, Rodrigo se veía muy pensativo, triste. Fabiola estaba embarazada de Claudio, faltaban pocas semanas para que naciera: “Unos se van y otros viene”, se decía Elena, y lo mismo había pensado cuando nacieron sus nietos Alfonso y Pablo en 1985 y meses después fallecía su padre don Diego, su guía, amigo y tutor. Mónica, de catorce años, y Natalia, de doce, hijas de Rodrigo y Fabiola, conversaban con algunas amigas que habían ido a acompañarlas. Por otro lado se encontraba Adrián, abatido, desconsolado, sumido en sí mismo, quizás en ese momento confundido, preguntándose: “Si uno no ha tenido padre ¿puede perderlo?” ¿Estaría recriminándole lo que tanto pidió y su padre le negó? Marcia a su lado lo acariciaba y seguramente era la única persona que podía entenderlo y reconfortarlo. También a su lado, muy pensativo y triste, estaba Marlon, de dieciséis años, y Tatiana, de quince, con sus amigas Renata, Julia y varios amigos más. En un grupo aparte los socios del bufete de abogados de Agustín conversaban y fumaban, abogados elegantes, seguramente preocupados por sus asuntos pendientes.
*****
Eugenio Garza era muy católico. Toda su instrucción básica y media y su educación, en general, estuvo a cargo de los jesuitas en el Instituto Loyola. Se jactaba de que durante casi toda su vida había sido el presidente de la generación 1950-1954 del Instituto y como tal, puntualmente, cada año, en diciembre, mandaba a los exalumnos amplios informes sobre quien de esa generación había muerto, quien vivía y donde residía, quien ocupaba tal o cual cargo, y, además, se encargaba de organizar los festejos el 31 de julio de cada año, día de San Ignacio de Loyola, en los amplios jardines de la Hacienda de los Morales. Él era quien, para esa ocasión, preparaba el discurso que leería alguno de los compañeros, resaltando siempre las hazañas del valeroso militar Ignacio herido en la batalla de Pamplona en 1521, del llamado celestial para que fundara la Compañía de Jesús en París en 1534, invariablemente incluía en él diversos párrafos de Ejercicios Espirituales, obra del santo, y lo concluía alabando las virtudes de “ese soldado de la Iglesia que tanto hizo en apenas sesenta y cinco años de existencia”.
En esas ocasiones el invitado de honor era siempre el obispo Onésimo Rivera, exalumno del Instituto y miembro de esa generación, a quien, luego de los primeros ocho o nueve tequilas, había que cuidar por su lenguaje desenfrenado y sus anécdotas y aventuras libertinas o por las indiscreciones relacionadas con sus negocios particulares que realizaba con empresarios de todo tipo. Pero era un dechado de simpatía y por eso y por su alta envestidura todo se le perdonaba. Con él Eugenio Garza jugaba golf todos los fines de semana.
Poco después de la boda de Marcos y Valeria, a fines de 1984, Eugenio Garza se enteró, de pura casualidad, en una reunión familiar, que Agustín era hijo de un masón y que también el padre de Elena era un respetado masón, ambos miembros de la misma logia, y grandes amigos. La reunión por poco termina en un rompimiento de las relaciones familiares, si no es porque Marcos abiertamente asumió la posición del suegro en contra de su abuelo y de sus propios padres, tranquilizando a aquel y colmándolo de orgullo.
--Los masones son como las polillas, como termitas –afirmaba Eugenio Garza--, socavan las creencias religiosas, los soportes, las bases mismas de la comunidad cristiana y de la sociedad. Toda agrupación secreta oculta el mal…
--Por favor Eugenio –rebatía Agustín--, no hay nada peor que los prejuicios para un buen entendimiento, para el conocimiento. La masonería es una organización filantrópica, filosófica, tiene un profundo sentido de fraternidad. Y no me digas que socava las bases de la sociedad, porque si hay alguien que ha respetado y ha defendido los principios sociales y de la familia ha sido mi padre…Yo te lo puedo asegurar por experiencia propia.
--No me vengas con cuentos, Agustín. Todos saben que es una secta monstruosa, antirreligiosa, ha sido cuna de agitadores…
--Pero Eugenio, usted no tiene idea de lo que dice –argumentaba don Diego Montenegro, padre de Elena, que a sus casi ochenta años, como durante toda su vida, no se perdía la oportunidad de discutir, de rebatir, sobre todo cuando escuchaba necedades o argumentos disparatados, sin fundamentos. --Para darle un ejemplo, para que conozca un poco de lo que estamos hablando, le diré que la logia más importante de España, la Matritense, fue fundada en 1728. La masonería fue perseguida tanto por Stalin como por Hitler y Mussolini, y Fidel Castro no la ha perseguido porque José Martí fue un distinguido masón. Yo visité la Gran Oriente de Francia, en rue Cadet 16 en París, si viera usted que emocionante, Eugenio, y quedé enamorado de la Marian Masónica. Tengo un busto de ella, en bronce, en la casa…
--Pues, don Diego, con mayor razón, si todos persiguen a esa organización secreta por algo debe ser. Se le olvida don Diego que también los papas Clemente XII y León XIII la condenaron, con unas encíclicas que emitieron, y para no quedarse atrás hasta el desquiciado del Ayatollah Jomeini, ese de Irán, en un escrito que una vez leí, desenmascaraba las turbias e inconfesables intenciones de la masonería.
--Que sea perseguida y condenada no significa nada malo, sino que todo lo contrario, en nuestro caso por ser libertarios, republicanos, enemigos de las dictaduras –trataba de explicar don Diego--, pues usted bien sabes, o debería saber, que los masones fueron precursores de las luchas de independencia en América Latina, como en Cuba, en México, en Venezuela. Por ejemplo, las ideas expuestas en las logias regían el rumbo de los gobiernos de esos países recién independizados, lo que, discúlpeme que se lo diga, no era el mismo caso de la Iglesia, que era bastante reaccionaria al servicio de los colonizadores…
--Es que --insistía Eugenio interrumpiéndolo, haciendo grandes ademanes--, no hay nada más ridículo, por lo poco que sé, que esos rituales que tienen los masones. ¿Qué es eso de ponerse un delantal como una sirvienta, ir por ahí con una cuchara de albañil, un compás y hablar del Gran Arquitecto del Universo? La base de nuestra sociedad, en cambio, son las virtudes teologales, los diez mandamientos, los santos sacramentos, sólo piense en la importancia que han tenido durante los últimos milenios, por ejemplo --, y comenzó a enumerar con los dedos de la mano derecha--: uno, el bautizo; dos, la confirmación; tres, la eucaristía, instituida por Jesucristo, la transformación del pan y el vino en el cuerpo y sangre del Redentor; luego la penitencia; la extremaunción; el orden y el matrimonio.
--Oiga, Eugenio, tranquilo, no se exalte, no se pongas frenético, no deje que un árbol le impida ver el bosque. Mire, --y como por remedarlo, comenzó don Diego a enumerar él también con los dedos de la mano derecha--, uno, no olvide que algunas de esas son prácticas muy antiguas, anteriores al cristianismo; dos, tampoco olvide que algunas de esas prácticas son rechazadas por otros cristianos, como los protestantes, que según tengo entendido sólo aceptan el bautismo y la eucaristía; tres, no puede negar que lo más importante es la responsabilidad que debe asumir el ser humano frente a la sociedad, eso sí que es importante, libertad y responsabilidad. Por último, sólo quiero recordarle que además del gran José Martí, fueron masones George Washington, Winston Churchil, Voltaire, Simón Bolivar, Benito Juárez, Mozart, Benjamín Franklin, Scott Jopplin que tanto le gusta a mi nieto Rodrigo, Nat King Cole, que es la adoración de mi hija, Henry Ford…
--Eso tampoco me dice nada –dijo Eugenio ya más tranquilo, mientras la esposa con expresión de santurrona le sobaba la mano. Y agregó--: Quizás sean puros inventos de los masones. ¿Cómo lo vamos a comprobar ahora, si ya están todos muertos? Pero a la masonería y a las otras sectas además les falta esa liturgia que tiene la iglesia católica, esa forma de celebrar los oficios, el santo sacrificio de la misa, con el órgano de fondo, los coros, la vestimenta de los sacerdotes y prelados, la majestuosidad de las iglesias y las catedrales, el incienso…
--Liturgia, ritos, ceremonias, oficios, celebraciones con gran pompa, se deja llevar por las apariencias, Eugenio --dijo secamente don Diego. Y luego agregó--: Ésas han sido las primeras y más eficientes formas de mercadotecnia espiritual para mantener a las almas, junto con el temor a la condenación eterna en el infierno, como clientes cautivos…
--Estoy seguro –dijo Eugenio interrumpiéndolo—que el mismo Plutarco Elías Calles era un masón, y por eso le hizo la guerra a la Iglesia, a los cristeros.
--En eso también está usted muy equivocado, –aclaró don Diego--, porque le diré que cuando esa Guerra de los Cristeros se inició, en 1926, yo tenía ya más de veinte años, cuando terminó, en 1929, iba para los veintitrés. Le aseguro, porque viví ese periodo de nuestra historia, que quien organizó y lanzó a la lucha a las milicias laicas, a los presbíteros religiosos y a muchas otras personas sometidas al clero, fueron los mismos jesuitas, y de ahí surgieron los sinarquistas, que siempre se opusieron a las leyes de Reforma de 1857, a la Revolución de 1910 y a la Constitución de 1917. La Guerra de los Cristeros fue un acto vergonzoso iniciado y sostenido por la jerarquía de la Iglesia que todavía no se ha ventilado a fondo. La Iglesia a toda costa quería conservar su fuero, privilegios y sus posesiones terrenales que eran inmensas, acumuladas durante los trescientos años de la Colonia.
--Bueno –intervino de pronto Marcos, a quien Valeria, ya embarazada, con un nudo en la garganta, le tenía asido con fuerza un brazo, como si tuviera temor de que se le fuera a ir--, ya dejen de discutir, tiene razón don Eugenio, además tu papá no eres y nunca ha sido masón, y tampoco tu mamá. Por algo ustedes no han seguido los pasos de los abuelos. ¿Se dan cuenta? Ustedes han cambiado, como si hubieran maduraron o recapacitado.
--Sí, hijo, tienes razón –alcanzó a decir Elena--, yo ahora soy ecléctica-, y todos callaron y se voltearon a verla, sorprendidos--. Bueno, también soy agnóstica, y qué bueno que me miran así y no me entiendan, qué bueno que sean ignorantes, así nos evitamos discusiones--, dijo, con mirada fiera, arrugando levemente la frente y luciendo una hermosura deslumbrante, a sus cuarenta y siete años que erizó el pelo de envidia a la señora Garza.
Esa sería una de las últimas discusiones de don Diego, quien meses después, a sus bien vividos ochenta años, una noche de marzo de 1985 moriría, tranquilo, con dignidad, como había sido su existencia, en su cama. Y todavía las lágrimas y la tristeza enrojecían los ojos de Elena, cuando le anunciaron que Valeria había tenido gemelos, dos varones, sus primeros nietos. “Unos se van y otros vienen, es la ley natural”, se volvería a repetir para sus adentros, y lo mismo se repetiría cuatro años después, cuando con diferencia de dos meses murió su madre, Catalina Castrejón, en 1989, y nacía su tercer nieto, Marlon. “Parece que los miembros de esta familia se fueran pasando la estafeta de la vida unos a otros”, se dijo entonces.
*****
Las velitas impertinentes aún estaban humeando cuando Marcos se acercó a su madre y le dijo en baja voz, al oído, como queriendo pasar inadvertido:
--Felicidades mamá, te deseo otros cien días de éstos. Fíjate que nos tenemos que ir porque nos esperan los papás de Valeria; vamos a Valle de Bravo, hay un torneo de golf en Avándaro en el que participa el suegro. Felicidades--, y le dio un beso.
Siguió Valeria, con un abrazo a medias, una sonrisa forzada y arrimando su mejilla a la de la suegra, dio un beso en el aire, al vacío, y luego Pablo y Alfonso, apurados, se despidieron cumpliendo una formalidad. Elena apenas alcanzó a decir a sus nietos:
--Vengan a visitarme, cuando puedan, a la hora que sea….
--Sí, claro abuela, antes te echamos un telefonazo--, dijeron los nietos, alejándose, mirándola por encima del hombro, llevándose el meñique y el pulgar de la mano derecha a la boca y a la oreja.
Aunque Elena sentía una opresión en el pecho por ese distanciamiento de su hijo y nietos, no podía dejar de percibir que al irse Marcos con su familia el ambiente en su casa se volvía más ligero, menos tenso, más alegre. Adrián y Rodrigo, comenzaron a hacer bromas entre ellos o con sus hijos y sobrinos; sus esposas, Marcia y Fabiola, se dispusieron a preparar café y cortar el gran pastel en medio de la algarabía de sus hijos. En ese momento llegó Matilde, la amiga inseparable de Elena, su confidente y a veces su paño de lágrimas.
--Hola, corazón. ¿Ya terminaron de comer, verdad? –preguntó parada en el umbral de la puerta a Marlon, quien acudió a abrirle.
--Entra, entra –la exhortó Elena al reconocer su voz, sentada a la cabecera de la mesa --. No sé porqué esa manía tuya de no querer comer con nosotros un día como éste.
--No, amiga, hay que respetar la privacidad familiar. Pero mira –agregó Matilde con una amplia sonrisa--, llegué justo a tiempo para el acto más simbólico del festejo: una rebanada de pastel y un cafecito. Felicidades, amiga –le dijo mientras le daba un apretado y prolongado abrazo. Luego vio las velas en un platito y dirigiéndose a los presentes comentó--: Oigan, aquí falta un cero, pues ¿no estamos festejando a la 007 de la colonia Roma? ¡Ah, qué descuido! Bueno, si no fue así y esas velitas sirvieron para otro propósito, dejen que les diga que es una insolencia –y soltó una carcajada, tomando la mano de Elena y haciéndole ojitos.
Adrián ya se disponía a preparar, a su manera, para los adultos, las rebanadas de pastel esparciéndolas con un poco de Drambuie, Grand Marnier, Fra Angelico, Strega, de acuerdo con los gustos de cada quien. Al fondo, en la sala de estar donde estaban las nietas adolescente, se escuchaba música pop y aquéllas bailoteaban. Poco después, mirando a su alrededor, Matilde preguntó a Elena.
--¿Y Marcos? ¡No me digas que no ha venido!
--Sí –repuso Elena con mirada resignada--, vino, cumplió con la obligación y se fue, con todo su séquito.
Más tarde, mientras las dos amigas se encontraban el la cocina preparando más café y la familia se entretenía en la sala y alrededor de la mesa del comedor, Elena le reveló a Matilde que había decidido escribir sus memorias, porque consideraba absolutamente necesario dejar un testimonio a sus hijos y a sus nietos, de su vida y de la de Agustín. Le dijo:
--Hablo con ellos, pero veo que las palabras no son suficientes, se las lleva el viento. Mujer, algo tengo que hacer para que no nos olviden a la vuelta de unos cuantos años –. Después agregó, mirando fijamente a Matilde--: Siempre recuerdo lo que leí en una ocasión, que un evento que no es narrado es como que si nunca hubiese ocurrido, y me pregunto entonces, si una persona que no es recordada ¿habrá existido en verdad?
--Me parece bien, pero yo en tu lugar no metería en esas memorias a Agustín. Escribe las tuyas, no las contamines con algo que ha sido bastante diferente a lo que has sido tu misma, tu vida, tus sentimientos –comentó Matilde, quien nunca tuvo mucha simpatía por el marido de su amiga.
--No sé –agregó Elena--, quizás dejar unos consejos para mis nietos. Eso –exclamó Elena, como si le hubiese llegado de súbito una inspiración, moviendo la mano derecha con el índice extendido--, pensándolo bien, más que las vivencias de los abuelos o de la abuela lo que en realidad deseo escribir son consejos y orientaciones. ¿No dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo? De mi experiencia, de todo lo que he vivido, algo puedo decirles, enseñarles.
--Está bien, entiendo lo que te preocupa –intervino Matilde--, pero no creo que te vayan a recordar a través de un tratado de ética. Yo creo que al narrar tu vida, al contar lo más relevante de ella, puedes ir intercalando tus recomendaciones. Pero dime una cosa, ¿a quiénes van dirigidos tus consejos? Tus hijos ya son unos hombres. Imagínate, Marcos ya va pisando los cincuenta, bueno, bueno, le falta poco –corrigió Matilde al ver que Elena la miraba con ojos desorbitados--, y ahora es un producto de Eugenio Garza, está en su redil. No habrá consejo tuyo no digamos que lo haga recapacitar en algunas cosas, sino que acepte o por lo menos que lea y le interese. Adrián más que consejos tu sabes muy bien lo que necesita, disculpa que te lo diga, es borrón y cuenta nueva, empezar de nuevo su vida, y Rodrigo, con sus cuarenta y cuatro años, correcto ¿verdad?, más que tus consejos, él nos podría dar a ti y a mi, ya septuagenarias, ¡válgame Dios que feo suena eso!, y a todos, una buena cátedra de cómo lograr lo que uno se propone, de cómo vivir. ¿Recuerdas lo que dijo un visionario o filósofo hace tiempo, pienso luego existo?, pues ese es Rodrigo.
--Es cierto. A ellos no –dijo pensativa Elena. Luego agregó--: Bueno, serán para los nietos. Pero Pablo y Alfonso, igual que su padre, seguramente se burlarían de mí. Marlon y Tatiana, los hijos de Adrián, con los problemas que tiene su padre, bien que necesitan unos buenos consejos, aunque te diré que son muy maduros, afortunadamente. Para Mónica y Natalia, las de Rodrigo y Fabiola, no les vendrían mal, y no digamos para mi adorado Claudio, cuando quizás yo ya no esté.
--Oye, ¡qué amor es ese niño!– dijo Matilde--. Yo cada vez admiro más a Fabiola, mi querida colega. Desear un hijo a sus cuarenta años y luego de doce de haber nacido Natalia. Ese sí que es amor a la maternidad.
