Vilma y Vladimir  (1)

 

   CuandoVilma vio por primera vez a Vladimir, sentado frente a ella, del otro lado de la mesa en la sala de juntas, un escalofrío recorrió su cuerpo, desde la cabeza a la punta de su pié izquierdo, al notar una tenue y fugaz luminosidad dorada alrededor de su cabeza. Pero fue hasta la noche, al quedar sola en su recámara, recostada en su cama con la mirada fija, perdida, en algún punto lejano, al reflexionar sobre ese extraño destello que había notado en Vladimir, y sobre esa rara sensación que le provocó una sacudida nerviosa incontrolable en todo el cuerpo, cuando  recordó aquellas conversaciones que tuvo con su padre diez años antes y los acontecimientos que sucedieron después.

     En aquel entonces, cuando Vilma había recién cumplido quince años, su padre le contó ciertas cosas extrañas que le estaban ocurriendo. La primera vez fue una noche, después de cenar, cuando se quedaron solos en la cocina porque era el turno de ambos para lavar platos, cubiertos, vasos, secarlos y ordenar todo, que Carlos le dijo, como si se refiriera a algo indefinido que comenzaba a causarle  cierta preocupación:

     --Hijita, a alguien necesito decirle lo que me está sucediendo, si lo digo aquí en casa, tu mamá y tus hermanas no me van a creer o van a pensar que me estoy volviendo loco, y si lo digo a mis amigos, se van a burlar de mi, van a creer que me estoy volviendo brujo. A ti te tengo mucha confianza –continuó Carlos mientras acomodaba los platos y los vasos en los anaqueles --, y sólo tu puedes ser mi confidente y guardar un secreto… ¿verdad?

     Y la revelación de ese algo misterioso esa noche quedó en suspenso, pues Carlos no continuó hablando de ello y Vilma, al parecer, no había prestado mucha atención a lo que su padre trataba de decirle. En verdad, en eso días ninguno de los dos dio mucha importancia a lo que comentaba Carlos, tanto es así que hasta hicieron bromas y rieron sobre lo que consideraban quizás meras coincidencias, pues ni Carlos lograba explicar claramente lo que le ocurría ni Vilma podía comprender cabalmente lo que escuchaba, hasta la noche del fatal accidente cuando todo para ella cambió.

     La segunda vez que Carlos, sin entrar de lleno en el tema, trató de explicarle a Vilma lo que le sucedía, fue en el coche, una noche cuando venían de regreso a casa después de  un partido de bolos.

     --Hija –le dijo Carlos--, ¿tu crees en los presentimientos?

     --Pues sí y no –contestó Vilma--, es que en realidad no sé muy bien qué son.

     --Son, como te diré –comenzó a explicar Carlos--, algo así como pre que significa antes y sentir, es como si de pronto sabes algo antes de que ocurra…

     --Ah, claro –lo interrumpió animada Vilma, mirando a su padre con ojos avispados y ganas de bromear--, claro, qué tonta. Ya sé que vamos a llegar a casa, vamos a cenar, que el sábado vamos ir a remar, que si te animas nos podemos parar por ahí a comer una hamburguesa, todo eso ya lo sé desde ahora…

    --No, no es eso --aclaró Carlos adoptando una expresión seria--, es otra cosa, hija. Que cenemos en casa, que el sábado vayamos a remar, que el lunes vayas a la escuela y yo a trabajar ya lo sabemos porque es lo que hacemos habitualmente o porque planeamos de antemano hacer tal o cual cosa…

     --¿Entonces? –preguntó Vilma--, ¿a qué te refieres? 

     --Yo digo presentimiento, o algo así como premonición, es algo que sucede y que uno, no sé como, intuyes, te late que va a suceder antes de que suceda. De pronto ves o percibes alguna señal o te pasa por la cabeza algo y sucede ese algo inesperado, no algo que tu planeaste o esperabas que sucediera. ¿Me explico?

     --Pues sí y no, más o menos.

     --Mira, viene de pre, que quiere decir antes, y sentir, es decir sentir antes que suceda –explicó de nuevo Carlos--. Vamos a ver, dime algunas palabras con ese prefijo  a ver si hemos captado el asunto.

     --Uhm… presidio –dijo Vilma, con voz juguetona y alegre--, antes de que se lo den.

     --No. ¡Cómo se te ocurre! Dime otra palabra, pero en serio.

     --Uhm… premio –dijo Vilma--, antes de que sea mío.

     --No, hombre, para nada. Di otra.

     --Uhm… tu ya dijiste premonición, ¿verdad?

     --Exacto, esa es la idea –dijo Carlos--. También podrías decir preexistir, que tampoco es lo correcto  Pero busca tu una palabra en ese sentido que yo digo.

     --Ya sé, prestar…estar antes que otro en un lugar.

     --No, no, y no. No es esa la idea. A ver sigue.

     --¡Ah!... digamos precioso, antes de ser ocioso –dijo Vilma riendo, mostrando sus blancos dientes y una desbordante alegría.

     --No, no –soltó la carcajada Carlos --. ¡Me estás tomando el pelo!

Y en ese momento llegaron a casa y suspendieron la intrincada y animada conversación.

 

*****

De las tres hijas que tenía Carlos, Vilma era la más cercana, con quien le era más fácil comunicarse y con quien muchas veces compartía sus ratos de ocio y sus actividades recreativas. Para Vilma era algo ya muy normal acompañar al padre cuando, con su reducido grupo de amigos que constituía un equipo disciplinado y activo, realizaba una que otra actividad deportiva, aun cuando su madre Eleonora le decía que ese no era un ambiente adecuado para una adolescente, y le ponía de ejemplo a Alicia y Carolina, sus hermanas.

     Vilma acompañaba a su padre a los entrenamientos de remo, a veces de canoa a veces de piragua, en el Canal de Cuemanco, o  bien a los partidos de bolos, y luego era el blanco  de las burlas de sus hermanas que le refregaban en cara, con una cantaleta provocativa, que prefería perder el tiempo con viejos aburridos en lugar de salir con los primos Mauricio y Pablo y sus amigos, a fiestas, al cine, a los centros comerciales y a veces aún a las “disco”. Pero Vilma no les prestaba atención, pues en compañía de su padre y sus amigos la pasaba muy bien. Además, sentía una gran admiración por el padre y aprendía mucho, no sólo de las conversaciones y comentarios sobre arquitectura que tenían entre ellos, sino también de las habilidades artísticas de Carlos, de los apuntes que hacía en un block de dibujo cuando le surgía alguna idea. En casa, cuando estaban en la sala viendo televisión, los dos o toda la familia, de pronto lo veía saltar del sofá y correr hacia el estudio y Vilma lo seguía porque sabía que algo surgiría de aquella mente creativa en ese momento de inspiración. Y en efecto, parada detrás de su padre que sentado en el taburete alto frente a su mesa de arquitecto, siempre tenía listos lápices y un block, veía como poco a poco la hoja blanca se iba vistiendo con trazos rectos y curvos, con sombreados y esfumados que remataba con difumino, y aparecían arcos en perspectiva, o una elegante escalera de caracol, o el detalle de una terraza con una hermosa balaustrada, o un amplio tragaluz con balcones interiores o jardineras de las que colgaban, insinuadas, plantas y enredaderas. Su mayor deseo era el de llegar a tener, algún día, esa habilidad, esa capacidad de imaginar y plasmar en un papel esas figuras, esas maravillosas recreaciones.

     Vilma era, a sus quince años, una muchacha bella, extrovertida e ingeniosa, de una mirada dulce que se desprendía de unos ojos color miel, con una sonrisa siempre  a flor de labios, tez aterciopelada como la piel de un durazno maduro. Veía la vida con optimismo y se interesaba por todo. A esa edad tenía, por principio, confianza en la gente, como si considerara que todos actuaran de buena fe, hasta que no se demostrara lo contrario. Alicia, su hermana mayor, de diez y siete años, era en cambio muy reservada. El mundo se reducía a lo que ella podía poseer, controlar, manejar a su antojo. El resto, o  no era de su interés, o le atraía en cuanto fuera posible tenerlo, poseerlo. Era alta, de una hermosura deslumbrante, de ojos pardos, penetrantes, nariz recta, como un perfil griego, y labios delgados que denotaban un carácter fuerte y decidido. Carolina, de trece años, era regordeta, pecosa, de nariz respingada que le daba un aire de inocencia, y afable. Tenía un carácter maleable que la convertía en un comodín, dispuesta a complacer a todos. Era feliz cuando Vilma la peinaba con raya en medio y dos colitas de caballo a los lados, con moños rojos. Pero a veces mostraba una especial admiración por Alicia, quizás atraída por ese carácter dominante, admiración que la conducía  a una incondicional subordinación. Se sentía herida cuando Alicia la reprendía severamente al descubrirla fisgoneando entre sus pertenencias, pero no era rencorosa, a cambio de una caricia o de un “…bueno, bueno muñequita de mazapán, no es para tanto”, retomaba su papel servicial con Alicia.

                                                                                           *****

Fue un sábado en la mañana del mes de agosto cuando Carlos le dijo a Vilma que se había suspendido el entrenamiento de remo en Cuemanco porque Claudio, su amigo del alma, colega en el bufete de arquitectos donde trabajaba y miembro fundamental del equipo de remo y de boliche, se había lesionado un brazo: “Se cayó, el muy tonto, pero es un  esguince sin importancia”, le dijo. Pero de todas maneras, para no romper la rutina del ejercicio, la invitó al Lago de Chapultepec a remar. Fue esa mañana que le explicó ya con cierto detalle lo que le venía preocupando y sorprendiendo desde algún tiempo. Ahí, en medio de ese apacible lago que milagrosamente ha sobrevivido a la invasión territorial, a la voracidad sin freno de la ciudad de México, mientras Vilma se esforzaba por mostrar sus habilidades con los remos y Carlos sentado en el piso de la lancha, recargando la espalda en el asiento delantero, que dijo:

     --Hija, no me lo vas a creer, pero lo que le sucedió a Claudio yo lo presentí ayer en la mañana, cuando estábamos en la oficina.

     --¿Cómo, papá? ¿Sabías que se iba a caer? –preguntó Vilma, mirándolo sorprendida.

     --No precisamente, pero en la mañana, mientras nos tomábamos un café en la sala de juntas y revisábamos unos planos, de pronto, en cosa de uno o dos segundos, miré  su rostro y se me figuró un globo rojo, una luz roja que le envolvía la cabeza por un segundo y yo la percibí. En ese momento me sorprendió, sí, pero no le di importancia, la visión me distrajo por un momento y nada más. Pero ya en mi oficina –continuó Carlos--, pensé que algo le iba a ocurrir a Claudio, me sentí angustiado. Pero no le dije nada. Y por la noche llama Ángela, su mujer, y me dice que al pisar un cochecito de su hijito, abandonado por ahí en la sala, se cayó y se lastimó un brazo, creo que es más que un simple desguince, yo no sé.

     Y Vilma que estaba concentrada en el movimiento sincronizado de los remos, que no se salieran de los viejos y  desvencijados aros, le dijo:

     --Pero, ¿tu no le podrías haber advertido? ¡por qué n o le dijiste nada!

     --Es que tuve el presentimiento de que algo le iba a ocurrir, porque vi esa señal, pero no sabía concretamente qué le iba a suceder. Ni me pasó por la cabeza que iba a tener un accidente tan tonto en su propia casa.

     --Uhm… ya veo –dijo Vilma haciendo grandes esfuerzos por deslizar la lancha con los remos que bailoteaban en sus soportes--. Pues así como lo cuentas, papá, tienes como un sexto sentido pero de la mala suerte.

     --Bueno, eso fue con Claudio, pero tampoco soy un pájaro de mal agüero.

     Poco más tarde,  mientras caminaban por las veredas del Bosque de Chapultepec, a la sombra de los gigantescos y centenarios ahuehuetes, Carlos confesó a Vilma que en las semanas  anteriores varias veces había percibido alguna señal misteriosa que le indicaba que algo iba a suceder y cuando ese algo sucedía, se sorprendía mucho, sentía un sobresalto, como si comenzaba a tener ciertas cualidades especiales, extrasensoriales.

     --Pero, por ejemplo, ¿qué otra cosa te ha sucedido, papá?--, preguntó Vilma.

     --Algunas cosas aparentemente sin importancia –dijo Carlos--, como mirar atentamente el teléfono porque presiento que va a sonar y en ese momento suena. O bien, otra vez estaba en la oficina, sentí que se producía como un silencio profundo, como si todo se detuviera por un  instante, como si todo quedara en suspenso, y pensé: ‘Va a entrar Pepe’,  y en efecto, oí un toc toc a la puerta y entró Pepe. Esa vez fue preciso, exacto, no es que presentí que alguien iba a entrar, no, pensé precisamente que iba a ser Pepe. Te juro que quedé con la boca abierta.

     --Bueno, puede ser también una mera coincidencia ¿no? –dijo Vilma.

     --Claro, por eso me gusta hablar contigo, porque no te burlas y al contrario buscas explicaciones –dijo Carlos complacido.

     Se detuvieron en el kiosco de la Calzada de los Poetas y pidieron dos grandes jugos combinados de naranja con papaya. Se sentaron en la banca, en frente de la glorieta repleta de rosas. Luego caminaron casi en silencio hasta el Museo de Arte Moderno, en cuyo estacionamiento habían dejado el coche, y volvieron a casa.

