Los recuerdos de Aline
Querido amigo, tengo presente, a mis 83 años, tu visita a Nancy, durante tu recorrido por esta hermosa región de Lorena, en Francia, y el asombro que mostraste cuando te referí algunos recuerdos de mi adolescencia, cuando te mostré un par de medallas enmarcadas que bien iluminadas destacan en una pared de este local y no digamos cuando te presenté a mis hijas, Veronique y Sophie y a sus maridos que ahora, gracias a ellos, prospera y se moderniza este negocio. Me pediste con mucha insistencia que te escribiera, que te enviara a México, ese lejano y misterioso país (lo es para mi) una carta en la que narrara con detalles esa parte de mi vida. Lo hago con mucho gusto porque yo también te escuché emocionada y con interés, lo que tú me contaste de tu niñez. Tu vida en Archi, Abruzzo, si mal no recuerdo (se me escapan algunas cosas recientes pero no las del pasado), cuando aún sin cumplir los siete años viviste con tu familia y otras, en un refugio para protegerse de los bombardeos y luego me narraste la trágica muerte de tu hermana Magdalena, a los catorce años, herida por una esquirla y después tu traslado, sólo con tu alma y a los trece años, a México, al país de tu madre, donde vives desde entonces.
Amigo mío, vivimos esos años aciagos de la guerra y me animo a escribirte porque ambos compartimos ese sentimiento de impotencia y angustia que nos estruja el corazón por ser sobrevivientes, ese sentimiento atroz que la guerra deja en niños y adolescentes que han presenciado la matanza, han vivido el terror producido por la metralla y las bombas.
Por lo visto mi vida en esos años no corrió tanto peligro como la tuya. En mi caso, de entre la orfandad y el abandono yo encontré el camino que me salvó y me dio destellos de felicidad. Te contaré paso a paso como fue que salí adelante.
Como recordarás, el restaurante bistrot Pont Moselle,que tu visitaste hace un año o dos, se encuentra en la periferia de la ciudad de Nancy, encierra una peculiar historia de amor surgida del dolor y el abandono que los comensales que lo frecuentan y se deleitan con sus platillos desconocen.
Pont Moselle ocupa una antigua casa, que perteneció a mis padres, cuya fachada no tiene nada de extraordinario. Es de piedra cuadrada y cruda, de dos pisos: en la planta baja (rez-de-chaussée) se observa la entrada de arco apuntado y puerta de madera de dos hojas; además dos ventanas, una a cada lado. En las esquinas unos arbustos que crecen alborotados pero que en realidad son dos huele de noche. En el piso superior hay dos balcones con barandales, en éstos y en las ventanas de la parte de abajo, están sujetas, con soportes especiales, macetas de terracota rebosantes de claveles, las de arriba, y de nardos y gardenias, las de abajo. Desde el atardecer hasta avanzada la noche, cuando el restaurante abre su puerta a la selecta clientela, los huele de noche, los nardos y las gardenias inundan el local con su aroma penetrante.
El interior de la planta baja de la antigua casa ha sido remodelado. Entrando, a mano izquierda, instalamos el acogedor bar con tenues luces indirectas donde contigo pasamos varias horas en amena charla, y el resto del local lo ocupa el restaurante, con no más de quince mesas, recubiertas con manteles de cuadricula azul y blanca y quinqués, única fuente de luz que da un especial toque romántico al ambiente. Aunque conserva su aspecto rústico, no deja de ser acogedor. A primera vista tampoco el interior de este restaurante tendría nada de excepcional, sin embargo es renombrado y conocido no sólo en Nancy, sino en toda la región de Lorena por sus exquisitos platillos y por el paté de fois-gras, que es servido en una pequeña vasija de porcelana como entremés, por cortesía de la casa, y además por la variedad de postres, entre los que destaca el llamado “Lágrimas de Melissa”, en honor a la romana Melissa, el gran amor de quien después fuera San Sebastián. Este postre se sirve en una copa de boca ancha, contiene una base de mousse de chocolate amargo, una delgada capa de crema batida con trufas y encima dos marrons glacés, preparados en casa, bañados por unas gotas de coñac que resaltan, como si fueran lágrimas, el destello del azúcar cristalizado.
En un pequeño mostrador, cerca del bar, está a la venta, para los clientes que deseen adquirirlo, el paté Pont Moselle, cuya presentación tiene la sugestiva forma de una hermosa pera o de un seno joven en su temprano despuntar; es uno de los productos más apreciados en la región francesa de Lorena, Alsacia y alrededores. Es elaborado en forma artesanal, por manos expertas que, además del conocimiento del arte culinario, utilizan ingredientes seleccionados que producen en los corrales que se encuentran en la parte posterior de la casa y sazonan con especies y plantas de acuerdo con una receta que se ha transmitido por generaciones.
La historia que encierran esas paredes del restaurante Pont Moselle comenzó en 1943, con el sabotaje al tren nazi llevado a cabo en el lugar apropiado y en el momento preciso, que fue un gran éxito desde el punto de vista militar, aunque costó la vida de siete partisans y representó el inicio de las tribulaciones de mi vida.
El Comando Regional de Lorena-Alsacia de la Resistencia francesa, que operaba clandestinamente en Metz, y el combativo Comando de Grenoble, decidieron que el jueves 15 de abril de 1943 el tren que trasportaba provisiones y pertrechos militares para las tropas nazis que ocupaban el sur de Francia, debía ser saboteado. Para ello, el Comando Lorena-Alsacia eligió a siete miembros de la Resistencia, cuatro hombres (tres de ellos mineros con gran experiencia en el manejo de explosivos y mi padre, artesano) y tres mujeres, entre ellas mi madre, y les dio la orden de destruir el tren que hacia el recorrido Stuttgart-Estrasburgo-Nancy-Dijon-Lyon los jueves, y el viaje de regreso a Alemania, cargado con productos agrícolas, ganado, maquinaria y otros botines de guerra, los lunes. El Comando dejó en manos de los siete patriotas la elección de donde podría realizarse el sabotaje, donde ellos consideraran más conveniente, pero debía efectuarse precisamente el jueves 15 de abril.
Como me enteré años después, el Comando de Grenoble tenía previsto realizar ese día, en la madrugada, un ataque sorpresivo a las tropas nazis concentradas en Lyon, ataque que se efectuaría por dos flancos, con fuerzas agrupadas en el norte de Grenoble y otras provenientes de St. Etienne, con lo que se esperaba causar considerables bajas al enemigo y era absolutamente necesario impedir que llegaran provisiones, pertrechos militares y refuerzos desde Alemania. Si el enemigo se hubiese visto obligado a desplazar soldados y equipo bélico desde Marsella o desde el oeste, para reforzar la posición de Lyon, entonces se debilitarían otras plazas ocupadas y continuarían en ellas ataques en cadena.
Los siete patriotas, originarios de Metz y Nancy, conocían la región de Lorena como la palma de su mano. Por eso no demoraron mucho en decidir que el lugar más apropiado para el sabotaje era el puente ferroviario que cruzaba el río Moselle, a treinta kilómetros al noroeste de Nancy, conocido precisamente como Puente Moselle, pues era el tramo de vía férrea que causaría más daño al destruirlo y sería más difícil reparar por los invasores nazis debido a las laderas escarpadas. El río Moselle era cruzado por ese puente, sostenido por gruesos troncos y pilares de madera que se hundían en las pronunciadas laderas y en el agua y a veinte metros de él, lo cruzaba un puente peatonal extendido sobre un entramado también de pilares de madera que asemejaban un gran andamio para construcción de edificios.
Tomada la decisión, comenzaron los preparativos.
Yo, en ese entonces casi por cumplir quince años, acompañaba a mis padres, quienes comenzaron a examinar detenidamente la zona donde se ubicaba el puente. Haciéndose pasar por una familia de campesinos que vendía queso de cabra de casa en casa, cruzamos el puente peatonal varias veces para llegar a las casas y a los villorrios cercanos y hasta ofrecimos amablemente queso envuelto en hojas de higuera a los dos soldados nazis que día y noche vigilaban el puente. Fueron suficientes diez días para tomar nota de la estructura que soportaba la vía férrea y decidir la cantidad de las cargas de dinamita que sería necesaria para mandar por los aires ese puente. El tren lo cruzaba los jueves a las ocho y quince de la mañana. Cada noche, a partir del doce de abril, los tres camaradas expertos en explosivos se escurrieron sigilosamente como reptiles entre los soportes que sostenían el puente, mientras mi padre, a una cierta distancia de la ladera sur del río, dejaba correr los cables que serían conectados a la caja detonadora. Las cargas de dinamita fueron colocadas en puntos clave. El miércoles catorce por la noche, cada uno de los partisans tomó su posición: dos aseguraron los cables en los bornes de la caja detonadora y quedaron a cargo de ella; cinco se apostaron con sus respectivas armas entre los arbustos río arriba y río abajo para eliminar a los guardianes una vez que el puente hubiese sido destruido, pues seguramente habrían ido a la búsqueda de los autores del sabotaje. Todos quedaron a la espera del momento preciso. La noche transcurría lenta, tranquila y silenciosa.