--A la maternidad y a su profesión, así tendrá más inspiración, más ideas –concluyó Elena.
Fabiola escribía cuentos infantiles que tenían mucho éxito y Elena colaboraba con ella en la ilustración y en el cuidado de la edición. Elena preparaba los dibujos para los cuales tenía una creatividad y facilidad asombrosa. Era un trabajo que las mantenía muy unidas. Elena había descubierto ese talento para el dibujo y la acuarela poco después que naciera Marcos, inspirada por el deseo de adornar el cuarto de su hijo con imágenes de montañas, bosques, lagos, mandalas y sobre todo de mariposas. Luego encontró en una librería las litografías de aves exóticas de John Gould y esa obra la llevó a reproducir en acuarela colibríes, papagayos, cacatúas, y otras aves de la India, de Australia y del Himalaya, de colores sorprendentes, y esas pinturas adornaron por mucho tiempo las paredes de los cuartos de sus hijos.
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Agustín fue el hijo mayor de un militar que ocupó un alto cargo en el gobierno del general Lázaro Cárdenas y luego fue subsecretario de la Defensa Nacional en el gobierno de Manuel Ávila Camacho. El lema de este militar era: El país y la familia requieren disciplina y autoridad para mantener unidos a sus integrantes, para conservar la tradición y para progresar.
En realidad esa forma de ver la vida era lo que no compartía en absoluto su amigo de logia don Diego, quien tenía ideas más libertarias, pero a pesar de ello siempre fueron buenos amigos y camaradas.
Agustín trató de usted a sus padres toda su vida y nunca recibió de ellos una caricia, un toqueteo o alguna otra muestra de cariño. En su casa sólo había conocido la disciplina y las reglas espartanas. Por eso en una ocasión en que Elena le comentó que los momentos de su infancia que ella recordaba con mucho agrado eran los que pasaba los domingos en la mañana, regodeándose entre las sábanas en la cama de sus papás, flojeando, Agustín le comentó escandalizado que ese comportamiento podía conducir a la ruptura del principio de autoridad y al relajamiento de los lazos y tradiciones familiares. Y aprovechando la ocasión le dijo que no estaba en absoluto de acuerdo con que hubiese insistido y permitido que sus nietos, desde pequeños, la tutearan y la llamaran por su nombre, en lugar de abuela. Él consideraba ese trato como una ruptura o desacato de la autoridad, mientras Elena insistía en que así se sentía más unida, más cerca de sus nietas, que eran las que en verdad la llamaban por su nombre, porque Marlon, con su carácter tan parecido al abuelo, no había caso que la llamara Elena y Pablo y Alfonso menos todavía, puesto que, desde pequeños los Garza, sutilmente y con su propio ejemplo, les habían inculcado que debían mantener un distanciamiento tanto con la abuela como con todos los parientes Sarmiento.
Marcos, por haber sido el primogénito fue, por este hecho y por tradición de la familia Sarmiento, quien recibió la atención del padre, despojada de todo afecto. Agustín vio en él reeditada su infancia y adolescencia y procedió, por inercia y en la única forma que concebía hacerlo, a tratarlo más como a un soldado raso que como a un hijo.
Para Agustín, educar a Marcos dentro de esas reglas, era suficiente, de acuerdo a su modo de ver las cosas, para que sus otros dos hijos, Adrián y Rodrigo, siguieran el ejemplo, suponía que por reflejo y en forma automática. Por ello, a éstos, si bien tenían sólo dos y tres años menos que el mayor, los dejó a la deriva, bajo la responsabilidad y cuidado de la madre. Las veces que Elena le sugería a su marido que mostrara un poco de amor hacia sus hijos, Agustín la miraba fijamente, con expresión inquisitiva, sin comprender lo que su mujer le pedía. Y es que como nunca había recibido una manifestación de amor, tampoco sabía como expresarla, confundiéndola con una recompensa a la obediencia, diciendo con voz firme: “Muy bien muchacho, muy bien, te mereces una medalla”.
Cuando Marcos comenzó a trabajar en la fábrica de Eugenio Garza, poco antes de titularse de ingeniero, a los veintitrés años, se dio cuenta que después de todo vivir no era una pesadilla, no era una cosa de cuarteles, al contrario, era fácil y placentero, y al mismo tiempo Agustín de pronto se percató de que lo perdía, inexorablemente. Marcos no esperó mucho para zafarse de las garras de su padre que lo aprisionaban, que lo ahogaban.
A pesar de que el padre de Agustín y el de Elena asistían a la misma logia, entre ellos, así como sucedía entre diversas logias masónicas, existían grandes discrepancias sobre temas importantes como la admisión de la mujer en la masonería, la actitud frente a las creencias religiosas o metafísicas, el grado de disciplina y obediencia de las jerarquías a fin de no caer en autoritarismos. Agustín, siguiendo las instrucciones del padre, era religioso, creía en Dios como el Gran Arquitecto del Universo, posición que sostenía gran parte de los masones, porque también había algunos que eran ateos, leía la Biblia, aunque siempre había mostrado una actitud crítica hacía la celebración de la misa y otros ritos. Elena, en cambio, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas del padre, se mantenía apartada de las creencias religiosas, aunque era tolerante hacia todas ellas. Más bien se sentía atraída por las ideas anarquistas, de las que su padre tanto le hablaba cuando era adolescente y ella poco comprendía, pero se había prometido que algún día las estudiaría a fondo porque encontraba en ellas respuestas lógicas a sus inquietudes de tipo social y aún existencial.
Tanto Agustín como Elena no habían sido bautizados, el primero porque había nacido en un periodo de anticlericalismo nacional y la segunda porque el padre francamente rechazaba esas prácticas religiosas y prefería ser un anabaptista, por definirse en alguna forma. Y por este motivo ellos tampoco se preocuparon por bautizar a sus hijos. Sin embargo, Marcos, a los pocos meses de trabajar en la empresa de Eugenio Garza, conoció a Valeria y ésta quedó impactada, atraída físicamente por él. Quedó fascinada con su estatura, su cuerpo atlético, su tez aceitunada y su mirada penetrante, rasgos comunes a la familia Sarmiento. Como la familia de Valeria era sumamente religiosa, ésta, por temor de perder a su amado si la familia se enteraba de la situación de orfandad religiosa de Marcos, de inmediato procedió a convencer a éste para que cumpliera con los sagrados sacramentos, y así fue como, con la ayuda de unas amigas que sirvieron de padrinos, fue bautizado, después de cumplir una instrucción previa, recibió la primera comunión y acto seguido la confirmación, todo esto a hurtadillas, sin que Agustín y Elena se enteraran de nada.
Cuando poco más adelante Marcos comunicó a sus padres que se casaría con Valeria por la Iglesia, Elena y Agustín se sorprendieron, no porque se negaran a ese tipo de casamiento, sino porque sólo entonces se enteraron de todos los arreglos previos que había realizado Marcos a espaldas de ellos, lo que los decepcionó profundamente. Esa falta de confianza, ese proceder de Marcos fue como una puñalada artera para Agustín, quizás la sensación que probó fue como la frustración del general que descubre que su mejor elemento es un desertor, o un traidor, o que la obediencia que le debía un subalterno era de pronto desconocida e incumplida. Elena se sorprendió, pero no tanto, se entristeció, eso sí, y le dijo a Agustín:
--Yo ya lo sospechaba, lo leí en los ojos de esa muchacha cuando la conocí. Fue ella quien seguramente lo aconsejó de proceder en esa forma, no tanto por temor a que nos opusiéramos, sino por el deseo de arrebatárnoslo, de demostrarnos que ya prescindía de nosotros.
Si Marcos sufrió en carne propia los rigores impuestos por su padre, los que toleraba cada vez menos a medida que crecía, Adrián se consideraba abandonado, pues desde pequeño sintió una gran veneración por su progenitor, una admiración inexplicable por esa persona seria, adusta, autoritaria, siempre segura en sus expresiones y conversaciones que parecían órdenes irrefutables. A su vez confundía la ternura y el cariño que su madre le prodigaba, con debilidad femenina. Rodrigo, en cambio, era quien, más afín a su madre, disfrutaba el amor y las atenciones maternas y crecía ajeno al severo autoritarismo del padre.
Adrián se esforzaba para complacer a su padre, para mostrarle que lo amaba y lo admiraba aún sin recibir un poco de las atenciones que éste otorgaba a Marcos.
En una ocasión, cuando toda la familia aún vivía bajo un mismo techo, mientras cenaban, Agustín comentó un asunto de trabajo:
--Me siento muy satisfecho de que nuestra firma representara al doctor Villanueva en este juicio que ganamos. El doctor Villanueva es una gran persona--. Luego, mirando de reojo a Marcos dijo--: Sería una gran distinción tener un médico en la familia, un doctor de renombre.
Marcos no levantó la vista del plato, sin embargo, desde esa tarde Adrián no tuvo otra cosa en mente que estudiar medicina. Adrián, aún careciendo de una vocación definida, tomó ese comentario como un desafío, como un mensaje, como si al cumplirlo pudiera ser objeto del reconocimiento paterno. En cuanto terminó la preparatoria, presentó los exámenes de admisión en la Facultad de Medicina, que a duras penas los pasó y fue aceptado. Pero Agustín desde un principio notó que Adrián no estaba hecho para destacar en esa carrera, por eso no mostró ni una leve señal de satisfacción o de complacencia, por la decisión de su hijo. Agustín, al hacer aquel comentario, pensaba que habría sido honroso para la familia tener un miembro que fuera un doctor de renombre, que diera prestigio a ella, y Adrián actuaba con una sumisión incondicional, con pusilanimidad, que el mismo Agustín notaba en su mirada de cordero, y que cualquier sargento despreciaría en un soldado, y el padre siguió marginándolo, mermando con esa actitud la autoestima del hijo. Por eso, y desde esa edad, Adrián comenzó a encerrarse en sí mismo, y no tuvo la capacidad de acercarse y buscar refugio en su madre.
Cuando se casó con Marcia a los veintisiete años, ya un tropiezo en su carrera le había cancelado para siempre no la vocación, que apenas tuvo, pero sí ese rescoldo de voluntad y arrojo para salir adelante. Sucedió que poco después de concluir la carrera, un empleado corrupto de la Secretaría de Salud le ofreció, por una cantidad de dinero no despreciable, el examen, con preguntas y respuestas incluidas, que debía presentar para obtener la práctica de residencia en un hospital, requisito para continuar con la especialidad de dermatólogo que había elegido, por considerarla la más fácil entre todas. Había cerca de quince mil aspirantes para presentar ese concurso y las plazas de médico residente disponibles eran apenas de tres mil. Por eso, siempre pensando en la posibilidad de lograr un cierto reconocimiento de su padre, estaba dispuesto a proceder en esa forma indebida. Y precisamente el día en que él y otros ocho colegas se encontraban estudiando cada pregunta y respuesta del examen pirata en casa del traficante, fueron sorprendidos por las autoridades judiciales. El responsable de sustraer el examen, fue detenido y luego puesto en libertad tras el pago de una modesta fianza y los médicos deshonestos fueron severamente castigados con la suspensión para presentar ese examen por un periodo de tres años.
Adrián cayó en una de sus crisis depresivas y su mujer Marcia lo consoló, pero también descubrió una debilidad de carácter que se ocultaba en el alma de Adrián, que se manifestaba en una gran inseguridad, en una fácil irascibilidad y a veces pérdida de control, y en sentirse definitivamente incapaz de alcanzar la consideración paterna. En realidad Adrián, y sólo Marcia podía percibirlo y el ojo clínico de Matilde, adolecía de una inmadurez de carácter por la que seguía siendo un adolescente, con la indefinición propia de esa edad, y con la convicción de que se enfrentaba a un mundo hostil, de adultos, al que él no pertenecía.
Después del traspié del examen para médico residente, para la pareja fueron años de tropiezos, depresiones, enojos y reconciliaciones. Y en esa turbulencia, entre conflictos matrimoniales e incertidumbres existenciales, nacieron Marlon en 1989 y Tatiana en 1990. Adrián comenzó a tener exabruptos repentinos y un extraño comportamiento. Como si de pronto se aislaba, en la mesa, después de las comidas; caía en una especie de trance y comenzaba a desmoronar los trozos de pan que sobraban hasta convertirlos en migajas que luego juntaba en pequeños montículos, que contemplaba absorto, ausente. A veces en esa especie de cerrazón comenzaba a tomar sin control, sin que él mismo lograra limitarse o como si no supiera que hacía, aún cuando no podía considerársele un alcohólico puesto que luego podían transcurrir meses sin volver a probar gota de licor. Sin embargo, en general, era amable, afectuoso y mostraba una gran comprensión hacía sus hijos Marlon y Tatiana, pero cada vez más necesitaba de la ayuda de Marcia para salir de los baches en que caía.
Rodrigo fue el menor, y seguramente por no haber recibido influencia del padre autoritario y sí de la madre afectuosa y amigable, fue el rebelde, el contestatario, el que mostraba seguridad en sí mismo, el que un día, siendo aún adolescente, dijo en la mesa, mientras comían, con una decisión irrebatible, que sería periodista, a lo que Agustín lo enfrentó como si estuviera diciendo un disparate, ordenándole que estudiara una carrera seria, de verdad. En tono sarcástico le decía que se cuidara de no terminar siendo un “periodiquero”, porque pondría en vergüenza a la familia.
Rodrigo hizo una carrera brillante y comenzó a trabajar en uno de los periódicos más importantes del país, siendo aún muy joven, a la vez que comenzó a tomar cursos intensivos de inglés en la Anglo. Sus prolongadas ausencias de casa enfurecían a Agustín quien, por falta de contacto y comunicación con su hijo, se lo imaginaba vagando por las calles. Pero no así Elena, que lo veía crecer, madurar y templarse en un mundo competitivo y con amplios horizontes. Empezó como ayudante del responsable de la rotativa, luego ayudante del tipógrafo y supervisor de galeras, y cuando se introdujo en la empresa el sistema computarizado, era ya redactor. Entonces fue cuando comenzó a escribir sus primeros artículos en los que, sin tener todavía argumentos bien fundados, se oponía al proceso indiscriminado de la apertura económica, a la globalización, pues tenía el presentimiento de que aún en ese complejo y aún para él desconocido mundo de la economía y las finanzas, el libre juego del mercado, de la ley de la oferta y la demanda, no era el camino hacia la prosperidad del país en condiciones de enormes desigualdades, y que necesariamente el pez más grande se comería al pequeño.
En la Escuela de Periodismo le dieron las herramientas técnicas indispensables para desarrollarse, pero el crisol en el que se forjó como periodista de fondo, como articulista político, fue la propia vida, sobre todo aceptando, analizando y aprendiendo de las críticas. En 1991, cuando nació Mónica, su primera hija, y él cumplía veintiocho años, la BBC de Londres le ofreció ser uno de sus corresponsales en México. Poco después dejó el periódico, en el que había aprendido a trabajar bajo fuerte presión, cumpliendo sin descanso con la redacción de artículos, sin contemplación de horarios, y comenzó su vida profesional independiente, colaborando con varios periódicos, en varios programas de televisión y de radio como comentarista, y manteniendo en alto nivel la corresponsalía, que había sido la catapulta para alcanzar ese situación de gran responsabilidad. En 1993 nació su segunda hija, Natalia.
Rodrigo y Fabiola se conocieron en la Anglo, cuando ambos estudiaban inglés. Fabiola llevaba la carrera de Psicoterapia Infantil y luego hizo un curso, como una especie de especialidad, en Pedagogía Infantil. Hacían una mancuerna maravillosa, se desarrollaban apoyándose mutuamente en el campo profesional y como seres humanos.
Fabiola, a los cuarenta años, quiso tener otro hijo, añoraba la compañía y la ternura de un recién nacido, y tuvieron a Claudio, en el 2005. En ese mismo año falleció Agustín. Rodrigo contaba con cuarenta y dos años y era ya un periodista reconocido en el medio. Su padre lo apreciaba en silencio, a su modo, y de vez en cuando se percibía en sus palabras que no compartía en absoluto sus ideas. Le decía que era lamentable que hubiese caído en las redes de los desestabilizadores de la sociedad y su principal temor era que fuera a declararse abiertamente de izquierda. Elena lo admiraba mucho como profesional, y no sólo compartía sus planteamientos, sino que en algunos casos era muy radical, y se sentía orgullosa de la forma en que Rodrigo se desenvolvía en esa sociedad peligrosa, amenazante, cuando se iba en contra de las reglas establecidas, de los intereses creados, descubriendo y denunciando corrupción e impunidad, abusos cometidos por los poderosos y tolerados debido a la ignorancia y pasividad de la gente.
*****
Agustín, antes de fallecer de un infarto a los setenta y cinco años, consideraba que sus hijos formaban parte de una generación perdida. Los tres habían nacido a principios de los años sesenta, la década en que el mundo sufrió, según él, un desbarajuste profundo y de ahí en adelante perdió el rumbo. Le repetía a Elena: “Estamos perdiendo el control sobre nuestros hijos porque fuimos blandos al educarlos. Tú has sido muy permisiva, muy tolerante con Adrián y Rodrigo y con tu actitud minaste la educación y los principios que yo me esforzaba en inculcar a Marcos. Tenía razón mi padre cuando decía que un buen soldado debe ver en sí mismo al primer y más peligroso enemigo. Además, todo esto es también culpa de la sociedad, porque la sociedad está trastornada, en decadencia y los hijos están a merced de ella”. Para él, el movimiento estudiantil de 1968 en México y en Europa había sido el principio del fin. No se cansaba de repetir, sumamente entristecido, que se había perdido la tradición, los principios y valores familiares fundamentales, que se maman de generación en generación en el seno de los hogares bien constituidos. Insistía en que se habían resquebrajado las costumbres, los jóvenes, aún los adolescentes, se atrevían a tomar decisiones que no les correspondían, que afectaban sus vidas, cosa que era responsabilidad de los adultos, de los padres y lo peor es que se atrevían a hablar de libertad sexual.