 

 

*****

Carlos no era una persona supersticiosa y en general siempre había sido incrédulo sobre esas cosas de poderes misteriosos, sobrenaturales, espiritismos y mediums, temas que de vez en cuando salían a colación  durante las tertulias que el grupo de amigos organizaba en una u otra casa los fines de semana o en cualquier ocasión propicia. Carlos acababa de cumplir treinta y siete años, era un arquitecto  brillante, vanguardista, amaba su carrera, propugnaba por una arquitectura que fuera un medio, un eslabón, que integrara al ser humano a la satisfacción de sus necesidades, a los espacios habitables, aunque se tratara de viviendas de interés social. Su matrimonio con Eleonora, después de casi diez y siete años marchaba bien, sin mayores problemas, con tres hijas adolescentes que habían creado sus propios espacios sin interferir en la vida ajena. A veces el problema que rompía aquella armonía matrimonial o familiar, eran los despropósitos e insinuaciones que decía su suegra, Virginia Colette, como si fueran granitos de sal que dejaba caer en una herida abierta. Su amigo Claudio, que conocía desde siempre la familia de su esposa, los Colette, le decía: “que a pesar de la metiche y las ideas de tu suegra doña Virginia, en tu casa, esquivando baches, todo marcha bien”, cuando trataban el tema de sus respectivos matrimonios. En realidad, el matrimonio comenzó con un tropiezo, con algo inesperado, cuando Eleonora, poco después de cumplir diez y siete años, quedó embarazada de Alicia, teniendo Carlos veinte años y cursando el cuarto semestre de la carrera. Sin embargo, en la familia de Eleonora no hubo escándalo alguno ni recriminaciones, porque tanto su madre como su hermana mayor, consideraban que esos embarazos a temprana edad, se debían a la fogosidad que las mujeres de la familia Colette llevaban en la sangre desde siempre, debido a sus inquietas hormonas de origen francés. Tanto era así que Virginia Colette, la madre de Eleonora, quedó embarazada a los diez y nueve años y Fernanda, la hermana mayor de Eleonora, a esa misma edad. Más aún, hasta había en ellas, en doña Virginia y Fernanda, un poco de envidia  por el hecho de que Eleonora se les hubiese adelantado por casi dos años, y, al contrario, consideraban una cosa extraña que Amanda, la menor de las hermanas, se embarazara a los veintidós años, dando más importancia a la conclusión de la carrera que a sus ímpetus naturales. “Lo que pasa es que es una intelectual y el predominio del cerebro daña a las hormonas, las adormece”, decía doña Virginia.

     Esa fogosidad que se traducía en embarazos antes de los veinte, doña Virginia la atribuía  con un desmedido orgullo y a veces pedantería, a un predominio de los estrógenos y progesterona de su familia sobre la testosterona de los hombres y maridos con quienes se relacionaban ellas, las Colette, y se manifestaba, en la práctica, de diversas formas. Doña Virginia aducía que en su caso, y dado el carácter débil y sumiso de su marido, Ignacio, que hasta tuvo un intento de suicidio, la superioridad de esas hormonas francesas fue la responsable de tener tres hijas. Mientras en el caso de Fernanda, decía doña Virginia, que vivió en unión libre un romance apasionado con Ramón, menor que ella de un año, esa fogosidad se vio opacada, debilitada por una sumisión sexual incondicional al varón: ella quedó deslumbrada por  ese muchacho apuesto, casi un semental, moreno, velludo, y por eso se impuso la hormona del fuerte y tuvieron dos hijos: Mauricio y Pablo. Sin embargo, cuando lo mandó a freír espárragos porque descubrió que le era infiel y se casó después de dos años con Mario Figueres, mayor que ella de cinco años, persona callada, mesurada, ahí se comprobó la teoría del predominio de la hormona de las Colette y tuvieron una hija: Marcela. Amanda, en cambio, había encontrado un justo equilibrio con Gilberto, intelectual y  romántico como ella, Director del Área de Ciencias de la Comunicación en una universidad privada, y por eso tuvieron una parejita: Sergio y Claudia. Pero en Eleonora se repetía el predominio femenino al haber parido tres mujeres, como su madre, a Alicia, Vilma y Carolina, lo que desde el punto de vista de doña Virginia confirmaba su teoría a pesar de las malas caras que ponía Carlos.

     Carlos no le daba mucha importancia a estas vagas y pretenciosas elucubraciones y dejaba que su suegra, doña Virginia y su cuñada Fernanda, teorizaran y se explayaran fundamentando sus ideas con detalles como formas de narices, colores de ojos, lunares, personalidades y caracteres. A veces pensaba que algo de cierto podía haber en esas conjeturas, sobre todo en los caracteres, porque notaba que su hija Alicia, difícil de tratar, si bien sólo de diez y siete años, era una copia de Fernanda, sólo le faltaba que su ambición e individualismo, aún en ciernes, en estado adolescente,  maduraran plenamente y se convirtieran en el punto de apoyo para mover a su antojo, su propio y exclusivo mundo.

*****

Una semana después del accidente de Claudio, un sábado lluvioso por la tarde, Carlos y Vilma se trasladaban en el coche, que avanzaba lentamente entre el tráfico, rumbo al Boliche La Condesa. Claudio iría también con su brazo enyesado y junto con Vilma echarían porras al equipo de Carlos y Pepe, quien jugaría en lugar de Claudio. En el auto Vilma le preguntó a Carlos:

     --Oye papá, ¿y no has vuelto a tener esos presentimientos de los que me hablaste?

     --Sí, hija, unas tres o cuatro veces. Hoy en la mañana también tuve uno. Pero déjame que te cuente algo chistoso –comentó Carlos--. Hace unos diez días fue a verme Pepe a la oficina, te comenté algo de él ¿recuerdas? Bueno, esta vez estábamos revisando un plano, unas modificaciones que debemos hacer en una construcción, y yo me alejé del restirador para preparar un par de cafés y a unos metros de distancia volteo a verlo y noto una luz, como un resplandor, que le envuelve la cabeza, y como siempre tengo esa sensación de que todo se detiene, se paraliza por unos segundos. Yo estimo mucho a Pepe, y después de eso, al despedirnos  no atiné a decirle otra cosa que se cuidara, que se fijara donde pisaba en la obra que iba a supervisar, que se cuidara de las vigas, parecía ridículo, como un papá dándole a su hijo miles de recomendaciones y él me miraba con curiosidad y me decía: “está bien arqui, no se preocupe, claro arqui, no se preocupe”…

     --Y luego ¿has sabido de él?, ¿qué le pasó? –inquirió Vilma.

     --Claro, como nos vemos dos o tres veces a la semana, el lunes siguiente llegó a mi oficina y la primera cosa que le pregunté fue: ‘Pepe, ¿todo bien, no hay novedad?’.  Me miró sorprendido y me dijo que el sábado había llevado a su esposa al doctor, y yo pensé: ‘Ya está, era a su esposa a quien le iba a pasar algo’. Y me apuré a preguntarle con un nudo en la garganta: ‘¿Que le pasó, ha tenido algún accidente?’. No, me dijo Pepe, pues con la novedad de que está embarazada, al fin lo logró, bueno, lo logramos, me dijo, luego de varios años de intentarlo y de tratamientos. Me dijo que tenía el temor que no iban a tener familia, pues la esposa ya va para los treinta y ocho años. Estaba feliz, y yo le di un abrazo fuerte y le dije: ‘Felicidades, Pepe’, mientras él me miraba de reojo, sin entender tanta efusión de mi parte, como diciendo: ‘¿Qué le pasa al arqui?’ 

     --Vaya –dijo Vilma--, esa sí fue una buena noticia. Y ¿tuviste otra de esas cosas?

     --Sí, hija, hoy en la mañana me rasuraba y de pronto todo se paralizó, no hubo un parpadeo, ni un movimiento, y por un segundo una luz roja se encendió y apagó, un par de veces, en mi nuca. Me di vuelta y, claro, no había nada, pero me quedé intrigado—concluyó, observándola.

     --Buena señal para que te fijes en los semáforos, papá. ¡Con esta tormenta! –dijo Vilma señalándole con la mano hacía el frente, para que no se distrajera

 

 

*****

El partido de bolos terminó con una derrota vergonzosa para la dupla formada por Carlos y Pepe, pues la otra pareja, formada por Armando y Javier, supo aprovechar muy bien la ausencia de Claudio y la poca experiencia de Pepe. Al salir del Boliche, la lluvia había arreciado, caía una cortina de agua, cosa típica en esas tardes de agosto. Vilma le dijo a Carlos:

     --Papá, tu corre al coche y abre las portezuelas. Dame la bolsa y voy detrás de ti.

     Siguiendo a su padre, Vilma llegó corriendo, se subió al coche y colocó la bolsa con la pesada bola de boliche a lado de sus pies. Apenas el coche había retrocedido unos cuantos metros para maniobrar y salir del lugar, cuando una pick-up que venía a gran velocidad entre las filas de autos estacionados, lo embistió de lleno en plena portezuela izquierda, lo arrastró un buen trecho y lo incrustó , del lado de la puerta derecha, en otro coche estacionado. Fue una embestida brutal que dejó al coche prácticamente prensado. Claudio, Armando, Javier y Pepe que en ese momento también se dirigían a uno de los coches, habían venido juntos, oyeron el estruendo y corrieron hacia el coche de Carlos cuando éste aún se sacudía por el fuerte impacto. Quedaron desconcertados, petrificados, no podían creer lo que veían, mientras el agua les caía a chorros por la cabeza y la espalda. Comenzaron a correr de un lado a otro del coche, desesperados, tropezándose los unos con los otros, la pick-up les impedía acercarse a una de las portezuelas y el otro coche estacionado, contra el que se fue a estrellar el de Carlos, luego de haber sido arrastrado, les impedía acercarse a la otra. Luego de una media hora, que para ellos fue una eternidad, en la desesperación no atinaban a hacer nada fuera de gritar, pidiendo ayuda,  llevarse las manos a la cabeza, y tratar de romper, sin lograrlo, una de los cristales del auto, llegó una ambulancia y poco después un carro de bomberos y una patrulla de policía.  Los bomberos con gran esfuerzo lograron destrabar la pick-up, retirarla y zafar con soplete la puerta del conductor. Cuando lograron sacar a Carlos de su espacio reducido, lo examinó de inmediato un paramédico y comprobó que había fallecido. A Vilma la sacaron poco después. Estaba viva, desmayada, su pálida cara era iluminada por las luces rojas intermitentes de la ambulancia y del carro de bomberos. Fue llevada de inmediato al hospital. Claudio se comunicó con Eleonora y sin dar mayores detalles le dijo, con voz entrecortada: “Eleonora, Carlos tuvo un accidente, nos vemos en el Hospital De Las Américas…”.

     Cuando Eleonora, Alicia y Carolina llegaron al hospital se sorprendieron al no encontrar a ninguno de los amigos de Carlos esperándolas. Pero más se sorprendieron cuando en la recepción de Urgencias les informaron que no había ingresado ningún paciente con el nombre de Carlos Rivera, pero sí una muchacha de nombre Vilma Rivera, que quizás sería pariente de ellas. “¡Claro, es mi hija!” gritó Eleonora. Entonces las hicieron pasar a una sala de espera y una enfermera les dijo que en ese momento los médicos estaban examinando a Vilma y pronto les informarían sobre el estado de la paciente.

     --Pero, señorita –insistía Eleonora--, ¿y mi marido, el arquitecto Carlos Rivera dónde está?

    --No sabría decirle, señora –respondió la enfermera apurada--, si no está aquí con ustedes es que aún no ha llegado. Disculpen.

     --¿Cómo que aún no ha llegado –dijo Alicia, dirigiéndose a su madre--. ¡Entonces a papá no le ha pasado nada  y viene en camino!

     En un estado de confusión, desesperación, angustia e impotencia esperaron en esa sala por casi una hora, donde otras personas, con expresiones de tristeza y ausencia, parecían fantasmas hundidos en los sillones. Al fin apareció en la sala un médico joven que llamó a Eleonora por su nombre. Le comentó que su hija presentaba heridas en las dos piernas y contusiones en el brazo derecho. En la pierna izquierda tenía una fractura en la tibia, que no era de preocuparse. Sin embargo la pierna derecha había sufrido un grave daño, pero por el momento no podía adelantarle más, era necesario que la paciente permaneciera en observación. En ese momento estaba en cuidados intensivos y sería mejor que se fueran a su casa. Una enfermera le entregó la ropa de Vilma. Estaban desconcertadas, sin saber si quedarse o irse, cuando llegaron los amigos de Carlos, y Claudio, con los ojos llorosos, se dirigió directamente a Eleonora y la abrazó, mientras ella y sus hijas  preguntaban insistentemente por Carlos. Claudio comenzó a explicar a Eleonora, balbuceando:

    --No llegamos antes porque nos quedamos en el lugar del accidente, tú sabes, hasta que llegara el agente del Ministerio Público…

     --Pero ¿y Carlos dónde está?—preguntaba Eleonora, desesperada, sacudiéndole un brazo que lo tenía aferrado con la mano derecha.

     -- Queríamos que al culpable lo detuvieran, que no huyera, es que venía manejando  borracho…

     --Pero ¿y Carlos?…

     --A ese tipo no le pasó nada porque chocó de frente y lo salvó la bolsa de aire…--. Y entre frase y frase Eleonora preguntaba por Carlos.

