C U E N T O S D E M I S T E R I O
LA DECIMA VICTIMA
Esteban
Esteban aún no cumplía nueve años cuando una tarde de domingo, invadido por el hastío y una sensación extraña, como de vez en cuando le sucedía, pero ahora más fuerte que nunca, que le ofuscaba la razón, dejó la sala de televisión donde se encontraban reunidos, como todos los domingos, sus padres, don Ramón y doña Gloria, su abuela doña Josefa y la sirvienta María, y entró en la veranda de grandes ventanales. Ahí, en varios macetones, crecían exuberantes la piñanona, la amoena, la begonia y el helecho. Se acercó con paso desganado a la enorme jaula de los periquitos australianos que se encontraba en uno de los rincones de la veranda y permaneció observándolos con mirada extraviada, un buen rato, con la cara pegada a los delgados barrotes. Los periquitos de plumas multicolores, coqueteaban con un continuo y bullicioso gorgoreo, entrelazando uno con otro sus picos curvos.
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Esteban era un niño hermoso, de una belleza renacentista, con el pelo color castaño, abundante, que casi formaba bucles en las sienes, nariz fina y recta, ojos color avellana, boca chica y labios carnosos y de una buena estatura para su edad. Era el menor de tres hermanos y el centro de las burlas maliciosas de Francisco y Rosa que, con diez y once años más que él, le decían irrespetuosos que la madre lo había tenido “con pecado concebida”, o bien que había sido concebido “por obra y gracia de Santiago de Compostela”, aludiendo a que podría ser hijo de otro padre y no de don Ramón Arrieta, hombre por cierto rudo, barba cerrada, de grandes y tupidas cejas, nariz un tanto aguileña y de catadura hosca.
--Ya sabes, Bam-Bam --, así le decían por los dos pequeños hoyitos que se le formaban en los carrillos--, el compadre pudo haberle hecho el favor a mi mamá, uno nunca sabe--, y los hermanos se reían en su cara con burla, mofándose de él.
Gloria, mujer bien plantada y buena moza, la esposa de Ramón, y también se sentía desconcertada ante esa belleza de su hijo, más femenina que varonil, pero más la desconcertaba el hecho de haber tenido a este último retoño a los cuarenta y cuatro años y sin desearlo.
Ramón, hijo de gallegos, había mandado traer, por consejo e intermediación de su compadre, a Gloria del pueblo de sus padres, Betanzos, cuando ésta era aún adolescente, junto con su madre doña Josefa. Las dos mujeres sufrieron lo indecible para aprender nombres y acostumbrarse de la vida en la Ciudad de México. Los primeros años vivieron atormentadas por la nostalgia y no dejaban de hablar de las fiestas de agosto en honor a San Roque, el patrón de la ciudad, de los Caneiros, de la iglesia de San Francisco, de los paseos remontando el río Mandeo, del cocido, de los callos a la gallega, de las chuletas de cordero, del caclos, de las judías con tocino y morcilla, de las filloas rellenas, y nunca pudieron ni pronunciar bien ni comer chayote, xoconoxtle, chilacayote, pipisha, quelite y mucho menos el huitlacoche. Sin embargo, como buenas gallegas, mujeres incansables, astutas, trabajadoras, y comerciantes ahorradoras, se propusieron desde el día de la boda no cejar, sobreponerse a cualquier sentimentalismo, costumbres extrañas o desavenencias y, de común acuerdo con Ramón, planearon desde un inicio que a los cincuenta años dejarían la tienda que tenían de abarrotes y ultramarinos finos en manos de sus hijos y ellos regresarían a gozar del merecido descanso y de las maravillas que ofrecía su terruño allá en Betanzos o en la cercana ciudad de La Coruña.
Pero todo había salido en perjuicio del proyecto, como si una mano demoníaca les hubiera a propósito torcido el destino. Francisco, a pesar de las insistencias de los padres, ni por equivocación se asomaba por el negocio y se había dedicado a la música, pero a la que Ramón consideraba la más nefasta, al rock and roll y al pop y cosas semejantes. A veces, antes de irse a la cama, viendo a Francisco salir de casa con su enorme guitarra colgada tras la espalda, pantalones de mezclilla andrajosos y greñas que le llegaban a los hombros, Ramón elevaba la miraba hacia el cielo raso de la recámara y le decía a su mujer: “Ay, Gloria, ¿qué pecado estaremos espiando? Joder, estoy seguro que el Señor nos está castigando por alguna falta que hemos cometido o nos está poniendo a prueba”.
Y lo mismo sucedía con Rosa, que con el pretexto de acompañar al hermano a los ensayos o a sus eventos, desaparecía por las noches y a veces hasta por dos o tres días. Vestía una minifalda de mezclilla que apenas le tapaba la redondez de los glúteos y el pubis, una medias gruesas como mallones, con hoyos en las rodillas y muslos, y unos botines con agujetas. Pero el acompañar a su hermano fue verdad en un principio, porque luego se convirtió en un buen pretexto para “agarrar su propio rollo” con un grupo de rufianes que en una disco de categoría inducían a los jóvenes e incautos clientes a consumir todo tipo de droga, de la más corriente hasta la doña Blanca, de acuerdo con las posibilidades de cada quien.
Por eso a Ramón Arrieta, al pasar el tiempo, las insinuaciones irrespetuosas de sus hijos, que las hacían en su propia cara, en cuanto a que su mujer fuera “con pecado concebida”, o que algo tuviera que ver el compadre Santiago con que quedara embarazada de Esteban, o el hecho de que naciera un hijo sin desearlo, cuando iba ya para los cincuenta años y que fuera de esa belleza sospechosa que él observaba sorprendido como si fuera un extraño, le era absolutamente indiferente, no le hacían mella. Ni eso ni ninguna otra cosa. Había caído en ese pozo de la desilusión y la resignación sin esperanza, y entre más años pasaban su vida se circunscribía en mantener el negocio, en fumar cuatro paquetes de cigarros al día, vicio que con esa misma intensidad lo secundaba la suegra, y sentarse frente al televisor como zombi, tomando una cerveza tras otra y en ver los programas que le podrían distraer y en dejarse apapachar por la sirvienta María.
Cuando descubrió el show de “Laura en América”, se sintió, junto con Gloria, bastante reconfortado porque veía como los invitados a ese programa se insultaban, se acusaban de infidelidades, se presentaban y se sentaban uno a lado del otro, sin recato alguno, el marido, la mujer, el amante de aquel o de ésta, gente vulgar, que se decían groserías, majaderías, mirándose con ojos de basilisco, agitando las manos en el aire, gritándose: “Es que tu no me llenas como lo hace él, a ti no se te para ni con chochos…”, decía una mujer a su marido, enfurecida; “…es que tu ya no eres una mujer digna de tus hijos, eres una vil puta…”, le contestaba el hombre. Y Ramón sonreía, maliciosamente, pensando que su vida, después de todo, no era tan desgraciada, no se comparaba con la de esas gentes:
--Joder, esos no tienen dignidad ni honor, son como animales de estercolero--, decía en voz alta; era como hallar consuelo viendo las bajezas y desgracias ajenas, y Gloria lo secundaba y doña Josefa, que apenas oía, asentía con la cabeza y María se refocilaba con las intimidades que ahí se ventilaban y aún se excitaba, y de vez en cuanto, con ojo vigilante, cuando veía la botella de cerveza vacía del patrón, iba a la cocina por otra, y la traía con más cacahuates y papas fritas, y le acariciaba el lomo y la nuca, con suavidad, cuando pasaba detrás de él.
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Esteban era un niño aparentemente de una gran paciencia, muy tolerante, sociable, tranquilo. En la escuela era sobresaliente, pero algo sentía, como un ofuscamiento, un retortijón de tripas, cuando algunos compañeros se burlaban de él diciéndole: “Dame un besito, Bam-Bam”, algún compañero que visitó su casa se había enterado del sobrenombre. “A ver chulita, préstame tu mano para que sientas lo que tengo aquí…”, y del mismo modo las insinuaciones de sus hermanos las soportaba en silencio, acumulando un rencor que se iba sedimentando en su alma como estalagmita, y a veces, necesitado de refugio y consuelo, como pidiendo amparo, buscaba los ojos de su madre, de mirada esquiva, pero sólo encontraba indiferencia, o echaba una mirada a su padre, quien no quitaba los ojos del plato de fabada que tenía enfrente, en la mesa, o de la pantalla de la televisión o de las piernas de María quien, sentada en una silla a su derecha, las cruzaba y descruzaba, con la falda hasta los muslos, con una disimulada sonrisa de gatita cachonda.
Cuando Esteban se aburría de escuchar tantos insultos, tantas palabras soeces, de ver tanta violencia en la televisión, a veces cruzaba la calle e iba a casa de sus vecinos de enfrente, don Javier y doña Esther, quienes lo mimaban mucho, y pasaba horas enteras con ellos y con su hija Fernanda, de dieciséis años, quien le agradaba sobremanera porque lo colmaba de piropos, le hacía cariños, lo besuqueaba, le revolvía el pelo y le prestaba libros para leer. Ellos también le decían Bam-Bam, pero la intención, el tono de voz, era diferente, y mientras que al escuchar ese sobrenombre de boca de sus hermanos y compañeros lo exasperaba, en boca de sus vecinos lo complacía y le hacía gracia. Fernanda era una adolescente bien desarrollada, agraciada, muy cariñosa, y a su edad, carente de prejuicios, no existía el pecado; demostraba su afecto en cualquiera de sus formas, expresiones y manifestaciones, al natural, como le salía del corazón. Don Javier trataba a Esteban como a un hijo. Seguido le pedía que lo ayudara a arreglar la podadora del pasto o bien a arreglar alguna persiana, desmontando juntos el carril o los carretes, los soportes de los listones verticales de pvc o de los listones horizontales de las persianas venecianas, que siempre causaban problemas. Esteban mostraba una gran habilidad manual y le fascinaba entender el mecanismo de esas cosas, como las persianas, de las que se había convertido en un experto, que también había en su casa, pero que seguramente nadie comprendía su funcionamiento, y él las componía cuando presentaban algún problema.
Esteban entraba en la recámara de Fernanda como si fuera la suya propia, y conversaba con ella o se quedaba observando como hacía sus trabajos manuales para la escuela o simplemente se sentaba en un rincón y se ponía a leer lo que Fernanda le ponía en las manos. Ahí Fernanda sembró en él la semilla del placer por la lectura, que después se convertiría en una verdadera pasión. La recámara de Fernanda olía a lavanda, tenía en cada cosa un toque femenino, siempre estaba ordenada y tenía varios estantes con libros, a diferencia de la de Rosa, que tenía en la puerta un letrero en el que, escrito con plumón, decía: PROHIBIDO EL PASO A GALLEGOS, JA, JA, y las paredes estaban tapizadas con grandes afiches de Britney Spears, U2, The Police, Mike Jagger, olía mal, siempre desordenada y no había un solo libro. La recámara que Esteban compartía con Ramón también tenía por todas partes afiches de Maserati, Ferrari, Porche, de grupos de rock y cantantes, revistas de coches y Playboy amontonadas en los rincones y sólo en la mesita de noche de Esteban había uno que otro libro que le iba prestando Fernanda. Ahí estuvieron libros como Los Tres Mosqueteros, El Conde de Montecristo, Viaje Alrededor del Mundo en 80 días, y otros más de Salgari, que Ramón ni siguiera se dignaba echarles un vistazo.
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Una tarde, Fernanda estaba acostada boca abajo en su cama con la computadora portátil frente a ella. Esteban se sentó a su lado y vio que chateaba con alguien, emitiendo risitas nerviosas y exclamaciones de sorpresa. Ese día Fernanda le habría de enseñar a Esteban uno de las maravillas de la naturaleza humana: el erotismo. De pronto le dijo a Esteban:
--Mi querubín, a ver Bam-Bam, ven acá, acércate, préstame tu mano, ciérrala, como un puño--, y se la llevó delicadamente debajo de la falda, entre sus piernas y le ordenó que con la otra le acariciara la espalda, por debajo de la blusa.
Luego Fernanda, siguiendo con el chateo, comenzó a mover el pubis y la cintura con ritmo, emitiendo leves quejidos, mientras el puño de Esteban frotaba la entrepierna y el sexo de ella, hasta que Fernanda emitió un sordo aullido, exhaló lentamente todo el aire que tenía en los pulmones, apoyó la frente en su antebrazo, tuvo unos estertores y se quedó quieta. Esteban sentía el puño húmedo y mirando el cuerpo tranquilo, en reposo, de su amiga, comprendió que ese estado, como si estuviera muerta, debía ser la máxima expresión del placer. Y Fernanda así se lo hizo saber; se dio vuelta sobre la cama y miró el cielo raso y le dijo:
--Ay, Esteban, mi querubín, qué rico me sobaste la palomita, porque tu debes saber que yo tengo una palomita traviesa aquí--, y se indicaba la entrepierna con el dedo índice de la mano derecha, y agregó--: Imagínate si uno siente tan rico con una sobadita, cómo se sentirá el resto, cuando sea de a de veras--, concluía mientras Esteban la miraba con ojos desorbitados y con la boca abierta.
Y luego, sentada en el borde de la cama, apretando entre sus dedos la nariz de Esteban le dijo:
--Bueno, Bam-Bam, ahora vete a tu casa, no te laves esa mano en toda la semana y llévate el libro. Anda vete ya--. Y Esteban se iba, sin decir una palabra, pero con el corazón rebosante de felicidad.
Fernanda era dominante con Esteban, pero éste sentía que eso significaba que había algo de interés por él. Le gustaba que le ordenara qué hacer, qué leer, cuándo irse, cuándo quedarse, le gustaba en verdad sentirse bajo su dominio, era una sensación de pertenencia, y por eso obedecía dócilmente todo lo que le ordenaba ella con esa voz autoritaria y coqueta.