Yo, con el canasto a un lado y una frazada sobre los hombros para protegerme del frío de esa noche de inicio de primavera, esperaba el alba sentada bajo una gran encina, a una distancia prudente al sur del puente peatonal, sosteniendo en una mano el reloj de bolsillo que me acababa de entregar mi padre y en la otra la cadenita de oro con una figura de salamandra con ojos de rubí que me entregó mi madre para que la sostuviera con fuerza en el momento de la acción con la esperanza de que les trajera suerte. “Me la regaló tu padre hace mucho años, me dijo, sostenla muy apretada y verás que todo saldrá bien”.
El cielo lentamente pasaba de un color mezcla de azul ultramar y magenta, con un solitario lucero resplandeciente, a un oscuro profundo, en el que resaltaban las innumerables estrellas y la Vía Láctea. Yo era hermosa, de pelo castaño y esponjado, alegre, de grandes ojos grises y ya en esos primeros años de la adolescencia mostraba un desarrollo físico precoz y también una tendencia al romanticismo, a la ensoñación, o quizá a la necesidad de dar y recibir cariño, de ser considerada mujer, sin que yo misma, después de todo, supiera todavía a ciencia cierta qué podría significar ese deseo, esa inquietud que seguido me invadía y me causaba noches inquietas que para aplacarla recurría a caricias y toqueteos entre mis tiernos muslos.
La casa de mis padres, rústica pero sólida, con muros de piedra, se encontraba a las afueras de Nancy, ahí vivía con ellos, asistía a la escuela y los ayudaba a elaborar, de acuerdo a recetas y procedimientos transmitidos y heredados de los abuelos y bisabuelos, embutidos, jamón, paté de foie-gras, queso fresco, productos que vendíamos a los negocios de comestibles de la ciudad o a particulares directamente. De pronto este negocio familiar, al comenzar la guerra, se convulsionó con la actividad febril, delicada y meticulosa de la lucha clandestina contra el invasor.
Mientras yo me arropaba con la frazada para protegerme del frío que calaba hasta los huesos, pensé en Henry, hijo de Yvonne y Joel, quien vivía en la casa frente a la nuestra y de quien yo había estado enamorada con locura de adolescente hasta poco tiempo atrás. Casualmente tanto la ventana de mi recámara como la ventana de la recámara de Henry daban a la calle, una frente a la otra, separadas por apenas quince o veinte, metros. ¡Cuántas veces llena de excitación, había apagado la luz de mi recámara y había pegado la cara a los vidrios con la esperanza de lograr sorprender a Henry mientras se desvestía para ir a dormir! Pocas veces había logrado verlo mientras se quitaba la camisa o los pantalones; percibía a esa distancia sus brazos fuertes, el torso robusto y el resto, que no lograba ver claramente, me lo imaginaba; en mi mente trataba de definir esa parte de un hombre maduro y atractivo, esa naturaleza diferente a la mía que me causaba una curiosidad irresistible y un hormigueo que me recorría el cuerpo.
Henry era mayor que yo, veintitrés años o más, y sólo su presencia me emocionaba a tal punto que perdía la noción del tiempo. Cada vez que disponía de unas horas libres y suponía que Yvonne y su marido Henry estaban en casa, acudía a visitar a Yvonne, le ofrecía ayudarla a preparar la cena, a traerle leña para la chimenea o carbón para las hornillas o simplemente conversaba y bromeaba con ella y con Henry, mientras su padre, Joel, fumaba una vieja pipa sentado en el traspatio o la traía apagada colgando de la boca, barbudo y desaseado, mientras afilaba un hacha, arreglaba un arnés o hacía cualquier otra cosa. Yo de pronto, a media charla, miraba a Henry con ternura, lo contemplaba fijando sus ojos en los míos y le sonreía aun cuando no había motivo, y era feliz cuando Henry me revolvía la cabellera, frotándome la cabeza con la mano, y me decía acercando su cara a la mía y devolviéndole la mirada penetrante: “Aline, eres hermosa, muy hermosa, pero muy chica para mí”, y me hacía una caricia en la mejilla, adivinando mis insinuaciones. Pero yo no pretendía más, con eso era feliz, regresaba a casa con la mirada extraviada, una sonrisa congelada en los labios y repetía a mi madre, con quien no tenía secretos: “Es que lo adoro, mamá, lo adoro…”, y mi madre me daba una nalgada y me ordenaba que moliera los hígados de ganso o que le sostuviera las tripas para rellenarlas con carne molida de cerdo.
Una tarde de marzo, poco menos de un mes del día del atentado, me presenté en la casa de Yvonne pero ni ella ni Henry se encontraban en casa. Me abrió la puerta Joel quien me dijo: “Entra, entra, muchacha, no demoran, llegarán en unos minutos…”. Pero sorpresivamente Joel me abrazó con fuerza, trató de besarme en la boca, me tomó la mano y la colocó en su entrepierna, luego trató de levantarme la falda, mientras yo escupía las salpicaduras de saliva con sabor a tabaco rancio que aquel me dejaba en los labios, me sacudía tratando de zafarme, golpeaba con los puños el pecho de ese hombre embrutecido y entonces miré con repugnancia aquel miembro erguido que asomaba por la bragueta medio desabrochada, mientras los tirantes caían a los lados del pantalón. La mano tosca de Joel insistía, tomó la mía y la empujaba para que tocara ese miembro asqueroso que ya aparecía completo, cuando los pantalones cayeron al suelo, y yo entonces logré, con un empujón, hacerle perder el equilibrio y tumbarlo al suelo de espaldas, gracias a que los pantalones formaban una especie de lazo alrededor de los tobillos de aquel hombre desconsiderado y ruin.
Yo corrí a mi casa y con un nudo en la garganta y la cara roja de ira conté lo sucedido a mi madre. Ésta, enfurecida, sin pensarlo dos veces, se dirigió a la casa de enfrente y luego de un tiempo que me pareció interminable por la angustia que me dominaba, la vi de regreso, con los puños en alto, con las mangas de la blusa arremangadas, con el ceño fruncido y la mirada de halcón. Acordamos no mencionar el incidente a nadie.
--Hija, esta no será la única vez que en tu vida te encuentres con bellacos y sinvergüenzas como Joel. Siempre defiende tu dignidad y tu honor, pero no le temas al amor, cuando te invada el deseo, hazlo, por tu propia voluntad y decisión, con quien consideres que tu corazón ama –me dijo, a la vez que nos abrazábamos y reíamos al contar mi madre los puñetazos que asestó a Joel cuando éste apenas trataba de subirse los pantalones.
Pero yo, tomando todas las precauciones, continué a visitar a Yvonne y Henry, sin embargo ya no miraba a éste como antes, había recibido una impresión nefasta de aquello que tanta curiosidad me causaba, me había dejado pasmada y asqueada y no podía dejar de relacionarla con ese hombre que había sido la razón de mis sueños y fantasías amorosas.
Debajo de la encina, recordando a Henry, yo me acariciaba los muslos, los pechos y pensaba: “Soy ya una mujer, ya toda una mujer, quiero a Henry, me agrada pero ¿por qué ya no me atrae como antes?...”
Ya casi oscurecía cuando miré el reloj de bolsillo y poco antes de las ocho de ese día jueves 15 de abril, cumpliendo con la tarea que me había sido asignada, me encaminé hacia el puente peatonal, lo crucé con calma, me acerqué a los soldados vigías y con una sonrisa les obsequié un queso a cada uno, dándoles confianza de que ese sería un día como cualquier otro y seguí por la vereda, deteniéndome detrás de unos arbustos a una cierta distancia del puente, justo cuando a lo lejos se oía el agudo silbido del tren que se aproximaba.
Sin duda, los primeros en divisar el tren fueron los tres camaradas apostados en las laderas río arriba. Con ellos estaba mi madre. Seguramente se sorprendieron, como me sorprendí yo, cuando vieron que el tren que se aproximaba además de los vagones de caja cerrada, los de costumbre, arrastraba varias plataformas con tanques y cañones, cubiertos con lonas
--Mira –dijo de pronto la madre de Aline al camarada que tenía a lado--, no es el tren de costumbre, además de los vagones de caja cerrada arrastra plataformas con tanques y cañones, cubiertos con lonas.
Quizás los compañeros de Grenoble sabían que ese día pasaría toda esa artillería pesada y el propósito era destruirla, que no llegara a su destino. Y los nazis seguramente sospechaban que algo se preparaba por esos rumbos y estaban enviando refuerzos.
En seguida yo divisé un convoy de dos vagones que seguía al tren a corta distancia, lo que me sorprendió. Me quedé observando, intrigada, pero cuando al encontrarse la locomotora y los primeros vagones cruzando el puente me quedé estupefacta, se oyeron las explosiones, el puente y la tierra se estremecieron, el puente se fue derrumbando como si fuera una película en cámara lenta, arrastrando al precipicio lo que ya estaba sobre de él y las plataformas rodantes con los tanques y cañones, siguiendo un estruendo que el eco de la hondonada repetía, engrandecía y hacía interminable. Creo que los patriotas quedaron asombrados por la hecatombe que estaban presenciando. Sin embargo mi estupor duró poco porque el convoy que seguía al tren se detuvo bruscamente, a pocos metros del puente destruido, y de él descendieron numerosos soldados que fueron recibidos con fuego de metralleta por los patriotas que habían recobrado el aplomo y se escondían entre los arbustos. El poder de fuego de los nazis era muy superior; algunos soldados lanzaron granadas hacía donde procedían las ráfagas de metralleta, otros cruzaron con cierta dificultad lo que quedaba del puente peatonal y rastrearon la ladera río abajo y sus alrededores, disparando contra cualquier cosa que se moviera, y después de una breve persecución, escaramuza y tiroteo, después del estruendo, sobrevino un silencio sepulcral, interrumpido por órdenes dadas aquí y allá, mientras los soldados recogían a los heridos y a los cadáveres de sus correligionarios, los cargaban en el convoy, el que de inmediato emprendió el regreso por el camino que había recorrido hasta el puente del río Moselle.