     --Y lo que sucedió, Eleonora, es que Carlos falleció…

     Pero Eleonora y las hijas al parecer no escuchaban, no querían escuchar, y seguían preguntando por Carlos.

     --No te preocupes Eleonora, yo arreglo todo.

     --Pero ¿dónde está?

     --Está en el Servicio Médico Forense. Ha fallecido, Eleonora.

     --Pero yo lo quiero ver, ¿dónde está?

     --Mañana llevan el cuerpo a la funeraria. Carlos está muerto.

     Al fin el llanto se apoderó de las tres mujeres: Eleonora hundió la cara en el pecho de Claudio, quien la sostenía abrazada, derramando sus lágrimas en los hombros de Eleonora; Alicia se alejó hacia un rincón apartado de la sala llevándose a su hermana Carolina, quien lloraba a mares, con la cara hundida en el pecho de Alicia.

      Vilma quedó en cuidados intensivos dos días, sedada bajo el efecto de las drogas y analgésicos, y al tercero la llevaron a un cuarto. Y fue entonces cuando su madre le comunicó que Carlos había fallecido y el funeral se había llevado a cabo el día anterior. Vilma quedó impactada, muda, estaba aturdida mirando el cielo raso de la habitación. La noticia de la muerte de su padre la dejó como en suspenso, no la asimiló de inmediato, la recibió como algo entre real y un horrible sueño. Y por un momento se aisló de todo lo que la rodeaba.

     Muy lentamente se fue recuperando y comenzó a escuchar voces, al principio como murmullos lejanos, confusos, luego reconoció la de su madre y después las de las tías, Fernanda y Amanda. Fue captando la conversación que sostenían: Fernanda insistía con voz estridente sobre el asunto del seguro y que se contratara a un abogado para recibir una pensión o una buena liquidación del bufete y demandar para que pagara una fuerte indemnización al borracho aquel, culpable del accidente; su madre, con voz acongojada, se lamentaba de su desgracia, viuda a los treinta y cinco años y con tres adolescentes; Fernanda la interrumpía y agregaba: “Y para colmo de la mala suerte tener que cuidar a Vilmita, quien sabe como vaya a quedar”; Amanda insistía que se trajera a un especialista, porque no le convencía el diagnóstico que había dado el doctor del hospital. Y a Vilma le invadió una tristeza desgarradora. Poco a poco fue recordando aquel momento, la tormenta, la carrera bajo la lluvia hacia el coche y luego más nada. El cielo raso de la habitación se le venía encima aplastándola, y esas voces la traían a una realidad que para ella era sólo dolor como puñales que le atravesaban el corazón. Las lágrimas le escurrían por las sienes, sin que nadie las advirtiera, y el sufrimiento le oprimía el pecho, sin que nadie pudiera compartirlo y lo notara, porque era de otra naturaleza al de los demás, y porque Vilma, en adelante, temía que viviría en su soledad, sola, como se sentía en ese momento.

     Al día siguiente fue una distracción para ella la visita de su hermana Carolina, que le hacía caricias y le acomodaba el pelo, también la visita de los abuelos, Ignacio que le daba consejos, que fuera fuerte, que después de todo debía de agradecer a Dios por estar viva y Virginia, quien le dijo a baja voz al oído, para que no la escuchara el marido, que sacara la fortaleza de las mujeres Colette y, dando paso a la frivolidad que la caracterizaba, susurró que se fijara en un médico joven que había visto por los pasillos del hospital: “Sería un record quedar embarazada a los quince años, hijita, pero tampoco abuses, ¡eh!”, y soltó una risita maliciosa, camuflada con un falso ataque de tos.

     Días después, con la presencia de un especialista que su tío Gilberto contrató para que examinara a Vilma, se llevó a cabo una reunión de médicos en la misma habitación de la paciente, donde se encontraban también Eleonora, Gilberto y su mujer Amanda. Los médicos querían informar, ante parientes y la misma afectada, el resultado de los exámenes practicados. Poco antes hicieron ver a Eleonora que era preferible que la misma paciente se enterara de esos resultados  y de la medida que ellos recomendaban que se debía tomar, a fin de evitar el trauma sorpresivo en la paciente, el que tenía consecuencias sicológicas, cuando se enterara, sin haber sido informada, que se había procedido a una alteración o mutilación de su cuerpo. Ya en la habitación y frente a Vilma, el médico en jefe dijo que había una severa lesión de la tibia de la pierna derecha, era evidente que la pierna había golpeado contra un objeto prominente, que prácticamente la destrozó;  había ruptura de vasos mayores, venas y arteria. No era posible reparar ese daño para restablecer la irrigación sanguínea en los tejidos y tampoco se había podido detener definitivamente la infección, precisamente por esa falta de irrigación. Lamentablemente era necesario amputar la pierna a la altura de la rodilla para impedir una gangrena que podría traer otras graves y fatales consecuencias.

     Vilma escuchó en silencio el dictamen de los médicos, mirando fijamente el techo raso de la habitación. Más que en sí  misma, en la mutilación que sufriría, recordó los últimos momentos en compañía de su padre, recordó el comentario de la luz roja intermitente en su nuca, esa misma mañana del accidente, recordó las señales que había notado en Claudio y en Pepe, el teléfono que sonaba cuando lo observaba atentamente. Más que la atroz medida que era necesario tomar, le dolía en lo más hondo de su alma no volver a ver a Carlos, su padre, amigo y compañero, y ese pensamiento, ese sentimiento de dolor le ayudó a someterse a la operación con resignación.

     En realidad el drama de su vida, en ese momento, a sus quince años, era la muerte de su padre, no lo que ella iba a padecer, de lo cual aún no era conciente.

 

 

****

El proceso de recuperación física de Vilma fue lento. Tuvo que someterse a una larga terapia y aprender a movilizarse con un par de muletas. Fue su tía Amanda y el tío Gilberto los que más se acercaron a ella, en los tiempos libres que les dejaban sus respectivos trabajos; la acompañaban y trataban de atenuar su sufrimiento al mostrar que era necesario tomar con naturalidad su nueva condición de incapacidad física y hacían lo imposible para que ella también la enfrentara de esa manera, para evitar complejos y depresiones que le afectarían anímicamente y harían más difícil la recuperación. Su madre Eleonora, en cambio, se impacientaba y tenía arrebatos de enojo contra la vida y su suerte, e imprudentemente exclamaba frente a Vilma, casi fuera de sí: “¡Qué he hecho yo para que Dios me castigue de esta manera, dejándome viuda a esta edad y con tres hijas! ¿Quién se va a fijar en mí en esta situación? ¡Dio mío, ayúdame!”. Alicia, aunque nunca había tenido una relación estrecha con Vilma, por sus caracteres tan opuestos, se fue alejando de ella cada vez más y fue mostrando una gran admiración por su tía Fernanda, con quien congeniaba a las mil maravillas. Vilma comenzó a notar este distanciamiento de inmediato. Alicia la esquivaba, y no ocultaba una franca vergüenza cuando de vez en cuando la acompañaba a dar un paseo alrededor de la manzana con sus muletas para ejercitarse. Frente al derrotismo que mostraba su madre, Alicia fue asumiendo el control de la casa, imponiendo poco a poco su voluntad con intolerancia y dureza. Carolina era cariñosa pero debido a su ingenuidad mostraba  más lástima que comprensión hacia Vilma, quien toleraba cada vez menos que la compadecieran y la trataran como a un ser anormal.

     Por eso pasaba más tiempo en casa de su tía Amanda quien, siendo profesora de literatura francesa del siglo  xix, le fue creando el  hábito de la lectura que transportaba a Vilma a mundos nunca antes imaginados. En esos dos años de recuperación, y sobre todo de aceptación de su nueva condición, que los pasó casi encerrada, leyó con voracidad las obras de Honoré de Balzac, quedando fascinada con las numerosas novelas que integran La Comedia Humana y con Eugenia Grandet; las de Víctor Hugo, de quien más que Los Miserables, le atrajo Nuestra Señora de París; las de Alexandre Dumas, como Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo y La Dama de las Camelias de Dumas hijo; y quedó impactada con Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

   Amanda le repetía, al ver el entusiasmo de Vilma, quien devoraba uno tras otro los libros que le sugería que leyera, que el siglo xix había sido como una erupción volcánica en la literatura francesa y por eso a ella le atrajo especializarse en la producción literaria de ese periodo. Pero después Vilma continuó leyendo con gran interés las obras de Marcel Proust, de Marguerite Yourcenar y encontró una plana identificación con Simone de Beauvoir, a quien  llegó a venerar.

     Amanda le dijo que ella estaba investigando si la familia tendría algún nexo con Sidonie Gabrielle Colette, quien había nacido en 1873 y murió en 1954, catorce años después que naciera Virginia, y escribió novelas muy hermosas e interesantes, como La Ingenua Libertina, Cheri, Sido, Claudina y El Trigo en Cierne. Pero que su madre no tenía idea de quien era esa Colette y todo lo tomaba a la ligera. “Y aunque fuera mi tía, como tu supones, ¿qué quieres que haga? Averígualo tu si te interesa tanto”. En verdad madre e hija vivían en dos mundos diferentes. “El secreto de su vida creo que está en su novela Sido. Un día voy a averiguar si tiene que ver algo con nuestra familia, quizás de ella me viene este amor por la literatura”, dijo Amanda.

 

 

*****

Un día, Amanda y Gilberto le comentaron a Vilma que el especialista que la había examinado les había propuesto que su sobrina usara un nuevo aparato ortopédico y la entusiasmaron a probarlo. La propuesta a Vilma la entusiasmó mucho. “Si, tía, dijo Vilma, lo que sea porque estoy realmente harta de ir arriba y abajo con este par de muletas que ya me han sacado callos en las axilas y sentir que la pierna, por más que la controle, se me mueve como un badajo de campana debajo de la falda o en el pantalón”.

    El aparato se embonaba en el muñón de la rodilla, se fijaba al muslo con dos cintas de cuero sujetas con hebillas, tenía articulaciones mecánicas en la rodilla y en el tobillo, tanto así que el paciente, luego de un buen  entrenamiento, hasta podía prescindir de las muletas, aunque para subir y bajar escaleras era recomendable un apoyo complementario para evitar posibles accidentes. Y terminaba en forma de un pié de plástico al que se le podía calzar un zapato. Era una maravilla para Vilma. Los tíos se lo adquirieron y ella les quedó agradecida toda la vida.

     Cuando Vilma cumplió diez y ocho años, Gilberto le consiguió una beca para que estudiara en la universidad, en la cual él era director de área, la carrera de diseño gráfico y medios audiovisuales, carrera en la que Vilma sobresalió y se recibió con honores. A los veintidós años se presentó a un concurso para ocupar un puesto de técnico en creatividad y nuevos medios publicitarios en una  importante empresa del ramo. Ganó el concurso presentando una propuesta con ideas innovadoras, entre las que resaltaba la importancia de crear confianza en el público, ser honestos al exponer las cualidades de los productos que se publicitaran, y comenzó a trabajar de inmediato.

     Sin embargo, no todo era fácil para Vilma en su propia casa. Alicia se convirtió en una persona rencorosa e intolerante, que no dejaba pasar oportunidad para humillar y herir a su hermana: era despiadada, y quizás era su manera de reclamar el afecto que, ella suponía, su padre le había negado, dándoselo a su hermana, sin llegar a comprender que ella misma, con su egoísmo e individualismo, no había permitido que Carlos se acercara a ella. Cuando Vilma usaba  todavía las muletas, le decía que ella, en su lugar, se encerraría en casa para no causar lástima en quien la tratara o  la viera por la calle. Una vez que comenzó a usar el aparato ortopédico y forzada a usar pantalones por siempre, Alicia le dijo que no se le ocurriera cruzar la pierna ante nadie, porque “ese artefacto se nota a leguas. Y luego imagínate, si llegas a tener un pretendiente, la sorpresa que se llevaría al ver que en lugar de pierna tienes un postizo”. Por otra parte no dejaba de exaltar las virtudes de la tía Fernanda que lograba lo que quería, y no digamos del tío Mario Figueres,   cuando le consiguió, siendo aún pasante de la carrera de Finanzas, un  puesto en el Departamento de Crédito del banco en el cual él era un  funcionario de cierta importancia.

    Alicia entregaba desde entonces una parte de su sueldo a su madre y eso, así lo estimaba ella, le daba derecho a dar órdenes y a manipular a su antojo a Eleonora.  Alicia, con los años, iba siendo cada vez más atractiva. Su belleza resaltaba más  con el maquillaje, los cuidados y tratamientos a los que se sometía, siendo aún una joven, y había desarrollado un cuerpo muy curvilíneo y voluptuoso. Alicia no perdía ocasión para hablar con descarada jactancia de pretendientes que la asediaban en el banco pero que los rechazaba o por “nacos” o por no tener futuro o bien porque, decía sin tapujos ni vergüenza, Mauricio, el primo con quien seguía saliendo junto con sus amigos a fiestas y a las “disco”, se ponía celoso. Pero para Vilma era evidente que los numerosos pretendientes de Alicia eran invenciones suyas o si había alguno, se alejaba en cuanto llegaba a conocer su carácter dominante y altanero. Una cosa, sin embargo, sí podía ser cierta y era el romance que como refugio de decepciones amorosas o como un desahogo a la fogosidad sexual heredada de las Colette, como suponía su abuela, tenía con Mauricio.

