L a  O u i j a       

 

Uno 

 

Con el telegrama sobre su pequeño escritorio, en el que Nora le daba la noticia de la muerte de su hermano Oscar, Bruno posó la mirada en ese papel que en un sencillo marco colgaba en la pared, frente a él, y leyó:

 

 


        

 


 DE UN JOVEN GUITARRISTA MEXICANO

 

Con motivo de su incorporación al Taller de Música

del Maestro Andrés Segovia en Sevilla, España,

el joven guitarrista mexicano

OSCAR BRAVO 

ofrecerá un recital el próximo miércoles 20 de abril

en la Sala Manuel M. Poce de Bellas Artes.

Interpretará: Sevilla, Granada y Asturias de Isaac Albeniz;

Estudios de Sor; Recuerdos de la Alambra de Francisco Tárrega;

y otras piezas.

México, D.F. 1964
 

 

     En ese momento Bruno recordó aquella tarde de junio de 1960, en la que doña Elvira lo llamó por teléfono para decirle, un poco preocupada: “Bruno, venga a la casa por favor, el espíritu de una mujer italiana se ha posesionado de Oscar, venga a descifrar a ver qué quiere porque al pobrecito no lo deja ni comer ni dormir”. Bruno, leyendo de nuevo el telegrama, pensó que el principio del fin de Oscar comenzó precisamente en esos días de junio de 1960, con esos extraños acontecimientos que él presenció.

     Oscar y Bruno se conocieron en 1958 en la Escuela Nacional de Música. Ahí Oscar estudiaba guitarra y era uno de los alumnos preferidos, y de los más brillantes, del maestro Francisco Moreno, gran guitarrista, renombrado, hasta de fama internacional, que daba clases a un muy reducido grupo de estudiantes seleccionados. También había el curso regular, para los demás estudiantes de guitarra, los que no mostraban aptitudes excepcionales de acuerdo al criterio del maestro Moreno.

     Bruno iba a la Escuela tres veces a la semana a impartir un curso de italiano para los alumnos interesados en aprender ese idioma, que eran principalmente estudiantes de canto. Una de sus alumnas era Nora, hermana de Oscar, quien daba la impresión de tener una debilidad particular por todo lo que fuera italiano, pero en realidad ella relacionaba con Italia sólo sus personajes favoritos de la Opera y sus tragedias y dramas. Ella le presentó a Oscar, quien se convertiría en su gran amigo y con quien compartiría los avatares de esta vida y los misterios del más allá.

     Nora, una adolescente de diez y siete años, un día de abril de 1958 le dijo a Bruno:

     --Profesor, mañana es cumpleaños de Oscar. Cumple diez y ocho años. Me gustaría mucho que fuera a la casa como a las ocho. Vamos a hacerle una merienda, algo familiar. Fíjese que Oscar y yo les hemos hablado de usted a mis papás y tienen muchas ganas de conocerlo. Ojalá nos acompañe.

     Bruno le dijo que con mucho gusto iría, además era una buena oportunidad para hacer un brindis por su propio cumpleaños, pues él había cumplido esa misma edad la semana anterior.

     Bruno percibía la gran simpatía que Nora sentía por él, quien además no la ocultaba, y quizás en el fondo, era la esperanza de Bruno, podría haber algo más que simpatía. A pesar de ser una hermosa adolescente, Nora era una joven a la antigua, se peinaba con el pelo estirado y un moño o rodete atrás, en la nuca, vestía de largo, blusas hasta el cuello, era sumamente recatada y no había caso que tuteara a Bruno. Parecía devota de alguna orden religiosa o bien de una inocencia trasnochada. Tenía una agradable voz, aunque todavía no muy bien definida, pero sabía que el canto no era su futuro y por eso estudiaba también Técnicas Financieras y de Crédito  en la Escuela Bancaria.

     Cuando Bruno fue por primera vez a la casa de los Bravo, aceptando la invitación de Nora, en realidad buscaba una oportunidad para acercarse a ella. Quizás cruzó por su mente la idea de que sería un desafío poder tener una aventura amorosa con una muchacha inmaculada, de estrictos modales y principios. Era después de todo muy atractiva, tenía unos labios carnosos y una sonrisa dulce, cándida, que a Bruno le fascinaba porque entrecerraba los ojos, como un pequeño resquicio de coquetería. Bruno se reunía casi todos los días con dos amigos italianos y una consigna que tenían de total observancia era no dejar pasar nunca, pero nunca, salvo muy contadas excepciones, digamos cuando aparecían unas verrugas por ahí, una sombra de bigote, de bozo, unas piernas de popote, la más mínima posibilidad de  conquistar una mujer.

     El recibimiento de los padres de Nora, don Ramón y doña Elvira, y de Remigio, el hijo mayor, fue de un sorpresivo afecto y de una  deferencia desmedida. Bruno se sentía un poco incómodo que lo trataran de usted, todos excepto Oscar, que le tuvieran tantas consideraciones, que se refirieran a él sólo como profesor (“Profesor, usted siéntese aquí”; “Profesor, por favor, sírvase un poco más de chocolate”; “Profesor, ¿le gustó el pancito?”, lo que no dejaba de ruborizarlo). Pero a pesar de ello, Bruno en seguida sintió en esa casa un ambiente muy acogedor, muy familiar, muy a la mano, como de pueblo, ambiente que tanto añoraba desde que tres años antes había dejado su familia en Italia para venir a México, viajando solo, para reunirse con  su hermano.