Yo, con los ojos desorbitados, con la salamandra apretada en la mano, con la boca abierta y el corazón que me latía como queriéndoseme salir del pecho, observé todo aquel espectáculo que me dejó petrificada. Pasó una eternidad, después de que se hubiese retirado el convoy, para que lograra aflojar los músculos, mover una pierna, luego otra, dirigirme lentamente hacia los alrededores del puente y las laderas, recorrer palmo a palmo el lugar y descubrir uno a uno los cadáveres de mis padres y de los cinco camaradas, masacrados, con los cráneos despedazados y los cuerpos ensangrentados. Contemplé con horror los cuerpos esparcidos mordiéndome la punta de los dedos. Luego, por instinto, me alejó del lugar sin pasar por las casas y villorrios en los que había llevado queso de cabra a vender, comprendí que ahí era peligroso pedir auxilio, refugio, y avancé por el bosque siguiendo a distancia la vía del tren que conducía a las inmediaciones de Nancy. Esa misma tarde vi pasar de nuevo el convoy repleto de soldados nazis que seguramente se dirigían al lugar del sabotaje para recuperar lo recuperable de aquellos pertrechos militares, interrogar a los vecinos y rastrear toda la zona. Dos noches y dos días caminé por bosques, viñedos y campos labrados en los que apenas comenzaba a despuntar los retoños de trigo. Comí el queso que aún llevaba conmigo en el canasto y tres huevos que logré subrepticiamente sustraer de un gallinero. Cuando llegué a Nancy no me acerqué a mi casa, no quería entrar en ella, temerosa del vacío que encontraría y el silencio por la ausencia de mis padres. Toqué la puerta de la casa de Henry y me abrió Yvonne, quien me abrazó y me introdujo al interior de un jalón.
--Entra, hija, entra—me dijo--, se ha sabido de un sabotaje a un tren alemán en el Moselle, los alemanes están deteniendo a todos los hombres de la ciudad. Ya han fusilado a treinta. ¿Y tus padres? ¿Por qué no los he visto en varios días?
--Han muerto, Yvonne, han muerto junto con otros compañeros, ellos hicieron el sabotaje al tren…
--¡Dios mío Aline, pero qué dices! Y tú. ¿Dónde has estado? ¡Mira en qué condiciones estás, apenas te puedes mantener de pié!
--¿Y Henry, donde está Henry?—pregunté con ansias, con el deseo de que me abrazara, me consolara, me revolviera la cabellera con su mano viril, me hiciera una caricia, que tanto necesitaba en ese momento de dolor y desamparo.
--Huyó, junto con su padre, están escondidos --dijo Yvonne--. Si tus padres participaron en el sabotaje, estás en serios problemas, hija. Si los identifican vendrán a tu casa para minarla y destruirla, arrasarla. Quédate aquí hasta que se nos ocurra algo. Debes permanecer oculta, que nadie te vea, que nadie sepa que estás aquí.
Durante los días siguientes, encerrada en el dormitorio de Henry, en la soledad de esa habitación, en ese lugar confortable y tranquilo, yo me desmoroné y no cesé de llorar por días y noches. En mi mente se repetían los estruendos de las explosiones, el tableteo aterrador de la metralla, los gritos de las órdenes de los soldados y luego me asediaban las imágenes de los cuerpos desmembrados y ensangrentados de mis padres y de los camaradas. Poco a poco el llanto fue cediendo y un profundo dolor me invadió, que se manifestaba en mis labios apretados, en un silencio abismal. Ni una palabra de todo aquello que presencié lo comenté con Yvonne, que por lo demás no preguntó nada y nada quería saber, por su propia seguridad, y sólo se limitaba a llevarme alimentos, a consolarme y arroparme cuando me quedaba dormida.
--Aline –me dijo Yvonne una mañana--, ayer hablé con el cura de nuestra parroquia y quedamos de acuerdo en que lo mejor para todos será llevarte con las monjas del Convento de los Santos Mártires. El cura conoce a la madre superiora, ha ido a celebrar misa allá algunas veces, dice que no es fácil que acepten a jóvenes que no hagan el noviciado, no quieren en estos tiempos muchachas desconocidas, pero el señor cura le mandará conmigo una nota diciéndole que eres una pariente mía lejana, que eres huérfana y que ayudarás en los quehaceres de la cocina. Te recomendará bien.
--Sí, Yvonne, creo que tienes razón –le dije, conteniendo las lágrimas.
--Mira, hija—agregó Yvonne--, cuando me sea posible iré a visitarte. Ahí tendrás techo y comida, la que en esta casa comienza a escasear, y al fin, en caso de ser tu vocación, encontrarás el camino abierto para tomar los hábitos, nunca se sabe.
--Yvonne, lo que ahora te pido es que si no destruyen nuestra casa, la cuides, la vigiles un poco, sin que ello te cause molestia.
--Descuida, hija, yo la cuidaré, haré todo lo posible.
Esa noche Yvonne, protegida por la oscuridad, fue ya muy tarde a la casa de mis padres, encontró la llave donde siempre, en la maceta sobre el alfeizar de la ventana, y me trajo un par de zapatos, ropa interior y dos vestidos. Al día siguiente ingresé al Convento y me despedí de Yvonne, a la que no volvería a ver nunca más.
Como es lógico llevé conmigo al Convento de los Santos Mártires mi profundo dolor, el reloj de bolsillo que me había dado mi padre y la cadenita de oro con la figura de salamandra colgada al cuello.
El Convento se encontraba en el otro extremo de la ciudad de Nancy de donde estaba mi casa, en el sector antiguo. Lo albergaba una vieja especie de fortaleza remodelada, posiblemente a fines del siglo xviii, de altos y anchos muros que se extendían por los cuatro lados. La única entrada y salida era un enorme portón de madera de dos batientes que daba a una angosta calle y que en verdad no se abría nunca. Este portón tenía en la parte inferior derecha una puerta de acceso, con una mirilla enrejada, un aldabón y por dentro un grueso cerrojo de más de medio metro que la mantenía cerrada.
Apenas traspasado el gran arco de la entrada, había un patio con piso de adoquines y con una fuente redonda, con cuatro surtidores que enviaban sendos chorros de agua a una especie de concha marina labrada en piedra que sobresalía encima de una columna en el centro y de la cual el agua escurría hacia la base de la fuente, la que estaba rodeada de un borde de piedra de cantera de medio metro de altura, desgastado por el paso de los años. A pocos metros de la fuente, a su alrededor, había seis bancas de hierro forjado que invitaban a sentarse para contemplar el monótono pero hipnotizante vaivén del agua con su murmullo relajante.
Adyacente a la muralla, a la derecha de la entrada, sobresalía una capilla construida a principios de siglo, consagrada a San Sebastián, con vitrales de colores en las angostas ventanas que adornaban las paredes y una cúpula de mosaico azul y blanco, capilla cuya construcción había sido encargada como una ofrenda al santo por un noble del lugar, quien se había visto beneficiado con un milagro pero cuyo nombre ya nadie recordaba. En esa capilla no se celebraba misa ni otros rituales, permanecía cerrada, y sólo era visitada por quien deseaba rezar al santo mártir. Pero las puertas se abrían de par en par el 25 de febrero, día del San Sebastián, para honrarlo. Había cinco hileras de reclinatorios, un pequeño altar y a medio metro sobre él un gran nicho con la estatua del santo de tamaño natural, maravillosamente lograda. La primera vez que yo entré en esa capilla sentí un escalofrío, un sobrecogimiento, pues parecía que el santo estuviera a portada de mano, vivo, con esos ojos negros y su mirada tierna y sufrida.
El edificio que propiamente constituía el Convento estaba adosado a lo largo de toda la muralla frontal a la puerta de ingreso y también en la muralla de la izquierda. Era un edificio austero, de dos pisos, de paredes anchas y estancias de techos altos. En el piso superior se encontraban las celdas de las religiosas y de las novicias a las que se llegaba a través de un largo y angosto pasillo que comenzaba en la escalinata y recorría todo el edificio en forma de L. Cerca de la escalinata de piedra desgastada, también en el piso superior, a mano izquierda, había dos grandes habitaciones destinadas al dormitorio de las internas temporales, y del otro lado de la escalinata, a mano derecha, los baños y tinas para el aseo personal. Había que traer agua caliente desde la cocina los días del baño corporal.
