FICCION Y CRONICA                                                                      
 

M A L A N D R A

Las muertes de Guernica

    Cuando el presidente Azaña nombro a Francisco Lago Cabello, destacado miembro del partido comunista, amigo entrañable de de la Pasionaria, como jefe del gobierno republicano, medida táctica destinada a facilitar y acrecentar la ayuda que comenzaba a llegar de Rusia, los reaccionarios falangistas se pusieron histéricos y para ellos el Frente Popular se convirtió en la encarnación del mismo demonio.
 

    Pero la joven Rusia era para nosotros, los republicanos españoles, todavía un misterio, era todavía el “país de los sueños”, un lugar difícil de definir, difícil de saber si era cierto o no lo que ahí sucedía, lo que se comentaba en la prensa internacional, y de esa misma forma, la ayuda, el apoyo vital que de ella esperábamos, se traducía apenas en respaldo moral, en solidaridad y camaradería, además de algunos fusibles y voluntarios que se integraban a las brigadas internacionales.  

    En cambio Franco, quien definitivamente se habia declarado en guerra contra segunda República y en forma decidida movilizaba las tropas a sus ordenes en contra del gobierno constitucional, elegido democráticamente, acudía a Alemania y a Italia, concretamente a Hitler y a Mussolini, y estos formaban parte de un mundo más real y cercano, todos ellos hablaban un mismo lenguaje, mas practico y más efectivo. Ellos hablaban de regimientos y batallones y enviaban aviones Heinkel y Junker para sofocar “el cáncer del comunismo que se estaba apoderando de Europa”. Ese era apoyo eficiente y eficaz: solo ocho de esos aviones, en dos horas, arrasaron Guernica, segando con sus bombas y sus metrallas, la vida de 800 hombres, de 1,300 mujeres y 300 niños. Esa era una pequeña muestra de la brutalidad que cometían los defensores de los “pilares de España”, de quienes pretendían preservar a España como “baluarte y reserva espiritual de occidente”. 

El exterminio de gente inocente la justificaban diciendo que Guernica era un refugio de comunistas. 

Las brutalidades de la guerra  

    Bueno, así estaban las cosas en España en agosto de 1936. En un lapso de dos meses los acontecimientos se habían precipitado y la correlación de fuerzas no favorecía a la República. Las tropas de Franco avanzaban, se habían unido en Badajoz a las tropas del general Mola, enemigo acérrimo de la República, y las fuerzas del Frente Popular se replegaban. El conflicto se habia extendido y el dialogo político habia fracasado, debido principalmente a la posición intransigente de los grupos de derecha, atemorizados por un posible avance del socialismo en el mundo occidental. Por lo tanto, no quedaba más que la guerra y matarnos unos a otros. 

    Entre más el conflicto arreciaba, más y mas eran las brutalidades que se cometían en uno y otro lado del frente de batalla. O en nombre de la justicia social, del pueblo y de la revolución, o en nombre de Dios, de la patria y de la sagrada propiedad, el caso es que se llevaban a cabo detenciones arbitrarias, ejecuciones sumarias y hasta venganzas personales, “añejas cuentas por sanar”, como decían algunos. 

    Todos caíamos en las más viles aberraciones, humillando y vejando al prójimo, al adversario, sin respeto alguno por la vida, por el ser humano. Pero con todo, habia que reconocer, objetivamente, que los falangistas, los enemigos de la República, eran los más desvergonzados e hipócritas. Predicaban a diestra y siniestra que los pilares de España eran la Iglesia, el ejército y el movimiento falangista, y que era un deber moral salvara a España, “baluarte y reserva espiritual de occidente”, mientras que en el fondo lo que pretendían era salvar los intereses de la Iglesia, los bienes de los terratenientes, de los grandes comerciantes, de la aristocracia, las riquezas acumuladas tras siglos y siglos de explotación. 

    En el Frente, por lo menos, éramos honestos, nuestros pensamientos, nuestras ideas, correspondían a nuestras acciones, todos sabían lo que pretendíamos y como intentábamos lograrlo, y eso sí, muchos sabían que éramos unos románticos empedernidos, unos idealistas o más bien soñadores y ateos. 

Las casas de seguridad