     Cuando Vilma obtuvo el trabajo en la empresa de publicidad, Alicia se opuso terminantemente a que aportara parte del sueldo para la manutención de la familia, aduciendo que ella se sentiría humillada y  avergonzada al tener que depender, aunque fuera en parte, de una “hermana menor”, queriendo decir en verdad, de una lisiada o minusválida y no estaba dispuesta a ceder parte de su autoridad sobre su madre y en los asuntos domésticos. Vilma resistía estoicamente todo este vituperio. Le hacía bien conversar todas estas cosas con Amanda y Gilberto, con quienes lograba explayarse y analizar esta actitud de su hermana, llegando todos a la conclusión de que se trataba de una persona algo desequilibrada, quizás una neurótica posesiva, que con su actitud se amargaba su propia existencia...

 

 

*****

Fue cuando vivía esta terrible situación en su propia casa, casi por cumplir veinticinco años, que una mañana en el trabajo el Gerente de Promoción y  Cuentas Especiales citó a Vilma y otros empleados y ejecutivos, para el día siguiente en la Sala de Juntas, pues vendrían representantes de una importante empresa a proponerles que se hicieran cargo de la publicidad de un nuevo producto que estaban por lanzar al mercado. Cuando se llevaba a cabo la reunión, mientras los representantes de la empresa visitante exponían las características del producto y los publicistas proponían ideas para su promoción en radio, televisión, periódicos, revistas y anuncios espectaculares, la mirada de Vilma se cruzó con la de Vladimir, y por un instante a su alrededor se hizo el silencio absoluto y se detuvo el tiempo y Vilma percibió, dándole un vuelco el corazón, una fugaz luminosidad que envolvió la cabeza de aquel hombre locuaz, apuesto y decidido en su exposición, de mirada avispada y rostro varonil, y además un escalofrío recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta la punta del pié izquierdo. Sin embargo, en ese momento, con tal bullicio y tomando notas, apenas tuvo tiempo de meditar sobre esa señal, nunca antes percibida en nadie por ella, y no supo como interpretarla.

     Pero Vladimir notó esa breve pero intensa y profunda mirada en esa joven mujer sentada del otro lado de la mesa. . Al terminar la reunión y al levantarse Vilma de su asiento, notó, con el rabillo del ojo, que parado  frente de ella, al otro lado de la mesa, la observaba como se incorporaba apoyándose en el borde de la mesa y luego tomaba el bastón recargado en el respaldo del asiento y se dirigía hacia la salida de la sala apoyándose en él. Mientras sus colegas con alboroto se despedían de los invitados y celebraban el entendimiento que se había dado en ese primer intercambio de ideas, Vladimir alcanzó a Vilma en el pasillo y le dijo:

     --Disculpe, cuando cada uno nos presentamos al inicio de la reunión, creo que escuché que usted se llama Vilma, ¿verdad?

     --Sí, así es, Vilma Rivera--, le dijo, notando que apenas le llegaba al hombro.

     --Yo soy Vladimir Blum. Encantado--. Y le dio un fuerte apretón de mano, mirándola fijamente, con una amplia sonrisa en los labios. Y luego, señalando el bastón con una mano, le preguntó --: ¿Y qué le pasó en la pierna, la tiene enyesada, se fracturó haciendo algún deporte, se cayó de un caballo?...

     Vilma guardó silencio, bajó la vista y comenzó a avanzar de nuevo, dejando atrás a Vladimir. Pero éste la alcanzó y le dijo:

     --Disculpe, quizás no debí preguntarle; fui imprudente, ¿no es así?

     Vilma se detuvo, guardó silencio por unos segundos, pero percibiendo que Vladimir estaba confuso y desconcertado por la actitud de ella, y no queriendo ser maleducada con el recién conocido, le dijo:

     --No, no la tengo enyesada, es una cosa más complicada, más seria. No quisiera hablar de eso si no le importa --, y le ofreció una mirada tierna, con sus ojos de color miel, que iba entre la disculpa y una profunda tristeza. Vladimir notó esa expresión, comprendió el mensaje del breve silencio que se había producido luego de su pregunta, y cambió de tema:

     --No te importaría mostrarme un poco estas oficinas…Ah, perdón, te estoy tuteando.

     --No, no hay cuidado –repuso Vilma--. Con gusto te muestro las oficinas, creo que forma parte del protocolo si es que hay alguna posibilidad de establecer una relación de trabajo con ustedes --. Y con calma recorrieron las instalaciones, cumpliendo Vilma con el papel de cicerón.

     En la noche, encontrándose sola en su recámara, Vilma, miraba fijamente el cielo raso, con las manos cruzadas detrás de la nuca, meditó sobre el destello que había notado alrededor de la cabeza de Vladimir, se le llenó la cabeza de recuerdos, pensó si era posible que aquello fuera una señal como las que se le presentaban a su padre. ¿Sería un presentimiento? ¿Podría ella tener ahora esas advertencias transmitidas por una señal misteriosa? Pero junto con estas interrogantes, le aparecían en la mente en forma definida, precisa, la cara, la mirada, la figura de Vladimir y se quedó dormida.

     Al día siguiente por la tarde, sorpresivamente se presentó Vladimir al cubículo de Vilma, mientras ella estaba concentrada frente al computador desarrollando alguno de sus proyectos. “¿Se puede?”, preguntó Vladimir con voz suave a la vez que golpeaba con los nudillos de la mano derecha una de las mamparas del cubículo. Vilma se sorprendió mucho y no pudo dejar de mostrar, con una amplia y espontánea sonrisa, su alegría de verlo ahí parado, con una carpeta en la mano. Pero de inmediato reaccionó y a la vez que recuperó su aplomo, dijo: “Hola, pero ¿qué haces aquí…?”.

     --Vilma --dijo Vladimir--, te traigo unos documentos que detallan un poco más las características del producto que comentamos ayer y la estrategia de mercadeo que tiene nuestra empresa… Yo sé que se los han enviado por el conducto adecuado a tu jefe, pero te los traje porque consideré que es un excelente pretexto  para verte y para invitarte a tomar un café. ¿Aceptas?

     Vilma quedó desconcertada, por un momento no atinó a decir nada, era la primera vez que sentía algo misterioso que la llenaba de emoción, quizás sin ella saberlo, revoloteaban en su cabeza las imágenes y las interrogantes de la noche anterior. En la universidad había salido con amigos y amigas, la habían invitado a tomar café, a reuniones y fiestas más de una vez, había percibido también algunas insinuaciones por parte de uno que otro de sus amigos y aún velados cortejos, que había eludido y habían quedado en la nada con tanta facilidad como inseguros y sin seriedad eran aquéllos. Ahora sentía algo que en verdad la sacudía, esa cara atrayente, ese porte varonil, pero sobre todo la mirada penetrante, la expresión en los ojos que transmitía algo que ella misma en ese momento no lograba explicarse por no haberlo percibido nunca antes, una cierta compenetración, la tenían  como hipnotizada. Y dejándose llevar por ese sentimiento que no era propiamente el impulso visceral de las hormonas de las Colette, dijo: “Sí, claro, espera que cierre este aparato y vamos. A la vuelta de la esquina está el café Toscana, sirven un excelente café”.

     Concluyó el cierre de sesión, tomó el bastón y se adelantó a Vladimir rumbo a los elevadores, pero casi sin apoyarse en él. Mientras el elevador descendía, Vladimir le dijo:

     --Me permites –y tomó el bastón entre sus manos, lo examinó, lo sopesó, le dio vueltas, y agregó--: Bonito, ligero y firme. Pero ¿cómo es que de un día para otro mejoras tanto que puedes caminar sin apoyarte en él?

     --Bueno, lo uso por seguridad, sobre todo si tengo que bajar y subir escaleras, la banqueta, algo así..

     --Disculpa que insista –continuó Vladimir--, pero yo en verdad creía que tenías enyesada la rodilla o el pié, pero vi que estabas sentada bien, que flexionas la rodilla, y el pié no se ve enyesado, veo que tienes zapatos en ambos pies, así es que tan grave no es.

     --Es mucho más grave de lo que te imaginas, pero no hay nada de misterioso ni de secreto en esto.

     Ya en el café, Vladimir insistió, diciéndole que sinceramente tenía interés que le contara lo que le había sucedido, si es que era tan grave. Y Vilma,  posiblemente era la primera vez que lo hacía con un extraño, con la intención de compartir esa desgracia que había sufrido, le contó acerca del accidente, de la muerte de su padre, de la amputación, del aparato ortopédico y terminó diciendo: “Esa soy yo, Vladimir, una mujer lisiada y qué bueno que este haya sido nuestro primer tema de conversación”.

     --Sabes Vilma –dijo Vladimir que había escuchado sin pestañar, conmovido, la historia de Vilma --, mientras me contabas lo que te ha sucedido, pensé que en la vida hay cosas extraordinarias o golpes de buena suerte o desgracias terribles que les acontecen a algunas personas y que cambian el curso de sus vidas: en el caso de las desgracias o quedan derrotadas y víctimas de lo que les ha sucedido o adquieren una fortaleza de ánimo, espiritual, que las hacen diferentes a las demás personas que han tenido una vida común y corriente. Tu formas parte, por lo que veo, del grupo de personas que sale fortalecido, airoso. Esa adversidad te ha templado el espíritu –concluyó Vladimir

    Al salir de la cafetería Vladimir quiso tomar la mano de Vilma pero ella la retrajo con un  movimiento brusco. Al entrar en el elevador, para acompañar a Vilma hasta su oficina, la tomó del codo como un  gesto de caballero para cederle el paso, y Vilma también retiró el brazo bruscamente, detalles que Vladimir notó, así como una expresión de retraimiento o desconcierto en los labios apretados de ella. Se despidieron con un apretón de manos intercambiando una mirada que encerraba una gran interrogante, como si nunca más se volverían a ver o como si no quisieran alejarse el uno del otro.

     La semana siguiente, sin embargo, Vladimir llamó a Vilma, un martes,  y fueron de nuevo a la cafetería. Vilma se mostraba animada, dijo que la semana anterior había contado parte de su vida y quería saber algo de él. Preguntó a Vladimir el origen de su apellido, que ella suponía fuera inglés. Vladimir le dijo: “No, es de origen francés, con una u – y luego continuó--: Mi padre se llama Gerard Blum, es nieto de León Blum e hijo de un diplomático, el hijo menor. Tiene un hermano, tío mío, claro está, que se llama Charles, casado con Catherine, que vive en Francia, en Reims, tiene un hostal maravilloso, en un lugar idílico, en una especie de castillo medieval, yo y mi hermano lo visitamos hace unos años. Cuando mi abuelo se retiró del servicio exterior y regresó a Francia, mi padre se quedó aquí, este país le fascina. Se casó con María Obregón, allá por  1981, llevan como veintiséis años de casados, y han tenido dos hijos, yo, que soy el mayor, y Bulmaro, que tiene veintitrés años y estudia medicina. La  nuestra es una familia pequeña, muy unida, quizás un poco tradicional. Nos llevamos muy bien. Te diré que mi padre se siente muy orgulloso de su abuelo, quien fue un político importante en Francia, formó un gobierno con el Frente Popular por el año de 1936, luego fue un miembro importante de la Resistencia en la lucha contra la ocupación nazi, fue diplomático y murió en 1950, cerca de los ochenta años, condecorado –y concluyó--: Esa es en pocas palabras la historia de la familia”.

     --Qué coincidencia –dijo Vilma--, yo también tengo ascendencia francesa por parte de mi abuela y quizás tenga una tía bisabuela que fue una gran escritora. Podría ser, llevamos el mismo apellido por parte de mi abuela.

     Luego de un breve silencio, Vilma preguntó:

     --¿Y tu vives todavía con tus padres?

     --Si, a pesar de andar ya por los veintiséis años y tener un buen sueldo. Pero es que necesito de ellos, de mis padres y de mi hermano, porque he sufrido un, como te diré, un tropezón sentimental, un desamor que me dejó muy lastimado. Por eso no soporto la soledad.

     --A ver, cuéntame, si no tienes inconveniente –, quiso saber Vilma.

     Y Vladimir le contó con calma su  gran decepción amorosa. Apenas había cumplido veintitrés años, recién obtenido el título profesional, se le abrieron las puertas al obtener un cargo de cierta importancia en una empresa trasnacional. La vida le sonreía y creía que podía amoldar el mundo a su antojo. Meses después de ingresar a esa empresa, se enamoró perdidamente de una mujer, un año mayor que  él, muy hermosa y sensual, que ocupaba un cargo similar al suyo pero en otro departamento. A los tres meses de salir juntos, Vladimir le propuso matrimonio y ella aceptó. Ella vivía sola, en un departamento alquilado, entonces Vladimir, con la ayuda de su familia, compró sin  que ella lo supiera, un departamento chico, y lo amobló. Era la sorpresa que quería darle al casarse. “En verdad estaba muy enamorado”, dijo.

     --¿Y  tuvieron relaciones? –Lo interrumpió Vilma, bajando la vista, mirando la taza que tenía en frente, un poco avergonzada por su pregunta indiscreta.

     --Sí, claro, quizás unas tres o cuatro veces.