     --Pero por favor --insistía Bruno--, no me digan profesor…

      --Es que nos dice Nora --comentaba doña Elvira-- que usted conoce muy bien la gramática y sabe enseñarla para que los alumnos comprendan cosas muy complicadas y que hasta habla latín …

     --Lo que sucede --explicaba Bruno--, es que en Italia el italiano y el latín son materias que se imparten por varios años, se estudian a fondo, se hacen composiciones, es decir se desarrollan  temas que nos ponen los profesores, se traduce al italiano a Cicerón, a Cesar, a Virgilio…--, y estos comentarios causaban aún más admiración hacia el joven profesor.

     Toda la casa de los Bravo, toda la familia, estaba impregnada de música. Doña Elvira, una robusta mujer de unos 46 años, había estudiado piano en el Conservatorio Nacional de Música, tocaba con gran sentimiento y no dejaba pasar ocasión para interpretar alguna pieza. Don Ramón, de unos 50 años, había sido violinista en la Sinfónica, y se había retirado después de casi 30 años de pertenecer a ella; Remigio también tocaba violín, habiendo recibido lecciones de su padre, pero como pasatiempo, pues estudiaba la carrera de ingeniería. Oscar era el único dedicado tiempo completo a la música. Y todos veneraban al gran maestro Bach, sintiendo por él una verdadera veneración.

      Después de ese día, Bruno se reunía con frecuencia con Nora y  Oscar en la Escuela de Música y comenzó a frecuentar su casa varias veces a la semana, donde disfrutaba el ambiente familiar y el rico chocolate batido con pan dulce o con tamales o con tostadas con tinga de pollo. El romance con Nora nunca se dio, pues por una parte Bruno no insistió en ese terreno y por otra Nora en verdad vivía en un mundo de inocencia y recato infranqueable.

     Don Ramón, al retirarse de la Sinfónica, se dedicó a construir guitarras, instrumento que consideraba fascinante, y en cierta forma estimulado por la vocación de su hijo. Permaneció durante unos cuatro meses en Paracho, Michoacán, donde aprendió los fundamentos del oficio que luego él llevó a la perfección. Conociendo esta habilidad de don Ramón, en una ocasión un compadre suyo de nombre Gabino, que creía a pié juntillas en el espiritismo, en la posibilidad de comunicarse con las almas de los difuntos, y además era conocido por sus poderes extrasensoriales y por realizar “limpias” que hacía a quien pudiera estar poseído por espíritus malignos o a quien se le hubiese hecho un “mal de ojo”, le pidió que le construyera una ouija. Para tal efecto le llevó una muestra hecha de cartón de sesenta por treinta centímetros que en la parte superior izquierda tenía escrito SI, en la parte superior derecha NO, entre estas dos palabras los números del 0 al 9 bien distribuidos, en el centro, en una hilera con una ligera curvatura las letras de la A a la M y debajo de ésta otra hilera siguiendo la misma curvatura, con las letras de la N a la Z. Además le llevó, también como muestra, un pequeño triángulo isósceles, un poco más grande que la palma de una mano, que tenía un orificio redondo cerca del ángulo superior, apuesto a la base. La ouija debía ser construida con una madera delgada que no llegara a pandearse, sumamente pulida y lustrada, como las tapas de las guitarras, con las letras y números bien marcados, que se distinguieran fácilmente, y el triángulo, que a través del orificio servía de lector de cada letra y número, debía estar por una de sus caras bien pulida y por la otra debía tener, cerca de cada ángulo, una redondela de felpa prensada que le permitiera deslizarse con suavidad sobre la superficie de la ouija.

     Después de construir una de estas piezas para su compadre Gabino, que por cierto la alabó mucho, don Ramón hizo otras para sí, de una belleza extraordinaria, algunas   hasta con tipo de letra gótica y bauhaus. Tenía cuatro de ellas colgadas en la pared de la sala, en verdad muy llamativas. “Las hago, decía no con poca modestia, mejor que el señor Elijah Bond, quien las inventó, y más bonitas de las que hace ahora Hasbro, que las ha comercializado mucho”.

     Con motivo de la construcción  de su ouija y con la curiosidad de ver como don Ramón construía las otras para sí, Gabino frecuentó con más frecuencia que antes la casa de los Bravo y hacía demostraciones asombrosas de cómo invocar las almas de los difuntos con la ayuda de ese instrumento. Quien más atento estaba a estas demostraciones era Oscar y según Gabino era el que tenía más sensibilidad y vocación de médium.

     --Oye Oscar, pero te voy a decir una cosa –advertía Gabino--, éste no es un juego, es algo que puede llegar a ser peligroso porque no todos los espíritus que andan por ahí son buenos. Hay espíritus que en su vida terrenal han hecho maldades y esos son muy peligrosos, no se integran a la corriente de las buenas y bondadosas hasta que no se redimen, y muchos no tienen intenciones de hacerlo. Así es que ten mucho cuidado –concluía Gabino.

     Una de esas noches, después de la merienda, Oscar le pidió a Bruno que le enseñara algo de italiano, no quería clases formales, cosas complicadas de gramática, sino aprender unas cuantas frases, por puro gusto, por amor a ese idioma y a ese país, que, decía, era la cuna del arte y que un día sin falta tendría que visitar. Los dos, después de merendar, se encerraban en la recámara de Oscar y mientras éste hacía complicados ejercicios en la guitarra que Bruno escuchaba atentamente, admirando la destreza de su amigo y comenzando a sentir una fascinación por ese instrumento, escribía en una libreta: Chi sono io? Il mio nome é Saverio, io sono messicano, io parlo spagnolo, tu sei il mio amico… No cabía duda que Oscar tenía un talento y  una habilidad excepcionales para tocar la guitarra y también una sensibilidad extraordinaria por el arte en general.  Era además muy perfeccionista, no toleraba ni un mínimo error en sus ejercicios y muy susceptible, pues tampoco se le podía criticar nada. A Bruno se le hacía un poco exagerado y hasta para su gusto medio neurótico. Pero así son los artistas, pensaba.