Elena, aunque a estas alturas, y con la falta de comunicación que siempre había existido entre ella y su marido, consideraba imposible hacer que Agustín cambiara de parecer y comprendiera aunque fuera un poco el mundo en que vivía, le argumentaba que un principio de autoridad intransigente y a ultranza era como una cárcel. “Lo que yo he hecho es hacerme respetar como madre y he respetado lo que mis hijos son, como seres humanos. ¿Cómo vas a saber quienes son tus hijos si no tienes comunicación con ellos, Agustín, si no los acompañas en su crecimiento y desarrollo, en cada etapa de sus vidas? Quisiste imponerte y hacer de Marcos una persona a tu imagen y semejanza, exigiendo que te obedeciera por temor más que por convicción, lo has querido meter por la fuerza en un molde, y así no, Agustín, por la fuerza nada, ya no estamos en los tiempos en que la letra con sangre entra, Agustín, por eso a la primera oportunidad se te salió del redil”.
Sin embargo Agustín le refregaba en la cara, como el ejemplo más patente de este derrumbe de principios y valores familiares, lo que le había sucedido a su prima Josefina, precisamente por aceptar y ser cómplice de ese desbarajuste moral.
Sonia, la hija de Josefina, muchacha linda e inquieta, tenía un novio que había abandonado su casa debido a profundas discrepancias con sus padres, era un rebelde, y se fue a vivir con unos amigos a un pequeño departamento frente al parque México. Sonia lo visitaba todos los días y ahí conoció a otras muchachas y a los amigos de su novio. Esto sucedió en el año de 1965. En ese departamento tenían una vida comunitaria, dormían en colchonetas, fumaban marihuana o hachís, se dejaron crecer la barba y el cabello, algunos intercambiaban pareja, se vestían con ropa estrafalaria que correspondía, en la imagen, a las desavenencias, discrepancias profundas y rechazo que sentían hacia el mundo formal, burgués, del que eran producto. Era la manifestación de la anticultura. Comenzaron a prepararse ellos mismos su indumentaria y a asimilar una forma de pensar que no sólo iba en contra de las normas establecidas, sino que tenía su propio código de conducta que se basaba en un principio libertario, en la idea de que era prohibido prohibir.
Cuando luego, en mayo de 1968, explotó la revuelta estudiantil en Francia y meses después se produjo la masacre en Tlatelolco, este grupo se convenció que no podía continuar conviviendo con una sociedad cerrada, intolerante, autoritaria, hipócrita y sin escrúpulos, que era incapaz de deshacerse de un gobierno represivo y sanguinario como el de Gustavo Díaz Ordaz y de su ministro de Gobernación. Estos muchachos hicieron suyas las teorías y el pensamiento de Herbert Marcuse, leían y releían párrafos de El Hombre Unidimensional y Tolerancia Represiva, y tenían largas discusiones sobre el sistema capitalista y socialista, máximas expresiones del totalitarismo. Para ellos había un nuevo ideal, basado en la espiritualidad y en la sensualidad. En las discusiones del grupo (a las que asistía como invitada de piedra Josefina, quien trataba de rescatar a su hija, emulándola, aunque aparecía por ahí con la total desaprobación de Sonia), se insistía en que la autoridad debía ser legítima y esa legitimidad debía ser comprobada o asignada por el pueblo. Sus integrantes rompían con los tabú sexuales y sociales, luchaban por la emancipación de la mujer. Tomaban como ejemplo de la degradación de la Humanidad la guerra sucia de Vietnam y la indiferencia de la sociedad ante las atrocidades que en ese país se cometían y la velada e inocua crítica que hacían aún los sectores más progresistas a las autoridades de los Estados Unidos, mostrando de esta manera que eran incapaces de modificar el curso que los militares imponían a la Historia. Admiraban a Daniel Cohn-Bendit, conocido como Danny “El Rojo”, a los Beatles, vestían con jeans deshilachados y las mujeres con vestidos largos o minifaldas; escuchaban rock y música pop.
Josefina siempre había tenido una buena relación con su hija y deseaba sinceramente participar y compartir sus inquietudes que en el fondo de su alma comenzó a sentirlas también como suyas, mujer siempre reprimida, y por eso la visitaba en ese departamento del parque México y era aceptada por el grupo porque mostraba interés en las conversaciones, más aún coincidía con todo, aunque Sonia se sentía incómoda con su presencia. Un día el grupo fue desalojado de ese lugar y se transfirió a una comunidad de hippies en San Miguel de Allende. Pasaron varias semanas en que Josefina no tuvo noticias de su hija, que era menor de edad, apenas tenía diecisiete años. Sumamente preocupada acudió con Agustín para ver si como abogado podía hacer algo para recuperar a su hija.
No encontrando apoyo ni en su primo y mucho menos en su esposo, quien se mostraba intolerante y agresivo, decidió ir a San Miguel de Allende por sí sola. No le costó trabajo localizar el campamento de hippies y se integró al grupo, sintiéndose cada vez más identificada con esa forma de ver la vida que muchos de ellos mismos, a pesar de sus cuarenta y dos años. Sonia no soportaba la presencia de la madre, a sus ojos hacía el ridículo, a esa edad y por la vida de burguesa que llevaba, para ella estaba fuera de contexto, y por ello se sentía en un serio conflicto de identidad, su madre le recordaba lo que quería dejar atrás, le impedía ser auténtica, libre; la contemplaba y no podía dejar de juzgarla. Entonces una noche, con su novio, abandonó la comunidad sin decir nada a nadie. Josefina se enteró que Sonia se había marchado sólo tres días después. Regresó al Distrito Federal y se desató un serio conflicto con su marido a quien además de tildarlo de retrógrada, lo acusó de no preocuparse por su hija. “Por lo menos yo la busqué y la comprendí, no es una loca desquiciada, degenerada, drogadicta, viciosa, como supones, es mucho más inteligente de lo que nosotros fuimos a su edad y de lo que tu eres ahora”, le echaba en cara al marido. El conflicto llegó a extremos irreconciliables que los llevó a la separación. Josefina angustiada buscó a los antiguos amigos de Sonia: algunos le decían que les había pedido dinero porque se iba a otra comunidad, en Oaxaca, mientras que otros le aseguraban que había partido para Nueva Orleáns. El marido, a su vez, la acusaba recriminándole que si ella no la hubiera seguido, habría regresado a la casa una vez que se hubiera hartado de estupideces y de drogas: “Por tu culpa, por haberla seguido, por haberte entrometido en su vida, la perdimos para siempre”. Y en efecto, no volvieron a saber nunca más de ella.
Y Agustín concluía: “Nuestros hijos no han desaparecido, pero es como si ya no estuvieran”, mientras los ojos de Elena, color avellana, cambiaban de una mirada apacible a una fiera y reprobatoria por la tozudez de su marido.
*****
Elena habitaba en una casa que Agustín mandó construir en 1959, un año antes de casarse, en la calle de Córdoba casi esquina con Tabasco, en el corazón de la colonia Roma. Era una casa que rescataba la arquitectura de las mansiones señoriales de ese barrio tradicional de la ciudad de México que había logrado sobrevivir al avance de la modernidad urbana y a las calamidades de los terremotos que asolaban esa zona con especial saña. Era una casa con un angosto antejardín que Elena cuidaba con esmero, una escalinata con elegante balaustrada que conducía a la puerta principal, protegida por una marquesina de hierro forjado y cristales. En la fachada de piedra de cantera, sobresalían dos amplios ventanales. Elena había vivido en esa casa desde que había contraído matrimonio y en ella crecieron sus hijos. En el 2005, luego del fallecimiento de su marido, Elena modificó el interior de la casa, conservó los pisos de parqué, las puertas de caoba con anchos bastidores y sólidos batientes ensamblados con entrepaños veteados, pero mandó tapizar las paredes, eliminó las antiguas lámparas de techo y puso luces indirectas, cambió los muebles heredados de ambas familias, poniendo otros modernos y funcionales.
Con la asesoría de su querida nieta Mónica, experta en cosas de tecnología moderna, adquirió un equipo de música digital, sin deshacerse del anterior, conservando así sus antiguos discos de acetato y complementándolos con los nuevos discos compactos. Disponía de una amplia colección de tangos que Rodrigo enriquecía, así como de blues, jazz, y de sus cantantes preferidos de los años sesenta y setenta. También con la asistencia de Mónica compró una laptop y su nieta la introdujo en el misterioso y maravilloso mundo del Internet, y con ese aparato se intercambiaba noticias, comentarios, chismes, confidencias, con sus nietas, con Matilde y a veces con sus amigas, que en verdad tenía poco en común con ellas, eran las esposas de los socios del despacho de Agustín. Donó el voluminoso acervo bibliográfico sobre derecho y jurisprudencia, tesoro valiosísimo para Agustín, pero inservible y estorboso para ella. En un rincón de la sala de estar reposaba, sobre un elegante pedestal, el busto exquisito, en bronce, de Marian Masónica, con la inscripción: Libertê, Egalitê, Fraternitê.
Elena descolgó de las paredes de la sala y del dormitorio y quitó de las mesitas laterales de los sofás y de las consolas, todas las fotografías y los cuadros de los familiares difuntos, sobre todo de la familia Sarmiento que Agustín coleccionaba y veneraba y de quienes conocía vida y milagros y cuyas virtudes, verdaderas o inventadas, se empecinaba en repetir que eran ejemplos a seguir. Los guardó en un baúl que relegó en el sótano, aunque esto provocó un serio disgusto en Adrián. Pero Elena, sin hacerle mucho caso, le decía:
--Hay que dejarlos que descansen en paz, además esas miradas asustan, como si nos estuvieran viendo desde el más allá--, pero Adrián una y otra vez le echaba en cara que se quería deshacer de todo vestigio de la familia Sarmiento, y lo que en verdad lo enfurecía en su fuero interno era que no guardara en algún lugar visible una fotografía de su padre. Elena los reemplazó con cuadros que compró en la Plaza San Jacinto de San Ángel, con algunas de sus acuarelas y con flores, en las mesitas laterales y en las consolas.
Elena siempre disfrutaba tener a su familia alrededor de la mesa del comedor, como ese día de su septuagésimo cumpleaños. Consideraba que los momentos más felices de su vida eran aquellos en que convivía con sus hijos, nueras y nietos. Sin embargo era frecuente que surgieran, como una fatalidad, fuerzas adversas que tendían a resquebrajar esos lazos que mantenían unida a la familia y que ella tanto se preocupaba en fortalecer. En realidad, ya desde hacía muchos años era difícil, sino que imposible, tener a Marcos y Valeria juntos al resto de la familia y luego tampoco a sus hijos Pablo y Alfonso. No lograba explicarse porqué se imponían esas misteriosas adversidades si ella consideraba que el amor hacia cada uno de los miembros de su familia lo podía todo, ese amor que dio sin reservas ni distingos debería haber sido un poderoso imán, invencible, pero era evidente que no lo era ni lo había sido. No bastaba. Los sentimientos tenían su propia dinámica y cada quien iba trazando y definiendo su camino, a veces contra el núcleo familiar y aún contra su propia existencia y felicidad.
Ese 15 de abril, cumpleaños de Elena, la reunión poco a poco fue animándose. Adrián, en forma un tanto brusca, insistía a Rodrigo que comiera la rebanada de pastel impregnada en licor que le había preparado:
--No seas delicado, hombre, sólo le puse medio vaso de Fra Angélico.
--No gracias hermano, cómo se te ocurre que como esa rebanada recubierta de chocolate y ahogada en licor. Tú sabes que casi no como pastel y además podrías haberle puesto unas gotas, no ahogarlo en alcohol--decía Rodrigo--. Demasiados carbohidratos y la vida me lo va a cobrar después.
--Bien, bien, no te preocupes, en fin yo tampoco me habría comido esto.
Adrián no se mortificaba si no aceptaban las combinaciones que hacía, agregando licores a las rebanadas de pastel o a las grandes copas con trocitos de fruta o al café. Marcia le había advertido que no debía alterar los sabores de un pastel de alta repostería, que es un arte con sus propias reglas, pero Adrián consideraba que en muchos otros casos, un toque de Fra Angélico, con su peculiar sabor de avellana y bayas, atenuaba los sabores fuertes o bien los enriquecía, produciendo un deleite especial en el paladar. Decía que nunca combinaría un Grand Marnier, de sabor de naranja, con sabores tenues a los que se impondría o anularía. Pero una gran copa de fresas recubiertas con crema y al centro un chorro de Strega, era un maravilloso reconstituyente para un domingo por la mañana. Además, era capaz de dar una cátedra sobre los procesos de destilación y fermentación de las bayas de enebro para producir ginebra, de la cebada y de la avena para el whisky o de las patatas, centeno o del maíz para producir vodka así como sobre las diferencias y similitudes de la grappa de moscato y la de orujo, y del pisco, y hablaba de los orígenes de las cepas de uva como el Pinot, Moscatel, Cabernet Sauvignon, Merlot, de las propiedades del agave azul y del tequila y el mezcal y del ancestral pulque. Cuando se le preguntaba cómo se había interesado por todo aquello respondía: “Es que soy un auténtico Sarmiento, vástago orgulloso de la vid y hago honor a mi nombre”. A pesar de todo, siempre había sido fiel a la cuba libre y en esa reunión de cumpleaños se servía un vaso tras otro bajo la mirada reprobatoria de Marcia que él en un principio anulaba con otra autoritaria y luego dejaba pasar con otras cada vez más apagadas y adormecidas.
Rodrigo interrumpió el bailoteo de las sobrinas adolescentes diciéndoles que era el turno de los adultos y puso un disco de la colección Historia del Tango y regresó a la mesa con el folleto explicativo en la mano. Al sentarse dijo:
--Fuera de mis queridas mujeres y de mi pequeño emperador Claudio, mi pasión es el tango. ¡Qué sentimiento!
--No tío, a mi me parece una música antigua, a veces monótona, a veces difícil de entender –dijo Marlon.--Yo prefiero a Eric Clapton. ¿Has oido Layla, Tears in Heaven?... ¡Eric Clapton es grandioso!
--Venga esa mano –le dijo Rodrigo sonriente y se dieron un sonoro palmetazo con la mano derecha en el aire--. Tienes muy buen gusto, es uno de los grandes, en verdad me gusta mucho.
--A mi se me pone piel de gallina cuando escucho Blue Velvet o Day-Ó con Harry Belafonte o Magic Moments –, intervino Matilde.
--Oye, a mi también –agregó Elena--, y no digamos cuando escucho a Paul Anka, ¿te acuerdas?: Put your head on my shoulder, put your lips next to mine –canturreó sonriendo y suspiró, mientras Adrián le echaba una mirada fulminante, de muerto resucitado, y luego igual a Matilde.
--¡Ay amiga! –dijo Matilde, mirándola con ternura--. Qué hubiera sido de nosotras si nos hubiésemos conocido a los veinte años…
--Sí, a mi también me encantan las baladas –dijo Fabiola--, pero me fascina Eric Clapton, como a Marlon, o Art Blakey o Aretha Franklin, el jazz es maravilloso, tiene algo fascinante. Pero deberían escuchar al guitarrista Emery Ray y por otra parte, bueno, es otra cosa, nada como Jacques Brel, ese poeta y músico, Ne me quitte pas, qué hermosura ¿Lo recuerdan?
Las tres jóvenes adolescentes se habían concentrado en la sala de estar viendo algún programa de televisión o escuchando su propia música en sus iPod, compartiendo los audífonos. Marcia observaba, callada, cómo Adrián, cabizbajo, desmoronaba los pedazos de pan y entraba en un trance de rabia contenida y de aislamiento.
--Pero dejen que les diga –intervino Rodrigo--, Fabiola y Marlon tienen mucha razón. Miren, el tango es muy profundo, muy humano porque refleja más las dichas y las desgracias humanas de todos los días. Es cierto, es difícil de comprender y de bailarlo, pero cuando lo asimilas y te aficionas a él, no lo puedes dejar de escuchar, lo aprecias en todos los sentidos.
--A mi me parece vulgar—interrumpió de pronto Adrián--, habla de prostitutas, de chulos, de asesinatos…
--De ninguna manera –continuó Rodrigo--. No lo van a creer pero tanto el jazz como el tango tienen sus raíces en África, en la música africana, en la música de los negros. Hay una versión, está aquí en este folleto, que dice que la palabra tango podría provenir de Shangó, que es el dios del trueno y de la tempestad en la mitología de los Yorubas de Nigeria; pero como señala un buen conocedor, tiene algo de habanera y tanguillo andaluz y se consolidó como lo conocemos hoy, sacando a relucir sus filigranas milongueras en los bailongos que se armaban en los arrabales de Buenos Aires, qué tal –dijo Rodrigo levantando la vista del folleto en el que había leído ese párrafo, mientras el equipo de música dejaba oír a Genaro Esposito, Santos Discépolo, Aníbal Troilo y a Edmundo Rivero.
--Pues es vulgar –insistió Adrián--, tanto es así que usa un dialecto de bajos fondos, como un caló que ni se entiende. ¡No sé por qué te tiene que gustar todo lo decadente! --afirmó dirigiéndose a Rodrigo con tono agresivo, quien lo miró sin alterarse, pues no era la primera vez que su hermano tenía ese tipo de desplantes, de explosiones impulsivas hacia él.
--¡Ya, ya! No seas gruñón –le dijo Elena, apoyando su mano en el antebrazo de Adrián, quien la alejó con un movimiento brusco.
--¡No me digas gruñón, mamá, y menos frente a otras personas –explotó Adrián, mirándola con ojos enfurecidos, un asomo de odio.
--No hay problema, mamá, es bueno que se desahogue –dijo Rodrigo con calma. Y agregó --: Ese caló que dices es el lunfardo, a mi me gusta, hay un tango que se llama la Ultima Curda, hay palabras como caniche, piantao, bulín, boliche…Pero escuchen este que está tocando ahora, canta Roberto Goyeche, se llama Cuesta Abajo, díganme si no es bueno-. Y Marlon corrió a subir el volumen.