Y así, frecuentaba a Fernanda los domingos y a veces él mismo se ofrecía y le decía con cierta solapada ingenuidad: “¿Fernanda, no quieres que te sobe la palomita?”, y a veces la respuesta era negativa, y a veces le decía que sí, y ella se acostaba boca abajo en la cama, abría la computadora y mientras chateaba o veía cosas excitantes, se dejaba acariciar en la entrepierna por Esteban. Pero él también, muy pronto, comenzó a sentir que algo extraño le sucedía entre sus muslos, su sexo despertaba y un tremendo susto se llevó una tarde cuando por primera vez un chorro de líquido caliente, incontenible, brotó de sus entrañas y mojó calzones y pantalón. Dio un salto y miró aturdido la mancha que le corría desde la bragueta para abajo. Fernanda, al darse cuenta de lo que le había sucedido, le dijo, con los ojos desorbitados y llevándose la mano a los labios:
--Ora sí, mi querubín, ni para que te cuento lo que se siente. ¡Mira cómo estás, y se te nota esa cosa que tienes ahí, que te ha crecido! A ver qué le vas a decir a tu mami cuando te vea, anda, vete a tu casa, corre, vete ya.
Pero en su casa nadie se percató de lo que le había sucedido, de ese maravilloso despertar de su sexualidad. Esteban pasó de largo por la sala de la televisión, inadvertido, y en la recámara se quitó pantalones y calzones y los lavó en el baño como mejor pudo. Luego se quedó pensando en esa maravillosa sensación que le había sacudido hasta las entrañas.
Un día domingo, cuando aún no cumplía nueve años, se presentó en casa de Fernanda, llevaba Alicia en el País de las Maravillas para devolvérselo y en el corazón la esperanza, entreverada con el deseo ya arrebatador, de sobarle la palomita. Pero Fernanda estaba en la sala, sentada en el sofá, sosteniendo un lindo cachorro Maltés entre sus brazos, y a su lado se encontraba sentado un desconocido, con las piernas estiradas, pelo con gomina, que mantenía su brazo sobre los hombros de Fernanda.
--Hola, Bam-Bam--, dijo Fernanda al verlo entrar, y mirando a su acompañante, agregó--: ¿No es un chico lindo?--. Luego agregó, dirigiéndose ora a uno ora a otro--: Mira, este es Pablo, mi novio, y ese es Esteban, mi vecinito… y este es Ringo, mira qué hermoso cachorro me regaló Pablo, ¿es precioso, verdad?
Esteban quedó unos minutos callado, mirando a ese desconocido que apenas le sonrió, que no quitaba el brazo de los hombros de Fernanda, que tenía un arete en el lóbulo de una oreja y una pelusa oscura, remedo de bigote, debajo de la nariz y una mirada de superioridad que molestaba a Esteban, más que todo lo demás. Al fin Fernanda le dijo:
--Esteban, no te quedes ahí parado, anda, lleva el libro arriba y llévate el que quieras, pero anda, muévete--, y volteó a ver a su novio con una gran sonrisa dibujada en los labios y una mirada que destilaba coquetería.
Pero Esteban por primera vez le desobedeció y de mal modo dejó el libro sobre la mesa de la sala, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta de salida.
--Oye, oye, ¿cómo se dice?--, le gritó Fernanda con voz estridente, y agregó en tono burlón--: Gracias y mucho gusto. Anda, vete, mi querubín malcriado--, y Esteban la miró por encima del hombro entornando los ojos, salió de la casa dando un portazo y sintió esa misma sensación cuando sus hermanos y sus amigos se burlaban de él, pero de pronto, al cruzar la calle, sintió que era algo diferente, porque el corazón le estallaba, se le nublaba la vista, no pudo entender por qué ese cariño, esa ternura que sentía por Fernanda de repente se convertía en rabia, casi en odio. Ese día Fernanda le enseñó también lo que era la corrosión que los celos producen en el corazón de un enamorado.
Regresó a su casa, se sentó a lado de su madre, pero el ofuscamiento no le permitía ver las discusiones y ni como los invitados de Laura de ese domingo se jaloneaban de los cabellos sin que los hombres de negro, los de seguridad, lograran separarlos. Entonces se levantó como autómata, hastiado, y se dirigió a la veranda.
Esteban abrió la puerta de la jaula, introdujo la mano, el brazo, mientras los periquitos australianos, asustados, alborotados, revoleteaban. Uno de ellos no atinó a posarse a lado de los otros, en el más alto de los palos, y cayó al piso de la jaula. Esteban lo asió y lo sacó de ella. Se lo acercó a sus ojos, miró atentamente los del periquito, que eran como unas lentejas, acarició la cabecita por encima de las diminutas fosas nasales que se notaban donde comenzaba el pico, le dio vuelta y le acarició con el índice la barriguita, sintiendo la suavidad de las plumas que en esa parte se confundían con pelusa. Hundió la nariz en la barriguita del periquito y la besó. Lo volvió a dar vuelta y mientras concentraba su mirada en los ojos del periquito, comenzó a apretar lentamente, cada vez con más fuerza, el cuerpo del animalito, más y más fuerte; sentía en su mano el corazón que latía aceleradamente y continuaba observando los ojos redonditos y desorbitados, luego, poco a poco, los párpados se cerraron y el periquito australiano dejó caer de lado la pequeña cabeza, ya sin vida.
Esteban quedó con el cuerpo del animal en la mano, sintió una cierta satisfacción al ver como podía aprisionar a ese ser que poco antes revoloteaba rebelde en la jaula, y después quedó maravillado por la docilidad del cuerpo del ave, al ir muriendo lentamente. Le movió la cabecita varias veces, de un lado a otro. Cuando sintió que el cuerpo comenzaba a enfriarse y pasaba a una cierta rigidez, lo dejó caer cerca de la puerta de la veranda, mientras regresaba a la sala de televisión, donde se fue a sentar a lado de su madre en el sofá, sin poner atención al programa en vivo en el que las parejas discutían, se insultaban, alegando infidelidad, y los hombres altos, vestidos de negro, sostenían a uno u otro participante que se levantaba de sus asientos para agredir a quien acusaba de esto u otra cosa.
Cuando María fue a la cocina por otra cerveza para don Ramón, al pasar frente a la veranda vio el pájaro muerto en el piso, y, asombrada, se acercó a la señora Gloria, y exaltada le dijo que había visto salir de la veranda a Esteban y ahora ahí estaba, en el piso, uno de sus queridos periquitos muerto. Gloria llegó incrédula, de una carrera a la puerta de la veranda, recogió el animalito del suelo y regresó como una energúmena a la sala de televisión y levantando a Esteban del asiento por una oreja, le gritó enfurecida:
--¡Pero niño malvado, qué has hecho!--, y lo arrastró de la oreja frente a don Ramón, a quien le explicó a gritos lo que había hecho su hijo.
Éste, casi sin quitar la mirada del televisor, medio borracho, se limitó a darle a Esteban un tremendo coscorrón con mano dura que hizo tambalear al muchacho, quien perdió el equilibrio y cayó en el regazo de la abuela, que miraba desconcertada, sin comprender lo que sucedía. Esteban abandonó la sala de televisión arrastrando los pies y se dirigió a su recámara, sin derramar una lágrima. El dolor que le partía el corazón en ese momento era más intenso que el producido por los nudillos huesudos de su padre. Pero tanto la humillación del desamor y del reproche violento de sus padres no lo olvidaría nunca más
Sin embargo, Esteban siguió frecuentando la casa de Fernanda, aunque ya no cada domingo, y cuando no la encontraba, ayudaba a don Javier en alguna tarea doméstica, casi siempre en arreglar las viejas persianas, o se quedaba en el jardín, jugueteando con una pelota con Ringo, que iba creciendo día a día. De las sobaditas a la palomita no se volvió a hablar, y Esteban miraba a Fernanda ya no con esos ojos color avellana que expresaban una entrega total a esa persona que lo dominaba, que le daba su afecto y lo colmaba de caricias, sino con un gran resentimiento por haber sido humillado y desplazado por un desconocido en el momento más sublime de su existencia.
Varios meses después del encuentro con ese intruso, un día que Esteban llegó a casa de Fernanda, entró en el jardín pero no había nadie en casa. Luego de juguetear con el perro, Esteban lo observó un rato y como autómata salió del jardín de sus vecinos, fue a su casa y regresó al lugar donde estaba Ringo con una bolsa de plástico en la mano. Acarició a Ringo que movía la cola y le ponía las dos patas delanteras en las rodillas, juguetón, y con un movimiento rápido y decidido le puso la bolsa en la cabeza y amarró las asas de la misma alrededor del cuello, luego tumbó al perro en el suelo y le sujetó con fuerza las patas delanteras con una mano y las traseras con la otra. Ringo, en realidad no opuso resistencia, continuaba moviendo la cola y sólo poco después, cuando sintió que comenzaba a faltarle el aire, pero también las fuerzas, hizo algunos movimientos, sacudiendo la cabeza para zafarse la bolsa que tenía amarrada, sin lograrlo. Y en esa situación fue aflojando los músculos, respirando cada vez con más rapidez, hasta que paró de hacerlo y el cuerpo quedó inerte, lánguido, en el césped. Esteban esperó unos minutos más y luego le quitó la bolsa, sopesó la cabeza del perro, le acarició el hocico y el cuerpo peludo, recorriéndolo con una mirada ausente, indiferente. Después lo cargó con cuidado y lo depositó en la colchoneta donde dormía en el interior del garaje. Regresó a su casa y colocó la bolsa de plástico en el lugar donde la había tomado y fue con paso lento al patio trasero para dominar la pelota, pasatiempo que había elegido desde unos meses atrás, en lugar de sentarse con sus padres en la sala de televisión. De la muerte de Ringo, en casa de Fernanda, cuando volvió dos domingos después, sólo le mencionaron que había fallecido misteriosamente, quizás por una enfermedad respiratoria.
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Cuando Fernanda lo invitó a su boda civil, unos años después, Esteban se había ya cortado el pelo, tipo militar, las facciones se le habían afinado, el color de los ojos se había oscurecido y la mirada endurecida, como la de un halcón.
Fernanda estaba fuera de sí por la felicidad de su enlace civil, estaba radiante y saludó a Esteban con un apretado abrazo y un beso en la boca. Esteban, separándose de ella, le dijo con una seriedad que era más bien un reproche: “Mira este puño, Fernanda, no me lo he lavado nunca, por recuerdo de la palomita…”. Y Fernanda, sin saber por la emoción lo que decía, comentó luego de recapacitar: “Ah, sí, la palomita, claro, pero ahora se va, vuela…”, haciendo un gesto con las dos manos extendidas, y Esteban, mirándola fijamente, le dijo: “Fernanda, allá abajo ya no tienes una palomita, sino un maldito cuervo”. Fernanda se puso seria, dio unos pasos hacia atrás y le reprendió severamente: “¡Pero Esteban, por qué me dices eso, eres un grosero, un majadero, qué mala honda la tuya, en verdad!…”. Y Esteban poco después se escabulló sin ser visto y no asistió a la ceremonia y desde ese día nunca más volvió a ver a Fernanda.
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Una noche de domingo, a fines de noviembre, los gritos de María cimbraron la casa de los Arrieta. Como presa por el demonio, corría de un lado a otro, de la cocina al comedor, a la sala, y con voz en cuello llamaba a la señora Gloria:
--Venga por favor, señora, baje rápido que el señor Ramón se puso malito, ay, diosito, qué voy a hacer, por favor venga señora…
Gloria y Esteban despertaron sobresaltados, ella quiso despertar a su marido en la cama vecina pero en ella no había nadie. Bajaron a la sala restregándose los ojos y vieron a María jalándose el cabello, llorando, fuera de sí.
--Ay señora, don Ramón se puso malito, qué vamos a hacer…
Ramón yacía desnudo, boca arriba, con los ojos abiertos y los labios lívidos en la cama de María, con una pierna colgando en un extremo y un rictus en la boca que le deformaba la cara. Esteban, al ver a su padre en esas condiciones y sobresaltado como estaba, corrió al baño de servicio y devolvió el estómago en el inodoro. Luego corrió a su recámara y se encerró en ella. Esa misma noche, ya muy tarde, después de que Gloria y el compadre Santiago, quien llagó a la casa de inmediato, discutieron con el Ministerio Público a fin de evitar que le practicaran la autopsia a don Ramón, Esteban bajó a la sala y en un momento en que se encontró solo con su madre le preguntó:
--Mamá, ¿qué hacía mi papá en la cama de María?
--Ay hijo, yo qué sé. ¡Ni me preguntes, estoy agotada!
--Pero mamá, no lo puedo creer. Ustedes son iguales a esa gente del programa de Laura, ¿no ves?, ¡y tanto que se burlan de esas personas!
--Por favor, Esteban –lo reprendió su madre molesta--, ¡por respeto a la memoria de tu padre, cállate! Lo que debes hacer es no decir ni una palabra de cómo y dónde murió, a nadie, ¿comprendes?
--Como digas –concluyó Esteban, sintiendo que todo aquello lo avergonzaba profundamente, lo asqueaba.
Cuando en la funeraria Gloria le dijo a Esteban que se acercara al ataúd y le diera un beso de despedida a su padre, también en nombre de Francisco y de Rosa, a los que no pudieron localizar para darles la triste noticia, Esteban se rehusó, no quería por nada del mundo volver a ver ese rostro desfigurado. Pero fue la misma María quien lo tomó de la mano y lo condujo en silencio a lado del ataúd que tenía la ventanilla abierta. Esteban se sorprendió al ver el rostro de su padre. No sólo mostraba una paz y beatitud nunca antes vista en él, sino que se veía hasta feliz, con una insinuación de sonrisa en los labios, además, a pesar de las espesas cejas y de la nariz aguileña, se veía hasta atractivo, con una piel color pastel, labios un tanto bermellón y el pelo bien alisado hacia atrás. Esteban sintió hasta una atracción por esa expresión, por ese estado que le infundía la muerte a su padre que no tenía nada que ver con aquella imagen horrenda que vio dos noches atrás. Nunca olvidaría esa expresión de reposo, de éxtasis y hasta consideró absurdo que los ahí presentes se lamentaran por la muerte de su padre. En realidad, había dejado de padecer los sinsabores de la vida y la muerte le daba una especie de beatitud.