     Y Vladimir continuó con la historia. Ella, poco después, comenzó a comportarse un poco indiferente con él y en varias ocasiones lo dejó plantado cuando se citaban en algún lugar. Un día encontró un mensaje de ella  en su escritorio, diciéndole que lo esperaba esa noche en el restaurante La Cava. Vladimir acudió a la cita entusiasmado como siempre, pero cuál fue su sorpresa  al verla sentada a una mesa en compañía de uno de los jefes de la empresa, que posiblemente sería unos diez años mayor que ella. El jefe, llamándolo por su nombre y con hipócrita cortesía lo invitó a sentarse: “tenemos algo importante que comunicarte”, le dijo.

     --Te puedes imaginar, Vilma, yo sentado frente a ella, mirándola fijamente a los ojos y deseando que no me fueran a decir lo que yo temía, lo que me sospechaba que me dijeran. Y en efecto, fue ella, quien con una frialdad inconcebible, sin imaginar el daño que me estaba haciendo, me dice que consideraba un acto de lealtad comunicarme que se iba a casar  con John, que ambos consideraban que yo debía enterarme de esa decisión por boca de ella y me daba las gracias por las atenciones que había recibido de mí y  por la compresión hacia esa decisión que habían tomado. Y los dos me miraban sonrientes, complaciente –continuó Vladimir--, mientras yo me sentía desplomar, como si me precipitaba en un abismo, sentí un nudo en la boca del estomago, y la vista se me nublaba. Me alejé de ellos y no sé como llegué a mi casa, pero mi hermano al verme, me llevó a mi recámara y con un pretexto cualquiera no dejó que mis padres se dieran cuenta del estado en que me encontraba. Fue un golpe demoledor, una puñalada en el corazón –dijo Vladimir, y continuó--: Luego pensé que menos mal no la había presentado a mis padres, sólo Bulmaro la conocía, y que no le había enseñado el departamento que desde entonces lo tengo cerrado. Bueno, de vez en cuando voy a ventilarlo y yo mismo hago la limpieza. He llorado, Vilma, lágrimas amargas, y en esos días de tristeza, enojo y que sé yo, me prometí no volver a enamorarme nunca más. Fue mi hermano –continuó Vladimir--, quien me hizo ver que el problema no es de quien ama, sino de quien es amado o amada. Me hizo ver que en el amor siempre hay un riesgo de sufrimiento, pero pase lo que pase, uno no tiene que perder la capacidad de amar. Poco a poco he podido superar ese estado de ofuscamiento, de locura, que puede producir un desamor. ¡No se lo deseo a nadie!

     Vilma escuchó atentamente la historia de Vladimir y éste notó que en un momento dado se le humedecieron los ojos. Al salir de la cafetería, intencionalmente Vladimir quiso tomar la mano de Vilma y ella la retiró con igual gesto de la vez anterior y lo mismo sucedió a la entrada del elevador. Sin embargo, al despedirse Vladimir le preguntó a Vilma si deseaba que salieran de nuevo, a lo que ella dudó un momento y luego respondió que sí, pero  seria. Y Vladimir  notó ese titubeo y esa expresión en el rostro de Vilma.

     En las semanas siguientes volvieron a la cafetería Toscana que se había convertido en su lugar preferido de encuentros. Vladimir un día llamó a Vilma y le propuso que en lugar de tomar café de media mañana, esa vez se vieran en el Toscana por la tarde, al salir del trabajo: “Mi hermano Bulmaro y su novia Laura desean conocerte, Vilma. Quieren comprobar si es verdad que existe alguien tan adorable como yo les he contado…No, no me creas, sólo les he hablado de ti y la buena química que siento que existe entre nosotros y simplemente quieren conocerte, ¿te parece?” “Claro, repuso Vilma, nos vemos en el Toscana a las siete”. La reunión en el café fue muy animada, Vilma se sintió de inmediato en un ambiente amigable y acogedor. Conversaron sobre los estudios y las carreras de cada quien, Laura con  mucho entusiasmo habló que estudiaba una Maestría en Terapia de Grupo y de Pareja, hablaron sobre la política del país, sobre el ambiente de trabajo en sus respectivas empresas, y en fin sobre cosas cotidianas que no les eran directamente personales.

    Fue Vilma la que dirigiéndose a Laura le dijo: “Si no hubiera estudiado diseño gráfico y medios audiovisuales me habría gustado estudiar para terapeuta, como tú. Creo que es una carrera que te hace comprender al ser humano, compartir sus problemas, sus males, o quizás me equivoque y un profesionista no debe llegar a eso, sino mantenerse con la cabeza fría, al margen”

     --Sí, así es –comentó Laura--, yo apenas tengo veinte años, todavía no me recibo pero soy asistente de una renombrada terapeuta, además de las consultas, ella escribe libros y en eso le ayudo mucho, y ya tango un poco de experiencia. Yo también tomo un curso de terapia Gestalt, es un poco diferente porque se enfoca más en los procesos que en los contenidos, es interesante porque se insiste en que hay que percibir, sentir y actuar. Bueno, no los aburro con mis cosas. Pero te diré  que un terapeuta no puede hacer suyos o compartir los problemas de sus pacientes, de otra manera no podría analizarlos y conducir la terapia en un plan o nivel profesional. Imagínate, hay pacientes que a lo largo de la terapia atraviesan por todas las MATEA, como les decimos.

    --¿Qué es eso?—preguntó Vila intrigada.

    --Pues las emociones, miedo, alegría, tristeza, enojo, afecto…

    --No digas más, Laura, yo he pasado por todas esas emociones no en terapia sino en estos últimos años de mi vida, es decir cuando pasé de la adolescencia a la adultez.

    --¿Cómo fue eso—preguntó Bulmaro--, yo  te veo muy bien, no creo que tengas que caer en manos de Laura.

    --No, espero que no. A lo que me refiero es que mientras me recuperaba de ese golpe que fue la amputación y la pérdida de mi padre, pues pasé de la tristeza al enojo, aunque demostraba que asimilaba bien todo lo que me había pasado. Luego con la ayuda de unos tíos  me sentí colmada de afecto. Cuando fui a la universidad, con mis amigos todo era alegría, ya saben, mientras eres estudiante prevalece la camaradería y alguna que otra broma o burla las tomaba con paciencia y resignación. El problema o digamos el miedo al futuro comenzó cuando dejé la universidad, cuando mis amigos y amigas comenzaron a tener relaciones amorosas, a casarse, a formar parejas, es decir lo normal, nos dispersamos y yo comencé a trabajar, y vi que se me presentaba un futuro de soledad. No me esperaba, creía yo, lo que la vida ofrecía a mis compañeros de estudios. No podía contar con mi familia, que me hacía y me hace la vida imposible y tampoco podía pretender vivir con los tíos que casi me adoptaron. Mi vida no la veía completa, apareada, por decir algo, y eso me daba y me da miedo, aún ahora…

    --Vilma –la interrumpió Vladimir--, ese miedo no durará mucho, lo presiento, lo superaremos juntos, tú el tuyo y yo el mío.

 

 

*****

El jueves siguiente, en la cafetería Toscana, Vilma frente a un capuchino y Vladimir con un express doble cortado, éste le preguntó, mostrándole una V con el dedo índice y medio de la mano derecha:

     --Vilma, ¿sabes qué significa esto?

     --Pues una V de victoria o supongo que la V de Vladimir.

     --A ver, hazlo tu –le pidió Vladimir. Y al mostrar Vilma la V con sus dedos, le dijo Vladimir --: Ésa es la V de Vladimir y esta que hago yo es la V de Vilma.

     --No veo la diferencia –dijo Vilma.

     --La diferencia no existe pero hay que querer ver la identidad o quererla imaginar --repuso Vladimir--. Cuando tú hagas una V vas a pensar en Vladimir y cuando yo la haga, voy a pensar en Vilma. Sencillo, ingenuo e infantil, pero bonito, ¿no te parece?

     Vilma lo observó atentamente, luego bajó la vista y revolvió el capuchino aparentando estar distraída, como no querer dar importancia al juego e intenciones de Vladimir. Pero éste continuó:

--¿Sabes lo que descubrí anoche? Mira que coincidencia –dijo--, pero descubrí que Vilma está contenida en Vladimir, cada letra de tu nombre está en el mío.

     Vilma no dejaba de revolver el capuchino, pero se estaba apoderando de ella un cierto nerviosismo que no escapó a la atención de Vladimir, quien continuó:

     --Vilma, ¿por qué has retirado tu mano bruscamente cuando he querido tomarla y también el brazo, cuando como caballero he intentado tomarte del codo para entrar al elevador?

     --¿Retiré la mano? –preguntó Vilma como  sorprendida y mirando por un instante a Vladimir--. Pues no sé, acto inconsciente, reflejo condicionado, intuición femenina.

     --O quizás prejuicio –dijo Vladimir.

     --Prejuicio, prejuicio –y la imagen de su padre acudió a su mente, la risa franca, amigable--. Esa es la palabra que también debería haberle dicho—dijo con un hilo de voz--, prejuicio… antes del Juicio Final. ¡Le habría hecho mucha gracia! Pero ésa es la palabra que papá quería que yo dijera, juzgar antes de tiempo…

     --¿Perdón, qué dices? –preguntó Vladimir.

     --No, nada, sólo recordaba algo –repitió Vilma con voz pausada y en seguida agregó--: Pero dime Vladimir, ¿por qué piensas que sea prejuicio?

     --Porque me da la impresión que no permites que te toque, como si juzgas las cosas antes de tiempo, por temor a algo. Piensas que si te tomo la mano o del codo, puede significar algo que no quieres que pase. Te adelantas. Dime una cosa, Vila –le dijo observándola--, ¿has tenido algún novio, alguna vez, o algún amigo íntimo?

     --No, nunca –contestó Vilma de inmediato, tajante.

     --Entonces ¿eres virgen? –preguntó Vladimir con  la mayor naturalidad.

     --¡¿Qué?! –explotó Vilma, mirándolo con sus hermosos ojos color de miel desorbitados, con una expresión de sorpresa y molestia.

     --¿Eres virgen? –preguntó de nuevo Vladimir, y agregó--: Tírame esa taza por la cabeza si sientes ganas de hacerlo, no te detengas.

     Vilma lo miró fijamente, sus facciones se afilaron y las aletas de la nariz comenzaron a agitarse, a vibrar.

     --Lo único que no tolero, Vladimir, es que se burlen de mí. Si te estás burlando de mí y en verdad eres un caballero, como dices, te pido que te vayas.

     --Vilma, tranquila, no te exaltes –repuso Vladimir--. Oye, y si no me estoy burlando de ti y me quedo, ¿qué soy?

     --Pues no sé, sólo tú lo sabrás. Un metiche, un descarado –dijo Vilma con una expresión de enojo que resaltaba sus facciones y la hacían más hermosa.

     --Vilma, cuando te calmes y contestes mi pregunta, y quiero que sepas que te tengo todo el respeto que te mereces, comprenderás cuánto une a dos personas una intimidad compartida, es como un eslabón de una cadena. Después de todo cuando tú me preguntaste si yo había tenido relaciones con esa mujer que arteramente me traicionó, yo te contesté con franqueza, sin tantos miramientos.

     --Sí, pero es otra cosa… ella es otra cosa--dijo Vilma.

     Luego se produjo un largo silencio que Vladimir dejó correr, porque notó que Vilma recuperaba la calma, que asimilaba el sentido de la conversación, que se esforzaba por superar un obstáculo en su mente, un tema que sin duda había sido un tabú en los últimos años de su vida. Luego Vilma dijo:

     --Bueno, estoy de acuerdo, una intimidad compartida es un eslabón que une. Estoy recordando tantas cosas que he leído. Pero ya que hablamos con franqueza y sin tapujos, dime una cosa: ¿Tú tendrías relaciones con una mujer lisiada?

     --Creo que la pregunta que quieres hacer es: ¿Tú tendrías relaciones sexuales conmigo? ¿No es así?

     --Bueno, supongamos que esa sea la pregunta –y las mejías de Vilma, de piel de durazno, se incendiaron.

    --Yo te contestaría que una y mil veces.

     --Pero ¡¿cómo?! –lo interrumpió Vilma-- ¿Si no has visto nada de mi, si apenas nos conocemos?

     --Es cierto, pero mira, yo no te he buscado con la intención de tener sexo contigo. No, te he buscado y me encanta estar contigo por lo que tu eres, porque estoy descubriendo una mujer valiente, sincera, fuerte, que enfrenta y supera los infortunios que se le presentan, pero además eres una mujer hermosa, Vilma, atractiva y me gustas –dijo Vladimir y agregó--: Lo que debes saber es que tu sexualidad está viva. No la reprimas, no debes temer al rechazo, corre el riesgo y si se presenta, te juro que vale la pena y hay que saberlo enfrentar. Yo, por decirlo en alguna forma, también me sentí un lisiado, pero aquí—y se llevó la mano derecha al pecho, sobre el corazón--, pero me he recuperado con gran esfuerzo, eso sí. Y volveré a correr el riesgo de enamorarme. Déjame que te trate como a una mujer normal, no te pongas tú, de antemano, un aviso que diga ‘Soy una mujer lisiada’. Olvídate de eso. Vamos, te acompaño de regreso a tu oficina, se hace tarde.

     En el camino Vladimir le tomó la mano y luego del codo al entrar en el ascensor. Vilma no  esquivó el contacto, pero Vladimir percibió que estaba tensa. Al despedirse le dijo:

     --¿Vilma, paso por ti el sábado? ¿Vamos a algún lado y por la tarde vamos al cine? ¿Quieres?