Después de unos acordes lentos y el bandoneón que emitía una melodía triste, escuchó:
Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser
Bajo el ala del sombrero
cuantas veces embozada
una lágrima asomada ya no pude contener
Si crucé por los caminos
como paria que el destino se empeñó en deshacer…
Y en ese momento Adrián golpeó con fuerza los puños sobre la mesa, se incorporó con la cara desencajada, y con voz ahogada dijo:
--No los soporto, me tienen harto, me dan ganas de mandarlos al diablo a todos. ¡Tu mamá, te comportas como quinceañera, no tienes respeto por la memoria de mi padre! ¡Tu Rodrigo pareces un perro faldero, pegado a las faldas de mamá! ¡Ven, Marcia, larguémonos! --, y se dirigió a la salida y dio un portazo que cimbró las paredes de esa antigua casa familiar, sin siquiera esperar que Marcia saliera con él.
--Yo voy con él –dijo Marcia levantándose apurada--. Ustedes quédense aquí –dijo a Marlon, y agregó--: Por favor, Rodrigo, llévalos tú a la casa cuando se vayan.
Tatiana, Mónica y Natalia dejaron sus aparatos y se acercaron a la mesa del comedor. Todos quedaron estupefactos por la abrupta y violenta reacción de Adrián. Es verdad que no era la primera vez que tenía fricciones y altercados con Rodrigo, las que terminaban o con una cortante y grosera despedida de Adrián o con un paulatino apaciguamiento de los ánimos, siempre gracias a una actitud tolerante de Rodrigo, que dejaba que la discusión se fuera enfriando. Pero esta vez el exabrupto de Adrián superó cualquiera de los casos anteriores, fue contra todos y dejando a todos mudos y observándose los unos a los otros con ojos desorbitados. Y como si hubiera un tácito entendimiento entre los ahí presentes, adultos y adolescentes, nadie comentó nada, hasta que Tatiana, se atrevió a romper el silencio de plomo diciendo:
--Órale, ahora sí que estuvo grueso.
Matilde, ante de despedirse de Elena, con expresión preocupada, le comentó: “Elena, te lo dije una vez y te lo repito, Adrián necesita ayuda profesional, casi me atrevo a decir que padece un desorden bipolar”. Y Elena, con los ojos enrojecidos, adolorida repuso: “Pero yo que puedo hacer, amiga mía, me siento impotente, si él no toma la iniciativa, y quien mejor que él sabe de esas cosas si es médico. En el fondo puede ser que descargue su enojo contra mí…”.
Y así terminó esa reunión en ocasión del septuagésimo cumpleaños de Elena.
*****
Marlon y Tatiana, como el día siguiente era sábado y no tenían compromisos de escuela, decidieron quedarse a dormir en casa de Elena. Llamaron por teléfono a su madre para que supiera que se quedarían ahí, con la abuela, para acompañarla.
Cuando Matilde, Rodrigo y su familia se fueron, quedaron los tres sentados alrededor de la mesa del comedor, mientras se oían en la sala los últimos acordes de un tango que había puesto Rodrigo.
--Bien –dijo de pronto Tatiana--, ¿qué les parece si descansamos de la música, endulzamos un poco esta amarga y espantosa existencia, y seguimos pecando de gula? ¿Nos preparas un chocolatito caliente, Elena, y terminamos de una vez con estas sobritas de pastel?
Tatiana era, a sus diecisiete años, una muchacha de cara agraciada, redonda, de carácter alegre y con un cuerpo ya de mujer, legado de la madre. Mientras Elena preparaba el chocolate en la cocina, llamó a Tatiana pidiéndole que la acompañara y le dijo:
--¿Sabes, hija, lo que me encantaría? Que una noche vinieras a cenar aquí, a la casa, con Armando, ahora que me has dicho que ya es tu novio. ¿Qué te parece si vienen también Marlon y Renata, Mónica y Tatiana? Así vamos integrando a Armando a la parte joven y alegre de la familia.
--Claro –le dijo Tatiana--, me encantaría, y algún día hasta podríamos salir todas juntas, con Armando y sus amigos, a la disco – Elena la miró sorprendida, con la boca abierta, y antes de que pudiera pronunciar una palabra, Tatiana agregó--: No, abuela, estoy bromeando --, y le dio un abrazo.
Al regresar a la mesa con las tazas humeantes, Marlon estaba como zombi, con la mirada perdida en el vacío.
--Toma, aquí tienes un reconfortante chocolate caliente y dime, hijo, ¿qué estás pensando?, ¿qué te acongoja?– le preguntó Elena.
--Estoy muy preocupado porque mi papá arrastra problemas de toda la vida que al no saberlos o quererlos resolver, van afectándolo más y más, y lo van a destruir, a aniquilar.
--Sí –dijo Elena--, la ira, el odio, el rencor son como un cáncer, te van carcomiendo los buenos sentimientos, ¿no crees?
--Yo creo que exageras –dijo Tatiana dirigiéndose a su hermano, mientras se servía uno de los últimos trozos de pastel--. Papá es una excelente persona, con nosotros se lleva muy bien, no digamos con mamá. Es cierto que a veces, como hoy, explota, ofende, y en el fondo creo como si el enojo es consigo mismo. No le resultan las cosas como él quiere. A ver Elena, muéstrame tu mano izquierda --dijo, tomándosela--. Mira, tú tienes bien marcadas las líneas de la vida, del amor, de la salud y de la inteligencia. A mi papá casi no se les nota, es como si no tuviera un destino, bueno, en realidad el destino no existe, así como dicen, que el destino está escrito, cada quien se va haciendo su camino al andar, como dice el poeta, pero lo que quiero decir es como si pasara por este mundo levitando, sin dejar huella.
--No digas tonterías –intervino serio Marlon--, esas líneas no tienen nada que ver con la inteligencia o la salud, esas cosas son habladurías.
--Tu quieres ser doctor –repuso seria Tatiana--, y me sorprende que niegues la importancia de esto que es la quiromancia. A mi me atrae mucho. Es más, hermanito, debes saber que no hablamos sólo con la voz, sino con todo el cuerpo, hay que saberlo escuchar, cada parte tiene algo que decir, hay quienes te descifran los problemas de salud viéndote el iris del ojo. Todo: el pelo, la piel, las uñas hablan de tu salud y de tu estado mental, y hasta puedes conocer la personalidad de una persona a través de su escritura.
--Pues yo no creo que sean tonterías lo que dice Tatiana –intervino Elena--. Estoy de acuerdo con ella. Fíjense que un día una gitana le leyó la mano a Agustín, él no quería, hasta se molestó, pero después, como íbamos con unos amigos que insistieron, él cedió. La gitana le dijo cosas que me asustaron, no sé, creo que le dijo cosas un poco en burla, porque él casi la insultó cuando le tomó la mano, pero le dijo que veía que era un hombre que toda su vida había usado y usaría chaleco con leontina atravesada y corbata de mariposa. A lo cual Agustín, todavía molesto, la increpó y le dijo que eso qué tenía que ver con la mano, y la gitana le dijo que mucho, porque su vida estaba anclada en el tiempo, en el pasado, que era hombre de otra época, textualmente le dijo, lo recuerdo bien, “tendrás mujer no para convivir y disfrutarla, sino para procrear, tendrás tres hijos, pero como si no los tuvieras, y ni siquiera eso, tendrás muchos nietos, pero poco te conocerán, y tu no conocerás al último de ellos”. ¡Increíble, no les parece!
--¡Cómo pudo decirle todo eso! –exclamaron al unísono Marlon y Tatiana.
--Bueno, les digo lo que recuerdo, yo era joven y es posible que mis recuerdos se entremezclen un poco con lo que luego viví. En realidad es lo que yo le habría dicho si hubiese sido esa gitana, para ser franca con ustedes.
--Bueno –dijo Marlon--, yo me refería en particular a mi papá, lo que me preocupa es que da la impresión que nunca ha tenido un libre albedrío, la libertad de elegir por sí mismo, como que siempre vive emulando. Y creo que hacía ti, abuela, tiene sentimientos encontrados, que chocan, no entiendo por qué.
Marlon era muy formal para romper ese trato que marca la diferencia de generaciones. No osaba llamarla Elena. Tenía sorprendentemente todas las características de Agustín en cuanto a formalidad y seriedad y eso lo hacía un ser admirado por su padre, como si fuera un tótem. Sin que nadie se lo hubiese impuesto o aconsejado, había decidido estudiar medicina y se había presentado al examen de admisión de la Facultad, habiendo obtenido de las mejores calificaciones. Y también tenía ciertos rasgos en el rostro que a Elena le recordaban, con cierta reluctancia, a su marido, y por eso a veces se acercaba a Marlon, le acariciaba el pelo, lo miraba con ternura y suspirando, deseando que el parecido llegara sólo hasta ahí, en esa nariz recta, esa tez de pescador bronceado y mirada penetrante, le decía: “No te quedes atrapado en el pasado, hijo, vive el presente y pon un pié, desde ahora, en el futuro”.
Tatiana por su parte estudiaba turismo y ayudaba a su madre con gran entusiasmo en la agencia de viajes en la que ésta trabajaba. Ella creía a pié juntillas en el reiki, tarot, quiromancia, telepatía, aunque sabía cuáles eran los límites de cada una de estas prácticas y reconocía el abuso que de ellas hacían los charlatanes, pero cuando se acaloraba en alguna discusión incluía en esta categoría de charlatanes a todos los que daban soluciones incomprensibles, como si provinieran de fuentes sobrenaturales, a problemas que la ciencia todavía no resolvía. No aceptaba que a interrogantes que el ser humano aún no lograba dar una respuesta racional, se les diera respuestas en verdad absurdas. Por eso era enemiga acérrima de los dogmas. Esto le acarreaba seguido problemas con algunas de sus amistades y sobre todo con familiares de éstas. Por eso una vez que Tatiana le comentó a Elena un incidente de esta naturaleza y le comentó:
--Cómo es posible, Elena, que uno tenga que creer en cosas que te imponen que creas. Hace poco leí algo que dijo un filósofo francés, Cioran, dijo que su fuerza radicaba en no haberle encontrado respuesta a nada. Y otros en cambio tienen la pretensión de encontrarle respuestas a todo. Yo creo que tanta autoridad religiosa, moral, tantas imposiciones, o lo que sea , nos impiden ser nosotros mismos.
Elena llegó a pensar que quizás su nieta hubiera tenido algún contacto con el espíritu del bisabuelo Diego, pues de otra manera no se explicaba como podría haber llegado a tener una visión de la vida como ésa.
Tatiana tenía ya dos cuadernos con apuntes sobre una novedosa forma de hacer turismo, criticando la tendencia de algunos, quizás la mayoría, de viajar a algún lugar exótico, lejano, desconocido, para encerrarse en un hotel de lujo, sólo para disfrutar de las comodidades del “spa”, de las boutiques, de los bares, de la alberca techada, como si uno se hubiese quedado en la ciudad, o bien que recorriera islas, bosques, lagunas, destruyendo o contaminando los lugares naturales. Tatiana escribía una tesis sobre Turismo de Aproximación de Culturas, que según Marlon era algo utópico. Proponía hacer turismo promoviendo el encuentro de grupos de diferentes países, continentes, razas, niveles sociales, en lugares atractivos, pero el punto central era que estos grupos tuvieran, además de los recorridos por los lugares de interés, la posibilidad de ampliar sus conocimientos a través de contactos e intercambios de ideas programados para dar a conocer sus costumbres, creencias, culturas, el sistema en que se basaba su sociedad y gobierno.
--Esparcimiento, conocimiento y cultura, ahí está el turismo del mañana--, decía Tatiana.
Había que superar ese estrecho atractivo que ofrecían en forma por demás esquemática, los tour de diez, quince, veinte días, todo pagado, o los cruceros por el Nilo, el Báltico, Alaska, Patagonia, el Caribe, siempre a la distancia y permaneciendo ajenos a los lugares visitados; había que superar, aunque no eliminar, esos clichés de visite la Torre Eiffel, visite el Vaticano, el Taj Mahal, para que después uno regresara a su casa con videos y fotos para hacer largas y aburridas sesiones con los vecinos para ufanarse de los lugares visitados pero no conocidos, y de los souvenirs adquiridos, y de las compras costosas efectuadas.
Tatiana esa noche habló de su novio Armando, comentó que le había ayudado mucho en desarrollar esa tesis.
--Es un muchacho muy capaz, me llevo muy bien con él. Nos entendemos de maravilla, en todos los aspectos. Tenemos relaciones sexuales cuando de común acuerdo las deseamos—dijo, sin rubor.
Esa actitud de Tatiana contrastaba notablemente con la de Marlon, pues siempre hablaba con recato de Renata, su novia, y se ruborizaba si Elena le preguntaba si se besaban. Marlon criticaba a Tatiana diciéndole que era muy coqueta, y ella le respondía:
--La coquetería es nuestra arma, digo la coquetería bien administrada, nunca disoluta o descontrolada, ¿verdad Elena?”.
*****
Adrián, más que por exceso de ron, era por un rencor añejo que guardaba en el corazón lo que en ciertas ocasiones le hacía perder los estribos y arremeter contra su madre, Rodrigo y cuando se presentaba la ocasión contra Marcos, pero nunca contra Marcia y sus hijos. Y como en otras ocasiones, esa noche, ya en su casa, con lágrimas en los ojos, lloriqueando, se deshizo en disculpas y pidió una y mil veces perdón a Marcia.
--Mi pichón, no es a mí a quien debes pedir disculpas, ven, acércate, yo estoy aquí para sanar las heridas de tu alma –le decía, ya acostados en la cama, acariciándole el pelo, besándolo, mientras le desabrochaba y le quitaba el pijama. Ella, más que nadie, sabía lo que sufría Adrián, ella más que nadie había sondeado ese vacío, a lo largo de veinticinco años, que en su corazón había dejado la ausencia de amor por parte de su padre, ese amor que buscó desde la niñez y que le fue negado, y ella más que nadie sabía como paliarlo momentáneamente. Sin embargo, Adrián se aferraba con desesperación a su nombre Sarmiento, a sus raíces, de las que se sentía orgulloso, y de las que el padre había sido y seguía siendo, a pesar de todo, la figura primordial. Ella, más que nadie, además, sabía cómo consolarlo, cómo reanimarlo, cómo devolverle un poco de paz, con el calor de su cuerpo, con sus besos y caricias, que eran su única salvación. Hicieron el amor como dos adolescentes, como si fuera la última vez que lo harían, hasta quedar agotados, vencidos, exhaustos y profundamente dormidos.
Se conocieron cuando Adrián era todavía estudiante de medicina. Marcia era hermana de un condiscípulo de Adrián en casa de quien a veces éste pernoctaba preparando los exámenes. Marcia no era muy agraciada de cara, más bien de facciones toscas, pero con un cuerpo atractivo, bien desarrollado desde que era adolescente, y encontró en Adrián el objeto de sus sentimientos maternales y el desahogo de su temprana fogosidad sexual con que la naturaleza la había dotado. Comenzaron a tener relaciones dos días después de que Adrián apareció por primera vez en la casa de Marcia, una tarde en que su amigo lo dejó por un par de horas para ir a recoger a su madre en el coche a un centro comercial. Todo se dio con naturalidad, como si de las palabras de Adrián y de su mirada, de las que fluía una gran tristeza, a las caricias, a los besos y a hacerse el amor, fuese una sola cosa. El tenía veinte años y no había conocido todavía mujer alguna y Marcia dieciocho y había aplacado sola sus urgencias sexuales, en solitario, por las noches. Por eso desde la primera vez que hicieron el amor, en el sofá de la sala de estar, él con los pantalones hasta las rodillas y ella con la falda hasta la cintura, fue como una revelación para ambos: ella encontró al hijo y al varón que tanto buscó en sus sueños y él las caricias y la comprensión que le volvían el alma al cuerpo.
Durante cuatro años vivieron como novios amantes, luego Marcia consiguió un trabajo en una agencia de viajes y vivieron juntos en un pequeño departamento, y cuando ella quedó embarazada de Marlon, en 1989 y Adrián había terminado la carrera, decidieron casarse.
Al día siguiente del cumpleaños de Elena, Marcia le comentó a Adrián que la noche anterior se había extralimitado, que frente a todos había ofendido tanto a su madre como a su hermano y cuñada, y que consideraba que debía llamarla para darle una disculpa. Pero no lo hizo, en cambio comentó:
--Mi amor –le dijo Adrián--, sé que fui brusco, que dije cosas que los habrá lastimado, pero te quiero decir que mi madre no es una santa. ¿Te digo una cosa que he tenido siempre atravesada aquí, que no he podido olvidar nunca? –y se señaló la sien con el índice de la mano derecha--. Una noche, yo tendría no sé, unos ocho o nueve años, tuve una pesadilla, mi papá me regañaba por algo que yo no había hecho, una tontería, entonces me levanté y fui a la recámara de mis padres, quería darle un beso a mi papá, hacerle una caricia, verlo aunque fuera, pero no estaba en su cama, tenían camas separadas como toda la vida. Había luz en el baño y la puerta estaba entreabierta y me acerqué muy despacio y ahí estaba, masturbándose, sentado en el borde de la tina. No sabes cómo me impresionó verlo ahí, en esa posición, medio agachado, con el miembro en la mano. La realidad fue más terrible que la pesadilla que había tenido. De momento como si no comprendí bien lo que había visto, luego fui entendiendo, me dio tanta pena como rabia, y eso que vi y sentí no lo comenté nunca a nadie. ¿¡Qué clase de esposa fue mi madre que no fue capaz de satisfacer a su marido, que quizás lo rechazaba por las noches cuando se le acercaba!? Eso lo he querido olvidar pero no he podido, me ha pesado siempre en el alma, me ha atormentado. Piensa un poco qué vida fue la de mi padre. Y ¿sabes otra cosa, algo que me atormenta por igual que todo lo demás? --agregó Adrián mirando fijamente a Marcia--. Vengo sospechando desde hace tiempo y cada vez se confirma más mi sospecha, que mi madre tiene algo que ver con Matilde. ¿Me entiendes? Creo que hay algo entre ellas, me lo hace ver la forma en que se miran, como se toquetean y las cosas que se dicen. Las he sorprendido también cuchicheando por ahí.