Pocos días después, Gloria comunicó a Esteban, a su madre Josefa, la que iba de mal en peor, apenas podía respirar, y a María, que el compadre Santiago había comprado la tienda de abarrotes y ultramarinos finos para uno de sus hijos, y así ellas yo no tendrían esa responsabilidad y preocupaciones del negocio.
--Bueno-- dijo Rosa--, con esto viviremos decentemente hasta que Dios nos dé vida y hasta que tu, Esteban, empieces a trabajar. Debes hacer algo, hijo, no quiero que seas un inútil. Mira los hijos de Santiago como son empeñosos. Así como andas de salud, mamá, ni pensar de irnos a Betanzos… Dios dirá.
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A principios del año siguiente, con los fríos del invierno, doña Josefa se puso peor. Por haber fumado en exceso emulando a su yerno, le sobrevino un enfisema pulmonar. La anciana iba de un lado para otro de la casa arrastrando un soporte con dos ruedas que contenía un pequeño tanque de oxígeno, del que salía un delgado tubo que llegaba, por la espalda, al cuello de la anciana y de ahí se dividía en dos, los que apoyados en las orejas cruzaban las mejillas y remataban en una especie de U que entraba en sus fosas nasales. Pero poco después, por temor a los resbalones y resultándole incómodo arrastrar el tanque, prefirió quedarse en cama y levantarse sólo un par de horas al día y dar unos pasos por su recámara. Esteban la vía cuando pasaba frente a la puerta de su cuarto y a veces entraba a visitarla, se sentaba a su lado y le conversaba, pero era un monólogo, porque ella lo miraba con la vista perdida en el vacío, y a Esteban le parecía que la abuela era como un ser perdido, indefenso, sufrido, que vagaba en esa soledad de su propia vida. Un día que su madre no se encontraba en casa y María lavaba ropa, Esteban entró a la recámara de la abuela, se sentó en el borde de la cama, a lado de ella, y los dos se quedaron mirando el uno al otro en silencio, ofreciéndose apenas una leve sonrisa. Esteban lentamente le quitó el tubito en U de la nariz, la miró fijamente y le cubrió la cara con uno de los cojines, colocando por el otro lado su cabeza y sosteniendo firmemente con las manos los extremos del mismo. Después de un buen rato, sin que la abuela hiciera entre tanto ningún movimiento, retiró el cojín, volvió a colocar los tubitos en la nariz de la anciana, le acomodó el pelo, le acarició las mejillas y quedó contemplando ese rostro de color de cera, con esa expresión apacible, tranquila, que le ofrecía la muerte, que le producía a Esteban una emoción profunda, como si le estuviera agradecida. Luego fue al patio trasero de la casa y se dedicó a dominar la pelota, en silencio.
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Cuando Esteban había cumplido ya dieciocho años, como de costumbre desde la muerte de Román, la cena de Navidad la pasaron en casa del compadre Santiago. La familia de Santiago era muy unida y muy católica, su mujer Brígida desde tiempo se mostraba enferma, se quejaba ora de una cosa ora de otra, se la pasaba rezando. Santiago no quiso que Gloria regresara a su pueblo y se mostraba cada vez más protector de la viuda de su compadre, la visitaba frecuentemente y seguido pernoctaba en su casa. En esa ocasión, Santiago, antes de la cena, se llevó a Esteban a un rincón apartado de la sala, le dijo:
--Oye muchacho, ya es tiempo de que te pongas a trabajar. Es una gran cosa que no hayas seguido los pasos de Francisco y Rosa, que sólo Dios sabe donde están y en qué andan, pero tampoco tú puedes estar viviendo a expensas de los ahorros de tu madre--. Luego, poniéndole una mano en el hombro, agregó, con un tono paternal--: Hijo, tengo un primo de nombre José Antonio, es dueño de una librería en el Centro Histórico de la ciudad, y está buscando un ayudante. Te voy a mandar con él. Por el momento, por no tener experiencia, no te va a pagar mucho--, le dijo, dando por un hecho que Esteban aceptaba el ofrecimiento, y concluyó--: Pero si demuestras seriedad y cumples con lo que José Antonio te indica, en menos de un año estarás ganado lo suficiente como para sentirte muy satisfecho, ahorrar y ayudar a tu madre.
Esteban se presentó con José Antonio en cuanto pasaron las fiestas de fin de año y de inmediato simpatizaron mucho. José Antonio era un hombre ya grande, canoso, con cara redonda, barba rala y un poco crecida, anteojos de carey, bonachón, introvertido, con aspecto de sabio, quizás por haber pasado toda su vida entre libros. A José Antonio le sorprendió que un muchacho tan bien parecido (“Pero si es un adonis”, le decía a su primo Santiago cada vez que lo veía, y éste no cabía en sí por el orgullo y la vanidad), fuera tan serio, respetuoso y sobre todo que hubiese leído tanto. “No te pareces a los muchachos de ahora”, le decía, “que sólo piensan el la disco, en banalidades, se drogan y quien sabe cuantas cosas más”. José Antonio le comentó que había hecho ya dos veces el recorrido a pié a Santiago de Compostela, el tramo corto, desde Oviedo, una vez con su primo Santiago. “Eso sí que es purificación del alma y un día lo harás tu también, Esteban”, le repetía con sus ojos de búho y acariciándose la barba.
La librería Gutemberg, en la calle de Donceles, tenía una sección no muy grande pero muy bien surtida de libros viejos. “Tengo libros muy antiguos”, le decía don José Antonio, “que no están a la venta; para mi son como si fueran incunables ¿sabes los qué eso significa, verdad? Tengo el Cid Campeador, el gran Rodrigo Díaz, edición de 1933, que leí cuando adolescente, un ejemplar del Don Quijote que pertenecía a mi abuelo y luego a mi padre, y oros más que te iré mostrando después. Los tengo aquí para darle categoría al local”.
Y, evidentemente, contaba con la sección de ediciones recientes de todo tipo de géneros.
--Tu trabajo, Esteban, consistirá en reclasificar todos estos libros viejos, por autor, por título, por tema y por casa editora. Antes lo hice yo en fichas, a mano; las fichas están en esos viejos ficheros del fondo, pero ya me modernicé, Esteban, ahora tenemos un ordenador y un programa especial para librerías, y hay que pasar toda la información de las fichas al ordenador. Mira, vamos para que te muestre.
Y José Antonio le fue mostrando las fichas bibliográficas y lo condujo donde estaba el computador para enseñarle el programa.
--Mira muchacho, el programa te va indicando todos los espacios que tu debes llenar. Autor: y tú pones el apellido y el nombre; Título: y tu pones el título, si comienza con artículo, éste va al final; Tema: y tu pones el tema, como ves puede ser poesía, ensayo, novela, crónica, teatro, y así sucesivamente. Tú no tienes que inventar nada, ni el trabajo se presta a errores. Cuando se venda uno de estos libros, lo das de baja en el ordenador. Luego, cuando vayan llegando nuevas adquisiciones o nos traen libros viejos, ahí sí me consultas y hacemos la ficha juntos, para cada obra, para que vayas aprendiendo, ¿está claro, hijo?
Esteban comenzó su trabajo con mucho entusiasmo, sintiendo que iniciaba una nueva etapa de su vida, sin siquiera sospechar que nunca podría dejar atrás o deshacerse de aquellos sentimientos, o aquel sedimento de rencor, que durante su infancia y adolescencia fue marcando y definiendo su personalidad y carácter.
En sus horas de trabajo, Esteban tenía tiempo suficiente para hojear los libros, leer uno que otro y en verdad se sentía como pez en el agua. Algo mejor que aquello no lo podría haber nunca conseguido y en su fuero interno quedaba profundamente agradecido al compadre Santiago, quien, él bien lo intuía, era algo más que compadre. Pero también resentía el hecho de que nunca hubiese sido sincero con él, aún después de la muerte de Ramón. A veces se preguntaba, muy acongojado: “Si efectivamente es mi padre, ¿por qué lo oculta, por qué no me da esa oportunidad, esa satisfacción, de poder decirle ‘papá’, de recibir un cariño de parte suya como padre y yo dárselo como hijo, de recibir afecto y comprensión que me fueron negados en casa, en mi familia, a la que llegué sin yo pedirlo y sin ser deseado, más bien rechazado? Está amarrado a su esposa y a sus hijos, quienes jamás me aceptarían como medio hermano, y no digamos por cosas de la religión. Es un hipócrita después de todo, por mantener su apariencia de buen católico, jamás reconocería ser un adúltero, que le pone descaradamente los cuernos a su mujer. Y mi madre, ¡ah mi madre!, que con su silencio e indiferencia es como si me refregara en cara que soy un bastardo, y eso me duele, me enoja y no la perdonaré jamás…”.
A los pocos meses, Esteban le dijo a su madre que la ayudaría pero más que pasándole dinero, yéndose de la casa, pues era hora de que se independizara. Ella podría rentar los cuartos de Rosa y Francisco y tener una entrada extra. Esteban comenzó a buscar un lugar donde vivir y al enterarse de ello, don José Antonio le ofreció una habitación, gratis, en su espacioso departamento que estaba en el piso de arriba de la libraría. “Hijo, a veces, por las tardes que son tan largas y tristes, nos podrías hacer compañía a mi mujer y a mi, aunque en tu cuarto tu serías independiente, dueño y señor de tu vida y privacidad”. Y Esteban aceptó y se instaló en una amplia habitación antigua, de techo alto, que daba a la calle, sobre la librería Gutenberg, de la que seguido se llevaba libros que devolvía a sus estantes una vez terminados de leer. Así pasaron por sus manos y merecieron una lectura atenta los autores europeos como Balzac, Proust, Moravia, Marguerite Yoursenar y toda la obra de Simone de Beauvoir, y latinoamericanos. A su vez, Esteban comenzó a interesarse por los thrillers, las novelas de misterio y policíacas. Desde entonces volvió a ver a su madre no más de un par de veces, cuando ella lo llamaba e insistía que la visitara, y jamás volvió a pasar una cena de Navidad con la familia de Santiago, el compadre de su padre.
Esteban se entregó en cuerpo y alma a su trabajo, era eficiente, serio, responsable, una enorme ayuda para don José Antonio, quien con gran satisfacción veía como ese muchacho, en cosa de seis meses, manejaba el acervo bibliográfico como si siempre se hubiese dedicado a esa noble actividad de comerciar con libros, y además, cosa muy importante, era muy atento con los clientes.
*****
Un día, cuando Esteban recién había cumplido veinte años, una señora guapa, de tez morena, bien arreglada y maquillada, de mediana edad, entró en la librería y comenzó a hojear los libros que estaban sobre la mesa de exhibición de las nuevas adquisiciones. Miraba de reojo a Esteban y cuando éste cruzaba su mirada con la de ella, recibía una sonrisa insinuante. Luego ella se acercó al mostrador y le pidió a Esteban si tenían los libros de Ángeles Mastretta, le interesaban en particular Mal de Amores y Mujeres de ojos grandes. Esteban fue de inmediato por los libros y los puso sobre el mostrador, sin inmutarse ante las miradas penetrantes de la dama, y le dijo:
--Aquí están, señora.
--Muy bien-- dijo ella, sin dejar de contemplarlo, y agregó con voz autoritaria, con ese tono meloso pero traicionero que le recordó a Fernanda--. Oye muchacho, quiero que me los lleves a mi domicilio el sábado a las ocho de la noche. Aquí está mi tarjeta. ¿Es posible, verdad? Y dime ¿cuánto es?
Esteban le dijo que no había problema y le cobró el importe de los libros. Antes de marcharse, sin siquiera recoger la nota de venta, la dama puso su mano sobre la de Esteban y le dijo, en baja voz y entrecerrando los ojos:
--No me falles, corazón, los quiero leer esa misma noche. Ojalá los podamos leer juntos. Hasta el sábado.
Esteban llegó puntual al domicilio indicado en la tarjeta: una casa con reja y jardín anterior, no lejos de la Zona Rosa y a unos pasos del Paseo de la Reforma. Al tocar el timbre, la misma dama lo recibió en la puerta y con una amplia sonrisa le dijo: “Pasa, corazón, sabía que no me ibas a fallar. Estás en tu casa”. En la sala, muy elegante, había un ambiente acogedor, expresamente preparado, con las lámparas de mesa cubiertas con unas mantillas rojas, en la mesa de centro una bandeja con canapés, dos tazas con un termo a lado, dos copas y una botella de vino blanco. Esteban sacó de la gruesa bolsa de plástico que traía, en la que venía estampada una fachada de casa colonial y en letra gótica LIBRERÍA GUTENBERG, los libros adquiridos y se los mostró a la dama, diciéndole: ”Aquí están los libros... ¿dónde los pongo?”. “Deja los libros por ahí”, le dijo ella con voz autoritaria, “ahora ponte cómodo y sírvete lo que quieras, hay café y vino, lo que gustes, o algo más fuerte, tu nada más ordena”. Se sentaron y ella comenzó a conversar, más bien a preguntarle de donde era, cuántos años tenía, qué hacía en esa librería, le dijo que tenía rasgos como de griego o de italiano, pero de los del sur, que era difícil encontrar muchachos tan guapos en México. Esteban contestaba cada pregunta un poco ruborizado, sin tocar los canapés, sin servirse nada, observando a la dama, recorriendo con su mirada de halcón los cabellos, la boca, los brazos, las manos. Luego ella se sentó a su lado y sirvió vino en las copas, se acercó más a él y comenzó a acariciarle una pierna.