     --Cómo, ¿pasarías por  mí a mi casa? –preguntó Vilma sorprendida.

     --Claro, me gustaría que pasemos juntos el sábado.

     Vilma aceptó y le dio su dirección. Luego, mientras Vladimir se alejaba, lo llamó y le dijo:

     --Disculpa el exabrupto, allá en la cafetería. Tienes razón en muchas cosas, Vladimir, pero quiero confesarte, y por favor compréndeme, tengo un miedo espantoso a tener una relación sentimental que pensé que jamás podría tener. Bueno, no me hagas caso, nos vemos el sábado.

     Por la noche, en la soledad de su recámara, Vilma estaba emocionada, sentía como si flotara, no podía dar crédito a esa sensación de alegría que le invadía. “¿Podría ser que me estoy enamorando?”, se preguntó. Sin embargo, no podía dejar de sentir un profundo temor. La conversación con Vladimir le había removido ciertas cosas en su mente, como anclas que no la dejaban salir a flote, que le dificultaban actuar libremente. Por primera vez alguien, y no cualquiera, sino un hombre apuesto, atractivo, que a pesar del descalabro amoroso que había tenido, podía elegir una mujer hermosa, “completa”, en el momento que quisiera, le hablaba de sexualidad, de atracción física y de los valores que como ser humano apreciaba en ella. “Esta alegría que siento y este temor que me atormenta son sentimientos opuestos, se decía, encontrados, chocan entre sí y me abaten, me debilitan. Tengo que vencer este temor, esta inseguridad”. Recordó las palabras de Laura, percibir, sentir, actuar… cumplirlas era vivir. Y pensaba que efectivamente su sexualidad estaba viva, ella misma se había desahogado en silencio, sola, resignada a que esa sería para siempre su forma de experimentar el placer del sexo. “Ah, y no he hablado de estos encuentros, de esta relación, con mis tíos Amanda y Gilberto, se decía mientras se la cerraban los ojos, tengo que hablar con ellos lo antes posible, así como mantenerla en secreto, aquí en la casa”, y se quedó dormida haciendo una V con el dedo índice y medio de la mano derecha.

     El sábado Vilma dijo a su madre que estaría fuera toda la mañana, tenía cosas que hacer, y quizás el resto del día  lo pasaría con la tía Amanda. No quería que la importunara con preguntas. Vilma esperó a Vladimir frente a su casa, llevaba puestos unos pantalones deportivos tipo pants muy holgados pero que se ceñían apretados en la delgada cintura, una sudadera, zapatillas de tenis y un gorro con visera que por la parte de atrás dejaba salir un mechón de cabello  castaño en forma de cola de caballo. El bastón lo sostenía en la mano derecha, dándole vueltas, haciéndolo pasar entre los dedos como prestidigitadora.

     En el momento que llegó Vladimir y se bajó del coche para saludarla, lanzándole un par de piropos, apareció Carolina, ya una linda mujer de veintitrés años, ojos risueños, de cara redonda y salpicada de pecas que le daban un aire infantil. Se acercó a ellos  y Vilma le presentó a Vladimir. Quedó con la boca abierta, sorprendida, mirándolo de arriba abajo. Mientras se alejaban en el coche, Vilma vio que su hermana se despedía con la mano levantada, paralizada como una estatua y con una mirada que denunciaba una incontrolable curiosidad. “El secreto, pensó Vilma, no durará mucho”.

    --Tú hermana es muy hermosa, tiene un aire griego y de inocencia contagiosa. ¿Qué hace?—preguntó Vladimir.

    --Pues nos ha sorprendido a todas, no sé si por la influencia de algunos programas de televisión o de alguna amiga, pero se ha empeñado en estudiar para chef, alta cocina, licenciada en gastronomía, ¿lo puedes creer? Alicia, mi hermana, que según ella decide el destino de todas, se puso furiosa al principio, le dio como un patatús, no la bajaba de cocinera, pero ahora que Mario, el marido de mi tía Fernanda, le consiguió un trabajo bien remunerado en un restaurante de Polanco, ya no la humilla con sus indirectas. Y resultó ser una excelente chef. Así como la ves, inocentona, con ese aire de niña incapaz de matar una mosca, en la cocina es una verdadera artista.

    Vilma le propuso a Vladimir que fueran a dar un paseo al Bosque de Chapultepec, lo que él aceptó encantado pues hacía años que no visitaba ese lugar, que de niño le fascinaba y se le figuraba una verdadera selva.

     --Pero después –dijo Vladimir--, comemos algo y vamos al cine, nos invitan Bulmaro y Laura. En la Cineteca están pasando una retrospectiva de la obra de Ingmar Bergman y hoy  dan Gritos y Susurros y mañana, si quieres, vamos a ver Fanny y Alexander. ¿De acuerdo?

     --De acuerdo –dijo Vilma--. Agenda completa.

     Caminaron lentamente, disfrutando el paseo por las veredas bajo la sombra de los enormes árboles. Vilma caminaba con soltura, apenas se notaba que cojeaba, y jugueteaba con el bastón sin necesidad de apoyarse en él. Comentó a Vladimir que en ese lugar fue donde estuvo con su padre días antes del accidente. Ella tampoco había vuelto a ese apacible parque y se sentía feliz que estuvieran juntos ahí.

     --Aquí mi padre comenzó a hablarme de unos presentimientos que tenía, unas señales raras que notaba y luego sucedían cosas que él relacionaba con esas señales. A propósito –continuó Vilma--, el día que te vi por primera vez también observé una señal, un destello luminoso y fugaz alrededor de tu cabeza. Primera vez que percibo algo así en mi vida. O quizás fue sólo imaginación. No lo sé.

     --A veces los presentimientos o premoniciones se dan porque se invocan –dijo Vladimir.

     Después Vilma comenzó a hablar de su familia. Le contó a Vladimir:

     --Es un poco grande y hay algunos personajes con ideas extravagantes, otros con caracteres complicados y dominantes, y también personas que son maravillosas –. Luego agregó--: Quizás no tenga motivo para estar orgullosa de mis abuelos o bisabuelos, como tú, pero hay de todo, como en botica.

     Le habló de la abuela y de su descabellada teoría del predominio de las hormonas femeninas sobre las masculinas, lo que en principio le hizo mucha gracia a Vladimir, sin embargo Vilma aclaró que en el fondo se ocultaba una actitud de menospreciar a los varones de la familia, desde su marido hasta los yernos y de tomar muy a la ligera el aspecto sexual y los embarazos de sus hijas. Y tiene un carácter tan aplastante y dominante, le comentaba a Vladimir, “que mi abuelo, un viejo simpático de setenta años, cariñoso, tranquilo, ha comentado más de una vez que ha cometido en su vida dos faltas mayores y una menor. Las mayores fueron el haber dejado embarazada a mi abuela a los diez y nueve años, de mi tía Fernanda, cuando él tenía veintidós y estaba estudiando ingeniería; y el haber recibido ayuda de la familia Colette para sostener a su mujer e hija mientras concluía la carrera, cosa que le restregaron en la cara toda la vida. La menor fue un fallido suicidio, cuando tenía treinta años y tres hijas pequeñas, que para él fue como un acto de rendición ante la vida insoportable que le hacía su mujer. Si ya le criticaban la ayuda recibida y por ser un empleado de Gobierno sin futuro, con ese fallido suicidio perdió el poco respeto que aún le tenía la familia Colette y aún hoy, a esa edad, tiene  que soportar todo eso”, concluía Vilma. Después de un breve silencio agregó: “Pero esa frivolidad de la abuela y ese carácter dominante los ha heredado sobre todo su hija Fernanda, mi tía, con graves consecuencias para sus hijos Mauricio y  Pablo, ya hombres de veintisiete y veintiséis años, quienes viven aún con sus padres, bueno con su made y su padrastro, que sólo piensan en divertirse, no tienen  una profesión y han arrastrado al vicio a su media hermana Marcela, una linda muchacha de veintidós años. Estoy segura, decía Vilma, que es una drogadicta. Piensa tú, a esa edad. Y me da vergüenza decírtelo, más bien me duele en el alma, pero además Fernanda tiene una gran influencia en mi hermana Alicia y aún en mi madre. Las manipula a su antojo. Y no te puedes imaginar el daño que me hacho mi hermana Alicia. Todo lo que he tenido y tengo que soportar. Se avergüenza de mí, me humilla en cuanto se le presenta la oportunidad. Y me preocupa mucho la situación de Carolina. Yo me he defendido  y he salido adelante, pero quiero que Carolina deje ese ambiente que en verdad es perverso, te envenena. Si bien ya es mayor, corre mucho riesgo bajo la influencia de Alicia”, concluyó Vilma. 

     Mientras Vilma contaba estas cosas de su familia, como una manera de abrirse y que Vladimir conociera quien era y de donde venía, llegaron a la Calzada de los Poetas y en el kiosco remodelado pidieron dos jugos combinados de naranja y papaya. Se sentaron en la banca, frente a la glorieta que aún era  atendida con esmero, que presentaba un maravilloso conjunto de rosas. Vilma dijo:

     --¿Te estoy aburriendo con todo esto, verdad?

     --No, para nada. Pero sí estoy sorprendido y qué te puedo decir, pues lo siento por ti, sinceramente.

     --Bueno, afortunadamente he tenido la suerte de tener dos tíos que son maravillosos y sus hijos estupendos muchachos. Ellos en verdad han sido mi  familia y gracias a ellos he podido analizar, comprender y sobrellevar la actitud de mi hermana. Pero hablemos de otra cosa para que este paseo nos relaje y estas flores nos alegren el día –dijo Vilma.

    Esa noche, ya en casa, Vladimir seguía conmovido por el relato de Vilma y sintió la necesidad de contar a su hermano los conflictos que Vilma tenía con su familia, en particular con el comportamiento de Alicia. Le comentó que había conocido a Carolina, una mujer de verdad hermosa, de una mirada trasparente, que reflejaba un alma pura, que era todo una chef, con gran vocación por la alta cocina, que vivía bajo la férula de esa hermana arpía. “Esa mujer sí que necesitaría un buen tratamiento, una terapia a fondo. La típica forma de asumir y ejercer el poder, sobre la obediencia, la subordinación y el sometimiento de los demás…”, concluyó Bulmaro.

   

 

*****

Esa tarde, después del cine, se despidieron de Laura y Bulmaro y Vilma pidió a Vladimir que la dejara en casa de sus tíos Amanda y Gilberto, porque quería hablar con ellos. Cuando llegaron al domicilio  de los tíos, que vivían a pocas cuadras de la casa de Vilma, también en La Condesa, hermosa zona de la ciudad que una vez, en tiempos de la Colonia, fue una extensa hacienda de la Condesa de Miravalle, Vladimir esperó a lado de Vilma que le abrieran la puerta. Abrió Amanda que al ver a Vilma acompañada, dijo:

    --¡Pero qué sorpresa, Vilma! Y ¿quién es este caballero?

     Vilma le presentó a Vladimir y Amanda insistió en que pasara para que conociera a Gilberto. Vladimir entró y aceptó quedarse para disfrutar un vodka tonic que le ofrecieron. Mientras Vilma reseñaba  la película, que la había impactado profundamente y Vladimir la observaba como rebosaba de emoción al narrar cada detalle, Amanda y Gilberto se lanzaban miradas furtivas, pues percibían que detrás del impacto que la película había producido en Vilma, sus expresiones, su tono de voz, su exaltación, demostraban que algo más, alguna misteriosa transformación, tenía lugar en el corazón de su sobrina. Poco después llegaron Sergio y Claudia y comentaron que estaban enterados de ese ciclo de películas que exhibía la Cineteca. Entonces Vladimir, en un gesto de súbita simpatía hacia ellos, los invitó a que fueran con Vilma y él al cine al día siguiente. Este gesto dejó a Vilma maravillada, encantada por ese don de gente que tenía Vladimir.

     Esa noche, cuando Vilma regresó a su casa,Eleonora, mostrando una curiosidad desmedida, le preguntó acerca de ese señor de edad y bien parecido que había pasado por ella en la mañana, según le había dicho Carolina, quien, esa noche, junto con Alicia, había salido  con sus primos a una fiesta o a una “disco”. Vilma brevemente le comentó a su madre como había conocido a Vladimir, que habían salido a tomar café, que era una persona muy educada, respetuosa, en fin todo un caballero.

--Pero hija –le dijo la madre con un tono de voz casi al borde del llanto, que pretendía transmitirle su gran preocupación--, debes tener cuidado. ¿Cómo sales así, de buenas a primeras, con un desconocido? ¿Qué planes tendrá ese señor? Tú no tienes experiencia. Y si es todo un caballero, como dices, yo creo que eso no es para ti…

--¿Por qué dices eso, mamá? –intervino Vilma molesta--. Te estoy diciendo

que se llama Vladimir, se llama Vladimir Blum y si es un caballero ¿por qué debería alejarme de él?. Además ¿por qué ahora te preocupas tanto por mí, a mis veinticinco años y no te preocupas por Alicia que frecuenta amistades no confiables, aunque sean los primos, y dejas que Caro vaya con ellos?

     --No, yo me refiero a eso de tener novio, a eso de casarse y tener hijos…Si es un caballero, si es serio, si te propone algo, como lo vas a enfrentar, ¿qué vas a hacer…?

    Vilma lanzó una mirada fulminante a su madre y murmuró: “Bueno, estoy cansada mamá, mañana hablamos…”, y se fue a su recámara.