En la planta baja de ese edificio, a mano derecha de la entrada principal se encontraba la sala o taller de costura de las monjas. Eran muy apreciadas las sábanas, fundas y colchas que elaboraban, con finos bordados, holanes de encaje, deshilados, para las jóvenes casaderas. Esa actividad reportaba al Convento un ingreso sustancioso. A mano izquierda de la entrada principal, se hallaba el locutorio, para uso de las novicias; luego la gran sala del refectorio, con una mesa larga que ocupaban las religiosas y se ubicaba cerca de la pared del fondo, de la cual colgaba una enorme cruz de madera. A un costado había un entarimado y sobre de él una especie de púlpito, desde donde ocasionalmente algún monje invitado daba sermones antes de la cena. Al otro costado sobresalía una gran chimenea. Las largas mesas alineadas a lo largo de refectorio estaban destinadas a las novicias, sentadas cerca de las religiosas y elegantemente vestidas, de negro, de pies a cabeza, y a las internas temporales, quienes usaban una especie de delantal que más parecía bata, de color gris y tela basta, que ocupaban, en esas mismas mesas, los últimos lugares que estaban cerca de una puerta que conducía a la cocina. Ésta, muy amplia, con los mesones en el centro y las hornillas a carbón y leña, era atendida por dos viejas monjas cocineras y cinco internas, yo también entre ellas desde que ingresé al Convento. Pero como además de cocinar, debíamos llevar las bandejas a las mesas con los platillos servidos y traer los platos sucios, siempre estábamos de carrera. Del otro lado del muro de la cocina se hallaba la escalinata que conducía al piso superior, con dos grandes plantas huele de noche a cada lado, e inmediatamente después la oficina de la madre superiora. Después de ésta, se encontraba la capilla, que llegaba hasta los límites superiores de la muralla, con una pequeña sala antes de su arco de acceso. En la sala se notaban en una de las paredes algunas repisas que contenían libros sobre la vida de los santos y numerosos misales desgastados. En las paredes de la capilla colgaban cuadros que representaban a diferentes santos martirizados al cumplir su misión evangelizadora en diferentes tiempos y en diferentes partes del mundo, o que dieron su vida por defender su castidad y honor. Destacaban los cuadros que representaban a san Pablo, san Venancio, san Martín de Tours y otros. En el nicho central, sobre el altar elegantemente adornado, se encontraba la estatua de la Virgen del Sagrado Corazón.
Por último, separada de la capilla, se encontraba una construcción que albergaba la lavandería, una enorme caldera con salida a una canaleta en su parte inferior para producir jabón y una bodega donde se guardaban en grandes cantidades papas, cebollas, ajos, leguminosas, leña, carbón y otras cosas de albañilería y carpintería, destinadas a reparar paredes, muebles, parrillas, mesas y sillas.
El ambiente en el Convento era poco acogedor. Para las novicias las reglas eran muy estrictas, la disciplina férrea, y había poca o nula comunicación entre las religiosas y novicias por una parte y las internas temporales por otra. Los efectos de la guerra se dejaban sentir también en el Convento, pues se comentaba que la madre superiora no sólo simpatizaba con el gobierno del Mariscal Pétain, en Vicky, quizá más que otra cosa por temor de perder un subsidio estatal que el Convento recibía de la Alcaldía de Nancy, sino que también admiraba a los alemanes, porque tenía cierta ascendencia germana. Las internas temporales éramos consideradas como doncellas de servicio y de apoyo en la limpieza, cocina, lavado y planchado de ropa, y gracias a ello gozábamos de una cierta tolerancia, podíamos descansar por la tarde, conversar entre nosotras y tomar el sol en las bancas del patio, cuando las novicias realizaban sus obligaciones espirituales. Todas éramos menores de edad y no se nos permitía salir a menos que fuera en compañía de un familiar adulto, pero sólo durante los días festivos, y era obligatorio pernoctar en el Convento.
En las dos habitaciones destinadas al dormitorio de las internas temporales había catorce camas, de las cuales ocho, incluyendo la mía, estaban ocupadas. Al llegar, yo elegí la cama más apartada, la más cercana a la escalinata y me complació notar que las tres camas siguientes a la mía estuvieran desocupadas. Deseaba estar sola. Recorrí el Convento con una de las monjas cocineras que de buena manera se ofreció a mostrármelo.
Durante los primeros días, el conocer ese edificio enorme y sombrío, el asistir a misa cada día y los domingos, oficiada por un cura que venía de afuera y cuya celebración enriquecía maravillosamente un pequeño coro de cinco novicias de voces angelicales, que cantaban a capella, el esmerarme en la cocina, me ofrecieron una distracción. Pero después, cuando cumplí los quince años, el 28 de mayo, de nuevo sentí la opresión en el pecho y las terribles imágenes del día del sabotaje volvieron a atormentarme; acudían a mi mente los rostros desfigurados de mis padres y sus cuerpos lacerados.
En una de las repisas de la pequeña sala de acceso a la capilla principal, un día encontré varios libros que me atrajeron la atención, que se referían a la vida de los santos, junto con una copia del Acta Martyrum. El primer librito de no más de treinta páginas que elegí entre todos, fue la biografía de María Goretti. El Vaticano, según se leía en las primeras páginas, estaba estudiando el expediente de esa adolescente asesinada en 1902 por defender su castidad y se estimaba que pronto el Papa Pio XII la beatificaría. Leí el opúsculo, en mis ratos libres, sentada en una de las bancas cerca de la fuente y quedé impactada por la historia de esa joven, identificándome con ella. María Goretti era oriunda de Garinaldo, cerca de Nápoles, había nacido en 1891 y con su familia se trasladó a Neptuno donde sus padres encontraron trabajo en una propiedad de un noble terrateniente. La numerosa familia Goretti, con niños menores de María que ella atendía para ayudar a su madre, vivía en una bodega que la compartía con la familia Serenelli. Antes de cumplir los doce años, María conoció a Alessandro Serenelli, quien tenía poco más de veinte años. Éste se enamoró perdidamente de ella y con insinuaciones insistía para seducirla, pero ella trataba de mantenerse alejada de él, lo rechazaba, y por pudor o quizás por temor a tratar esos temas relacionados con el sexo, que en su familia era una especie de tabú, no se atrevía a comentarle a su madre las “perversas” insinuaciones de ese hombre. Estaba segura de que no le habrían creído y la acusarían de coqueta y provocativa. Un día en que los padres de María y de Alessandro se encontraban en el campo trabajando, éste intentó violarla, pero ella se resistió valientemente, y fue entonces cuando Alessandro la apuñaló catorce veces con un punzón para picar hielo y luego huyó. En su lecho de muerte María perdonó a su agresor. Alessandro fue detenido poco después de su huida y cumplía su condena en la cárcel de Roma cuando yo estaba en ese convento, mientras leía esa triste historia. Se comentaba que Alessandro había soñado varias veces con catorce lirios blancos, uno por cada puñalada que había dado a María, y repetía que ella desde el cielo lo perdonaba, con las mismas palabras que había dicho al cura en su lecho de muerte.
Yo, con este pequeño libro entre las manos, contemplando los chorros de agua de la fuente y escuchando el murmullo que producía, recordé a Joel y pensé que quizá hubiese sido una candidata a ser beatificada si aquel desalmado hubiese tenido a mano un cuchillo. Pero en fin, me dije, ese no era mi destino, corrí con mejor suerte. Pero me pregunté: “¿Qué hubiera pasado si Henry me hubiese hecho insinuaciones, o hubiese aceptado las mías, y yo hubiera accedido a hacer el amor con él? ¡Lo deseaba tanto, lo adoraba! Habría sido sin duda una maravillosa experiencia, me habría sentido feliz. Pero algo ha cambiado en esa atracción que sentía por él, en fin, no sé que será”, concluí para mis adentros.
Entusiasmada con esa lectura, busqué entre los libros y encontré uno que me atrajo: Vida y Muerte de San Sebastián, que comencé a leer de inmediato. Quedé fascinada con las primeras páginas que leí una y otra vez. Después tuve la ocurrencia de continuar la lectura en la capilla consagrada al santo y ahí, sentada en un reclinatorio, en un completo silencio, leí acerca de las peripecias que Sebastián vivió como un simple soldado romano y luego su nombramiento, siendo aún muy joven, como jefe de un destacamento de la guardia pretoriana.
--¡Qué responsabilidad la tuya, a esa edad! --, le comentaba al santo, levantando la vista y contemplándolo desde el reclinatorio, con una sonrisa de admiración en los labios. Luego leí, muy sorprendida por la revelación que significaba para mí, la relación que Sebastián tuvo con Melissa, una joven plebeya, convertida al cristianismo, y la vehemencia con que abrazó la fe de Cristo gracias a ella.
Ese día me llevé el libro escondido bajo el delantal y cumplí con las obligaciones que me correspondían en la cocina y en la noche lo guardé debajo de mi almohada. Antes de dormir estaba inquieta, algo extraño me ocurría al recordar lo que había leído, al recordar a Henry, al sentir la presencia de Sebastián más como un hombre con sus sentimientos y con sus pasiones que como un hombre casto, que yo suponía debía ser el papel de un santo. Al día siguiente, por la tarde, volví a la capilla con el libro en mano. Fue entonces cuando tuve el atrevimiento de trepar al nicho y colocarme al lado de la estatua, respondiendo a un impulso de atracción física o por el deseo de compartir más de cerca la vida y desdichas de ese personaje.
Una sensación muy extraña me invadió, entre placer y temor, al sentir pegado a mi cuerpo el cuerpo de San Sebastián, cubierto apenas con un taparrabos, que parecía vibrar, palpitar, estar vivo. Acariciando con el dorso de mi mano la pálida mejilla de Sebastián, mirándolo fijamente a los ojos, y luego leyendo el librito que sostenía en la otra mano, comprendí su amor, su pasión por Melissa, cuando por las noches Sebastián, luego de liberarse del pesado y majestuoso casco emplumado, de desprenderse de la espada y de la imponente vestimenta de jefe pretoriano, formada por finas franjas de cuero y delgadas láminas de cobre, se ponía una humilde túnica de arpillera y abandonaba sigilosamente el cuartel para reunirse con Melissa y con la cofradía de los cristianos.