El día siguiente del cumpleaños de Elena, fue Marcia quien la llamó para disculparse, en nombre de Adrián, por el exabrupto de éste.
--Elena, usted lo comprende, ¿verdad? Cuando toma, y no es seguido, pierde el control, aunque a veces sin mediar alcohol… –le dijo Marcia.
--Sí, lo sé –le comentó Elena comprensiva--, no hay peor veneno que revolver el alcohol con las desdichas del corazón. Pero ¿no crees Marcia que Adrián necesita ayuda profesional? Ese comportamiento no es normal…
--Yo se lo he insinuado, pero él insiste que tiene sus motivos, que es su carácter, me dice siempre que no me preocupe…
Elena sabía que el sufrimiento de Adrián era incurable porque venía desde que comenzó a tener uso de razón y por eso estaba en la raíz de su alma, y había que comprenderlo más que perdonarlo. Pero Elena no podía saber que, además de ese sufrimiento, Adrián padecía, como si fuera un cáncer, la corrosión de la maledicencia que él mismo inventó contra su madre y difundía y se empeñaba en creer, esa calumnia que lanzaba pero que como un bumerang tenía como destino a él mismo, como sucede con todas las calumnias que alguien inventa y con ellas pretende lastimar al prójimo. Marcia trataba de ayudarlo, de que recuperara la cordura:
--Si tu madre tiene algo que ver con Matilde –le decía--, ¿cuál es tu problema? En primer lugar no te consta, son suposiciones tuyas que te están envenenando el alma, y en segundo lugar ¿por qué te atormenta tanto una relación de ese tipo, como si fuera diabólica? Además, si tu padre se masturbaba, ¿cuál es tu problema? ¿Qué sabes tú de esas cosas tan íntimas? Quizás eso le gustaba más que estar con tu madre, con una mujer. Te aseguro que eso les sucede a muchos. Ven mi pichón, ven aquí conmigo, quédate quieto, olvídate de esas cosas y vive tu vida, disfruta nuestro amor –y por un momento, por unos días, por unas semanas, la tranquilidad regresaba al alma de Adrián.
Pero las caricias de Marcia, el desahogo que le daba era un paliativo y tampoco Marcia podía resarcirle lo que ella suponía que había perdido, porque en el fondo, el mal de Adrián era más grande e inasible, puesto que le dolía no la perdida de algo que en algún momento podría haber tenido, sino lo que su padre le negó, lo que él había suplicado en silencio hasta la humillación: un poco de amor.
*****
Fue una frase de Agustín la que, como la gota que derramó el vaso, produjo un efecto demoledor en Elena. Era el 11 de febrero de 1990, un fecha especial, el aniversario de bodas. Elena, sobreponiéndose a una gran apatía, a un decaimiento que venía arrastrando hacía algún tiempo, quizás por los achaques naturales de la menopausia, además cansada después de trabajar todo el día en la preparación de dibujos e ilustraciones que urgían para el último libro de Fabiola, ese día decidió preparar una cena sorpresa para Agustín: alcachofas a la vinagreta, crema de espinacas, un buen trozo de salmón al horno y natilla de vainilla. A buena hora descorchó una botella de Chateau Domecq, para que fuera tomando cuerpo, y esperó pacientemente. A las siete en punto, como de costumbre, llegó Agustín. Dejó el portafolio en la consola de la entrada, colgó su sombrero y el sobretodo en los ganchos de la percha al lado del gran espejo del recibidor y entró en la sala frotándose las manos, donde estaba Elena esperándolo, a quien saludó con la acostumbrada frase obvia: “Hola, ya llegué”. Luego miró hacia el comedor, que estaba apenas alumbrado por las velas sobre la mesa, vio las flores, la botella de vino reposando en la canastita portabotella y dijo:
--Pero mujer, ¿qué es esto?
--¡Agustín Sarmiento, ya te está fallando la memoria! Hoy cumplimos treinta años de casados…
--Ah, sí, sí, la memoria que nos empieza a fallar, el pelo que se nos empieza a caer, los dientes que se aflojan, las ideas que ya no llegan, celebremos que la vejez nos comienza a ultrajar –dijo Agustín y soltó una risita forzada y malévola, sabiendo que repetía un pensamiento de Voltaire. Luego agregó--: Como decía Sor Juana Inés de la Cruz, “es fortuna morir siendo joven, hermoso, lozano y no ver el ultraje de la vejez”. Pero vamos a ver –continuó--, qué tenemos aquí, con qué vamos a festejar el inicio del fin. Espero que no me hagas ingerir mucho colesterol, ya ves que lo tengo por las nubes.
Elena meditó toda la noche, no pudo dormir. Tenía cincuenta y tres años, ya le asediaban ciertas preocupaciones existenciales, pero se sentía lejos de verse ultrajada por la vejez, por lo menos en su cuerpo, en su cara, pero el peligro era que en un descuido podía caer en algo peor, en un estado de vejez mental, y ella luchaba con todas sus fuerzas para que eso no sucediera, aunque se sentía al borde de ese abismo sin fondo. “Sólo esto me faltaba”, pensó en la dormivela, “que él me dé un empujoncito y adiós, se me vienen encima cincuenta años más”.
Comenzaban a atormentarle de vez en cuando los bochornos nocturnos, de repente algún dolor de huesos, el cansancio que de pronto le sobrevenía sin causa ni motivo, y esa actitud de Agustín la sacaba de quicio. Para él el sexo ya era historia, hacía ya mucho tiempo que había perdido el deseo que en el cuerpo despierta el amor o las hormonas, mientras que Elena aún sentía esa necesidad de ser amada y aún tenía sueños eróticos, acompañados por un cosquilleo entre las piernas que la despertaban excitada, con una sonrisa placentera en los labios que se desvanecía de inmediato al escuchar los ronquidos de su marido en la cama contigua. Pero más que la insatisfacción sexual, lo que la exasperaba cada vez más era la frialdad de Agustín. Días después de esa celebración de aniversario, Elena, luego de haber intentado acercarse a él e insinuársele sin resultado alguno, le dijo:
--Agustín, hace tiempo que se te has olvidado que tienes mujer…
--Pero que quieres que haga, tu bien sabes que en eso del sexo yo he sido siempre flojo, no se me ha dado, y menos ahora, con los años.
--Pues a parte de eso, que lo sé desde hace mucho tiempo, lo que te quiero decir es que se te ha secado la imaginación, porque, caramba Agustín, bien que te acuerdas de Sor Juana Inés de la Cruz, y bien que se te olvida lo que decía Octavio Paz, eso tan hermoso de que las caricias, los besitos, el toqueteo, todo eso del erotismo que es una poética corporal.
Era inútil, Agustín se había convertido en un hombre de costumbres rutinarias y tediosas, había perdido la chispa de la vida, si es que alguna vez la tuvo, ya nada le entusiasmaba. Por esa actitud, junto con los propios cambios fisiológicos, las depresiones y los temores existenciales, Elena consideró que era necesario buscar un apoyo que le ayudara a sobrevivir. En un principio pensó en pedirle un consejo, sólo un consejo, a Fabiola (en ese momento novia de Rodrigo; tenían previsto casarse pronto), aunque su orientación profesional era hacia los niños. Más que eso, no consideró prudente exponerle a esa jovencita de veinticinco años y que formaría parte de la familia, esos problemas personales tan íntimos, tan delicados. Prefirió buscar por otro lado y ella sabía muy bien hacia donde encaminar sus pasos. Así fue que un día sin anunciarse, se presentó en el consultorio de su amiga de la adolescencia, Matilde, psicóloga ya experimentada.
--Oye Matilde—comenzó diciendo--, te vengo a ver como amiga, nada más, no quiero que esta visita sea una consulta formal, porque creo que mi asunto se puede resolver con unos buenos consejos. Mira mi marido me crispa los nervios, ya no lo soporto, siempre tan arreglado, toda la vida, desde que lo conozco usa corbata de mariposa, chaleco y leontina cruzada, con un reloj en el bolsillo de hace mil años que le da las horas de otra época; va del despacho a la casa y viceversa, sin tema de conversación. No tenemos de que hablar cuando estamos juntos ¡Quiero que me des valor para dejarlo, porque aquí está en juego mi vida!
--Pues que quieres que te diga, mi consejo no puede ser imparcial, yo soy tu amiga y tú sabes muy bien que Agustín no es santo de mi devoción. Me vienes a ver sabiendo de antemano lo que te voy a aconsejar, y eso significa que ya tienes decidido lo que quieres hacer. Yo no te puedo dar valor para dar un paso como ese, el valor lo tienes o no lo tienes, así son las cosas, y en caso de que estés de verdad decidida, entonces te diré que la solución no es conmigo, Elena, creo que te equivocaste de puerta. Vamos a ver, si de verdad tienes la solución a tu problema creo que tienes que ver a un abogado, aquí cerca hay varios.
--¡No quiero abogados, Matilde, mi marido es abogado, no los soporto! –exclamó Elena.
--No digo que busques a un abogado para reemplazar al que ya tienes como marido, sino para que te divorcie, a ver si de verdad tienes el valor –dijo Matilde, muy seria, desafiándola.
--¿Divorciarme? ¡Eso me suena muy tajante!
Entonces Matilde le pidió a Elena que se calmara y le hablara sobre lo que ahora, en ese momento, venía a atormentarla de esa manera. Elena le comentó que el detalle del aniversario era como la gota que colmaba el vaso y que la dejara explayarse un poco más, esa sería una gran ayuda para ella misma, a ver si entre recuerdos y recuerdos lograba encontrar ese valor que necesitaba para tomar una decisión. La relación con su marido, como su amiga ya sabía, desde hacía algún tiempo atrás estaba estancada, y que ahora ella lo resentía porque se venía a sumar a esa falta de compartir la vida sus depresiones y temores.
--El problema con Agustín viene desde el origen. Yo me casé sin estar enamorada. Tenía veintitrés años, iba a la Universidad, tenía amigos y amigas, tenía pretendientes, quizá más potenciales que reales, me gustaba bailar, me gustaba la poesía, hasta tomé un curso, algo así como un taller literario, tenía muchas expectativas y creo que por eso luego tuve tantas decepciones. A Agustín lo conocí porque mi padre y el suyo eran muy amigos, aunque discrepaban en casi todo, pero se respetaban y eran tolerantes con lo que cada quien pensaba. Yo vi en Agustín –continuó Elena--, un hombre muy elegante, muy correcto, muy serio, pero a esa edad, y estamos hablando del 1960, cuando tenía veintitrés años, yo no podía darme cuenta que Agustín, de treinta años, era ya un viejo por dentro, como si su cabeza, sus gustos, estaban anclados en el pasado. Cuando su papá le decía algo, él contestaba con voz firme y casi con un grito: ¡Sí señor!, yo me sobresaltaba y miraba alrededor, pensando que le estaba hablando a un sargento. Ya usaba un chaleco muy elegante y un reloj de oro, regalo de su padre cuando se graduó de abogado, colgado de una leontina. Su padre era un funcionario muy importante del gobierno, de la Defensa Nacional, y creo que me dejé llevar por las apariencias, y cuando me propuso matrimonio dije que sí, abandoné mi carrera en la Universidad y dejé de ver a mis amigos, sin embargo cuando tuve a mis hijos, me sentí la mujer más feliz del mundo, sentía que había nacido para ser madre, y que cualquier sacrificio era poco, habría valido la pena. Pero los hijos crecer, se van, tienen su propia vida, y aunque una los sigue amando, una se queda sola, y con un vacío profundo en el corazón. Las diferencias con mi marido en lugar de limarse, desaparecer con tantos años de convivencia, se fueron acentuando, y ahora me sofocan.
Matilde había escuchado atentamente las angustias de Elena, su obsesión con el chaleco y la leontina que había repetido con desdén, los temores, decepciones y sobre todo la diatriba contra su marido.
--Tu nada más me dejas hablar y hablar y no me dices nada. Parece que los psicólogos como tú y los curas sólo sirven para escuchar problemas y pecados. Me quedo callada y tampoco me dices nada—le dijo Elena.
--Es que te estoy escuchando como amiga, no como profesional, además hay muchas cosas que se dicen sin pronunciar palabra. Te escucho cuando hablas y también cuando callas. Ahora creo que tú te tienes que escuchar tantas cosas que ya sabemos pero las estás desenterrando, eso es muy bueno –le contestó Matilde.
--Pues para serte sincera, no sé que hacer, Matilde. Mis hijos me odiarían si dejo a su padre, no lo aceptarían, esa es la barrera para encontrar ese valor que dices, y yo no soportaría el rechazo y la incomprensión de ellos.
--Pero tú y solamente tú, por ti misma, debes decidir qué hacer de tu vida, no por lo que piensan los demás, aunque sean tus hijos –trataba Matilde de facilitarle el razonamiento y la decisión.
--Sí, pero piensa -- explicaba Elena, invirtiendo los papeles, como si Matilde fuera la afectada--, si tienes un nieto, como Marlon, quien tiene apenas un año; si tu nuera Marcia está en cinta y este año va a tener tu cuarto nieto…
--Dime, Elena, es su hijo o es tu cuarto nieto…
--Bueno, es lo mismo, ¿no? –.Decía Elena, como si nada, y agregaba--: Luego, qué más, a sí, mi hijo Rodrigo se va a casar con Fabiola en unos meses, como bien sabes, y yo estoy muy orgullosa de él y ella es un amor, es encantadora. Tengo dos nietos de cinco años que ya poco los veo, de mi hijo Marcos. ¿Imagínate? No los vería nunca más con esa familia tan mojigata. ¿Cómo te sentirías en mi lugar?
Luego de una pausa, se preguntaba Elena frente a Matilde:
--Pero dime, ¿dónde están esos niños, mis adorados hijos, a quienes tomaba en mis brazos y bailaba con ellos mis piezas favoritas, apretándolos en mi pecho, o luego esos adolescentes con quienes jugaba damas chinas, a quienes leía Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino o las novelas de Emilio Salgari; que me hacían tantas preguntas inocentes y a la vez tan difíciles de contestar? Esos fueron momentos felices de mi vida, como madre, pero que no supe disfrutar plenamente, no estaba preparada para ello. Luego crecen y se van y me dejan abandonada, sola en mi nido.
--Elena –le dijo un día Matilde--, hay males que no curan ni los doctores ni los curas, el desamor es uno de ellos, es como un bicho que, como dicen por ahí, cuando pica no lo cura ningún remedio de botica. Anda, vamos a tomar un café y dejemos este asunto en santa paz. Debe decantar en tu alma por un rato.
Mientras iban rumbo al café Jekemir, Elena le preguntó a Matilde que en una ocasión había leído, posiblemente en un libro de Homero, que había una pócima llamada elenion, producida con las lágrimas del ser amado que hacía desaparecer el dolor, la ira y el recuerdo de todas las desdichas y le preguntó: “Tu que te dedicas a sanar almas en pena, ¿sabes cómo se prepara?”
*****
Elena apenas llevaba escritas unas cuantas páginas de sus memorias y ya sentía el prurito de comentarlas, y por eso un día le pidió a Matilde que la acompañara al café para leerlas.
--Pero que apuro, amiga, esa idea sí que te tiene obsesionada –le dijo Matilde.
--Es que todo depende del inicio –le comentó Elena--. En las primeras líneas está todo, por eso te las quiero leer y que las escuches con atención.
Sentadas las dos en un rincón apartado de la cafetería, Elena comenzó a leer:
Creo que he sido mejor abuela que madre, pero no porque haya querido más a mis nietos que a mis hijos, sino porque con los años el saber amar madura y sobre todo en los nietos he percibido que la vida es maravillosa pero efímera, se va como arena entre los dedos, y entonces para ellos deseo dejar un mensaje, para que la semilla y el recuerdo perdure. Por eso mi amor hacia mis nietos es más reflexivo, más profundo que el que pude sentir hacia mis hijos, pero también es más desbordante, efusivo y comprensivo, que llega a la complicidad. Lo que como madre yo no habría hecho con mis hijos ni habría permitido que lo hicieran, con mis nietos lo provoco. Mi amor hacia mis nietos es incondicional, llega a la malacrianza, mostrándoles que la vida es más hermosa cuando se va más allá de los límites que imponen los padres. Le permito lo que a mis hijos, de pequeños, les negó su padre. Yo he sido madre sin saber serlo, aprendiendo paso a paso, pero soy abuela con la experiencia de haber sido madre y con la sabiduría de los años y que los hijos y los mismos nietos me han dado…
--Para, para—le dijo de pronto Matilde, poniendo la mano derecha sobre la hoja que leía Elena--, por favor no mires, haz como si siguieras leyendo, pero no mires…
--¡Qué pasa, no me asustes, mujer!—le dijo Elena sorprendida.
--Creo que tenemos un galán a la vista, pero por Dios no mires. Un caballero nos ha comenzado a observar desde hace un rato, se ha acercado, nos ha observado de frente y por atrás y creo que aquí viene. Si me dice a mi algo, te lo paso, yo estoy bien casada.
El hombre se acercó despacio a la mesa, miró fijamente a Elena y preguntó con una seriedad que escondía un poco de timidez y mucho estupor:
--Disculpa, ¿no me digas que tú eres Elena, Elena Montenegro?
Elena lo miró fijamente, entornó los ojos y dijo con un hilo de voz:
--Sí, soy Elena Montenegro y…--, pero antes de que pudiera preguntarle quién era él, el hombre exclamó:
--¡No puedo creer que eres Elena! ¿No te acuerdas de mí? Soy Mario Casanova, Mario, fuimos compañeros en Filosofía y Letras. ¿Recuerdas?