En ese momento Esteban se levantó, brotó en él un sentimiento turbulento escondido en lo más profundo de su ser, y con el puño cerrado golpeó a la mujer en la sien, la que, con una expresión de sorpresa y espanto en la cara, y aturdida, se fue hacia atrás en el sofá. Esteban le propinó otro golpe y luego tomó la bolsa vacía de plástico y se la puso en la cabeza, amarrando las asas alrededor del cuello. Cuando ella comenzó a recuperarse, a mover los brazos, Esteban, con una mueca de disgusto en los labios, le volvió a dar otro golpe con el puño en la sien y poniéndose a horcajadas sobre de ella, le sostuvo las manos y con su cuerpo empujó el de su víctima, con fuerza, contra el respaldo del sofá. La dama un poco después, emitiendo un leve quejido, pateó el borde de la mesa de centro y poco a poco su cuerpo fue quedando flojo, y por fin inerme, sin vida. Esteban esperó uno o dos minutos más, oliendo el perfume de la dama, apoyando su frente en la de ella, oculta en la bolsa de plástico, luego quitó la bolsa y como si fuera una caricia cerró los ojos de la mujer, le reacomodó los cabellos, le pasó los dorsos de las manos por las mejillas y con una servilleta limpió un hilito negro que bajaba del pliegue del ojo izquierdo, un poco de rimel que se había corrido. Acomodó el cadáver sobre el sofá, los pies juntos y los brazos en cruz sobre el pecho, y se quedó un rato contemplando esa expresión de placidez, de éxtasis, que había descubierto en los rostros de las personas que recién dejaban de existir y que tanto le impresionaba. Luego tomó los libros, los puso en la bolsa y, aunque no hubiera tocado nada, limpió con el pañuelo los bordes de la mesa, los vasos, las tazas, la botella y se encaminó hacia la puerta de salida. Salió a la calle y el aire fresco en el Paseo de la Reforma lo reanimó, respiró a pulmones llenos, caminó y caminó y sin darse cuenta llegó al centro, a la calle de Donceles, pero en el camino se decía y se lamentaba: “Así no puede ser, por qué tanta violencia, por qué tantos golpes, por qué tanta improvisación, así no puede ser. Y no pude ver esos ojos en el momento en que ella se fue”.
*****
Esa noche, ya en cama, hojeando los libros adquiridos por la dama que se los había traído de vuelta, con esa recriminación que se hacía, tomó la decisión de comprar, lo antes posible, cordón para persianas, un par de desatornilladores, unas pinzas de punta aguda, unas tijeras, unos soportes y carretes de persianas, una franela, una cinta masking-tape, varias bolsas transparentes de plástico, grandes, y un bolso deportivo. Esa misma noche tuvo la idea de hacerse una macana: tomó cuatro calcetines, insertó uno dentro del otro y se propuso rellenarlos con arena para las necesidades de los gatos, que se vendía en el supermercado, y canicas de vidrio, y la semana después, con todos los ingredientes, rellenó los calcetines y los envolvió, muy apretados, con la cinta adhesiva.
Dos días después de visitar a la dama de la Zona Rosa, los periódicos dedicaron grandes titulares al asesinato de la señora Amalia Z. Era una mujer, viuda, muy conocida en la alta sociedad, y su muerte era un misterio: “Señora Amalia Z., golpeada y asesinada en su propia residencia, sin oponer resistencia, sin indicios de ruptura de cerraduras ni violación, acto típico de asesinato pasional, ambiente idílico, canapés en la mesa de la sala, luces cubiertas con mantillas, romance frustrado, sin robo”.
Tiempo después, con el bolso en mano, con la macana artesanal, unas cuantas bolsas de plástico trasparentes, un rollo de cordón, guantes, franela, carretes y las herramientas adentro, Esteban comenzó, los sábados por la tarde y los domingos, a recorrer los barrios residenciales, apartados del centro, tocando timbres de casas, ofreciendo el servicio de reparación de persianas verticales de pvc y venecianas. En dos o tres ocasiones aceptaron su servicio, y siendo casas en las que había varias personas, procedía a reparar las persianas dejándolas lo mejor posible y cobrando una cantidad nada despreciable, como verdadero profesional.
Una tarde de sábado, una mujer joven le abrió la puerta de una casa en un barrio del sur de la ciudad y al enterarse del servicio que ofrecía Esteban, exclamó:
--Justo lo que necesitaba. Pase, por favor. Mire, me voy a casar dentro de un par de semanas y nos vamos a cambiar a esta casa, con mi marido, pero precisamente las persianas me las dejaron hechas un desastre. No suben ni bajan. Pase, a ver que puede hacer con ellas o las mando cambiar. Claro, con lo caras que son, mejor vea si es posible una arregladita. Usted me dirá.
La casa no tenía muebles, sólo unas sillas, una mesa cubierta con periódicos, una escalera de tijera que habían usado los pintores y utensilios de limpieza. Las cortinas estaban en mal estado, además con los cordones enredados y rotos. Esteban comenzó a revisarlas, sin dejar de observar a la mujer. De pronto extrajo de su bolso algunas herramientas, el cordón, la cachiporra casera y una bolsa de plástico, se dirigió a la cocina donde la joven mujer lavaba la estufa y con un golpe seco en la sien la dejó desmayada en el piso. Todo pasó rápidamente, en unos cuantos segundos. Luego puso un pedazo de cinta en la boca de la joven, le introdujo la cabeza en una de las bolsas de plástico, la cerró alrededor del cuello con la cinta adhesiva y le amarró con el cordel las muñecas por encima de los guantes verdes de latex que tenía puestos y los tobillos, sin apretar demasiado. Se sentó en el suelo a su lado y observó como la mujer recuperaba el sentido, se retorcía, hacía esfuerzos desesperados moviendo la cabeza, le lanzaba una mirada a través de la bolsa de plástico transparente, a la vez de terror y de súplica, y poco a poco fue aquietándose, perdiendo fuerza, los ojos perdiendo esa expresión de exasperación y se entrecerraron, como adormecidos, hasta que la mujer quedó inerme. Esteban esperó un poco más, y luego comenzó a quitarle las amarras, la cinta y la bolsa y a descubrirle la boca, cerrándole los ojos con suavidad luego de haberlos contemplado por última vez. Contempló largo rato ese rostro hermoso, pálido, que mostraba una languidez sublime. De pronto tuvo el deseo de frotarle el sexo con el puño y lo hizo, suavemente, recordando a Fernanda, y también pensó que desde aquella lejana época, no había vuelto a tener un acercamiento con mujer alguna, y en efecto no había tenido relaciones sexuales ni necesidad de tenerlas. Como le sucedió con Fernanda, sólo había sentido muy de vez en cuando, por las noches, el chorro caliente que le brotaba desde las entrañas, cuando apenas se acariciaba, sin llegar propiamente a una masturbación.
Después de acariciarle el sexo por encima de las bragas, juntó las piernas de la joven, le acomodó la falda, le puso los brazos en cruz sobre el pecho, uno encima del otro, le arregló el pelo y se incorporó. Vio un plumón cerca de la tarja, sobre un papel en el que la mujer estaba haciendo seguramente una lista de los pendientes por efectuar en la casa. Tomó el plumón con la mano envuelta en el pañuelo y escribió en la frente de su víctima la palabra quidam. Recogió sus cosas, limpió con el pañuelo la cara, las muñecas, el cuello, los tobillos de la mujer, guardó los guantes de latex y dejó la casa tranquilamente, con paso lento, y ya en la calle se alejó cabizbajo, mirando el pavimento que pisaba, meditabundo.
El asesinato de la señorita Amparo R. causó un gran revuelo en los medios periodísticos, en los noticiarios de la televisión y aún más en el Departamento de Homicidios de la Procuraduría de Justicia de la ciudad. Amparo R. era hija de un conocido juez, quien meses antes había sentenciado a diez años de prisión a un poderoso industrial pederasta, amigo de un Gobernador, quien luego se amparó, logró transferir el caso a otro juzgado y salió en libertad a los tres días. Los medios insistían en que se trataba de un asesino en serie, lo que rechazaba el Departamento de Homicidios porque ese era apenas el segundo en haberse cometido siguiendo un patrón similar al de la señora Amalia Z. y no se podía hablar de asesinatos en serie porque según las teorías de criminología se requerían por lo menos tres casos, sin embargo no se descartaba esa posibilidad. La línea de investigación más bien se dirigía hacia un acto de venganza, por parte del pederasta o de un novio que la víctima tuvo tiempo atrás y que luego fue detenido y sentenciado por traficante de drogas.
Sorprendía que la victima no se defendiera, que el victimario entrara en la casa sin forzar cerraduras, que el bolso de la víctima y la cartera estuvieran intactos, con dinero y tarjetas de crédito, que no fuera violada, y además ¿qué era esa palabra extraña de quidam? Había una gran confusión y comenzaron las indagaciones y los interrogatorios a los sospechosos, sin llegar a ninguna conclusión.
Una semana después, la policía recibió un comunicado del director artístico del Cirque du Soleil, diciendo que se había enterado de lo que sucedía en la Ciudad de México y que deseaba aclarar que esa palabra, quidam, era el lema de un espectáculo del circo, que poco tiempo atrás había presentado varias funciones en la ciudad y posiblemente el victimario la conoció al asistir a una de ellas, era un número de payasos, pero que literalmente significaba “transeúnte anónimo, persona solitaria, ser perdido en la multitud”.
Durante los siguientes cuatro años se cometieron seis asesinatos más con ese mismo patrón: todas las víctimas eran mujeres, recibían un golpe contundente en la sien y morían por asfixia, con muestras de atadura en manos y pies, sin robo, sin violaciones, sin ruptura de cerraduras. El Departamento de Homicidios había oficialmente reconocido que se trataba de un asesino en serie y los hechos eran motivo de noticias, de especulaciones, de denuncias, de auto incriminaciones, tanto era así que se habían presentado ante el Ministerio Público varias personas con confesiones en mano diciendo que ellos eran los asesinos, y exponían con detalles cómo habían cometido los homicidios, tomando información detallada de los periódicos o inventándola, y aún presentaban listas de las futuras víctimas, y también esos hechos estimularon la imaginación entre los escritores de novelas de misterio.
Y fue entonces, cuando una mañana de agosto se presentó en la librería
Gutenberg Epifanio Méndez, en busca de inspiración.
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La tercera novela de Epifanio Méndez (quien ocultaba siempre su nombre de pila) le dio un respiro, más que eso, le trajo la esperanza de que podría llegar a ser un escritor de éxito y superar a su rival. En verdad se sentía motivado después del fracaso rotundo de la primera novela, de la relativamente buena acogida por parte del público de la segunda y del éxito de la tercera.
Pedro Sales, su enlace con la editorial Alfa-Beta, lo había invitado a cenar ese día en que le comunicó que se haría una reimpresión, de mil quinientos ejemplares, de Una sombra me persigue. Los mil ejemplares de la primera edición se habían vendido en tres meses. Durante la cena, en el elegante restaurante El Candil, Sales y el director comercial de la editora, JP Cisneros, conversaban animadamente del libro El secreto fatal, de Karl Koleman, que era el mayor éxito comercial de lo que iba del año, ya se habían vendido cinco mil ejemplares. Karl Koleman, seudónimo de Carlos Colmenares, había sido compañero de Facultad de E. Méndez, luego fueron grandes amigos al descubrir su afinidad por la novela de misterio, hasta que la envidia y la ambición los separó, cuando aparecieron sus primeras obras y se convirtieron en irreconciliables enemigos. En la mesa del restaurante E. Méndez saboreaba su cuarto vodka, con la mirada ya un poco extraviada, cuando interrumpió la conversación de los ejecutivos de Alfa-Beta y les dijo:
--Señores, perdón, pero esta reunión es en mi honor y sinceramente me están amargando la cena y mis tragos con todo eso que me cuentan de ese Carlitos Colmenares. Yo les aseguro que es la persona más pedante que existe, es un escritor sin escrúpulos, es…
--Pero es un buen escritor –lo interrumpió Sales--, no hay duda, por lo menos atrae lectores, quizás esa falta de escrúpulos es lo que se necesita en un escritor de este género, eso atrae al público.
--Pues yo no sé –agregaba E. Méndez arrastrando la lengua--, creo que tiene una gran habilidad para plagiar, bueno si no es propiamente un plagio por lo menos sí se apropia de argumentos y situaciones ajenos, los hace suyos cambiando época, ambiente, contexto, frases. A veces es cierto que en este oficio no hay nada nuevo bajo el sol, como dicen, todo es saber revolver bien las piezas y tener el ingenio para reacomodarlas de nuevo en diferentes posiciones, dando la impresión de haber creado una nueva obra.
--Méndez –le decía Sales, poniendo su mano en el brazo del escritor--, sin restar mérito a tu trabajo, hay que reconocer que Colmenares tiene el dominio del realismo, ese don de cautivar al lector haciéndole sentir que está viviendo la acción, que está ahí mero, en el lugar de los hechos. ¡Qué manera de describir esos momentos claves, esos clímax! ¡No hombre, eso hay que reconocérselo!
--Pero mira, Sales, en El Secreto fatal, que tanto éxito dicen ustedes que está teniendo, te puedo demostrar que hay situaciones semejantes a El misterio de la vela doblada, de Edgar Wallace, y en la novela anterior de Carlitos, hay todo un párrafo de El misterio del sobrero de copa, del famoso Ellery Queen, es decir de Donnay y Lee, que ni siquiera pone en cursivas, como si fuera suyo. Miren, yo estoy escribiendo, bueno la tengo bastante avanzada, una novela que será la prueba de mi superioridad frente a Carlitos, y si de realismo se trata, pues tengo oficio para eso, ya verán, se van a acordar de mis palabras, puro realismo verán si es eso lo que quieren...
Y, en efecto, tiempo después las recordarían.
--Oiga, Méndez, lástima que su mujer no nos pudo acompañar –dijo JP Cisneros, intentando cambiar de tema, para calmar al escritor que se estaba exaltando--. Y dígame, ¿cómo sigue Sandra? ¿Cómo le va en su trabajo?
--¡Ay, Sandra, Sandra! Lo que le sucede a mi mujer es algo único, fenomenal—dijo E. Méndez soltando una carcajada en sordina y sacudiendo la cabeza. Luego agregó, mirando a JP Cisneros con ojos adormecidos--: Algún día les contaré, ahora no porque la cosa está que arde. Pero digamos que está bien y mal. Los médicos le hacen todo tipo de análisis y pruebas, todo sale negativo, pero ella continúa con sus quejas. Hay algo de sicológico en todo eso. No se puede embarazar, es decir, embarazar de verdad, y me echa la culpa. Los médicos le dicen que tuvo una infección vaginal y me acusa de haberla contagiado; yo pienso que la causa podría ser unas paperas que tuvo en la infancia, pero si se lo digo capaz que de eso también me echa la culpa. Pero, en fin, ahí llevamos el matrimonio, haciendo todo lo posible para que sobreviva. Esto nos pasa porque todo el amor lo disfrutamos siendo muy jóvenes, bueno, siendo ella muy joven, luego nos casamos por pura formalidad, para que me aceptaran a mí en su familia y en su círculo de amistades, a quien consideraban un don Juan que pervertía a una jovencita. Pero ya basta de cosas íntimas, este Stolichnaya me hace hablar de más. ¿En qué nos quedamos con ese Carlitos? ¿Qué les estaba yo diciendo?...