--Sebastián –le decía sorprendida casi pegada a su oído--, el amor de Melissa te abrió las puertas del cielo y te colmó de placer. Seguramente te escabullías con ella luego de las reuniones clandestinas, en la noche, entre los matorrales a la orilla del Tiber y se amaban y eran felices. Me da gusto que hayas sido feliz, Sebastián—le decía con inocente alegría, ladeando un poco la cabeza, como la tenía él, para ver mejor sus ojos oscuros.
Luego seguí leyendo que Sebastián fue descubierto por sus superiores, fue condenado a morir asaetado en la Vía Appia, por órdenes directas del emperador Dioclesiano. Melissa presenció el sacrificio de aquel valeroso hombre, con lagrimas en los ajos, apretándose el pecho, estaba entre la multitud que se reunió en el lugar para presencias la ejecución. Por la noche, ya desierto el lugar, bajó con la ayuda de un compañero el cuerpo del moribundo y con gran esfuerzo logró llevarlo al escondite de la cofradía donde limpió las heridas y amortajó el cadáver. Mientras tanto yo, mirando con tristeza los ojos de Sebastián, imaginaba a esa mujer que recorría con sus manos el cuerpo exhausto de su amado, que apoyaba sus labios en las mejillas de él, en su boca, en sus ojos, en sus yagas antes de que muriera.
--Ah, Sebastián, cómo me habría gustado ser Melissa –pensé, mientras lo abrazaba, le acariciaba el torso y le daba un beso en la mejilla. Y al bajar del nicho y alejarme del lugar, dije, dirigiéndole una mirada--: Todo gira alrededor del amor, creo que todo lo que nace del amor compartido florece y perdura. Amar y ser amado es la clave, es el secreto, ¿verdad Sebastián?
Una calurosa tarde de principios de junio llegó al Convento Ivette. Yo estaba sentada en una de las bancas cerca de la fuente, leyendo uno de los libros sobre la biografía de algún santo, cuando la vi atravesar el patio, cabizbaja, con una gruesa trenza dorada que le caía hasta media espalda y relucía con los rayos del sol, con una maleta en la mano, acompañada de una señora de sombrero y zapatos de tacón alto, muy elegante, y de una monja. Iban en dirección de la oficina de la madre superiora. Poco después, la señora del sombrero salió de la oficina y abandonó el Convento. Yo me encaminé lentamente hacia la escalinata que conducía al segundo piso y esperé. Cuando apareció la monja con la joven, dije: “Madre, si me permite yo le muestro el dormitorio y las dependencias del Convento a la recién llegada”, a lo que la monja accedió complacida y se retiró.
--Yo soy Aline, ¿y tu cómo te llamas? –pregunté a la joven mientras subíamos los desgastados escalones.
--Yo me llamo Ivette –contestó, mirándome con sus grandes ojos verdes y mostrando una tierna sonrisa.
Llegamos al piso superior y le expliqué:
--En esta habitación y en la contigua dormimos nosotras, las internas temporales. Si quieres puedes ocupar esa cama, está libre –mostrándole la que se encontraba al lado de la mía, separada por una pequeña mesa de noche, con un cajón.
--Sí, me parece muy bien –contestó Ivette--. Dime, ¿dónde guardo mi ropa?
--La puedes poner en el cajón vacío de esa cómoda y si no cabe toda en uno solo, puedes usar el último cajón, que es el mío, al fin tengo pocas cosas. Te quiero decir que necesitas dos camisones de noche, uno de ellos es para bañarte los sábados, en las tinas de los baños que están allá, por esa puerta-, señalando con un gesto de la cara la que se encontraba del otro lado de la escalinata. Luego pregunté--: Oye Ivette, ¿la madre superiora te ha asignado alguna actividad?
--Sí, estaré en la cocina, porque tengo experiencia en cocinar.
--Muy bien, yo también estoy asignada a la cocina. En media hora tenemos que presentarnos para preparar la cena, luego te mostraré algo del Convento.
Ivette dejó sobre la mesita de noche tres libros, que sacó de la maleta: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y Lelia y La Petite Fadette, en un solo tomo, de George Sand
Y después de que Ivette arreglara su ropa, ocupando también parte del último cajón, corrimos a cumplir con nuestras obligaciones.
Al llegar a la cocina presenté Ivette a las dos viejas monjas cocineras y a las otras compañeras. De inmediato nos colocamos los delantales tipo bata y comenzamos a picar cebolla, lavar y cortar perejil, atizar el fuego en las hornillas, calentar las grandes ollas con sopa de lenteja, primer plato de la cena de esa noche, y así sucesivamente.
Después de servir, cenar y lavar platos, la cocina quedó ordenada y en penumbra. Yo le propuse a Ivette que descansáramos en las bancas de la fuente y a la mañana siguiente, con la luz del día, le mostraría el Convento. Sentadas en la banca, le preguntó:
--¿La señora que te acompañó aquí es tu madre?
--Sí –contestó Ivette—es mi madre. Quiere rehacer su vida y yo no encajo en ella. Mi familia, quiero decir mi padre y mi madre, tenían un restaurante bistrot en Metz. Mi padre murió hace un año, en realidad lo asesinaron, luego mi madre y yo seguimos con el restaurante hasta que ella, hace poco, se enamoró de uno de nuestros asiduos clientes, un alemán residente en Metz. Su familia es originaria de Ludwigshaffen, se estableció en Metz cuando esa región era territorio de Alemania.
Gerard, padre de Ivette, tenía en Metz un gran amigo, judío. Juntos hicieron la carrera de medicina. Cuando les llegó la noticia de que los alemanes estaban deteniendo a todos los judíos para deportarlos al Este, a Polonia, Gerard decidió llevar en su coche a la familia de su amigo a Basel, Suiza, pero Gerard, que conducía el automóvil, entre Estrasburgo y Mulhouse hizo caso omiso de una patrulla alemana apostada en un puesto de control que les marcó el alto. Los soldados alemanes dispararon contra el auto, matando a Gerard, la esposa de su amigo y a un niño de once años.
--No te puedes imaginar cuanto sufrí cuando con mi madre fui a Estrasburgo y vi el cadáver de mi padre –dijo Ivette, mirándome con lágrimas en los ojos. Y luego continuó--: Yo lo admiraba mucho, nos llevábamos muy bien, era muy bondadoso, atendía a la gente humilde sin cobrarles. Todavía lloro su muerte y no sé como mi madre pudo enamorarse de este alemán. Es muy influyente en Metz, sobre todo ahora con la ocupación nazi, es muy rico, muy presuntuoso y altanero. La madre superiora dijo que era un honor para ella recibirme, hacer un favor al señor Böhmer. Yo no he podido aceptarlo. Cuando va a nuestra casa siento que realmente está usurpando el lugar de mi padre; cuando he ido a su casa, dos o tres veces, me ha dado dolor de estómago, siempre he querido salir huyendo de ahí. Estoy segura que venderán el restaurante y que mi madre será toda una señora de la alta sociedad. Y si esto fuera poco –continuó Ivette--, tengo un hermano, el mayor, a quien quiero mucho, pero nadie sabe dónde está, desapareció desde el inicio de la guerra, yo creo que se ha unido a la Resistencia. Desde hace tres años que no sabemos absolutamente nada de él. Tiene apenas dieciocho años, dos más que yo, pero desde chico era todo un hombre, siempre dio la impresión de ser mayor de su edad real.
Yo escuchaba atentamente, en silencio, dejando que Ivette descargara su tristeza y también su desencanto y frustración, un poco por lo que hacia su madre y otro poco por las injusticias de la vida misma. Luego le dije que fuéramos a dormir, pues a las seis de la mañana del día siguiente debíamos estar en la cocina preparando el desayuno para las monjas y novicias. Antes de acostarse, eché un vistazo a los libros que había traído Ivette y le pregunté cuál era el contenido de ellos. Luego de que Ivette me explicara brevemente de que trataban, yo los guardé en el cajón de la mesita de noche, baca abajo y hasta el fondo, y le dije que era mejor que las monjas no se enteraran de ellos, pues no le habrían permitido tenerlos.
Cuando se apagaron las luces, a las nueve y media de la noche, yo percibí los sollozos de Ivette, su llanto amortiguado bajo la almohada, con que inauguraba esa nueva etapa de su vida solitaria y sin futuro, por el momento.
Al día siguiente, luego de servir el desayuno, café con leche y rebanadas de pan de hogaza con mermelada, y entre el refrigerio del mediodía y la cena, llevé a Ivette a recorrer el Convento. En la sala de acceso a la capilla, le mostré los libros que ahí se encontraban y le sugerí que leyera algunas biografías de santos pues a mi me habían parecido llenas de aventuras y valentía.
--Pero yo no soy creyente –me dijo Ivette--, no soy practicante, como dicen. Prefiero leer los libros que traje.
--Eso no importa y te confieso que yo tampoco, ni siquiera sé si estoy bautizada. Pero de todas maneras son lecturas interesantes, no te harán daño.
Le mostré la capilla con los cuadros de los santos, la sala de costura, el locutorio y nos detuvimos un buen rato en la capilla da San Sebastián. Ahí, las dos sentadas en sendos reclinatorios con las piernas cruzadas, le conté la historia del santo, poniendo mucho de mi propia cosecha al referirle los amoríos apasionados que había tenido con Melissa.