Elena seguía observando a ese caballero fijamente y estuvo a punto de decirle, como para salir del paso: “Sí claro, como no…”. Ella era buena fisonomista, sin duda habría reconocido esa cara si la hubiera visto unos veinte años antes o por lo menos sin esos bigotes que casi cubrían el labio superior de la boca y sin esos anteojos con grueso armazón negro que le ocultaban las cejas y parte de los ojos, sin ese mechón de pelo gris que le cubría parte de la frente y el pelo largo que casi le cubría el cuello, pero recordar su nombre le resultaba difícil, así de buenas a primeras.
Para Elena recordar nombres siempre había sido un serio problema, peor aún, seguido sustituía uno por otro y llamaba a Juan, Pedro; a José, Manuel, claro a quienes veía o conocía poco. Le costaba hasta cierto punto asociar un nombre con una persona determinada, no encontraba una referencia lógica que le permitiera asociar el nombre con la persona que lo llevaba. Y entonces fue sincera con el intruso:
--Disculpe –le dijo como mortificada--, pero sinceramente no lo recuerdo, en verdad que pena, ha pasado tanto tiempo, pero porque no se sienta, por favor, vayamos recordando juntos, es que soy tan mala para los nombres. Mire, ella es Matilde, mi amiga.
Mario tomó una silla de otra mesa, la acercó y se sentó en ella, y comenzó a hablar de personas y sucesos que los relacionaban a Elena y a él como si fuese cosa de poco tiempo atrás, mostrando una memoria prodigiosa.
--Tu eras amiga de Amelia y Lolita, salimos varias veces juntos, también con Gustavo Ortiz y con Arturo Arnaiz y Freg, el genio de la facultad que estudiaba también Ciencias Políticas y Sociales. Fuimos con él a la Sinfónica…
“Pero ¿cómo no recordar esos años?, comenzó a pensar Elena, mientras, como un fade in los nombres y las caras de sus amigos y amigas, los encuentros y las salidas a los cafés y teatros comenzaban a aparecer en su mente, y éste es Mario, ¿ese muchacho tímido, estudioso, reservado que no me quitaba los ojos de encima y cuando yo lo sorprendía mirándome, me sonreía como disculpándose…?”
--Esa vez –continuaba Mario--, fuimos al estreno en México de una Sinfonía de Sostakovich, y también íbamos al cine club, vimos juntos el Ciudadano Kane con Orson Wells y La Dolce Vita, de Fellini…
“¡Pero qué memoria tiene!”, pensaba Elena y se esforzaba por recordar, por seguirle el ritmo de las remembranzas, mientras Matilde miraba ora a Mario ora a su amiga, como si asistiera a un careo.
--Sí, ya recuerdo –dijo Elena, mostrando una amplia y agradable sonrisa, tratando de detener esa cascada de nombres, lugares y recuerdos que ya casi la abrumaban--, ya recuerdo todo. Tú eras muy estudioso, muy brillante…
--Me encantaba la carrera, pero te diré que yo tampoco la terminé, la abandoné en cuarto año, dos o tres años después que tú. Mi padre murió en 1963 y mi hermana se hizo cargo de la imprenta que tenemos. Como se estaba yendo a pique, dejé la Facultad y los dos nos hicimos cargo de ella. La rescatamos juntos y la levantamos, no sólo como imprenta sino que la convertimos en una casa editora, ahora es Editorial Casanova.
Mario comentó que comenzaron a imprimir libros para casas editoras grandes, luego él buscó autores e ideas originales y comenzó a imprimir y distribuir publicaciones. Tuvo la idea de abrir una serie de fascículos para estudiantes y público en general para difundir obras de la literatura universal, y comenzó a publicar cuadernillos con títulos como Edipo Rey de Sófocles, La Tía Julia, de Miguel de Unamuno, Los Miserables, de Víctor Hugo, La Metamorfosis de Franz Kafka, Martín Fierro de José Hernández, El Lobo Estepario de Hermann Hesse, La Eneida, de Virgilio y muchos otros.
--¿Recuerdas a Eugenio, nuestro amigo Eugenio Carlo? Pues él se encargó de la serie, hacía unas excelentes síntesis de cada obra, también se encargaba de escribir los comentarios. Hizo un trabajo excelente, sin embargo este proyecto reportó pérdidas, las ventas eran de poco monto. Esa es literatura, pero ya pocos la aprecian. Pero disculpen –dijo de pronto, mirando a Elena y Matilde --, sólo he hablado yo.
De todas maneras era un placer escucharlo, de palabra fácil, tono de voz agradable, memoria extraordinaria, y mientras hablaba Elena lo observaba con atención, recorría con sus ojos color miel reposada las facciones viriles de su condiscípulo de tanto tiempo atrás, trataba de encontrar la mirada de ese hombre un poco oculta detrás de los aparatosos anteojos, esforzándose por reconstruir algo de aquellos años universitarios y de aquellos amigos de esa edad en que el mundo no tiene límites y las aspiraciones son infinitas.
Luego Mario preguntó, mirando fijamente a Elena:
--Pero dime, Elena, ¿tu qué te has hecho, cómo te fue en tu matrimonio, has tenido hijos? Te ves muy bien, sigues siendo Elena, siempre Elena.
En ese momento un recuerdo lejano, perdido, acudió como un chispazo a la mente de Elena, quedó callada, absorta, y se dijo: “Entonces ¿fue él quien me puso entre las páginas de un libro una nota, algo así como un poema, el día que dejé la Facultad? ¿Dónde estará ese papel?”, hasta que Matilde le sacudió levemente el brazo y le dijo, canturreando:
--Elena, hola, aquí estamos, el caballero te preguntó qué ha sido de tu vida.
--Ah, sí, disculpa Mario, por un momento me distraje. Pues sí, me casé con un abogado de renombre, tengo tres hijos ya mayorcitos y siete nietos, soy viuda, he llevado una vida tranquila, quizás demasiado tranquila. Dibujo, hago acuarela, colaboro con una de mis nueras en la ilustración de libros de cuentos para niños que ella escribe y juntas supervisamos la edición. ¿Qué más? Bueno, ahora nos encontraste aquí, estoy con mi amiga Matilde, le comenzaba a leer una especie de biografía que quiero escribir, son para mis nietos, mira llevo apenas unas cuantas páginas y todavía no sé lo que voy a decir, cómo describir lo que he vivido y lo que vale la pena comentar…
--Oye, Elena, ¿me permites decirte algo al respecto? –dijo Mario, echándose hacia atrás en la silla y ajustándose los anteojos sobre la nariz. Sin esperar la respuesta agregó--: ¿Consideras necesario escribir tus memorias, no sé, tú biografía? Yo en tu lugar no lo haría y ¿sabes por qué?, porque nosotros somos directamente responsables de lo bueno y de lo malo que tiene este país en que vivimos y si hablamos o escribimos de nosotros mismos no podemos, o no debemos soslayar lo que hemos hecho o lo que hemos dejado de hacer para eliminar las lacras de esta sociedad. Pasan los años y yo sinceramente me siento cada vez más avergonzado de lo que legaremos a las generaciones venideras. Mira, no soy pesimista, pero tampoco podemos pasar por alto los problemas que tenemos.
Mario, con calma, comenzó a enumerar una serie de hechos y situaciones que dejaban atónitas a sus oyentes, en particular a Elena, a quien le daba la impresión de estar escuchando a Rodrigo. Habló de que las leyes y muchas de las instituciones eran inoperantes, que había impunidad, que Acapulco y Cancún se habían convertido en lugares predilectos de los pederastas, habló de la corrupción, del enriquecimiento a costa del erario público de presidentes y altos funcionarios, sin mencionar a diputados y senadores, de la intolerable y paradójica situación de contar con casi cuarenta millones de conciudadanos que viven en la pobreza, y una clase alta que se divierte en las Vegas, derrochando dinero a manos llenas, así como de tener el “privilegio” (“así, entre comillas”, decía, moviendo dos dedos de las manos frente a su cara) de que uno de los hombres más ricos del mundo sea mexicano, que el narco y la delincuencia organizada está infiltrada en los gobiernos de los Estados y Federal, en las cámaras legislativas, poder judicial del país…
--Bueno, disculpe, disculpe, –intervino Matilde que escuchaba a Mario boquiabierta--, ahora para que no me ponga a llorar y me angustie, dígame algo bueno de este pobre país.
--Pues claro, -dijo Mario haciendo una mueca con la boca--, le diré que Chichén Itzá es una de las siete maravillas del mundo, eso sí, habiendo sido propiedad privada y saqueada hasta este mismo año; que no hay como un buen mole, ni como un recorrido por la Barranca del Cobre, en Chihuahua. Pero no quiero ser irónico: le diré que en contraposición a esas lacras de la sociedad que le mencioné, que se pueden enumerar con los dedos de las manos, bueno, con los de los pies también, no tendría con que enumerar las virtudes y las cosas buenas de este país: su gente, sus artistas plásticos y escritores, conocidos en el mundo entero, sus universidades, sinfónicas, museos, un pueblo creativo y combativo, un puñado de periodistas gracias a los cuales podemos desenmascarar a los corruptos y crear conciencia política; tenemos los bailes regionales, las canciones de Agustín Lara, de Guty Cárdenas, de José Alfredo Jiménez, los corridos…
--¿Como los corridos de los narcos, por ejemplo? –interrumpió con una sonrisa maliciosa Matilde.
--Bueno, te diré –dijo Mario dirigiéndose a Matilde y tuteándola --, que los corridos son una forma popular de contar historia, como el famoso corrido a Valerio Trujano, a Nicolás Romero, al sitio de Querétaro, a los mártires de Veracruz, a Madero, a la toma de Zacatecas, a Pancho Villa, y hubo ya corridos a bandoleros famosos como Heraclio Bernal, Guadalupe Pantoja, Ignacio Parra, y luego sobre tragedias pasionales, como el corrido de Juanita Alvarado, el de Rosita Alvírez, sobre desastres, etcétera. Y ahora es el turno de los narcocorridos, la gente siempre tiene una cierta admiración por quienes están al margen de la ley, y ahora nos toca vivir esta forma de delincuencia que se merece unos corridos, para bien o para mal, qué le vamos a hacer.
Mario calló un momento, luego dirigiéndose a Elena, le dijo:
--Pero quizás estoy divagando mucho. Elena, si has tenido una vida tranquila, muy tranquila, la pregunta quizás debería ser ¿qué es lo que vas a escribir? o quizás ¿para qué quieres escribir tus memorias?
--Para mis nietos –contestó de inmediato Elena, como si esperara la pregunta--, para que no me olviden.
--Escribas lo que escribas es muy posible que de todas maneras te olviden, pero si haces algo, algo por el bien ajeno, es probable que te recuerden. Las palabras habladas o escritas se las lleva el viento, las obras son las que perduran.
--Eso, eso pienso, en realidad, hace unos días se lo dije a Matilde –dijo Elena, levantando el índice de la mano derecha, como advertencia.
Mario calló, y Elena y Matilde callaron. Se produjo un silencio que parecía desconcertar a Mario. Éste rompió el impasse mirando el reloj y diciendo que tenía una cita importante con un escritor en un restaurante ahí cerca, que lamentaba tener que irse, que había sido una sorpresa muy agradable encontrar a Elena y se disculpó por haber hablado tanto y quizás haber sido un poco impertinente, pero lo hizo impulsado por la emoción de encontrarla, dijo dirigiéndose a Elena, después de tantos años. Se despidió con un apretón de manos y mientras retenía entre las suyas la de Elena, con una sonrisa cálida en los labios le dijo:
--Elena, me gustaría muchísimo volver a verte. ¿Nos podríamos tomar un café aquí mismo pasado mañana? Yo te estaré esperando aquí.
--Claro –dijo Elena, y por la emoción que de golpe sobrevino dio un grito silencioso, que le salió del corazón, pero que Mario percibió.
Cuando Mario se alejaba, presuroso, casi tropezándose con la silla, Matilde dijo a Elena:
--Oye, éste caballero sí que tiene cosas que contar, y creo que más que locuaz, le apura recuperar lo que se le fue de las manos hace casi cincuenta años.
--Sí –repuso Elena--, se le nota hasta en el caminar.
*****
Elena regresó ese día a su casa con la cabeza llena de recuerdos que le revoloteaban como abejas en un avispero. De pronto hasta dudó si el encuentro con Mario había sido real o una aparición, que ese hombre alto, delgado, con facciones viriles, lleno de recuerdos, con sus ideas bien definidas, medio autoritario, escondido detrás de esas gafas de montura gruesa y esos bigotes, había aparecido sólo para alterarle su existencia, para echarle abajo, así, con un solo manotazo, su proyecto de escribir sus memorias para ser recordada.
Como una autómata se dirigió al sótano y con trabajos localizó y abrió el viejo baúl donde iba guardando cosas que ya no necesitaba pero de las que no podía deshacerse porque con cada una de ellas se irían partes de su vida. Tenía curiosidad para ver si había guardado esa hoja de papel que alguien le puso entre sus libros el último día que asistió a la Facultad, y que ahora sospecha que había sido Mario.
Sacó del baúl un viejo sombrero de fieltro con una pluma de avestruz quebrada, y recordó a su madre; un delantal con la insignia de una escuadra con el vértice hacia abajo, un compás abierto sobre ella y en el centro una gran G, que su padre, don Diego, había traído de Francia; unos libros deshojados que eran las novelas de Salgari que tantas veces había leído a sus hijos; una carpeta con las acuarelas de pájaros que se conservaban bastante bien; y encontró un viejo cuaderno, de tapas de cartón y una etiqueta en una de ellas en la que apenas se leía: Apuntes de Literatura. Sentada en el piso, abrió el cuaderno y leyó en la primera página, de la que le faltaba un pedazo de hoja en la parte superior:
…médico y poeta, la sociedad mexicana era dominada por una intelectualidad filosófica positivista, con tendencia romántica en la poesía. Fue hijo de Francisco Acuña y Refugio Narro. Estudió en el Colegio Josefino, en Saltillo, y en 1865 se trasladó al Distrito Federal.
Elena reconoció su caligrafía, casi de amanuense, sonrió al leer esas líneas casi medio siglo después de haberlas escrito. El texto seguía:
Fue alumno interno en el Colegio de San Idelfonso y en 1868 ingresó en la Escuela de Medicina, vivó en la habitación número 13 del corredor bajo, del segundo patio. Se suicidó con cianuro de potasio el 6 de diciembre de 1873, tenía apenas 24 años. Rosario de la Peña fue la mujer que estuvo más ligada a él en sus últimos años, fue el gran amor de su vida, (y enseguida había un corazón con una M y una R, que Elena contempló un buen rato y se le llenaron los ojos de lágrimas).
Elena se llevó el cuaderno al pecho y lo apretó con todas sus fuerzas. Cerró los ojos y en esa soledad del sótano revivió aquella última clase en el taller de poesía. Era fines de noviembre de 1954, Elena tenía diecisiete años, la profesora mostró a las pocas alumnas que tomaban ese curso unas hojas, cinco o seis, sacudiéndolas en el aire, escritas de puño y letra por ella misma, mientras decía:
--Tenía pensado dedicar unas horas a Manuel Acuña, pero el tiempo se nos ha venido encima. Les dejo este poema como botón de muestra, se intitula Frente a un cadáver, para quien quiera llevárselo. Como saben el poema más conocido es Nocturno a Rosario, pero ya cada quien lo buscará si se interesa. ¡Ya pueden irse y felices vacaciones!”.
Elena tomó una de esas hojas que la maestra dejó sobre el escritorio. Al salir sus amigas sólo pensaban en las vacaciones y una de ellas dijo:
--Pero a quien se le ocurre escribir un poema sobre un cadáver, hay que ser de veras macabro, ¿no?”.
Elena volvió del recuerdo y ahí estaba, entre sus manos, la hoja amarillenta, escrita de puño y letra por la maestra de literatura, que comenzaba con:
Cursos de Literatura y Poesía
Profesora Amalia Espinosa
Flora 37-B, Colonia Roma. Tel. 318-217
Frente a un cadáver
Aquí donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.
Aquí donde derrama sus fulgores
ese astro cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.
Aquí donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.
Elena se dijo: “¡Ay que tiempos aquellos”, mientras seguía leyendo y hojeando el cuaderno, “quizás los tiempos son todos iguales y es uno los que los hace especiales, porque son sus tiempos de adolescencia, juventud, madurez, vejez, en cada etapa se goza y se sufre…”, y a mitad del cuaderno encontró otra hoja, doblada en cuatro, con los dobleces desgastados; la desdobló con cuidado y un nudo le cerró la garganta al leer:
Elena, Siempre Elena
¡Oh Elena! ¿Quién de mi te aparta?
¿Eres hija de Tíndaro, rey de Esparta,
la mítica Helena nacida del níveo huevo
que Júpiter, con astucia fecundó
y cual cisne soberbio y altivo
en las entrañas de Leda depositó?
¿O quizá de mi mundo tu eres,
sin guerreros, ni dioses, ni reyes?
Sólo sé que eres Elena, siempre Elena,
atrayente y fascinante cual luna llena.
Si tú aquella mítica Helena eres,
Yo no soy Teseo,
quien siendo tu adolescente te raptó;
ni soy Menelao,
quien ya siendo mujer te desposó;
tampoco soy Paris,
quien tu amor compartió;
ni soy Deifobo,
quien por retenerte en Troya su vida dio;
y menos aún el fiero Aquiles,
quien en el más allá te poseyó.
Pero si eres Elena, de este reino sin reyes,
entonces yo soy Mario, tu devoto Mario,
más afortunado que guerreros y dioses,
porque nunca te perderé,
pues en mi corazón amor eterno por ti llevaré.
Enero, 1960
*****
Al día siguiente, de antemano estaba prevista una reunión de trabajo con Fabiola, Elena se presentó en casa de Rodrigo muy temprano.