--Nada, nada—lo interrumpió Sales--, ya dejemos a Koleman en paz. ¡Salud, mi estimado Méndez, por tu nueva novela, que sea de verdad un éxito!
*****
E. Méndez avanzaba a marchas forzadas en su novela que había titulado El Secreto de la Esmeralda. Tenía su propio sistema de trabajo: pasaba horas y horas, a veces toda la noche, encerrado en su pequeño estudio, escribiendo, fumando un cigarro tras otro, definiendo ora un personaje, ora una situación, o recreando una escena determinada, y los lunes, miércoles y viernes por la noche se encerraba en el baño, llenaba la tina con agua caliente, se metía en ella, sin antes haberse acercado una botella de Stolichnaya y un botellón de tónica, y revisaba entre los vapores de agua y las emanaciones de alcohol que le subían a la cabeza, lo que había escrito e hilvanaba los párrafos, acomodándolos para ir definiendo la trama, con cierta lógica literaria. Digamos, ahí le daba forma a las ideas sueltas escritas de antemano.
En este caso de El Secreto de la Esmeralda, quería explotar el tema de los asesinatos de mujeres que en los últimos años se habían cometido en la ciudad, por un asesino en serie, pensando que ese tema, tan de actualidad y tan comentado, atraería a muchos lectores si lograba desarrollarlo bien. Este era su concepto, después de todo, era cuestión de revolver las piezas y tener la habilidad de reacomodarlas en posiciones diferentes. La novela comenzaba de esta manera:
Cuando con mucho bombo en los periódicos y en los noticiarios se dio a conocer la noticia del asesinato de Sofía Goodwood, entre los residentes del exclusivo barrio residencial de las Lomas de Miravalle se produjo un gran revuelo, no tanto porque la hija de Andreas Phillips, dueña del Social Club Sofía A.C. y esposa de George Goodwood fuese una de las mujeres más ricas y conocidas de la alta sociedad, sino porque, en primer lugar, gran parte de los residentes de ese barrio le debía fuertes cantidades de dinero y tenía valiosas joyas empeñadas en su negocio, y, en segundo lugar, por la forma en que fue asesinada, que hacía pensar que era una víctima más del ‘serial killer’ que asolaba desde años la ciudad.
--Murió como vivió- pensó Martha de los Monteros al leer el diario dominical, quien había visitado a Sofía Goodwood el viernes por la noche, en su despacho, un día antes del asesinato--, sin la posibilidad de saldar cuentas ni con sus semejantes ni con Dios.
Lo posibilidad de que fuera una víctima más del ‘serial killer’ motivó una agitación inusual en el Departamento de Homicidios de la ciudad. El patrón era el mismo: la víctima yacía sobre la alfombra, a lado de su escritorio, en el despacho que tenía en su propia residencia, en el piso que se encontraba arriba del gran salón de juego, al que se accedía por una puerta que daba al salón y por otra que daba acceso a las dependencias de la residencia. El cadáver tenía, los pies juntos y los brazos cruzados sobre el pecho, sin un cabello fuera de lugar, con las gafas puestas, mostraba un hematoma producido por un golpe contundente en la sien y al principio se pensó que la muerte fue por asfixia, seguramente con una bolsa de plástico en la cabeza. Había evidencias de haber sido atada de manos y pies antes de morir. No había indicios de lucha, de defensa personal, ni violación y aparentemente sin robo. Esto motivó que el Departamento de Homicidios asignara a dos de sus mejores elementos para investigar el caso, al veterano comisario Lautaro Pescara, conocido en el medio como el Cóndor, y al sicólogo, experto en ‘serial killers’, Joe Pésaro. Los periódicos comentaron la designación de estos avezados detectives con titulares que decían: ‘El invencible dúo Pes-Pes tras el asesino de mujeres: caerá en cosa de días’.
En los últimos años se habían cometido varios homicidios en la ciudad con ese mismo procedimiento y sin duda, en principio por lo menos, se trataba de un nuevo crimen del ‘asesino de la bolsa de plástico’.
Sin embargo, tras las primeras indagaciones, en particular luego que el Cóndor y su colega entrevistaran a la señora Martha de los Monteros, una de las últimas personas que vio con vida a la señora Sofía Goodwood, el astuto detective decidió no concentrar las investigaciones en una sola línea, la del ‘serial killer’, aunque esta decisión no la comentó ni siquiera con su compañero.
La señora De los Monteros visitó a la señora Goodwood el viernes por la noche con el propósito de renegociar el plazo para saldar la deuda que tenía con ella, que consistía en un cuantioso préstamo, para obtener el cual había dejado en garantía una hermosa y exclusiva esmeralda colombiana, con certificado de autenticidad y documentación de procedencia.
--Insistí a la señora Goodwood que me diera un plazo de quince días más –afirmaba enfática la señora De los Monteros--, pero se negó rotundamente, yo diría groseramente, pues tenía toda la intención de quedarse con mi joya que vale el triple de lo que ella me prestó. El plazo vencía el viernes, día que la visité, y no hubo caso que me diera unos días más. Ustedes mismos –les decía a los investigadores que fueron a su domicilio para tomar sus declaraciones--, pueden comprobarlo, vean esa esmeralda, y si saben algo de joyas, verán el valor que tiene. Además la quiero recuperar, a como dé lugar. Ay, Dios mío, nunca más me voy a sentar en una mesa de juego para apostar, ya hice esa promesa. Pero no, la señora Goodwood, a pesar de decirse amiga mía, nada, no cedió, no me amplió el plazo, era una avara y ambiciosa como nadie en este mundo y por eso Dios la castigó. Cada quien paga por sus pecados, y ese de la avaricia o la codicia, es muy grave, pregúntenle al padre Juan, bueno, o al cura con quien ustedes se confiesan, para que sepan, señores policías.
Cuando Pescara y Pésaro revisaron meticulosamente el despacho de Sofía Goodwood, y un experto abrió la caja fuerte, no encontraron la esmeralda mencionada por la señora De los Monteros, pero sí aparecía registrada en el libro de las prendas recibidas en garantía, con una clara descripción de la piedra y de la montura de platino, por eso el móvil del crimen podría ser el robo y los indicios hacían sospechar de personas cercanas a la señora Sofía Goodwood, tanto de los familiares que habitaban en la misma residencia, como de algunos de sus importantes clientes que llevaban buena relación con la occisa, que entraban y salían de su despacho con toda tranquilidad, y alguno de ellos podría haberla visitado después de la señora De los Monteros; de la servidumbre doméstica y de los empleados del salón de juegos; y no se descartaba al famoso ‘serial killer’.
Sin embargo, para los investigadores el móvil del robo no tenía un fundamento sólido, no encajaba, y a la vez confundía la investigación, pero precisamente por esto, según pensaba el Cóndor, esa pista suya, manejada inteligentemente, podría conducir a la solución del crimen. Era inexplicable que el asesino se hubiera apoderado sólo de la esmeralda y hubiera dejado muchas otras joyas valiosas que había en la caja fuerte. La posibilidad era que esa gema no estuviera en la caja fuerte en el momento del asesinato, sino sobre el escritorio de Sofía. Si el asesino conocía la combinación de la caja fuerte y la hubiera abierto, entonces ¿por qué sustrajo solamente la esmeralda? El móvil, pensó para sus adentros Pescara, sin comentarlo a nadie, con su habitual hermetismo, no es el robo y aún el asesino de la bolsa de plástico pasa a un lugar secundario.
El comisario Pescara y el perito Joe Pésaro tomaron declaraciones a cada uno de los deudores de Sofía Goodwood, tanto a los que debían fuertes cantidades de dinero como a quienes tenían vencimientos cercanos a la fecha del homicidio. Tres de ellos declararon haber visitado a la señora Goodwood después de la señora De los Monteros, para asuntos de pagos de cuotas y uno para solicitar un préstamo, el que recibió, dejando como garantía un Rolex, lo que fue comprobado en los libros que llevaba la difunta . Por lo que al barman y al personal de servicio del salón de juegos se refería, cada uno de ellos presentó irrefutables coartadas, apoyándose mutuamente, y la lista de sospechosos se fue reduciendo poco a poco.
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Con un lenguaje ameno, tratando de ir configurando la trama y los personajes, envolviendo la una y los otros en un ambiente de misterio, la nueva novela de E. Méndez, El Secreto de la Esmeralda narraba que a mediados del siglo pasado el señor Andreas Phillips, de origen norteamericano, avecindado en México desde joven, comerciante de productos importados de Estados Unidos, había iniciado una actividad de esparcimiento en su residencia de las Lomas de Miravalle como algo entre amigos, sin imaginar que esa iniciativa, concebida inicialmente como un apoyo a sus amistades y conocidos, se convertiría en un lucrativo negocio.
El señor Phillips era un fanático del póquer, y en general del juego de cartas, y en su residencia había acondicionado un amplio salón con mesas y un bien surtido bar, para que se reunieran las amistades del vecindario que desearan probar su suerte con los naipes. Como no había límite en los montos de entrada, revire y de las apuestas en general, y algunos jugadores eran unos verdaderos tahúres mientras que otros unos principiantes, las sumas de dinero que corrían cada noche eran elevadas y cada vez mayores. Andreas Phillips, quizás movido por un genuino sentimiento de compasión hacia los novatos perdedores, se empeñaba en explicarles las reglas básicas del póquer, hacerles ver que en cada mano las posibilidades de hacer una escalera real eran 4; una escalera de color 36; un póquer 624; un full 3,744; una escalera con palos diferentes 10,200; una tercia 54,912; un par 123,552; etc., la psicología del bluff, y recomendarles encarecidamente que leyeran An Exposure of the Arts and Miseries of Gambling, de H. Green; Theory of Poker, de David Sklausky; o Super System, de Doyle Brenson, libros que se encontraban en su biblioteca, y así sucesivamente. Pero esos novatos eran después de todo unos ricachones a quienes les sobraba dinero y sus vidas carecían de emociones, que las vivían sin importarles el precio; era como si se murieran de ganas por vivir ese momento crucial en que se mostraban las cartas y la suerte se decidía, casi siempre a favor del experimentado contrincante; les invadía ese deseo de vivir ese momento, esa experiencia que los atraía una y otra vez, siempre con la esperanza y la ilusión de ganar por lo menos una mano, y después de todo probaban un cierto placer morboso cuando veían que las pilas de sus fichas amarillas, rojas y azules iban lentamente disminuyendo. Las emociones más fuertes las probaban cuando el contrincante, con una mirada vítrea y un rostro de granito, reviraba y reviraba hasta que el novato abandonaba la mano y luego se daba cuenta que el otro se llevaba todo el pozo con apenas un par, teniendo él un full o una escalera.
En estas circunstancia, Andreas Phillips viendo que algunos de sus huéspedes requerían efectivo de inmediato, tuvo la genial idea de abrir una especie de Monte Pío, facilitando dinero a sus invitados, a cambio de ciertas garantías como joyas y relojes finos, que él evaluaba a ojo de buen cubero, pero, casualmente, siempre muy por debajo del valor real de cada prenda, llenando, en un principio, unas especies de recibos donde se indicaba el monto del préstamo otorgado, las características de la garantía dejada, el interés mensual que se cobraba y el plazo en que se debería rescatar la prenda, permitiendo, la mayoría de las veces, que se ampliaran esos plazos, sin problema alguno, sin penalidad, manteniendo el interés estipulado. Viendo que el negocio del Monte Pío marchaba bien, mucho mejor que lo imaginado, pues la afluencia de clientes aumentaba, el monto del dinero prestado crecía, los ingresos por concepto de los intereses eran cuantiosos, puso al frente de él a su hija Sofía, casada con el abogado George Goodwood, quien le llevaba los asuntos legales de su empresa.
Sofía, al hacerse cargo del Monte Pío, desde un principio impuso como condición que se trasladaría a vivir con su marido a la residencia de las Lomas de Miravalle, porque el trabajo le exigía quedarse hasta altas horas de la noche, y además deseaba vender su casa para disponer de mayor liquidez, precisamente para invertir el dinero en el negocio; que su padre no interviniera para nada en los asuntos del Monte Pío; éste lo registró ante Hacienda como una asociación civil no lucrativa con el nombre de Social Club Sofía, A.C.; estableció reglas estrictas en cuanto a los montos de préstamo (era una excelente tasadora, pero además de corazón frío que le permitía determinar los montos a prestar en función del valor de las prendas pero también de las debilidades humanas y de las necesidades apremiantes de sus clientes); a las garantías; a los plazos, que ya no serían negociables; y a los intereses, que los elevó a nivel de usura. No permitía ningún juego de casino, como ruleta, jackblack, tampoco bingo, pero sí póquer, canasta, bridge, butifarra, julepe, guiñote, gin rummy, truco, brisca y otros de este tipo que quisieran jugar los huéspedes. Contrató a un barman y a dos meseros y nada más, para atender a los huéspedes mientras jugaban. Todo lo manejaba ella, con mano dura y sin secretaria ni ningún tipo de ayuda.