Esa noche, antes de acostarnos, yo forré los libros de Ivette con papel de estraza, y mientras ésta me miraba con curiosidad, le dije: “Para que nadie vea los títulos ni los autores. Si se enteran las madres, los confiscan”. Luego abrí el cajón de la cómoda para sacar ropa interior limpia para el día siguiente y quedé sorprendida al ver al lado de la mía, ropa interior muy atractiva, tres sostenes y varias bragas de fino algodón, con listones de raso, por el tamaño supuse que debían se ajustadas, a diferencia de las mías que eran de lino y holgadas. Acaricié esas delicadas prendas con una especie de deleite y admiración. También había un cepillo rectangular, con mango, y recubierto de carey.
--Y tu Aline --me preguntó de pronto Ivette, sentada en su cama y sacándola de su contemplación--, ¿por qué estás aquí?
Me senté frente a ella, en el borde de mi cama y le comenté que la mía era una historia muy triste y debía mantenerla en secreto por el momento, no la podía divulgar, pero que se la contaría pronto, sin falta. Luego pregunté: “Pero Ivette, ¿para qué tienes ese cepillo tan bonito?”.
--Es para cepillarme el pelo, todas las noches, para mantenerlo limpio
--¿Te puedo cepillar yo, ahora? –le pregunté.
--Claro, me encantaría –dijo Ivette.
Me senté más atrás en su cama, con las piernas estiradas, e Ivette entre ellas, de espaldas a mí, al borde de la cama. Le deshice la gruesa trenza y cepillé el pelo, largo, dorado, sedoso; cepillaba y lo acariciaba, dejándolo escurrir entre mis dedos. Mientras las otras compañeras de habitación charlaban entre ellas o comían alguna fruta o panecillo sustraídos de la cocina para aplacar el hambre nocturna. Después todas se acostaron y las luces se apagaron. Yo quedé un buen rato despierta. Una tenue sonrisa se dibujaba en mis labios, pensaba en esa hermosa ropa interior que quizás se encontraba sólo en la capital, en Metz, y en ese pelo dorado de Ivette, que había acariciado.
Después del desayuno Ivette me preguntó: “Veo que te desempeñas muy bien en la cocina, ¿dónde has aprendido a cocinar?”. Le contesté que cocinar, propiamente cocinar, no sabía, pero que conocía recetas especiales, muy originales, para preparar embutidos y sobre todo paté, que esa era en verdad mi especialidad. “Ayudaba a mis padres a elaborar esos productos, le comenté, y de ahí a preparar los platillos de aquí, no se necesita gran sabiduría. ¡Pero en cambio tu sí sabes de cocina, se nota de inmediato!”. A lo cual dijo Ivette: “Sí, yo ayudaba a la cocinera en el restaurante, con ella aprendí mucho de lo que se llama arte culinario. También nosotros preparábamos nuestros embutidos y paté. Aline, ¿compartirías conmigo esas recetas especiales y originales?”, me preguntó Ivette.
--Sí, ¿pero tú en cambio me harías un favor?
--Claro, lo que me pidas –me dijo intrigada Ivette.
--Quisiera que me prestaras una de tus bragas...
Ivette me miró sorprendida, luego soltó una carcajada, me abrazó y me dijo al oído: “Claro, querida, son tuyas también”.
En las noches siguientes continué cepillando el pelo de Ivette, después cambiamos de posición e Ivette cepilló mi pelo castaño, abundante, esponjado, y poco a poco la distancia entre los dos cuerpos, en ese acicalarse nocturno, se fue reduciendo, las caricias pasaron del pelo al cuello, a los hombros, mientras los pechos de una se apoyaba en la espalda de la otra, y el contacto físico se fue dando como parte de ese acicalamiento, en forma natural.
Un día, después del refrigerio de las doce, cuando el sol de fines de junio quemaba y calentaba las bancas de la fuente como si fueran las planchas de las hornillas de la cocina, luego de refrescarnos echándonos con el cuenco de las manos agua de la fuente en la cara y en el cuello hasta escurrir, nos refugiamos del calor en la capilla de San Sebastián y nos sentamos en los reclinatorios. Ahí era agradable, fresco, el silencio era apenas interrumpido por el chillido lejano y agudo de las cigarras. Yo le comenté a Ivette:
--Quisiera contarte lo que ha sucedido con mis padres, la desgracia que hace apenas un mes y medio me golpeó y destrozó. Te siento muy cerca, Ivette, y quisiera compartir contigo todo, tanto esos momentos en que nos cepillamos el pelo y acariciamos como mi historia que me atormenta --. Y con lujo de detalles le conté lo sucedido ese jueves 15 de abril y terminé en llanto, entre sollozos, lamentándome que por culpa de esa maldita guerra había quedado sola en el mundo, sola y desamparada.
Ivette tomó mi cabeza entre sus brazos, la apoyó en su pecho, la acarició, con voz tenue me dijo que no estaba sola, que ella comprendía el dolor que me afligía, me levantó la cara sosteniéndola con la mano derecha por el mentón, sus narices casi tocaban las mías, Ivette enjugó con el dorso de la mano las lágrimas que corrían por mis mejillas, me miró con ternura y me dio un beso en la comisura de los labios, sosteniéndome la cara con las dos manos, con delicadeza, me dijo: “Cariño, yo siento tanto dolor y tanta soledad como tu. Juntas superaremos esta desgracia. Tus lágrimas son mías también”. Yo la miraba con los ojos enrojecidos, sin poder controlar un ataque de sollozos e hipo, la abracé con todas mis fuerzas y le susurré al oído: “Ivette, no sabes cómo me ayudas sólo por escucharme, yo siento que te quiero, que te amo”.
Los vestidos de las dos amigas seguían mojados y adheridos a sus cuerpos, resaltando los senos juveniles, los muslos, las caderas. Fue Ivette quien dijo, levantando los ojos hacia la estatua en el nicho: “Menos mal que nuestro amigo Sebastián sabe de amores, porque sino habría tenido malos pensamientos…” y las dos reímos, levantándonos y alisándonos con las manos los vestidos, antes de salir de la capilla.
La capilla de San Sebastián fue un descubrimiento para huir de la canícula de fines de primavera y del verano que se anunciaba muy caluroso. Ahí acudíamos cada tarde, nos sentábamos una a lado de otra, nos acariciábamos con delicadeza el cuello, los brazos, el pelo, leíamos y nos contábamos nuestros recuerdos, entre miradas llenas de ternura. Yo le hablé de Henry y la agresión de su padre Joel; Ivette de la timidez y falta de madurez de sus amigos; y ambas concluían que los hombres que habían conocido, cualquiera que fuera su edad y condición, eran inmaduros y algunos sólo pensaban en el sexo. “Es cierto, el mismo Henry, muy respetuoso y atento conmigo, me decía, cuando lo contemplaba con ojos de cordero, que era muy chica para él, claro, se refería al sexo, pero nunca pensó que lo que yo pretendía era amor, afecto”. Y terminábamos abrazándonos, de vez en cuando dándonos un beso en los labios, acariciándonos los pechos, las mejillas.
El domingo 6 de julio la misa fue en conmemoración de María Goretti, por ser el día de su asesinato y cuando se le recordaba. El sermón del cura que la ofició se refirió a la vida de esa joven que dio su vida por defender su castidad, y pidió a todos que elevaran sus plegarias a fin de que fueran escuchadas por el Santo Padre para que pronto beatificara a esa joven mártir. Después del sermón, el coro de las novicias entonó Lasciate ch’io pianga, de Haendel. Las voces angelicales, maravillosamente acopladas, llenaron la capilla de una sonoridad sutil y sublime. Yo sentía que se me ponía la piel de gallina, me sentía flotar, y creo que Ivette igual porque tomó mi mano, le encajó las uñas, mientras que por sus mejillas corrían gruesas lágrimas, que yo miré emocionada, deseando acariciar ese cutis que a trasluz parecía de durazno maduro.
Así transcurrió el verano y el otoño de ese aciago y a la vez emotivo e inolvidable año de 1943, cuando la tragedia de mi familia y el abandono de Ivette nos llevó a ese Convento, en el que la soledad, la necesidad de mantenernos vivas, de sobrevivir a nuestras desdichas, y la identificación de sentimientos, nos unió con un amor profundo. Ese amor no sólo nos rescató de la desesperación y la angustia, sino que nos abrió un camino, una ventana de esperanza e ilusiones.
Las compañeras de habitación con las que nosotras manteníamos una relación de camaradería y aún de apoyo, pues algunas de ellas apenas contaban con doce o trece años, comenzaron ellas también a acercarse las unas a las otras, ayudándose a peinarse, a untarse crema que algún familiar traía a solicitud de alguna de las adscritas a la lavandería, que terminaban con las uñas y las manos destrozadas, otra masajeaba los pies de alguna que usaba zuecos de madera apretados y le causaban ampollas, y en fin comenzaron a imitarnos y con ello descubrieron que podían llevar una vida más en familia y más soportable.