     El domingo, Vilma dejó una nota a su madre diciéndole que saldría con Vladimir y regresaría hasta la noche. Vladimir pasó por ella, quien lo esperaba en su tenida deportiva, dando volteretas al bastón. Dieron un largo paseo por el Desierto de los Leones y entre descanso y descanso Vladimir le comentó que su padre era uno de los directivos de una de las más grandes tiendas departamentales del país y que por su oficina pasaban todos los pedidos de los productos franceses que en ese establecimiento se vendían. Era una persona muy culta y tranquila, y encontraba tiempo para pintar, su pasatiempo preferido. Su madre era ama de casa, tenía la afición a la lectura, pero en forma sistemática, organizada, haciendo apuntes, notas y comentarios, así es que era una increíble fuente de información sobre autores, obras, estilos, géneros, sobre todo mexicanos.  “Ya les he hablado de ti, dijo Vladimir, tienen mucho deseos de conocerte, y mi hermano les ha contado que eres una persona maravillosa. Me preguntaron por tú familia pero yo esa opinión me la he reservado. Si tú quieres hablar de ello, lo harás. Pero sí les he hablado de Carolina, te confieso que en verdad tu hermana me ha impresionado, y comparto contigo esa preocupación de depender en muchas cosas de Alicia”. Luego comieron sopa de hongos y tlacoyos y recorrieron el Convento.

     Hacía frío esa mañana en esa zona boscosa, entre esas paredes recubiertas de musgo que encerraban historias y secretos. Vladimir, viendo que Vilma se frotaba las manos, le pasó el brazo por los hombros y ella sintió por primera vez el contacto cercano de un cuerpo varonil, un olor masculino que penetró profundamente en ella, una protección que tanto había deseado. Se detuvieron un momento bajo uno de los enormes arcos, Vladimir se colocó frente a ella, le puso un dedo sobre los labios y le dijo: “Vilma, no hables, no razones, no juzgues, sólo cierra los ojos y entrégate”. Y la besó tiernamente, acariciándole las mejillas y el cuello. Después se miraron y Vilma sintió que estaba despertando de un sueño, un escalofrío recorrió su cuerpo, como aquel de aquella mañana cuando sus miradas se cruzaron por un momento, y le dio la impresión que estaba levitando. Abrazó a Vladimir y hundió su rostro en su pacho y lloró de felicidad. Luego caminaron en silencio, abrazados, no había nada que decir. El contacto de sus cuerpos, el verdor intenso, la vegetación desbordante que los aislaba del mundo, su propio  silencio, lo decía todo.

     Por la tarde pasaron por Sergio y Claudia para ir al cine. En la noche, de regreso a la casa de los tíos, Amanda y Gilberto los esperaban con bocadillos y bebidas: té helado, café o vodka tonic, a escoger. De nuevo se produjo una animada conversación, se hicieron comentarios sobre Fanny y Alexander y se hicieron planes para asistir al siguiente ciclo de películas de Antonioni. Y la velada fue muy animada, cálida y familiar. Luego Vladimir dejó a Vilma en su casa y al despedirse quedaron de verse el lunes en la mañana en las oficinas de la empresa publicitaria en otra importante reunión porque el proyecto de que la empresa manejara la cuenta de promoción del producto del que ya se había hablado iba por buen camino. “Y después de la reunión nos escapamos y vamos al Toscana, ¿de acuerdo?”, dijo Vladimir, mandándole un beso con la mano.

     --De acuerdo –dijo Vilma sonriente--, agenda completa.

 

 

*****

En la casa se encontró con su madre y Alicia, que la esperaban impacientes. Carolina para evitar esos enfrentamientos de familia, acostumbraba antes de la tormenta refugiarse en su habitación.

     --Oye –la abordó de inmediato Alicia, muy seria--, me contó mi mamá que estás saliendo con un hombre que parece un gigoló.

    Vilma quedó sorprendida, como quien es víctima de una emboscada, y tras un breve silencio repuso con voz incrédula

     --¡¿Cómo un gigoló?! ¿Tú sabes lo que es un gigoló?

     --Claro, por eso te lo digo –repuso Alicia agresiva--. Ten cuidado porque en tus condiciones lo que podría pretender un tipo como ése es que lo mantengas, lo que busca es tu dinero.

     --No sabes lo que dices, Alicia, me gustaría presentártelo para que veas que…

     --No, gracias, para qué –la interrumpió Alicia extendiendo los brazos y con las palmas de las manos hacia Vilma en un gesto de rechazo--. A mi no me gusta ese tipo de hombres. Mira, es difícil que se interese por ti como mujer, seamos francas, y ¿entonces qué puede pretender? Pues lo que te estoy diciendo.

     --Creo que te equivocas, Alicia, eso es un prejuicio, no, peor, es un insulto.

     --No Vilmita, es experiencia en estas cosas de hombres que tú no tienes. Si no has tratado a ningún hombre antes, cómo de  buenas a primeras…

     --Pues quizás haya sido suerte o una atracción de espíritus compatibles.

     --No me vengas con historias y fantasías –dijo Alicia haciendo muecas con la boca--. Pero mujer, ve la realidad: ¿sabes si es casado, divorciado o qué?

     --Es soltero, vive con sus padres, se llama Vladimir Blum, tiene un buen empleo, ¿qué más quieres que te diga?

     --¿Por qué ese señor Blum es soltero y no tiene novia a esa edad, y con ese físico que tiene, que dejó a Caro con la boca abierta? O es maricón o te oculta cosas.

     --Pues en este poco tiempo de conocerlo, tengo confianza en él y no es nada de lo que tú dices. Y además no sé que quieres decir con eso de “a esa edad” si es un año o poco más mayor que yo. Dime Alicia, ¿cuál es tu problema? –. Explicó Vilma, mientras en su fuero interno se decía: “Paciencia, calma, no caigas en la trampa…”.

     --Mira, yo veo que te va a pasar lo mismo o peor que a la tía Fernanda con Ramón –dijo Alicia--. En tu caso, claro, hasta veo difícil que haya un arrebato pasional, como dice la abuela, pero si lo llegara a haber, todavía suceden milagros en este mundo, te va a dejar con un hijo y te va a explotar. Pero, pensándolo bien, ¿no será que es un degenerado, que busca sexo anormal o en tus condiciones sólo te quiere hacer un favor? Vete con pies de plomo, bueno, con pié de plomo…

     Vilma entrecerró los ojos, movió la cabeza de un lado a otro, fastidiada y la dejó hablando sola. Se fue a su habitación, sin enojo, sin resentimiento, sólo triste. Se encerró en su cuarto, se tocó los labios, recordó el olor varonil que la había excitado, el beso que fue como un sueño y se dio cuenta que tenía como una coraza, un escudo, que esos dardos ponzoñosos ya no le hacían mella. Su espacio, su autonomía que le permitía existir estaba a salvo. “Pero cómo degradan esos insultos a quienes los lanzan”, pensó, y sintió una profunda lástima por su hermana.

    Alicia, ofendida en su orgullo, en su posición de ama y señora de su casa y de quienes en ella habitaban, de inmediato buscó el Directorio Telefónico y localizó el apellido Blum. Había doce referencias y comenzó a marcar el primer número y al escuchar la voz que respondía al llamado, preguntaba: “¿Podría hablar con Vladimir Blum, por favor?”. Fue al quinto intento cuando quien le respondió dijo: “En este momento no se encuentra, pero si quiere déjeme un mensaje, yo soy su hermano”. Alicia ordenó con voz estridente: “Bueno, mire, dígale a su hermano que no se acerque a mi hermana Vilma, que no la busque,que la deje en paz, que no se meta con ella, dígale eso, él sabe a quien me refiero, de que Vilma hablo..”.

    --¡Oiga, un momento!– dijo Bulmaro con voz pausada, incrédulo de lo que acababa de oír--, si no me equivoco usted es Alicia y debe saber que yo también sé a cuál Vilma se refiere, yo la conozco, y sé algo de usted también. Lo que no llego a comprender es que usted pretende prohibir a Vilma y a mi hermano que se vean, que se traten. Pero ¿tú sabes lo que estás diciendo? Ellos son adultos y creo…  

    --No me importa lo que usted crea y no me tutee. Yo lo que hago es proteger a mi hermana, si la conoce como dice, sabrá que es lisiada y cualquiera puede aprovecharse de ella, es una mujer sin experiencia, no sabe nada de la vida… hola… hola… Este estúpido me dejó hablando sola… me colgó… ¡Qué gente!…”.

     Esa misma noche Bulmaro le refirió a Vladimir el incidente provocado por la llamada de Alicia y Vladimir le dijo que a pesar de los comentarios de Vilma sobre su hermana, le sorprendía esa actitud de ésta, se daba cuenta que su problema mental era más grave de lo que se imaginaba. Pero, dejando de lado esa intromisión, Vladimir le dijo a su hermano que necesitaba hablar con él.

     --Hoy sucedió algo especial con Vilma –le dijo--. Nos besamos, sentí su cuerpo junto al mío, su fragilidad y su fortaleza, su llanto en mi pecho. Me emocionó mucho sentirla tan cerca.

     --Me alegra –dijo Bulmaro--. Pero ¿cuáles son realmente tus sentimientos hacia ella?

     --Siento cariño por ella, afecto, es una persona valiosa, maravillosa –contestó Vladimir--. Pero lo que te quiero decir es que el temor que ella ha sentido de ser rechazada debido a su condición física, es quizás el mismo temor que he padecido yo luego de ese descalabro amoroso que tuve. Pero al tratar a Vilma, en un inicio fui sintiendo una seguridad de que no iba a ser rechazado por ella porque yo podría haber sido la única esperanza para ella de tener una pareja. Hoy percibí que ella ha superado su temor, se entrega y en esa entrega muestra una fuerza de espíritu poderosa y una gran ternura. Mi pregunta, mi duda ahora es: ¿qué me está uniendo poco a poco a ella, seguridad o enamoramiento?

     --Por lo que me has contado de Vilma y por lo que me dices, creo que te toca a ti aprender de  ella –dijo Bulmaro--. En primer lugar debes ser sincero contigo mismo: ¿la aceptas sin reserva alguna así como es, quiero decir lisiada? En alguna medida, ¿crees que esa situación pone en entredicho tus sentimientos?

     --No, su condición, y lo he sentido desde un principio, no es ningún impedimento para quererla, y cada vez estoy más seguro de ello. En verdad ahora lo descubro y no dejo de asombrarme, es una mujer completa y siento que lo de menos es que le falte media pierna. El problema es mío, de aquí –y se tocó con el índice de la mano derecha la sien.

    --Entonces tienes que sacudirte ese vestigio, ese residuo de temor a ser rechazado que aún te queda, esa inseguridad que todavía arrastras. Vilma no es tu tabla de salvación como si fueras un náufrago, como si buscaras una garantía a no ser rechazado y tampoco tú lo eres para ella. Por otra parte, y permíteme que te lo diga con estas palabras: no seas pretencioso, soberbio o como decirte, arrogante, de considerarte la única y exclusiva oportunidad y alternativa para una mujer como Vilma. Considérala una mujer completa, porque lo es, como tu mismo lo dices, no te digas en tu fuero interno ‘Vilma, no tienes la posibilidad de rechazarme porque para ti  soy el único, tu salvavidas’. Si de verdad la admiras, si reconoces sus valores como ser humano, si te atrae como mujer, ya ve haciendo camino andando, es decir toma decisiones, no pierdas el sendero con titubeos.

 

*****

Un día de la semana siguiente, cuando estaban en el Toscana, Vladimir le dijo a Vilma que quería que su familia la conociera. Que el siguiente domingo la invitaba a comer a su casa. “Pero además, le dijo, si no tienes inconveniente, el sábado quisiera mostrarte el departamento que tengo. Además, ya es hora de ventilarlo y de remover el polvo con un plumero, lo levanto de un sitio y se deposita en otro.  ¿Me acompañas?”.

     --De acuerdo –dijo Vilma--. Agenda completa.

     Durante la semana se reunieron otras dos o tres veces y Vilma se mostraba cada vez más cariñosa. Sus rasgos femeninos resaltaban, su risa era contagiosa, así como su alegría al disfrutar todas las cosas que la rodeaban. Un día dijo:

     --Vladimir, la vida es en verdad corta, la vida en que podemos disfrutar de ella plenamente, con todas nuestras emociones palpitando, con todos nuestros sentidos vibrando. Yo sé que a cualquier edad la vida es hermosa, o debería serla, pero yo me refiero a esos años que son como el núcleo, cuando cada día es una experiencia nueva, un aprendizaje, colocamos un ladrillo sobre otro. Y parece como si nos empeñáramos en desperdiciar precisamente esos años maravillosos, nos perdemos en cosas que quizás son necesarias en la vida, sí, pero no relevantes, no sabemos jerarquizar, no sé como explicarme…--Una vez leí que el rico no es el que más tiene sino el que menos necesita. Vladimir, eso significa que al dejarnos manipular por esta sociedad consumista en que vivimos, perdemos la capacidad del libre albedrío. Nos van creando necesidades desde afuera, intencional y artificialmente, no porque respondan a la satisfacción de ciertas necesidades vitales. Lo veo en mi hermana y en mis primos Mauricio, Pablo, Marcela y sus amigos, pasan los años cruciales de sus vidas entre frivolidades, entre “antros” y amoríos superficiales. Creo que gracias a mi situación física estuve alejada de ese ambiente, pude comprender ciertos valores fundamentales de la vida. Ahora puedo decirte que después de todo fue una bendición quedar en este estado y no digamos el haberte conocido…

     --Sí, te comprendo, Vilma. Además se nos van los años en la rutina del trabajo, en las preocupaciones cotidianas que las exageramos, en hacer más y más dinero, eso se convierte como en un  fin de nuestra vida.