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En la novela El Secreto de la Esmeralda se mencionaba que Sofía Goodwood era la mayor de los hijos de Andreas Phillips. Le seguía Gregorio, quien fue siempre el consentido de su madre. Después del primer año de Universidad, por puro capricho y rebeldía contra la imposición de su padre, abandonó la carrera de Contador. La partida doble, el debe y el haber, los registros del Libro Mayor, las cuentas por cobrar, el activo, pasivo y capital, eran los temas más antagónicos a su mente de bohemio y su pasión por el gasto sin retribución, el despilfarro. Desde temprana edad reveló una gran pasión por los caballos, no como jinete, sino como apostador en el Hipódromo de las Américas, donde apostaba, sin mucha suerte, lo que su generosa madre, semana a semana le daba “para que su hijito adorado tuviese con qué divertirse”. Pero luego, con la muerte de ésta, tuvo que mendigar a su hermana Sofía, la que le pasaba una mesada que era una miseria y una humillación. Hasta se vio obligado a vender algunas de sus figuras de caballos talladas en madera palo de rosa, obras de excepcional belleza. Además, siempre había sido un calavera y mujeriego empedernido. Estaba convencido de que las mujeres eran un objeto sexual, creadas por Dios para proporcionar placer a los hombres, sino a todos, por lo menos a él, que se consideraba irresistible. Por eso cuando sus padres contrataron a una agraciada joven de nombre Estefanía, para que se desempeñara como ama de llaves, para supervisar a la cocinera y a las dos mucamas y controlar el presupuesto semanal de la casa, no pudo resistirse y una noche se introdujo en su recámara y con amenazas y un poco de fuerza logró violarla, y no volvió a acosarla porque Estefanía, astutamente, le manifestó que ella había contraído la sífilis tiempo atrás, y además lo amenazó ella también con que lo acusaría con la señora Sofía. Entonces Gregorio, con la ayuda de un amigo de juerga, se sometió a un tratamiento riguroso de penicilina, por las dudas, y no volvió a acercarse a la ama de llaves.
El menor de los hermanos era Ernesto, quien sufría del síndrome de Down. Andreas y su mujer, viendo la paciencia que tenía Estefanía con Ernesto y el afecto que despertó en él, en lugar de ama de llaves pronto le confiaron el cuidado en forma exclusiva del discapacitado, y la administración de la casa continuó a cargo de Sofía. Estefanía en verdad se encariñó mucho con Ernesto y él de ella, hasta tal punto que, una vez huérfano, la llegó a considerar su segunda madre. Ernesto, fuera de esos rasgos físicos extraños, como perfil occipital y facial algo planos, pliegues de piel en los cantos internos de los ojos, cuello ancho y corto, era inteligente y habilidoso. Estefanía fue sintiendo una verdadera animadversión hacia la señora Sofía y su hermano Gregorio, quienes trataban a Ernesto con desprecio, como una lacra, como un deficiente mental, de quien se avergonzaban, y no dejaban de manifestar un rencor hacía él, por haber puesto de manifiesto esa deficiencia genética en la familia, por causa de la cual Sofía se rehusó a tener hijos y había alejado a George Goodwood, quien dormía en otra recámara, y hacía mucho tiempo que no tenía relaciones con su mujer, y de que Gregorio no se hubiese casado. Los dos, con el terror de procrear un “adefesio como ése”, según se expresaban irreverentemente, no dejaban de encrespar los nervios de Estefanía.
George, en cambio, era muy amable con Ernesto y jugaba con él a las damas, le había enseñado a jugar ajedrez, a armar rompecabezas y lo inducía a realizar trabajos manuales. Esta relación de Estefanía y de George con Ernesto los fue acercando y bastó un pequeño pretexto, como encontrarse una noche en la recámara del enfermo, casualmente, para que de las miradas tiernas, de las sonrisas, del sentimiento compartido, pasaran a las caricias, a los besos y así se convirtieron en amantes, con la complacencia de Ernesto, que se ponía feliz cuando los veía juntos. Algunas veces Ernesto aprovechó la oportunidad para desquitarse del trato inhumano de su hermana y decirle en su propia cara: “No me importa lo que me digas y tu desprecio, al fin yo tengo una segunda madre, y hasta un segundo padre, es gente que me quiere. Tu te puedes podrir con tu riqueza, no sabes hablar con palabras sino solo con números y dinero”.
La novela El Misterio de la Esmeralda de E. Méndez, seguía: Un día Estefanía acompañó a Ernesto al doctor, un cardiólogo, porque el muchacho a veces se quejaba de dolores en el brazo izquierdo y George le sugirió que lo viera un especialista. El doctor revisó a Ernesto y luego le comentó en privado a Estefanía que las personas que manifestaban ese síndrome eran propensas a padecer del sistema digestivo, del sistema endocrino y del corazón, por el exceso de proteínas sintetizadas por el cromosoma de más que era responsable de esa enfermedad. En el caso de Ernesto, éste sufría un padecimiento cardíaco y él recomendaba una serie de cuidados, pero no daba muchas esperanzas, quizás no llegaría a los cuarenta años. Esta noticia Estefanía se la guardó para ella misma.
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E. Méndez continuaba en su novela El Secreto de la Esmeralda narrando que el comisario Pescara, de acuerdo con su amplia experiencia, procedía en esta investigación, como en todas las otras, como un científico, con un riguroso procedimiento inductivo-deductivo y día a día anotaba datos, impresiones que actualizaba en una libreta. Acumulaba información partiendo de hechos particulares, sueltos, dispersos, que comprobaba y depuraba, iba haciendo conclusiones preliminares, luego con esos hechos dispersos se formaba una visión general, global, como una teoría, y entonces procedía a un minucioso análisis deductivo, todo esto sin que nadie, ni siquiera su colega, se enterara, y siempre dando la impresión de que estaba perdido, confuso, por las nubes.
E. Méndez continuaba su novela escribiendo:
El Cóndor había anotado en su libreta, luego de las primeras entrevistas, lo siguiente:
Hechos: tengo un conocimiento de los principales hechos relacionados con el homicidio de la señora Sofía Goodwood, es decir tanto de la forma en que se cometió, un golpe contundente en la sien con un objeto romo, duro, un objeto de metal o madera. De acuerdo al informe del forense falleció debido al golpe y no por asfixia, como todos erróneamente suponen. No se ha encontrado el objeto con que fue golpeada. La posición del cadáver y las marcas de ataduras en los tobillos y muñecas hizo sospechar en principio que fuera obra del asesino en serie. Los objetos sobre el escritorio y además elementos presentes en la escena del crimen estaban en orden. No hubo defensa por parte de la occisa, ni violación y aparentemente ni robo. Las huellas encontradas en el lugar del crimen pertenecen a personas que normalmente frecuentaban la oficina de la señora Goodwood. Todo está documentado con fotografías.
Móvil: la primera suposición, que yo me empeño en que todos sigan creyendo, fue que la señora Goodwood ha sido una víctima más del cobarde asesino de la bolsa de plástico, a pesar de que Joe Pésaro afirmara que ese tipo de asesinos no son cobardes, sino que actúan por un desequilibrio mental, por alguna carencia afectiva, traumática, sufrida en la infancia o adolescencia, por rechazo de la sociedad, y quién sabe cuantas cosas más. Le doy razón, lo reconozco. En estos casos el móvil es la misma perturbación mental del asesino. Pero en fin, yo llego a la conclusión de que el móvil del crimen podría ser:
a) Robo. Es un móvil relativo, porque no hay violación de la caja fuerte, aunque queda el asunto de la esmeralda, sin evidencias concretas, sólo con la información proporcionada por la señora De los Monteros;
b) Venganza: ¿Quién sería el que tendría algún motivo para vengarse, su hermano, su marido, alguien de la servidumbre?
c) Beneficio material: Pero, ¿quién se beneficiaría más con la desaparición de la señora Goodwood, en cuanto a la repartición de los bienes familiares, de la herencia, que desde la muerte de sus padres ella ha impedido que se cumpliera el testamento, en el que deja una mitad a ella y otra a Gregorio, y para Ernesto una pensión para que sea atendido en una clínica especializada? ¿Y quien se beneficiaría con la desaparición de la esmeralda, en caso de haber sido efectivamente sustraída? ¿Por qué no se sustrajeron las otras joyas?
Sospechosos: la clasificación de los posibles sospechosos, dándoles una posición que podría ir modificándose en el transcurso de las investigaciones, coloca en primer lugar a Gregorio Phillips, quien se beneficiaria con la herencia de la familia; no tiene ingresos y en cambio sí deudas. Es una persona sin escrúpulos, fácil de ser influenciada por amistades; es una persona calculadora y dependiente; en segundo lugar estaría George Goodwood, siempre rechazado por su mujer; también él se beneficiaría con parte de la herencia por ser marido de la occisa; en tercer lugar Ernesto, quien, como Gregorio, se beneficiaría de la herencia familiar, pero es improbable que cometiera el asesinato, por lo menos solo; en cuarto lugar alguno de los empleados del Club o de la servidumbre doméstica, incluyendo a Estefanía, la tutora de Ernesto, la cocinera y las dos sirvientas, para lo cual habría que ir descubriendo algún móvil.
Visión de conjunto: Hay conflictos internos fuertes en la familia Phillips-Goodwood. La víctima tenía roces, desavenencias y fricciones serias, hasta llegar a enfrentamientos, con hermanos, con el marido, y también con los deudores, como lo demuestra el caso de la señora De los Monteros, y con los empleados, tanto del Club como domésticos. La teoría que se perfila es que el homicidio no lo había cometido el asesino en serie, ni los deudores, ni los empleados del Club, ni la cocinera, ni las sirvientas. Se ha cometido por venganza o por motivos de conveniencia material de familiares, al beneficiarse al ser eliminada la señora Sofía Goodwood.
Táctica de la “culpabilidad ajena”: la investigación debe seguir con el mayor sigilo. Debo hacer participar activamente a Joe Pésaro, para que en cada nuevo interrogatorio, el posible sospechoso crea que estamos confundidos, perdidos, y que consideramos que el culpable no es él, el interrogado, sino otro, incluyendo el asesino en serie. Llevar al entrevistado a tener confianza en sí mismo y en nosotros, como si fuera nuestro confidente, que ofrezca su propia opinión sobre el posible autor del crimen, desde su punto de vista.
Deducción: con los nuevos elementos, deberé proceder a un análisis deductivo riguroso, que en este momento aún no es posible.
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La novela de E. Méndez continuaba: Con estos elementos en la mano, o mejor dicho en su libreta y en su mente, el Cóndor comenzó una nueva ronda de interrogatorios. A pesar de que Gregorio se convertía en el más evidente sospechoso, poco a poco, por las indiscreciones de Ernesto, en la ausencia de malicia en una persona como él, por la debilidad de carácter de George, en quienes Estefanía tenía una fuerte influencia, el Cóndor concentró su atención en ella, acercándosele para pedir su apoyo, comentándole, falsamente, que sus sospechas recaían sobre el barman y sobre Gregorio, que en fin, estaba muy confundido, etc. Tanto ella como George, en cambio, excluían al barman y con pleno convencimiento dirigían sus acusaciones contra Gregorio, comentando que era un ser poco confiable, capaz de cualquier cosa, que abiertamente decía que no veía la hora de recibir la herencia de sus padres y que seguramente él sustrajo la esmeralda para llevarla a empeñar.
El Cóndor cogió la idea al vuelo y de inmediato envió a uno de sus subalternos con la descripción de la piedra preciosa a visitar las principales casas de empeño de la ciudad. Efectivamente la esmeralda había sido empeñada en el Monte de Piedad, en el centro de la ciudad, dos días después del homicidio, por una persona que se presentó con ella y con la documentación respectiva y dio el nombre de Emilio Zapata, sin embargo la descripción del sujeto coincidía plenamente con la de Gregorio Phillips.
Bastó un poco de presión y una deducción lógica para llegar a la conclusión de que el asesino era o George Goodwood o Estefanía, o los dos. Fue ella la que al fin confesó el crimen, diciendo que George no estaba involucrado directamente en el asesinato, sólo se enteró de lo sucedido cuando ella se lo comentó la misma noche del hecho. Él luego se ofreció en llevar la esmeralda al Monte de Piedad para seguir el plan que le propuso Estefanía. Ella quería de una vez por todas vivir con George, a quien amaba profundamente, formar una familia y cuidar a Ernesto. Éste, con la muerte de Sofía Goodwood, habría recibido un buena parte de la herencia y George su libertad. Estefanía confesó que se presentó en el despacho de Sofía ya tarde, con el pretexto de preguntarle algo relacionado con Ernesto, entró por la puerta que comunica con la residencia, no pasó por el salón de juego, y la golpeó con todas sus fuerzas en la sien, con una de las figuras de caballo de Gregorio, luego le amarró los tobillos y las muñecas y le colocó una bolsa de plástico en la cabeza. Minutos después se la quitó, le acomodó el pelo, las gafas y la puso en posición correcta, pies juntos, ropa arreglada y brazos en el pecho, quería imitar al asesino en serie para desorientar a la policía. Sin embargo, cuando vio la esmeralda sobre el escritorio, en un elegante estuche de terciopelo, tuvo la idea de llevársela y urdió, precipitadamente, el plan de hacer recaer las sospecha en Gregorio, quien sería desheredado y a quien odiaba con toda el alma.
E. Méndez estaba satisfecho con la estructura de su nueva novela, con el desarrollo de la trama, el lenguaje y la caracterización de los personajes, sin embargo sentía que faltaba algo que causara impacto, algo novedoso, algo que de verdad fuera original, algo que había prometido a su editor: realismo. Esta vez estaba realmente decidido a mostrar su superioridad frente a Colmenares. Por eso, en busca de inspiración recorría las librerías y de hecho la encontró en la Gutenberg.
En la pequeña vitrina de la librería de la calle Donceles llamó su atención un pequeño letrero que decía “Obras únicas de la novela negra”, y ese anuncio lo motivó a entrar. Fue grande su sorpresa cuando comenzó a conversar con Esteban. Éste lo reconoció casi de inmediato por haber leído uno de sus dos libros, por haber visto su foto en la solapa del mismo y recordar su nombre. Esteban se emocionó mucho al tener un escritor enfrente.
--Oiga—le preguntó Méndez una vez que lo hubiera saludado--, ¿cuáles son esas obras únicas de la novela negra que anuncian en la vitrina?
Esteban se refirió a ellas con pelos y señales, antes le habló del acervo de los libros antiguos y viejos, y luego de la llamada “novela negra”, y de los de misterio y policíacos. Sin poderse contener, por la emoción, comentó a Méndez las características de los principales autores, le dijo que tenían a la venta El Simple Arte de Matar, de Raymon Chandler, y otras publicadas en Black Mask de Estados Unidos y en Série Noire, francesa.