A fines de diciembre, cuando el frío hiriente se hacía sentir con toda su intensidad, era agradable estar en la cocina y era cuando se encendía la gran chimenea del refectorio. Una noche, en vísperas de Navidad, el padre Félix dio un sermón como lo hacía desde hacía años. Antes de servir la cena, el padre Félix, desde el pequeño púlpito comenzó a hablar de las consecuencias desastrosas de la guerra que en muchas mujeres había aniquilado todo vestigio de moral cristiana entregándose a la voluptuosidad. Dirigiéndose a las presentes, señalándolas con el índice de la mano derecha, las felicitaba por encontrarse en ese bendito lugar, al amparo de la concupiscencia y el derrumbe de los principios fundamentales de la doctrina de Cristo. Luego se refirió a aquellas mujeres que se dejaban tentar por el diablo y pecaban al vender su cuerpo por pan, chocolate, cigarrillos o un par de medias y comparaba a esas mujeres, en cuanto a la debilidad de su moral, con aquellos individuos que se habían alejado o habían renegado de la Santa Madre Iglesia, los que llamándose patriotas, porque luchaban con las armas en la mano para liberar al país, abrazaban el ateísmo, y esta era otra consecuencia desgraciada de la guerra, que llevaba a estos hombres y mujeres a perder la fe.
Después, exaltado por su propia elocuencia, como un remolino que va adquiriendo cada vez más fuerza con su propio impulso, el padre Félix levantó el brazo derecho y apuntando con un dedo amenazador a las ahí presentes, las exhortaba a que nunca tuvieran pensamientos mundanos, que no dejaran de pensar, cada día y cada noche, en la muerte y en el juicio final para evitar caer en el pecado. Luego hacía una descripción espeluznante del infierno, que lo consideraba como un enorme valle en tinieblas, repleto de grietas volcánicas, creado por Dios para que ahí sus hijos desobedientes encontraran el eterno castigo, entre llamas abrasadoras que producían un dolor atroz pero que no destruían los cuerpos, los que seguían padeciendo eternamente el dolor producido por ese fuego. Ahí, en ese valle, sumidos en esas grietas incandescentes, están los hombres y las mujeres que han perdido la fe, el camino recto, los que se han prostituido, los que han vendido su alma al diablo abrazando el ateismo. Y concluía que todos venimos de Dios, somos sus hijos y le pertenecemos.
Nosotras, sentadas en los últimos asientos, al fondo, cerca de la puerta de la cocina, escuchábamos aterradas las vehementes invocaciones del padre Félix, las descripciones de ese infierno repleto de hombres y mujeres, lo observábamos desde esa distancia con una palidez de cera en las mejillas y los ojos desorbitados.
Terminado el sermón, comenzó el barullo del servicio de la cena, luego el lavado y secado de ollas y vajilla, mientras las religiosas, novicias y otras internas se retiraban a sus celdas y dormitorios. Al final, puesto en orden los enseres y hecha la limpieza, las adscritas a las labores de la cocina abandonamos el lugar. Cruzamos el patio abrazadas, resguardándonos de los grandes copos de nieve que caían silenciosos y cubrían de blanco cada rincón del Convento. Ya en la habitación, nos pusieron el grueso camisón de dormir y nos acostamos.
--Ivette –le pregunté recargándome en un codo para poder ver su cara que la ocultaba la mesita de noche--, ¿qué te pareció el sermón?
Ivette se levantó y decidida jaló la mesita de noche que separaba las dos camas hasta ponerla a lado de la cómoda y luego arrimó su cama para que quedara pegada a la mía. Se acostó, se arropó, y mirándome desde su almohada me dijo, frunciendo el ceño:
--Me pareció horrible. Son cosas que no puedo comprender; estas contradicciones entre un Dios infinitamente bondadoso y poderoso y que permita que sus hijos sufran por los siglos de los siglo por sus pecados, pecados que después de todo no son tan graves, digo yo, y merecerían su comprensión, si no es que su perdón. No sé, hay cosas que no entiendo en todo esto.
--Yo nunca podría pensar ni aceptar –le dije-- que mis padres, por ser ateos, por luchar por sus ideales con las armas en la mano, por entregar sus vidas, sufran la ira de Dios y sean condenados a padecer entre esas llamas por la eternidad. No lo puedo concebir.
--Además –dijo Ivette--, las veces que hemos asistido a la ceremonia de las novicias en la capilla, cuando refrendan sus votos, no puedo comprender esa profesión de amor, de entrega espiritual hacia la nada, ese amor sin respuesta.
Mientras conversábamos se apagaron las luces y nosotras, si bien a escaso medio metro de distancia, apenas lográbamos vernos el tenue brillo de los ojos por el resplandor que entraba por una de las ventanas.
--Ivette, ¿sientes frío? –le pregunté.
--Sí, un poco.
--Ivette, creo que dos cobijas calentarían más que una. Creo que juntas, además, nos daríamos más calor la una a la otra, ¿no crees?
Entonces Ivette, rauda y veloz, se introdujo entre las sábanas, en mi cama, nos pusimos encima la cobija de Ivette, nos abrazamos, nuestras piernas se entrelazaron y nos miraron fijamente, a pocos centímetros de distancia. Ivette acercó sus labios a los míos y nos besaron apasionadamente, las manos de una en las caderas de la otra presionaban para que los cuerpos se apretaran uno contra el otro. Y así nos quedamos dormidas, con las mejillas juntas, fundidas en un abrazo interminable. Por algún sentido de prudencia, más que otra cosa, fuimos las primeras en despertarnos al alba, separamos las camas y volvimos a poner la mesita de noche en su lugar. Sin embargo, desde esa noche no podíamos hacer a menos de estar más cerca, necesitábamos compartir la misma almohada, las mismas sábanas y cobijas, entrelazar nuestras piernas, sentir el suave roce de los dedos en los pezones y en los muslos, sentir los besos cálidos y las palabras afectuosas susurradas en los oídos. Unidas en esas horas de quietud, de oscuridad, de reposo, la una era la fuerza y el aliento vital de la otra, el mundo feliz se concentraba en nuestras miradas, al tibio aliento que respirábamos una de la boca de la otra, a las caricias, a la seguridad existencial que esa unión nos ofrecía y nos garantizaba en ese frío convento y en ese mundo solitario y adverso.
El año de 1944 comenzó con una gran agitación, con noticias sorprendentes y contradictorias sobre el curso de la guerra que a veces eran alentadoras y a veces confusas y preocupantes. Las noticias las traían las señoras que acudían al Convento para recoger o encargar fundas, sábanas y cubrecamas para sus hijas casaderas. Algunas decían que Mussolini había sido destituido e Italia había declarado la guerra a Alemania; otras que los ejércitos de Hitler estaba en serias dificultades y que si Alemania perdía la guerra, Francia caería en la anarquía o en las garras del comunismo, porque la Alemania de Hitler era el símbolo y la garantía de un nuevo orden mundial; otras que el general Charles de Gaulle adquiría poder dentro del país, controlando desde Londres las fuerzas de la Resistencia, y se debilitaba el gobierno del Mariscal Pétain; que los ejércitos alemanes habían sufrido una derrota fatal en el frente Este.
El 31 de enero Ivette cumplió diecisiete años. Yo lo sabía, me lo había comentado ella misma la noche anterior, con profunda tristeza, recordando cuando sus padres la festejaban en esa ocasión. Ese día al despertarme, le di un fuerte abrazo y un cálido beso en los labios. Durante el desayuno, pedí a las ancianas monjas cocineras permiso para que me permitieran preparar un pastel para festejar a Ivette, sería una reunión sólo de las que se ocupaban en la cocina y sería una sorpresa para Ivette. Las cocineras accedieron y por la noche, luego del servicio de la cena, ordenada la cocina, sin que Ivette lo notara, saqué del horno un pequeño pastel que en la parte superior tenía diecisiete almendras clavadas, lo coloqué sobre la mesa y llamé a Ivette, luego, a una señal mía, acudieron todas las compañeras de labores quienes abrazaron a Ivette y le aplaudieron. Ésta estaba muy emocionada y repartía besos y abrazos.
Mientras comían el pastel sentadas en la mesa de la cocina, una de las jóvenes internas preguntó a la anciana cocinera que estaba a su lado:
--Madre, en estas noches tan frías, ¿usted no duerme con la madre Elizabeth? --refiriéndose a la otra cocinera.
--No hija, ni Dios lo permita, cada quien en su celda, muy bien arropadas.
--Pues yo me paso a la cama de Evelyn y nos tapamos con las cobijas de ella y con las mías, así no sentimos frío—dijo la interna.
--Pues bien hecho, hija --le dijo la monja--, el frío aquí es horrible, se siente y se padece. Hay que cuidarse de no pescar un resfrío o peor todavía una pulmonía.
Y en efecto, algunas de las jóvenes internas, como habían visto que hacían nosotras, antes de que se apagaran las luces del dormitorio, con sus cobijas en mano buscaban una compañera que estuviera de humor y dispuesta a aceptarlas en su cama y al ser aceptadas, tendían encima de ella las frazadas que cargaban y se acurrucaban una a lado de la otra.
La relación entre nosotras dos se fortalecía y enriquecía con el paso de los meses. Nos procurábamos, nos ayudábamos en todo. Yo leí ávidamente, sentada en un reclinatorio de la capilla de San Sebastián que continuábamos frecuentando asiduamente, los libros que trajo consigo Ivette y que se guardaban en el cajón de la mesita de noche. En la cocina, durante las horas entre un servicio y otro, ambas preparábamos postres o platillos que habitualmente no estaban incluidos en el menú del Convento, con gran aceptación y alegría por parte de las religiosas y novicias. Ivette en esos meses comenzó a escribir, recuerdos y poemas, mostrando un gran talento, o por lo menos una enorme inspiración, que ella atribuía a las fuerzas espirituales del amor.