--Hola Elena, buenos días. Hoy te caíste de la cama. Todavía estamos desayunando. El libro va muy bien, los dibujos, como te dije, sólo necesitan una ligera modificación, los dos últimos, así es que no es para tanto, para que madrugues.
--Lo sé Fabiola—dijo Elena dándole un beso.
Entró, besó a Rodrigo, se sentó a la mesa con aire misterioso y extendió el brazo con una taza en la mano para que le sirvieran café.
--Es por un asunto del corazón que he madrugado, porque estos asuntos no tienen hora ni tiempos… No, no me miren así, no es un infarto, al contrario es vitalidad, emoción turbocargada. Necesito hablar con ustedes—continuó Elena--, necesito contarles algo que me sucedió ayer y me digan si es una locura o no lo este corazón alocado me hace sentir. Y creo que sólo con ustedes puedo comentar esto, tan personal, muy íntimo. Ahora me doy cuenta que ustedes dos y mis nietas son mi mundo, siento que jamás podría acercarme a Adrián y mucho menos a Marcos, su esposa e hijos, para comentarles algo así.
Rodrigo y Fabiola se miraban intrigados, sin atreverse a interrumpir a Elena. Ella, luego de un breve silencio, contó con detalle el reencuentro con Mario, el desconcierto que le produjo no saber quien era cuando se presentó, mientras él la reconoció de inmediato, las cosas que él dijo y los recuerdos que le trajo a flote, el apretón de manos, reteniéndole la suya, y la cita para el día siguiente.
--Es increíble—continuaba Elena--, esas vivencias de la Universidad parecía que las había borrado, que yo no existían en mi memoria. Pero no, no es así, fui recordando, como si hubiera sido ayer, uno a uno mis amigos, nuestras reuniones de café, nuestras inquietudes, las salidas al cine, al teatro, a los conciertos…
--Maravilloso, mamá, Mario te hizo revivir esos tiempos únicos, esa edad llena de emociones, de esperanzas. ¿Qué edad tendrías entonces, veinte, veintidós años? ¿La edad que ahora tienen Alfonso y Pablo?
--Hijo, pero hay algo más que eso, algo delicado, lo que a estas alturas de la vida, con hijos y nietos, como es mi caso, involucra a todos ustedes. No soy la misma Elena de aquellos años…
--Sigue, sigue Elena—la apuró Fabiola, mirándola a los ojos, nerviosa, percibiendo un brilla especial en la mirada de su suegra y el posible trasfondo del encuentro.
--Pues Mario, en esa época de universitarios, estaba enamorado de mí. Nunca me lo manifestó abiertamente, nunca tuve la certeza de ello, quizás una leve sospecha, por un poema que me escribió y yo encontré poco tiempo después de dejar la Universidad entre las páginas de un libro y guardé después en un cuaderno. Pero entonces no le di importancia…
--Entonces estamos hablando de un viejo amor, ¿no es así?—dijo Fabiola.
--No, nunca hubo nada, estaba en incubación, podría haber habido. Pero lo que deseo, en este momento, es hacerles partícipes a ustedes, antes que a nadie, de esto, de lo que pude suceder, ¿no sé si me explico?
--Mamá, gracias por la confianza—dijo Rodrigo--, creo entender que con Mario puede darse algo, ¿verdad? Es lo que presientes. Pero no se te ocurra pedir nuestro consentimiento, a nosotros ni a nadie. Tu vida debes vivirla tú; tu debes decidir qué hacer y nosotros seremos felices si tu lo eres.
--Pero Elena, mira las cosas que nos depara la vida. Es en verdad maravilloso. Pero si eres feliz, no lo pregones mucho, recuerda que la tristeza tiene el sueño muy ligero—dijo Fabiola.
Cuando más tarde llegaron Mónica y Natalia, Elena se encerró en la recámara con ellas y tomando la cara de Mónica entre sus manos, acercándosela a la suya, mirándole con dulzura a los ojos, le dijo:
--O eres una pequeña bruja o tienes poderes sobrenaturales, con los que haces que los deseos se cumplan.
A ellas también les contó el reencuentro con su antigua condiscípulo y admirador, midiendo cada palabra, por temor a exagerar y para que esas niñas no dieran rienda suelta a su imaginación. Fue un poco inútil porque Mónica, le dijo:
--Ya ves Elena, yo presentía que ibas a encontrar un amor. El deseo es la fuerza que hace que las cosas sucedan. No hay brujería ni fuerzas sobrenaturales. Quiero conocer a ese amigo tuyo—le agregó emocionada--, ya tienes su e-mail, mandémosle un mensaje, ¿por qué no le dices que venga a la casa?
--Pero hija, si apenas ayer nos volvimos a ver después de tantos años que ustedes ni se pueden imaginar. Lo que digo sólo tiene de verdad que hay un sentimiento que flota en el aire. Mañana lo veré de nuevo y luego les contaré.
--Elena, por favor, llévame contigo mañana, para verlo—dijo Natalia.
--No señorita, no es posible.
--Oye, y ¿tiene hijos, está casado?
Fue en ese momento cuando Elena comprendió lo que le dijo Fabiola. En efecto, la tristeza y el desencanto podrían tener el sueño muy ligero.
*****
Cuando Elena llegó al café, Mario ya estaba sentado en la mesa del fondo, esperándola. Se saludaron con un beso en la mejilla y Elena notó que Mario había ido a la peluquería, pues tenía el pelo un poco más corto, y el bigote recortado, que ahora dejaba ver el labio superior. Mario volvió a decirle que había sido una muy agradable sorpresa encontrarla, y Elena le dijo que traía algo que deseaba mostrarle, pero antes quería saber más de su vida:
--Pero, por favor, no me hables de las lacras de la sociedad, ni de los compañeros, ni de esas cosas. Quiero saber de ti, y quítate esas horribles gafas que parecen un antifaz, para que pueda verte los ojos--, le pidió.
Mario obedeció y dejó las gafas sobre la mesa, luego, con voz pausada le dijo:
--Mira, me he casado dos veces. La primera vez me casé a los treinta años, fue un matrimonio feliz, tuve dos hijos pero, lamentablemente, enviudé cuando tenía cuarenta y cinco años. El mayor de mis hijos se llama Ricardo, por poco le pongo Buenaventura, no por el santo Padre de la Iglesia, llamado Doctor Seráfico, sino por Durruti, el héroe de la Guerra Civil de España, cuyos restos reposan en el cementerio de Montjuic. Es que en esos años yo era un tanto anarquista…, pero perdón-- hizo un ademán y agregó--: ya me estoy alejando del tema…
--No, no, sigue, de eso cuéntame también, me interesa mucho –intervino Elena.
--Bueno, es que no se puede dejar de hablar de lo que uno piensa, de lo que uno ha hecho. No te diría mucho si te hablo de fechas, nombres y nada más; somos eso y mucho más: lo que sentimos, lo que pensamos, lo que hacemos. Bien, te decía que por esos años, estoy hablando de los sesenta o fines, de cuando nació Ricardo, me volví muy radical, políticamente. En esa época yo consideraba que los seres más nefastos que existían eran los que se limitaban a enriquecerse, comer, beber, dormir, divertirse, mientras el mundo, la juventud, mostraba un despertar en el campo político, como nunca visto antes, y sufría una represión brutal, en todas partes, en Europa, aquí ¿recuerdas Tlatelolco, verdad? Debes saber que uno de nuestros compañeros murió ese dos de octubre y otro desapareció. Hasta la fecha no se ha vuelto a saber nada de él. Pues entonces, a diferencia de mis compañeros que en su mayoría eran marxistas, algunos trotskistas, yo me incliné por el anarquismo, leía de pe a pa a Mijaíl Bakunin, a Piotr Kropotkin y también las críticas que se hacían desde un punto de vista marxista, tu sabes, sobre todo porque el anarquismo no acepta la dictadura del proletariado ni ninguna otra forma de dictadura o dominación. Pero, en fin, para no aburrirte, te diré que yo estaba convencido de que la solución de nuestros males era formar una sociedad en la cual se diera la igualdad a cada persona, no material, sino como ser humano, de libertad, participación, de elección, con una organización que le permitiera a cada individuo participar directamente en ella, a través de organizaciones voluntarias e igualitarias, con empresas autogestionadas, entidades y regiones geográficas autogobernadas, es decir, con la abolición de todas las formas y relaciones de dominación, sin poder central coercitivo, ni patriarcados, ni dogmas, ni obediencias basadas en amenazas o castigos espirituales, impuestos por las minorías. ¿Sigo o regreso al tema personal, Elena? –preguntó Mario.
--Sigue, sigue, por favor, ese es el tema, parece como si estuviera escuchando a mi padre o a mi nieta –, insistió ella.
--Yo creo que las ideas anarquistas han estado siempre presentes en el ser humano, es una aspiración natural. Esas ideas han sido criticadas porque el concepto mismo de anarquía subyace en toda acción humana, es decir es un hecho intrínseco a nosotros mismos, como si fuéramos anarquistas por naturaleza, por lo tanto es la vida misma la que se lleva a la teoría y no al revés. Es decir, a ver si me explico, el camino que se considera científicamente correcto es elaborar una teoría y llevarla a la práctica—, Mario, pretendiendo ser más explícito, gesticulaba con las manos, como si tomara un recipiente de un lado y lo colocara en otro--, por eso al anarquismo se le critica por su aparente incoherencia entre pensamiento y acción, porque en el pensamiento anarquista los hechos son similares a su efecto, ¿me explico? Un día, si quieres, hablaremos de todo esto con calma, de la necesidad de sacudirse el yugo de las elites dominantes, el yugo de la industria-militar que hoy por hoy domina a los gobiernos de los países más poderosos y rige el destino de la Humanidad y el yugo del consumismo y su poderosa mercadotecnia. Tenemos la vida por delante para que volvamos a leer a esos autores, a Noam Chomsky, Errico Malatesta, Emma Goldman, William Goldwin, hablaremos de los Flores Magón.
--Pero Mario, ¿no crees que esas ideologías como el socialismo, el anarquismo, ahora están rebasadas, luego de la desaparición de la Unión Soviética, con todo este asunto de la globalización? Yo trato de entender todo esto, tengo largas discusiones con Rodrigo, mi hijo, es periodista, que escribe mucho sobre estos temas, bueno, no sobre socialismo o anarquismo, sino sobre los efectos adversos de la globalización.
--¿Cómo se llama tu hijo?…
--Se llama Rodrigo Sarmiento.
--Vaya, tienes un hijo que es un periodista de primera. Yo leo sus artículos. Te felicito. Pero mira, mi opinión es que ese socialismo del siglo pasado, fue un socialismo extempore, y yo diría que aún espurio, por la forma como se dio, ya sabes, la dictadura, los excesos de Stalin, la dominación e imposición del socialismo en otros países, etc. Sin restar méritos a los bolcheviques o los revolucionarios del siglo pasado, pero se dio en países atrasados y en el momento histórico menos adecuado, a destiempo. Fue la conquista del poder por parte de grupos revolucionarios de izquierda sumamente audaces y decididos, que lucharon contra las injusticias sociales y las oligarquías, pero en países que vivían una dominación brutal de la aristocracia, del zarismo, de los terratenientes, pero su condición, su estructura social era semifeudal o algo similar, me refiero a Rusia, China, Cuba, Vietnam, etc. ¿Por qué no se produjo la revolución socialista, ese cambio de sistema, en países capitalistas avanzados, como Inglaterra, Alemania, y otros? Basta recordar una de las premisas fundamentales de Marx, que de tanto comentarla ya me la sé de memoria. Dice: Ninguna forma social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, que le son propias, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso la Humanidad se propone siempre, únicamente los objetivos que puede alcanzar. Más claro ni el agua. No se le puede torcer el brazo a la Historia. Y sin embargo es la dictadura del proletariado lo que no aceptan los anarquistas--, remató Mario.
--Muy cierto, me parece que explica todo.
--Sabes, Elena, estoy convencido, luego de la caída del socialismo, en el ochenta y nueve, y de esta globalización que nos hace satélites de las grandes empresas, no digo tanto de países, sino ojo, de grandes empresas trasnacionales que dominan el mundo, que los países y las naciones a futuro tenderán a fragmentarse en entidades regionales autónomas para liberarse de las imposiciones centralistas, de los grandes monopolios, de la perniciosa mercadotecnia que te crea mañosamente una infinidad de deseos y necesidades orientadas al consumismo y te eliminan el libre albedrío, de elegir conforme a tus condiciones de ser humano, a tus reales y verdaderas necesidades.
--Sin embargo, Mario, ¿no crees que esta globalización, con ese poder económico concentrado en las grandes empresas petroleras, automotrices, de telecomunicaciones, informática, financieras, farmacéuticas, permite que se lleven a cabo fuertes inversiones en la investigación y el descubrimiento de nuevos productos, digamos trae el progreso?
--Veo que tienes buenos argumentos. Discutir con Rodrigo te sirve mucho. Pero yo estoy convencido, Elena, que el progreso científico en manos de las empresas trasnacionales, que es también una especie de monopolio, no lo comparten, no está dirigido al bienestar de la sociedad, sino al incremento de las utilidades y del poder de esas mismas empresas. Es la pura verdad, aquí y en China, ahora sí, literalmente halando, porque ese país pondrá en jaque al resto del mundo en unos diez o veinte años.
*****
--Pero ahora sí, creo que me he desviado mucho—dijo Mario--. Te decía que Ricardo tiene ahora 39 años y le sigue Camilo, de 38 años, ya casados y tengo cinco nietos. Maravillosos. Mis hijos son mis mejores amigos, nos llevamos y entendemos de maravilla, te los presentaré un día, pronto. Luego a los cincuenta años me volví a casar con una mujer de treinta años, grave error, me hizo la vida imposible, era celosa de mis propios hijos, que en ese entonces tendrían algo así como dieciocho y diecinueve años. Pretendió alejarme de ellos, luego al no lograrlo, hubo engaño, traición, como una vendetta. Duramos casados cuatro largos años y nos divorciamos, eso fue en1991, y desde entonces vivo solo, me he tenido que acostumbrar a vivir solo, a sufrir la soledad, después de todo el hombre es animal de soledades, ¿no decía eso Rosario Castellanos? Pero la soledad es perniciosa, te anula la voluntad de seguir adelante, te aísla, de sumerge en un hoyo, si no tienes la capacidad de llenar tu tiempo, comienzas a temerle más a la soledad que a la muerte--, y Elena sonrió, asintió con la cabeza y le cogió la mano con fuerza.
--Pero mira Elena --continuó Mario--, los prometidos amores eternos duran hasta el cuarto acto cundo son tragedias escritas por los grandes autores, por los dramaturgos; en el séptimo año se desmoronan cuando son maniatados por el matrimonio; y duran por siempre cuando se conservan en el corazón.
Elena, entonces, con una leve sonrisa traviesa en los labios y mirándolo fijamente con sus ojos color avellana, abrió el cuaderno, extrajo la hoja de papel doblada en cuatro con los bordes desgastados y se la colocó en las manos, sin decir palabra. Mario volvió a ponerse las aparatosas gafas, desdobló la hoja y comenzó a leer, lentamente, moviendo la cabeza, llevándose la mano izquierda a la boca, refregándose las mejillas. Para Elena, que esperaba una reacción inmediata, que lo observaba ansiosa, le pareció una eternidad hasta el momento en que Mario al fin colocó la hoja sobre la mesa y le dijo, con voz un poco temblorosa, haciéndose el distraído, mirando a su alrededor:
--Elena, no sé qué decir, cómo pude escribir esto; fue mi primer y último intento de escribir poemas. ¡Qué barbaridad!
Sin embargo bastó que su mirada se cruzara con la de Elena, que había entornado los ojos y mostraba una expresión de complacencia, de entrega, para que con voz firme agregara de inmediato:
--Elena, es maravilloso, realmente maravilloso que hayas conservado esta hoja durante tantos años. Si en este momento me dijeras que no te volvería a ver, te escribiría este mismo poema, si así se puede llamar este loco impulso del corazón, te lo escribiría de nuevo ahora mismo.
Mario le tomó la mano y por un momento los envolvió un profundo silencio. Luego Mario le propuso:
--Elena, anteayer vine a un restaurante argentino, se encuentra a la vuelta de la esquina, sobre la avenida de los Insurgentes. Comía con un escritor, pero el lugar es tan agradable que sólo pensaba en ti, me dije que algún día te invitaría a ese lugar. A esta hora no hay nadie. Vamos a almorzar juntos, nos instalamos en un rincón y celebremos este rencuentro, este día, con un buen bife, una ensalada, papas a la soufflé, que ahí las preparan como no he visto ni comido en ningún otro sitio, y un buen vino y les pedimos que nos pongan unos tangos. Que nos pongan ese que dice:
Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias
Sabe que la lucha es cruel y es mucha
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina
--Parece que Enrique Santos Discepolo lo escribió pensando en mí, en este reencuentro. ¿Conoces este tango?—, preguntó Mario, sonriendo, al terminar de canturrearlo.
--¡Que si lo conozco, Mario, ese y muchos otros! Soy casi fanática del tango.
--Por favor, vamos, no dejemos que se nos escape este momento, es como atrevernos a no temer en dar un paso hacia el futuro –y a Elena le dio un vuelco el corazón.
El restaurante, en efecto, estaba en penumbras y vacío. A la entrada, a mano derecha, dos cabritos, ensartados en sus extremidades en agujas de hierro en X para esos propósitos, se asaban a una cierta distancia de las brasas. Mario y Elena se acomodaron en la mesa más apartada y ahí descubrieron la posibilidad de reiniciar una vida en común, con tantas cosas que compartir y por hacer, en esa edad en que, en general, o para muchos, todo, lentamente, se desmorona, se precipita en la decadencia y el olvido y para algunos se cierne sobre sus cabezas la amenaza del ultraje de la vejez.