--A mi me gustan—agregó Esteban--, sus protagonistas, como usted seguramente sabe, son individuos derrotados, en decadencia, que buscan un atisbo de consuelo. Estas novelas muestran los efectos del sistema capitalista, lo desnuda, mediante el individualismo, el nacionalismo y el racismo.
Y luego continuó explicando, mientras Méndez lo contemplaba admirado, cómo para algunos autores del género policial o de misterio el propósito fundamental es la intriga, para otros el suspenso y el desenlace, para otros en cambio la brutalidad del crimen y en fin para otros la narrativa.
--Bueno, para que le explico todo esto a usted, si usted es un maestro de este género--, concluyó al final, sonriendo y un poco avergonzado.
E. Méndez visitó varias veces la librería más que para llevarse uno que otro libro que le sugería Esteban, para conversar con él. Después de la cuarta visita, le comentó que estaba escribiendo una nueva novela, proyecto casi terminado, que pensaba titular El misterio de la Esmeralda.
--Sabes, Esteban, me gustaría, un día que puedas, un domingo por ejemplo, invitarte a comer y leerte algunos pasajes de esta novela. Tú tienes mucho criterio y me interesa tu opinión.
Esteban aceptó muy entusiasmado, era la primera vez que conocía a un escritor en carne y hueso y además que le pedía su parecer sobre un tema que le venía interesando desde hacía algún tiempo. Se vieron la tarde de siguiente domingo en el Café de la Selva, de la colonia Condesa y E. Méndez leyó a Esteban varios pasajes de los que él consideraba más interesantes y le comentó, además, la trama de la novela. Al final le confesó que sinceramente sentía que le faltaba algo, no sabía exactamente qué, quizás por ser el autor y sentir esa obra como parte de él mismo, era incapaz de juzgarla, por eso una opinión de alguien que la conocía por primera vez podría ser útil.
Esteban se quedó muy pensativo, le cambió el semblante cuando escuchó que Estefanía quiso burdamente imitar al asesino en serie y que éste era un cobarde, según el comisario investigador, y un desequilibrado mental, según el experto en “serial killer”. E. Méndez interpretó ese largo silencio, ese rostro adusto, como una profunda reflexión de su escucha y dejó pasar el tiempo, observándolo.
--Pues, para serle sincero, estoy de acuerdo con usted, le falta algo –comentó al fin Esteban, muy serio, adoptando el papel de crítico--. Algo que no tenga que ver con las intrigas ni con el descubrimiento del culpable. Necesita algo que le dé un sentido humano a la historia, al hecho mismo del homicidio, por extraño que parezca. En mi humilde opinión –continuó Esteban-, yo centraría el desenlace no en el descubrimiento de la asesina, que es un triunfo del método de investigación del comisario Pescara, sino en el sentimiento, en la sensación que probó la asesina al ver fallecer a su víctima, no sé, hasta me atrevería a sugerirle que la novela se titule Vida y Muerte en la Mirada de Sofía, algo así, poniendo mucho énfasis en ese instante en que Estefanía observa los ojos de la víctima, en el momento que la mata, cómo la vida se desvanece en un fade out. Debe ser algo fascinante, aterrador, puro realismo, nunca visto por un escritor, me imagino.
--Eso me gusta—dijo entusiasmado E. Méndez--, por favor sigue.
--Pues yo diría que debe modificar la forma en que Estefanía comete el homicidio. Pero antes de continuar, dígame señor Méndez, ¿por qué usted escribe que esa mujer asesta un golpe con todas sus fuerzas y es ese golpe en realidad el que mata a la señora Sofía?
--Pues porque es la consistencia de la trama, la secuencia lógica. Estefanía tiene un rencor acumulado contra su patrona, un profundo resentimiento que la ciega, la ofusca, y se presenta en el despacho con el propósito de matarla, con premeditación.
--Pues permítame decirle, es una simple opinión, que esa secuencia es la que lo tiene a usted empantanado y no le permite introducir una variante diferente, que haga de su novela una obra de arte.
--A ver, dígame Esteban, no comprendo, ¿qué tiene en mente?
--Mire, yo me atrevo a sugerirle que el golpe que asesta Estefanía a la señora Sofía debe aturdirla, dejarla inconsciente, y luego Estefanía debe taparle la boca, no sé, introduciéndole un pañuelo o con cinta canela, atarla de manos y pies, ponerle una bolsa de plástico transparente en la cabeza y cerrarla alrededor del cuello. Creo que eso a usted no le agrada porque según me he enterado, de esa forma se han cometido varios homicidios en los últimos años, ¿verdad? Sería como transcribir lo que ya ha sucedido, pero eso le daría a usted la posibilidad de una salida para el desenlace que le comenté, el aspecto humano observado con mucho realismo.
--Sí, es cierto--, comentó Méndez--, sería transcribir esas noticias, esos hechos que tanto se han comentado en los medios, pero eso no importa. Pero sigue, ¿cómo piensas que eso me daría pié para un desenlace humano, como tu dices?
--Pues a lo que me refiero es que cuando Estefanía confiesa su crimen, ella no sólo acepta su culpabilidad, sino que debe trasmitir lo que percibió en esa última mirada de Sofía, esa visión única, estremecedora, me imagino, ¿no cree usted?, el momento en que la víctima muere y Estefanía muere, en cierta forma, con ella, en esa mirada…, pero la asesina sigue viva. Ese momento de fascinación en que Sofía Goodwood, a través de su mirada, transmite la angustia, la desesperación, vaya uno a saber cuántas cosas pasan en ese momento por su mente, pero abandona esa vida material que lleva, de riquezas y a la vez miserable, mezquina, de usurera, por decir lo menos, y pasa a un estado de languidez, de éxtasis, de abandono y de reencuentro consigo misma. Principio y fin. Una transformación radical, profunda, que transmite a través de esa última mirada. ¿Le parece señor Méndez?
E. Méndez quedó maravillado con la sugerencia de Esteban y regresó a su pequeño estudio y comenzó a llenar hojas y hojas, tratando de describir ese momento sublime de la última mirada de Sofía. Pero escribía y escribía y no quedaba satisfecho, y cuando leía esos intentos a Esteban, éste tampoco quedaba convencido de que esas líneas, esas palabras, reflejaran el punto culminante de una vida. Por fin, después de un par de semanas, E. Méndez se presentó en la librería y le propuso a Esteban:
--Estaba pensando en algo que puede parecer descabellado, pero creo que es la única manera de resolver este impasse. Mira Esteban, te quiero proponer algo que tú vas a comprender porque sabes de lo que estamos hablando. Te propongo que finjas un asalto en mi casa, un domingo por la tarde. Yo te facilito las llaves de casa y una pistola, claro sin balas. Tú te presentas como a eso de las ocho de la noche, cuando tú y yo lo acordemos, si te parece el próximo domingo. De hecho traigo ya aquí, conmigo, la pistola. Mi mujer y yo estaremos leyendo en la sala. Entras encapuchado y nos amenazas con pistola en mano, pero con mucha decisión, muy agresivo, debes asumir muy bien ese papel, diciendo que nos matarás si no te entregamos tal cantidad de dinero, una suma fuerte. Mi esposa es hipocondríaca, así es que se lo va a creer y se va a llevar el susto de su vida, ojala no se desmaye. Luego vas cediendo en cuanto a tu exigencia de dinero, y al final sólo pides mi cartera; yo te la entrego y tú te vas. Al día siguiente nos vemos en el café de la Condesa, me entregas la cartera y la pistola, y yo te comento lo que logré percibir, lo que me impactó de la mirada de mi mujer, creyéndose al final de su existencia. ¿Te parece? ¿Me harías ese favor? Creo que sólo así podré llegar a describir el realismo que tanto he buscado. No sé, si quieres, yo podría darte un poco de dinero por el servicio, cómo tu me digas.
--No, no –se apresuró a decir Esteban--, sin ningún pago. Y acepto, con mucho agrado.
--Pues te lo agradezco—dijo Méndez--, porque sólo viviendo esa realidad, esa experiencia estremecedora, podré enriquecer mi visión y darle a mi novela ese realismo que tanto deseo. Se la dedicaré a Sandra—agregó, lanzando una mirada al vacío, con una sonrisa apenas esbozada en los labios--, pues ella, sin que se entere, será como mi conejito de indias.
Sandra había vivido muchos años en unión libre con Epifanio Méndez, quien era bastante mayor que ella. A los veintiún años, contra la voluntad de sus padres, personas influyentes en la vida política del país, interrumpió sus estudios de periodismo y se mudó a la casa del escritor en la Colonia Condesa. Lo había conocido en una recepción, en el Centro de Escritores y Periodistas de México. Fue un flechazo, una atracción física a primera vista, pero a los pocos días de frecuentarlo ya estaba muy enamorada de ese hombre que se daba aires de grandeza, que conocía el mundo de la bohemia y de la así llamada mala vida de la ciudad, no por ser un libertino, sino por motivos de trabajo o mejor dicho de profesión.
E. Méndez no soportaba verla todo el día en casa, que era su espacio, donde necesitaba moverse, caminar de un rincón a otro, a veces hablando solo, como murmurando, para escuchar si tal o cual párrafo era adecuado, sonaba bien; se metía en la cocina una y otra vez, para prepararse un café, dejaba que las tazas sucias se apilaran en la tarja; luego pasaba a consultar uno que otro libro o diccionario, abiertos sobre la mesa de la sala. Por tal motivo, Méndez no tardó en convencer a Sandra que sería muy bueno para ella tener un trabajo, algo relacionado con su vocación de periodismo, y le consiguió un puesto de redactora en una revista.
Pero con el paso del tiempo, sobrevino la decepción en ella, esa relación no era lo que ella había soñado. La actividad de Epifanio la mantenía marginada de él y de esa casa que estaba lejos de considerarla su hogar. Además, ella ansiaba tener hijos, muchos hijos, lo que Méndez rechazaba categóricamente porque habrían sido un obstáculo para su carrera de escritor. Después de todo, lo que él anhelaba con obsesión era afianzarse en ese medio, sobresalir como escritor, lo que implicaba años de trabajo solitario, esfuerzos, libertad de acción, y luego se vería en formar una familia. En esas circunstancias fue que cediendo de mala gana a la presión de los padres de Sandra, contrajeron formalmente matrimonio.
Por eso, Sandra lentamente comenzó a convertirse en una mujer taciturna, introvertida y enigmática.
Un suceso extraño vino a agravar la relación de Sandra y Epifanio un par de años después de casados. Ella comenzó con sentir nauseas, vómitos, antojos irresistibles a las horas menos propicias, como a las dos de la madrugada (lo que exasperaba a Méndez, pues a veces a esas horas de la noche estaba, con un vodka tonic al lado, cigarro en mano y un montón de colillas en el cenicero, invocando a la musa de la inspiración), los senos se le pusieron turgentes, produciendo algo así como leche o calostro, el abdomen se le puso voluminoso, pero el ombligo, en lugar de sobresalir, permanecía invertido. Tuvo trastornos extraños en la menstruación, pues a la vez que tenía ausencia de flujo, a veces le escurría apenas perceptible, sin que significara para ella tener un aborto. El ginecólogo que la revisó una y otra vez le aseguraba, en un principio, que era un embarazo sui géneris, pero que a su parecer todo marchaba bien, estaba esperando familia. Sandra después de todo estaba feliz, al fin, como por arte de magia quedaba esperando un hijo, después de tantos años de relaciones sin tomar medida alguna para evitar el embarazo.
Fue poco después que el médico, al revisar otra vez a Sandra le comentó:
--Lo lamento mucho señora, pero nos encontramos frente a un extraño caso que se conoce como pseudociesis o bien un embarazo sicológico. Como ve, ha tenido todos los síntomas, todas las características somáticas de un embarazo verdadero, pero no hay nada. Le voy a dar unos calmantes y repose, necesita mucho reposo. Usted no está embarazada. Es algo poco común pero, fíjese usted, hasta en los animales se presenta este tipo de situaciones.
--Pero doctor, ¿qué me está diciendo? – dijo Sandra muy sorprendida, muy alterada, sin llegar entender lo que el ginecólogo le comentaba--. Yo estoy embarazada, no puede ser que sea eso, lo que usted dice, que nada más esté inflada, que sea un falso embarazo. Pero ¿qué le voy a decir a mi marido, a mis parientes, a mis amigas?
El trauma, la decepción, que sufrió Sandra fue muy fuerte. Evidentemente acudió con otro ginecólogo para una segunda opinión, quien le comentó lo mismo, más aún, el vientre de Sandra ya se había contraído notoriamente, y la sorpresa de la mujer fue enorme cuando el doctor le manifestó que era posible que no pudiera tener familia, pues había descubierto en la matriz señales de que había contraído una infección que le impediría quedar verdaderamente embarazada. El doctor la vio en un estado de gran alteración, deprimida, angustiada, que le recetó un frasco de somníferos. “Tome media tableta de estas por las noches, no más de media porque son fuertes, y se sentirá mejor, señora. No tome café y mucho menos alcohol. ¡Nada de alcohol! Y vaya disminuyendo la dosis poco a poco, dentro de unos quince días”, le dijo el doctor.
Sandra se sintió ofuscada, desorientada, cuando comentó todo este humillante asunto a Epifanio, y éste se limitó a repetir, sorprendido y con cierta sonrisita irónica que no lograba ocultar:
--¡Pero cómo, no te puedo creer, entonces era pura fantasía tuya! Estabas inflada como un globo…
--Pues no tanto—se atrevió a rebatir Sandra sin meditarlo, quizás como buscando de pronto un pretexto que le ayudara a sobrellevar esa situación--, dice el doctor que tu tienes gran parte de culpa en esto, como si tus espermatozoides no son capaces de engendrar. Y por otra parte hay algo muy serio y lamentable que te tengo que decir Epifanio: he tenido una infección vaginal que me impedirá tener familia a futuro. La verdad, Epifanio, es que yo he llevado una vida muy sana, he tenido relaciones sólo contigo y esa infección, sospecho ahora, quizás sea culpa tuya. Quien ha estado con amigos hasta altas horas de la noche quien sabe en que antros, quien ha inventado viajes y reuniones para recopilar datos e información para completar las novelas de misterio que has escrito, has sido tú, y sólo Dios sabe con quien te has metido, con quien habrás estado para conocer como es esa vida de rufianes y asesinos, de los bajos mundos, acerca de los cuales escribes.