El 25 de febrero se celebró en la capilla de San Sebastián una breve ceremonia en conmemoración del santo, con rezos y cantos del coro de novicias. Nosotras estábamos ahí, paradas cerca de la puerta de entrada y mirábamos la estatua y nos mirábamos mutuamente con el rabillo del ojo. Nos sentíamos en presencia de un cómplice que comprendía y alentaba nuestra relación y nos sentíamos en un lugar que era el refugio de nuestros amoríos y en cierta forma nos pertenecía.
La primavera llegó de improviso anunciándose con el aroma penetrante del huele de noche que estaba en el patio, aroma que inundaba los dormitorios de las internas subiendo por la escalinata. El aire ligero, fresco de día, aunque aún frío por las noches, despertaba en nosotras inquietudes nunca antes sentidas, en sus cuerpos se producían explosiones de sentimientos que las transportaban a lugares imaginarios y sublimes, era una ensoñación, entre estar ausentes y deseos urgentes de caricias y besos.
El 15 de abril, en el silencio de la capilla de San Sebastián, recordamos abrazadas la muerte de mis padres. Yo besé la salamandra que llevaba colgada al cuello y pensé que si no hubiera sido por el amor que había encontrado en Ivette, yo sola seguramente no habría sido capaz de soportar el dolor, el peso de esa desgracia, habría sin duda perdido el juicio. Entonces abracé a Ivette y le di un beso en los labios diciéndole: “Gracias…”, Ivette me sonrió, comprendiendo en su corazón el significado profundo de esa palabra.
Luego, el 28 de mayo cumplí dieciséis años y lo celebramos en la cocina, con las compañeras de labores, también con un pastel preparado por Ivette, entre risas y abrazos y un postre que dejó a todas sorprendidas: marrons glacés, que Ivette preparó desde pelar las castañas, hervirlas al punto y dejarlas en frascos de almíbar, recubrirlas de azúcar cristalizado y servirlas con crema batida.
A mediados de junio la noticia del desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía ya estaba confirmada. Era un hecho que el 6 de ese mes los aliados había roto la sólida defensa alemana y habían penetrado en territorio francés. Las señoras que acudían al taller de costura comentaban que quedaban pocos soldados alemanes en Nancy, la mayoría había sido transferida al frente de batalla. La atención de todos en el Convento se centró en eso acontecimientos. En el taller de costura apareció de pronto una radio que había estado oculta por algunos años entre los costales de la bodega, para evitar que los alemanes la requisaran, o quizá por órdenes de la madre superiora que cumplía a pié juntillas las ordenanzas de las autoridades nazis.
Las noticias eran cada vez más impactantes. Charles de Gaulle pedía calma y disciplina a las fuerzas de la Resistencia, pero a ésta se había unido la población en general y la lucha contra el invasor ya era generalizada, de calle en calle. Al fin, con las lágrimas en los ojos, con miradas incrédulas, pero rebosantes de felicidad, las monjas, novicias e internas escucharon por la radio, el 24 de agosto, La Marsellesa y la noticia de que París había sido liberada. Esa noche, nosotras no podíamos conciliar el sueño. Desnudas, por el sofocante calor del verano, cubiertas apenas por una sábana, permanecíamos calladas, nuestros brazos y piernas se tocaban, mirábamos el cielo raso de la habitación y nuestros pensamientos revoloteaban como mariposas nocturnas en el aire. Ya tarde, mirándonos de frente, acariciándonos el pelo, el cuello, habíamos llegado, sin proponérselo, a una misma conclusión: debíamos abandonar el Convento.
--Pero, ¿dónde iremos? –me preguntaba Ivette preocupada.
--Querida --le dije--, el peligro de regresar a mi casa ha pasado. Sólo espero que esté de pié, que exista todavía, que no la hayan destruido. Iremos allá, nos instalamos en mi casa.
Al día siguiente, muy decididas hablamos con la madre superiora y le manifestamos nuestra decisión.
--Ninguna de las dos –argumentó seria la religiosa—puede abandonar el Convento por su propia decisión. Sólo lo podrán dejar hasta que venga tu madre, Ivette, o la señora Yvonne, tu pariente más cercano, Aline. Las dos son todavía menores de edad y se quedarán aquí. Ese es el reglamento.
Esa noche, sin hacer caso a las advertencias de la madre superiora, tomamos nuestras pocas pertenencias y sigilosamente abandonamos el Convento, horas antes de que amaneciera. Cruzamos toda la ciudad y luego de tres horas, con las primeras luces del alba, llegamos a mi casa, que seguía ahí, completa, con los postigos cerrados. Yo encontré la llave en la maceta, entre las raíces de la plante marchita, en el alfeizar de la ventana, y con reticencia abrí la puerta y entré, por primera vez después de la muerte de mis padres. Temía, como cuando me presenté en casa de Yvonne pocos días después del sabotaje, enfrentarmme a ese silencio sepulcral que me habría hecho sentir la ausencia de mis seres queridos. Pero ahora Ivette me seguía, me apretaba la mano, me daba valor, no estaba sola.
La casa mostraba un total abandono. Había un olor a aire viciado y polvo por todas partes. Abrimos todas las ventanas y nos sentamos en el borde de un sofá en la sala de estar, mudas, mirando cada rincón, sin saber que decir. Luego nos abrazamos, sonrientes. Le mostró a Ivette cada rincón de la casa y después, a la voz de “manos a la obra”, nos pusimos a limpiar, a sacudir, a barrer, con mucho entusiasmo.
A media mañana yo me dirigí a la casa de Yvonne, toqué la puerta emocionada, por ver a la querida vecina, pero me abrió una señora desconocida, quien me dijo que su familia había adquirido esa propiedad luego de que la antigua dueña quedara viuda y perdiera a su hijo, ejecutado por los alemanes. Sentí como una puñalada en el pecho. De nuevo el dolor por las desgracias sufridas por la maldita guerra me golpeaban. Me pareció que ese último año había vivido ajena a ese mundo que me pertenecía, que era mío; las atrocidades de la guerra habían sucedido lejos de mí, mucho más allá de ese muro del Convento que me separaba de la realidad.
El primer día en casa, lo trascurrimos afanadas en la limpieza. Las horas volaron, y por la noche, agotadas, caímos como troncos sobre la cama y dormimos hasta tarde del día siguiente. Al levantarnos nos dimos cuenta de que teníamos hambre y de que en casa no había absolutamente nada de comer. Entonces recordé que mis padres guardaban en un frasco en la alacena algunos billetes y monedas para gastos imprevistos. Fui en su búsqueda y encontré unos cuantos francos, con los que nos dirigimos al centro de la ciudad para adquirir algunos víveres y ver en qué condiciones se encontraba. Para sorpresa nuestra no había muchos daños en los edificios y el centro estaba casi como siempre. Al pasar frente al antiguo y majestuoso edificio de la Municipalidad, notamos que a un costado de la puerta se exponía un Edicto, en el que el nuevo gobierno central hacía un llamado a todos los familiares dependientes de los miembros de la Resistencia que hubiesen perecido en el cumplimiento de su deber, a presentarse en la oficina de Apoyo a Familiares y Reconocimiento a los Combatientes de la Resistencia Francesa.
Fue grande mi sorpresa cuando al presentarme en esas oficinas, y luego de algunos trámites de rigor, me entregaron dos medallas al mérito, en reconocimiento al sacrificio realizado por mis padres y, además, me asignaron una modesta pensión mensual, hasta que llegara a la mayoría de edad.
Las medallas son precisamente esas que te mostré. Son mi orgullo y las venero como venero la memoria de mis padres. Con Ivette de inmediato comenzamos a echar las bases de nuestro proyecto, abrir un bistrot restaurante que logramos realizarlo con nuestro esfuerzo, dedicación y por qué no decirlo, con nuestro arte culinario. A principios de los años sesenta, a raíz de la sangrienta e insensata guerra en Argelia que Francia mantenía con Charles De Gaulle como presidente, presionado por grupos militares de ultra derecha, hubo centenares de miles de muertos, te recomiendo que veas el film La Batalla de Argel de Gillo Pontecorvo para darte una idea de esa barbarie. Argelia al fin logró la merecida independencia en 1962, con Ahmed Ben Bella, pero en Francia los orfanatos se llenaron de niños y niñas abandonados por sus madres que habían perdido a sus maridos en el campo de batalla y no podían sostener a sus hijos. En ellos, pensamos Ivette y yo, se repetía la historia de abandono y orfandad. Por eso en esa época, mujeres maduras y con un próspero negocio, decidimos adoptar a Veronique y a Sophie, que desde entonces fueron nuestras adoradas hijas. La vida con ellas ha sido maravillosa, plena, y a fines de los años ochenta ambas se casaron y poco a poco tomaron las riendas del bistrot. Ivette y yo fuimos muy felices y esa felicidad duró hasta que Ivette falleció hace poco más de seis años.
Esta, querido amigo, es esa parte de la historia de mi vida que querías conocer y yo, para serte sincera, desde hace tiempo deseaba escribir para dejar un testimonio y un tributo a Ivette, además de cómo del dolor y el abandono puede brotar un amor duradero, fiel a sí mismo, profundo como es nuestro caso y el de nuestras hijas. Sin duda, amigo mío, es un arte vivir la vida a plenitudy la base, el pilar fundamental, de él es la capacidad de amar.
Aline, Sentiments affectueux. Nancy 2011.