     --Te contaré una cosa. Un día un monje budista le dijo al Lama del monasterio que él rezaba y meditaba cinco horas al día, y le preguntó: ¿En cuanto tiempo podré alcanzar el Nirvana? El Lama le contestó que en diez o quince años. Entonces el monje le preguntó: ¿Y si rezo y medito diez o doce horas al día, en cuánto tiempo lo lograré? A lo cual el Lama le contestó que en treinta años o nunca. Yo pienso que le quiso decir que el estado de gracia se alcanza viviendo, sin enajenarse. Como decimos aquí, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. ¿No te parece?

                                                                                       *****

El sábado, en sus tenidas deportivas, los dos llegaron al departamento. Vilma iba con  mucha curiosidad por conocer ese lugar que un día fue parte del sueño de amor de Vladimir. Le encantó la ubicación, el tamaño, la orientación y la distribución del departamento y alabó el buen gusto de Vladimir, si  bien ella, le dijo, haría unos pequeños cambios, le daría un toque de coquetería, lo haría más acogedor: “Pero su decoración debe ser como un eslabón que una el espacio físico habitable con la satisfacción espiritual de quien lo vaya a ocupar, con la satisfacción del descanso, de  la meditación, de recogimiento. Que te diré, una especie de Feng Shui autóctono. Bueno, ideas de mi padre” dijo Vilma.

     Agotados, por la tarde, Vladimir dijo a Vilma que era necesario dejar una “buena vibra” en se lugar, que ella era la primera mujer que entraba ahí y sólo le pedía un beso, porque se sentía rodeado por esa fuerza magnética, espiritual y mística que había sentido en el Convento del Desierto de los Leones. Se besaron apasionadamente, Vladimir rodeó la cintura de Vila con sus brazos y la elevó sin esfuerzo para que sus bocas se unieran. En ese trance Vilma, con los ojos cerrados y sus labios en los labios de Vladimir, sintió entre sus muslos el miembro endurecido de Vladimir y percibió u hormigueo que le corría del pecho a la pelvis. Estaba excitada, con los brazos sobre los hombros de Vladimir y los antebrazos fundidos en su cuello, apretaban su boca contra la suya y sus parte más íntimas se humedecían. Vladimir por un momento fue tentado de llevarla al dormitorio, de extenderla sobre la cama y hacerle el amor, pero se contuvo, lo llenó la felicidad que sentía en ese momento, su erección y la respuesta de Vilma, y pensó sus temores se desvanecían y recuperaba plenamente el sentir de su sexualidad. Ambos tuvieron que hacer un esfuerzo para que el beso quedara en beso. Cuando poco después estaban comiendo, Vladimir le tomó la mano a Vilma y le pidió que hiciera las modificaciones y arreglos que considerara conveniente en la decoración del departamento. Y Vilma aceptó de buena gana.

     Al día siguiente la comida en casa de los padres de Vladimir fue una revelación para éstos, pero también para la misma Vilma. Ella era desenvuelta, se expresaba bien, se entendía a las mil maravillas con María, la madre de Vladimir, en cuanto al efecto maravilloso que produce el hábito de la lectura, a los mundos inimaginables que lleva al lector, y no se mostró pedante al mencionar la admiración que sentía por los autores franceses del siglo xix, por la Yoursenar y la De Beauvoir. Sorprendió a todos cuando mencionó que una lectura de una obra no es suficiente para comprender todo el bagaje que encierra en sí misma. “Me refiero, por ejemplo, a Madame Bovary, dijo. Cuando leí La Orgía Perpetua de Mario Vargas Llosa, me dije ¿donde tenía yo la cabeza cuando leí esa obra de Flaubert? ¡Descubrí tantas cosas que había pasado por alto! Gracias a Vargas Llosa comprendí a Flaubert como autor; al tiempo y el ambiente en que vivió; y a Emma como personaje. Pobre Emma, para ella el amor y el dinero se confunden en un mismo placer, el drama de esa mujer es no ser libre por su condición de mujer y hasta llega a adoptar actitudes varoniles para liberarse, pero con ello se condena”.

     Los padres de Vladimir quedaron admirados y Vilma sintió en esa casa el mismo ambiente acogedor, familiar, que en casa de su tía Amanda. Volvió a visitar a la familia Blum varias veces, mientras con Vladimir hacía las modificaciones de la decoración del departamento y compraban adornos, manteles, toallas y el resto de las cosas necesarias como si en secreto seguían un impulso compartido. En una de esas visitas a la casa de los padres de Vladimir, Gerard le dijo a Vilma que había escrito una carta a su hermano Charles proponiéndole que contratara para el restaurante del hostal a Carolina. “No es nada seguro, dijo Gerard, pero mi hermano tiene un buen restaurante y creo que un toque de cocina mexicana no le vendría nada mal a ese lugar. Yo te haré saber que decide y luego depende de Carolina si acepta o no”, concluyó Gerard.

                                                                                          ******

Una tarde Vladimir le propuso a Vilma que vivieran juntos, que el departamento estaba listo para acogerlos. “¿Y tu crees, Vilma, que nosotros estamos listos para vivirlo y disfrutarlo juntos?”.

     --Qué bueno que esta vez preguntaste mi opinión, Vladimir. Si me hubieras dicho ‘Vilma, este sábado nos cambiamos y viviremos juntos en ese departamento, ¿te parece?’, ten por seguro que esta vez no te habría dicho ‘De acuerdo, agenda completa’. Yo Vladimir, sería feliz de vivir contigo. Me siento preparada, lista, pero no como una prueba, como un experimento, debe ser definitivo. Y tu ¿qué contestas a tu pregunta y qué piensas de lo que te propongo?

     --No esperaba menos de ti, Vilma. Estoy de cuerdo –dijo Vladimir--. Y agregó--: Agenda completa.

     Esa misma noche fueron a casa de Amanda y Gilberto para comunicarles la decisión que habían tomado. Vilma quería que fueran los primeros en conocerla. Estaban eufóricos y nerviosos a la vez. Los tíos celebraron la noticia y les dijeron que ellos consideraban que estaban hechos el uno para el otro y que no dejaran de invitarlos, cuando fuera oportuno, para conocer el lugar en el que compartirían sus vidas. El domingo Vladimir  llevó de nuevo a Vilma a su casa a almorzar y al final de la comida comunicaron a sus padres la decisión que habían tomado. Gerard y María estaban muy emocionados, pues a pesar de las artimañas de Vladimir y de Bulmaro para que no se enteraran del tropezón amoroso que aquél había tenido, notaron por mucho tiempo en su hijo una tristeza que ellos supieron interpretar muy bien, sin entrometerse en lo que consideraron un asunto que su hijo debía resolver y superar por sí solo. Gerard hizo un brindis y dijo que en nombre de María y del suyo les obsequiaban un viaje a Francia, para que disfrutaran en ese país grandioso de sus ancestros la primera o segunda luna de miel, como mejor les acomodara. Que no fueran a deshacer las maletas todavía. Vilma dio un sonoro beso en la mejilla de María y de Gerard y les dijo que eran unas personas maravillosas por haberla acogido con los brazos abiertos, que se sentía feliz en su compañía y “tu eres un ser especial, Bulmaro, dijo, Vladimir me ha comentado los consejos que le has dado. Soy feliz de que seas mi cuñado”.

     Durante la semana llevaron sus respectivas pertenencias al departamento. El viernes por la noche se pertrecharon de lo necesario en cuanto a comestibles y bebidas y el sábado en la mañana Vilma se despidió con un abrazo y un beso de su madre y de Carolina y con un gesto de la mano de Alicia, quien la miraba despectiva.

     Ese día comieron en su propia casa, luego se sentaron en la sala para tomar un café y un digestivo, mirando a su alrededor, incrédulos de estar ahí, el uno al lado de otro, tomando conciencia que de ahí en adelante sus vidas estaban en sus manos. Desde ese momento dejaban atrás sus propias historias y comenzaban una nueva, esa era la primera página.

    Vladimir le dijo a Vilma que deseaba darle un masaje, para que se relajara porque sin duda estaría tan nerviosa y tensa como lo estaba él. Mientras Vilma lo observaba, Vladimir cerró las persianas de la recámara, puso un pañuelo sobre la lámpara de la mesa de noche para tener una luz tenue, puso música y  pidió a Vilma que se desvistiera y que le mostrara como se quitaba el aparato ortopédico, porque quería verlo. Y Vilma se desvistió, se desabrochó las cintas que sostenían el aparato, sin ningún temor, sin inhibición, luego Vladimir le pidió que se acostara sobre las sábanas boca abajo. A  su vez se desvistió él y se colocó sobre ella a horcajadas y le dijo que sintiera, que se concentrara en cada parte del cuerpo que él le tocaría, que cerrara los ojos y se dejara llevar, y comenzó a darle fricciones largas a lo largo de la espalda, presiones con los pulgares en la base del cuello y a lo largo de la columna vertebral, amasamiento en los glúteos y en los brazos. Luego le pidió que se volteara, que continuara concentrada y le acarició suavemente los senos, luego deslizó las palmas abiertas en el vientre, poco más abajo del ombligo, mientras le susurraba al oído que ese era el hara, el centro de la energía corporal, el centro vital.

     Siguiendo el consejo de Vladimir, Vilma sintió cada parte de su cuerpo que era tocado, acariciado por las manos de él. Después, cuando Vladimir se deslizó sobre ella y la penetró con suavidad, tras un leve dolor, se relajó y le invadió la sensación de trascender a ella misma, de encontrarse en un estado de gracia y placer supremos, espiritual y físicamente. Esa primera experiencia fue la enseñanza para ambos de conjugar su sexualidad con el juego erótico, renovado cada vez al dejar libre la imaginación. Y de ahí brotó ese amor profundo que los unió.

                                                                                               *****

Poco más de dos meses después, un domingo por la mañana, Vilma llamó por teléfono a su madre para darle la noticia de que estaba embarazada. Pidió hablar con Carolina y además de darle la noticia le dijo: “Carolina, te tengo una sorpresa. El tío de Vladimir que vive en Francia te quiere contratar para que trabajes en el restaurante que tiene en Reims, un lugar maravilloso. Imagínate, la experiencia que podrías adquirir por allá. ¿Te animas a ir?”, le preguntó. Luego de un breve silencio se oyó un grito agudo, una especie de grito indio tras una victoria y en seguida dijo: “Claro Vilma , eso es maravilloso, he soñado con algo así, voy mañana a verte para hablar contigo, para ver de qué se trata, esa novedad me ha hecho explotar el corazón. Yo estoy lista para partir hoy mismo…”

    Luego llamó a su abuela y le dijo: “Soy la primera de tus nietas que queda embarazada, abuela, y no a los diez y seis o a los diez y nueve años, sino casi a los veintiséis y me han confirmado que es un varón, ¿qué te parece abuela?”. Y la abuela Virginia le contestó con su voz burlona: “Claro, hija, claro que va a ser un varón, yo ya lo sabía que iba a ganar él, ese muchachote que te conseguiste yo no se con qué arte de magia”.

     --Sí, abuela, con algo mágico que tu nunca llegaste a conocer, se llama deseo, deseo de amar y ser amada, de compartir, cortejar y ser cortejada, de entregarte para recibir, de dar rienda suelta a la imaginación cuando estás haciendo el amor. El amor no es un juego donde uno lleva los dados cargados o un as en la manga. El amor no acepta trampas, abuela. La cama, abuela, no es una ruleta, ni un hipódromo y mucho menos un cuadrilátero de lucha libre, como siempre has creído tu, donde has sometido al abuelo Ignacio y los dos han salido perdiendo. Abuela, si todavía deseas hacer algo por la familia, trata de salvar a tus nietos Mauricio, Pablo, Alicia y Marcela, hazlo, abuela, nunca es tarde si lo deseas.

     Y la abuela calló, porque no entendía de qué le estaba hablando Vilma

    Esa tarde en casa de Amanda y Gilberto, con los tíos y con  los primos, celebraron la noticia y por la noche cenaron en casa de los padres de Vladimir. Al terminar la cena, Bulmaro hizo un brindis por la pareja y por el retoño que venía en camino. Vilma lo interrumpió diciendo: “Quiero decirles que ese retoño ya tiene un nombre, se llama León, será León Blum, un digno heredero de su abuelo”.


(1) Familia de Vilma:

a)  Ignacio Ramos (1937) casado con Virginia Colette (1940), padres de:

b) Fernanda (1960), Eleonora (1962) y Amanda (1965)

c)  Fernanda y Ramón Ortiz (1961), padres de Mauricio (1980) y Pablo (1981); Fernanda y Mario Figueres (1955) padres de Marcela (1985)

d)  Eleonora y Carlos Rivera (1960-1997), padres de Alicia (1980), Vilma (1982) y Carolina (1984)

e) Amanda y Gilberto Borja (1960), padres de Sergio (1987) y Claudia (1989)

 

 

D.R. Dauno Tótoro Nieto