Esa fue la teoría que Sandra inventó y luego divulgó entre familiares y entre sus amistades y de ahí en adelante Sandra fue convenciéndose, ella misma, de esas palabras que había lanzado sin ningún fundamento.
Se convenció a tal punto de que toda la culpa de lo que le sucedía recaía en Epifanio que comenzó a pensar en la posibilidad de un divorcio, pero como seguramente su familia no lo habría aceptado, así se lo dio a entender su madre cuando se lo insinuó, y ella habría sido objeto de escarnio por parte de sus amigas, a veces se le cruzaba por la cabeza la aberrante idea de matar a su marido. Pero poco a poco la aberrante idea fue tomando forma de una conveniente y real posibilidad, y transcurría noches enteras cavilando, pensando cuál sería la mejor forma de que su marido pasara a mejor vida, sin aparecer ella, desde luego, como sospechosa. Un suicidio o un accidente fatal era la mejor forma, y en eso pensaba día y noche, taciturna, encerrada en sí misma; pensaba cómo juntar las piezas, como crear un escenario tal que pareciera o una u otra situación.
El primer paso, llegó a pensar, era convencer a sus familiares y amistades de que Epifanio estaba totalmente deshecho, que se sentía profundamente culpable de lo que había hecho, contagiarla de una infección muy grave, a tal punto que él mismo se debatía entre el remordimiento y la más profunda depresión. Era necesario crear un ambiente de soporte, de credulidad en sus palabras, entre familiares y amigos para, en caso necesario, recibir su apoyo.
--No sé que hacer—decía Sandra a quien quiera que comentaba lo que le había sucedido con su supuesto embarazo--, Epifanio está abatido, se siente culpable, se encierra en su estudio y no se atreve a darme la cara de pura vergüenza. Lo compadezco, pero después de todo soy yo la que ha sufrido las consecuencias de sus locuras, de su vida desenfrenada. ¡Cuándo me iba yo a imaginar que tras esa fachada de buen hombre, de decencia, se escondía un mundo de vulgaridades y degeneración! ¡Así son los escritores, los artistas, sobre todo los que tienen que aprender de la misma vida lo que no pueden imaginar! Acuérdense de Toulouse Lautrec, por ejemplo. Me preocupa que Epifanio vaya a cometer una locura. Se la pasa encerrado, aunque cuando ve gente pretende aparecer normal, como si nada le estuviera pasando. Me preocupa en verdad…
Al fin Sandra había definido un plan. La tarde del lunes, pulverizaría las tabletas de somnífero que el doctor le había recetado y el polvo lo introduciría en el botellón de tónica. Esa noche ella saldría de casa. Seguramente al regresar, Epifanio estaría sumergido en el agua de la tina, lleno de alcohol, adormecido, ahogado. Sería un suicidio indiscutible. Con la influencia que tenía su familia habría evitado una autopsia.
Cuando las cosas al parecer le favorecían, el lunes siguiente, cuando estaba por llevar a cabo el plan que podría haberla salvado de esa humillación, a costa de la existencia de su marido, la vida dio un giro inesperado para ella.
*****
El domingo, mientras E. Méndez y su mujer Sandra estaban en la sala, leyendo, en silencio, cada quien rumiando sus propios pensamientos, irrumpió en ella bruscamente Esteban, produciendo un sobresalto tremendo en Sandra, quien, con los ojos desorbitados, con una aspiración fuerte de aire, se llevó las manos al pecho porque sentía que se le iba a salir el corazón. Méndez lanzó una exclamación, también de sorpresa:
--¡¡¡Pero, pero, oye!!!-- alcanzó a decir, a gritar, al ver entrar a Esteban sin pasamontañas, con la pistola en una mano, guantes, y un bolso deportivo en la otra.
Esteban dejó el bolso en el suelo y la pistola sobre la mesa, y gritó:
--¡No se muevan, esto es un asalto!
Rápidamente se dirigió hacia E. Méndez, quien en verdad estaba pasmado, con una mueca en los labios que pretendía ser una sonrisa. Esteban extrajo de una de las bolsas del pantalón la cachiporra y le dio un fuerte golpe en la sien, giró sobre sus talones y asestó otro golpe en la sien de Sandra. Los dos quedaron tendidos, con medio cuerpo en el sillón, sin sentido. Esteban dejó la cachiporra en la mesa y de inmediato sacó del bolso deportivo la cinta adhesiva y colocó un pedazo en la boca de Sandra y otro en la boca de E. Méndez, después tomó una bolsa transparente de plástico y la colocó en la cabeza de la mujer, cerrándola herméticamente con la cinta alrededor del cuello y con una rapidez increíble la ató de pies y mano.
En ese momento E. Méndez comenzó a recuperarse, se sentó en el sillón y al ver a Esteban amarrando las extremidades de su mujer y al sentirse amordazado él mismo, se incorporó torpemente, se quitó la cinta de la boca y reclamó airado:
--¡¡¡Pero qué estás haciendo, no seas bruto, quedamos en que!!!…
Y así diciendo se lanzó sobre Esteban, quien fácilmente lo sujetó por los brazos, se los cruzó por la espalda y acercándole la cabeza a la cara de Sandra le comenzó a decir con voz firme, categórica, como si fuera otro Esteban:
--Ahora verá usted señor Méndez esos ojos, esa mirada, cómo expresa el momento sublime del paso de la vida a la muerte, cómo se quedarán lánguidos, en éxtasis, abandonando todo temor. Fíjese bien, señor Méndez, es lo que tiene usted que describir, si es un verdadero escritor, si es un artista. No pierda ni un detalle.
Y mientras hablaba, él mismo estaba absorto, como le había sucedido en cada uno de las nueve muertes que había presenciado, no podía sustraerse a la contemplación de la mirada de Sandra, de sus ojos que expresaban pavor pero que poco después comenzaron a ponerse lánguidos, a entrecerrase, de su cuerpo que de una rigidez producida por el esfuerzo de zafarse de las amarras, pasaba a un reposo y daba los últimos estertores.
Entonces E. Méndez logró zafar un brazo de las garras de Esteban, alcanzó un candelabro que estaba sobre la mesita lateral del sillón y le asestó un golpe en la cabeza. Esteban lo soltó, se llevó las manos a la cabeza, con una expresión de espanto, de sorpresa en sus ojos, vio sangre escurrir entre sus dedos, se inclinó sobre la mesa de centro para tomar la cachiporra, y E. Méndez, con las manos temblorosas, le asestó otro golpe, en la nuca. Esteban cayó en el piso, sin emitir un solo quejido. E. Méndez miró el cuerpo, lo tocó, le dio vuelta tratando de asegurarse de que no se movía, que no lo agrediría más, después recapacitó, y se acercó tambaleándose al sillón donde estaba su mujer, le quitó con movimientos torpes la bolsa de plástico, mientras Sandra mostraba ya una expresión de abandono, de relajación, con los ojos entrecerrados que daban la impresión de que aún miraban suplicantes a su marido, o él pensó que aún lo miraban, porque le dijo, a unos centímetros de su boca:
--¡Sandra, no, no puede ser, Sandra, no te vayas, perdóname, Sandra!
Viendo que su mujer no respondía, no reaccionaba, corrió al teléfono, en busca de auxilio.
*****
Cuando llegó una patrulla y la ambulancia, E. Méndez estaba sentado en el sillón de la sala, con la cabeza entre las manos, sollozando; el cuerpo de Esteban yacía en el piso, en un charco de sangre; el cuerpo de Sandra estaba recostado en el sillón, como resbalándose, aún atado de pies y manos.
Las primeras declaraciones de E. Méndez al agente del Ministerio Público, que demoró en llegar, fueron confusas, sin sentido. Cuando Méndez poco a poco fue serenándose, trató de sostener el argumento de que habían sido asaltados; un desconocido había irrumpido en su casa, armado. Más tarde, un detective del Departamento de Homicidios, quien de inmediato acudió al lugar de los hechos al ser informado el Departamento del modus operandi del asesino, le dijo:
--Señor Méndez, se han encontrado las llaves de la casa en los bolsillos del asesino. ¿Cómo se explica eso?
--Ah, sí, las llaves—repuso E. Méndez, atropelladamente, y agregó--: las he perdido hace unos días, se me extraviaron en un café o por la calle.
--Pero dígame, señor Méndez—continuó el detective--, ¿cómo puede usted explicar que la pistola del asaltante estuviera ahí, en la mesa de la sala y sin cargador?
--Ah, la pistola, esa es mía, no la llevaba él, la tenía sobre la mesa de centro porque la estaba revisando, o la acababa de aceitar, no recuerdo.
--Y dígame, señor Méndez—preguntaba el detective cada vez más intrigado--, ¿por qué entonces usted no reaccionó al ver entrar a un intruso desarmado, por qué permitió que el asesino, sin ninguna arma en la mano, se acercara a usted para golpearlo con esa cosa extraña, que parece una cachiporra de juguete, envuelta en masking-tape?
--Es que fui presa de pánico, así como mi mujer, no fui capaz de reaccionar en ese momento, por la sorpresa, usted comprende, ¿verdad?
--Y ¿cómo se explica que el asesino hubiese entrado sin ocultar su rostro, si se trataba de un asalto?
--Eso no lo sé, no tengo idea.
--Oiga señor Méndez –dijo el detective mirándolo fijamente a los ojos--, tengo que informarle que el bolso y las cosas que en él hay, nos hacen sospechar seriamente que el intruso que usted mató es el famoso asesino en serie, el mismo que durante los últimos años ha asesinado a varias mujeres. Ese sujeto no actúa en casas donde hay más personas, además de su víctima. ¿No es extraño que entró aquí, pensando que su esposa estaba sola, luego viéndola acompañada quiso asesinarlo a usted también, corriendo un gran riesgo? Ese es, sin duda, el asesino que hemos estado buscando hace años
E. Méndez en ese momento recuperó totalmente la lucidez, como si le hubieran tirado un balde de agua fría en la cabeza, abrió tanto los ojos y la boca que sorprendió al detective, se quiso incorporar, mientras el investigador le repetía, con una mano firmemente apoyada en su hombro, reteniéndolo en el asiento:
--¡Cálmese, señor, por favor, tranquilo, siéntese, ¿qué le sucede?
--¡¿Esteban es el asesino en serie?! ¡No puede ser! ¿Qué me está usted diciendo?
E. Méndez se vio atrapado en sus propias redes. Fue trasladado al Departamento de Homicidios y frente a dos detectives, con grabadora sobre la mesa, y el consentimiento de su abogado, relató con lujo de detalles toda la historia de su encuentro con Esteban.
Consideraba un hecho fortuito que se hubiese topado con el asesino en serie; casi abogando a favor de Esteban, habló de sus cualidades, de su simpatía, de su amabilidad y su inteligencia, cómo había modificado el desenlace de su novela por sugerencia de él, tanto era así que juntos habían urdido el simulacro de asalto en su casa, comentó, y fue con el exclusivo propósito de inspirarse para darle un sentido humano, gran realismo, profundo al asesinato cometido por uno de sus personajes. Pero nunca pudo imaginar, insistía una y otra vez, que estaba tratando con el asesino en serie.
--Miren, les puedo mostrar todos los libros que compré en la librería donde trabaja Esteban. Ahí lo conocí, de pura casualidad.
Fue la familia de Sandra y sus amistades las que terminaron por hundir a E. Méndez, todos ellos fueron decisivos testigos de cargo y fuera de los confusos argumentos del escritor, no bahía atenuantes.
--Evidentemente—decía la madre de Sandra al juez--, siendo un experto en ese género de novelas policíacas y de misterio, ese señor ha urdido un plan tenebroso, macabro para deshacerse de su mujer, de mi hija, quien tenía toda la intención de pedirle el divorcio y yo hasta le aconsejaba que lo denunciara por haberla contagiado de una enfermedad tal que le impedía tener hijos. Su ginecólogo puede confirmar mis palabras.
A pesar de contar con la defensa de un buen abogado, pero con los antecedentes del caso, agravado por las relaciones conflictivas que el escritor mantenía con su esposa, su familia y sus amistades, la sentencia del juez fue de veinte años de prisión, por considerarlo el autor intelectual del crimen.
E. Méndez cambió el título de su novela y la concluyó en prisión con el título de La última mirada de Sofía, que fue un espectacular éxito comercial, opacando a Karl Koleman. El clímax de la novela fue la narración, en forma por demás conmovedora, desgarradora, del impacto que esa mirada de Sofía, profunda, entre suplicante y acusadora que lentamente se desvanecía, había producido en Estefanía. Ésta, pocos meses después de haber sido sentenciada, concluía la novela de E. Méndez, perdió el juicio y fue recluida en un centro penitenciario siquiátrico. Despertaba por las noches sobresaltada, empapada de sudor, gritando: “No, no me mires así, te pido perdón, que el Señor me ayude, esa mirada me atormenta…”.
A ese desenlace magistral de la novela, se venía a agregar, para lograr ese éxito nunca antes visto en una obra de ese género, la astucia publicitaria de JP Cisneros, quien, en los afiches que se exponían en las vitrinas de las librerías y en las inserciones en los periódicos, destinados a promover la novela, resaltaba la fuerza magnética que había surgido en el autor gracias a la irrefutable Ley de la Atracción, que había llevado a que el camino de E. Méndez se cruzara con el de Esteban, el asesino en serie que la policía no había sido capaz de capturar. “Fue gracias a esa fuerza magnética que ambos se encontraron y unieron sus destinos”, y concluía la nota de propaganda, “E. Méndez llegó al extremo de sacrificar la vida de su esposa y su propia libertad para crear una obra maestra, para encontrar la sublime inspiración que vierte en La última mirada de Sofía, que ahora se ofrece al público amante de las novelas de misterio y policíacas”.