*****
--Elena, pero ¿por qué no me has llamado para contarme que tienes un pretendiente, o un amigo de la Universidad que te está cortejando?—dijo Tatiana sonriente en el momento en que Elena abrió la puerta de casa--. Ayer hablé con Mónica y algo me contó, pero muy reservada, pero yo quiero que tu me cuentes, no pude resistirme y aquí estoy para tomarme un café contigo. ¡Qué emoción, abuela!
--¡Ay, Tatiana, si supieras qué feliz me siento!—Le dijo Elena tomándola de un brazo y dirigiéndose ambas hacia la cocina para preparar café. Y agregó--: Mira, antes de comentar esto quería estar más segura de lo que sucede, y ahora puedo. Cuando hablé con Rodrigo, Fabiola y las niñas, todo era confuso, bueno, no, no había nada seguro, sólo había un presentimiento. Pero ahora sí, creo que esta relación va en serio. Precisamente hoy pensaba llamar a tu mamá para que me invitara a comer mañana, domingo, y comentarles a ustedes todo esto.
--Menos mal que vine, porque el domingo no voy a estar, salgo temprano a una práctica relacionada con turismo. Vamos a visitar unos hoteles y a hacer una encuesta. Menos mal que vine. Y Marlon tampoco estará, se fue desde hoy temprano con Renata y su familia a Cuernavaca. Pero qué bueno que yo estoy aquí. A ver, cuéntame, cuéntame todo
Ya sentadas a la mesa, con sendos cafés humeantes, Elena contó a Tatiana paso a paso todo lo que había sucedido desde el día del reencuentro con Mario. Habían pasado ya diez días desde entonces y había más detalles que venían a enriquecer esa relación. Más aún, Elena había conocido ya a uno de los hijos de Mario, a Camilo, y había quedado impactada con ese hombre, muy maduro, pero sobre todo por la relación de camaradería con su padre. Tatiana escuchaba realmente emocionada, y le propuso a Elena que ella también lo quería conocer, que en el transcurso de la semana podrían salir juntos a comer.
En cuanto Tatiana se fue, Elena llamó a Adrián y le dijo que deseaba comer con él y Marcia al día siguiente, porque tenía algunas novedades que contarles.
--Espera, te paso a Marcia para que te pongas de acuerdo con ella.
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El domingo, Elena llegó a casa de Adrián y Marcia antes de las doce del día. Llevaba consigo el viejo cuaderno en el que estaban anotadas sus poesías preferidas y la desgastada hoja con el poema de Mario, Elena, siempre Elena, y dos fotografías en blanco y negro que Mario le había dado el día anterior. En una aparecía ella con una amiga, tomada en los jardines de la Universidad, y en la otra un grupo de cinco personas, entre las cuales estaba ella y Mario, tomada por un fotógrafo ambulante en la Alameda un día que fueron a Bellas Artes. Elena, con calma, deseaba comentar a Adrián y Marcia, su vida de universitaria, explicarles que a través de los recuerdos había vuelto a encontrar la emoción y el deseo de vivir, como en esos lejanos tiempos, que todo esto le estaba ayudando a salir de esa soledad tan perniciosa, y tantas cosas más que le daban vuelta por la cabeza.
--Hola Elena-- la recibió Marcia en la puerta sonriente y dándole un beso en la mejilla--, entra, entra, Adrián está preparando unos tragos y yo ya tengo lista una rica botana. ¡Estoy ansiosa por saber esa novedad que me dijiste por teléfono! Tatiana no quiso decirnos nada anoche, con eso de que es una sorpresa, pero con lo poco que nos contó nos dejó más intrigados.
Elena fue a la cocina y le dio un beso a Adrián, quien ya tenía una cuba libre en la mano y le devolvió el saludo muy serio, sin siquiera dirigirle la mirada.
Ya sentados alrededor de la mesa del comedor, luego de que Marcia dijera salud con un vodka tonic, Elena con otro igual y Adrián con su cuba libre, Elena comenzó a hablar:
--Pues, les voy a contar algo que espero les de mucho gusto y va a cambiar mi vida. Todo comenzó hace unos diez días, mientras Matilde y yo estábamos tomando un café. De pronto se acercó a nuestra mesa un caballero preguntando insistentemente si yo era Elena Montenegro. Yo no lo reconocí en absoluto. Pero él comenzó a halar, de que habíamos sido compañeros en la Facultad, comenzó a recordar nombres de amigos comunes, de cosas de esos años de estudiantes…
--Bueno, todo eso no comenzó hace diez días, sino hace como cincuenta años--, la interrumpió Adrián.
--No, hijo, este caballero que se llama Mario, era, en esa época, un amigo, sólo un amigo como tantos otros que yo tenía. Lo que él comenzó a recordar, ahora que nos volvimos a reencontrar, fue eso, las amistades que teníamos, las salidas al café, a los conciertos, a los museos, al cine, que hacíamos ese grupito de amigos. Pero lo maravilloso fue que Mario, el día que yo dejé la Facultad, colocó, dentro de uno de mis libros, un poema, era quizás un enamoramiento, un amor platónico, una atracción que nunca…
--Por eso te digo—insistió con voz cortante Adrián, mientras daba un largo trago de cuba libre--, todo esto comenzó entonces, cuando los dos eran estudiantes.
--Bueno, en cierta forma, quizás, pero lo importante fue el reencuentro y lo que ha surgido en estos días en que nos hemos visto unas cinco o seis veces.
Mientras Adrián iba a la cocina a prepararse otra cuba libre, Marcia levantó el vaso y con una amplia sonrisa dijo:
--Un brindis Elena, por los antiguos amores que vuelven a florecer. Sírvete, hay pan negro, ostiones ahumados, camarones, paté, queso…
--Pues bien—continuó Elena cuando Adrián regresó a la mesa bien servido y se sentó--, este reencuentro fue una verdadera sorpresa para mi. Yo conservaba ese poema que Mario me escribió y la segunda vez que nos vimos se lo mostré, no se pueden imaginar…
--Pero, espera, espera, a ver. ¿Tu conservaste ese poema durante todo este tiempo, casada con mi papá y todo?...—preguntó Adrián mirando a su madre, entornando los ojos, apenas levantando la cara.
--Claro, hijo, mira aquí está, en realidad este es un cuaderno que usé en un taller de poesía en el que participé, hay ejercicios de rimas, de métrica, poesías que copié, las que más me gustaban—Elena hojeaba lentamente el desgastado cuaderno--, una hoja con una poesía se Manuel Acuña y esta hoja, miren en que condiciones está, con el poema de Mario.
--Pero yo no entiendo, ¿por qué conservaste ese poema?—preguntó Adrián amenazante, mientras Marcia desdoblaba la hoja y leía el poema, mirando de reojo a su marido.
--Pues porque quizás me gustó, quizás porque me sentí halagada. ¿Por qué se conservan aquellas cosas que agradan y forman parte de tu vida? Uno guarda cosas insignificantes, una pluma, un guante, un cochecito destartalado, una muñeca sin un brazo, una navaja, un reloj. ¿Tú no conservas nada de cuando eras niño o adolescente?
--¿Quién, yo? Nada, con los recuerdos me basta. Pero ¿tú sabías que ese poema era de ese señor, verdad?
--En ese momento que lo encontré entre las páginas del libro, creo que sí, quizás lo sospeché, era el único Mario del grupo. Pero no le di importancia.
--¿Qué opina Marcos y Rodrigo de esta relación que estás teniendo con ese señor?—preguntó Adrián que poco a poco adoptaba una actitud cada vez más intolerante y agresiva.
--Rodrigo y Fabiola están sorprendidos y emocionados como yo. Comparten conmigo este sentimiento. A Marcos no le he dicho nada. Quiero que esto madure más para comentarle. Quiero evitar las críticas y los chismes a mis espaldas de Valeria y su familia. Además hijo, no le digas “ese señor”, con ese tono despectivo, te he dicho que se llama Mario--, aclaró Elena, un poco desconcertada y enfrentándose a la incomprensión de Adrián.
--Es decir, a Marcos se lo harás saber a acto consumado…
--Pues no sé que quieres decir, pero sí, a ustedes y a Rodrigo y Fabiola les comento esto porque quiero compartir este momento, decirles lo que estamos decidiendo Mario y yo y lo feliz que me siento.
--Y eso que están decidiendo ¿qué es, de qué se trata?—musitó Adrián.
--Pues él está divorciado, tiene dos hijos, conocí a uno de ellos, muy simpático, nos entendimos de inmediato; yo soy viuda, así es que no tenemos compromisos, impedimentos, que nos impidan ir pensando en vivir juntos.
--Oye, Elena, eso suena bien—, alcanzó a decir Marcia.
--A ver, vamos con calma y por partes. ¡¿Se reencontraron hace diez días y ya piensan vivir juntos!? ¿Qué pensará Marcos? ¿Aceptará eso? Seguramente Rodrigo estará feliz, te idolatra, ¿pero te has preguntado si yo lo aceptaré? ¿Tú sabes lo que yo siento con todo lo que estás diciendo? ¿Nuestro parecer no vale nada para ti?
--Mira, hijo—dijo Elena mirándolo fijamente, comprensiva--. Tu opinión es muy importante, por eso estoy aquí, porque quiero que compartas conmigo este momento y esta decisión, esto que estoy sintiendo, esa posibilidad de rehacer ni vida en pareja, pero no he venido para pedir una autorización...
--Y ese señor, ¿desde hace cuánto tiempo quedó viudo o, no sé, divorciado?
--“Ese señor”, por favor Adrián llámalo por su nombre, se llama Mario, creo que no comprendes mis sentimientos. Pues mira, quedó viudo hace mucho, no recuerdo bien, y se divorció de su segunda mujer hace más o menos quince años.
--Y tú quedaste viuda hace dos, ¿te das cuenta?
--Pero, Adrián, ¿qué tiene que ver? Mira, si estás enfadado, si te molesta todo esto que estoy contando, mejor no sigo.
--Sigue, sigue—dijo Adrián con voz autoritaria, mientras tomaba un pedazo de pan de la panera y comenzaba a desmoronarlo, y Marcia cada vez más preocupada miraba fijamente los movimientos nerviosos de las manos de su marido. Luego agregó--: Así es que van a vivir juntos, eso ya está decidido, luego de verse unas cuantas veces. ¿Y luego?
--Bueno, mira, hemos conversado de rehacer nuestras vidas en pareja, coincidimos en muchas cosas, en pocos días nos hemos dado cuenta que tenemos muchas cosas en común, nos entendemos a las mil maravillas, es como si nos hubiéramos reencontrado después de siglos…
--¿Y así es que te lo vas a llevar a vivir a la casa de mi papá?
--Adrián, por favor—intervino Marcia, seria, mirándolo severamente--. Después de todo, esa casa es de tu madre.
--Deja, Marcia—dijo Elena haciendo un esfuerzo para conservar la calma--. Yo comprendo lo que piensa y siente Adrián. No te preocupes, hijo, yo no me lo voy a llevar a vivir a ninguna parte, ni él a mi. Lo que estoy pensando es dejarles a ustedes tres la casa de Córdoba. Hagan con ella lo que consideren más conveniente. Con Mario pensamos que yo me mudaré a su departamento en Coyoacán. Vendió una casa donde vivía porque era demasiado grande para él, y compró un departamento hace tres años y me dice que fuera de su cama, libros, cosas de cocina y una mesa, no tiene nada.
Adrián desmoronaba el pan, juntaba las migajas en montoncitos, luego fue por otra cuba libre, mientras Marcia lo observaba con una expresión en los ojos entre temor y reproche. Regresó a la mesa, se sentó de nuevo y permaneció callado, no volvió a pronunciar palabra, absorto en sus pensamientos, en sus incertidumbres e inseguridades.
--¿Y Mario a que se dedica, de que vive? Si fue compañero tuyo de estudios seguramente tendrá tu misma edad ¿no?--, preguntó Marcia
--Sí, creo que sí. Tiene con su hermana una editorial, publica libros, busca autores, participa en concursos, ha hecho unos cuadernillos con resúmenes y comentarios de las principales obras de la literatura universal, antigua y contemporánea. Pero es un hombre con mucho dinamismo, lleno de ideas e inquietudes políticas, que es lo que más me agrada. Ahora me doy cuenta, Marcia, que luego de casarme, yo caí en un pozo, me aislé por completo de lo que era mi mundo. Me pregunto ¿por qué nunca más volví a buscar a esos amigos con los que tantas cosas hicimos juntos, con quienes me unían tantos lazos? Me estanqué, digo como persona, intelectualmente, porque tuve la felicidad de tener a estos tres hijos y unos nietos maravillosos… y también unas nueras a las que quiero mucho, bueno, para ser sinceros a ti y a Fabiola.
Marcia le echó una mirada de repoblación a Adrián cuando de un solo sorbo se echó, entre pecho y espalda, medio vaso de cuba libre, al hilo, y se levantó para dirigirse a la cocina y prepararse otra.
--Realmente si no hubiera sido por estos hijos, no sé que habría sido de mí. Mira, a pesar de la lejanía de Marcos, conmigo no puede ocultar el amor que siente por mí. Cuando nos vemos, allá de vez en cuando, lo noto en sus ojos, como si quisiera decirme “mamá, discúlpame, pero…”, como si tuviera una cadena al cuello. Pero lo que no les perdono a esos Garza es que hayan alejado de mí a Alfonso y a Pablo. Eso sí es imperdonable. Marcos está unido a mí por los recuerdos, por la sangre, eso nadie se los puede arrancar, nadie se lo puede borrar de la memoria y de su corazón. Lo que vivimos, el recuerdo de esos lazos, de ese amor que sentíamos el uno por el otro, hace que seamos lo que somos. Lo que dimos y lo que recibimos, nos marcan por toda la vida, trazan nuestro camino a futuro, ¿no crees?
En ese momento regresaba Adrián de la cocina con una cuba libre en la mano izquierda y un picahielo en la derecha. Con la mirada extraviada, como un autómata, se dirigía hacia Elena, quien estaba de espaldas a él. Marcia, que atenta no quitaba los ojos de la puerta de la cocina, preocupada por el comportamiento de su marido, al verlo entrar al comedor en esas condiciones, al percibir lo que traía en la mano, saltó de su silla impulsada por un presentimiento que le estrujó el corazón y se abalanzó sobre Adrián, con un grito ahogado en la garganta le asió firmemente la mano derecha por la muñeca. Forcejearon, sin que Elena entendiera lo que sucedía detrás de ella. Marcia, al tratar de empujar a Adrián para que retrocediera, lo hizo tropezar y ambos cayeron al piso, pero Adrián, que no soltaba el instrumento, lo mantuvo en posición firme hacia delante y éste se clavó en un costado de Marcia, penetrando cerca de diez centímetros entre la costilla flotante y el abdomen. Fue en ese momento cuando Elena se incorporó y por un momento quedó petrificada, se llevó las manos a la boca para retener un grito, al ver los dos cuerpos en el suelo, uno encima de otro, todo había sucedido en cosa de segundos. Marcia giró sobre sí misma, quedó supina y se llevó las manos al costado de donde comenzaba a emanar sangre. Adrián estaba a su lado, con la mirada perdida en un punto lejano, sosteniendo aún el picahielo.
La herida de Marcia no fue muy grave, en pocos días la dieron de alta en el hospital. Ella y Elena decidieron que el hecho pasara como un accidente casero, y aunque esa versión no convenció a algunos miembros de la familia, fue tácitamente aceptada. Adrián no recordaba nada, el incidente pasó como una densa neblina por su mente y hasta mostró una cierta sorpresa cuando Marcia le refirió los pormenores y le preguntaba cuáles eran sus intenciones. Él jamás aceptó que pretendía hacer daño a nadie. Sería incapaz de algo semejante. Sin embargo, ente la evidencia de la herida de su mujer y la insistencia de ella de que necesitaba ayuda profesional, prometió aceptar lo que Marcia decidiera.
Marcia, luego de consultarlo con Marlon y Tatiana, tomó la decisión de que Adrián ingresara en una institución psiquiátrica. Adrián aceptó a regañadientes, él pensaba o habría preferido unas sesiones externas con algún psiquiatra, pero no tuvo atenuantes antes los sólidos argumentos de su mujer, que con buenas maneras, con afecto, le repetía: “Pero pichón, no te das cuenta que casi me matas, casi te quedas viudo, y ¿qué vas a hacer sin mí, quien te va a dar la felicidad que yo te doy? Me duele tanto verte en esas condiciones, pareces un zombi cuando te dan esos ataques, tú sabes muy bien que necesitas apoyo. Hazlo por mí, por tus hijos, que te queremos tanto…”, y Adrián aceptó. Le diagnosticaron, como lo había sospechado Matilde, un desorden bipolar y fue sometido a un severo tratamiento. El doctor le comentó a Marcia que había sido muy oportuno internarlo. El mal, que también se conoce como depresión maníaca, provoca graves cambios súbitos, en casos extremos podría llevar al paciente al suicidio, sin embargo el doctor le dio muy buenas esperanzas a Marcia de que su marido podría restablecerse pronto.
Elena y Mario desde entonces vivieron juntos. En una forma misteriosa Elena había encontrado la fórmula que detenía la angustia del paso del tiempo y el ultraje de la vejez.
D.R. Dauno Tótoro Nieto
(1) PERSONAJES DE: ELENA, SIEMPRE ELENA
a) Don Diego Montenegro (1905-1985) y Catalina Castrejón 1908- 1989 (Padres de Elena)
b) Agustín Sarmiento (1930-2005), marido de Elena Montenegro (1937), padres de:
c) Marcos (1960) (casado con Valeria Garza); Adrián (1962) (casado con Marcia); Rodrigo (1963) (casado con Fabiola)
d) Nietos de Elena: Pablo y Alfonso (1985) (gemelos, hijos de Marcos y Valeria); Marlon (1989) y Tatiana 1990) (hijos de Adrián y Marcia);
e) Mónica (1991), Natalia (1993) y Claudio (2005) (hijos de Rodrigo y Fabiola)
f) Matilde, amiga de Elena
g) Eugenio Garza, padre de Valeria
h) Mario Casanova, ex compañero de Universidad de Elena, enamorado

